Capítulo 45

Aquella noche cuando me adentré en mi habitación dispuesta perfectamente para descansar como el rey que ahora de repente era, suspiré sintiéndome realmente aliviado. Mi hermana estaba bien, recuperándose a fondo de sus heridas y de todo lo que había supuesto para ella estar encerrada entre cuatro paredes durante semanas. Eyra estaba a salvo y todo parecía haber mejorado de una forma exponencial de la mañana a la noche.

Sonreí satisfecho, quitándome la camisa que llevaba sobre todos los vendajes de mi cuerpo mal herido. Y en ese momento, llamaron a la puerta. Alcé mis ojos hacia las maderas. Era demasiado tarde para que fuese una visita normal.

-Adelante.-Alcé la voz sentándome a los pies de la cama cansado, observando cómo, a través de la puerta, se abría paso una mata de cabellos rojizos. Sonreí amplio. A pesar de que yo no quería en un principio que participara de todo aquello, ella había terminado saliéndose con la suya al acompañarme en toda esa locura. Me alegraba sobremanera que estuviese bien. Y mucho más. Me sentía orgulloso de ella y de todo lo que era capaz de conseguir. Sin duda era una mujer increíble. Aunque no solo me había dado cuenta de que podía ser maravillosa en ese aspecto.

Había algo más que la hacia la chica más fascinante del mundo para mí.

-Evidentemente no iba a llamar.-Se cruzó de brazos acercándose un tanto hacia donde yo permanecía sentado. Salí de mis pensamientos para mirarla a los ojos con una sonrisa en los labios.-Pero esos guardias abusones que tienes en la puerta me han obligado a identificarme como si fuera una vulgar granjera o una ladrona. ¿Qué es lo que se habrán creído? Mañana a esta hora ya no trabajarán aquí.-Refunfuñó. Y yo, amplíe la línea curva que esbozaba mis labios. Sin querer me fijé por entero en ella y en aquel vestido rojo oscuro que llevaba puesto tan parecido a la tonalidad de su pelo. Estaba deslumbrante.

-Deberías de estar descansando, Ai.-Usé ese tono que parecía regañarla un poco.

-Igual que tú y mírate, aún ni te has cambiado. ¿Necesitas ayuda?-Cuestionó con una sonrisa ladina en los labios.

-Estoy bien.-Reí.

Durante unos pequeños segundos nos miramos a los ojos sintiendo el latir rápido de nuestros corazones. Sin decirnos nada y diciéndonoslo todo.

-¿Por qué te has marchado de la ceremonia hoy?-Cuestioné abriéndome paso por primera vez en una conversación entre los dos. Ella se encogió de hombros.

-Lo cierto es que ha sido un total aburrimiento y quería darme un buen baño antes de la cena.-Sonrió como si fuese lo más normal del mundo.

-Pensé que no estabas bien.-Susurré arrugando la nariz preocupado.-No me has dejado hablar contigo hoy ni un solo segundo. Creía que te vería en el almuerzo cuando todos se echaron sobre mí.-Suspiré rendido.

-Era el día de tu coronación y tu día triunfal. Yo no pintaba nada allí, su alteza real. Además no quería quitarte el protagonismo, eso habría sido deprimente para ti.-Rió por lo bajo. Después suspiró.- ¿Por qué pensabas que no estaba bien? ¿Acaso te ha dolido mi ausencia?-Se llevó una mano al pecho de forma teatral tras volver a soltar una leve carcajada. No obstante, le respondí más serio de lo que pretendía en un principio.

-Sí. Necesitaba que estuvieses allí.-Admití. Sin embargo, la vi suspirar pesadamente.

-Deja de hacerme la pelota. Ya no hace falta. Al final, eres libre.-Afirmó ella comenzando a caminar por la habitación ojeando cada cosa de aquella nueva estancia evitando responderme con sinceridad a su ausencia durante la tediosa ceremonia.-Ya puedes decidir lo que quieras tanto con tu vida como con la de los demás. Enhorabuena, su majestad.-Bromeó.

-Sabes que yo no pedí esto. Solo quería liberar a Yuu.-La seguí con los ojos respondiéndole serio y firme. Yo no estaba de broma.-El poder es peligroso. Atrae al peor y corrompe al mejor. Nunca pedí el poder.-Esbocé.-Yo nunca quise ser rey. Solo deseaba proteger a mi familia.

-Lo sé.-Se detuvo frente al balcón abierto de par en par.-Pero aun así, ahora eres dueño de todo esto. Aunque haya sido por la voluntad de otros. Es tu deber aceptarlo y buscar la mejor forma de manejarlo. Y de rodearte de personas que deseen…, ayudarte en esta empresa…-Clavó sus ojos en la noche llena de estrellas. Cómo aquella en la que hablamos decentemente por primera vez. Y tuve, la necesidad, de levantarme del asiento y acercarme a su lado.

-Ai...-La nombré para decir lo que necesitaba soltar desde que pensaba que mi vida iba a terminar hacía algunas noches.

