Sakura se despertó, Sasuke dormía a su lado; su cuerpo desnudo quedaba iluminado por la luz de la lámpara y le brillaban los músculos debido al sudor de la pasión.

Cuando él alcanzó el clímax en su interior, la miró casi tan fijamente como la otra vez, aunque cerró los ojos en el último momento.

Ahora estaba dormido, y Sakura se

acurrucó contra su calidez, afligida.

Puede que Sasuke no quisiera saber la verdad, pero lo cierto era que Sally Tate y Lily Martin estaban muertas; alguien les había arrebatado la vida.

Sakura conocía a suficientes mujeres de la calle como para saber que, a menos que encontraran un protector rico que las mantuviera, sus vidas podían resultar breves y brutales.

Un cliente equivocado podía matarlas sin más y no le importaría a nadie.

A fin de cuentas, sólo eran prostitutas.

Incluso las que lograban trabajar en un burdel de más categoría, cuando

envejecían y su belleza se marchitaba acababan de nuevo en las calles.

Las que conseguían tener un protector vivían un poco mejor, pero sólo si éste las trataba bien.

Sakura sabía de sobra que, si no hubiera sido por un designio divino y por la bondad de Thomas Haruno y la señora Barrington, podría haberse convertido en una de ellas.

A Inuzuka no le importaban las mujeres asesinadas, él sólo quería vengarse de los Uchiha.

En cambio a Sasuke sí —era evidente su pesar por Sally, Lily y su

madre—, pero su hermano le importaba todavía más.

A fin de cuentas, era quien le

había arrancado del infierno.

Maldito fuera su padre que le encerró allí por presenciar lo que no debía.

Maldito fuera Itachi Uchiha por enredarle en sus juegos de poder.

Y maldito fuera el propio Sasuke por sentir aquella imperecedera gratitud hacia su hermano.

Sakura no había comprendido al principio por qué Ino abandonó a Sai cuando era evidente que todavía le amaba.

Ahora lo entendía un poco mejor.

No estaba segura de qué había hecho Sai para contrariar tanto a Ino, pero entonces él era un notorio calavera, además de un terco Uchiha. ¿No era suficiente?

Una dulce debutante como era Ino en aquellos momentos, no habría tenido ninguna posibilidad de resistirse a él.

Sakura se levantó de la cama y se vistió.

Se había acostumbrado a vestirse de

manera sencilla y con rapidez cuando trabajaba para la señora Barrington y tenía que ocuparse de ella a cualquier hora del día o la noche.

Sasuke no se despertó.

Estaba tumbado boca abajo, relajado, con los ojos cerrados.

La luz de la lámpara acariciaba las firmes curvas de sus nalgas, el hueco de su cintura, los tensos músculos de sus hombros.

Era un hombre grande y hermoso, fuerte pero muy, muy vulnerable.

Eso había dicho Itachi.

Y aún así, él le había hecho

todavía más vulnerable.

«Te amo, Sasuke Uchiha».

A Sakura le dolió el corazón.

Salió silenciosamente del dormitorio y bajó la escalera.

Miró a su alrededor para

asegurarse de que no la veía nadie y se apresuró hacia la puerta que comunicaba el salón con la escalera de servicio.

La cocinera dedicaba sus energías a limpiar los restos de la cena que acababa de ofrecer a Naruto y Daniel.

La mujer le dirigió una amplia sonrisa cuando la vio entrar en la cocina, igual que en los viejos tiempos.

—Es agradable ver a hombres con tan buen apetito —comentó—. Se lo acabaron todo en un santiamén y repitieron. No se puede pedir más. Y sin embargo, usted ni siquiera ha bajado a cenar. ¿Quiere que le caliente algo?

—No, gracias, señora Donnelly. Estoy buscando a Katie.

—Ahora, usted es la dueña de la casa. Debería llamarla con la campanilla.

—¿La ha visto? —preguntó Sakura, impaciente.

—Está en las escaleras de la despensa.

—La mujer mostraba una actitud

desaprobadora—. Acompañada de alguien no demasiado recomendable, si le digo la verdad. Yo no permitiría entrar en mi casa a nadie de esa calaña.

