Capítulo 34: El Mapa del Merodeador
18 de Diciembre, 1976
—Maldito invierno, lo detesto.—masculló Morgan, pasándose una mano enguantada por la nariz y volviendo a enterrarla en el bolsillo de su capa casi de inmediato.
—No está tan mal. —intentó animarla James, volteando con una sonrisa divertida.
La bruja se abstuvo de bufar, y en su lugar continuó con la caminata hacia Hogsmeade, uno de sus ojos mostrando un pequeño tic cada vez que la nieve crujía bajo sus pies.
A su lado, Lily la tomó del brazo, sus dientes castañeando.
—Usualmente no me molesta, pero esto es ridículo. —concedió la otra chica, pegándose a su amiga tanto como podía.
Morgan le dio una mirada de reojo, agradecida por no ser la única sufriendo bajo el cruel clima escocés.
Tampoco hacía mucha diferencia. Fuera en Escocia o Inglaterra, el invierno era tan helado como de esperarse, pero eso no significaba que la joven se hubiera acostumbrado en sus años de vida.
Delante, Sirius lanzó una bola de nieve a la cabeza de Remus, y Pettigrew celebró con forzadas alabanzas y risa rimbombante. Remus miró a sus amigos con desinterés, sacudiéndose la nieve del cabello.
—¿En donde están sus amigas?—preguntó James a Morgan, ignorando a Lily.
Ambas habían notado el cambio de actitud del chico para con la prefecta. Era educado, hablaba con ella de tanto en tanto y no la excluía de sus malas bromas a la hora de sentarse a la mesa, pero difícilmente la perseguía de la manera en que solía hacerlo.
Lily le había confiado que no estaba segura de si sentirse aliviada o irritada. A su vez, Morgan había confiado esto a Sirius, quien casi se ahoga de la risa ante la ironía de la situación.
—Dorcas no se sentía bien y decidió quedarse. —le contó Morgan a James, notando brevemente como Remus levantaba la cabeza de su libro de Defensa al escuchar el nombre de la morena. —Marlene tiene una cita con un chico de Hufflepuff, y Alice tal vez se nos una con Frank a medio día en Las Tres Escobas.
El pelinegro asintió un par de veces.
—Oye, ¿qué te parece si tenemos una mañana solo los dos? —preguntó, un brillo peligroso danzando en sus ojos. Morgan lo miró con cuidado mientras se acercaba y la tomaba del otro brazo. —Ya sabes, para fomentar el vínculo entre hermanos. Podemos ir a donde quieras, te haré un regalo lindo…
—No sabes que regalar a tus padres y quieres mi ayuda, ¿verdad? —le preguntó con indiferencia, apartando la mirada. Varios metros adelante, le pareció distinguir a Rosier y sus amigotes.
James le apretó el brazo con ambas manos.
—¡Por favor! ¡Estoy desesperado!
Morgan lanzó una risita.
—¡No es gracioso! Han pasado tantos años que ya no se que darles.
—¿Un día sin que reciban una carta de McGonagall quejándose de tu comportamiento?
—Calma, mujer. Dije regalo, no milagro.
Morgan giró la cabeza para darle una sonrisa, el parecido con Harry encendiendo una pequeña chispa de nostalgia en ella.
Si esos dos estuviesen en la misma habitación,...
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo ignoró y continuó caminando, dando su atención a Sirius, que ahora hacía a Pettigrew flotar de cabeza mientras lanzaba bolas de nieve y este hacía todo lo que podía por esquivarlas. Ambos reían, pero el otro chico parecía incómodo.
—Podemos comprar algo de parte de los tres, pero me van a ayudar a elegirlo.
—Hecho. —aceptó, luego de considerarlo por un momento.
Tanto Morgan como Lily y James temblaron al mismo tiempo, sin detener su caminata.
Sirius bajó a Pettigrew con cuidado, luego de que Remus lo regañara.
El chico se quitó la nieve de la ropa con un par de manotazos. Miró atrás, luego delante.
—Yo, eh, tengo que ir a Dervish y Banges. Les hice un pedido y ya debería de estar listo.
Recibiendo respuestas desinteresadas, Pettigrew emprendió camino, acelerando el paso al pasar el pequeño letrero de bienvenida y desapareciendo entre la multitud de estudiantes.
—Bueno, necesito ir a la Casa de las Plumas. —anunció Lily, soltando el brazo de Morgan.
—¿Y si les regalamos plumas con sus nombres grabados?—sugirió la Slytherin al Gryffindor que todavía llevaba del brazo.
James asintió sin siquiera pensarlo.
—¡Qué gran idea! ¡Oye, Canuto! ¿Vienes?
Rápidamente, Sirius se unió a ellos junto con Remus, quien alegó que necesitaba tinta.
Entraron a la tienda en un bullicio, lo que parecía ser la norma con ese grupo de leones. Morgan se desprendió de James enseguida, sabiendo que su promesa de ayudarle a elegir el obsequio se iba a ir por la borda en un pestañeo.
Se acercó al mostrador. Este estaba hecho de cristal, y dentro se podía apreciar los modelos más costosos.
Tenían plumas de todo tipo. De cisne, pavo real, y aparentemente, de fénix.
El dueño de la tienda le ayudó en su elección, y luego de algunos minutos, se decidió en una pluma de paloma coronada Victoria para su abuelo, y una de Secretario para su abuela.
