EPÍLOGO
SHOULD I STAY OR SHOULD I GO

«Well, come on and let me know
Should I stay or should I go?»


Despierto desorientado, como siempre. Cuando abro los ojos, la habitación me da vueltas.

Me incorporo. El vacío que se afincó hace meses en el centro de mi pecho no desaparece. Las náuseas siguen atascadas en mi garganta. La rabia golpea mi cabeza y no me deja descansar.

—Black —Ni siquiera miro al hombre que acaba de entrar en mi habitación—, el desayuno.

Devoro la comida y vuelvo a tumbarme.

La rutina está acabando conmigo y yo no tengo fuerzas para oponerme.

—Black, el almuerzo.

Me quedo quieto sobre la cama, cierro los ojos y espero a que el funcionario se marche.

—Black, es la hora. Biblioteca, supongo.

Asiento. Un auror dibuja el hechizo que me mantendrá esposado alrededor de mis muñecas. Después, camino por el estrecho pasillo mirando la punta de unos zapatos que no parecen los míos.

Joder, esta no parece mi vida.

No sé cuándo aquella idea cruzó mi mente. Quizás es la única forma de mantenerme cuerdo. Puede que tan solo sea una medida desesperada para no olvidarme de la verdad.

Una verdad que solo parece importarme a mí.

El auror de la biblioteca me agarra del brazo. Clava sus uñas en la carne, pero soy incapaz de sentir dolor.

No siento nada. Nada que no sea rabia. Rabia que me abrasa por dentro. Rabia que me consume. Rabia que me obliga a seguir vivo. Rabia que solo alimenta mi sed de venganza.

—¿Has visto, Black? Los periódicos.

—Ya sabes que no puedo —Normalmente no respondería. Hoy me muerdo las mejillas para no propinarle un puñetazo.

—No te preocupes.

Saca del interior de uno de sus bolsillos un recorte de un periódico cualquiera. Me tomo unos segundos para observar su rostro, justo antes de mirar el papel. Lo reconozco casi al instante: Ciro Bletchley, Ravenclaw.

—¿Has visto? Ha salido hasta en la prensa internacional.

Me digno a leer. El titular reza lo siguiente:

«"LONDRES SE ALZA EN CONTRA DEL ASESINO, SIRIUS BLACK"

[...] ¿Cuándo cumplirá su condena?, se preguntan los manifestantes. Por ahora el Ministerio de Magia no se ha pronunciado al respecto [...]»

Voy a vomitar, estoy seguro.

—No intentes nada raro, Black. Te estaré vigilando.

Camino hasta el mostrador haciendo caso omiso de las provocaciones del otro.

—Hola.

La mujer me mira por encima de sus gafas redondas.

—Hola, hijo. ¿Qué será hoy? ¿Shakespeare?

—No —Niego con la cabeza—. ¿Podrías facilitarme un rollo de pergamino y algo de tinta?

Mira al auror.

Él asiente. Yo celebro mi pequeña victoria.

La bibliotecaria se levanta. Vuelve a los pocos minutos con el recado y me lo tiende; parece la única en ese sitio que no me considera un monstruo. Yo me encamino a la silla que ya prácticamente lleva mi nombre.

Tomo asiento. Después mojo la pluma en tinta. VIDA Y MENTIRAS DE SIRIUS BLACK. El título abarca todo lo largo y ancho del primer recorte de pergamino. Sonrío y lo aparto a un lado.

¿Y ahora qué? El vacío de la página me parece desolador.

Tardo más de la mitad de la tarde en atreverme a continuar.

Ni siquiera sé qué quiero decir.

Me muerdo el labio. Inspiro. Espiro. Vuelvo a inspirar.

«Capítulo uno».

Me tiembla el pulso. Mis latidos se aceleran. Los ojos se me llenan de lágrimas; lágrimas que caen por mis mejillas y chocan contra el papel. Este las absorbe como si nunca hubieran estado allí. No entiendo por qué estoy tan agitado. Siento que mis costillas aprietan ese vacío en el centro de mi pecho y, como si fuera la sangre de mi propio corazón, este se llena de dolor.

Cierro los ojos.

Supongo que plasmarlo lo haría real.

Aprieto los dientes.

Que no hay salvación posible para alguien como yo.

Clavo las uñas en la palma de mi mano; no estoy dispuesto a seguir lamentándome.

Es entonces cuando las letras florecen. Es entonces cuando me sosiego y empiezo a encontrar un atisbo de paz, incluso cuando ésta parecía imposible.
Es entonces cuando escribo y todo lo demás desaparece.

«No pienso demasiado en mi infancia. Mis recuerdos son casi tan difusos como los de un sueño y tampoco tengo demasiado claro que todo sea verdad.

Si me pongo a pensar en el pasado, el primero que me viene a la mente es Regulus. Supongo que es lógico, estuvo ahí antes que el resto del mundo. Fue mi primer amigo.
Me gustaría volver, ¿sabéis? Quedarme congelado en aquellos años en los que todo era un juego.

[...]»