Capítulo 31
Un rayo de sol en su cara provocó que despertara y, al abrir los ojos, vio que se encontraba en una habitación del palacio de Dressrosa.
Doflamingo estaba a su lado, sentado y leyendo un periódico. Verlo a su lado, le trajo cierta tranquilidad.
Ella intentó hablar, pero el dolor aún era muy intenso.
-Veo que ya estás despierta - dijo Doflamingo mientras dejaba el periódico a un lado - Has estado varios días preocupándome ~
Ella intentó levantar los brazos, para ver que, en efecto, estaban completamente vendados.
-Yo de ti no me movería mucho, has sufrido quemaduras de segundo grado por todo el cuerpo. Tienes suerte de que nuestros médicos sean de los mejores, te han hecho injertos de piel casi en el 70% del cuerpo, así que no quedarán casi cicatrices.
Ella gruñó.
-Fufufu, es increíble que hayas sobrevivido a una explosión como esa, parecía aquello una caldera en llamas cuando nos acercamos a ver, tengo entendido que murieron cerca de unos 20 esclavos, e incluso un agente del gobierno - se recolocó en la silla y la miró con una mueca alegre, pero inquietante - No te preguntaré qué diablos fue lo que pasó ahí dentro, al menos no de momento, pero debes de saber que estoy BASTANTE enfadado contigo. No te puedes hacer ni una idea de lo difícil que ha sido tapar este incidente, y más en el último día del Reverie.
Ella lo miró fijamente.
-Sé que no sólo estabas paseando, a juzgar por esas marcas tan horribles que tienes en el pecho. Los médicos han dicho que ahí te quedará la cicatriz de por vida, porque la parte de las heridas de cuchillo, al quemarse con la explosión, provocó quemaduras de tercer grado, por lo que las ampollas permanecerán visibles por siempre.
Doflamingo se levantó y llamó a las enfermeras y al médico principal, el cual le explicó de una manera más detallada a Mina su situación.
Al parecer, al encontrarse cerca de una salida, ella tuvo la suerte de ser la única superviviente de aquella explosión.
-¿Te gustaría verte? - preguntó el médico mientras extendía un espejo.
Ella, a duras penas, agarró el espejo para poder ver cuál era el estado.
Su cara, a pesar incluso de llevar vendas, parecía estar en un relativo buen estado. Tenía prácticamente el pelo quemado casi en su totalidad, por lo que le faltaban mechones enteros, pero en general había salido mejor parada de lo que esperaba.
Sin embargo, la herida que se le había formado en el pecho era otra historia.
La forma asalvajada en la que aquel hombre la había apuñalado y rasgado había dejado unas marcas que parecían las garras de un animal, y éstas se extendían desde el cuello hasta la parte de abajo del pecho. Además, la cicatriz que había dejado era espantosa y muy desagradable a la vista. Se había hecho hipertrófica, lo que significaba que sobresalía en relieve y con un color rosado nada agradable.
Suspiró. Honestamente habría preferido no haber salido con vida de allí.
Volteó los ojos de nuevo para ver a su tío.
Agradecía que no le hubiese hecho ninguna pregunta. Al fin y al cabo ¿Cómo respondería?
Pasaron unas semanas hasta que finalmente pudiese caminar de nuevo.
Durante ese tiempo no recibió casi visitas, a excepción del propio Doflamingo, el cual solía quedarse dormido a su lado a pesar de que se sentaba en una silla bastante incómoda.
Durante todo ese tiempo, Mina no pudo parar de pensar en aquellos esclavos, y de cómo tuvieron una muerte espantosa por su culpa.
Aunque al menos ya no tendrían que soportar aquellas torturas nunca más...
Las pesadillas aumentaron y, de pronto, todo aquello que antes no le importaba en lo absoluto comenzaba a atormentarla constantemente.
Toda la crueldad de la guerra y todas las víctimas que ella había causado se amontonaban en sus pensamientos, dejándola en un estado de paranoia constante.
Comenzó a investigar todo lo relacionado con las casas de subastas de esclavos, y aquello levantó una tapa que dejó salir todo fuera.
Aquellos documentos dejaban perfectamente claro que su tío era el dueño de la casa de subastas más famosa de todos los mares, la casa de subastas del Archipiélago de Sabaody.
Además del comercio de todas aquellas armas ilegales que eran las causantes de muchas guerras. Guerras en las cuales después ella estaba obligada a participar posteriormente. También toda la fabricación y producción de las Smiles.
