Miércoles 1 de Junio de 2016
Rachel Berry
Los Ángeles.
"La vida como un sistema dinámico es la suma de infinitos re comienzos, cada uno de ellos influyendo en el siguiente…".
33
No somos conscientes de que un pequeño gesto, un hecho, un acto, una palabra, una mirada, un silencio o una simple decisión, puede cambiar para siempre el futuro que creías destinado a ser. No somos conscientes de que cualquier mínimo detalle que hemos producido en un momento determinado de nuestro pasado, ha cambiado para siempre nuestro presente, y que nuestro caminar en el presente producirá grandes efectos en el futuro. No somos conscientes y ni siquiera podemos contemplarlo a corto o largo plazo. Quizás sea así porque el ser humano y ese cerebro que nos regala la más importante e increíble capacidad de asimilación, de adaptación y una inteligencia sublime, considera que no estamos preparados para afrontar tales hechos con premeditación. Y tal vez por ello, simplemente nos permite tener el don de soñar, de creer que la única manera de lograr un deseo es a base de esfuerzo, lucha y perseverancia.
Lo mejor, lo realmente hermoso del efecto mariposa de nuestras acciones inconscientes, es que la mayoría de las veces solemos considerarlas intrascendentes, lo que hace que no existan debates ni dudas cuando tomamos la decisión de llevarlo a cabo. No es ese el caso cuando decides tomar una decisión con plena responsabilidad de tus actos, y crees erróneamente estar en lo correcto.
Cuando eso sucede tienes dos opciones una vez que realmente entiendes que te has equivocado: Aceptarlo y aprender para no volver a cometer el mismo error en el futuro, o arrepentirte y buscar una última oportunidad para emendar el error y salir victorioso.
Aquel miércoles a las 16:45 de la tarde, yo pensaba que las únicas intenciones de mi acompañante eran precisamente la primera de aquellas dos opciones que acabo de mencionar. Pero, como siempre, estaba completamente equivocada en mi intuición.
Vestía de manera informal, nada habitual a cómo solía hacerlo cuando decidíamos salir, y portaba su mejor sonrisa. Un par de jeans y una simple camiseta blanca era su manera de buscar mi tranquilidad, de hacer que me sintiera segura después de dos días con el estómago revuelto por culpa de los nervios, y la incertidumbre de no saber qué diablos quería de mí, y por qué me citaba en aquella cafetería de Hollywood.
Me conocía, sabía perfectamente que las etiquetas, que las personas que solía imponer con su vestimenta me hacían sentir incómoda, y por eso Jesse St. James decidió acudir a nuestra primera cita después de separarnos oficialmente de aquella manera. Y no solo con la ropa adecuada, sino que también se encargó de mostrarme detalles lo suficientemente importantes como para bajar toda mi guardia, y hacerme sentir algo más vulnerable. Como el pequeño detalle de mostrarme sutilmente que aún llevaba puesta nuestra alianza, nuestro anillo de bodas.
—¿No te gusta?—me preguntó señalando hacia el café que empezaba a enfriarse frente a mí, después de varios minutos observándolo sin más.—Tengo entendido que es una de las mejores cafeterías de Los Ángeles. Imagino que el café tiene que estar bueno.
—En realidad no me apetece demasiado—balbuceé, evitando en todo momento que nuestros ojos conectaran por más de dos segundos.
—Oh. Pensé que te apetecía, pero bueno… ¿Quieres otra cosa mejor o…?
—No. Lo que… Lo que necesito es que me digas qué hacemos aquí.— Le repliqué buscando una respuesta que realmente necesitaba saber, evitando que aquello se alargase más de la cuenta y que pudiese utilizar todas sus armas, como intuía que iba a empezar a hacer.
Le bastó una simple llamada, que acepté porque ni siquiera reconocí el teléfono que aparecía en mi pantalla, para invitarme a tomar café con él en la misma cafetería donde estábamos en aquel instante. Una invitación que no pude rechazar, a pesar de que no me apetecía en absoluto aceptar, y que hizo de las últimas veinticuatro horas de mi vida un completo descontrol. Horas en las que no logré concentrarme en mi trabajo, horas en las que evité hablar con quienes me rodeaban, porque era tanta la vergüenza por sentirme tan vulnerable después de todo lo vivido, era tanta la vergüenza al ser consciente de que seguía provocándome una sensación de inferioridad que no me dejaba ser yo misma y mostrarme firme, o al menos excusarme sin que me resultase toda una odisea, que ni siquiera me atreví a compartirlo con quienes más se preocupaban por mí. De hecho, por primera vez desde que puse un pie en Los Ángeles, rechacé salir a cenar con Quinn y Chad, quienes se habían convertido en mis verdaderos ángeles de la guarda.
De no ser por ellos, y hablo en plural, me habría sido prácticamente imposible instalarme en mi nueva casa en tan poco tiempo. Jamás tendré palabras suficientes para agradecerles lo que hicieron por mí.
En un mes fueron capaces de ayudarme a encontrar un apartamento acorde con mis necesidades, bonito, económico y cerca del que ya era mi nuevo lugar de trabajo. Y no solo eso, Chad también logró que la dueña del mismo me rebajase la cantidad del alquiler gracias a su elocuencia y esa perspicacia que lo hacía tan especial. Además me ayudó a decorarlo para dejarlo realmente coqueto y acogedor, cuando yo ni siquiera tenía tiempo de pensar en ello. Cuando en mi cabeza solo existían datos, números y el campo electromagnético que procedía desde el mismísimo centro de la Nebulosa del Cangrejo. Demasiadas cosas importantes en la cabeza como para centrarme en el color de las cortinas o dónde colocar el televisor. De hecho, ni siquiera pude dedicarle todo el tiempo que deseaba a ella. A Quinn.
Si a Chad no sabré como agradecerle todo lo que llegó a ayudarme sin esperar nada a cambio, a Quinn ya sería imposible. No tendría vidas suficientes para devolverle todo lo que supuso que ella estuviese cerca de mí en aquellos días. Y no solo por la ayuda, fue su compañía la que hizo que aquel periodo de auténtico descontrol fuese un camino de rosas para mí.