-Ya no estamos comprometidos.-Confirmó lo que ambos sabíamos, interrumpiendo mi discurso.-Ya no tenemos que casarnos por orden de nadie. Ni fingir. Eres el rey de Goa. Somos libres. Al final las cosas no han ido…, tan mal...-Se mordió el labio inferior.-A partir de ahora, podemos hacer lo que queramos con nuestras vidas.-Suspiré sin dejar de mirarla francamente entristecido. La simple idea de dejarla ir me dolía a horrores.-Sé que mi padre no te asusta tanto como a Sengoku. Sé que podrás hacerle frente si tiene la intención de luchar contra ti. Te has hecho con muchos aliados. Tendrás a tu hermano y su ejército, además. En cuanto llegue te brindará su apoyo incondicional. Y creo, firmemente, que después de sobrevivir a esa era herida, sin duda eres inmortal.-Bromeó para sí misma.-Así que, no hace falta que sigamos con todo este teatro. Eso era lo que queríamos, ¿no?-Se encogió de hombros resuelta.

-Ai.-Volví a repetir su nombre con más firmeza que antes. Ella clavó sus ojos en mí. Aún cruzaba sus brazos pero en sus labios se dibujaba una pequeña y bonita sonrisa. Yo alcé la mano hacia su cuello. Perdí mis dedos entre su pelo suelto a la vez que mi pulgar le rozó la mejilla.-No quiero romper el compromiso.-Anuncié. Ella abrió sus ojos, un tanto, sorprendida. Y tras su expresión escéptica, soltó una preciosa carcajada.

-¿Estas sordo? ¿No has oído nada de lo que te he dicho?

-No te lo estoy pidiendo cómo si fuera una obligación o como una orden. Ni siquiera como un rey.-Esbocé.-Te lo estoy diciendo cómo un simple hombre que no quiere alejarse de ti o dejarte marchar. Quiero que aceptes casarte conmigo como la mujer libre, que eres.

-¿Por qué quieres casarte libremente con alguien a quien soportas tan poco? Se supone que soy insufrible y agotadora para ti.-Arqueó las cejas expectante descruzando sus brazos.-Dime un motivo de peso por el que debería de pasar el resto de mi vida contigo, Portgas D. Ace.-Afiancé el contacto de mis dedos en su cuello y respiré hondo sin dejar de mirarla a sus preciosos ojos castaños. Sentí a mi corazón, palpitar enérgico.

-Estoy enamorado de ti.-Afirmé convencido de lo que estaba expresando.-Te lo digo ahora, realmente cabal en todos mis sentidos y no al borde de la muerte.-No se movió ni un ápice. Pero nada más soltarlo, sentí como se relajaba la tensión en el ambiente. Respiré hondo esperando una respuesta por su parte pero ella, agachó el rostro deshaciendo nuestro pequeño roce y se mantuvo callada pensando en algo que estaba fuera de mi alcance. Los minutos de silencio me pusieron nervioso.-Ai…-La nombré y, sus ojos marrones se volvieron hacia los míos. De repente, esbozó una vez más esa preciosa sonrisa, que tanto me gustaba. La seguí intentando relajarme.

-Al final, ha resultado como yo dije. Sabía que caerías rendido a mis pies.-Comentó divertida.-Pero tengo que disculparme contigo. Yo..., no puedo hacerlo.-Negó y al momento, sentí como se me encogía el corazón.-No estoy preparada para ser reina, Ace. Es mucha responsabilidad.

-Supongo que puedo comprender esa parte...-Susurré apenado con la mirada perdida en un punto fijo más allá de ella. Suspiré.

Sin embargo, de pronto, tras un enorme silencio entre los dos, la oí reír. Alcé mis ojos hacia ella con la esperanza de que todo lo que hubiese dicho sobre nuestro compromiso fuese una broma.

-Soy muy buena mentirosa.-Admitió.-Lo tendré en cuenta para otras ocasiones.-Se echó aquellas flores con orgullo. Solté una larga bocana de aire mucho más tranquilo.-Tienes que empezar a tomarme menos en serio.-La vi sonreír y noté como se me aliviaba la fuerte presión del pecho.-Sobre todo, si vas a ser mi marido...-Arqueé las cejas sorprendido sin saber muy bien que era lo que tenía que decir a continuación, después de todo ese teatro. Sin embargo, ella se adelantó como siempre a mí, subió la mano derecha por mi torso lleno de vendajes rozando mi piel con delicadeza y, sus ojos hicieron exactamente lo mismo hasta toparse con los míos.-Va a ser muy difícil encontrar a alguien tan atractivo como tú así que está bien, casémonos.-Se mordió el labio.-Pero, con una condición,-me señaló con el dedo índice arqueando las cejas de forma amenazante,-quiero que Kid se quede conmigo. Quiero que no le pase nada. Encomiéndale las tareas o toma las decisiones que creas convenientes con respecto a él pero, ni se te ocurra alejarle de mí.

-Acepto el trato.-Asentí con firmeza cogiéndola de la muñeca para atraerla hacia mí. La agarré de la cintura con la mano libre. Hundí mis dientes en su cuello.-Y ahora…-susurré contra su piel,-¿podemos terminar lo que hemos empezado tantas veces…?