A Sakura le dio un vuelco el corazón.

—No se preocupe. Es uno de mis casos de beneficencia.

—Es usted demasiado buena para su bien. Katie, pasa, pero la otra es dura y altiva. No necesita de su caridad.

Sakura ignoró a la señora Donnelly y se dirigió a la despensa y a las escaleras que conducían a la calle.

Katie estaba sentada sobre los escalones, rezumando furia

irlandesa por los cuatro costados.

—Bien, aquí está, como le dije.

—Gracias, Katie. Déjame sola con ella.

—Ni hablar. No me fío de ella en absoluto y no pienso dejarlas.

La joven en cuestión sí que alzaba la nariz altivamente, una nariz afilada y empolvada.

El resto de la cara también estaba cubierta de polvos y colorete.

Llevaba diamantes en el cuello y las orejas.

No era guapa, pero sí sensualmente atractiva y lo sabía.

La vio curvar los labios, rojos y exuberantes, con una sonrisa de superioridad al ver su sencillo vestido.

—Molly me contó que era usted una duquesa —dijo—. Pero no la creí.

—Sería mejor que cuidaras tus modales —espetó Katie—. Es una dama.

—Cállate, Katie. ¿Cómo te llamas?

—.Tayuya Es lo único que necesita saber.

—Encantada de conocerte, Tayuya. Lamento molestarte, pero me gustaría hacerte unas preguntas.

—¿Aquí? ¿En la escalera? Esa cochina mujer no me dejó entrar en su cocina, pero yo quiero sentarme en la sala, le guste a ella o no. Si no, no diré nada.

—Cierra el pico —intervino Katie—. No eres digna de sentarte en la sala de mi señora. Nos quedaremos aquí, en las sombras, para que nadie sepa que ha hablado contigo.

Sakura levantó las manos.

—Haya paz. Sólo te robaré unos minutos, Tayuya, sé que estás dispuesta a hablar. Imagino que sabes de qué se trata.

Tayuya pareció satisfecha con la adulación.

—Quiere que le hable sobre un burdel en High Holborn. Conozco muy bien ese lugar, y también a la bruja que lo dirige. ¿Qué desea saber?

—Todo.

En respuesta a sus preguntas, Tayuya confirmó lo que Inuzuka le había contado.

La señora Mei había sido amante de Itachi y fue él quien adquirió en su día la propiedad.

—Se conocieron cuando él estaba todavía en la Universidad, ella ya tenía sus años, ¿sabe usted? —aclaró Tayuya—. No he visto ningún amor como el que Mei Terumi sentía por él. Se desvivía por Su Excelencia de tal manera que sería capaz de beberse sus orines si él se lo pidiera.

—Pero he sabido que él le vendió el lugar al cabo de algún tiempo —dijo Sakura—. Me había hecho a la idea de que para entonces ya no eran amantes.

—Oh, él le dio la patada, claro está, y ella se convirtió en una mujer de negocios, ya me entiende. Tampoco es que aquel fuera un mal sitio, pero la señora Terumi y yo no nos llevábamos demasiado bien. Me largué de allí en cuanto pude. —Lanzó una cariñosa mirada a sus anillos de diamantes.

—Así que es cierto que entre ellos ya no hay nada —meditó Sakura.

—Bueno, puede que lo haya por parte de ella, pero no de él. El duque comenzó a mostrarse más arrogante, a codearse con la reina. Necesitaba una dama joven y bella, para lo que quería no le valía su antigua amante de tantos años. Yo me lo hubiera tomado muy mal, pero la señora Terumi fue más comprensiva. Siguió

amándole en silencio, aunque se le rompiera el corazón. Si alguna vez decíamos algo contra el duque, nos tiraba de las orejas.

Sakura miró pensativamente la barandilla de hierro forjado de la escalera.

—¿Quieres decir que ella haría cualquier cosa por el duque?

—Estoy segura. Con él se comporta como una muchacha inocente a pesar de que ya debe de rondar los cincuenta.

A Sakura se le arremolinaban los pensamientos en la cabeza.