Pasé los primeros cinco días en la ciudad durmiendo en un hotel, a pesar de que ambos, tanto ella como Chad me habían ofrecido su hogar, pero Quinn entendió en todo momento mi postura, mi intención de afrontar aquel nuevo reto personal sin verme influenciada por nada ni por nadie. Quería disfrutar de una soledad que nunca había tenido en mi vida, y empezar a valerme por mí misma sin tener miedo a dormir en una cama solitaria. Quinn supo lo que quería, lo que deseaba hacer con mi vida al llegar a la ciudad, y lo respetó y me ayudó a que así fuese en todo momento. Estuvo siempre a mi lado, por supuesto, atenta, dispuesta para ayudarme en cuanto lo necesitara, pero dejándome ese espacio, permitiéndome que fuese yo quien tomase las decisiones de lo que quería, cómo y cuándo lo quería.
Por eso no me atreví a confesarles que tenía aquella cita, sobre todo a ella. Porque me daba vergüenza, porque sabía que aquello no era lo que esperaba de mí, y me odiaba tener la sensación de haberle decepcionado de alguna forma.
Como una de esas decisiones que tomas aun sabiendo que puedes estar equivocándote, guardé silencio y me presenté en aquella cafetería, a la hora pactada y con un revuelo de nervios en mi estómago que apenas me dejaban pronunciar palabra alguna.
—¿Tienes prisa?—me preguntó procurando mostrar una inocencia que yo sabía que no tenía.
—No, pero… No entiendo nada.
—Rachel… Soy yo, soy Jesse… Me hablas como si fuese un desconocido.
—Sé quién eres, por eso no entiendo nada. ¿Para qué has venido? ¿Para qué querías verme?
—¿Por qué estás tan a la defensiva? Vengo en son de paz. Quería verte, quería saber cómo estabas y… No sé, me hacía ilusión verte de nuevo.
—¿Qué?—Musité casi por inercia, cuando mi mente trataba de asociar las palabras que decía al gesto de su rostro.
—¿No te alegras de verme?
No pude responderle. Lógicamente me alegraba volver a verlo, pero las circunstancias no era las más idóneas para ello. No cuándo hacía apenas tres meses que rompió con nuestra vida juntos para siempre, y menos aún sin saber qué pretendía o lo que buscaba.
—Pensé que lo harías—añadió al no recibir respuesta alguna por mi parte—Pensé que podrías al menos echarme algo de menos…
—¿Qué? ¿Estás bromeando?
—¿Por qué iba a hacer eso? –me dijo y realmente pensé que se estaba riendo de mí, pero me bastó ver su mirada para saber que no lo hacía, que realmente me cuestionaba.
—Porque no es muy lógico que vengas después de todo lo que hemos pasado a decirme eso. Sé que algo quieres, y si no me lo dices no voy a tener más opción que marcharme. No, no me apetece pasar mucho tiempo aquí escuchándote decir que…
—Lo siento—me interrumpió bajando la mirada un par de segundos, justo los que yo necesité para leer en sus gestos que lo que venía no me iba a gustar en absoluto. No me equivoqué– Lo siento, Rachel. He venido para pedirte perdón.
—¿Pedirme perdón?—cuestioné tras un breve pero intenso silencio.
—No, no sé cómo decirte esto sin que te ofendas, pero te juro que lo hago exactamente por todo lo contrario. No, no quiero seguir haciéndote daño, Rachel. He venido dispuesto a arreglar las cosas entre nosotros…
—¿Qué?—lo interrumpí de nuevo, pero esa vez ni siquiera lo pensé. Salió de mí sin más.
—Rachel… Verás, yo, yo pensé que estaba haciendo lo correcto pero no es así. Yo, yo estoy muy arrepentido por haberte hecho tanto daño. Sé, sé que lo has pasado muy mal y te juro que a mí me dolía más que ti. Sin embargo, realmente pensé que estaba haciendo lo correcto. Pero pasa el tiempo, y cada día me arrepiento más. –Añadió entre balbuceos mientras yo no podía evitar que mi garganta ardiese por la sequedad de los nervios—No, no he parado de pensar en ti en éstos tres meses…
—Pues no tenías por qué hacerlo—solté casi sin voz, tratando de evitar que el discurso fuese más allá, pero Jesse no se había recorrido más de 2.000 kilómetros para callar como yo pretendía que hiciera.
—No quería hacerlo. Rachel, sabes perfectamente cómo me sentía en todo éste tiempo, pero no puedes hacer absolutamente nada cuando sigues amando a alguien. Y yo te sigo queriendo. No hay día que no te busque, que no espere verte aparecer por la puerta aunque ni siquiera esté en nuestra casa. No hay noche que no mire a mi lado en la cama y me odie a mí mismo por no tenerte allí. Escúchame, yo sé que me precipité, que tomé decisiones sin siquiera tener en cuenta todo el tiempo que hemos pasado juntos, todo lo que construimos y nuestro futuro, y me arrepiento… Soy consciente de ello, soy consciente de que me dejé llevar por el rencor, por el orgullo… Pero no puedo más. No puedo seguir fingiéndome a mí mismo que no te necesito, porque lo hago. Porque te necesito a mi lado, porque… Dios. Todas las noches me pregunto qué de qué me sirve todo lo que tengo si no puedo compartirlo contigo. De nada. No me sirve de nada…
—Jesse, no sigas por ahí, por favor…
—Es que tengo que decírtelo, Rachel. Tengo que decirte todo lo que siento, y te juro que ahora mismo no siento más rencor, ni orgullo… No siento nada más que quiero estar a tu lado. Que lo dejaré todo en Chicago, en Denver, en Washington, donde sea… Para estar a tu lado.
—¿Estar a mi lado?
—Sí, estar a tu lado. Si es aquí, pues aquí… Me da igual, Rachel. Yo te necesito, y sé que tú me necesitas…
—No te equivoques. Yo te he necesitado en éste tiempo atrás, y no has estado. Te necesité cuando no me quisiste creer, te necesité cuando te pedí disculpas, cuando acepté mis errores. Te necesité cuando elegí estar contigo, y tú nunca estuviste. Fue más tu orgullo y el rencor…—Le repliqué notando como la fragilidad, como la vulnerabilidad iba desapareciendo de mí.
—Lo sé, y por eso estoy aquí. Sé que aún me quieres, porque te conozco… Porque sé que tienes un corazón inmenso y a pesar de todo lo que he hecho, de todo el daño que te he provocado, me sigues queriendo… Y yo quiero demostrarte que también lo hago, y que estoy arrepentido.
—Hace tres meses te pregunté por última vez si estabas seguro de lo que hacías, y me dijiste que sí. No querías estar conmigo…
—Estaba ciego.