Preguntó a James y Sirius si querían grabar un mensaje especial, puramente por preguntar, y no fue para nada sorprendente que estos se encogieran de hombros y se mostraran extrañados ante la idea.
—¿Un qué?
Ella rodó los ojos y se dio la vuelta.
—Solo las iniciales está bien. —dijo al hombre.
Los chicos se acercaron al mostrador, pero Morgan insistió en que ya había pago y podían hacer las cuentas una vez de regreso en el colegio.
Lily y Remus se acercaron no mucho después, pagaron sus compras y salieron de la misma manera que habían entrado.
Morgan guardó los paquetes dentro de su bolso con extremo cuidado.
Un escalofrío le heló hasta el corazón y se detuvo, frunciendo el ceño ligeramente.
Se detuvo, mirando alrededor. La calle se vaciaba rápidamente, estudiantes y locales entrando y saliendo de tiendas, en busca de obsequios o refugio del cruel clima.
Morgan miró a su alrededor, notando la repentina nubosidad en el cielo. Se le helaron los huesos.
—¿Morgan? —Lily colocó una mano sobre su antebrazo, pero no sirvió de nada, pues la otra chica se mostró tan sobresaltada como alguien que acababa de escuchar un grito repentino —¿Te sientes bien? Te has puesto pálida.
Los vio acercándose en la distancia a alarmante velocidad. Largas figuras negras encapuchadas deslizándose por el aire en su dirección, sin elevar nieve ni provocar viento, pero congelando todo a su paso.
—¡TENEMOS QUE ESCONDERNOS! —gritó, tomando la mano de Lily y jalándole en dirección de Las Tres Escobas.
Los Gryffindor miraron a sus alrededores, y Morgan sintió como el terror se apoderaba de ella al ver que estaban siendo rodeados. Los estudiantes que todavía merodeaban alrededor comenzaron a tomar nota de las criaturas, y el pánico no se hizo esperar. Se empujaban unos a otros en un desesperado intento por alejarse.
James las tomó del brazo y las llevó en la dirección por la cual habían llegado. Sirius y Remus iban a sus lados, temblando como hojas.
Sirius se detuvo ante una puerta y dio vueltas al pestillo, pero esta no cedió. Gritó a las personas dentro del local, pero nadie se movió.
A su alrededor, casas y comercios cerraban por igual, dejando fuera a los menos afortunados.
—Sirius, ¡Sirius, déjalo! —Remus lo tomó de los hombros y lo alejó. —Tal vez podamos ir a la Ca…
—¡AAAAAAAHHHHH!
El grupo volteó sincronizado, observando cómo una chica de Ravenclaw se alejaba de su amiga de Slytherin, quien había sido tomada del cuello del suéter por un dementor.
La gente continuaba empujando y corriendo, llorando y gritando, mientras eran rodeados desde todos lados.
Morgan intentó tragar el nudo que se le había formado en la garganta. Notó a sus amigos petrificados de pavor, y vio a dos dementores flotando en su dirección.
Se zafó del agarre de James y Lily, colocándose al frente del grupo y sacando su varita.
Pensó en su recuerdo más feliz, riendo en un compartimento del expreso de Hogwarts con sus amigos. Pensó en la tarde corriendo por la colina cerca de la mansión de los Zabini. En Daphne quejándose del lodo en su cabello, Tracey tropezándose cada dos segundos, Theo olvidando sus modales y lanzando bolas de lodo a diestra y siniestra, Blaise fingiendo que no se estaba divirtiendo, y Draco tirándola al suelo, de rostro en un charco.
—Ana, espera. —Sirius intentó tomarla del brazo y colocarla detrás de sí, pero se lo sacudió con facilidad.
Los dementores se acercaron, y enfocarse en esos recuerdos se volvió más y más difícil con cada metro que ganaban.
Alzó la varita.
—¡Expecto Patronum!
No sucedió nada.
—¡EXPECTO PATRONUM!
Un dementor la tomó del cuello y la alzó en el aire. De un segundo a otro, se estaba congelando; el frío se extendía por todo sus cuerpos, llegando a sus extremidades y penetrando su cuerpo, helando los huesos, el corazón. Sintió que se ahogaba, como si el dementor le hubiera sumergido la cabeza en agua helada.
Dejó de escuchar las voces a su alrededor, y todo lo que podía ver era el rostro de Bellatrix Lestrange, podía sentir su mal aliento en su rostro. Luego vio el rostro pálido de Draco, que no hacía más que derramar lágrimas mientras ella le llamaba.
Vio a Remus y Tonks, yaciendo inmóviles en el suelo del Gran Comedor y a Daphne lastimada, disculpándose.
Vio a Greyback mordiendo la cabeza de su gata, Artemisa, y se escuchó gritando en terror.
"—¿Morgan? Oh, Lily, mírala. Pobre Señor Bigotes. Pero mírala. Es tan ador,...¿Qué es eso?"
Golpeó el antebrazo del dementor, pero la criatura no pareció sentir nada.
La varita le resbaló por los dedos.
De repente, una luz cegadora la envolvió, acogiéndola en su calidez. Cayó al suelo con un sonido sordo, la caída siendo ligeramente amortiguada por la nieve.
La esperanza pareció abrirse paso de nuevo dentro de ella, con confianza, como si fueran viejas amigas.