¿Sería posible que la señora Terumi se hubiera enterado de que Sally quería chantajear a Itachi? Pero, si ése

era el caso, ¿por qué no esperar a que Sasuke se hubiera ido también y no involucrar a ningún Uchiha? ¿O quizá es que le traía al fresco a quién atribuyeran el crimen, siempre y cuando no fuera a Itachi? Se moría por encontrarse con aquella mujer e

interrogarla.

—¿Cuánto tiempo hace que trabajaste allí, Tayuya?

—Oh, fue hace seis o siete años.

—¿Conociste a Sally Tate?

—¿A esa zorra? No me sorprende que la mataran.

—¿Estabas allí cuando la asesinaron?

—No, ya había seguido mi camino. Pero me enteré de todo lo que se decía del asunto. Sally se lo merecía, señora. Puede que hiciera todo lo que pedían los hombres, pero los odiaba a muerte. Conseguía hechizarles y que le dieran todo el dinero del mundo, pero prefería a las mujeres. Discutía a menudo con la señora Terumi porque no quería compartir con ella las ganancias. Decía que las necesitaba

para conseguir un castillo para su enamorada en el que vivirían felices para siempre.

Katie ya no pudo seguir conteniéndose.

—Eso es asqueroso, milady. Usted no debería estar aquí escuchando estas

guarradas.

Tayuya encogió los hombros.

—Bueno, una se cansa de que los hombres le paguen, ¿no es cierto? Por lo menos algunas. Fíjese en mí, me agencié un caballero atractivo.

—No te preocupes por eso —dijo Sakura con impaciencia—. ¿Quién era la enamorada de Sally Tate? ¿La conoces?

—Era otra de las chicas que vivía allí. Solían encerrarse en una habitación de la planta de arriba para hacerse arrumacos. Sally siempre juró que llevaría a esa chica a una casita en el campo y que plantarían rosas, y otros disparates por el estilo. No es que fuera muy probable, ¿verdad? Ninguna persona decente de un pueblo dejaría una casa a una pareja de lesbianas que antes trabajaban de prostitutas. —Tayuya se dio unos toquecitos en el labio—. Bueno… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, ya recuerdo. Lily. Sally siempre decía que tendrían un estanque con lirios en su honor. Ya le digo que estaban como cencerros.

—¿Lily Martin? —preguntó Sakura, aguantando la respiración.

—Eso es. Lily Martin. Ahora, ¿me da mi dinero, milady? Me espera un largo camino, está helando, y la seda de mi vestido quedará arruinada.

Sasuke se despertó justo cuando el reloj daba las diez.

Se estiró envuelto en una sensación de calidez, y rodó para atrapar a Sakura entre sus brazos.

La cama estaba vacía.

Abrió los ojos decepcionado.

Quizá ella se hubiera levantado para conseguir algo de comer.

Seguramente tendría hambre.

Sasuke se pasó la mano por la cara,

intentando alejar los recuerdos de la discusión.

Le había contado cosas que jamás

hubiera querido decirle, cosas que no quería que ella supiera sobre él y su

monstruosa familia.

Pero al menos había logrado hacerle entender.

Sasuke se incorporó y se sentó en el borde de la cama para levantarse.

No quería esperar a que regresara; la necesitaba ahora.

La encontraría y le diría a Curry que les llevara algo que comer.

Le gustaría sentar a Sakura en su regazo y darle de comer con

su propia mano.

Ya habían disfrutado de eso en Kilmorgan y no veía ninguna razón

para no volver a hacerlo ahora

Se puso los pantalones y la camisa, recordando cómo había ayudado a Sakura a desnudarle sólo unas horas antes.

Sus caricias habían sido suaves, pero él estaba impaciente; la deseaba con fiera intensidad.

Sasuke se calzó y se peinó con los dedos antes de girarse hacia la puerta.

Agarró el pomo de porcelana y lo giró.

La puerta no se movió.

Accionó la manilla una y otra vez y empujó la puerta, pero no consiguió nada.

Con el corazón desbocado, Sasuke se inclinó y acercó el ojo a la cerradura.

La llave no estaba puesta al otro lado.

Alguien le había encerrado y se la había llevado.

Una ciega sensación de pánico le inundó.

