No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

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Escondida en las sombras de una chimenea en lo alto de una elegante casa, Bella observó la casa de al lado. Por los últimos 30 minutos, personas se habían estado deslizándose adentro, todos con capa y encapuchados, luciendo como nada más que patrones fríos deseosos de salir de la noche helada.

Ella estaba hablando en serio cuando le dijo a Garrett que no quería tener nada que ver con él o su movimiento. Y honestamente, había una parte de ella que se preguntaba si solo debería matarlos a todos y arrojar sus cabezas a los pies del rey. Pero Rosalie había sido parte de este grupo. E incluso si Rosalie había pretendido que no sabía nada sobre estas personas… Aún eran su gente. Ella no le había mentido a Garrett cuando le dijo que le había conseguido unos pocos días extra, después de entregar al Concejal Barren, el rey no dudó en concederle un poco más de tiempo para matar a Garrett.

Una ráfaga de nieve soplaba hacia arriba, ocultando su vista del frente de la casa de Garrett. Para cualquiera, la reunión parecía una cena para sus clientes. Ella solo conocía unas pocas caras, y cuerpos, que se apresuraron hacia los escalones, personas que no habían huido del reino o sido asesinados por ella esa noche en que todo se fue al infierno.

Había muchos más cuyos nombres no sabía. Ella reconoció al guardia que se había interpuesto entre ella y Jacob en el almacén, el hombre que había estado tan ansioso por una pelea. No por su cara, que había estado cubierto esa noche, sino por la forma en que se movía. Por las espadas gemelas atadas a su espalda. Él todavía vestía una capucha, pero podía ver cabello oscuro hasta el hombro brillando bajo ésta, y lo que lucía como la bronceada piel de un hombre joven.

Él se detuvo en el último escalón, medio girándose para pronunciar en voz baja órdenes a los dos hombres encapuchados que lo flanqueaban. Con un asentimiento, ambos desaparecieron en la noche.

Ella contempló seguir a uno de ellos. Pero ella solo había venido a ver a Garrett, ver lo que estaba haciendo. Planeaba seguir manteniendo el control sobre él hasta el momento en que tomara ese bote y zarpara. Y una vez se hubiera ido en unos pocos días, una vez ella le hubiera dado su cadáver falso al rey… ella no sabía lo que haría a continuación.

Bella se deslizó aún más detrás de la chimenea cuando uno de los guardias escaneó su azotea por cualquier señal de problemas antes de seguir su camino, a vigilar un extremo de la calle, si adivinó correctamente.

Se quedó en las sombras por unas pocas horas, moviéndose a la azotea al otro lado de la calle para mirar mejor el frente de la casa, hasta que los invitados empezaron a salir, uno por uno, luciendo para todo el mundo como juerguistas borrachos. Ella los contó, y marcó la dirección en que se fueron y quién caminaba con ellos, pero el joven hombre con las espadas gemelas no estaba allí.

Podría haberse convencido a sí misma que era otro de los clientes de Garrett, incluso su amante, los dos guardias del desconocido no regresaron y se deslizó dentro.

Al abrirse la puerta frontal, alcanzó a ver a un joven alto, de hombros amplios, discutiendo con Garrett en el vestíbulo. Estaba de espalda a la puerta, pero estaba sin capucha, confirmando que en efecto tenía cabello oscuro como la noche largo hasta los hombros y estaba armado hasta los dientes. Ella no pudo ver nada más. Sus guardias inmediatamente lo flanquearon, impidiéndolo obtener una vista más cercana antes de que la puerta se cerrara de nuevo.

No muy cuidadosa, no muy discreta.

Un momento después, el joven encapuchado salió furioso, de nuevo con sus dos hombres a su lado. Garrett se paró en el umbral, su cara visiblemente pálida, sus brazos cruzados. El joven hombre paró en el último escalón, girándose para dar a Garrett un particular gesto vulgar.

Incluso a distancia, Bella pudo ver la sonrisa que Garrett le dio al hombre de regreso. No había nada gentil en ella.

Deseó haber estado más cerca para escuchar lo que había dicho, para entender de qué trataba todo esto. Antes, ella hubiera rastreado al joven extraño para buscar las respuestas.

Pero eso era antes. Y ahora… ahora no le importaba mucho.

Era difícil que le importara, se dio cuenta cuando comenzó el viaje de vuelta al castillo. Increíblemente difícil que le importara, cuando no tenías a nadie más por quien preocuparse.