Cerró los ojos, y pronto, la luz se desvaneció, llevándose consigo la sensación de seguridad que había garantizado.
Morgan espió entre ojos entrecerrados, y vio a un hombre alto con el cabello largo y canoso, varita alzada y respirando laboriosamente.
—¿Te encuentras bien?
—¿Morgan? ¿Sirius?
Un par de manos le ayudaron a levantarse, y a medida que volvió en sí, fue consciente del caos a su alrededor. Estudiantes se abrazaban los unos a los otros, llorando desconsolados; lo mismo sucedía con algunos adultos.
Morgan notó a unas pocas personas paradas en el camino, completamente quietas, observando el vacío.
Giró la cabeza y se encontró con Sirius, quien miraba algo a través de ella, asintiendo distraído a algo que Lily (que se encontraba agachada a su lado) le estaba diciendo.
—¡¿Están todos bien?!
Todavía ligera de cabeza, vio a Aberforth Dumbledore acercándose a su grupo. La tomó del mentón y le observó el rostro con detenimiento, para luego asentir una vez y repetir las acciones con Sirius.
—Solo necesitan chocolate. —habló Remus.
Dumbledore se mostró de acuerdo.
—Todos lo necesitamos.
Se alejó del grupo sin más, revisando a cada persona.
—¡Dementores en Hogsmeade! —le escucharon exclamar, indignado y furioso. —¡¿Qué sigue ahora?!
El grupo se quedó en su lugar, a pesar de que eso era lo último que querían hacer. Lily quitó la nieve de una roca con su mano enguantada y ayudó a Morgan a tomar asiento, mientras esta mordisqueaba un trozo de chocolate que Remus le había dado. Sirius y James, sin embargo, se encontraban demasiado afectados como para siquiera intentar encontrar un lugar seco, y sentados sobre la nieve, casi parecían inmunes al frío.
Más de una vez, Lily intentó convencer a Dumbledore de que les dejara regresar al castillo, pero el anciano insistió, aunque de mala gana, en que debía esperar a la llegada de los aurores.
Mientras Dumbledore revisaba a los otros desdichados que no encontraron refugio, gritó algunos improperios a aquellos que permanecían encerrados.
Morgan apenas notó a un grupo de personas a través de las ventanas de Las Tres Escobas deteniendo al resto dentro.
En unos minutos, el profesor Dumbledore llegó con las manos cerradas en puños alrededor de su túnica plateada, la profesora McGonagall y el profesor de Defensa pisándole los talones.
El profesor se acercó a su grupo.
—Señorita Po-Edevane, ¿se encuentra bien? —preguntó el anciano, arrodillándose frente a ella. Escaneó el grupo con ávidos ojos azules. —¿Señor Potter? ¿Señor Black?
—Unos dementores los atraparon, señor. —explicó Lily, retorciéndose los dedos y alternando la mirada entre las tres figuras sentadas en el suelo.
—Les di chocolate. —añadió Remus, su mirada similar a la de Lily.
—Muy bien, señor Lupin.
—¿Edevane?
McGonagall era quien hablaba en esos momentos, y Morgan buscó la usualmente severa mirada de la profesora, quien mostraba nada excepto gran consternación.
—No es nada. —le aseguró, colocando un mechón de cabello detrás de su oreja. Mirando abajo, notó que este se mostraba de un azul pálido —No es nada que algo de chocolate y un baño caliente no puedan arreglar.
El profesor Dumbledore se levantó, dirigiéndose hacia Aberforth, quien lo observó acercarse con expresión imperturbable.
—Señor Vance, tal vez quiera asegurarse que el resto se encuentre bien. —sugirió McGonagall, dirigiéndose al profesor de defensa.
El hombre asintió una vez y marchó hacia el grupo más cercano.
—Profesora, creo que los aurores están llegando. —señaló Lily con el dedo, a un punto morado en el cielo, que crecía con cada segundo que pasaba.
Esa noche, Morgan no quiso regresar a su sala común. Hasta ese momento, nunca tuvo problemas con recorrer los pasillos del colegio en medio de la noche sin compañía alguna, pero su encuentro con los dementores la dejó descolocada, y no podía dejar de imaginar a una horda de criaturas encapuchadas saltando desde los recovecos más oscuros.
Lily fue la primera en irse a dormir, luego James, y finalmente Remus, dejándola sola con Sirius.
La bruja se sentó sobre la alfombra carmesí y cruzó ambas piernas, temblando a pesar del calor del fuego frente a ella.
—Deberías intentar dormir. —se escuchó a sí misma decir —.Te sentirás mejor mañana.
—¿Qué vas a hacer tú? —la voz del chico sonaba casi tan distante como la suya.
Se encogió de hombros.
—Me voy a quedar aquí por un rato antes de volver a las mazmorras. —mintió sin pensarlo mucho.
Sirius no dijo nada más, pero Morgan lo sintió detrás suyo, moviéndose desde su cómodo lugar en el sofá hasta estar sentado a su lado.
Volvió su atención al fuego una vez más, ignorando la protesta de sus ojos, y enfrascándose en las danzantes llamas. Si ladeaba la cabeza y entrecerraba los ojos, parecía la torre de Ravenclaw en llamas.
—Ana,...
—¿He?
Volteó la cabeza al escuchar su voz, pero el chico todavía no la miraba.