Estaba encerrado, no podía escapar;

estaba atrapado.

«Por favor, por favor, por favor, seré bueno…»

Respiró hondo varias veces, intentando controlar aquel frío terror.

Pensó en el calor de Sakura, en el sabor de su boca, en lo que sentía enterrado en su cuerpo; rodeado por ella…

Se puso en cuclillas y acercó la boca a la cerradura.

—¿Sakura?

Silencio.

Escuchó voces en la calle, pero no en el interior.

Tiró bruscamente del cordón al lado de la cama y se volvió a acercar a la puerta.

—¡Curry! —gritó, golpeando la pesada madera—. ¡Curry, maldita sea!

No obtuvo respuesta.

Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas.

La niebla se arremolinaba alrededor de las farolas.

Los carruajes pasaban por la calle, y la neblina hacía que el sonido de las pezuñas de los caballos pareciera una voz cavernosa.

Escuchó pasos en el pasillo y, al instante, le llegó la voz de Curry a través de la puerta.

—¿Milord? ¿Está usted ahí?

—Por supuesto que estoy aquí. Ella ha cerrado la puerta con llave. Ábreme.

—¿Se encuentra bien? —La voz del ayuda de cámara contenía una nota de alarma.

—Busca la maldita llave.

—Bueno, parece que sí está bien. —

Escuchó sus pasos alejándose.

Sasuke se vio envuelto por nuevas sensaciones de temor, pero ninguna era provocada por estar recluido en aquella estancia.

Sakura había salido y le había

encerrado porque no quería que se lo impidiera.

¡Maldita fuera!, ¿por qué no le hacía

caso?

Habría ido a hablar con Inuzuka, o a entrevistarse con los hombres que estaban en el burdel cinco años antes o, peor todavía, al propio burdel en High Holborn para hablar con la señora Terumi.

¡Joder!

—¡Curry! —comenzó a golpear la puerta.

—Mantenga la calma. Estoy buscando una llave.

Tardaba demasiado tiempo.

Sasuke estaba cada vez más irritado, su temperamento comenzaba a descontrolarse.

Al otro lado de la madera, Curry maldecía y gruñía entre dientes.

Por fin, escuchó que introducían una llave en el cerrojo y la giraban.

Abrió la puerta bruscamente.

Curry, Naruto y Daniel rodeaban al anciano mayordomo, que se mostraba

aturdido por los golpes, a la regordeta cocinera y a dos doncellas con los ojos como platos.

—¿Dónde está Sakura? —exigió, pasando entre ellos con rapidez.

—No me gusta nada, milord. —La cocinera cruzó los brazos sobre sus amplios pechos—. Ha ido a ayudar a las desfavorecidas, siempre ha sentido lástima por ellas. ¿Por qué esas mujeres no buscan un trabajo decente? Eso es lo que quiero saber.

Las palabras no tenían sentido para él, pero tenía el presentimiento de que eran importantes.

—¿De qué habla? ¿A qué mujeres se refiere?

—A los proyectos de caridad de la señora Haruno. Todas esas prostitutas y cortesanas pintarrajeadas. Hoy mismo ha venido una a la puerta de la cocina, ¿se imagina? Y la señora y la señorita Katie se fueron con ella en un cabriolé de alquiler.

—¿Adónde?

—No estoy segura.

Sasuke le lanzó una mirada aniquiladora y la mujer se encogió.

—Lo siento, milord. De veras que no lo sé.

—Alguien debe de haberla visto —retumbó la voz de Naruto—.

Preguntaremos en la calle a ver si alguien escuchó qué dirección daba.

—Yo sé adonde ha ido —dijo Sasuke con desagrado. «Maldita sea. Maldita sea»—. Curry, consigue un carruaje. Ya.

Apartó a todos para pasar y bajó las escaleras seguido por Curry, que lanzaba órdenes a diestro y siniestro con su acento cockney.

—Voy contigo —se apuntó Naruto.

—Yo también —aseguró Daniel, sin perder el paso.

—Que te has creído tú eso —aseguró Naruto a su hijo—. Tú te quedas aquí por si regresa.

—Pero, papá…

—Por una vez en tu vida, vas a hacer lo que te digo.

