Lamento decir que desde la invención del avión he perdido la costumbre de realizar viajes largos por tierra, aunque fuera en coche. Para evitar todo lo posible ser identificados, Suiza y yo nos desplazamos a pie o haciendo autoestop por Dinamarca. Fue un poco como volver a los viejos tiempos, en los que el mundo parecía mucho más grande. Tuvimos la oportunidad de hablar, de conocer gente. Nos encontramos con personas muy amables que nos ayudaron, aunque, claro, también hubo momentos en que agradecí que Suiza no hubiera dejado su pistola junto al resto de sus pertenencias. La historia del viaje en sí no es relevante para el caso que nos ocupa, así que simplemente diré que después de una travesía de varios días llegamos a Malmö, horas antes de que diera comienzo el año nuevo.
Si Liechtenstein estaba retenida en un país nórdico necesitábamos la colaboración de los países, y Suecia era nuestro hombre. Sensato y callado. Comprendería nuestra triquiñuela y nos ayudaría a llevar a cabo las averiguaciones pertinentes en su casa. También nos serviría de enlace para conseguir la colaboración de sus vecinos.
Nos dirigimos a su residencia en Malmö, esperando que se encontrara por allí. Teníamos un pla por si se había ido a otra parte. Pero nos dimos cuanta pronto de que el ambiente que reinaba en las calles no era festivo.
En nuestro camino hacia la casa de Suecia nos cruzamos con un vehículo de transporte de tropas. Suiza me hizo un gesto para que me fijara en el uniforme de los soldados que, armados con rifles de asalto, se encontraban dentro. «Rusos», murmuró en mi oído.
Parecía que ocurría algo en la calle donde se encontraba el piso. Un grupo de soldados nos impidió el paso. Cuando Suiza les exigió saber por qué ellos nos echaron de malos modos, diciéndonos que no era asunto nuestro, que nos limitáramos a obedecer.
— Por supuesto que es asunto nuestro—dijo Suiza, y me tomó de la mano y desempolvamos el viejo arte de la evasión en combate para burlar a los militares y acercarnos callejeando al edificio.
Nos escondimos detrás de unos contenedores de basura. Desde allí pudimos ver perfectamente a Rusia y Suecia discutiendo a las puertas del edificio. Junto a Suecia se encontraban sus vecinos del norte y además Estonia y Letonia. Tenía aspecto de que Rusia había interrumpido la celebración entre amigos del año nuevo.
— No tienes ningún derecho a estar aquí, Rusia—dijo Suecia tranquilamente, pero con la mirada de un tigre—. Vete.
— China me ha chivado que Kazuki Ogura, un ex-colaborador de Japón que se unió al One World Nation Movement, ha sido visto en el BMA—explicó Rusia con las manos en los bolsillos de su abrigo—. Si está aquí...
— Si está aquí, lo buscaremos. Pero tus ministros deberían haber llamado a los míos y que hubieran resuelto el asunto ellos.
— Me gusta hacer las cosas yo mismo. Y ya que mis amigos se han tomado las molestias de venir...
— ¡Ya te has metido en mi casa sin permiso, Rusia, no vamos a dejar que sigas haciendo lo que te dé la gana!—exclamó Dinamarca, señalándolo con un dedo acusador.
— Estáis todos muy alterados. Deberíais estar pasándolo bien, ¡es Nochevieja!
Paradójicamente, Letonia, que siempre ha sido un manojo de nervios, sobre todo cuando Rusia está presente, fue el que estaba más tranquilo de todos.
— Dejad que mire lo que quiera...
— Ni de coña—intervino Noruega—. ¿Qué te has creído? ¿Que por tener el ejército más grande puedes hacer lo que quieras con los demás?
— A ti nuestra seguridad te importa un bledo. Todo esto es una excusa para volver a eso de "uno con Rusia"—Islandia lo miró con expresión de profundo asco—. Eres odioso. No has respetado ni a tu propia hermana moribunda.
Islandia sabía perfectamente que el tema de su hermana era muy delicado. Supongo que en esos momentos estaba tan irritado que se le olvidó o no se molestó en medir sus palabras...total, ya estaba acorralado. Parecía que lo iba a lamentar. La expresión plácida de Rusia se torció y sacó las manos de los bolsillos. Estonia dio un paso atrás y Noruega tomó el brazo de su hermano menor para protegerlo. Yo mismo sufrí un escalofrío. Estaba seguro de que lo iba a matar ahí mismo.
Al final, lo único que hizo Rusia, afortunadamente, fue ampliar su sonrisa infantil. Eso pareció asustar a Estonia más que si hubiera comenzado a hacer papilla a Islandia con sus puños.
— Podemos hablarlo...—suplicó.
— No hay nada que hablar—contestó Rusia—. Estáis muy subiditos. Y este es el momento de colaborar todos juntos. Si no queréis colaborar, eso es que ocultáis algo.