—¿Ciego? ¿Y no me echabas de menos entonces? Porque yo me estaba muriendo por dentro y a ti no parecía importarte demasiado…
—No digas eso, Rachel. Sabes que lo he pasado muy mal… Y por supuesto que te echaba de menos. Sabía que te estaba haciendo daño… Pero pensaba que era lo correcto, pensaba que realmente tenía que dejarte libre y me dejé llevar por consejos que no tendría que haber escuchado. Veía lo que le estaba sucediendo a Robert con Quinn, y te juro que tenía un miedo terrible a que me hicieras lo mismo. Pensaba que tarde o temprano dejarías de quererme y me dejarías… Y fui un estúpido, porque en vez de luchar porque eso no sucediera, porque en vez de confiar en ti, cerré los ojos y me dejé llevar por el orgullo. Y ahora no… Ahora no puedo vivir sin ti. Rachel, no puedo permitir que una estupidez como la mía acabe con tanto… No puedo permitirlo.
De nuevo sin palabras, aunque mi mente estuviese sufriendo un colapso absoluto de réplicas con las que callarlo. De nuevo sin voz por unos segundos que puedo jurar fueron eternos, mientras él hacía exactamente lo mismo, pero con la inestimable ayuda de su mirada completamente destrozada para hacerme más daño, para una vez más, hacer que me sintiera el ser más vulnerable del universo y mi corazón volviera a romperse cuando por fin empezaba a recomponerse. Para volver a recordarme que pasé noches despierta preguntándome cómo había llegado esa ruptura entre nosotros, y llorando. Llorando y procurando que nadie me viese hacerlo.
Lo sentí, sentí de nuevo ese dolor, ese pinchazo en mi pecho que tiempo atrás asocié al golpe que sufrió mi corazón cuando me dijo que no podía seguir junto a mí. Sin embargo, fui consciente de que no era el mismo, que el dolor ésa vez nada tenía que ver con lo que sentí al saber que todo se había acabado. El dolor era diferente, aunque no por ello menos intenso.
Era rabia. Tal vez ese orgullo o el mismo rencor que a él lo llevó a tomar esa decisión de la que ahora, nueve meses después de que sintiera que no podía estar a mi lado, y apenas tres meses después de nuestro divorcio, empezaba a arrepentirse. Y digo arrepentirse porque no me cabía duda
alguna de que así fuera. Porque lo conocía. Conocía perfectamente como trabajaba su mente, cuáles eran sus puntos fuertes y por supuesto los débiles, y verlo hablar de aquella manera no significaba otra cosa más que arrepentimiento. De haber querido manipular la situación, aparte de mostrarse natural con la apariencia y melancólico con nuestra alianza aún en su mano, habría jugado otro tipo de cartas. Lo habría preparado con más esmero, me habría citado pero no se habría confesado como lo hizo, sino que probablemente lo evitaría. Me habría buscado, habría hecho lo posible porque cayese rendida entre sus brazos regalándome la mejor de sus caras, y todo sería más sencillo y fácil de asimilar. Pero aquella actitud serena que terminó derrumbándose en apenas la tercera cuestión por mi parte, dictaba exactamente lo que percibía de él.
Estaba arrepentido de haber tomado esa decisión, de eso estaba completamente segura, y parecía tener miedo al ser consciente de que me había perdido para siempre. Sin embargo, y en contra de lo que pensaba que me sucedería y el temor que sentía al enfrentarme a él, no me provocó duda alguna sobre lo que ya sentía. Bueno, miento si digo que no tuve ganas de apartar el café delante de mí, y tomar sus manos para consolarlo de alguna manera, pero no lo hice. No lo hice porque hubo algo que me detuvo y me hizo comprender que el dolor que sentía era normal en aquella situación, algo lógico cuando has querido a alguien como yo lo había querido a él, pero poco o nada tenía que ver con sentir el corazón destrozado.
Siempre supe que la pena nunca es buena compañera para tomar decisiones, probablemente sea mejor dejarse llevar por el orgullo, porque del orgullo te puedes arrepentir pero de aceptar, de entregar tu vida por pena hacia otra persona no te recuperas. Le mientes a él, y te mientes a ti misma. Y yo en ese instante no pude evitar sentir pena por él, y por la situación que vivíamos por culpa de una decisión apresurada que él tomó sin pensar en nadie más que no fuese él mismo.
Una decisión que, como el resto de las que habían marcado mi vida, parecía impuesta por el destino.
—Rachel, podemos volver a intentarlo. Yo te juro que voy a dar todo de mí, y que se acabó el orgullo, el rencor y las desconfianzas. No me importa nada, solo quiero tenerte a mi lado y hacerte feliz. Yo, yo te prometo que no pararé hasta conseguirlo.
—Es tarde…
—No, no cielo, no es tarde. Yo, yo puedo…
—¿Siempre es yo?—le dije y la confusión lo obligó a guardar silencio—Jesse, no dudo de tu arrepentimiento, pero todo… Todo lo que dices, todo lo que intentas hacerme ver empieza siempre con un yo. Ahora soy yo quien tiene que pensar en sí misma, y no quiero más eso. Hice todo lo que querías, te di todo el tiempo que necesitabas y estuve a tu lado cuando lo querías. Te di todo lo que necesitabas para sentirte bien y ni siquiera te detuviste a pensar un solo segundo en cómo me sentía. No…—Lo interrumpí antes de que él lo hiciera conmigo—No me digas que pensaste en mí, porque no lo hiciste, por mucho que digas que todo era por mi bien. Mi bien era estar contigo, yo quería estar contigo y no me diste la oportunidad de demostrártelo… Como si eso fuese necesario después de todo lo que he hecho por ti. Y ahora vuelves para asegurarme que vas a darlo todo por
arreglar lo que pasó, sin preguntarme si quiera si yo quiero que se arregle. No, no ves más allá de ti, y eso me da pena… Mucha pena.
—¿No quieres arreglarlo?—masculló realmente confuso, casi incrédulo. Y de nuevo me sentí fuerte, libre y sin miedo a hablarle con el corazón.
—Eso es lo primero que tendrías que haberme preguntado antes de dar por hecho que lo que necesito es que te olvides del rencor y el orgullo. Yo también tomo mis decisiones, y por ahora no me arrepiento de ninguna.