Naruto arrebató los guantes y el sombrero de las manos del anciano

mayordomo.

Sasuke ni se molestó.

Daniel los siguió hasta la puerta con el ceño fruncido, pero no salió.

—¿Cómo sabes dónde está? —Naruto sacudió el sombrero y se dirigió a paso vivo al carruaje que Curry detuvo con un silbido.

Sasuke se montó antes que Naruto.

—A High Holborn —indicó al cochero antes de que el vehículo se pusiera en marcha y se incorporara al tráfico.

—¿A High Holborn? —repitió Naruto, alarmado.

—Se ha ido a jugar a los detectives.

—«Pequeña tonta». Si le ocurriese algo…

Sasuke no pudo terminar el pensamiento, no podía imaginar cómo se sentiría si la encontraba muerta con una puñalada en el pecho, como a Sally o a Lily.

Naruto le puso la mano en el hombro.

—La encontraremos.

—¿Por qué es tan terca y desobediente?

Naruto soltó una carcajada.

—Porque los Uchiha siempre acabamos con mujeres tercas. No esperarías de verdad que te obedeciera, ¿no? Les da igual lo que digan los votos matrimoniales.

—Esperaba poder protegerla.

—Se enfrentó a Itachi. Es raro que una mujer se atreva a hacer eso.

Lo que demostraba lo tonta que era.

Sasuke permaneció en silencio deseando con todas sus fuerzas que el carruaje fuera más deprisa.

Había mucho tráfico; por alguna razón desconocida parecía que los londinenses habían salido esa noche en manada.

El vehículo recorrió lentamente Park Lane, donde estaba la casa del maldito Deidara Mather.

Esperaba que las mil doscientas

guineas que le había dado por la taza le mantuvieran apaciguado.

Sakura no necesitaba más problemas, y menos con él.

El coche alcanzó por fin Oxford Street y la recorrió hasta llegar a High Holborn.

Hacía cinco años que Sasuke no veía aquella casa de apariencia inocente cerca de Chancery Lane.

Pero unos siniestros recuerdos le inundaron cuando Naruto y él

entraron sin anunciarse.

En el interior todo estaba igual.

Sasuke atravesó el vestíbulo de

madera oscura y abrió la misma puerta de vidriera de colores que llevaba al vestíbulo interior donde estaba la escalinata de nogal.

No conocía a la doncella que les recibió, tomándoles, evidentemente, por clientes.

Sasuke quiso empujarla a un lado y subir corriendo las escaleras, pero Naruto le puso la mano en el hombro y negó con la cabeza.

—Lo intentaremos antes por las buenas —le dijo su hermano al oído—. Si no nos ayudan, lo haremos por las malas.

Sasuke asintió con la cabeza, el sudor le resbalaba por la espalda.

Cuando entraron había tenido la sensación de que alguien le observaba; corazonada que no hizo más que aumentar cuando la criada les guio escaleras arriba.

La joven abrió la puerta de una sala para que entraran.

Sasuke se detuvo tan bruscamente que Naruto chocó contra él.

Itachi Uchiha estaba sentado en un lujoso sillón con un cigarro en una mano y un vaso corto de whisky en la otra.

Mei Terumi, su amante de cabello castaño, todavía hermosa a pesar de tener casi cincuenta años, estaba de pie junto al brazo del sillón con una mano apoyada en su hombro.

—Sasuke —dijo Itachi con serenidad—. Te esperaba. Siéntate. Quiero hablar contigo.

Sakura se retorció las manos enguantadas en el regazo mientras el carruaje avanzaba lentamente por Whitehall hacia High Holborn.

Katie se encogía a su lado,

incómoda, y kiba Inuzuka la miraba con el ceño fruncido desde el asiento de enfrente.

—¿Qué le hace pensar que no investigué a fondo ese lugar hace cinco años? —preguntó el inspector.

—Podría haber pasado algo por alto. Sería razonable. Usted sólo se fijó en todo aquello que demostraría que los Uchiha estaban involucrados.

Él la miró enfadado.

