Disculpad si tardo en contestaros a las preguntas. Estoy tratando de corregir y editar todas mis historias, cuando el trabajo me lo permite, para dejarlas aquí en perfectas condiciones. Es por eso que os encontráis con algunos capítulos a medias, o con diferentes aspectos. A veces incluso se me duplican los capis y ni siquiera me doy cuenta, y hasta que no vuelvo a entrar, pues no veo vuestros comentarios.
Ando por twitter, así que si alguien tiene alguna duda o ve algo extraño que me quiera hacer llegar, pues que no dude en hablarme por ahí.

arroba MsSheliak

Gracias por seguir leyendo!


Viernes 29 de Abril de 2016

Quinn Fabray

Denver

32

Otra vez tarde. Una vez más, y ya había perdido la cuenta de las veces que me habían tenido que esperar a lo largo de mi vida. Y lo cierto es que en otras circunstancias no me había importado en absoluto llegar tarde a aquella cita, ya que tenía la excusa perfecta para ello. Sin embargo, quien me esperaba lo hacía con una aguja en su mano. Y eso me imponía demasiado respeto.

No obstante, supuse que mi excusa validaría cualquier retraso frente a él, sobre todo porque al igual que yo, también perdía la noción total del tiempo cuando tenía a Ethan cerca. ¿Cómo no iba a entender mi impuntualidad si mi querido sobrino había sido el motivo de ello?

Tal vez porque era mi sobrino y mi amor por él adquiría magnitudes descomunales cada día, cada hora que pasaba lejos de él, pero viajar a Denver para verlo era algo que había empezado a adorar en mi vida, y en cualquier tregua que me daba el alud de encargos que había empezado a tener en mi trabajo, me permitía el lujo de regresar a mi ciudad para estar con él. Aunque solo fueran un par de días, como aquel fin de semana. Y es que mi querido Ethan se había convertido en el bebé de dos meses más encantador de cuántos había podido conocer a lo largo de mi vida.

Y encima se parecía a mí.

Sí, a mí. Ni a su madre, ni a su padre, ni a sus abuelos, a mí. Ethan se había adueñado de mis genes y sus ojos, el color que los matizaba eran exactamente como los mío. Me había robado mi nariz de pequeña, y por si fuera poco su boca era una copia exacta de la mía, aunque en diminutas proporciones, por supuesto. Y aunque aún era pronto para detectar pinceladas de su futura personalidad, estaba convencida de que por sus venas corría el talento de la pintura y el dibujo. Y no solo por mí, lógicamente, su padre también habría puesto de su parte sin duda.

A él precisamente me dirigía a ver.

Eran las 16:34 de la tarde cuando llegué al estudio de tatuajes de mi cuñado, con media hora de retraso y los nervios regalándome un sudor frío que recorría mi espalda, y que poco o nada tenía que ver con las prisas y la carrera que emprendí para cruzar toda la avenida tras encontrar un dichoso aparcamiento. Me dolía el estómago, me temblaban las piernas y tenía la garganta completamente seca, y todo por una promesa. Una promesa que para colmo, hice conmigo misma. Y de la que esperaba no arrepentirme jamás.

Por suerte, o eso creía, a aquella hora no habría demasiada gente en el estudio que pudiese contemplar mi cara de horror, o mejor dicho, que probablemente me viese llorar como una cría por culpa del dolor. Porque si había algo de lo que realmente estaba segura en aquel día, era que mi susceptibilidad al dolor me iba a hacer llorar. Sin embargo, no tenía ni idea de que aquellas lágrimas que probablemente iban a provocar la burla de Trevor hacia mi persona durante años, iban a ser compartidas por quien yo jamás, y juro que esa vez estaba completamente convencida de ello, imaginaría encontrarme allí.

Básicamente porque me había preocupado de evitar que ello sucediese. Pero supongo que a veces, y aunque ya creía ser capaz de mantener en orden todo lo que sucedía en mi vida, hay cosas que son imposibles de controlar.

Lo supe nada más llegar al estudio y colarme en él. Lo supe en el mismo instante en el que descubrí que Ashley, la chica de la recepción, atendía a un par de chicos y justo en el otro extremo de la sala de espera, inmersa en su mundo y sin percatarse de mi llegada, estaba ella. Mi chica galáctica, por supuesto.

¿Quién si no?

Me limité a regalarle un leve gesto con mi cabeza a Ashley, que simplemente me sonrió sin detener la conversación que mantenía con los dos chicos, y presa de la confusión me fui directa hacia ella. Mentiría si dijese que no me entraron ganas de gritar para llamar su atención, ya que aparecía completamente sumida, observando o tal vez jugueteando con lo que parecía una hoja y un lápiz entre sus manos. Pero no lo hice porque no fue necesario.

Apenas di un par de pasos hacia ella, y sus ojos me encontraron al alzar la mirada. Supuse que mi presencia le sorprendió, aunque por el gesto que me regaló intuí que no estaba dentro de sus planes. O eso pensé.

—No me lo puedo creer…—Fue lo único que acerté a decir antes de llegar frente a ella. Rachel se levantó como si tuviese un muelle en el trasero y arqueó sus cejas al mismo tiempo que esbozaba una enorme sonrisa que me paralizó.

—¡Sorpresa!

—¿Qué?

—¿Sorpresa?—repitió apaciguando el gesto, y sobre todo modulando la voz para evitar que tanto Ashley, como los dos chicos, volviesen a mirarnos como lo hicieron la primera vez.

—¿Rachel? ¿Qué diablos haces aquí? No… No me puedo creer que sea casualidad.

—No lo es—me dijo tras plantarse frente a mí, sin percatarse de como la hoja con la que parecía entretenerse, yacía en el suelo junto al asiento que había estado ocupando—He venido porque sabía que vendrías, no es obra del destino ni de los astros… Aunque ya temía que hubieses cambiado de opinión.

—¿Cómo que sabias que venias? Pero…

—¿No me vas a saludar?—me interrumpió ignorando mi pregunta, y yo por inercia acepté su petición instantáneamente.

¿Cómo no hacerlo?

Habían pasado 3 semanas desde la última vez que me despedí de ella en la mismísima puerta del centro de investigación espacial de Los Ángeles, después de probablemente la mejor y a la vez más triste noche de mi vida. Y aunque después de ello pudimos hablar en muchas ocasiones por teléfono, el volver a abrazarla en vivo y en directo era una opción que no podía despreciar bajo ningún concepto. Ni estaba dispuesta a ello, lógicamente. Por eso simplemente me dejé llevar y la acurruqué entre mis brazos sin pensar en otra cosa que no fuese disfrutar de esos escasos segundos en los que duró el gesto. Y por supuesto, aunque separarme de ella se había convertido en toda una lucha interior para mí, también disfruté de la sonrisa que me regaló tras deshacer el abrazo, aunque sus manos quedasen aferradas a las mías por más tiempo.

—Tenía ganas de volver a verte…—Me dijo sin poder contener una felicidad que me resultó cautivadora—Aunque estoy un poco enfadada contigo.

—¿Qué? ¿Enfadada por qué?

—¿Por qué? ¿Por qué no me has dicho que venias a hacerte un tatuaje?

