Hacía casi una semana que se había ido de Eday. Una semana que parecía una eternidad. Parece increíble cómo pasa el tiempo cuando no puedes dejar el miedo de lado ni un segundo, cuando la cama o la comida son una utopía.
En un primer momento había parado a hacer noche en la isla más próxima, pues no conocía prácticamente el archipiélago. Se había ocultado en una de las viejas casetas que adornaban el llano terreno de las islas y había tratado de dormir, sin éxito. La humedad y los sentimientos se lo impedían.
Al amanecer del primer día había salido a pasear por la isla. Debía encontrar un mapa muggle al menos para orientarse. Lo había encontrado cerca de una pequeña reserva natural en la costa este. Estaba medio borrado y muy pequeño, pero le sirvió para orientarse para el viaje de aquella noche. Después buscó algo de comida, pero no llevaba nada encima más que la varita, y sin dinero su única opción era robar, aquello hubiese llamado la atención y tampoco deseaba que le vieran demasiado. En este momento todos eran enemigos, por lo que desistió de su búsqueda y simplemente se ocultó hasta la noche.
Había tenido que dejar atrás varias islas más habitadas, pues sus planes aún estaban sin terminar y lo único que tenía claro era que su libertad pasaba por la soledad.
Solía viajar entre islas de noche porque tenía menos posibilidades de ser descubierto. Durante el día había ido, principalmente, en busca de refugio de la eterna lluvia otoñal del norte de Escocia.
Las casetas en las que se ocultaba estaban medio abandonadas. Parecían estar ahí exclusivamente para almacenar herramientas de cosecha, pero tampoco era época de cosecha, por lo que sus dueños no vendrían a trabajar la tierra ni a molestar, por lo que las posibilidades de ser descubierto eran muy bajas.
Aquellas casetas eran un buen refugio, pero allí no disponía de comida ni de comodidades. Llevaba la misma ropa con la que había salido del castillo y estaba empapada de la lluvia y sucia del barro. Aunque cada día trataba de limpiarla con hechizos, sabía que no podía hacer mucha magia, pues esta terminaría delatándole.
Al cuarto día, finalmente, había encontrado el lugar perfecto.
Agotado, y muerto de frío y hambre, había encontrado, en mitad de la noche, una iglesia perdida en medio de una de las islas. Entró en busca de algo de calor, pero inmediatamente le recibió el párroco responsable del lugar.
- Buenas noches, veo que te has perdido...
¿Cómo sabía que se había perdido?
- Buscas refugio? Acabo de preparar la cena, quieres compartirla?
Draco estuvo tentado de dar media vuelta, aquello ya era demasiado, no pensaba quedarse a vivir de la caridad de un cura, en una iglesia, como un triste mendigo. Estaba dispuesto a muchas cosas pero no a la caridad.
Pero llevaba varios días sin comer, no podía seguir adelante si se desmayaba por el hambre. Tendría que aceptar su oferta.
- No sabe quién soy. Podría matarle y destruir todo esto en segundos.
- Por supuesto que puedes, pero sé que no lo harás - dijo el padre con una sonrisa.
A Draco le molestó bastante la seguridad con la que lo afirmó. ¿Se estaba riendo de él?
- Cómo estás tan seguro? - le retó.
- Hijo mío, te has visto? Imagino que no. Ven a cenar, anda, y más tarde trataremos el tema de la destrucción mortal.
Definitivamente se estaba riendo de él, pero tenía comida y un lugar caliente para pasar la noche. Se acercó a él mientras le mostraba el camino.
Entró en una pequeña sala, con una mesa sencilla, un par de sillas y detrás una cocina rústica con una cazuela llena de algo humeante que olía demasiado bien. Buscó rastros de veneno en el aroma, pero no encontró nada.
" Por supuesto que no tiene veneno, es su cena y la va a compartir contigo, estúpido" dijo una voz parecida a la de Potter en su cabeza.
El hombre puso unos platos y unas cucharas en la mesa, luego la cazuela.
- Te gusta el caldo montañés? Es mi especialidad.