Bella no sabía lo que estaba haciendo en esta puerta. Incluso aunque los guardias al pie de la torre le habían dejado pasar luego de revisarla exhaustivamente por cualquier arma, no dudó ni por un momento que la noticia iría directamente a Jacob.

Se preguntó si se atrevería a detenerla. Si se atrevería alguna vez a pronunciar otra palabra para ella. Anoche, incluso a la distancia en el cementerio iluminado por la luna, había visto los cortes todavía sanándose en su mejilla. No sabía si la llenaban de satisfacción o culpa.

Cada pequeña interacción era agotante, de alguna manera. ¿Cuán exhausta estaría luego de esta noche?

Bella suspiró y golpeó la puerta de madera. Ella estaba cinco minutos tarde, cinco minutos que había pasado debatiendo si realmente quería aceptar la oferta de Edward de cenar con él en su cuarto. Ella casi había cenado en Rifthold en su lugar.

No hubo respuesta a su llamada al principio, por lo que se dio la vuelta, tratando de evitar mirar a los guardias apostados en el rellano. Era estúpido venir aquí, de todas maneras.

Acababa de dar un paso por la escalera de caracol cuando la puerta se abrió.

—Sabes, creo que es la primera vez que has estado en mi pequeña torre— dijo Edward.

Con el pie todavía en el aire, Bella se recompuso antes de mirar por encima del hombro al Príncipe de la Corona.

—Esperaba más muerte y oscuridad — dijo ella, caminando de vuelta por las escaleras. — Es muy acogedor.

Él mantuvo la puerta abierta y asintió a sus guardias.

—No hay de qué preocuparse— les dijo mientras Bella entraba en los aposentos del príncipe.

Había esperado grandeza y elegancia, pero la torre de Edward era… bueno, acogedora era una buena manera de describirla. Un poco vieja, también. Había un tapiz descolorido, una chimenea manchada de hollín, una cama con dosel de tamaño moderado, un escritorio con papeles amontonados por la ventana, y libros. Pilas y montañas y torres y columnas de libros. Ellos cubrían cada superficie, cada pequeño espacio a lo largo de las paredes.

—Creo que necesitas tu propio bibliotecario personal— ella murmuró, y Edward rió.

Ella no se había dado cuenta de lo mucho que extrañaba ese sonido. No solo su risa, pero la suya propia, cualquier risa. Incluso si se sentía incorrecto reír esos días, ella lo extrañaba.

—Si mis sirvientes se salieran con la suya, todos ellos irían a la biblioteca. Hacerlos sacudir el polvo es bastante difícil para ellos— Él se paró para recoger algunas ropas que había dejado en el suelo.

—Por el desorden, me sorprende oír que incluso tienes sirvientes.

Otra risa mientras cargaba la pila de ropa hacia una puerta. Se abrió solo lo suficiente para revelar un vestidor casi tan grande como el suyo, pero ella no vio más que eso antes de que tirara la ropa adentro y cerrara la puerta. Al otro lado del cuarto, otra puerta tenía que conducir a una cámara de baño.

—Tengo el hábito de decirles que se vayan— dijo él.

— ¿Por qué? — ella caminó al sofá rojo delante de la chimenea y apartó los libros que también habían sido apilados allí.

—Porque yo conozco donde está todo en esta habitación. Todos los libros, los papeles… Y al momento que empiezan a limpiar, entonces esas cosas se vuelven irremediablemente organizadas y escondidas y nunca puedo encontrarlas de nuevo.

Estaba arreglando las sábanas rojas, que lucían suficientemente arrugadas para sugerir que él había estado acostado a lo largo de ella hasta que ella llamó.

— ¿No tienes gente que te vista? Yo hubiera pensado que Alistair sería tu devoto sirviente, por lo menos.

Edward bufó, rellenando sus almohadas.

—Alistair lo ha intentado. Afortunadamente, ha estado sufriendo terribles dolores de cabeza últimamente y ha dado marcha atrás.

Era algo bueno de escuchar, o algo así. Lo último que se había molestado en comprobar, el Señor de Meah en efecto se había vuelto cercano a Edward, un amigo, incluso.

—Y...— Edward continuó, —aparte de mi negativa a encontrar una novia, la más grande molestia de mi madre es mi negativa a ser vestido por señores ávidos de obtener mi favor.

Eso era inesperado. Edward estaba siempre tan bien vestido que ella asumió que tenía gente que lo hacía por él.

