No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.
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Bella se quedó de pie en el cuarto de juegos, mirando al piano mientras escuchaba a Jacob salir rápidamente. Ella no lo había tocado en semanas.
Originalmente, había sido solo porque no tuvo tiempo. Porque Garrett y la tumba y Jacob habían ocupado cada momento de su día. Luego Rosalie había muerto, y no había venido a este cuarto ni una sola vez, no había querido mirar al instrumento, no había querido escuchar o hacer música nunca más.
Empujando el encuentro con Jacob fuera de su mente, Bella lentamente levantó la tapa del piano y acarició las teclas de marfil. Pero ella no pudo apretarlas, no pudo decidirse a hacer un sonido. Rosalie debería haber estado aquí, para ayudar con Yellowlegs y el acertijo, para decirle qué hacer con Jacob, para sonreír cuando Bella tocaba algo particularmente ingenioso para ella.
Rosalie se había ido. Y el mundo seguía adelante sin ella.
Cuando Sam había muerto, ella lo había ocultado en su corazón, escondido al lado de sus otros muertos amados, cuyos nombres ella mantenía tan secretos que a veces los olvidaba. Pero Rosalie, Rosalie no encajaría. Era como si su corazón estaba tan lleno de la muerte, tan lleno de aquellas vidas que habían terminado mucho antes de su tiempo.
Ella no podía terminar con Rosalie de esa manera, no cuando esa cama manchada de sangre y esas feas palabras todavía la atormentaban a cada paso, a cada respiración. Así que Bella solo revoloteó en el piano, trazando sus dedos sobre las teclas una y otra vez, y dejó que el silencio la devorara.
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Una hora más tarde, Bella estaba parada ante la segunda extraña escalera del final del olvidado pasillo de registros antiguos, un reloj sonó en algún lugar lejos, arriba en la biblioteca. Las imágenes de las Hadas y vegetación bailaban a lo largo del hueco de la escalera iluminado por la luz de las antorchas, moviéndose en espiral hasta perderse de vista, abajo y abajo en las profundidades desconocidas. Ella había encontrado Los Muertos Vivientes casi inmediatamente, apartado en una solitaria mesa entre algunas estanterías. Como si hubiera estado esperando por ella. Y había sido el trabajo de unos pocos el encontrar un hechizo en el interior que pretendía desbloquear cualquier puerta. Ella rápidamente lo memorizó, practicando unas pocas veces en un armario de escobas cerrado.
Había tomado todo su autocontrol no gritar cuando había escuchado el chasquido del cerrojo al liberarse la primera vez. O la segunda.
No era de extrañar que Rosalie y su familia mantuvieran semejante poder en secreto. Y no era de extrañar que el Rey de Adarlan lo hubiera buscado para él.
Mirando hacia abajo en el hueco de la escalera, Bella tocó a Damaris, luego miró a las dos dagas enjoyadas colgando de su cinturón. Ella estaba bien. No había razón para estar nerviosa. ¿Qué clase de maldad esperaba encontrar en una biblioteca, de todos los lugares?
Seguramente el rey tenía mejores lugares donde esconder sus oscuros tratos. A lo mejor, ella encontraría más pistas acerca de si tenía algunas llaves del Wyrd y adonde las guardaba. En el peor de los casos… ella correría hacia la persona encapuchada que había visto afuera de la biblioteca aquella noche. Pero los ojos brillantes que había visto al otro lado de aquella puerta pertenecían a un roedor de alguna clase, nada más. Y si estaba equivocada… Bueno, lo que sea que fuera, después de derrotar al Ridderak, esto no debería ser tan difícil, ¿verdad?
Verdad. Bella dio un paso hacia adelante, deteniéndose en el rellano.
Nada. No sensaciones de terror, no advertencias de otro mundo. Ni una cosa.
Dio un paso, luego otro, conteniendo su respiración mientras daba vueltas alrededor de la escalera hasta que no podía ver más la parte superior. Podía haber jurado que los grabados en las paredes se movieron a su alrededor, que las hermosas, feroces caras de las Hadas se volvieron para mirarla cuando pasaba.
Los únicos sonidos eran sus pasos y el susurro de la llama de la antorcha. Un escalofrío bajó por su espalda, y Bella paró cuando el hueco del pasillo apareció.
Ella estaba ante la puerta sellada de hierro un momento más tarde. No se dio a sí misma el lujo de reconsiderar su plan cuando tomó su pedazo de tiza y trazó dos Marcas del Wyrd sobre la puerta, susurrando las palabras acompañantes mientras las dibujaba. Quemaron su lengua, pero cuando terminó de hablar, escuchó un ruido sordo y débil cuando algo en la puerta se abrió.