—Rach… Ya te he dicho que estoy dispuesto a estar donde tú estés, que no tenemos que volver a lo que teníamos antes. Yo, yo me voy a adaptar, te lo prometo…
—No me quieres escuchar—lo interrumpí de nuevo— ¿Sabes?, creo que lo mejor que puedes hacer, después de tomar la decisión de romper con todo sin darte cuenta de que me echabas de menos, de que querías hacerme feliz y todas esas cosas que siempre me negaste cuando yo te pedía que me dieses una oportunidad, es que asimiles que las cosas suceden por algo. Y ya está.
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que si me equivoqué es porque tenía que ser así?
—Lo mejor es sacar lo positivo de lo negativo. Piensa que todo tiene que suceder por
algo…
—¿Qué todo sucede por algo?—volvió a insistir incrédulo, sin aceptar que estuviese enfrentándome a él sin dar muestra alguna de debilidad.
—Tal vez no estaba escrito que tuviésemos que estar juntos…
—Oh… Ahora entiendo, es una de esas cosas del destino con la que tantas veces te excusaste por tu historia con Quinn, ¿verdad? ¿Estás… Estás enamorada de ella?
Punto y final.
Definitivamente el destino lo tenía todo atado y bien atado.
En ese instante fui plenamente consciente que de no haber sido por aquella cita con Jesse en aquel día, curioso e importante día en mi calendario personal, tal vez no habría sido capaz de darme cuenta de una vez de todo lo que tenía en mi vida, y de que podía afrontar mis miedos con valor. Tal vez si Jesse no hubiese hecho aquella mención sobre Quinn, de mis supuestos sentimientos hacia ella y nuestra odisea con el destino, aún seguiría creyendo que me quedaba mucho camino por andar y mucho tiempo de espera hasta sentirme bien, pero por suerte lo dijo. Por suerte para mí, y desgracia para él.
Fue escucharlo y mi mente se inundó de silencio, y de una tremenda certeza que nunca antes había llegado a sentir. Fue escucharlo y no pude evitar hilar todos aquellos pensamientos que habían existido dentro de mí, pero que se negaban a mostrarse con absoluta nitidez y refutase mi más lograda y mi recién descubierta teoría; Un gesto, un hecho, un acto, una palabra, una mirada, un silencio o una simple decisión, puede cambiar para siempre el futuro que creías destinado a ser.
Una teoría que demuestra que realmente nuestro destino está perfectamente escrito, pero para que nuestras ansias no nos hagan avanzar sin control alguno, o la desesperación nos incite a detenernos en mitad del camino, creemos firmemente que somos nosotros los que lo forjamos.
Y sí. Hablo de teoría porque, aunque no pueda demostrarlo con números, con ecuaciones o formulas, podría enumerar una a una todas y cada una de las acciones propias que alguna vez llevé a cabo sin ser consciente de ellas, y que terminaron enlazando con otras, y éstas a su vez con otras hasta llegar al punto en el que me encontraba. Teoría basada en acciones que no pude evitar rememorar en aquel instante, mientras Jesse me buscaba con la mirada esperando una respuesta.
Y es que de no haber desobedecido a mi padre con nueve años, nunca habría mirado por el telescopio y no habría descubierto a Bellatrix. De no haber descubierto a Bellatrix no habría decidido que quería ser astrónoma. De no haber querido ser astrónoma nunca me habría esforzado por entrar en la facultad de ciencias de Oklahoma. De no haber terminado mi licenciatura, mi madre no me habría permitido pasar semanas en Denver con mis primos. De no haber pasado semanas en Denver no habría tenido la oportunidad de hacerme el tatuaje. De no haberme hecho el tatuaje no habría conocido a Quinn o mejor dicho, no habría vuelto a reencontrarme con ella sin siquiera saberlo. De no haber vuelto a tener a Quinn en mi vida, no me habría separado en aquel tiempo de Jesse, como tampoco habría podido conocer a Jocelyn Bell. Y sin ella, jamás habría podido acudir al observatorio donde volví a encontrarme con el profesor Donovan, y éste no habría tenido oportunidad de hablarle de mí al profesor Abraham, para que finalmente fuese quien me recomendase para aquel proyecto. Proyecto que jamás había llegado tan siquiera a soñar que podría llevar a cabo, y en el que ya me encontraba completamente inmersa. Proyecto que me permitió tomar distancias con el pasado y emprender una nueva vida en una ciudad como Los Ángeles.
De no haber sido por aquel cúmulo de acciones no estaría aquel miércoles 1 de Junio en aquella cafetería, descubriendo que después de mucho tiempo, había dejado de sentir dolor por no tener al que había sido dueño de mi corazón durante años a mi lado.
No pude evitar dejar escapar una sonrisa al ser consciente de que, como buena científica, había decidido inconscientemente ir recorriendo toda la curvatura del tejido espacial de mi vida, hasta llegar al punto donde me encontraba, en vez de buscar el agujero de gusano que uniese los dos extremos del tejido, y así ahorrarme dar tantos rodeos y llegar directamente a mi objetivo. Pero entonces no habría aprendido del camino, y por supuesto, estaba convencida de que mi camino no acababa ahí, en ese instante. Supe que Jesse no era mi otro extremo, no era ese mi objetivo… Al menos no en aquel momento de mi vida, porque después de todo lo vivido, tratar de adivinar mi futuro era probablemente la mayor estupidez que podía hacer. Aquella cita fue una prueba más que debía superar para sentir por primera vez como mi corazón ya se había curado, y estaba perfecto para volver a sentir, para volver a vivir y disfrutar del amor.
Y solo había una persona capaz de volver a hacerme vibrar de esa forma.
Ella.
Quinn Fabray.
Mi Sheliak.
—Todo tiene su tiempo, Jesse—le dije tras ver como seguía escrutándome, confuso e incrédulo por lo extraño que debió parecerle mi sonrisa—Y el nuestro se ha acabado.
—Pero…
—Seré sincera—musité abriendo por completo mi corazón, y llenándome de un valor que a duras penas aparecía en mí—No te voy a negar que verte me ha hecho bien, pero ya no es lo mismo. Ya no siento lo mismo…
—Lo entiendo, pero es fruto de todo lo que nos ha pasado.
—¿Sabes?—Lo interrumpí tras ver como no parecía querer escucharme—Alguien me dijo que la fórmula para intentar ser feliz, pasaba por alejarte de lo que no te da la felicidad y hacer las cosas que te hacen bien, que deseas hacer… Y yo ahora necesito pensar en mí, en lo que me hace bien. Quiero que sepas que siempre te he querido, y probablemente no deje de hacerlo nunca… Pero no de la forma en la que tú esperas. Estoy segura de que encontrarás a alguien que sí te haga feliz.