—Porque se supone que iba a ser una sorpresa para cuando nos volviésemos a ver. Me dijiste que me avisarías si ibas a poder venir mañana y ahora te encuentro aquí ¿Por qué no me has dicho que ibas a estar en Denver hoy?

—Porque he tenido que cambiar los planes y hasta última hora no sabía si iba a poder venir. Y porque me enteré que ibas a estar aquí y decidí hacerlo por sorpresa, igual que tú has intentado hacer.

—Oh… ¿Y te quedas o…?

—Tengo algunos asuntos importantes que atender y me temo que mañana no voy a poder estar todo el tiempo que me gustaría. Y lo cierto es que hoy tampoco tengo demasiado tiempo, pero no me iba a perder éste momento bajo ningún concepto, por mucho que hayas intentado ocultármelo.

—Oh Dios… ¿Pero cómo diablos te has enterado? Si ni siquiera…

—Tengo mis fuentes—volvió a interrumpirme divertida.

—¿Tus fuentes? Nadie excepto Trevor y mi hermana saben que iba a venir, ni siquiera Chad… Oh… Ok, ha sido mi hermana, ¿verdad?—Supe por como arqueaba las cejas y fruncía los labios que su respuesta era afirmativa. –Ok, es una bocazas. Le dije que no quería que lo supiera nadie, ni siquiera mis padres lo saben…

—Mmm… No creo que pretendiese decírmelo, en realidad se le escapó pensando que yo ya lo sabía. La, la llamé hace un par de días para preguntarle si podría ir a visitar a Ethan cuando estuviese aquí, y me lo dijo durante la conversación.

—¿La has llamado para eso? ¿Y ni siquiera me lo has dicho? Se supone que yo misma te acompañaría en caso de venir.

—Sí, pero ya sabes como soy… Además, me, me gusta llamarla de vez en cuando para saber cómo está, y cómo está Ethan…—Musitó con algo de vergüenza, como si aquella pequeña confesión que yo conocía perfectamente gracias a mi hermana, la expusiera de alguna manera frente a mí, o llegase incluso a molestarme.

Lógicamente no lo hacía. Saber que Rachel había ido asimilando bien, y sobre todo aceptando la intromisión de mi familia en su mundo, era algo que me llenaba de orgullo y me hacía sentir mejor que nunca. Porque la veía feliz por ello, y porque según me confesó, a su madre le hacía especial ilusión mantener contacto con mis padres y rememorar los viejos encuentros que mantuvieron gracias a las estrellas. Gracias a una afición que seguía avanzando generación tras generación, y que gracias al destino, nos había vuelto a reunir.

—Y por lo que veo no solo habláis de Ethan, sino que también lo hacéis de mí.

—No, no suelo hablar demasiado de ti, solo lo justo y necesario para enterarme que de pronto, has decidido hacerte un tatuaje. Y que no pensabas decírmelo hasta haberlo hecho. Si no me lo llega a decir Frannie, no te lo habría perdonado nunca. ¿Pensabas dejarme fuera de un momento como ese? Te recuerdo que tú me hiciste mi primer tatuaje, creo que es justo que yo esté al menos presente en el tuyo.

—¿Quieres estar presente?

—Por supuesto. Formará parte de nuestra peculiar historia,

—Oh, ¿así que es eso…? Quieres continuar con una tradición.

—Ajam… Aunque confieso que también está el hecho de no perderme tu cara cuando descubras que yo tenía suficientes motivos para quejarme de dolor, y tú te burlabas de mí.

—Oh… Ahora entiendo, ¿Quieres reírte de mí?

—No, no me voy a reír, solo quiero ser testigo de ese momento—mustió dibujando su sonrisa más traviesa— ¿Y dime? ¿Qué es lo que te vas a tatuar?

Me callé. Ver su actitud y como acababa de chafarme la sorpresa de mostrarle el tatuaje cuando ya estuviese acabado, me hizo guardar silencio para al menos, llevarme conmigo algo de orgullo y dejarla con la curiosidad que trasmitía con cada gesto que me regalaba. Sin embargo, y eso era algo que nunca iba a saber, había un motivo extra por el cual no me decidí a confesarle que iba a llevar a cabo aquella locura. Un motivo perpetuado por la tristeza que había empezado a embargarme en las dos últimas semanas, después de asimilar lo sucedido en nuestra última noche juntas y en la que supe que realmente aún seguía enamorada de Jesse.

Sabía perfectamente que no podía esperar nada en ese aspecto por su parte, sabía que la paciencia era justo lo que necesitaba y que en caso de no percibir resquicio alguno por su parte para intentarlo, tenía que asumir cuanto antes que no había indicios de que existiese algo entre nosotras a corto plazo. Lo sabía y lo aceptaba, hasta que su ausencia empezó a hacer mella en mí. Hasta que después de una semana en la que comenzó a involucrarse en ese proyecto para el que el profesor Donovan la había requerido, y que no hizo otra cosa más que alejarla de mí más de lo que ya lo estaba. Tal vez fue por ser consciente de lo que empezaba a sentir realmente por ella, o porque la noche que pasamos juntas fue una absoluta maravilla que quería repetir mil veces más, no lo sé, solo sé que cuando vi reflejado en su rostro el arrepentimiento, las pocas ilusiones que tenía por tenerla en mi vida de una manera más íntima, se desvanecieron por completo.

—Se te ha caído esto—le respondí, encontrando en la hoja que permanecía en el suelo la mejor de las excusas para dejarla intrigada acerca del tatuaje. Lo que no esperaba nunca es que la dichosa hoja fuese a sorprenderme a mí misma como lo hizo. —¿Qué diablos es…?

—Oh… No, no es nada—murmuró ella arrebatándomela.—Solo me entretenía con ella mientras esperaba a que llegases—añadió sin darme opción alguna a que viese lo que había en el interior. Porque sí, no fui capaz de ver lo que había en su interior ya que la hoja estaba plegada por los dos extremos, y el lápiz con el que supuestamente había estado escribiendo sobre ella, los atravesaba logrando que quedasen unidos. Supuse que mi gesto debió llamarle demasiado la atención, y no pudo evitar quitarle importancia. –Solo, solo son fórmulas y ecuaciones.

—¿Fórmulas y ecuaciones? ¿Escribes formulas y ecuaciones mientras me esperas?

—Sí, bueno… Últimamente mi cabeza solo está en estas cosas… Ya sabes, volver a participar en clases y conferencias con tu profesor de Universidad de Astrofísica, no da muchas opciones.

—¿Estás formulando tu propia teoría?—le pregunté buscando su sonrisa, que había desaparecido repentinamente por los extraños nervios que parecieron aflorar en ella al confesarme lo que anotaba en aquella hoja, y procurando no pensar demasiado en el profesor que había empezado a acaparar por completo su atención.

—Qué más quisiera—balbuceó mordiéndose los labios—Por ahora me conformo con jugar con las leyes de la teoría de la gravedad—añadió con más seguridad, y no tuve opción alguna a volver a cuestionarla de forma alguna. La voz de Trevor apareció de repente en el salón, y por como sonaba, supe que me iba a echar en cara mi falta de puntualidad.

