Demasiado tranquilo, pensé.

Palestina solía lanzarme alguna de las suyas, y no iba a desaprovechar la época navideña, en que inevitablemente todo el mundo baja la guardia. Esperaba algún misil, o algo más pequeño, como una serie de apuñalamientos por la calle o lanzamiento de piedras a las cabezas de mis soldados.

Pero no oí de ella en semanas.

Aquello ya empezaba a preocuparme. Algo debía estar entreteniéndola y no estaba muy segura de querer averiguar qué era. Mis jefes también consideraron que podía ser el preludio de un ataque mayor y pusieron a nuestras tropas en guardia. ¿Qué estás tramando?, pensé. Tan solo aquel asunto del One World Nation Movement sobre el que América me había hablado me distraía de ello. ¿Qué estás tramando?

Fue entonces, la víspera del Año Nuevo, cuando me encontré la nota en mi buzón, escrita en árabe. Un folio entero para una sola palabra.

«Huye».

¿Cómo iba a hacer caso de una advertencia tan vaga? Me guardé el folio porque me venía bien para hacer unos apuntes, pero no le di mayor importancia.

No hasta que me llamaron para decirme que debía dejar lo que estuviera haciendo y seguir a los generales que me llevarían a un helicóptero que me pondría a salvo, porque el muro había caído. No del lado de los palestinos, como yo creía. Desde nuestro lado también habían usado todo a su alcance para abrir una brecha. Y cuando las personas de ambos bandos se reunieron, se fundieron en uno solo.

Y nos atacaron a ambas.