—Rachel, por favor… Al menos escúchame y…
—Me alegra volver a verte—insistí, pero esa vez levantándome de la silla y recuperando mi bolso—Espero que te vaya bien…
—¿Te marchas?
—Tengo, tengo cosas que hacer… —Me excusé, y aunque toda mi tarde quedaba completamente libre después de aquella cita, no le mentí. Tenía algo que hacer, algo de hecho muy importante que no estaba segura, pero que debía llevar a cabo como había hecho con las miles de acciones que me llevaron hasta aquel punto.—Adiós, Jesse.
Nada más. No recibí su adiós con palabras, pero sí su mirada completamente apenada e incrédula por ser testigo de mi muestra de seguridad. Y a pesar de la pena que seguía sintiendo, me sentí realmente orgullosa de mí misma por haber sido capaz de hacerlo, de demostrar que yo también era capaz de tomar decisiones a consciencia, y a la vez de dejarme llevar por el corazón, por las ganas de volver a sonreír y a disfrutar de mi propia vida.
Quizás por eso, por tener esas ganas de vivir, al fin y al cabo, dirigí mis pasos hacia el lugar en que más inspiración me transmitía, a ver a la persona que más tranquilidad me regalaba y más había enseñado acerca de cumplir sueños, de vivirlos y no dejar que nada ni nadie me los arrebatase.
Quizás por eso decidí recorrer a pie los 30 minutos que me separaban de ella, y me planté frente a la única puerta pintada de un intenso azul que aparecía a lo largo de aquel angosto pasillo en el que se encontraba su pequeño estudio.
La música que solía acompañarla mientras trabajaba me hizo saber que estaba allí, y que mi caminata no había sido en vano. Aunque después de un mes de verla casi a diario, conocía tan bien sus rutinas que no podía fallar.
Esperé un par de minutos hasta notar como la música se desvanecía por algunos segundos para golpear la puerta con delicadeza, pero con la suficiente vehemencia como para que pudiese escucharlo, y preparé mi mejor sonrisa para cuando la abriese. Sin embargo, la reacción que yo esperaba y que no era otra más que una sonrisa por su parte, no llegó a suceder. De hecho, hizo algo que yo no esperaba bajo ningún concepto.
—Hola…—Susurré cuando la vi tras abrir tímidamente la puerta, y sus ojos abiertos como platos me alertaron.
—¡Oh… Mierda!—exclamó volviendo a cerrar la puerta frente a mis narices, y dejándome completamente confusa.
—¿Quinn?
—¡Un segundo, un segundo… Rach!—la escuché excusarse desde el interior, provocándome aún mayor desconcierto. Desconcierto que me mantuvo parada frente a la puerta por varios minutos hasta que de nuevo escuché el sonido del picaporte, y su rostro, con varias manchas de pintura se mostraba frente a mí.—Hey… Hola.
—Hola—balbuceé con una extraña sensación de incomodidad invadiéndome—¿Te… Te pillo en mal momento?
—Eh… No, no… Claro que no, solo, solo estaba trabajando. –Me respondió al tiempo que trataba de acomodarse el pelo, completamente desordenado en una pequeña coleta.
—Oh… Eh, lo siento, no quería interrumpirte…
—No te preocupes, vamos… Pasa—me dijo, aunque los nervios parecían haberse adueñado de sus gestos y las dudas volvieron a mí.
—Si estás muy ocupada, no te preocupes… No quiero interrumpirte, solo venía a… Bueno, a verte un rato. Tendría que haberte avisado y…
—No me interrumpes, vamos pasa… Siento que esté todo desordenado, pero me he puesto a pintar y ni siquiera me dado cuenta de la hora que es —Insistió mostrándose un tanto más serena—Perdona por haber reaccionado así, pero ya sabes que no me gusta que vean mis cuadros cuando pinto y… Bueno, en realidad solo quería apartarlo de la vista—se excusó, y yo, a pesar de lo extraño de su gesto y su reacción al verme, la creí. Porque sabía de esa manía por no dejar que nadie viese sus obras mientras estaban en proceso.
—De todos modos, debería haberte avisado y…
—Oh, no… No, ya sabes que puedes venir cuando te apetezca. Esta es tu casa—añadió regalándome un pequeño guiño de ojos.
— Vaya, veo que te has aficionado a los murales— le dije tras ver como efectivamente, había girado un imponente lienzo en el que trabajaba para apartarlo de mi vista, colocándolo junto a una de las ventanas que iluminaban el lugar, en el lado opuesto del pequeño sofá en el que solía sentarme cada vez que acudía a verla allí, en su estudio. En su mundo.
Apenas era una habitación de 10 metros cuadrados a lo sumo, repleta de lienzos, de caballetes y mesas con botes de pintura y cientos de pinceles de todos los tamaños, exactamente como yo imaginaba que debía ser el lugar de trabajo de un artista. Y aunque en mi mente me lo había imaginado mucho más bohemio, supuse que el paso del tiempo lograría crear esa atmosfera tan particular en aquel lugar. Eso sí, había algo que se reflejaba exactamente igual que en mi cabeza; Ella. La artista.
Confieso que la primera vez que fui a visitarla a aquel lugar me quedé completamente prendada de ella. Más aún de lo que ya estaba, si es que eso era posible, al verla metida de llena en su mundo. Al observarla trabajando completamente en paz consigo misma, regalándome gestos que ya nunca más iba a olvidar y de los que ella ni siquiera era consciente. Gestos como la concentración que reflejaba en su rostro cuando parecía pintar alguna parte importante del cuadro, o el trabajo que estuviese llevando a cabo. O la sonrisa al dar por finalizada la obra. O la manera de expresarse, la naturalidad que mostraba sin preocuparse de nada que no fuese su trabajo. De hecho, ni siquiera se preocupaba por su aspecto desaliñado, realmente encantador para mi gusto, mientras trabajaba. Y eso me fascinaba. Para ella el mundo exterior dejaba de existir cuando cruzaba aquella puerta azul y se colaba en su pequeño estudio, algo que no ocurría cuando trabajaba en la editorial.
Jamás, en los días que pude verla sentada en la mesa de dibujo de su despacho, vi reflejarse en ella lo que desprendía en aquellos días. Solo cuando se centraba única y exclusivamente en dibujar dejaba ver un leve resquicio de lo que era ahora, y eso me hacía bien. Ver que realmente había encontrado su lugar era probablemente lo mejor que le podía suceder a ella, y a mí. Sin duda alguna.