—¿Recuerdas mi cumpleaños? ¿Todo lo que me contaste?
Ella se tensó, esperando lo peor.
De seguro se había dado cuenta de que todo lo que dijo fueron verdades a medias. De seguro exigiría la verdad, ¿y qué diantres podría inventarse entonces?
—Ajá, ¿por qué?
Sirius se movió, rodeando sus piernas con ambos brazos y descansando su barbilla sobre sus rodillas, observando el fuego. Todavía sonaba monótono, distante.
—Estuve pensando qué pedí mucho y no di nada a cambio.
Morgan tragó, la culpa parecía estar cerrándole las vías respiratorias, el ardor en sus ojos ya no se debía al fuego.
No dijo nada, temerosa de que su voz fuera a traicionarla, pero colocó una temblorosa mano sobre el antebrazo de Sirius y le dio un alentador apretón.
Permanecieron en silencio un minuto, que se arrastró otro más, y luego otro.
Entonces, comenzó a hablar, su voz un susurro tan débil que ella tuvo que hacer un gran esfuerzo y no moverse un milímetro para poder escucharlo.
Walburga Black nunca fue una persona cariñosa con ninguno de sus hijos, pero parecía odiar a Sirius especialmente debido a que traerlo al mundo casi le costó la vida.
Le contó que fue un niño curioso, siempre haciendo preguntas desde que el sol salía hasta que se ponía en el horizonte; siempre experimentando. Siempre fue el más extrovertido de la familia, por lo que no entendía y detestaba tener que mantenerse alejado de los niños que vivían en su vecindario.
Sirius no recordaba cuando comenzaron los castigos físicos, y de tanto en tanto, cuando los padres de James se enojaban, esperaba a que sacaran las varitas y le lanzaran una maldición.
Confesó que solo se atrevía a desnudar su torso frente a James, Remus y Peter; pues la cantidad de cicatrices lo hacían cohibirse y le asustaban incluso a él mismo.
Morgan le pidió que se quitara el suéter.
Con dedos torpes y evitando contacto visual, obedeció.
La bruja se acomodó sobre sus rodillas y llevó ambas manos al primer botón de su camisa, la cual tenía cosido el emblema de Gryffindor en el lado izquierdo.
Sirius se sentó tieso, sus tormentosos ojos clavados en el rostro de la chica mientras ella desabrochaba la prenda lentamente, no queriendo asustarlo con movimientos precipitados.
Llegó al último botón, y ambos contuvieron la respiración mientras ella deslizaba la prenda sobre sus hombros, ésta cayendo al suelo en un suave susurro.
Morgan evitó contacto visual, pero sus ojos descendieron lentamente, siguiendo el camino que sus manos trazaban. Líneas blancas mostraban donde se encontraban las cicatrices más viejas, pero la mayoría parecían nuevas. Al menos la mitad de la piel portaba evidencia de los maltratos de Walburga.
En el momento no reparó en su cambio de sentimientos. En lugar de la usual furia que la consumía cuando sus seres queridos se veían lastimados, solo sintió la gran urgencia de proteger a Sirius de todo y todos. Lo que al mismo tiempo le abrumó, fue la profunda admiración. De encontrarse en su lugar, no habría resistido tanto sin intentar algo drástico.
No comprendía (y probablemente nunca lo haría) como alguien que había sufrido la monstruosa cantidad de abuso que SIrius había sufrido podía ser tan alegre en su día a día. Sí, de tanto en tanto era algo odioso, pero también era desinteresado, y ella sabía de primera mano que él no dudaría en morir si significaba salvar a sus amigos.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó Morgan en voz baja, su mano abandonando el abdomen del muchacho y descansando sobre la mano del mismo.
Sirius entrelazo sus dedos, todavía sin moverse.
—Creo que te haces a la idea. —fue su respuesta.
A través de las lágrimas que parecían no querer caer, Morgan sonrió.
No lo merecía, pero los Slytherin tenían la tendencia de ser algo egoístas y no sobre preocuparse con esos asuntos.
Todavía sobre sus rodillas, tomó su rostro entre sus manos y lo besó con algo similar a veneración. Sirius le rodeó la cintura con ambos brazos, devolviendo el gesto.
Morgan colocó sus brazos alrededor de sus hombros, sintiendo más cicatrices entre los omóplatos.
Se besaron con urgencia, y pronto, la sala parecía haber subido de temperatura.
La joven se separó por un momento, trazando un camino húmedo desde su mandíbula al lóbulo y mordiendo con suavidad. Sirius jaló de la sudadera verde de la chica, y ella se alejó un momento, permitiéndole así levantarlo sobre su cabeza y hacerlo a un lado. Ella misma se deshizo de su blusa y su brasier, ignorando como este último dio a parar al fuego.
Los brazos de ambos volvieron a envolverse alrededor del otro, y Sirius no desperdició su tiempo, desparramando besos por su cuello hasta su clavícula.
Morgan estiró la cabeza hacia atrás y cerró los ojos por un momento, mordiéndose el labio, quedándose sin aliento ante las atenciones.
Colocó sus manos sobre el firme pecho de Sirius y lentamente, lo guió hacia abajo, hasta que su espalda estuvo descansando sobre la alfombra carmesí. Pasó una pierna sobre su cadera y se acomodó sobre él, tomándose el momento para admirarlo por un momento.