-No lo sé.-Murmuró ella pícaramente en mi oído, con una sonrisa ladina en los labios.-Aun estás herido, ¿podrás moverte?-Rió atrevida deshaciendo los cordones de mi pantalón. Bajándolo sin dejar de clavar sus ojos en los míos.

-Por supuesto que sí.-Descendí hasta sus labios imitando aquella sonrisa juguetona que esbozaba. Los besé divertido, mordiéndole con ganas en el inferior. Durante los besos, ella me dio un par de toquecitos sobre el pecho echándome hacia atrás lo suficiente como para llegar al bode de la cama y sentarme en él. Se subió a horcajadas mía levantándose el vestido. Noté su feminidad cálida y húmeda contra mi erección. La temperatura de mi cuerpo aumentó. Sentí el ritmo cardiaco y la respiración acelerarse bajo mi piel. La besé aun con más urgencia mientras mis manos se deshacían de los cordones que se entrelazaban en la espalda de su vestido. Ai soltó un gemido cuando mis dientes descendieron por su escote. Enredó sus dedos en mi pelo negro atrapándolo con fuerza. Vi como echaba la cabeza hacia atrás cuando, al bajarle lo suficiente las telas apartando las mangas, pude hundir mi lengua en sus pechos. Saboreé y mordí cada parte de su blanca y suave piel. Ella suspiraba y se presionaba el labio en cada movimiento. Estábamos extasiados y perdidos completamente en nuestros instintos más básicos. Éramos como animales queriendo hacernos el uno con el otro sin medir las consecuencias. Lo llevábamos necesitando tanto tiempo que ahora, en ese instante, casi parecía irreal. Estábamos tan envueltos en la pasión, la lujuria y el calor de nuestros cuerpos que solo queríamos ir más y más rápido.

Hubo un momento, en el que me retiré de su piel para volver a sus labios. Nos besamos salvajemente hundiendo nuestras lenguas en bocas ajenas. Apreté más el agarre de su cuerpo contra mí. Y entonces, en ese vaivén desmedido, sin control, ella se alzó un tanto sobre mí, bajó una de sus manos hacia mi erección con las mejillas encendidas y los labios enrojecidos, y se posicionó sobre ella descendiendo lentamente.

-Dejemos los preliminares de una maldita vez.-Susurró sonriendo atrevida. Solté un suspiro ronco y cerré un pelín los párpados cuando percibí que estaba totalmente dentro de ella. Ella gimió. Frenamos unos segundos para mirarnos a los ojos, a la vez que intentábamos relajar nuestra respiración. Vi su piel llena de mordiscos y chupetones míos. La analicé a conciencia percibiendo un millón de sensaciones cálidas y agradables aferrarse a mi corazón. Ascendí una de mis manos hacia su mejilla rozándola con cariño. Ella amplió su sonrisa. No sabía cómo había podido llegar a ese punto pero, así había sido; la amaba.-Dijiste que podías moverte…Estoy expectante.-Murmuró ampliando su pícara sonrisa. Noté como su feminidad se estrechaba aún más ahí abajo y, mis ganas de devorarla ansiosamente volvieron a mí.

-Parece que esto se pone interesante…

-Ni te lo imaginas…

Sin salir de ella, la giré tumbándola sobre el colchón. Me hundí en su sexo haciéndola gemir con fuerza. A la vez que veía, como cerraba los ojos y arqueaba la espalda sujetando las sábanas bajo sus manos. Sin pensármelo, comencé con el movimiento sobre su cuerpo intentando profundizar lo máximo posible cada una de las rápidas penetraciones. No podía dejar de mirarla mientras se retorcía de placer bajo mis brazos; mientras agarraba las mantas con más fuerza o intentaba reprimir unos gemidos escandalosos sin mucho éxito. Tenía las mejillas encendidas y empezaba a notar como su piel irradiaba algunas gotitas de sudor. El color de la luz de las velas sobre su cuerpo hacia que la desease aún más. Su pelo rojizo se perdía entre los pliegues de la almohada. Sonreí sintiendo como mi cuerpo se encendía, observando a la mujer más hermosa del mundo entre mis brazos, por fin. Quería ver como disfrutaba sin perderme ni un solo detalle de sus expresiones, sus suspiros así que, descendí hasta colocar ambas manos sobre el colchón a cada lado de su rostro y le rocé la nariz sutilmente con la mía para que abriese los ojos. Instantáneamente, perdió sus manos en mi espalda presionándola con las yemas de los dedos mientras abría aún más las piernas dejándome un amplio margen de actuación. Sus esferas marrones me miraron pidiéndome más. Percibía sus deseos; sus sentidos. La veía, temblar. Sus labios entrecerrados soltando todos esos jadeos…Era como si estuviese completamente hechizado por todo lo que me hacía sentir.

-Eres…perfecta…-Susurré antes de apoderarme con urgencia de sus labios.

-Ya lo sé…-Murmuró riendo entre besos y suspiros. Sonreí de medio lado.