También porque gracias a ello yo había encontrado mi rincón favorito para relajarme.
Sí, apenas llevaba un mes en la ciudad y lógicamente, por culpa de la vorágine de la mudanza y los primeros días de investigación, no había tenido tiempo de verla al completo, pero estaba convencida de que aquel lugar, de que aquella habitación en la que Quinn simplemente era ella, era una de las mejores cosas que me podía suceder para no perder la cabeza. Que sentarme allí, en aquel sofá que Chad se había encargado de llevar para sus momentos de charla, y verla crear sin saber lo que había tras el lienzo, era un privilegio que muy pocos podían disfrutar, y que además me ayudaba. Me hacía sentir en paz.
—En realidad solo es un capricho… —Me respondió sonriente— ¿Qué tal? ¿Qué haces por aquí? ¿Te sientes mejor?
—¿Mejor?
—Sí, ¿No te sentías mal anoche? –Me recordó, acabando de golpe con la sensación de tranquilidad que me regalaba siempre su presencia. Un repentino dolor de cabeza fue mi excusa
para rechazar la invitación para salir a cenar con ella y con Chad, cuando en realidad era el miedo que tenía por no saber cómo afrontar la cita con Jesse.
—Oh… Eso, sí, si… Claro, me siento mucho mejor—balbuceé, notando como su mirada tras el lienzo me dejaba entrever que algo sospechaba. –En realidad, no… Bueno, tampoco fue para tanto. Solo, solo no me sentía con muchas ganas de salir.
—Ok, bueno, la próxima vez lo dices y ya está. He estado por llamarte un par de veces ésta mañana, pero no quería molestarte en el observatorio… Ni tampoco resultar pesada.
—No era necesario. Estaba bien… Y ya sabes que nunca me molestas. Puedes llamarme cuando lo desees…
—Ok. Mucho mejor así—me dijo regalándome una media sonrisa antes de volver a casi ocultarse tras el lienzo. Momento que yo aproveché para ordenar mis pensamientos y comprender que ocultarle lo que acababa de sucederme con Jesse, era absurdo si quería hablarle con el corazón. Para eso al fin y al cabo, había caminado hasta allí.
—Quinn…—Me atreví a balbucear tras casi un minuto en absoluto mutismo, siendo consciente una vez más de la increíble capacidad que tenía para saber cuándo el silencio era un buen compañero.
—Dime.
—En realidad, en realidad anoche me sentía mal, pero nada que ver con un dolor de cabeza. Estaba, estaba nerviosa y tenía algo de miedo.
—¿Qué? ¿Nerviosa y miedo por qué? ¿Te ha pasado algo?—se apresuró a preguntar buscándome con la mirada.
—Eh… No, solo…
—¿Qué pasa, Rachel?
—Hoy he tenido una cita.—Le confesé y el gesto confuso de su cara, a pesar de mis nervios, llegó a provocarme ternura.
—¿Una cita?
—Con Jesse…—Le dije y de nuevo el silencio, aunque ésta vez un tanto incómodo, cayó sobre nosotras. Vi como volvió a dudar, y tras dejar el pincel con el que trabajaba en el interior de un bote, regresó a mí con la mirada.
—¿Con Jesse?
—Ajam...
—¿Está en la ciudad?—añadió cambiando radicalmente el tono de su voz. Mostrándose más seria, y yo diría que incluso molesta.
—Ha venido a verme. Ayer me llamó y me citó en una cafetería cerca de Hollywood. Acabo, acabo de estar con él.
—Oh… Vaya. ¿Todo bien?
—Mejor que nunca.—Solté y de nuevo el silencio se apoderó de ella. Tanto que me tomé la libertad de continuar—Está arrepentido y… Quería volver a arreglar lo nuestro.
—¿Arrepentido? No me lo puedo creer…—Susurró casi de manera imperceptible, como un pensamiento que no pudo ocultar—No, no sé si atreverme a preguntarte por lo que piensas hacer.
—No tengo nada que hacer, ya lo he hecho todo. He podido hablarle con el corazón, y aunque estaba realmente asustada por enfrentarme a él, me he sentido bien.
—¿Lo vas a perdonar?—me preguntó y fue entonces cuando supe ver la resignación adueñándose de ella. No quise alargar demasiado su malestar.
—No tengo nada que perdonar, Quinn. Él tomó sus decisiones y yo he tomado las mías. No soy nadie para perdonarle nada.
—Pero…
—Me he dado cuenta de que no es lo que quiero en mi vida, y no me da lo que yo necesito. Tal vez sea un pensamiento egoísta, pero al fin y al cabo, si no me cuido yo misma, ¿Quién lo va a hacer?—la interrumpí sorprendiéndola, al menos eso pude intuir por el gesto que me regaló.
—¿Lo has rechazado?
—Simplemente le he dicho que ya no hay nada que hacer, y que no voy a volver atrás. Quiero, quiero disfrutar de mi vida, de la que tengo por delante y… Él ya no está en ella.
—Vaya… No, no sabes cuánto me alegra escucharte hablar con tanta seguridad.
—No sabes cuánto me he alegrado yo al ser consciente de que ya no queda nada en mí que me ate a él. Supongo que tienen razón cuando dicen que el tiempo todo lo cura.
—Pues claro que tienen razón. Solo… Solo se necesita tiempo y paciencia para salir adelante. Esto, eso no tiene nada que ver con el destino o los astros—me sonrió esperando mi respuesta de la misma manera.
—¿No crees que sea obra del destino?
—No, lo que tú piensas, lo que tú sientes es tuyo, te pertenece a ti. No depende de factores externos. Por eso ser sincera con una misma es lo más importante. Escucharte a ti misma y saber qué es lo que quieres, cómo y cuándo lo quieres, es básico para ser firme y enfrentarte a lo que no te gusta. Una vez que lo haces, una vez que no tienes miedo a luchar por lo que quieres, ya solo tienes que ir caminando y dejar que el destino haga su trabajo.
—¿Cómo lo haces?—le pregunté sin siquiera darle tiempo a respirar, tras asimilar todas y cada una de sus palabras.
—¿Cómo hago qué?
—¿Cómo eres capaz de tener siempre las palabras adecuadas para cada momento?