Sirius le devolvió una mirada similar, que envió una ola de afecto que la dejó momentáneamente perpleja. ¿Era normal sentir algo tan intenso?
El resto del mundo cesó su existencia, y dejándose guiar por su arrollador amor por él chico, se inclinó hacia adelante, trazando su clavícula y comenzando un lento descenso por su pecho, besando, lamiendo y tocando cada centímetro, sin evadir cicatrices y prestando especial atención a las que tenían peor aspecto.
Levantando la mirada a media tarea, vio a Sirius tirando la cabeza hacia atrás mientras jadeaba, una de sus manos tomando un puñado de cabello rosa pálido.
Morgan continuó, pasando por su abdomen y haciendo una breve pausa al borde de sus jeans. Tomó el cinto entre sus manos y lo deshizo con movimientos precisos, dejándose ser jalada hacia arriba.
Sirius rodó sobre ella, mechones negros cayendo como cortinas, escondiendo sus rostros, su mirada tan intensa que le habría sido imposible mirar hacia otro lado aunque quisiera.
—N-no puedo esperar.
Ella asintió.
Con agresividad, Sirius se deshizo de sus jeans, y a la bruja no le sorprendió notar que no llevaba bóxers.
Las manos del Gryffindor se posaron sobre las caderas de la chica y repitió el proceso. Morgan elevó las caderas por un breve momento para asistirle en su cometido, sus manos jalando hacia abajo, pateando su calzado sin siquiera tomar nota de a dónde iban a parar.
Con sus ropas fuera del camino, Sirius volvió a acomodarse sobre ella, cada centímetro de piel en contacto.
Separó las piernas lentamente, permitiendo que Sirius se acomodara mejor, y sin romper contacto visual en ningún momento.
La penetró en un movimiento fluido, y ambos jadearon ante la sensación. Sirius no le dio tiempo a ajustarse, comenzando a moverse con propósito. Sus antebrazos permanecieron a cada lado de la cabeza de Morgan para no aplastarla con el peso, y ella se aferró a estos, siguiéndole el ritmo con facilidad, moviendo las piernas hasta que estas descansaron alrededor de la cintura del muchacho.
Continuaron con su danza por minutos, completamente ignorantes al mundo que les rodeaba, completamente ignorantes al tiempo que no se detenía ni siquiera por ellos, demasiado enfrascados en el otro para notar poco más que la cruda necesidad de estar más y más cerca del otro.
Sirius bajó la cabeza, tomando un pecho entre sus labios, su lengua jugando con el pezón, y Morgan gimió su nombre, sus uñas recorriendo la espalda del chico, provocando un violento estremecimiento.
La lengua de Sirius trazó figuras indescriptibles sobre su pecho, la humedad de esta creando un violento contraste contra su piel ferviente.
Morgan sintió como un nudo se formaba en la zona baja de su estómago, y sus movimientos se tornaron inconsistentes y más primitivos. Sirius presionó su frente contra la suya y volvió a besarla, lenguas luchando una batalla perdida.
Le cedió el control gustosa, abrazándolo contra ella hasta que no supo donde comenzaba uno y terminaba el otro.
Sirius tomó su mentón en una mano, mirándola con ojos oscurecidos por el deseo, sin soltarla aún cuando alcanzó su clímax. Sus propios movimientos aumentaron en intensidad, y pronto se lanzó sobre el precipicio detrás de ella, enterrando su rostro en su cabello, una extraña mezcla, algunas hebras de un pálido rosa, otras de un profundo púrpura.
Permanecieron quietos, respirando laboriosamente mientras recobraran los sentidos.
Morgan movió la cabeza, sus labios rozando la sien de Sirius, quien a cambio giró la cabeza para poder verla, una de sus manos viniendo a descansar sobre su mejilla, su pulgar trazando su sutil pómulo.
Ella tenía mucho que decir, pero temía arruinar el momento al producir sonido alguno.
En su lugar, sonrió suavemente, sintiendo una leve picazón en su cuero cabelludo.
No intentó detenerlo, internamente invitando a que los colores la expusieran ante él.
Sirius enterró una mano en la larga melena, observando momentáneamente el arcoíris de colores.
No dijo nada, pero le devolvió la sonrisa.
Continuaron enredados entre sí, ignorando por completo al mundo a su alrededor, permitiéndose unas horas de emociones puras.
Cuando los malos tiempos vienen, ¿puedes diferenciar los mejores?
Morgan estaba tan acostumbrada a malos tiempos, a pequeños descansos nada más, y no se lo cuestionó mucho.
Era tarde cuando volvió a la sala común de Slytherin, y se detuvo detrás de un pilar cerca de la entrada al escuchar la desdichadamente familiar voz de Rosier.
Morgan no se movió; no podía acercarse sin ser vista, pero tampoco quería cruzar caminos con ese lote. Intentó distinguir lo que decían, pero hablaban en voz baja.
Rosier dijo algo de que 'estaba coordinado'. ¿De qué hablaba ese baboso? ¿Del ataque de los dementores?
Se rieron por un minuto o dos, y ya no soportando más, Morgan se hizo ver, caminando silenciosamente en dirección de su dormitorio. Les lanzó una mirada de fastidio y pisó las escaleras.
—¡Eh! Edevane, ¿te quieres unir? Tenemos brandy. —Rosier ofreció, alzando una copa con una sonrisa prácticamente diabólica.