Ella maldijo en voz baja. El hechizo realmente funcionó. Ella no quiso pensar sobre todo lo que aquello implicaba, sobre cómo era capaz de funcionar en hierro, el único elemento supuestamente inmune a la magia. Y no cuando había tantos hechizos terribles contenidos en Los Muertos Vivientes. Hechizos para convocar demonios, levantar a los muertos, torturar a otros hasta que rogaran por la muerte…
Con un firme tirón, ella abrió la puerta, haciendo una mueca mientras ésta chirrió a través del suelo de piedra gris. Una brisa viciada y fría rozó su cara, agitando su cabello. Ella sacó a Damaris.
Después de revisar y volver a revisar que no podía quedarse encerrada adentro, cruzó el umbral.
La antorcha reveló una pequeña escalinata de cerca de diez escalones, que conducían a otro largo, estrecho pasadizo. Telarañas y polvo llenaban cada pulgada de éste, pero no era el descuidado aspecto del lugar lo que la hizo parar. Más bien fueron las puertas, las docenas de puertas de hierro que se alineaban a ambos lados del pasillo. Todas tan indeterminables como la puerta tras ella, todas ellas revelando nada de lo que podría haber tras ellas. Al final del pasillo opuesto, otra puerta de hierro brilló débilmente a la luz de las antorchas.
¿Qué era este lugar?
Ella descendió los escalones. Era tan silencioso. Como si el aire contuviera su respiración. Ella sostuvo su antorcha en alto, Damaris en su otra mano, y se aproximó a la primera puerta de hierro. No tenía manija. La superficie estaba marcada solo por una única línea. La puerta al otro lado tenía dos marcas. Números uno y dos. Extraños números a la izquierda, incluso a la derecha. Ella continuó moviéndose, encendiendo antorcha tras antorcha, apartando las cortinas de telarañas. Mientras caminaba aún más por el pasillo, los números aumentaron.
¿Es esto alguna clase de calabozo?
Pero el suelo no tenía rastros de sangre, ni remanentes de huesos o armas. Incluso no olía tan mal, solo polvoriento. Seco. Trató de abrir una de las puertas, pero estaba firmemente cerrada. Todas las puertas estaban cerradas. Y algún instinto le dijo que las mantuviera de esa forma.
Su cabeza palpitaba ligeramente con los inicios de un dolor de cabeza.
El pasillo continuaba y continuaba, hasta que alcanzó la puerta del otro extremo, las celdas en cada lado numeradas noventa y ocho y noventa y nueve. Solo más allá de ellas había una puerta final sin marcar. Ella colocó la antorcha en un soporte al lado de la última puerta, y agarró una anilla de la puerta para abrirla. Esta era significativamente más ligera que la primera, pero también cerrada. Y al contrario que las puertas alineadas en el pasillo, esta parecía pedirle que la desbloqueara, como si necesitara ser abierta. Así que Bella dibujó el hechizo de desbloqueo de nuevo, la tiza blanca como un hueso contra el metal antiguo.
La puerta cedió sin un sonido.
Tal vez estos eran los calabozos de Carlisle. Del tiempo de Brannon. Eso explicaría las representaciones de Hadas en la escalera de arriba. Quizás él había tenido todo este hierro, esas celdas con puertas de hierro, para encarcelar a los guerreros demonio del ejército de Erawan. O las cosas malvadas que Carlisle y su banda persiguieron y capturaron…
Su boca se secó mientras pasaba a través de la segunda puerta y encendió las antorchas a lo largo del camino. De nuevo, la luz reveló un pequeño grupo de escalones que conducían al pasillo. Aunque éste se desvió a la derecha, y era significativamente más cortó. No había nada en las sombras. Solo más y más puertas de hierro cerradas a ambos lados. Era tan, tan silencioso…
Ella caminó hasta que alcanzó la puerta del otro extremo del pasillo.
Sesenta y seis celdas esta vez, todas selladas. Ella desbloqueó la puerta final con las Marcas del Wyrd.
Ella entró al tercer pasillo, que también hacía un agudo giro a la derecha y encontró que era incluso más corto. Treinta y tres celdas.
El cuarto pasillo se desviaba a la derecha de nuevo, y contó veintidós celdas.
La leve palpitación en su cabeza se convirtió en una fuerte palpitación, pero estaba tan lejos de sus cuartos, y ella ya estaba aquí…
Bella paró ante la cuarta puerta del final.
Es una espiral. Un laberinto. Atrayéndote más y más profundamente en el interior, lejos debajo de la tierra…
Ella se mordió el labio, pero desbloqueó la puerta. Once celdas. Ella incrementó su paso, y rápidamente alcanzó la quinta puerta. Nueve celdas.