—Cómo se nota que no me conoce. Y no supe que los Uchiha estaban

involucrados hasta después de haber investigado a fondo. Y ni siquiera lo habría sabido si esa joven no hubiera estado tan nerviosa como para meter la pata.

—Me parece que para usted fue muy conveniente que la metiera; le dio una razón para canalizar sus esfuerzos en Itachi y Sasuke. Creo que se cegó.

Inuzuka entrecerró sus ojos color avellana.

—Es mucho más complicado que eso.

—Lo cierto es que no. Usted estaba tan complacido ante la posibilidad de destrozar la vida a Itachi Uchiha que no consideró necesario ir más allá.

Había comenzado a sentir simpatía por usted, señor Inuzuka, pero he cambiado de idea.

Inuzuka miró al techo.

—Santo Dios, ¿de dónde sacarán los Uchiha a sus mujeres? Jamás he visto hembras más mandonas.

—No estoy segura de si lady Ino se sentiría halagada con ese comentario —dijo Sakura—. Además, he oído que la esposa de Itachi era suave y mansa.

—¿Y adónde la llevó eso?

—Exactamente, inspector. Por eso Ino y yo nos mantenemos firmes.

Inuzuka miró por la ventanilla.

—No podrá salvarles, ¿sabe? Están más allá de la redención. Si no son culpables de este asesinato, lo son de otras muchas cosas. Los Uchiha están en el mundo para destruirlo.

«Destruimos todo lo que tocamos».

—Quizá no los pueda salvar de sí mismos —replicó Sakura—. Pero intentaré salvarlos de usted.

Inuzuka apretó los labios y volvió a mirar hacia la calle.—Malditas mujeres —masculló.

Sasuke clavó los ojos en Itachi y la señora Terumi durante unos breves instantes.

—¿Dónde está Sakura? —exigió.

Itachi arqueó las cejas.

—No está aquí.

Sasuke se volvió hacia la puerta.

—Entonces estoy demasiado ocupado para hablar contigo.

—Es de Sakura de quien quiero hablarte.

Sasuke se detuvo en seco y se giró.

La señora Terumi se había desplazado detrás del sillón para servir un poco de whisky en un vaso limpio y el sonido fue igual que el de la lluvia contra el cristal.

Itachi la observó durante un momento; era la mirada de un hombre estudiando a la mujer con la que se había acostado muchas veces.

—Sakura no entiende —dijo Sasuke.

—Ya lo suponía —afirmó Itachi—. Te has casado con una mujer muy perceptiva e incluso podría decirse que tenaz. No sé si eso es bueno o malo para la familia.

—Condenadamente bueno, diría yo —intervino Naruto desde atrás—. Iré a buscarla —añadió, apartándose de la puerta.

Sasuke quería irse con él, pero sabía que Naruto sería minucioso.

Naruto podía llegar a ser más aterrador que Itachi cuando quería.

Sasuke miró al duque de soslayo y luego clavó las pupilas en el whisky que sostenía la señora Terumi.

—Da igual lo que pienses de ella, Sakura es mi mujer. Eso quiere decir que la protejo de todo, incluso de ti.

—Y, ¿quién la protege de ti, Sasuke?

Sasuke apretó los dientes.

La señora Terumi le ofreció el vaso de whisky y la luz reflejada en las facetas de cristal atrapó su mirada.

Había oído que el cristal lanzaba

destellos verdes, como los ojos de Sakura, un color que jamás se veía a menos que el ángulo de la luz fuera el correcto.

Siguió los cambiantes colores del whisky, desde al ámbar hasta el dorado.

El mejor cristal atrapaba la luz y la refractaba en todos los colores del arco iris, pero siempre resultaba más difícil ver el verde.

—Sasuke.

Él arrancó la mirada del vaso.

La señora Terumi había regresado junto a Itachi.

La vio inclinarse sobre el respaldo de la silla y deslizar las manos por las solapas de la chaqueta negra de su hermano.

—¿Qué?

—Te he dicho que quiero hablar contigo. —Itachi estiró las largas piernas.

Su pelo era el más oscuro de todos los hermanos y le caía un mechón sobre la frente.

La gente decía que Itachi Uchiha era bien parecido, pero Sasuke nunca había pensado eso.