Corrió furiosa a ver a su tío, el cual estaba en el comedor junto al resto de la Donquixote Family.
-¡Doflamingo! - exclamó furiosa - ¿¡Qué diablos significa todo esto!? - le mostró toda la evidencia.
-¡Hey! - exclamó Lao G - ¿Cómo te atreves a hablarle de esa manera al Joven Amo?
-¡Eso! - continuó Baby 5 - ¡Aprende a mostrar respeto!
Mina ignoró los comentarios despectivos del resto, tan solo le interesaba lo que el rubio tuviese que decir.
-Todo esto... ¿Siempre ha sido tú?
-Honestamente, no sé por qué te afecta tanto - dijo Doflamingo con bastante tranquilidad mientras continuaba comiendo - Nunca antes te has molestado por esos asuntos tan irrelevantes ¿A qué viene esa preocupación a estas alturas?
-Me envías a guerras que son totalmente evitables - no se podía creer la falta de empatía - Vendes armas para promover conflictos para luego aprovecharte de la desgracia que causan. Y a todos los presos de guerra los vendes como si fueran ganado sin importarte lo que pueda ocurrirles.
Doflamingo la miró con total confusión.
-¿Y?
Mina comprendió que aquella conversación carecía de sentido.
-Las personas no son mercancía para comprar y vender al mejor postor... ¿Por qué haces algo como eso?
El rubio la miró y sonrió, casi como si le tuviera ternura.
-¿Por qué? Es simple. Porque puedo.
Aquellas palabras le dejaron claro la forma en la que pensaba el pirata. Mina sintió como el vómito se le subía por la garganta. A su tío no le importaba lo más mínimo el sufrimiento ajeno, ni siquiera el suyo propio.
Doflamingo se levantó de la silla, se acercó a ella y le agarró la cara, haciendo que ésta lo mirara fijamente.
-Querida ¿Piensas que acaso nosotros somos los malos? Antes pensabas que hacías tú lo correcto - sonrió - Pero ¿Acaso importa eso? Nosotros, los que tenemos el poder, somos los que tenemos el derecho a decidir lo que está bien y lo que no.
-Nadie tiene el derecho a oprimir, ni tú ni yo somos superiores a nadie - le temblaba la voz - En cualquier momento podríamos estar en el lugar de esas personas. Nada es permanente, ni siquiera el poder del que gozas ahora.
-Eso es cierto. Por eso pienso defender lo que me pertenece con todos los medios que estén a mi alcance. Y si eso significa aplastar a un par de moscas por el camino - se acercó a ella - Pues entonces adelante. Dicen que el fin no justifica los medios, pero entonces ¿Qué sentido tiene vivir si no es para lograr vivir de acuerdo con tus ideales?
Odiaba reconocerlo, pero las palabras del rubio siempre lograban confundirla.
Se acostó sobre el campo de flores. Siempre que tenía conflictos internos le gustaba acostarse entre los girasoles de aquella hermosa explanada.
El sol era fuerte, pero, de pronto sintió una sombra en su cabeza, por lo que abrió los ojos.
Un hermosos muchacho de cabellos dorados y brillantes ojos azules la miraba desde arriba con una gran sonrisa.
"Parece un príncipe" pensó para si misma, pero más de una manera objetiva. Quitando aquella cicatriz en su cara, ese chico realmente parecía sacado de un cuento de hadas.
-Te ves como alguien que acaba de sobrevivir a una explosión - comenzó a hablar con un tono alegre.
Su voz era grave, pero agradable de escuchar.
Ella se sonrió.
-No andas muy desencaminado.
-¿Acabas de salir del hospital? No te ves en buen estado.
-¿Lo has adivinado por las vendas o por los mechones quemados de mi cabeza? - preguntó sarcástica.
El chico se rió.
-Es bueno mantener el humor - dijo mientras comenzaba a comer lo que parecía un pincho de carne con verduras - Y bien - comenzó a hablar con la comida en la boca - ¿Qué es lo que te preocupa tanto?
-Creo que acabo de descubrir que siempre he luchado para el bando incorrecto.
-¿Y qué te hace pensar eso?
Ella sonrió con tristeza.
-Toda mi vida he pensado que nada importaba siempre y cuando mi tío estuviese contento conmigo. Pero me he dado cuenta de que no soy más que una mala de película.
-¿Te sientes como un villano?
