Estaban casados, anillos dorados y la promesa de estar juntos para siempre. Pareciera que hubiera sido ayer sobre todo para Yuri quien sentía que el tiempo no pasaba, la idea de tener hijos fue quedando de lado para dar paso a tener dos pequeñas mascotas, un lindo gato gris y peludo llamado Potya y un caniche marrón llamado Vicchan en honor a Víctor.

La vida de ambos no era para nada monótona o tranquila, siempre había algo nuevo por lo cual discutir, llorar o alegrarse, cada día era diferente y eso a Yuuri le encantaba. Con Víctor tenía una vida rutinaria donde creía saber cada paso que tomarían para su futuro y eran muy felices. Con Yuri era distinto, pero su vida era igualmente feliz, aunque no supiera lo que les depararía el destino, el rubio podría fallar o Yuuri podría sufrir algún accidente, aún así preferían vivir cada día como si fuera el último.

Algunos años pasaron y Nikolai llegó a una edad donde el cuerpo no dio más, lo único que tenía aquel anciano que se asemejaba a una familia era a Yuri y por consecuencia al japonés, ellos dos lo acompañaron hasta el último día de su vida, hablaron con él y recibieron consejos. Nikolai se fue contento de que lo último que pudo ver fue la sonrisa de su Yuratchka en Yuri.

El azabache juraría que pudo ver tristeza en los ojos de su pareja, esos ojos verdes tan expresivos lo delataban al instante. Yuri sentía muchas cosas, tenía recuerdos con su creador desde antes de que lo hicieran, le hubiese encantado ser el nieto que aquel hombre perdió, pero no lo era y no podía hacer nada más que sufrir su perdida en silencio. Yuuri dejó un rato solo al rubio quien estaba sentado al lado de la camilla donde yacía Nikolai, Yuri tomó la mano del mayor y apoyó su frente sobre esta, aún no estaba fría y quería aprovechar de recordar su calor aunque fuera un poco. Después de todo podía almacenar esos datos.

Una vaga idea pasó por su mente, pero la desechó de inmediato.

Los años seguían su avance, Yuri notando que el japonés no se hacía más joven con el pasar del tiempo. Tuvo miedo, un miedo que lo consumía por completo ya que se daba cuenta que era algo que no podría evitar aunque quisiera. No podría hacer nada para detener el pasar de los días.

Cuando a Yuuri le salió su primera cana, este la miró divertido, pero a Yuri no le hizo gracia alguna. El hecho de que con el tiempo ya no los creyeran pareja sino padre e hijo o tío y sobrino aunque no se parecieran, hacía que el rubio cada vez se sintiera mas asustado.

Yuuri lo tranquilizaba diciéndole que era normal, que así era la vida de los humanos y que en algún momento se extinguiría.

Yuri —ese día el rubio había estado particularmente silencioso, Yuuri había cumplido hace poco cincuenta años y se sentía extraño. Al escuchar que su amado lo llamaba solo volteo a verlo y este solo sonrió para darle un espacio en el sofá a Yuri y palmear a su lado para que este se sentara.

El rubio hizo caso de inmediato, no perdería tiempo de estar con él cuando su existencia era tan efímera en comparación con la suya propia— ¿Qué quieres, cerdo? —se acomodó como un niño que busca cariño, acostándose en el asiento y apoyando su cabeza en el regazo de Yuuri para que este acariciara su cabello.

¿Conoces la leyenda del hilo rojo del destino? —preguntó calmado y moviendo sus dedos suavemente entre las hebras doradas, Yuri cerró los ojos y negó con la cabeza. Podía buscarla en su base de datos pero prefería escuchar la voz del cerdito— "Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper" dijo repitiendo de memoria aquello— pase lo que pase, hagamos lo que hagamos siempre habrá un hilo que nos unirá con esa persona, en todas las vidas, sin importar lo que pase y a veces no como uno ddese; pero aún así las personas destinadas se encontraran, tal vez en otras dimensiones o de las maneras menos adecuadas, aunque al final terminaran juntos de nuevo.

Yuri pensó que entonces aquel humano que ahora lo acariciaba tiernamente querría encontrarse con Víctor, él ni siquiera era humano como para caber dentro de esa leyenda tan hermosa, pero si pudiera desear algo, estaba seguro de que sería ver una vez más a Yuuri aunque no estuviesen juntos— no quiero que te vayas.