—No, gracias. No bebo. —mintió, y continuó su camino, ignorando sus llamadas.
Al llegar a su habitación, sacó su varita y musitó 'Lumos' en un murmullo, cubriendo la luz como podía para no despertar a sus compañeras. Corriendo las cortinas de satín alrededor de su cama, tomó asiento, notando un trozo de pergamino doblado y sellado con el emblema de la escuela.
Era una nota de Dumbledore, pidiendo verla al día siguiente y dejándole saber que la contraseña de su oficina había cambiado.
Toda la tonta felicidad que la había acompañado al dejar la torre de Gryffindor le abandonó por completo, y quemando la nota, se quitó los zapatos y la ropa, recostandose en su ropa interior.
Con un agarre fuerte, no revirtió el encantamiento de su varita, prefiriendo dormir con la luz encendida.
19 de Diciembre, 1976
Al día siguiente, Morgan se levantó temprano luego de unas pocas horas de sueños inquietantes, se bañó, el agua casi hirviendo y dejándole la piel roja, y vistió rápidamente y salió de la sala con intención de ir al Gran Salón para desayunar.
Saliendo por el muro desplegado, no pudo evitar mostrar su sorpresa al ver a Sirius esperando, el cabello enmarañado por primera vez en su vida y con cara de sueño.
—¿Qué haces levantado tan temprano? —le preguntó, terminando de subir el cierre de su campera.
—Vine a verte. —le dijo, sonriendo de oreja a oreja y tomándola por la cintura y acercándola para darle un beso. Morgan sonrió, pasando sus brazos alrededor de su cuello y estirándose sobre las puntas de sus pies. Se separaron. —Me muero de hambre.
Morgan lo soltó, tomando su mano y dirigiéndose hacia las escaleras que los guiarían a la planta baja.
—¿Cuando no? Vas a pesar mil kilos para cuando tengas treinta. —le dijo a modo de broma, pero jurando para sus adentros que Sirius llegaría a los treinta, y que llegaría bonachón. Recordaba a la figura esquelética que conoció en el futuro, y la llenaba de aprehensión.
Llevó una mano a su pecho, indignado.
—¿Disculpa? Primero, mi apetito voraz es tú culpa y segundo, aunque fuera gordo seguiría siendo un imán de chicas.
—Y chicos.
—Cierto.
Entraron al Gran Comedor para descubrir que no había nadie, con la excepción de algunos profesores claro.
—¿Por qué te levantas a esta hora en un domingo? —él le pregunto, observando el panorama con una mueca.
Morgan se encogió de hombros y avanzó hacia la mesa de Gryffindor.
—Para poder estudiar. Todo es más tranquilo a esta hora.
—Vaya, Ana. Eso que acabas de decir es muy triste.
—No tan triste como el bobo con mal cabello que madruga para que una chica lo menosprecie. —le dijo, tomando un asiento y alcanzando las tostadas.
Sirius se sentó a su lado, una pierna a cada lado del banco, ceja alzada y cabello perfecto. Morgan miró boquiabierta, y él agitó su varita un poco frente a sus ojos, guardándola en el bolsillo de su chaqueta.
—Eso no es justo. —dijo, sirviéndose unas tostadas extras a modo de consolación.
—La vida no es justa, amor. —le dijo con una sonrisa medio divertida medio cruel, ojos brillando con afecto al inclinarse y besarla de nuevo. Morgan se apartó, mirando a sus alrededores frenética.
—Cuidado. Alguien pudo haber visto. —miró a su alrededor, y notó que el profesor Flitwick los miraba con una sonrisa.
Genial. Simplemente maravilloso.
Sirius se rió.
—¿A qué le tienes miedo?
—¿Yo? A nada. ¿Tú? A James.
Lo consideró por un momento.
—Siii, supongo que debería tener miedo, pero no puedo; estoy demasiado feliz.
—Me alegra saber que contribuí a este estado—le dijo con una sonrisa divertida, untando su tostada con mermelada y escaneando la mesa en busca de fruta.
—Podrías seguir contribuyendo luego, ¿sabes?—le dijo, pasándole un brazo sobre los hombros y apoyando su cabeza sobre la suya . —La fundación Black para adolescentes cachondos toma donaciones a toda hora, cualquier día del año, inclusive los no laborables.
—Es bueno saber,—le dijo, pasándole una banana—Le preguntaré a tu hermano.
Un caprichoso 'Hmpt' fue su única respuesta.
20 de Diciembre, 1976
La gran mayoría de los estudiantes se fueron temprano al día siguiente. Morgan y sus amigos contemplaron aprovechar los carruajes para ir a Hogsmeade, pero en poco tiempo descartaron la idea, temerosos de tener otro encontrazo con los dementores.
Morgan se escabulló temprano en la tarde el día anterior, luego del almuerzo, para ver a Dumbledore. No hablaron extendidamente. El hombre le preguntó si sabía de un evento de ese tipo hubiera ocurrido antes, ante lo que ella respondió con una negativa. No recordaba ni que Remus o Sirius mencionaran un ataque en el futuro. Si le dijo de la ocasión en que le atacaron a Harry y a ella, el verano previo a su quinto año.
Dumbledore se mostró pensativo, y le permitió retirarse poco tiempo después.