—No hago nada, Rachel, simplemente te digo lo que pienso y lo que creo. Soy sincera... Y he pasado por ese momento que tú estás viviendo ahora mismo. Sé cómo te sientes, sé que tienes una mezcla de euforia y al vez algo de miedo porque crees que no vas a estar a la altura de lo que deseas… ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas. ¿Cómo se supera ese temor?
—Recordándote a ti misma quien eres, y qué quieres. ¿Te acuerdas de mi miedo a hacer el mural cuando nos encontramos en el bar de mi padre? ¿Te acuerdas que tuve que pedirle a mi hermana consejo porque estaba asustada? Era el miedo a dar un paso grande por mí misma—me respondió levantándose con sutileza la camiseta para dejar a la vista su perfecto e inspirador tatuaje. –Que nadie ni nada te obligue a bajar de tu columpio… -Añadió y yo no dije nada.
No pude decirle nada porque en ese instante todo lo que sentí fueron unas tremendas ganas de romper la distancia que nos separaba, apenas unos tres metros, y abrazarla. Abrazarla y probablemente besarla, pero me había prometido a mí misma no volver a jugar con sus sentimientos, y me contuve como había estado haciendo en aquel tiempo.
Porque no. Porque aunque llevásemos prácticamente todo el mes viéndonos a diario. Porque aunque desde hacía tres meses no había día en el que no hubiésemos sabido la una de la otra, y el recuerdo de nuestra última noche juntas aún merodease por mi mente en sueños, los momentos íntimos entre nosotras, esos en los que en otra época nos hacían temblar y lamentarnos por no poder llevarlos a cabo, habían desaparecido por completo.
La última vez que Quinn me besó fue en aquella noche en la que estuvimos juntas, y después de mi reacción asustadiza hizo exactamente lo que me prometió; Ser mi amiga. Estar a mi lado como tal y no perturbar, por llamarlo de alguna manera, mí tiempo de soledad. Mi necesidad de reconstruir mi vida sin tener que dejarme llevar por lo que, era evidente, existía entre nosotras.
Lo que ella desconocía es que durante todo ese tiempo que se mantuvo firme, yo fui cayendo más y más en sus redes. Que poco a poco fui deseando que aquellos cariñosos pero simples abrazos que me regalaba a modo de saludo, se convirtiesen en caricias. Que el beso que de vez en cuando dejaba en mi mejilla, fuese a parar directamente hacia mis labios. Que cada palabra, cada hola o adiós que me regalaba, estuviese acompañado por un mi chica galáctica que me demostrase que seguía pensando en mí, que no se había cansado de esperar ese momento que el destino nos tenía preparado, en el que las dos supiésemos lo que queríamos. Y que ese deseo fuese el mismo en ambas.
De nuevo los gestos, las acciones, las palabras o hechos inconscientes hacían acto de presencia en mi vida, y yo ilusa de mí, no supe ver que ese momento era ya presente hasta ese preciso instante.
—Rach…—Susurró devolviéndome a la realidad, obligándome a que alzara la mirada hacia ella para descubrir una tímida sonrisa que me hizo suspirar—Ven, quiero que veas algo…—Dudé varios segundos, pero al ver como lanzaba la mano para que me animara a acudir junto a ella, reaccioné.
—¿Qué quieres que vea?
—Lo que estoy pintando—me dijo invitándome a que me colocase a su lado. –Era una sorpresa, pero después de lo que te acaba de suceder, creo que es el momento perfecto para que lo veas…—Añadió segundos antes de provocar que todos, absolutamente todos mis sentidos dejasen de funcionar, y simplemente me convirtiese en un ser que respiraba. Nada más.
Y no, no fue, por la sensación de calidez que me regaló cuando noté como su brazo rodeó mi cintura para situarme justo donde ella había estado, sino por lo que vi, por la escena que vi reflejada en aquel impresionante lienzo que casi me superaba en altura.
Era yo, estaba allí aunque las sombras no dejasen que mi rostro se mostrase nítido, alzando mis manos al cielo mientras todos los planetas del sistema solar bailaban a mí alrededor. Era yo tratando de rozarlos, de acariciarlos con la punta de mis dedos y decenas, cientos de colores estallaban a mí alrededor dejándome completamente sin aire. A mí, a la Rachel real, no a la del cuadro, por supuesto.
Supuse que mi rostro fue fiel reflejo del colapso que sufrí, porque Quinn no tardó en cuestionarme completamente asustada.
—¿Estás bien? ¿No… No te gusta?—balbuceó y yo la miré completamente incrédula, pero sin atinar palabra alguna—Quería, quería hacerte un regalo para tu apartamento y pensé en un cuadro… Y bueno, ¿te acuerdas cuando hablábamos de cómo sería Hypatia en el siglo XXI? ¿Recuerdas que te dije que yo te veía a ti como una Hypatia moderna? Pensé que sería una bonita manera de representarlo y que lo tuvieras presente. Quiero decir, si no te gusta no hay problema… Además no está acabado, aún le quedan los zapatos y parte del pelo, como ves…
—Oh Dios—susurré en un intento por acabar con su monologo, como si con aquella expresión pudiese describir lo que me provocó.
—¿Oh dios? Rachel, ¿Eso es un me gusta o un…?
—Es un no tengo palabras para describir lo que siento. Es increíble, Quinn… Es precioso y… Tan inspirador. Oh Dios, no tenías por qué…
—Sí, sí que tenía—me interrumpió—Acabas de demostrarme que sí tenía que hacerlo. ¿Te gusta?
—Me encanta, pero yo no, no merezco nada de esto, Quinn… No sé por qué siento que no merezco tenerte en mi vida como te tengo. Creo que no voy a tener vida suficiente para agradecerte…
—Ojala te tuviese en mi vida como deseo tenerte—dijo interrumpiéndome, acabando con mi absurda reacción y dejándome por completo en silencio. Un silencio abrumador en el que simplemente la miré, y vi como rápidamente el arrepentimiento se adueñaba de ella. –Lo siento… Lo siento, Rachel—se disculpó como había hecho otras veces antes, apartándose de mí rápidamente y excusándose con buscar algo en una de las mesas que rodeaban la estancia para poner distancia entre nosotras. Una distancia que yo ni quería, ni deseaba que existiese nunca más entre nosotras. Aquella frase, o mejor dicho pensamiento que dejó escapar probablemente sin querer hacerlo en voz alta, era todo lo que necesitaba para empezar a disfrutar de mi vida, como le había hecho entender a Jesse que haría. Y no solo a Jesse, sino a todos los que me rodeaban y se habían preocupado por mí.