Yuri no recuerda lo que el azabache respondió en aquel momento.

¡No quiero que te vayas! —gritó al lado de la cama donde se encontraba su amado, ya con noventa y cinco años el japonés ya no podía seguir viviendo, había sufrido antes algunos ataques al corazón, pero últimamente eran más seguidos. Un doctor los había visitado ya que el azabache se negaba a dejar a Yuri solo en casa. Ya no había nada más que hacer.

Desde su lugar en la cama, Yuuri estiró su brazo para acariciar las facciones del rubio, seguía siendo tan hermoso como la primera vez que lo vio, los años no pasaban sobre él— no me iré, somos uno ¿Recuerdas? —Sonrió levantando su otra mano para mostrar su anillo de matrimonio— compartimos un alma Yuri, no lo olvides.

Si hubiese sido por Yuri, habría salido corriendo de ahí ya que era demasiado para soportar, a pesar de llevar años con sentimientos y aprendiendo a manejarlos no estaba preparado para esto. Nadie lo estaba.

No lo olvido —su voz salió en un murmullo, como si llorara bajito. Cerró los ojos y apoyó su mejilla en la palma de Yuuri mientras con sus manos la sostenía contra su rostro. Pudo sentir como las fuerzas del azabache se iban poco a poco, el doctor les había dicho que tendrían suerte si pasaban de ese día.

Una última sonrisa en los labios del cerdito fue lo último que vio el rubio, unos ojos cargados de tristeza fue lo último que vio el azabache antes de cerrar los ojos para sumirse en un sueño eterno.

Phichit no alcanzó a llegar a tiempo, solo vio a Yuri acostado junto a Yuuri abrazándolo con fuerza como si se negara a dejarlo ir. Seung contuvo al moreno en su llanto, eran más jóvenes que Yuuri por lo que aún seguían ahí. Por lo menos Chulanont sabía que su mejor amigo había sido feliz, lo delataba la sonrisa en sus labios aún cuando el alma había dejado su cuerpo.

Phichit se encargó de todo, los padres de Yuuri ya no estaban por obvias razones y Yuri no podía hacer trámites legales por no ser humano. El funeral al igual que la boda de los Yuris consistió en pocas personas, solo que menos que aquella vez ya que iban quedando pocos.

El japonés fue enterrado junto a Víctor, su lápida tenía su nombre, año de nacimiento y defunción y un escrito en cursiva que decía "un alma para dos cuerpos". Yuri se quedó alejado del grupo y apenas terminó la ceremonia se fue a casa y se acostó en la cama de su amado sin saber qué hacer. Cuando la noche cayó se dirigió al cementerio nuevamente, ahora estaría vacío seguramente y podría acercarse a hablarle libremente, decirle todo lo que se guardo durante aquella estúpida ceremonia.

Se acercó al lugar y se sentó junto a la lápida, cerró los ojos como acto imitativo de los humanos, ellos a veces hacían eso para pensar más claramente.

Recuerdo… la vez que me contaste sobre la leyenda del hilo rojo del destino…

Yuuri…

¿El hilo rojo puede envolver a alguien como yo para conectarlo con la persona que ama?

¿Aquel hilo puede llevarme hasta ti aunque ya no existas en este mundo?

¿Podré encontrarte de nuevo?

Dijiste que compartíamos un alma, entonces…

¿Puedo desaparecer contigo?

Al amanecer Phichit fue a dejar flores a la tumba de su mejor amigo, al acercarse pudo ver el cuerpo de Yuri sentado sobre ella y usando aquella roca fría donde podía leerse el nombre del japonés como respaldo. Se acercó un poco mas notando que el humanoide tenía sus ojos cerrados, intentó hacerlo reaccionar un par de veces dándose cuenta que era imposible.

El moreno pensó en como de verdad su mejor amigo y aquel rubio habían llegado a ser uno hasta tal punto de que el robot también pudo tener su propio descanso ¿Qué soñarían las máquinas? Esperaba que fuera con un paraíso donde pudiera ser feliz.

Seung llegó junto a su anciano esposo, él tampoco era tan joven. Lo abrazó por la espalda y observó que ambos Yuris fueron felices hasta el último momento.