— ¿De verdad te crees que nosotros estaríamos de parte de esa gentuza? ¿Después de lo que le hicieron a Sealand?—Finlandia avanzó hasta él sin temor y se plantó a un paso de él—. ¿Tan idiotas crees que somos?
— No, pero sí sé que sois muy listos. Podríais haber pensado...no sé...que si ayudáis al movimiento a conseguir sus objetivos eliminaréis a la competencia y tendríais mucho que repartir.
— Tu tiempo en la Unión Soviética te ha hecho perder la cabeza.
— Me dio claridad. Si me hubieras hecho caso y te hubieras venido conmigo, sabrías de qué estoy hablando—Rusia tomó el mentón de Finlandia con la galantería con que uno acaricia a una muchacha.
Él lo apartó de un manotazo. Suecia dio un paso al frente y lo fulminó con la mirada.
— No le vuelvas a poner la mano encima.
— Rusia, de verdad, nada de esto es necesario—insistió Estonia—. Hablaremos con nuestros jefes y...
— Pero es que ocurre una cosa, Estonia: yo estoy harto de tener que tratar con jefes de pacotilla. De hacer lo que ellos quieren cuando no tienen ni idea de lo que pasa. No dejaré la supervivencia de las naciones a un simple humano que presume de medallas. Si tenemos que hacer esto por las malas...Pues muy bien. Vosotros lo habéis querido.
Debió de haber hecho algún gesto imperceptible. O quizás era cierto que estaba más compenetrado con su ejército de lo que las palabras pueden expresar. Pero al instante una veintena de sus hombres se acercaron a los escandinavos amenazándolos con sus armas.
— Las manos detrás de la cabeza—dijo uno de ellos.
— ¡¿Cómo te atreves?!—rugió Noruega.
Solo Letonia y Estonia obedecieron al instante. Ellos habían estado bajo el control de Rusia una vez y sabían que era mejor no resistirse a sus órdenes. Los demás aún tenían ganas de pelear.
— ¡Vas a arrepentirte de esto, hijo de perra!—insultó Dinamarca a Rusia.
— Creo que os acaba de decir que pongáis las manos detrás de la cabeza—sonrió él a cambio.
La boca del rifle de un soldado golpeó el estómago de Finlandia y él, enseñando los dientes, se vio obligado a obedecer. Uno a uno, los nórdicos claudicaron y obedecieron. Suecia fue el último, y la mirada que le lanzó parecía anunciar una declaración de guerra que Rusia ignoró, aún sonriendo.
— Vámonos—tomé a Suiza del brazo.
— Esto es increíble—lo oí quejarse.
— Lo sé. Por eso tenemos que irnos antes de que nos descubran. Aquí ya no podemos hacer nada.
— En la próxima reunión va a haber tiros...
— Ya tendrás tiempo de pensar en la próxima reunión. Vámonos ya.
Dejamos muy a nuestro pesar a las naciones del norte en un gran entuerto y abandonamos el lugar a toda prisa. Nos alertaron unas explosiones, pero resultó que solamente eran fuegos artificiales. «¡Feliz año nuevo!», oí exclamar a Rusia.
No nos quedaba más que vagar por las calles de Malmö, donde la presencia militar extranjera había aguado la fiesta a más de uno. Terminamos por sentarnos en un frío banco de un parque infantil.
— Sin su colaboración esto va a ser como buscar una aguja en un pajar...
Sabía que estaba diciendo una obviedad y que no ayudaría a la situación, pero era lo que tenía en la mente.
— Aunque tenga que patearme todos los países de este cochino mundo—dijo Suiza—. Voy a encontrar a Liechtenstein. La voy a llevar de vuelta a casa. Cueste lo que cueste.
Alguien con menos tacto le habría dicho que estaba pidiendo imposibles. Que era muy alta la probabilidad de que Liechtenstein estuviera muerta. Que quizás no diera con el movimiento antes de que encontraran la manera de matarlo. Pero no lo hice. Por la amistad que una vez nos unió. Porque...en fin, en esos tiempos oscuros uno debía tener esperanza si no quería volverse loco. Y realmente creía que había una posibilidad, aunque fuera diminuta, de que la niña estuviera viva y merecía la pena arriesgarlo todo por ella.
Fue entonces cuando Dios todopoderoso nos envió una señal que nos dio esperanza y nos indicó que íbamos por el camino correcto.
Más bien se la envió a Suiza. Lo vi erguirse de pronto, como si algún ente lo hubiera poseído.
— ¿Qué ocurre?
No dijo nada, se quedó mirando a un hombre que pasaba por allí, una sombra para mí a la que no presté atención.
— ¿Suiza?
Pero Suiza ya había echado a andar. Me pidió que me quedara callado y observara. No sabía qué quería que mirara. Me agarró de la cabeza y señaló al bolsillo de su abrigo. De él sobresalía una cinta color púrpura.
Quise decirle que eso no probaba nada, pero él no escuchaba. Supongo que sus entrañas le estaban diciendo algo, así que dejé que sus instintos llevaran las riendas. ¿Qué más nos daba? No teníamos nada mejor que hacer.
