CAPÍTULO 34

Cuando Candy bajó a la mañana siguiente, Albert se había marchado. Miles le informó que el amo había viajado a Saint Paul donde pensaba comprar provisiones que tendrían que durar todo el invierno para las cuadrillas de leñadores.

Candy se sorprendió porque Albert ni siquiera le había informado que se marchaba.

—Murphy fue por provisiones el otro día — dijo con cautela—. ¿Acaso olvidó algo?

—Creo que no, señora. — Miles vio su desconcierto y trató de suavizar cualquier decepción que ella pudiera sentir por la ausencia del doctor. — El doctor Andrew decidió explotar la madera de sus propiedades este año, y con los leñadores a punto de partir, hay que comprar provisiones adicionales. Murphy no está tan familiarizado con las órdenes de compra, señora, de modo que fue el doctor.

La confusión de Candy aumentó pese a los esfuerzos de Miles.

—El doctor Andrew fue a Saint Cloud a poner un aviso pidiendo leñadores el día siguiente a mi llegada. Creí que era algo que había decidido hacía tiempo.

—No, señora — repuso Miles—. El doctor no tenía intención de enviar a los leñadores antes de ir a buscarla a usted.

—Pero ¿cómo lo sabe? — preguntó ella, sorprendida.

El mayordomo siguió explicando con paciencia.

—El señor George a menudo había hablado al doctor sobre las ventajas financieras de iniciar la explotación de los bosques, pero hasta su llegada el doctor Andrew no se mostró interesado. — Miles enrojeció cuando advirtió que estaba mostrándose demasiado locuaz con una dama en la que se había propuesto no confiar.

—¿Cuándo espera usted que regrese el doctor? — preguntó ella suavemente.

—Se llevaron varios carros, señora. Yo diría que les tomará varios días conseguir todo lo que necesitan y regresar. Si usted desea salir durante la ausencia del doctor, señora, él dejó la berlina y a Olie para que la sirva.

—No era necesario — murmuró ella—. No tengo ningún lugar adonde ir.

Los días siguientes Candy ocupó su tiempo en la compañía de Mindy, aunque no se sentía para nada contenta. Ahora que Albert no estaba, la mansión parecía cobrar vida después de medianoche. Sonidos extraños salían de la habitación de Karen y Candy no podía encontrarles explicación. Una vez hasta creyó haber oído a una mujer que tarareaba en forma desafinada detrás de la puerta cerrada de la suite roja y de pronto recordó que Karen nunca había sido capaz de cantar, ni siquiera pasablemente. Era como con su vestido amarillo y los bombones quemados. No parecía existir explicación razonable para esos sucesos y Candy sólo podía pensar que alguien en la casa la detestaba.

Otra vez, al salir de su habitación para investigar un ruido que sonó como de vidrios rotos, vio un delgado rayo de luz que brillaba en el borde inferior de la puerta. Desde la partida de Albert. Soldado había tomado la costumbre de dormir al lado de su cama y fue solamente la presencia del perro lo que le dio coraje para probar el picaporte. Esta vez comprobó sorprendida que la puerta estaba cerrada desde dentro con algo que impedía entrar.

—¡Quieto, Soldado! ¡Vigila! — Candy estaba decidida a llegar al fondo de esta tontería. No creía en fantasmas y, por lo tanto, detrás de esa puerta tenía que haber una criatura viviente.

Candy regresó a su habitación, se puso su vieja bata y vio su imagen en el espejo. De inmediato comprendió que no podía presentarse ante los sirvientes así ataviada, de modo que sacó de mala gana la gruesa bata forrada en satén que seguía sin usar en el armario y se la puso.

Golpeó con insistencia la puerta de Miles hasta que el hombre despertó y la acompañó semidormido hasta la habitación de Karen. Pero ahora no se veía ningún rayo de luz debajo de la puerta.

—Quienquiera que sea no puede haber salido, con Soldado cuidando la puerta — dijo Candy en voz alta aunque tembló con la excitación del momento—. Todavía tiene que estar allí.

Miles giró el picaporte y abrió fácilmente la puerta, con gran sorpresa de Candy. El sirviente entró y ella lo siguió y se estremeció cuando una corriente de aire frío atravesó la habitación.

Miles acercó un fósforo a la mecha de una lámpara y reviso cuidadosamente todos los rincones y gabinetes hasta que no quedó sin registrar ningún posible escondite. Pero fue inútil. Simplemente no había nadie en la habitación.

—¡Le digo que aquí había alguien! — exclamó Candy—. ¡Oí algo que se rompía y vi luz debajo de la puerta!

Soldado se acercó a los espejos para observar su imagen pero el seguida se retiró sin interés y se echó a los pies de ella. No había señales de vidrios rotos, y pese a que Miles no deseaba discutir la palabras de su ama, le resultaba difícil de aceptar la posibilidad de que alguien pudiera desvanecerse en el aire.

—Siento haberlo molestado, Miles. — Candy no quería que el sirviente pensara que estaba perdiendo el juicio. — Parece que no ha sido nada más que mi imaginación.

—No ha sido ninguna molestia, señora — repuso amablemente el mayordomo—. Y por favor, no se inquiete. No puedo explicar lo sucedido, pero si usted dice que fue así yo la creo.

Candy sonrió.

—Gracias, Miles.

—Estará muy segura con Soldado para cuidarla, señora. Trate de descansar.

La casa quedó una vez más en silencio.

Dos noches después Candy fue despertada por un crujido del piso de madera fuera de la puerta de su habitación. Soldado levantó la cabeza y el pelo del lomo se le erizó. Quienquiera que fuera, ciertamente no era Albert. El picaporte de la puerta giró lentamente y el perro saltó con sus colmillos brillando a la luz de la luna y soltó un gruñido feroz. Se oyeron pisadas que se alejaban rápidamente. Cuando Candy abrió la puerta un momento después, el corredor estaba vacío. El perro la llevó otra vez hasta la habitación de Karen, pero lo mismo que antes no había señales de desorden.