Ella volvió a su dormitorio y comenzó a envolver sus regalos de navidad.
Primero se encargó del regalo de sus abuelos, el cual envió a la torre de Gryffindor al agitar su varita para que James y Sirius firmaran la tarjeta y lo llevaran a la lechucería.
Luego se encargó del de Lily, un grueso tomo de "Teoría De Los Orígenes De La Magia". Sabía que lo quería porque se había quejado del elevado precio en el tren a comienzo de curso. Morgan consiguió un catálogo y lo ordenó por correo a una tienda en el Callejón Diagon, y lo guardaba desde mediados de octubre. Para James envolvió un set de limpieza para su escoba, porque sabía que ya casi se estaba quedando sin producto. Ese muchacho lo consumía más rápido que Sirius a sus productos para el cabello. A Remus le compró un set de papelería; venía en una bonita caja de madera, la parte superior cubierta en su mayor parte por vidrio, que dejaba entrever los productos. Para Sirius envolvió, con extremo cuidado y añadiendo la mejor moña, en nuevo álbum de Queen "A Day At The Races". Había salido tan solo un par de semanas atrás, y se imaginó que Sirius no tendría idea, tan lejos del mundo muggle desde septiembre. Morgan tenía la ventaja de venir del futuro, por lo que recordaba algunas de las fechas. Esperaba que le gustara.
A Dorcas le consiguió un libro de Geología, un labial a prueba de todo para Marlene, y un sweater mostaza para Alice.
Tenía también un pequeño regalo para Regulus, pero al no hallarlo antes de su partida a Londres decidió que se lo daría en cuanto regresara. No sabía si era seguro enviar el presente a su casa, y no pensaba arriesgarse.
Lo guardó en su mesita de noche con cuidado, y metiendo los otros regalos debajo de su cama, luego se sentó sobre la misma y se puso a estudiar.
Quien fuera que haya dicho que re—cursar era sencillo era un mentiroso.
22 de Diciembre, 1976
Morgan se encontraba junto a Lily en la sala de Gryffindor cuando cuatro torbellinos bajaron corriendo por las escaleras.
Bueno, tropezaron.
Morgan levantó la vista del lustroso, lacio cabello de Lily (que en ese momento intentaba trenzar como en una foto de una revista muggle que su amiga le estaba mostrando) para notar que solo Remus parecía ligeramente preocupado.
—¿Qué están haciendo? —espetó Lily, cruzándose de brazos y entrecerrando los ojos. Morgan no la culpaba, pues ella también tenía un mal presentimiento.
James se apresuró a esconder un gran trozo de pergamino debajo de su sweater, y puso en uso su mejor cara de ángel. Sobra decir que no era una cara que diera resultados.
—Nada, nada—dijo en tono casual. —.Solo que tengo algunas estrategias nuevas para el equipo de Quidditch y vamos a probarlas.
—¿Justo hoy? Cuando solo tú y Sirius están en el equipo—Lily no les creía.
James señaló a Remus y a Pettigrew.
—Tenemos asistentes, y ya me conoces, florecita. Sabes que tengo que tengo que hacer las cosas en el momento, antes que me de la flojera.
Lily asintió, concediéndole la razón, y los dejó ir sin más.
Morgan siguió a James hasta que se perdió detrás del retrato de la Señora Gorda, con el estómago cerrado re repente y a punto de estallar.
Por Merlín, esperaba que eso no fuera lo que ella pensaba.
23 de Diciembre, 1976
Morgan bostezó ruidosamente y llevó sus manos a su rostro, deslizó sus dedos por debajo de sus gafas y se restregó los ojos.
Estaba exhausta, se podría decir, luego de pasar horas encerrada con la profesora McGonagall estudiando. La mujer estaba empeñada en ayudarle a convertirse en una animaga, aunque la pelirroja no siempre tomara sus consejos e hiciera oídos sordos a su conveniencia.
Le dolía la cabeza, las palpitaciones expandiéndose por su frente, y lo único que quería en ese momento era llegar a las mazmorras y colapsar en su cama.
Gruñó, recordando que tenía mucho que hacer. Necesitaba encontrar la manera de abrir la Cámara de los Secretos, matar al basilisco y quitarle los colmillos; ese par de semanas que tenía a su disposición eran perfectos, con tan pocos estudiantes en el castillo. Lo único que necesitaba era una escoba y una gallina,…viva, por supuesto.
De seguro que Hagrid tenía una, o podía hablar con los elfos de las cocinas. La escuela servía comida fresca, por lo que no sería extraño que la carne llegara viva, y aunque no lo hiciera, sabía que un elfo estaría más que feliz de robarse una gallina para ella.
También debía decidir si alertar a Dumbledore o McGonagall sobre lo que haría. Lo sensato sería hacerlo, probablemente, pero últimamente sentía que avanzaba bajo los caprichos de Dumbledore, y él hombre ya sabía demasiado como para controlarla.
La llamaba cuando quería, y rara vez parecía tener buena información que le pudiera ayudar a ubicar los horrocruxes. Probablemente quería ayudar; quitarle el peso de los hombros o planear todo cuidadosamente a su favor, pero fuera cual fuera el caso, Morgan no podía dejar que él completara su tarea. Ella fue la que hizo el trato con la Muerte, y no sabía que sucedería si se lo pasaba a alguien más; ese fue su trato: vida a cambio de la destrucción de Voldemort. No podía dejar que alguien más lo hiciera, y aunque le pasara la antorcha a Dumbledore, no se sentiría bien. Era su responsabilidad, y se encargaría de cumplir.