Sabía que los ojos de su hermano podían ser tan fríos como el hielo, que su gesto se podía endurecer como el granito.

Su padre poseía la misma cualidad.

Itachi era la única persona en el mundo que podía calmarle de muchacho cuando le entraba un ataque de pánico.

Cuando estaba confuso, o en medio de una multitud, cuando no podía entender las palabras que decían a su alrededor, siempre pensaba en huir.

Se había escapado de las cenas familiares, de las clases a las que le enviaba su padre, del banco de la familia en la iglesia abarrotada.

Itachi siempre le había buscado para sentarse a su lado, ya fuera para hablarle indirectamente del pánico o sólo para estar con él hasta que se tranquilizara.

Ahora, Sasuke sólo quería recorrer aquel lugar gritando el nombre de su esposa, pero la mirada de Itachi le decía que sería inútil.

Se sentó.

Lanzó un inquieto vistazo a la señora Terumi.

—Déjanos solos, cariño —le dijo Itachi.

—Por supuesto. —Mei Terumi asintió con la cabeza y sonrió antes de

inclinarse para besarle en los labios

—. Si me necesitas, sólo tienes que llamarme.

Itachi le sostuvo brevemente la mano cuando se incorporó; luego dejó ir sus dedos.

Habían mantenido una relación con altibajos a lo largo de muchos años,

durante casi toda la vida adulta de Itachi.

Durante su desafortunado matrimonio, al convertirse en duque, en su ascenso en la política; cuando él decidió distanciarse de ella, Mei aceptó su decisión sin ningún tipo de reproche.

La señora Terumi le lanzó una mirada antes de salir.

Sasuke no se la devolvió, pero sintió la gélida frialdad de la mujer sobre él y también percibió su… ¿miedo?

Ella se alejó y salió de la estancia.

—Nunca hemos hablado de esto, ¿verdad? —preguntó Itachi una vez que la puerta se cerró con suavidad.

Allí mismo, cinco años antes, cuatro hombres habían reído y hablado alrededor de una mesa de cartas frente a la chimenea mientras Sasuke holgazaneaba en un sillón junto a la puerta, leyendo el periódico.

Los demás le habían ignorado, lo que le parecía muy bien.

Entonces, Sally había acercado una silla y se recostó sobre su brazo para comenzar a murmurarle al oído.

Itachi le arrancó de sus pensamientos.

—Siempre he pensado que era mejor no tratar el tema.

Sasuke asintió con la cabeza.

—Yo también.

—Pero se lo has contado todo a Sakura.

Sasuke se preguntó cómo lo sabría.

¿La habría encontrado y obligado a decírselo?

¿Tendría espías en casa de Sakura?

—Si le haces daño, te mataré.

—Jamás le haré daño, Sasuke. Te lo prometo.

—A ti te gusta provocar dolor. Controlar. Te gusta tener a la gente a tus pies, peleándose por lamerte las botas.

A Itachi le brillaron los ojos.

—Parece que esta noche no te vas a andar con rodeos, ¿eh?

—Siempre he hecho lo que me pedías porque te preocupaste por mí.

—Y siempre me preocuparé por ti, Sasuke.

—Porque te conviene. Siempre haces lo que te conviene, igual que papá.

Itachi frunció el ceño.

—No me importa que me digas otras cosas, pero no me compares con nuestro padre. Era un cruel hijo de perra, y espero que esté pudriéndose en el infierno.

—Él tenía ataques de furia, igual que yo. Jamás aprendió a controlarse.

—¿Y tú sí has aprendido? —preguntó Itachi con la voz llena de inquietud.

Sasuke se frotó la sien suavemente.

—No lo sé. No sé si lograré aprender a controlarme por completo. Pero tengo a Curry, a Sakura y a vosotros para ayudarme. Papá no tenía a nadie.

—No estarás defendiéndole, ¿verdad?

Incluso Sasuke percibió su tono de incredulidad.

—No. Pero somos sus hijos; es lógico que todos tengamos algo de él. Era cruel, manipulador, despiadado…

—Se supone que he venido a hablar contigo, no a que me largues un sermón.