Ni siquiera la presencia de Rachel iba a evitar el alud de reprimendas que se me venía encima. Y con razón. Solo deseé que Ethan fuese lo suficientemente importante como para hacer valer mis excusas con él. Y por suerte no me equivoqué, aunque mi hermana tuvo mucho que ver en la maquillada cordialidad que me regaló mi cuñado.

Digo maquillada porque la doble intencionalidad de sus comentarios, así me lo demostró. Supuse que Frannie le había advertido de mi tardanza.

—No te preocupes, como sabía que ibas a tardar y yo tengo muy poco que hacer, he decidido desembalar el nuevo sillón súper re confortable para que puedas relajarte mientras te tatúo. Cualquier cosa por mi querida cuñadita, ¿verdad?—me dijo tras escuchar mi excusa, y ante la mirada inocente de Rachel.

—Es todo un detalle por tu parte—me atreví a responderle justo cuando nos invitaba a pasar al pequeño estudio que me había reservado, lejos del gran salón donde varios de sus trabajadores tenían sus mesas y sillones. Al menos fue considerado y el haberlo hecho esperar no cambió mi petición especial de estar lejos de la visión de cualquier otro cliente, y no solo por la zona concreta que había elegido para tatuarme, sabiendo que prácticamente me tenía que desnudar el torso al completo, sino por evitar que me viesen llorar como estaba segura que lo haría.

Aunque lógicamente, y gracias a la sorpresa de Rachel, mi deseo no se iba a cumplir por completo. Obviamente, no me importaba quedarme semi desnuda frente a ella, pero que me viese sufrir no estaba dentro de mis planes. Y con la colaboración de Trevor y sus burlas, lejos de compadecerme, terminaría riéndose de mí.

Un completo espectáculo para ellos que yo ya empezaba a padecer de nuevo, por culpa de los nervios que volvieron a apoderarse de mí al entrar en la sala, y ver todo el material predispuesto y ese inconfundible olor mezclándose con el sonido de las pistolas. Una combinación que a juzgar por la expresión de Rachel siguiendo mis pasos, también le afectaba a ella.

—Ve preparándote y desnúdate, tengo que subir a por varias baterías y a desinfectarme. Así que ahora vuelvo. –Me dijo ya en el interior de la sala—¿Tú vas a querer estar aquí?—le preguntó a Rachel.

—Sí no hay inconveniente, me gustaría…

—No, claro que no hay problema alguno, eso sí… Si te sientes mal, si te vas a marear o algo al verlo, procura no caerte al suelo, acabo de desinfectar ¿Ok?

—Eh… Claro, claro…—Balbuceó sin percatarse que estaba burlándose de ella.

—Ok… Esto va a ser divertido—murmuró Trevor abandonando la sala al fin. Y vaya si lo fue. Aunque no para mí, desde luego.

—No, no creo que sea para tanto, ¿No?—me dijo ella mostrándose un tanto incomoda mientras yo me decidía a tomar la iniciativa que me había pedido Trevor. Me bastó desembarazarme del bolso y empezar a desabrocharme la blusa, para darme cuenta de la situación.— Quiero decir… Me refiero a que no hay opción de que pueda desmayarme, ¿no?

—No, claro que no, Rachel. Estaba bromeando.

—Ya, pero… Ha dicho que vayas desnudándote…

—Claro. Es una frase bastante habitual para quienes tatuamos… ¿O ya no recuerdas como cuando casi te desnudas por completo cuando yo te lo pedí?

—Sí, por supuesto que me lo recuerdo, casi me provocas un ataque al corazón de hecho, pero… No sé, al decir eso de desmayarme y que te desnudes…

—¿Te pone nerviosa verme desnuda?—le dije tratando de hacerla sonreír, y que apartase el gesto contradictorio que se marcaba en su cara.—Eso sería algo nuevo…

—No seas idiota—me recriminó desviando tímidamente la mirada al quitarme por completo la blusa y quedarme en sujetador frente a ella.—Es porque no sé dónde te vas a hacer el tatuaje, y no sé si esto preparada para según qué zonas… Puede que si me maree si es en algún lugar demasiado íntimo…

—¿Qué?—la interrumpí casi sin poder contener la risa—¿Piensas que me voy a tatuar alguna zona que solo de pensarlo ya notes el dolor? No soy tan atrevida, ni masoquista.

—¿Entonces? ¿Dónde lo vas a hacer?

—Ahora lo verás.—Le dije tomando asiento en el sillón, viendo como ella seguía indecisa o tal vez algo incomoda por la situación, o quizás porque aquella salita no era ni mucho menos su hábitat, y a pesar de haberlo preparado a consciencia para estar allí seguía sintiéndose fuera de lugar.—Vamos, siéntate…

—¿Aquí?—señaló hacia el taburete donde probablemente tomaría asiento Trevor para trabajar.

—En esa silla.

—Oh… Ok, ok.

—¿Qué te pasa, Rachel?

—Nada, estoy un poco nerviosa.

—Soy yo la que lo va a pasar un poco mal, no deberías estar…

—Esto me pone nerviosa. Este lugar, ese olor—me interrumpió—No lo puedo evitar.

—Bueno, siempre puedes esperar fuera. No tienes por qué…

—No, ni hablar. Hoy tengo que estar aquí, y me da igual cómo te pongas o si empiezo a llorar al escuchar ese dichoso sonido de las agujas.

—¿Por qué tanto interés?

—Porque es un día importante.

—¿Un día importante? Solo es un tatuaje…

—Es tu primer tatuaje, y eso lo hace especial. Además… Los círculos se tienen que cerrar de alguna forma.

—¿Los círculos? ¿De qué hablas?—le pregunté realmente confusa, pero no tuve tiempo a recibir respuesta alguna que me sacara de aquel estado. Trevor apareció con su particular sarcasmo.

—¡Bien! ¿Estás lista para la masacre?—lo escuché decir cuando se coló en la sala sin siquiera darnos tiempo a reaccionar—¡Wow! Quinn, si tu hermana ve que te has desnudado para mí, ésta noche duermo en el sofá. Aunque pensándolo bien, tal vez sea una buena opción para dormir una noche entera. La capacidad pulmonar de Ethan cuando llorar a las 3 de la madrugada, es difícil de ignorar. Va para cantante… ¿Qué te parece?—Concluyó mostrándome el boceto del que iba a ser mi tatuaje perfectamente silueteado en el papel, con el tamaño y los detalles que yo misma le había hecho llegar.

—Perfecto—le dije, y casi sin darme cuenta, vi como la curiosidad de Rachel fue superior a esa extraña incomodidad que la acusaba, y se acercó lo suficiente a nosotros como para poder ver el dibujo.

—¿Un columpio? ¿Es una niña en un columpio?—balbuceó sin perder de vista el papel.

—¿Te gusta?

—Me… Me encanta—me respondió completamente sincera, esbozando al fin la sonrisa que tanto me gustaba—¿Cómo no he podido imaginármelo antes? ¿Eres tú?

—¿Quién va a ser si no? Con todo lo que está dando que hablar por culpa de ese mural, se va a tener que cambiar el nombre artístico y llamarse la niña del columpio—intervino Trevor, que ya se esmeraba en acercar a mi sillón todo lo imprescindible para llevar a cabo el trabajo.—Te van a reconocer por todos lados.

—No es el mismo boceto, no tiene nada que ver con el mural… Representaba otra cosa muy distinta a lo que representa éste tatuaje—le recriminé.

—¿Y qué diferencia hay?

—El mural trata de alegrar a los chicos que van a la clínica, a recordarles que son niños y los niños tienen que jugar, que disfrutar de la vida y que aquel lugar no tenía por qué ser frío y aburrido para ellos. Éste tatuaje es algo personal. –Le expliqué cuando ya obedecía sus órdenes para recostarme de manera adecuada en el sillón. Concretamente de costado, apoyando mi cabeza sobre el brazo izquierdo, y alzando el derecho sobre mis hombros para dejar libre el costado, donde iba a plasmar el tatuaje.

—Pero ambos están compuestos por el mismo detalle. Un columpio—me replicó justo cuando decidió que había llegado el momento de desabrochar mi sujetador, y liberar por completo mi costado. Por suerte, la postura me permitía seguir cubriéndome con la prenda íntima, sin quedar por completo expuesta.

—Nada que ver, te lo aseguro. Tal vez ambos tengan un columpio pero el mensaje es completamente diferente. Si me hago éste tatuaje es para recordarme a mí misma de dónde vengo, y lo que quiero en mi vida—le dije sin poder evitar centrar mi mirada en ella, en Rachel.

Había regresado a su silla tras descubrir el boceto, justo cuando Trevor me invitó a que me recostase sobre el sillón, y desde entonces no había dejado de mirarme un solo segundo. Ni a Trevor, ni al dibujo mientras éste lo calcaba sobre mi piel, y mucho menos a la pistola que iba a empuñar y que me iba a meter de lleno en uno de los mayores suplicios que había decidido vivir por puro placer. Porque nadie, excepto yo misma, me obligaba a estar allí y a sufrir lo que iba a sufrir.

No estaba en absoluto equivocada cuando, casi 15 años atrás, hice mi primer tatuaje sobre el cuero de una piel de cerdo, e imaginé cuánto debía doler.

Me bastó escuchar el "allá vamos" típico de Trevor cada vez que se preparaba para dibujar, y el primero de los pinchazos me hizo estremecer como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

—¿Necesitas oxigeno?—me dijo burlándose, y yo ni siquiera pude responderle. Notaba como mi mandíbula se tensaba hasta tal punto de ser incapaz de abrirla para pronunciar palabra alguna, y lo único que hice fue cerrar los ojos y hundir mi rostro entre mis brazos—Te dije que en ésta zona dolía mucho, pero tú insistías… Parece mentira que seas tatuadora. Un poco de dignidad y orgullo, Quinn. Demuestra que…

—¿Puedes callarte?—le repliqué entre dientes, adueñándome de una bocanada de aire que intensificó el dolor que me producía aquella primera toma de contacto de la aguja sobre mi piel, y el resquemor que notaba con cada pasada de su mano eliminando la tinta sobrante.

—Si me callo, te centrarás en el dolor y va a ser peor. Hay que hablar, hablar mucho y no pensar en la aguja. Así que vamos… Cuéntame algo.

—No tengo ganas de hablar.

—Pues tendrás que hacerlo, o tú… ¿Qué me cuentas tú, Rachel?

—¿Yo? –balbuceó ella con apenas un hilo de voz.

—Sí, no hay otra Rachel aquí, ¿o sí?—volvió a burlarse—Frannie me ha dicho que ahora trabajas para la Universidad, ¿eso es verdad?

—No, no… No trabajo para la universidad, solo estoy… Bueno, estoy estudiando unos recursos y preparándome para poder proyectarlos en una investigación.

—¿Una investigación? ¿Sobre qué?—Insistió curioso mientras yo empezaba a notar como los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Estrellas de neutrones.

—Guau… Parece interesante.

—Lo, lo es… Si te gusta la astrofísica, claro.

—Imagino… Quinn, ¿A ti te parece interesante ese tema?

—Si quieres oír algo interesante, sigue hablando con ella—le respondí procurando que en mi voz no se reflejaran las lágrimas que ya habían empezado a caer de mis ojos.

— Ok… Vamos, Rachel, cuéntanos algo que nos entretenga y haga que ésta niña pequeña deje de gimotear por un tatuaje.

—No estoy gimoteando.

—Estás a punto de llorar, y apenas he dibujado un centímetro.

—No voy a llorar… Es solo que duele mucho.

—Ya… Y si no dejas de pensar en ello, te va a doler mucho más. Procura relajarte…

—Es lo que intento, por eso no quiero hablar—solté empezando a desesperarme por la situación. Me era imposible contener la tensión, y cada vez que la aguja se acercaba a mi piel la descarga eléctrica me dejaba casi sin aire

— ¿Y bien, Rachel? ¿Qué historia nos puedes contar para que ésta deje de quejarse?

—Pues… Pues no lo sé.

—Hace un momento estabas… Tenías una hoja repleta de fórmulas y ecuaciones— me atreví a hablar tratando de buscar esa alternativa que tanto deseaba Trevor, y que debía ayudarme a templar los nervios. Conociendo a Rachel como la conocía, sabía que no cualquier cosa la haría hablar. Así que fui a lo seguro—Tal vez podrías hablarle de alguna teoría de esas que nadie entiende, y hacer que se calle de una vez para que deje de ponerme nerviosa. Y se centre en el tatuaje.

—Dios, eres el peor cliente que he tenido en mi vida. Si lo llego a saber no acepto tatuarte…—Me replicó mi cuñado— ¿Qué es eso de una hoja con ecuaciones? ¿Estás formulando tu propia teoría?—añadió buscando a Rachel.

—Eh… No, lo cierto es que solo, solo estaba haciendo tiempo. Jugaba con la teoría de la relatividad.

—¿Utilizas la teoría de la relatividad como entretenimiento? Guau… ¿Cómo puedes ser amiga de Quinn? Debe ser muy aburrido para ti hablar con ella, ¿verdad?—se burló, pero yo no dejé que Rachel lidiase con aquella indirecta en me regaló.

—Es lo que tiene ser astrónoma y astrofísica—mascullé justo cuando volvía a notar el incesante calambre de la aguja.—Es lo suficientemente inteligente como para saber que no soy estúpida como tú quieres hacerme parecer.

—Mmm… Si tú lo dices— volvió a burlarse— ¿Sabes, Rachel? Nunca comprendí muy bien todo ese asunto de Einstein y Newton… Si hubiesen coincidido en el tiempo habría mal rollo entre ellos, ¿verdad?

—Bueno, imagino que a Newton no le agradaría demasiado la presencia de Einstein, pero supongo que al final le estaría agradecido.

—¿Agradecido por qué?—cuestioné yo por inercia, y Rachel me miró un tanto curiosa tras percibir mi actitud.

—Quinn, ¿Tú conoces la teoría de la relatividad?—me dijo Trevor.

—Pues… Claro. Energía igual a masa por la velocidad de la luz al cuadrado.

—No hablo de la dichosa ecuación, hablo de conocer la teoría… ¿Sabrías explicarla?

—Pues…

—Lo suponía.

—¿Qué insinúas?—le reproché por tratar de dejarme en ridículo de nuevo frente a Rachel, que curiosa seguía sin quitarme ojo, ni a mí ni al tatuaje.

—No insinúo nada, yo tampoco sabría explicarla de manera que se pueda entender. Y siempre he leído que Einstein tuvo problemas por culpa de la teoría de la gravedad… Nada más. ¿Tú sabrías explicárnoslo, Rachel?—le dijo y yo automáticamente abrí los ojos para buscarla y ver su reacción. No falló mi intuición al predecir que aquella cuestión le iba a gustar, el brillo en sus ojos no se hizo esperar, y ni siquiera mis lágrimas la hicieron dudar.

—¿Quieres que te explique la teoría de la relatividad o la contradicción que halló Einstein con la teoría de la gravedad?

—Todo, me gustaría no tener que quedarme en silencio si alguna vez Ethan me llega a preguntar por ello—acotó y la sonrisa en mi chica galáctica no se hizo esperar.—Además, de esa manera no escucharé los sollozos de ésta quejica.

—Ok…

—Procura que sea con palabras fáciles de asimilar, recuerda que tenemos a Quinn escuchando y también querrá comprenderlo—añadió burlándose, y yo estuve a punto de girarme para amenazarlo de alguna manera, pero notar la aguja en mi piel no me daba opción alguna más que callar, y que Rachel fuese quien encontrarse en mi gesto mi desaprobación por aquel comentario.

— Bien… Pues todo se remonta a cuando Einstein descubrió que la velocidad de la luz es una especie de límite cósmico, que no hay nada en el universo que puede superarla, ya que nada puede viajar más rápido que ella. Supongo que eso lo sabéis, ¿verdad?—preguntó y ambos asentimos, o al menos yo lo hice— Bien, pues resulta que cuando halló ese nuevo concepto, se percató de que con él estaba contradiciendo nada más y nada menos que la mismísima teoría de la gravedad, algo que nadie hasta entonces se había atrevido a contradecir. ¿Y cómo lo hizo? Pues de una manera muy sencilla aparentemente, pero que nadie antes había logrado hallar… Newton creía que la gravedad era una fuerza que actuaba instantáneamente a cualquier distancia, por lo que una

alteración en esa misma fuerza causaría efectos repentinos, sin tiempo alguno a reacción. ¿Ok? Newton nunca fue capaz de descubrir el valor con el que pudiese definirse la velocidad de actuación de la gravedad. Simplemente era instantáneo.

Einstein sí halló un valor para medir la velocidad de la luz en una constante universal. Una velocidad que como ya sabéis, nada ni nadie puede superar. Esto repercutía completamente sobre la teoría de Newton, y provocaba esa enorme contradicción con el nuevo concepto de Einstein. Él, lógicamente, sabía que se enfrentaba a un gran problema científico para el que el mundo no estaba preparado ni podía asimilar con facilidad, tras más de 200 años creyendo que Newton estaba en lo cierto. Para evitar que el mundo entero cayese sobre él, tenía que encontrar la manera de demostrar que no estaba equivocado, y lo logró gracias a la formulación de su teoría de la relatividad general, y que halló gracias a la relatividad especial que ya había teorizado años antes. Justo esa que acaba de mencionar Quinn.—Dijo regalándome una media sonrisa que me hipnotizó, aunque supuse que lo había hecho justo al escucharla mencionar la primera palabra de aquella explicación.

Si alguna vez me pregunté qué tenía aquella mujer para cautivarme como lo hizo, era sin duda aquello. Aquel magnetismo, aquellos gestos que transmitía hablando de lo que más le gustaba, aunque en mi mente todo fuese confuso.

Rachel no era una belleza extraordinaria, su físico no se asociaba al canon de belleza establecido por la moda del siglo XXI. Era una chica normal, de baja estatura, de cuerpo menudo aunque bien definido y piel bronceada. Sus rasgos no eran nada del otro mundo, todo lo contrario, sus pómulos bien marcados lograban restarle importancia a una nariz que, a pesar de habérselo negado rotundamente a Chad en muchas ocasiones, era desproporcionada con el resto de su rostro. No tenía mucho que destacara de su físico, ni tampoco nada de lo que avergonzarse, por supuesto, pero a mí me parecía realmente hermosa. Me fascinaba recibir su mirada, sus sonrisas. Me volvía completamente loca escucharla hablar como lo hacía, como movía sus manos cuando la timidez desaparecía de su cuerpo, o su particular manera de expresarse.

Aquellos minutos en los que nos envolvió con su explicación científica sobre las teorías de probablemente dos de los más grandes genios que ha dado la historia de la humanidad, yo no pude evitar observarla, quedarme completamente embelesada en ella mientras Trevor seguía dibujando sobre mi piel, y el dolor continuo me tensionaba por completo. Aunque tengo que admitir que conforme iban pasando los minutos y mi atención se centraba más en ella, el dolor punzante fue menguando hasta casi convertirse en un leve cosquilleo casi imperceptible.

Y todo gracias a ella. Y todo gracias a él.

—¿Y cómo se demuestra?—lo escuché decir, casi sin darle tiempo a Rachel de respirar— Quiero decir, vale que todas esas teorías se formulan con ecuaciones y demás, pero no hay manera de explicarlo de manera que…

—Por supuesto que sí—le interrumpió ésta vez ella. Con la emoción escapando por cada poro de su piel. Tanto que incluso arrastró la silla y se acercó a nosotros como si ello le diese más claridad a sus palabras.

No lo niego, a mí me dio la vida el poder tenerla a escasos centímetros.

—A ver… Situémonos en nuestro sistema solar. Imaginaos que de repente el sol estallase, o mejor dicho se volatilizara desapareciendo por completo, así sin más—añadió con un chasquido de sus dedos, logrando aún más nuestra atención— Según la teoría de la gravedad de Newton, el efecto que produciría en los planetas un caso como ese sería devastador. En el momento de producirse los planetas saldrían disparados de sus órbitas y se perderían en el espacio sin un rumbo fijo.

Einstein sabía que la luz no tenía esa cualidad, no viajaba de manera instantánea sino que necesitaba un valor para poder calcular su velocidad, y el ejemplo más sencillo es lo podemos ver con los rayos del sol, que tardan 8 minutos en recorrer los casi 150 millones de kilómetros que nos separan de él. Si había demostrado que nada, ni siquiera la gravedad que carecía de valor universal viajaba más rápido que la luz, en el caso de que el sol desapareciera de repente, la luz del mismo seguiría llegando a la tierra hasta 8 minutos después de su desaparición, por lo tanto… ¿Cómo podría salirse de órbita antes de que la luz se extinguiese si nada superaba la velocidad de la luz…? Era imposible unir ambas teorías, pero no por ello significaba que alguna de ellas estuviese mal. De hecho, las ecuaciones que utilizó Newton para elaborar la teoría de la gravedad eran completamente certeras. Gracias a ellas se pudo explicar el fenómeno de las mareas, de los equinoccios, el movimiento de los cuerpos celestes, los viajes espaciales, la caída de los objetos a la tierra, como la famosa manzana, el descubrimiento de los planetas Urano, Neptuno y Plutón, y que se yo, mucho más. Obviamente Newton no podía estar equivocado, por eso Einstein no tiró la toalla y siguió investigando hasta que halló la solución. Tuvo que pasar diez años de quebradero de cabeza hasta encontrar la solución al nuevo concepto, en el que la gravedad no excedería nunca la velocidad cósmica gracias una nueva forma de unificación. Para explicarlo formuló la teoría de las 3 dimensiones espaciales, y la dimensión única temporal, unidas en un solo tejido espacial. Para que sea más sencillo de entender, Einstein teorizó que el espacio podría ser como la superficie de una cama elástica, que se comba o se estira dependiendo de los objetos pesados que caigan sobre ella. Y es ésta curvatura del espacio— tiempo, la que crea lo que llamamos gravedad. La tierra no se mantiene en órbita porque el sol ejerza su fuerza gravitacional de manera instantánea, como teorizó Newton, sino porque sigue las curvaturas del tejido espacial causado por la presencia de la masa solar. Con éste concepto, si desaparece el sol de repente, la perturbación gravitacional provocaría una ola que viaja por el tejido espacial, del mismo modo que lanzar una piedra en un lago genera una ondulación en el agua. Si imaginásemos que la piedra es el sol, y la tierra está en la orilla del lago, la onda que produce la perturbación de la piedra en el agua, sería lo que desplazaría la órbita de la tierra justo en la orilla. ¿Lo entendéis?—cuestionó, y supuse que Trevor asintió, porque decidió continuar sin ni siquiera esperar respuesta por mi parte.—De esa manera no percibiríamos el cambio en nuestra órbita alrededor del sol hasta que esa ola alcanzara nuestro planeta. Es más, Einstein fue a más y calculó que estas ondas gravitacionales viajan exactamente a la velocidad de la luz, dándole por fin un valor universal a la teoría de Newton. Gracias a ese nuevo concepto solucionó el problema que se le presentaba con la teoría de la gravedad y la velocidad a la que se desplaza, pero además nos mostró una nueva forma de ver la fuerza de la gravedad con las curvaturas y los pliegues en un tejido del espacio, y el tiempo.

—Oh… Eso es lo de los agujeros de gusano, ¿no es cierto?—intervino Trevor, y ella asintió con medio sonrisa—¿Es verdad que el espacio tiene esos pliegues?

—Bueno, según Einstein y la unificación de ambas teorías sí.

—Pero los agujeros de gusano no existen, ¿no?

—No, no existen, aunque en teoría podrían existir, sin duda.

—¿Y cómo podría darse uno? ¿Qué se necesita para que exista un agujero de gusano en el espacio?

—Pues… Tendríamos que adentrarnos en el mundo de la variedad Lorentziana, y hablar de las curvas cerrada de tipo tiempo.

—E intuyo por tu tono de voz que ni Quinn ni yo íbamos a enterarnos de algo, ¿verdad?

—No, no es eso, es solo que es bastante complejo para explicar así… Sin más. Pero puedo intentarlo.

—Por mi adelante… ¿Tú qué dices, Quinn? Dejamos que nos explique cómo funcionan los agujeros de gusanos?—Me preguntó, y de nuevo yo guardé silencio, aunque asentí mentalmente, de forma que solo ella pudiese escuchar. Y a juzgar por su sonrisa al mirarme directamente a los ojos, supe que lo había hecho. Que una vez más había leído mi mente.

Y no volvió a dudar un solo segundo acerca de lo que decía. Y yo, por supuesto tampoco mencioné palabra alguna en los siguientes minutos en los que nos adentró en el complejo y complicado mundo de las leyes espaciales, de los tejidos, de las teorías de cuerdas o los bucles gravitacionales, de los viajes en el tiempo, a las curvas geodésicas y otras muchas más expresiones que me era imposible repetir por su dificultad, y que ella terminó representándonos de la forma más sencilla y humilde que jamás podía llegar a pensar.

Con una simple hoja de papel.

La dichosa hoja con fórmulas que utilizó para entretenerse mientras yo me retrasaba. Esa extraña hoja plegada con el lápiz atravesando sus dos extremos, era la imagen gráfica que utilizó para mostrarnos como sería ese famoso pliegue del tejido espacial del que hablaba Trevor, que debía darse para que un agujero de gusano existiese, y que logró que yo me olvidase por completo de que en mi piel se estaba plasmando mi primer tatuaje. De hecho, no volví a recordarlo hasta que Rachel terminó su explicación, y Trevor me avisó de haberlo terminado.

Juro que fueron los 15 o 20 minutos más extraños de toda mi vida, y los más reveladores, sin duda.

Mientras el macarra de mi cuñado me marcaba para toda la vida con tinta, ella, mi chica galáctica parecía haber provocado uno de esos agujeros de gusanos, o tal vez había abierto una puerta a otra dimensión para volver al pasado, o revivir uno de los acontecimientos estelares de nuestras vidas, siete años después.

No pude evitar maldecirme al recordar cuando fui a hacerle su primer tatuaje. Me lamenté de no haberme acercado más a ella, de no haberla obligado a que me invitase a aquellas dos cervezas que iban a suponer su forma de pago. Me lamenté de haberla dejado marchar en vez de haberme dado la oportunidad de conocerla un poco más. ¿Qué habría pasado de haber llevado a cabo todas esas cuestiones? ¿Qué habría sido de nosotras si aquella noche nos vamos a tomar algo juntas? Tal vez, y siendo consciente de mi personalidad en aquellos años, no habría soportado alguna de sus charlas astronómicas por más de diez minutos, y quizás por ello el poderoso destino había ido acercándomela poco a poco, dejándome pequeñas pinceladas de lo increíblemente especial que era aquella chica. Quizás aquella, la manera en la que se dio nuestra historia, era la que tenía que ser para llegar a este ese instante en el que ya no podía mirarla sin desearla. En el que todo lo que me importaba respecto a ella, era verla feliz, verla sonreír y a ser posible, que lo hiciera a mi lado. Que me llamase como lo hacía casi a diario, pero que también lo hiciera antes de dormir para decirme que pensaba en mí, que me soñaba como yo la soñaba a ella.

Por desgracia eso no sucedía, y a juzgar por nuestro último encuentro, intuía que no sucedería en un tiempo cercano. Y eso me desesperaba. Me desesperaba y me hacía sentir mal por notar como mi paciencia se iba a acabando. Eso era lo último que deseaba que me sucediera.

¿Desde cuándo el amor tiene prisas? El amor es como la cocina, todo lo bueno, el plato que más se disfruta se hace con calma. A ser posible, a fuego lento. Ese fue el consejo que mi padre me dio cuando supo que Robert insistía en estar conmigo cuando apenas era una adolescente, y yo no sabía qué hacer. Y ese mismo pensamiento rondaba por mi mente en aquellos días , tratando de no pensar en la cada vez más certera posibilidad de que ella solo me quisiera como una amiga más.

Tiempo, Quinn. Solo necesita tiempo, y lo que tenga que suceder, sucederá.