Draco respondió con un gruñido mientras observaba todo. Aparentemente era una sala humilde, de una persona con una vida humilde y sencilla. Sin grandes adornos. Se imaginó viviendo ahí, e inmediatamente lo descartó.
- Siéntate y cuéntame, cómo te llamas?
Ya estaba con las preguntas personales.
- Me llamo... Harry.
Harry era un nombre más común que Draco, y si quería empezar una vida nueva debía empezar por cambiarse el nombre. Ya se le podía haber ocurrido uno mejor. Bueno, ya se lo cambiaría la próxima vez que le preguntaran. Total, se iría por la mañana...
- ... aquí?
- Perdón?
- Digo que cómo has llegado hasta aquí? Viniste a observar las aves?
- Aves?
El cura sonrió y le sirvió un buen plato de caldo con carne y verduras.
- Esta isla es famosa por su observatorio de aves, la única forma de llegar hasta aquí es mediante un ferry o una avioneta.
- Ah si, vine en ferry - mintió Draco.
Sólo le faltaba que aquel muggle le delatara. La sopa olía de maravilla, empezó a salivar pero mantuvo la compostura. Lo poco que le quedaba de sus padres era su educación. Tomó la cena con cuidado y elegancia. El hombre le observaba a cada rato. Trataba de disimular pero no lo conseguía. Llevaba el plato a la mitad cuando empezó a molestarle su manera de observarle.
- Ocurre algo?
- Me agrada ver tus buenos modales en la mesa, no son habituales en la gente que viene por aquí.
Mierda. No le había dado tiempo a pensar en su nueva identidad para fingirla y actuar. Bueno, ya la pensaría para cambiarla con el próximo desconocido, había estado demasiado abstraído con el increíble sabor de la sopa. Tenía que cambiar las tornas.
- Y usted qué hace aquí? A qué se dedica?
- Atiendo la parroquia y doy misa a los visitantes. El oficio de esta isla es humilde pero muy valorado por los pocos habitantes y visitantes que acuden cada día.
Poco a poco la conversación se derivó hacia las costumbres de la isla, los visitantes y cosas que no tenían nada que ver con su identidad ni su pasado. Así que se fue relajando poco a poco.
A Draco el caldo le supo a gloria, tras tantos días sin comer era como volver a tener fuerzas y energía para pensar y moverse. Además le había templado el cuerpo y antes de darse cuenta se le estaban cerrando los ojos.
El padre le había ofrecido quedarse a dormir esa noche, y aunque al principio se lo había pensado, había terminado aceptando.
Le había llevado a una habitación con cuatro sencillas camas cubiertas con mantas de aspecto rasposo. También le había entregado un par de prendas de ropa limpias para dormir.
- Déjame tu ropa, parece necesitar un lavado. Deseas darte una ducha? El baño está al fondo.
Con cierta reticencia Draco le había entregado su túnica. Era extraño que no comentara nada sobre ella, pero el cansancio le pedía dormir a gritos.
- Buenas noches, Harry - dijo el hombre antes de salir y cerrar la puerta.
Los recuerdos acudieron a él como un rayo, quemando sus entrañas y poniéndole los pelos de punta. Él sólo había podido murmurar aquella frase cuando el verdadero Harry estaba totalmente dormido.
Fue al baño y se dio una ducha rápida, el agua caliente era un lujo poco valorado. Se puso el pijama y se metió en la cama. Ahí pudo corroborar que las mantas raspaban antes de quedarse profundamente dormido.
Buenas!!
Aquí estoy de vuelta con un capítulo bastante extenso. Ya sabéis dónde andaba Draco metido. Veremos qué ocurre en su aventura en solitario. De momento el pobrecillo ha encontrado un plato de sopa y una cama, se la negué durante 4 días, pobrecito mío :(
Quién será este cura nada sospechoso y oportuno? :)
Y volvieron las sábanas rasposas! jajajaja Es algo típico de las islas Orcadas, dormir con sábanas que raspan xD
Nos vemos en el próximo capítulo! Feliz noche de reyes!
Un abrazo
Kanna