—Sakura es perspicaz. —Sasuke bajó la mano—. ¿Dónde demonios está?

—No está aquí, ya te lo he dicho.

—¿Qué has hecho con ella?

—Nada. —Itachi dejó caer el cigarro en un cenicero y una delgada espiral de humo ascendió hasta el techo—. Te juro que no sé dónde está. ¿Por qué piensas que ha venido aquí?

—Quiere investigar.

—Ah, por supuesto. —Itachi apuró el whisky y dejó el vaso en la mesita—. Ella desea que seas inocente. Te ama.

—No, ella ama a su marido.

—Que eres tú.

—Me refería a su primer marido. Thomas Haruno. Le ama y siempre lo hará.

—Supongo que sí —concedió Itachi—, pero he visto cómo te mira. Te ama y

quiere salvarte. Tú le has dicho que no lo intentara, sin embargo, ¿me equivoco si pienso que no te ha hecho caso?

Sasuke asintió con la cabeza.

—Es tenaz.

Itachi sonrió genuinamente.

—Como un perro detrás de un zorro. Si descubre las pruebas de la verdad, ¿qué harás?

—Llevármela de aquí. Podemos vivir en París o en Roma. Jamás podremos regresar a Inglaterra o Escocia.

—¿Crees que estaréis a salvo en París o en Roma?

Sasuke entrecerró los ojos.

—Si tú nos dejas, creo que sí.

Itachi se levantó; la chaqueta se amoldaba a sus anchos hombros como una segunda piel.

—No quiero que sufras, Sasuke. Jamás lo he querido. Lo lamento tanto.

Sasuke se aferró con tanta fuerza a los brazos de la silla que temió romper la madera.

—Nunca regresaré al sanatorio. Ni siquiera por ti.

—Yo tampoco quiero que lo hagas. Sé lo que te hicieron allí… —Itachi se

interrumpió bruscamente—. Coge a Sakura y llévala lejos. A Nueva York quizá, dónde tú quieras. Quiero que estés a salvo, lejos de mí.

—¿Por qué has venido aquí esta noche? —preguntó Sasuke.

No podía creer que Itachi hubiera acudido desde Escocia para beber y fumar en un burdel que en tiempos

había sido suyo.

Su hermano debía de haber tomado el tren justo después que ellos, era la única manera de que hubiera llegado tan rápido.

—Para atar cabos —explicó Itachi—. Para ponerlo todo en orden. Luego

podremos olvidarlo para siempre.

—Sally no debería ser olvidada, ni tampoco Lily. Sakura tiene razón. Las mataron y debería importarnos.

—Eran putas —la voz de Itachi tenía un filo cruel.

Sasuke se puso en pie.

—Me trajiste aquí esa noche para que pudiera sonsacar lo que sabía Sally, para estar al tanto de cualquier cosa que pudiera afectar a tu vida política. Para que te contara lo que ella me susurraba en la cama. Para ser tu espía.

—Y lo hiciste.

—Resultó fácil, ella no hacía más que jactarse de ello. Quería arruinarte.

—Lo sé —dijo Itachi lacónicamente—. Se lo impedí, y eso la irritó mucho.

—¿Fue entonces cuando lo hiciste? ¿Cuando te aseguraste de que los sucios secretos que ella conocía siguieran siendo secretos?

Itachi negó con la cabeza.

—Me importaba muy poco si Sally quería pregonar a los cuatro vientos que esta casa fue mía y lo que hice en ella durante años. Todo el mundo lo sabía. Incluso me haría ganar un cierto respeto entre los miembros más impasibles del Consejo de Ministros, si es que eso fuera posible. Había hecho lo que ellos siempre soñaron hacer

y no se atrevieron.

—Sally me dijo que podía arruinarte.

—En sus sueños.

—Y después estaba muerta.

Itachi se quedó paralizado.

Sasuke escuchó los pasos de Naruto en el piso superior.

Su voz de barítono resonaba en todo el edificio, le respondió una mujer con una risita nerviosa y luego otra.

—Oh, Dios mío, Sasuke —susurró Itachi—. ¿Fue por eso por lo que lo hiciste?

La autora del libro es Jennifer Ashley

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto