— «Aunque era hija de un pobre panadero, la muchacha soñaba con ser una princesa.»

La familia real neerlandesa, acompañada de su nación, salió en un coche rumbo a un concierto navideño. Un hombre, montado en una furgoneta, arrolló a la multitud que los recibió en el Teatro de la Ópera y trató de hacer lo propio con sus representantes. La policía logró detenerlo antes de que lo consiguiera, pero no pudo evitar que cuatro personas murieran y diecisiete resultaran heridas.

— «¡Qué hermoso sería estrenar vestido y bailar toda la noche!, decía. Cada noche antes de acostarse miraba por la ventana a las estrellas del cielo y les pedía su deseo.»

El mercado navideño de Riga transcurrió sin problemas hasta que un hombre sacó de su abrigo un arma de fuego y comenzó a disparar. Se atrincheró en una cafetería cercana, tomando por rehenes a treinta clientes. Mató a uno antes de que las fuerzas de seguridad consiguieran reducirlo. En el mercadillo murieron dos turistas. Siete heridos de bala.

— «Un buen día, la jovencita salió a dar un paseo por el bosque, cuando se encontró con un apuesto príncipe que cazaba por allí.»

En Vietnam, un grupo de desconocidos detuvo en plena carretera un autobús plagado de turistas de varias nacionalidades, aunque la mayoría coreanos. Rociaron el vehículo con gasolina, le prendieron fuego y se quedaron a ver cómo las personas que había dentro ardían. Solo sobrevivieron tres.

— «Buenos días...»

Me quedé mirando la ilustración durante demasiado tiempo.

Era un chico con melena corta castaña, con gafas.

Mierda...

Demasiado tarde. Los niños me estaban mirando. Las enfermeras me estaban mirando. Los fotógrafos y periodistas me estaban grabando y sacando fotos.

— Perdonadme...—susurré, enjugándome las lágrimas y respirando hondo para empujarlas hacia muy abajo, donde no molestaran—. «B-Buenos días, bella dama, le dijo...»

— ¿Qué te pasa?—preguntó una niña con dos coletas muy graciosas.

Podría haber dicho que no me pasaba nada, pero ni siquiera los niños se lo habrían creído.

— ...Me ha recordado a alguien a quien una vez quise mucho...—me vi forzada a admitir.

Les di un material sensacional a los malditos periodistas, eso lo sé. Ya estaba viendo los titulares: "Las lágrimas de la nación", o algo parecido...y sí, me encontré un reportaje que se llamaba así precisamente. En cuanto a los niños, estaban demasiado sorprendidos por mi reacción como para que les interesara el cuento. No hubo forma de volver a sumergirles en la historia.

Un niño gordito saltó de su cama y me abrazó. Suspirando, lo abracé. Los niños son lo más puro que hay. Muchas veces he deseado poder tener los míos propios. Las naciones no son completamente estériles, hay casos en los que pueden engendrar; al menos eso parece. Si Austria y yo le hubiéramos puesto empeño, quizás...

Austria...

No hacía más que pensar en Austria. Austria. Austria. Austria. No lograba hacerme a la idea de que se había ido y no volvería nunca más.

No era la única, en realidad. Su propia gente también estaba perpleja. Habían pasado semanas y aún estaban en shock. Vi en un telediario a gente que hacía vigilias por la noche, tocando instrumentos frente a su casa, banderas en cada balcón, lágrimas. Se preguntara a quien se preguntara, la respuesta era la misma: querían mucho a su nación, creían que aunque el movimiento se hubiera expandido la gran mayoría de la gente aún lo apoyaba, que mientras una sola persona creyera en él seguiría vivo, ¿por qué había ocurrido aquello? Ahora le mostraban todo su cariño, cien veces más del que le profesaron en vida, con la amarga esperanza de que así, quizás, volvería a la vida. Pero nadie lo veía por ninguna parte, ni tampoco se encontraba con algún recién nacido con aspecto divino, salido de la nada, que se le pareciera.

De haber buscado el consejo de Noémi cuando la conocí, hace más de treinta años, me habría llevado de bares para ahogar las penas y me habría buscado un maromo. Estar con el mismo hombre durante cincuenta y dos años, me habría dicho, era una tortura, y más siendo un aspirante a Beethoven inmortal "que andaba con un palo metido por el culo". Pero con los años se calmó, ella misma se casó en contra de los principios de su juventud y ahora, una mujer ya cerca de la jubilación con tres hijos y dos nietos, optó por convertirse en mi pañuelo de lágrimas. Nos reunimos, como siempre, en su casa, después del trabajo, con unas tazas de café.

— No me puedo creer que él haya caído...Es que no puedo creérmelo...Quiero decir, hay naciones que tienen una relación mucho peor con su gente, y ellos están vivos y él...

Los brazos de Noémi fueron mi refugio ese día. Ella también vio mi escenita en el hospital infantil, pero no me juzgó. No me dijo que era tonta por ponerme a llorar así delante de unos niños por algo tan tonto.

— La muerte es así de caprichosa, ya lo sabes...

— La última vez que hablé con él fue en un chat. No me acerqué a él durante la última cumbre internacional...Mira, aquí lo tengo. "Ten cuidado". Eso fue lo último que me escribió. Quien tuvo que haber tenido cuidado era él...

— Venga, desahógate, querida. Eso es.

No quería llorar más. Quería golpear las paredes, encontrar a los que iniciaron lo del movimiento y partirles la cabeza. Ellos no conocían a Austria. Se creían que nos tenían calados y no sabían nada sobre nosotros, cómo éramos ni lo que sentíamos. Austria tenía sus cosas, pero era un buen hombre. Dios, sentí tantísima rabia...

«La muerte es así de caprichosa»

He visto morir a mucha gente. Mis dirigentes. En los campos de batalla. Mis amigos. He visto muchas clases de muerte: tempranas, tardías, en el momento preciso. Parecía que me había llegado el turno a mí. Es de esas cosas que crees que nunca te pasarán hasta que ocurre. Primero fue Sealand, a quien solo conocía de vista. Luego Austria, a quien una vez llamé esposo mío. La siguiente debía ser yo.

Adopté la misma decisión que Polonia y prescindí de mis guardaespaldas. Comencé a salir, a dejarme ver. Tan solo pedí un arma. Las del siglo XXI son estupendas, tienen un alcance con el que solo habría podido soñar hace siglos. La llevé encima todo aquel tiempo. Por si a alguien se le ocurría hacer daño a la gente que me rodeaba. A Noémi. A los que visitaba. A la gente que pasaba por la calle. Si me querían, les estaría esperando.

Dios mío, pensé, ten piedad de mí.