Mi leitmotiv, mi mantra cada vez que terminaba alguna conversación telefónica con ella y escuchaba su despedida con un; Cuídate, que siempre me sabía a poco. Un pensamiento que en ese instante me obligué a tener tras tenerla allí, junto a mí en un momento realmente especial, y hacer con su mera presencia que todo fuese mucho más ameno. Y probablemente, inolvidable.

—Ok, esto está listo—dijo Trevor tras dar por finalizado el tatuaje—Vamos, te puedes levantar si quieres… —Añadió justo cuando yo sabía que iba en busca de uno de los espejos móviles para que pudiese contemplar el resultado.

No me equivoqué, y no solo en que mi cuñado ya disponía junto a mí el espejo, sino que tampoco lo hice al pensar en Rachel como la mejor compañera para una escena como aquella. Fue ella, fueron sus manos las que sin que siquiera se lo pidiese, tomaron las mías para ayudarme a reincorporarme en el sillón, aliviando considerablemente el resquemor que me producía el más mínimo movimiento. Y no solo eso, sino que también fue la culpable de que mi sujetador siguiese cubriéndome y no quedase completamente expuesta ante mi cuñado. Un detalle, otro más, de lo que la hacían realmente especial.

—¿Te gusta?—me preguntó Trevor cuando yo me quedé sin palabras al contemplarlo. Y no porque fuese una obra de arte, ya que realmente era un dibujo bastante sencillo, sino por lo que

significaba. Porque estaba ahí, porque estaba en mi piel y ya era parte de mí. Porque la silueta de aquella niña columpiándose era yo, y nadie me iba a bajar de él nunca más.

—Es… Es precioso—musitó Rachel, adueñándose de mis palabras para responder—Es realmente inspirador, Quinn.

—Lo es—susurré—Ahora entiendo por qué muchas personas llegaban a emocionarse tanto cuando las tatuaba.

—Es una sensación única, al menos en mi caso lo fue.

—Ya… Ahora lo sé—le dije y ella me sonrió orgullosa.

—¿Quieres volver a tatuarte?—inquirió Trevor mirando a Rachel, sacándonos de aquel cruce de sonrisas y miradas que a buen seguro le llamó la atención—Estoy dispuesto si…

—No, no… Que disfrutase de la sensación, no hace que me olvide de lo que me dolió. No volveré a tatuarme nunca más. Tengo lo que quiero, y por quien quiero…—Soltó provocándome un escalofrío que, de no haber sido porque aún tenía la piel erizada por el tatuaje, ambos lo habrían visto a simple vista.

—Quejicas…—Replicó él sin percatarse del doble sentido de sus palabras, o tal vez ignorándolo a consciencia.

Trevor no era un hombre demasiado avispado en temas del corazón, pero casi 20 años al lado de mi hermana tenía sus consecuencias, y probablemente una de ellas era la de saber cuándo parecía sobrar en una situación, o mejor dicho, sabía cuándo quitarse de en medio para no influir con su presencia. En aquel instante, estoy convencida de que fue plenamente consciente de ello. –Vamos, ya que has estado presenciándolo todo, que menos que pongas tu granito de arena. Seguro que te hace ilusión participar –Le dijo ofreciéndole uno de los tubos de pomada que Rachel acertó a coger sin saber muy bien qué pretendía. Yo sí lo supe, por supuesto—Voy a atender a un chico que ya debe de estar esperándome, ya que he tenido que retrasar su cita por tu culpa—añadió tras deshacerse de los guantes, y tras retirar todo el instrumental de mi lado. –Explícale como tiene que ponértela…— Concluyó, y no dijo más. Mi cuñado se excusó dándole a Rachel la responsabilidad de proteger mi tatuaje con la vaselina que se utilizaba para ello. Aunque a juzgar por la cara que puso, no sabía muy bien cuál era su objetivo. Una cara que terminó provocándome la risa.

—¿De qué te ríes? ¿Por qué me ha dado esto? ¿Qué… Qué pretende que haga?

—Pretende que me la pongas en el tatuaje, Rachel.

—¿Yo?

—Pues… Sí. No puedo ponérmela yo sola, a menos no la primera vez. Tiene que cubrir bien la zona y…

—¿Y si te hago daño?—me interrumpió realmente asustada.

—No lo harás, de eso estoy segura. Pero si no quieres, no te preocupes… Intentaré ponérmela yo sola, y tú me…

—No, no—volvió a interrumpirme, ésta vez evitando que le arrebatara el bote de entre las manos. Aunque he de admitir que simplemente fue una estrategia para hacerla reaccionar –Dime como lo hago y lo haré. –Añadió decidida, aunque supe que lo hacía solo en apariencia. Por dentro parecía tan asustada que me resultaba imposible no verla jodidamente adorable. Incluso la vi temblar.

—Solo tienes que extenderla… Ponte uno de esos guantes.—Le indiqué y rápidamente, como si le fuese la vida en ello, se adueñó de un par de ellos. –Bien, ahora simplemente extiéndela sobre el tatuaje—añadí permitiéndole que pudiese hacerlo sin demasiadas complicaciones, aunque antes de ello tuve que indicarle varios detalles más, e incluso tuve que ser yo quien pusiera sobre su mano temblorosa la cantidad adecuada de pomada. Un temblor que no cesó ni siquiera cuando atinó a deslizarla sobre mi costado con una dulzura casi infinita, creyendo que el simple roce del aire sobre mi piel me estuviese haciendo daño. Para mí fue una completa delicia, sobre todo por lo que ya lograba provocar en mí su simple presencia —¿Ves? No es tan complicado.

—¿No te duele?

—No, ¿Cómo me va a doler si lo haces de esa manera? Es imposible.

—Si te duele me lo dices, no quiero que…

—¿Has visto?—volví a interrumpirla, utilizando de nuevo el mejor truco que tenía para lograr que se relajase y no pensase en ello—¿Quién nos iba a decir hace siete años que íbamos a estar aquí, haciéndome un tatuaje y tú cuidándome para que quede perfecto?

—Obra del destino, supongo—musitó mirándome tímidamente durante varios segundos, los que yo guardé en silencio al escucharla mencionar aquello. Al ver que de nuevo todo volvía a ser como debía ser.

Que Rachel aceptase de nuevo que el destino era quien manejaba nuestros caminos fue toda una bendición para mí. Y supe por cómo me miró que sabía perfectamente lo que pensaba de ello.

—Será…

—¿Sabes? Einstein dijo una vez que tendremos el destino que nos merezcamos.—Me interrumpió sorprendiéndome. Regalándome un gesto en su cara que me hizo comprender que algo rondaba por su mente, y que no parecía saber cómo decírmelo— ¿Tú crees que será bueno lo que está por llegarnos?

—Ni idea, por eso prefiero no pensarlo y vivir lo que me toca en el presente. Pero pensándolo con sinceridad, si hacerte un tatuaje hace siete años es la causa de que ahora estemos aquí, después de haber vivido todo lo que hemos vivido… Sin duda, tengo mucho más de lo que merezco.