Sentí sus manos sobre mis mejillas, pausé un poco el vaivén. Me incorporé tirando de su muñeca para que se sentara encima de mí. Le aparté definitivamente el vestido. Frenamos el movimiento. Recuperamos un poco la respiración. Clavé mis ojos en ella mientras una de mis manos la agarraba de la cintura y la otra, le acariciaba la espalda desnuda. No podía dejar de mirarla con aquel pelo alborotado danzando sobre sus hombros, sus labios sonrosados por la presión de los besos, su nariz respingona, su mirada cargada de un extraño e hipnótico brillo. Era la primera vez en mi vida que me sentía tan terriblemente vulnerable.

-Te amo…-Murmuré muy bajito resultándome incluso extraño, mi propio tono de voz.

-Y yo a ti…-Ella se acercó pegando mi frente a la suya ampliando la línea curva de sus labios. Sus dedos se apoderaron del pelo de mi nuca.

-Eres…la mejor decisión que te he tomado nunca, Ai…-Le di un beso rápido y tierno.

-Eso ya lo sabía…-respondió encogiéndose de hombros,-dejad de subirme el ego, mi rey…-Susurró con ese tono de voz atrevido y dulce a la vez. Se mordió el labio. Descendió sus dedos por mi tórax lleno de vendajes y después los subió por mi espalda. Sentí como los vellos se me ponían de punta, sólo de sentir, ese preciso roce.

-No hasta que te cases conmigo.-Bromeé y ella rió.

-¿Y después dejarás de decirme lo guapa que soy? Eso no te conviene…-Negó llevándose un mechón de pelo revuelto tras la oreja. Aquel único pendiente largo que llevaba relució con la tonalidad de las velas.

-Ya veremos…-Jugué con su nariz antes de volver a besarla.

Ella me invitó a tumbarme sobre el colchón. Su preciosa sonrisa se amplió a la vez que apoyaba sus manos sobre mis pectorales con cuidado por las heridas. Presioné con las yemas de los dedos su trasero y fui subiendo un poco hasta las caderas. Ella empezó a moverse sobre mí y yo, comencé a ayudarla con el vaivén había iniciado enérgicamente. Sus gemidos y mis suspiros ahogados volvieron a inundar la habitación…

El día que pisé Ávalon me di cuenta de que todo había cambiado radicalmente desde que había marchado a Tardith. El hecho de desembarcar antes en Blarem y ver solo a parte de mis hermanos allí me había dado una señal. Sanji y Luffy, ahora el señor de nuestra casa, habían regresado con la intención de establecer cierto orden tras una guerra civil que yo, había desconocido por completo hasta que ellos mismos me lo contaron. Había sido terrible. Mi hermana apresada por Sengoku en una celda minúscula apartada de su hija. El abuelo y Law muertos, Ace casi a punto de pisar el templo de los Dioses…Nuestro ejército mermado de una forma sin precedentes y sin ningún tipo de sentido. ¿En qué demonios se había convertido nuestro reino? A pesar de que Luffy me lo relataba como una gran victoria, porque Yuuki y Ace estaban bien, yo no lo veía de esa manera. Muchos hombres inocentes habían muerto en combate por los caprichos egoístas de un rey que, aunque ya no seguía con vida, había destruido por completo un organizado sistema. Se había saltado las leyes apresando a una niña en contra de su voluntad y arrancándole a su familia sin ningún tipo de sentido. Esperaba, en el fondo de mi corazón, que Ace le hubiese dado una muerte dolorosa.

-¿El rey nos atenderá?-Oí de pronto a Zoro cuestionarme aquello mientras nos bajábamos del caballo. Salí de mis pensamientos asintiendo, sin dudar.

-Por supuesto,-confirmé mientras avanzábamos hacia el palacio, -es mi hermano.

Y a la vez que caminábamos, pude ver como los hombres y las mujeres se unían para intentar devolver a la ciudad, la normalidad. Había muchos edificios destruidos y la comida parecía llegar aún, con lentitud. Imaginé que Ace se había puesto al tanto, y que la situación mejoraría a medida que los días pasasen. Lo único que me pareció realmente sorprendente fue que, a pesar del trabajo que quedaba por hacer, las gentes de Ávalon parecían realmente felices y relajadas. Como si ese cambio hubiese sido lo que necesitaban desde hacía tiempo.

Nada más adentrarnos en el castillo, nos guiaron hacia la sala de reuniones del consejo. Allí, todos nos miraron gratamente sorprendidos en cuanto traspasamos la puerta.

-¡Sabo!-Yuuki fue la primera en levantarse de su asiento y correr a mis brazos. Yo la acogí con todas mis fuerzas después de saber lo que había ocurrido con ella, además de que llevaba muchísimo tiempo sin verla. Hundí mi nariz en el suave aroma de su pelo y le di un beso sobre la frente al retirarme de ella.

-Gracias a los Dioses que estás bien.-Murmuré agarrando sus mejillas con intensidad. Ella asintió.-Tienes que presentarme a Eyra.-Pedí.-Y tengo muchas cosas que contarte.-La vi ampliar su sonrisa de felicidad.-Siento no haber podido estar aquí contigo para sacarte de ese maldito infierno.-La volví a abrazar con todas mis ganas.-Perdóname…

-No sabías que iba a ocurrir…-Susurró escondiendo la cabeza bajo mi barbilla.-No debes pedirme perdón por nada. Lo importante es que has regresado y estás aquí.-Apretó más sus pequeñas manos contra mi espalda. Sonreí.