-He quitado tantas vidas con estas manos que faltaría un país entero para poder alojarlos a todos. Ahora empiezo a arrepentirme de mis acciones, pero soy incapaz de recordar las caras de todos los pobres desgraciados que murieron justo enfrente de mis ojos.
-Hmmmm - terminó de comerse el pincho de carne, pero tan solo para empezar a comer otro - Creo que hace falta valor para ver tus propios errores y arrepentirte de ellos.
-De nada sirve arrepentirme. Esas vidas no volverán - cerró los ojos - Ojalá hubiera muerte con esos niños. Haber sobrevivido tan sólo me trae un dolor tan intenso en el corazón que las heridas de mi cuerpo ni se sienten.
El rubio se mantuvo en silencio.
-Hey, señor príncipe ¿Alguna vez has visto la muerte?
El chico contestó con seriedad.
-Sí.
-¿Y también te pareció un lugar tan frío?
-Sí.
Ella suspiró.
-Supongo que es lo mismo para todos.
Ambos se mantuvieron en silencio, tan solo se escuchaban los sonidos del estómago del chico.
-Si tanta hambre tienes puedes comerte lo que hay dentro de esa bolsa - dijo mientras señalaba una pequeña mochila con un bocadillo dentro.
-¿Enserio? ¡Gracias! - contestó otra vez alegre.
Mina se sentó y miró a aquel chico guapo comer con muchas energías aquel simple bocadillo.
-Tienes el aspecto de un príncipe, pero engulles como un esclavo.
-Bueno, no estás del todo equivocada - dijo con una sonrisa triste en su rostro - De todas formas, dices que me parezco a un príncipe - sonrió alegremente de nuevo - ¿Acaso te parezco atractivo?
-¿Hm? ¿Acaso no te has mirado a un espejo? - le preguntó ella, totalmente confundida ¿Cómo alguien tan guapo no era consciente de su propia apariencia?
El chico se rió.
-Bueno ¡Tú también pareces un princesa!
-Supongo que es porque SOY una - contestó como si se tratase de lo más obvio del mundo.
-Me refiero a que también eres bastante atractiva.
Ella puso cara de desagrado.
-Debes de haberte dado un golpe muy fuerte en la cabeza.
El rubio dejó caer una gota de sudor tras la cabeza.
"Y pensar que es tan inconsciente de su propio aspecto" pensó.
Él paró de zampar y la miró.
-¿Tú no tienes hambre?
-Dentro de poco vuelvo al campo de batalla, si tengo algo dentro del estómago probablemente lo vomite.
El chico la miró.
-Es triste que alguien tan joven como tú vaya a la guerra. Podrías morir en el campo de batalla.
-Lo veo como una forma de pagar por mis pecados.
-¿Te has planteado alguna vez expiar tus pecados en vez de pagar por ellos?
-¿Expiar? - comenzó a reír - No veo la forma en la que alguien como yo alguna vez pueda recibir el perdón.
El rubio la miró fijamente y sin sonrisa esta vez.
-Sabemos lo que pasó en Marijoa, y créeme, esos niños están mejor ahora.
Ella lo miró con sorpresa.
-¿Cómo sabes tú eso?
-Allá donde hayan oprimidos nosotros siempre estaremos vigilando, esperando una oportunidad para brindar libertad.
-¿Quién diablos eres?
-Quien yo sea o lo que yo haga no es relevante - se levantó del suelo - Lo único que importa ahora es si tú estás dispuesta a enfrentar las consecuencias de tus actos, o esconderte y llorar por ellos.
Ella miró a aquel chico.
Tenía un aura brillante como el sol. Cuando lo miraba se sentía sucia, pues era como si sus ojos vieran un estanque cristalino.
Él se volteó y le extendió la mano.
-¿Estarías dispuesta a luchar por tu propia libertad y la del mundo entero?
¿Acaso alguien como ella tenía permitido seguir a una persona tan brillante como él? No sentía que tenía ni siquiera el derecho de mirarlo a la cara.
Sentía que ese chico tenía el alma libre que alma tanto ella ansiaba poseer.
Jamás volvería a encontrar a una persona que brillara tanto como él, y jamás alguien la volvería a mirar con unos ojos tan llenos de confianza.
Quería ser como él. Quería ser libre.
Agarró con fuerza la mano de esa persona.
El rubio sonrió.
-Me llamo Sabo - agarró las dos manos de la pelirrosa con emoción - Bienvenida a la Armada Revolucionaria.