Fue hacia el fin de semana que Candy despertó nuevamente al oír ruidos leves que perturbaron su sueño, pero esta vez venían de la habitación de Albert. Tomó su bata, se la puso y cruzó corriendo el cuarto de baño donde Soldado estaba sentado sobre sus ancas, gimiendo y rascando con las patas la puerta del dormitorio de su amo. Cuando Candy abrió la puerta el perro saltó agitando alegremente la cola y se acercó a Albert, quien estaba desprendiendo los botones de su camisa.

—¡Albert! — exclamó Candy—. ¡No sabía que estabas en casa!

—Acabo de llegar. Siento mucho si te asusté.

Ella se encogió de hombros.

—¡Agradezco que seas tú! ¡Alguien a quien puedo ver! Estaba por creer que en esta casa tenemos un fantasma.

—Te asusté — dijo él, asombrado.

—¡No, no fuiste tú! — le aseguró ella—. Esta casa es tan grande que cualquier pequeño ruido resuena en todas las habitaciones. Casi es como si yo no fuera del agrado de algo de esta casa. Me siento fuera de lugar. De todos modos, me alegro de que hayas regresado, Albert.

Sin decir más, volvió corriendo a su habitación. A la mañana siguiente estaba a medio vestir cuando oyó una irritada maldición en el cuarto de baño. El juramento no la turbó tanto como el silencio que siguió. Se acercó a la puerta y llamó suavemente.

—¿Albert? ¿Estás bien? — preguntó y como no obtuvo respuesta, se ¡acercó para escuchar—. ¿Albert? ¿Te encuentras bien?

Un gruñido apagado fue todo lo que oyó, pero su preocupación no disminuyó. En realidad, el gruñido sonó más como un quejido.

—¿Albert? Si no me respondes como es debido entraré.

La puerta se abrió de repente y Albert, vestido sólo con una gran toalla de lino y apretando un paño contra un ángulo de su boca se hizo a un lado y la invitó con un gesto galante a que entrara.

—¡Creí que te habías lastimado! — exclamó Candy indignada.

—Es verdad — dijo él y apartó la pequeña toalla. Tenía un corte en el ángulo de la boca—. Duele cuando hablo. Me herí al afeitarme.

Candy arqueó una ceja.

—Para ser cirujano, eres bastante torpe con cualquier cosa afilada. — Tomó un paño limpio, lo mojó en la jarra de agua y limpió la sangre. Después aplicó la barrita de alumbre en la herida. — Es evidente que te falta práctica.

El se puso ceñudo.

—¿También aceptarías que necesito más práctica en el oficio de marido?

—Pobre cariño — dijo ella en tono de compasión. Abrió mucho los ojos y en tono inocente, preguntó: — ¿Mi esposo siente que es muy dura la castidad?

Albert la miró con curiosidad.

—Te has vuelto muy descarada en mi ausencia.

Candy sonrió con serenidad.

—He aprendido que en esta casa hay algo peor que un libertino, mi amor.

—¿De veras? — Albert la miró intrigado. — ¿Y de qué se trata?

Candy rió por lo bajo y se encogió de hombros.

—De tu ausencia.

Con un ondular de enaguas giró sobre sus talones y regresó a su habitación. Momentos después, cuando miró hacia atrás, vio que Albert la observaba desde la puerta con una sonrisa esperanzada aunque algo torcida.

—¿Entonces has decidido ser razonable acerca de nuestro matrimonio? — preguntó él.

—¿Yo? ¿Razonable? ¡Vaya descaro!

—¡No importa! — repuso él en tono cortante—. Antes de marcharme informé a los sirvientes que recibiremos invitados el fin de semana. Es hora de que nuestros vecinos te conozcan.

Candy levantó orgullosamente el mentón.

—¿Entonces seré exhibida como una de sus posesiones, mayor? ¿Para satisfacer a los chismosos de los alrededores?

—¿No me informó usted que uno de los deberes de una esposa es ser anfitriona de los invitados de su marido?

Candy se lamentó de haber dicho eso.

—Los sirvientes habitualmente son de confiar — continuó Albert— pero puedo pedirle a Patricia que te ayude si lo necesitas.

—¿Por qué no a su hermano? — dijo ella, deseosa de turbar la arrogante actitud de él.

Los ojos azules subieron lentamente hasta encontrar a los de ella en el espejo.

—Me propongo proteger tu reputación todo lo posible y por eso no invitaré a ese individuo.

—Es un poco tarde para preocuparse por mi virtud, ¿no crees? — replicó ella con una risa amarga—. Quiero decir que hubieras podido mostrarte tan cauteloso cuando yo te saqué del río.

—En esa época, yo creía que eras lo que decías ser. Por lo tanto, tienes que aceptar parte de la culpa.

El comentario dolió como sal en una herida abierta.

—Debiste de haber estado muy crédulo aquella noche — repuso Candy con rencor—. También creíste la mentira que te dijo Karen.

—Pero fue la tuya la que decidió la situación — replicó él secamente y por un momento Candy quedó paralizada por esos ojos que no se apartaban de ella. Después él regresó al cuarto de baño y cerró la puerta sin más comentarios.

Albert se apoyó en la puerta cerrada para liberar lentamente su cuerpo y su mente de los férreos frenos de su autocontrol. Sus entrañas se retorcían dolorosamente porque había tenido que echar mano a toda su fuerza de voluntad para reprimir una manifestación física. De alguna manera debía dominar esta debilidad suya.

CONTINUARA