-Sabo,-Alcé los ojos hacia Ace, quién había pronunciado mi nombre al frente de la mesa, -es estupendo que hayas vuelto sano y salvo. Con la época de tormentas que está por llegar, el mar se embravece demasiado.-Salió de aquel lugar y se acercó a mí. Yuuki se apartó un poquito y yo le estreché la mano a mi hermano mayor.

-Es todo un honor conocer al nuevo rey de Ávalon.-Esbocé.-Espero que el anterior haya sufrido firmemente las consecuencias de sus actos.-Ace asintió.

-Con un buen plan y una estrategia ingeniosa. Justo como tú habrías hecho.-Confesó.-Te hemos echado de menos.-Dibujó una sorprendente sonrisa en los labios que llamó mi atención. Parecía que, estar cerca de la muerte le había ablandado un poco el carácter.

-Y yo, me alegro de no haberte perdido, hermano.-Confesé liberando nuestro agarre. Yuuki sonrió ampliamente al ver, con ilusión, que nos tratábamos de esa forma tan cercana. Como si todos nuestros problemas hubiesen desaparecido.

-Es un hombre de hierro.-Oí la voz de Ai acercarse a nosotros. Ace y ella se miraron de una forma extraña y diferente. Yo desvié mis ojos grises de uno a otro completamente confuso. Algo había pasado entre aquellos dos en mi ausencia. Descendí mis esferas hasta Yuuki quién, rió. Era como si, de pronto, hubiese vuelto después de un año cuando solo habían pasado un par de meses.-Tendrás que contarnos muchas cosas. ¿Por qué no te sientas cuñado?-Siguió la pelirroja.

-Sí. Y al contrario también. Pero antes,-me retiré de mi hermana y me acerqué al peli verde que aun, aguardaba expectante y en silencio en el umbral de la puerta. Le señalé como si fuese la persona más importante del mundo,-quiero presentaros a alguien imprescindible para esta conversación.-Todos, incluidos Kid y Tsuru, nos observaron extrañados.-Este es el Capitán Zoro Roronoa.-Presenté.-Es la mano derecha de Nerumi de Isgard.-Los ojos de los presentes se abrieron de par en par. Él se inclinó un pelín.

-Es un honor conoceros, mi rey.-Se refería a Ace. Él asintió completamente desconcertado.-Vengo en nombre de mi señora para poder hablar y negociar algunos términos.-Fue directo al grano. Suspiré resignado por su extraña falta de empatía en algunas ocasiones. -No se fiaba del todo de vuestro hermano.-Confesó y yo, dirigí mis ojos hacia él, estupefacto.

-Bueno, eso no es tan cierto como parece.-Me defendí. Yuuki rió. Y en ese momento, me di cuenta de algo más. Los ojos de mi hermana se habían clavado en él de una forma interesante y peculiar. Desvié la mirada hacia el peli verde que parecía haberse interesado ligeramente de la misma forma. Sonreí.-Capitán.-Alcé la voz.-En nuestro reino es costumbre saludar a las mujeres con un beso en la mano.-Solté divertido desde él hacia mi hermana.

Yuuki iba a decir algo cuando el peli verde se acercó a ella, le agarró de la mano y le dio un beso en los nudillos sin siquiera pedirle permiso o preguntar.

-¿Es así?-Asentí convencido. Ace arrugó la nariz confuso por la situación pero Ai y yo nos regalamos una mirada pícara.

-Perfecto, Capitán.-Le di unos toquecitos en la espalda para que avanzásemos hacia la mesa mientras Yuuki salía de su pequeño estado de shock. Reí por lo bajo.-En fin,-uní las palmas de mis manos,-pongámonos al día.

Nuestros pasos resonaban entre los pasillos de aquel gigantesco palacio, donde yo seguía a Sabo de Blarem sin quitarle el ojo de encima, tal y como prometí que haría. Se le notaba tenso pero a la vez resuelto, y yo no podía culparle, ya que me sentía exactamente igual que él. Un lugar que no conocía, rodeado de gente que era ajena a mí o mi causa, y con la posibilidad de que se volvieran enemigos. Solo ante el peligro, me repetía a mí mismo, sin bajar la guardia en absoluto. A pesar de tener la vista al frente, me fijaba en todos los detalles que entraban en mi campo visual, en las cortinas de las ventanas, en las columnas gigantescas de las paredes, en los cuadros que las decoraban, las alfombras que pisábamos…Todos los lugares donde podría haber peligros al acecho en una supuesta trampa, pero aquel tipo era el marido de mi señora, y, aunque sabía que no debía estar tan alerta como lo estaba, no podía evitarlo. Era un instinto básico de supervivencia que me había acompañado toda la vida.

Cuando por fin nos adentramos en la sala de reuniones y los guardias que nos guiaban se alejaron de nosotros, Sabo abrió las puertas de par en par y entró con esa confianza que tanto lo caracterizaba. Yo me mantuve a una distancia prudencial, todavía fuera de la estancia, y fue entonces cuando escuché una voz femenina y una figura abalanzarse sobre él.