Pero cumpliría mañana. En ese momento no podría levantar una jarra de agua ni aunque su vida dependiera de ello.
Se disculpó con los retratos cuando su bostezo los despertó, pero hizo caso omiso de sus demandas para que apagara la luz y continuó caminando, su cálida cama llamándola, como el canto de una sirena.
Llegando al segundo piso, se ajustó su mochila y se detuvo por un momento al escuchar unos cuchilleos y unas risas acercándose.
—¿Hola? —preguntó, como la típica chica que muere primero en una película de terror. Lo único que le faltaba era tener el cabello rubio y un escote lo suficientemente pronunciado. Casi se ríe para los adentros cuando su mano voló hacia su pecho inconscientemente y jaló uno de los botones de su abrigo.
Si iba a morir por ser una tonta, al menos podría cumplir el estereotipo, aunque este fuera más tonto que ella misma.
Pasos se acercaron hacia ella, ligeros y apresurados.
Pestañeó, y de repente tenía a James en las narices, una expresión desquiciada en su rostro (sonriente, rojo y despeinado). La tomó del brazo y jaló hacia la izquierda.
—¡Vamos! Viene Filch.
Ella no había hecho nada, pero eso no era una excusa para Filch, por lo que se obligó a sacar energía de su trasero y comenzó a moverse, un pie delante del otro, intentando mantener el paso con James y con Sirius, que corría unos metros por delante de ellos.
El chico se detuvo al final de un pasillo, y mirando abajo al pergamino en su mano, decidió rápidamente.
—Por aquí. Rápido, rápido.
Les hizo una seña y los tres tomaron el camino de la izquierda, iluminados por sus varitas y la luz natural que se filtraba por las ventanas que alineaban el muro derecho.
Sirius se detuvo, apunto la varita a una puerta y la agitó. Ésta se abrió hacia atrás, y él dejó que los otros dos entraran primero. Cerró la puerta detrás suyo y se recostó contra esta, suspirando.
—¡Woo! Eso estuvo cerca, ¿no, Cornamenta?-preguntó con una sonrisa extasiada.
James se rió por lo bajo, aparentemente encantado.
—Basiliscos y dragones, esa gata infernal corre. ¿Cuántos años tendrá?
Morgan alternó la mirada entre ambos y se cruzó de brazos.
—Muy bien, ¿Qué se supone que están haciendo? ¿Por qué los persigue la Sra. Norris?
—Nada, nada.—James le quitó importancia al asunto con casualidad.
—Estamos plantando nuestras bromas para cuando acaben las vacaciones, y ese gato maldito apareció de la nada y empezó a chillar.
—¿Qué tipo de bromas son? —preguntó ella, ligeramente temerosa. ¿Por qué necesitarían prepararlas tan pronto?
—Nada demasiado extravagante, preciosa. No hay de que preocuparse. —Dijo Sirius como si nada. Morgan luchó contra su cabello, que picaba por tornarse rosa ante el apodo. —Lo usual. Globos que explotan y lanzan un olor pútrido que se pega, pizarras que borran el contenido apenas aparece, confeti que vuela directo a la nariz.
—Sillas con pegamento, agua que toma la forma de un espectro al abrir el grifo. —continuó James.
—Y los clásicos caramelos que tornan la piel de diferentes colores, por nombrar algunas cosas. Tenemos mucho que preparar.
Morgan sacudió la cabeza, pero no los reprendió. A esa altura, comenzaba a pensar que no servía de nada.
—Mientras no dejen que caiga en una de esas trampas…—
—¡Pero nunca! —exclamó James, pasando un apestoso brazo sobre sus hombros. —Eres una Potter, y los Potter debemos mantener cierta apariencia inspiradora de envidia.
—Claro. Eso tiene sentido. —le respondió, sardónica, y entonces cerró los ojos por un momento. —Oigan, ¿ya me puedo ir? Tengo sueño.
—Claro. —James se encogió de hombros. —Si quieres te acompaño.
Morgan le dio las gracias pero se rehusó, dándose la vuelta para tomar el pestillo e irse, pero se detuvo al ver a Sirius.
—¿Cornamenta? —llamó, su voz apagada y el rostro pálido.
James se acercó y observó lo que su amigo le enseñaba. Su ceño se frunció.
Morgan sintió un escalofrío, y el pavor comenzó a comerse sus nervios. Retrocedió hasta que su espalda chocó contra un estante.
Los chicos apuntaron las varitas al pergamino, cuchichearon entre sí y volvieron a apuntar las varitas. Finalmente, levantaron la vista, mirándola como quien ve a una aparición.
—Ana, —comenzó Sirius, desconcertado. —Tu nombre no aparece en el mapa.
Ella no sabía que decir. De seguro habría una explicación lógica para ello, pero su mente estaba nublada. Debió destruir ese estúpido pergamino cuando lo vio.
—No funciona bien. —se las arregló para balbucear, haciendo un gesto con la mano e intentando sonreír.
James la miraba con seriedad, algo que ella no recordaba haber visto antes.
—El mapa jamás miente, Morgan. —le dijo, solemne. —Tu nombre no aparece.