Sin rastro alguno de culpa en mi corazón por la rapidez con la que sucedieron las cosas en mi matrimonio, sin el temor que tenía por emprender una vida en soledad, con el valor de haber aceptado involucrarme en un proyecto en el que eran necesarios años de experiencia que yo no tenía, y sintiéndome perfectamente capacitada para seguir caminando con paso firme, ya no tenía excusa alguna para no disfrutar de lo que la vida me estaba regalando. Ya no tenía excusas para no ser honesta y hablar con el corazón, sin temor alguno a que volviesen a rompérmelo.
El tiempo todo lo cura, pero pasa y nunca vuelve atrás, y si había algo que realmente tenía claro en aquel instante, era que no quería perderme un solo minuto más de mi presente.
—Si es tu deseo… ¿Por qué no lo haces real?—le dije, y el tintineo del pincel en el interior del bote se esfumó regalándonos de nuevo el silencio. –Que nadie te baje de tu columpio…—Añadí y tímidamente se giró para buscarme con la mirada. No dije nada, simplemente le aguanté la mirada y esperé a que fuese ella quien lo hiciera.
—¿Estás segura? ¿Quieres… Quieres intentarlo o estoy entendiendo mal?—me dijo y yo noté como un inmenso nudo de nervios se metían en mi estómago, y una extraña emoción me hacía suspirar como adolescente incapaz de controlarse.—Rachel, no quiero que te precipites ni te sientas obligada a hacer algo para lo que no estés preparada. Ya, ya sabes que lo que tenga suceder, sucederá…
—¿Sabes quién es Gayle Forman?
—Pues, no… No tengo ni idea—me respondió extrañada por mi pregunta. No pude evitar sonreír.
—Es una escritora… En uno de sus libros leí una cita que me marcó. Decía algo así como… Nacemos en un día, morimos en un día, podemos cambiar en un día, y podemos enamorarnos en un día. Cualquier cosa puede suceder en un solo día.
—¿Y hoy es el día en el que…?—balbuceó, pero yo de nuevo no dejé que continuase.
—No quiero ni siento que tenga que esperar más tiempo. Es hora de que lo que tenga que suceder entre nosotras… Suceda. ¿No crees?
—Entonces, ¿quieres qué…?
—Tal vez deberíamos tener una cita y no sé…—la interrumpí de nuevo.— Ver qué sucede como lo haría la gente normal… O quizás deberías acercarte y decirme que no te has cansado de esperar… —Le respondí sabiendo que aquello no era una respuesta lógica a su pregunta, pero viendo en su sonrisa la respuesta que más deseaba recibir de su parte.—Me da igual como suceda, Quinn, no sé si es precipitado o es tarde, no sé si me voy a arrepentir o me voy a maldecir por no haber dado el paso antes… Solo sé que esto, que lo que tenemos tú y yo tiene que ser algo más… Y quiero disfrutarlo ya.
—Oh… Ok, ok… Pero no vamos a romper las reglas—me dijo desconcertándome. –Llevo mucho tiempo siendo paciente y has avanzado mucho como para fastidiarlo todo por un momento de euforia.
—No, no te entiendo… Quinn. ¿Piensas que es solo…?
—Prométeme que no vas a dejar de sentirte libre—me interrumpió.— Prométeme que no vas a dejar de hacer las cosas que quieres hacer, que no te vas a dejar influenciar o te sentirás cohibida porque no tengamos puntos de vistas iguales. Prométeme que ésta Rachel Berry que tengo frente a mí, no se va a ir nunca más.
Sonreí, y lo hice no solo para ella sino que también para mí. Sonreí tranquila, aliviada al saber cuál era su mayor preocupación; que volviese a dejar mi vida en manos de los demás, en ese caso ella misma. No había mayor demostración que la que me estaba haciendo ella en aquel instante, y yo estaba segura de tener la mejor respuesta para ella.
—Te aseguro que ni las estrellas tendrán esa influencia sobre mí.
—Bien… En ese caso, y como eso de tener una cita me resulta realmente extraño después de todo lo que hemos vivido… Puedo ir hasta ahí y besarte para demostrarte que no me he cansado de esperar un solo segundo.
¿Sabéis por qué científicamente es físicamente imposible que el ser humano sienta la Tierra gira bajo sus pies? Es porque todos formamos partes del mismo sistema de movimiento de la Tierra. Giramos con ella a la misma velocidad constante, exactamente 1.666 kilómetros por hora, por lo que no podemos percibir esa fuerza bajo nuestros pies a menos que algo, alguna fuerza nos detenga y la inercia cumpla sus leyes. En ese caso, saldríamos disparados hacia el espacio con la misma velocidad con la que giramos junto a la Tierra.
Sin embargo, esa certera teoría jamás podrá explicar por qué una simple mirada es capaz de desprender tanta fuerza, que realmente sientas que todo gira bajo tus pies. No existe ciencia alguna que pueda formular de manera alguna la fuerza gravitacional de tu propio cuerpo cuando el de la persona que deseas se acerca a ti. No ha habido científico en la historia capaz de describir lo que yo llegué a sentir cuando sentí sus manos tomando las mías, cuando percibí la intención de sus labios y el calor de su mirada quedó a escasos centímetros de mis ojos. No hay libro, ni teoría, ni años de investigación suficiente para hallar la fórmula exacta de lo que es capaz de provocar un gesto tan simple y sencillo, como lo es un beso.
Y ni siquiera fue el primero. Como por supuesto, tampoco fue el último.
Recuerdo aquella tarde del 1 de Junio como el fin de un ciclo, como el último de los encuentros, la última de las señales que el destino, caprichoso como ninguno, había puesto ante mis ojos. Recuerdo aquella tarde del 1 de Junio como el inicio de una nueva vida, más completa, más propia y personal, y mucho más interesante, sin duda. Recuerdo aquella tarde del 1 de Junio sintiendo que había vuelto a ser yo, que la niña que una vez desobedeció a su padre sin miedo a las consecuencias de sus actos, seguía en mí, y juro que fue la mejor sensación que tuve en mi vida. Recuerdo aquella tarde del 1 de Junio con una simple frase acompañando a aquel beso que ahora recibo cada día. Una frase convertida en promesa que cumplió, por supuesto, y que nunca jamás olvidaré.
—Rachel…—Susurró casi sin separar sus labios de los míos—Si esto funciona… Si esto sale bien, le puedes decir a tu hermano que ni lo intente... No pienso bajarme de éste columpio nunca más.
FIN