Vi la falda de su largo vestido de color azul revolotear a la carrera tras ella, haciendo hondas hipnóticas, el corsé que llevaba sobre su vestido crujió levemente al estrellarse contra el pecho de su hermano, su larga melena del color de la playa bailaba tras ella con gracia, y su rostro era, sin lugar a dudas, lo más hermoso que podría haber visto jamás. Oía sus palabras, pero no podía distinguir qué decía, escuchaba su risa que me sacaba un vuelvo al corazón, la veía sonreír de una forma tan perfecta que me quedé embelesado. Notaba mi corazón martillear contra mi pecho, contuve la respiración inconscientemente cuando sus ojos se cruzaron con los míos, pero traté de mantener la calma. Estaba allí para tratar los asuntos de mi señora, no para ligar. Aun así, no pude evitar sentir celos de Sabo, al tenerla todavía entre sus brazos, deseando poder hacer yo lo mismo.

Aparté aquellos pensamientos de mi mente cuando me presentó ante la mirada de todos y yo fruncí más el ceño. Odiaba ser el centro de atención, pero tuve que aguantarme. Debía mantenerme serio, impasible, como siempre era. Si muestras cómo eres, podrán encontrar tus debilidades. Si siempre eres un témpano de hielo, nadie jamás podrá hacerte daño. Pero aquellos penetrantes ojos azules hacían que me sintiese desnudo.

-Este es el Capitán Zoro Roronoa.-oí de los labios de Sabo.-Es la mano derecha de Nerumi de Isgard.-Los ojos de los presentes se abrieron de par en par. Me incliné un poco a modo de reverencia.

-Es un honor conoceros, mi rey.-Me dirigí al monarca. Él asintió completamente desconcertado.-Vengo en nombre de mi señora para poder hablar y negociar algunos términos.-Fui directo al grano. Sabo suspiró y no supe por qué.- No se fiaba del todo de vuestro hermano.-Confesé con total naturalidad.

Lo siguiente que pronunció no llegué a comprenderlo porque mi mirada se cruzó con la de ella y yo, me perdí en aquel mar que eran sus ojos. Ella me sonrió de una forma tan única que todavía la recuerdo a la perfección, quedándome completamente fascinado. Cada detalle de su rostro se quedó grabado a fuego en mi mente.

-Capitán.-Me sacó de mi ensimismamiento, al igual que a su hermana.-En nuestro reino es costumbre saludar a las mujeres con un beso en la mano.-Expresó con total tranquilidad.

Vi cómo dirigía sus ojos hacia su hermano para hablar pero me adelanté unos pasos hasta estar frente a ella, notando que cada centímetro que me aproximaba, me latía más fuerte el corazón. Agarré su mano con cuidado y deposité un beso en sus nudillos con gentileza. Me enderecé y volví a escrutarla, ahora mejor dada la proximidad.

-¿Así? –cuestioné y vi a Sabo asentir, pero yo no podía dejar de observar el rubor que había aflorado en sus pómulos.

No sabía si era por el beso que le había dado, por la proximidad que teníamos ahora o vete a saber el motivo. Sus labios estaban entrecerrados y me pregunté para mí mismo si serían tan suaves como parecían, si besarla sería tal y como me lo imaginaba.

Noté la mano del Comandante en mi espalda, guiándome hacia la mesa, y maldiciéndole desde mis adentros obedecí sin rechistar. Ella se quedó allí plantada todavía, como si aquello que acababa de pasar fuese algo que no se esperaba, y yo sonreí efímeramente aprovechando que nadie me observaba.

La reunión duró prácticamente toda la tarde. Fue agotadora y tediosa. Ace y los demás, nos informaron de lo que ya sabíamos que había ocurrido con respecto a nuestra familia y de cómo habían cambiado las cosas tan de repente. El abuelo había sido enterrado con los máximos honres y sacrificios posibles. Estaba seguro de que en ese momento, estaría sentado en el Valhöl con la mayoría de sus amigos de juventud, disfrutando de grandes historias. Ai y Ace anunciaron que mantendrían su compromiso a pesar de que ya no estaban obligados a ello. Me sorprendió como había evolucionado la historia entre los dos de una forma tan rápida. Nunca imaginé que Ace fuese capaz de enamorarse de una mujer así y viceversa. Al otro laso de la mesa, Yuuki sonreía bastante tranquila atendiendo a lo que la mayoría hablaba pero, en el fondo, yo sabía que la ausencia de Law aun la tenía un poco trastocada. Algunas veces, perdía sus ojos en un punto fijo más allá de los participantes de aquella reunión.

Cuando nos tocó el turno a nosotros de expresar las noticias, Zoro tomó el mando de la palabra. Se notaba que era un jefe espléndido. No tuvo ningún bloqueo, traspié o se le olvidó algo. Todo lo expresó perfectamente enlazado. Desde los planes de Nerumi con respecto a Tardith hasta su intención de cruzar el océano dentro de un año.

-Hablaré con el rey Marco.-Mencioné cuando encontré unos segundos de silencio.-He decidido que voy a brindarle todo mi apoyo para que recupere Isgard de las manos de Akainu.-Al esbozar su nombre, sus hijos fruncieron el ceño, resentidos y molestos. Se notaba que no tenían, precisamente en gracia, a su padre.-Creo que Assiah me ayudará con el ejército que comando para tal fin. Expondré todo eso de la tiranía y las condiciones penosas en las que vive el pueblo. El hambre, las enfermedades, la trata de personas. También le hablaré de la esclavitud a fondo y de los planes de Neru para acabar con ella. De cómo se organizaría el sistema social a partir de ese…punto…-De pronto, guardé silencio unos segundos, al darme cuenta que le había abreviado a Nerumi el nombre delante de todos. Zoro me miró con el ceño fruncido pero, nadie más a parte de él, pareció resultarle extraño. O eso era lo que yo pensaba.

-Tenemos que apoyar esa incursión.-Ai se levantó de su asiento apoyando las palmas de las manos sobre la mesa. Me miró a mí y después a Ace con decisión.-No podemos dejar que ese ser siga maltratando a nuestro hogar. A nuestra gente.-Concretó firmemente.- ¿Verdad Kid?-El pelirrojo asintió de brazos cruzados. Serio e impasible.-Como futura reina de Ávalon creo que debemos ayudarla. Yo puedo ofrecer a mis abanderados de la isla de Hasterg. Es la segunda más grande y de la que era responsable antes del compromiso.-Fijó sus esferas marrones en Ace. Le observó llena de determinación.-Será el momento perfecto para devolver la luz a nuestro reino. Y si Assiah nos ayuda, será mucho más fácil firmar definitivamente la paz. Todos los reinos del norte estarán, por fin, unidos.

-No podemos olvidar que,-seguí hablando interrumpiendo a Ai,-aunque las incursiones en Mansem hayan terminado con respecto a las guerras contra los trolls, ese mago oscuro y su señor siguen por ahí planeando Dios sabe qué. No debemos bajar la guardia.-Aconsejé.-Creo, que en cuanto acabemos la tiranía de Akainu, deberíamos de bajar con nuestros ejércitos hasta esas tierras y convertirlas definitivamente en un reino decente.-Ace se echó sobre el respaldo de la silla analizando cada propuesta.

-La intención de mi señora es, atacar Isgard en un año.-Siguió Zoro.-Lo harán por barco. Como un aviso. Después, mi señor,-dirigió sus ojos hacia mí,-esperara a las puertas de la ciudad para que, juntos podamos avanzar. En cuanto recupere su hogar, la intención es recorrer Menithez con el fin de acabar con la esclavitud. Por las buenas o por las malas.-Observó el enorme mapa que había sobre la mesa y señaló su recorrido de norte a sur.

Ai sonrió radiante alzando sus bonitos ojos hacia mi hermano mayor.

-Si todo eso saliese bien…sería maravilloso. Lo que siempre hemos deseado para poder cambiar este dichoso mundo, definitivamente, lleno de normas. Tienes que aceptar. Debemos de preparar a todos los hombres que podamos para apoyar a Nerumi de Shaéz en Isgard e ir bajando posiciones.-Indicó a Ace. Él la miró serio pero al mismo tiempo sosegado.

-Y si ese hombre al que tengo que llamar padre, muere, será mucho mejor para todos nosotros.-Comentó Kid frío como un témpano de hielo. Su afirmación y el tono de voz me pusieron los pelos de punta.

El silencio se alzó en la conversación. Los participantes de la reunión miramos Ace. No es que fuese el responsable de tomar aquellas decisiones pero, era el máximo representante de Ávalon y eso suponía una gran extensión de territorio y hombres que llamar a las armas. Era nuestro punto más firme de conexión y apoyo para que Isgard cayera.

-Creo que es un plan muy bien enlazado mi rey,-habló Tsuru,-y tenemos el tiempo necesario para organizarnos.-Era la mujer más anciana que había conocido jamás.-Debéis de ser un rey firme ante las amenazas. Isgard no será pacífica por siempre con los demás reinos. Y mucho menos, los Dioses no lo quieran, si se alía con alguien como el mago oscuro.

-De acuerdo.-Afirmó por fin.-Llevaremos a cabo esa estrategia aunque habrá que pulirla al cien por cien para que no existan fallos de ningún tipo.-Me miró y yo, asentí con una amplia sonrisa. Tenemos un año, prácticamente, para prepararnos así que iremos sin prisas.-Se levantó de su asiento.-Descansemos antes de cenar.

Todos nos retiramos a nuestras habitaciones. Donde pudimos descansar convenientemente el tiempo necesario hasta que, por lo menos, nuestra espalda se recompusiese del viaje. Yo sabía, además, que me merecía un buen baño antes de bajar a comer como si fuese un oso. Así que, cogí una toalla y avancé por los pasillos hasta llegar a la enorme piscina rectangular de agua caliente. Me quité la ropa y me metí en ella notando como mis músculos se destensaban. El vapor me rizó aún más el pelo. Cerré los ojos durante un buen rato. Me sentía como si estuviese en el cielo.