Se aproximó a la sexta puerta y se detuvo.
Una diferente clase de escalofrío la recorrió cuando observó el sexto portal. ¿El centro del espiral?
Mientras la tiza se encontraba con la puerta de hierro para formar las marcas de Wyrd, una voz al fondo de su mente le dijo que corriera. Y aunque quería escuchar, abrió la puerta de todas maneras.
Las antorchas revelaron un pasillo en ruinas. Partes de las paredes se habían derrumbado, y las vigas de madera fueron dejadas en astillas. Telarañas se extendían entre los ejes rotos de la madera, y restos destrozados de tela, empalados entre la roca y las vigas, meciéndose en la ligera brisa.
La muerte había estado aquí. Y no hace tanto tiempo. Si este lugar era tan antiguo como Carlisle y Brannon, la mayoría de la ropa sería polvo.
Ella miró a las tres celdas que se alineaban en el corto pasillo. Había una puerta más al final, que colgaba torcidamente en su bisagra restante.
La oscuridad llenaba el vacío más allá.
Pero era la tercera celda la que atrapó su curiosidad.
La puerta de hierro de la tercera celda había sido destrozada, su superficie abollada y doblada sobre sí misma. Pero no desde el exterior.
Bella alzó a Damaris ante ella mientras enfrentaba la celda abierta.
Quienquiera que hubiera estado adentro se había liberado.
Un rápido barrido de su antorcha a lo largo del umbral no reveló nada, salvo huesos, pilas de huesos, la mayoría de ellos astillados más allá del reconocimiento.
Ella volvió su atención al pasillo. Nada se movió.
Cautelosamente, se paró dentro de la celda.
Caderas de hierros colgaban de las paredes, rotas donde las esposas habrían estado. La oscura roca estaba cubierta de marcas blancas, docenas y docenas de largas, profundas estrías en grupos de cuatro.
Uñas.
Se volteó hacia la puerta rota de la celda. Había incontables marcas en ella.
¿Cómo alguien pudo hacer semejantes líneas en el hierro? ¿En roca?
Se estremeció y rápidamente salió de la celda.
Miró de vuelta al camino por el que había venido, que brillaba con las antorchas que había encendido, y luego al oscuro espacio abierto que guiaba hacia adelante.
Estás cerca del centro del espiral. Solo mira lo que es… mira si produce alguna respuesta. Elizabeth dijo que buscara pistas…
Balanceó a Damaris en su mano unas pocas veces solo para aflojar su muñeca, por supuesto. Girando su cuello, entró en la penumbra.
No había soportes para antorchas aquí. El séptimo portal solo reveló un pasillo corto y una puerta abierta. Una octava puerta.
Las paredes a ambos lados de la puerta estaban dañadas y marcadas con garras. Su cabeza dio un violento estremecimiento, luego se calmó mientras se acercaba.
Más allá de la puerta estaba una escalera de espiral que iba hacia arriba, tan alto que no podía ver el final. Un recto ascenso en la oscuridad.
¿Pero hacia dónde?
La escalera olía mal, y ella sostuvo a Damaris ante ella mientras subía los escalones, teniendo cuidado evitando las rocas caídas que ensuciaban el suelo.
Más y más alto ella subió, agradecida por todo su entrenamiento. Su dolor de cabeza solo empeoró, pero cuando alcanzó la cima, se olvidó de la fatiga, se olvidó del dolor.
Alzó la antorcha. Brillantes paredes de obsidiana la rodeaban, alzándose más y más alto, tan alto que no podía ver el techo.
Estaba en el interior de alguna clase de cámara. Al fondo de alguna torre.
Miró a la extraña piedra que formaba las paredes. Vetas verdosas brillaban a la luz de la antorcha. Ella había visto este material antes.
Lo había visto. El anillo del rey. El anillo en el dedo de Newton. Y en Felix…
Tocó la piedra y un shock la recorrió, su cabeza palpitando tan dolorosamente que la produjo arcadas. El Ojo de Elizabeth dio un pulso de luz azul pero rápidamente murió, como si la propia luz hubiera sido succionada hacia la piedra y allí había sido devorada.
Se tambaleó hacia atrás hacia las escaleras.
Dioses del cielo, ¿Qué es esto?
Como en respuesta, un estallido estremeció la torre, tan fuerte que ella saltó hacia atrás. Resonó y resonó, volviéndose metálico.
Ella alzó su mirada hacia arriba a la oscuridad.
—Sé dónde estoy, — susurró mientras el sonido disminuía.
La torre del reloj.
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Las leo :3