—Eso, eso me deja en una buena posición.—Me dijo dibujando una tímida sonrisa mientras las yemas de sus dedos volvía a extender con dulzura la pomada sobre mi costado— Supongo que si estoy siendo algo bueno para ti, tengo derecho a merecer un buen destino…

—El mejor, te lo aseguro. Ya verás, la vida te tiene que compensar por ser como eres con el mundo entero.

—Si tú lo dices…

—Si no es así, ya haremos algo para que eso suceda.

—Mmm… Honestamente, en éste punto de mi vida prefiero que todo siga como va. Ojala no cambie absolutamente nada, al menos no de aquí a unos días.

—¿Por? ¿Qué ocurre de aquí a unos días?

—Pues… Verás—murmuró regalándome de un nuevo silencio que empezó a impacientarme, y que confirmaba mis sospechas acerca de lo que podía estar rondando por su cabeza. –Lo cierto es que uno de los motivos por los que he decidido venir hoy, no es solo para acompañarte con el tatuaje…

—Ya, me has dicho que tenías unos asuntos que solucionar—balbuceé temiéndome lo peor; que Jesse estuviese involucrado.

—Así es. He, he venido a despedirme de mi tío Clarke, de mis primos… —Respondió dejándome aún más confusa de lo que ya estaba.

—¿Despedirte?

—Voy, voy a estar un tiempo sin poder venir a verlos—añadió y yo sentí como un nudo en mi garganta estaba a punto de dejarme completamente sin respiración. No dije nada, simplemente esperé a que continuase destrozando las pocas oportunidades que me quedaban por tenerla a mi lado. –Ya sabes que he pasado un par de semanas poniéndome al día con el profesor Abraham para el proyecto de Donovan. Pero la investigación ya no puede continuar en Oklahoma, y… Bueno, me han avisado para que me desplace. Voy, voy a formar parte del equipo de investigación. ¿Sabes lo que eso significa?

Sí. Sí que lo sabía. Sabía que aquella era probablemente la mejor noticia que esperaba darme, que por fin, y gracias a una serie de casualidades que yo quise asociar al destino, iba a trabajar en lo que más le gustaba, que iba a empezar a vivir su vida como realmente deseaba hacerlo y mejor le sentaba. Pero también sabía que aquello suponía un inconveniente para mí. Un inconveniente en el que no pensé cuando la alentaba a hacer lo que más deseaba hacer. Un inconveniente para el que no sueles estar preparada cuando te enamoras como yo lo había hecho de ella.

De Rachel me podía separar la distancia, me podía alejar de ella su inteligencia, su amor por los libros e incluso Jesse. Cualquier cosa podría suponer una opción para no tenerla como deseaba tenerla en mi vida, sin embargo con ninguna de ellas, a pesar de todo, sentí que pudiese perderla. Pero las estrellas eran otro mundo. Era su mundo, y eso sí que podía alejarme de ella para siempre

sin que yo tuviese fuerzas para luchar contra ello. Y no solo fuerzas, es que me veía incapaz de interponerme en su felicidad. Nunca, por mucho que llegase a quererla, lucharía contra algo que le estaba dando la vida.

—Es, es genial…—Balbuceé tratando de mostrar una alegría que no parecía querer dejarse ver—Me alegro muchísimo por ti.

—Bueno, no te puedo negar que estoy realmente entusiasmada. De hecho, es todo tan bonito que todavía no me atrevo a creérmelo. No hasta que esté allí…

—¿Qué puede suceder? Eso estaba para ti, Rachel. ¿Ves? El destino nos da lo que nos merecemos, y tú sin dudas mereces que solo te pasen cosas buenas.

—Ojalá sea así.

—Ya verás que sí…

—No obstante… No me vendría mal algo de ayuda por tu parte en los próximos días.

—¿Mi ayuda? Por supuesto. Solo, solo dime qué puedo hacer y lo haré. –Le respondí con total y absoluta honestidad, empujando con todas mis fuerzas aquel nudo de mi garganta hasta hundirlo en lo más profundo de mi estómago, evitando que me hiciera actuar como nunca deseé hacerlo.

—Pues, supongo que no estaría mal que me ayudases a buscar casa—me dijo tras guardar de nuevo un par de segundos en silencio, y desviar su mirada del tatuaje para anclarla en mis ojos. Todo ello con una leve sonrisa que fue adueñándose de su rostro hasta confundirme a más no poder. –Sé que ya me atrevo a viajar sola y esas cosas que nunca quise hacer, pero… No sé cómo voy a hacer para conseguir un lugar en el que vivir sin apenas tiempo. En cuánto me traslade, empezaré a trabajar y…

—No te preocupes. Yo te ayudaré cuánto necesites.

—Perfecto. Tampoco necesito algo llamativo, me conformo con un apartamento pequeño para mí sola, y a ser posible cerca del campus. Los Ángeles es una ciudad demasiado grande como para vivir lejos del trabajo, ¿no crees?

—¿Qué?—La cuestioné por inercia, ignorando por completo su pregunta.

—Pues eso, que Los Ángeles es una ciudad inmensa. Los primeros días me van a pagar un hotel para poder empezar a trabajar pronto, pero voy a necesitar ayuda para encontrar un lugar en el que…

—¿Los Ángeles?—volví a intervenir para asegurarme que no había escuchado mal.

—Claro. ¿Dónde si no?—me dijo dando por finalizada la tarea que le había encomendado Trevor, aunque yo ni siquiera me percaté de ello.

—¿Vas a…? ¿Te vas a trasladar a Los Ángeles?—tartamudeé de nuevo, asegurándome de que realmente no era una broma de mal gusto. Y su respuesta me devolvió la ilusión.

Una sonrisa, aunque ésta vez con más intención fue lo único que necesitó. Una sonrisa en la que intuí también algo de timidez, y que hizo que el estúpido nudo que minutos antes me había estado revolviendo por dentro, ascendiese de nuevo hasta colapsarme, pero esa vez por la emoción. Por unos incipientes nervios que hicieron que mi corazón empezara a palpitar con tanta fuerza que creí que ella podría oírlo sin siquiera prestarme atención. Por una emoción que ya no me iba a abandonar en mucho tiempo, o al menos eso creía, y que si no llega a ser por culpa del lugar estratégico de mi nuevo tatuaje, habría firmado con un abrazo que deseaba recibir, y por supuesto entregarle de la misma manera.

Pero me contuve. Me contuve porque tal vez el destino había querido que me llegase esa noticia justo en ese instante, y que todo estuviera preparado para simplemente responderle con mi sonrisa más sincera, y una mirada que transmitiese al menos una mínima parte de la ilusión que me regalaba al hacerme participe de aquellos planes. Me contuve porque después de haberme desilusionado como lo hice minutos antes, no quería estropearlo y volví a darle cuerda a la paciencia y esperar que ese reloj que marcaba el tiempo de su recuperación, me avisara de cuándo podía o debía dar un paso más.

Lo único que me preocupaba en aquel instante, era que Rachel no se olvidase de darle un valor universal a ese tiempo de espera, como Newton no supo hacer con las leyes de la gravedad, y que su teoría, la teoría de Rachel Berry, fuese lo suficientemente clara y benevolente por el bien de mis ganas, de mis sentimientos, y de mi paciencia.

Sobre todo de mi paciencia.