Él fue a la puerta a decir a los guardias que sus cenas fueran traídas.

— ¿Vino? — preguntó desde la ventana, donde una botella y unas pocas copas estaban guardadas.

Ella negó con su cabeza, preguntándose incluso donde comerían su cena. El escritorio no era una opción, y la mesa de enfrente de la chimenea era una biblioteca miniatura por sí misma. Como en respuesta, Edward empezó a limpiar la mesa.

—Lo siento— dijo tímidamente. —Planeaba limpiar un espacio para comer antes de que vinieras, pero me envolví en la lectura.

Ella asintió, y silencio cayó entre ellos, interrumpido sólo por el ruido y el siseo de él moviendo libros.

—Así que— dijo Edward silenciosamente, — ¿Puedo preguntarte por qué decidiste acompañarme para cenar? Dejaste bastante claro que no querías pasar tiempo conmigo, y pensé que tenías trabajo por hacer esta noche.

En realidad, ella había sido terriblemente directa con él. Pero él se mantuvo de espalda a ella, como si la pregunta no importara.

Y ella no sabía muy bien por qué las palabras salieron, pero ella dijo la verdad de todas maneras.

—Porque no tengo adonde ir.

Sentarse en su cuarto en silencio hacía el dolor aun peor, ir a la tumba solo la frustraba, y pensar en Jacob aun dolía tanto que no podía respirar. Cada mañana, paseaba a Ligera ella misma. Y luego corría sola en el parque de juegos. Incluso las chicas que una vez se alineaban por los senderos del jardín, esperando a Jacob, habían dejado de aparecer.

Edward asintió, mirándola con cariño que no podía soportar.

—Entonces siempre tendrás un lugar aquí.

Mientras que la cena fue tranquila, no fue lacrimosa. Pero Edward aún podía ver el cambio en ella, el titubeo y la consideración detrás de sus palabras, los momentos cuando ella pensaba él no estaba mirando y un pesar infinito llenaba sus ojos. Ella continuó hablándole, sin embargo, y contestó todas sus preguntas.

Porque no tengo adonde ir.

No era un insulto, no la forma en que lo había dicho. Y ahora que estaba durmiendo en su sofá, el reloj habiendo marcado las dos, se preguntó qué le impedía volver a sus propias habitaciones.

Claramente, ella no quería estar sola, y tal vez ella necesitaba estar en un lugar que no le recordara a Rosalie.

Su cuerpo era un mosaico de cicatrices, él lo había visto con sus propios ojos, pero estas nuevas cicatrices podrían ir más profundo: el dolor de perder a Rosalie, y la distinta, pero tal vez igual de agonizante, la pérdida de Jacob.

Una horrible parte de él estaba feliz de que ella hubiera terminado con Jacob. Se odiaba a sí mismo por eso.

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—Tiene que haber algo más aquí— Bella dijo a Mort mientras peinaba a través de la tumba la siguiente tarde.

Ayer, ella había leído el enigma hasta que sus ojos le dolían de sólo deslizarlos a través del papel. Aún no ofrecía alguna pista acerca de lo que los objetos podían ser, donde precisamente podían estar ocultos, o por qué el acertijo estaba escondido tan elaboradamente en la tumba.

—Alguna clase de pista. Algo que conecte el acertijo al movimiento rebelde a Rosalie y Elizabeth y todo el resto— Ella se paró entre los dos sarcófagos. Luz de sol se vertía, haciendo a las motas de polvo centellear. —Me está mirando a la cara, lo sé.

—Me temo que no puedo ser de ayuda— Mort resopló. —Si quieres una respuesta instantánea, deberías buscar a un profeta o un oráculo.

Bella disminuyó su paso.

— ¿Piensas que, si leo esto a alguien con el don de clarividencia, podría ser capaz de…ver algún significado diferente que estoy omitiendo?

—Tal vez. Aunque por lo que sé, cuando la magia desapareció, aquellos con el don de la Visión lo perdieron, también.

—Sí, pero tú sigues aquí.

— ¿Y?

Bella miró al techo de roca, como si pudiera ver a través de él, todo el camino hasta el suelo por encima.

—Así que tal vez otros seres antiguos podrían retener algo de sus dones, también.

—Lo que sea que estés pensando, te garantizo que es una mala idea.

Bella le dio una sombría sonrisa.

—Estoy muy segura de que tienes razón.

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¿Ahora qué? No olviden dejar sus comentarios.