-Ten cuidado o podrás arrugarte como una pasa.-Oí la voz de una mujer reír justo enfrente de mí. Abrí los ojos y me encontré con la mirada divertida de mi hermana menor.

-Eso sería genial.-Le seguí la broma. Ella se anudó el pelo en una especie de moño para que no tocase el agua. El flequillo se le onduló. Guardamos silencio unos segundos hasta que yo, lo rompí. Quería saber cómo se encontraba la mujer más importante de mi vida después de todas las desgracias que había tenido que sufrir sin necesidad.- ¿Cómo estás Yuu?-Susurré.-Después de todo lo que ha ocurrido habrá sido complicado reponerse.

-Sí.-Asintió agachando el rostro.-Ha sido realmente difícil. Sobre todo por Law.-Admitió sin que yo le dijese absolutamente nada de él.-Aun…no me lo creo del todo…

-Ha pasado muy poco tiempo.-Susurré.- Es normal. Aunque estoy convencido de que el Valhöl le habrá acogido sin duda alguna.-La miré apenado.-La muerte es una realidad demasiado cruel para los que nos quedamos atrás pero, debemos seguir adelante, a pesar de todo. Eres muy fuerte, podrás recuperarte, estoy seguro.

-Sí…-Sus ojos se perdieron, apenados, en un punto poco concreto del agua.-Lo haré…Cómo cuando mamá murió. Pensé que no sería capaz de remontar y al final…-se encogió de hombros,-pude hacerlo. De una forma u otra nos acabamos acostumbrando a que las personas más importantes para nosotros falten…-Respiré hondo al escucharla. Todos echábamos muchísimo más de menos a nuestra madre, de lo que pensábamos.

-Yuu, siempre me tendrás aquí para lo que necesites, ¿lo sabes verdad?-Sus esferas azules me miraron. Sonrió sincera asintiendo, un poco más contenta.-Siento muchísimo no haber podido estar presente en todo esto.-Resople hundiendo los brazos en el agua.-Es como si cada vez que tienes un problema yo saliese huyendo.-Ella amplió la línea curva de sus labios. Negó.

-No es verdad. Lo único que ocurre es que no hay manera de coincidir para que puedas rescatarme.-Bromeó. Reí un poquito.

-Aun así…-Volví a sus ojos aunque ella interrumpió esta vez, mis nuevas disculpas.

-Me alegra que hayas regresado, al fin. Pensaba que no volveríamos a verte.-Intentó que el aura de nuestra conversación fuese un poco menos tensa, triste o desagradable.

-Tengo responsabilidades.-Resoplé resignado.-Así que no hay más remedio. Pero si hubiese sido por mí, tal vez no habría regresado hasta ese asalto que Neru tiene planteado hacer a Isgard.-Comenté.

-Eso habría sido muy propio de ti. Si Ace era rebelde de niño, tú lo eras más. Aunque fuese a tu manera.-Corroboró.-Así que Neru…-Sonrió, de repente, pícaramente. Sentí un vuelco en el pecho cuando la oí usar ese tono. Algo me decía que me había cazado.- ¿Y qué tal con ella?, ¿estaba muy molesta por tu intento de asesinato? Supongo que llegó a saber cuáles eran tus intenciones.-Asentí recordando la forma en la que me había apresado nada más pisar el salón de recepciones.

-Lo suficiente como para estar a punto de ejecutarme.-Sus ojos se abrieron de par en par, asustados, ante lo que acababa de decirle. Hice un movimiento con la mano derecha restándole importancia a ese detalle.-No te preocupes. Ahora todo está bien. Como ves, me liberó. Alegué que…bueno, tal vez no le convenía crear una guerra entre continentes cuando quizás, al cruzar el mar, necesitase más aliados que enemigos.-Ella pareció calmarse un tanto al ver mi mirada tranquila y apacible.

-¿Y entonces qué ha pasado entre vosotros?-Me señaló con el dedo moviéndolo ligeramente de un lado a otro. Se estaba haciendo la tonta para sacarme información cuando estaba seguro, de que ya sabía que había ocurrido algo más interesante entre nosotros que una simple charla. Así que, para ahorrarle sufrimiento y a mí, preguntas cuál interrogatorio, respiré hondo y solté la noticia.

-Nos hemos casado.-Dije sin más ampliando la línea curva, divertida, de mis labios cuando la vi entrecerrar los suyos con sorpresa al igual que sus ojos. Su expresión incrédula y confusa me hizo, finalmente, reír.

-¿Qué has hecho que…?-Inquirió arrugando la nariz alterada. Pero a ella no le parecía tan emocionante como a mí. Al parecer las experiencias vividas habían aplacado un tanto su rebeldía. Veía las cosas de una forma mucho más realistas, quizás, que yo.-Si se enteran…Si el rey lo llegase a saber…

-No tienen por qué enterarse.-Medié.

-¡Sabo! No solo se trata de eso. ¿Qué vas hacer casado con una mujer a escondidas del mundo? -Comenzó a regañarme por mi irresponsabilidad.- ¿Te has vuelto loco? No puedes tenerla únicamente para acostarte con ella. El matrimonio implica muchas más cosas.-Negó sin comprender como se me había ocurrido aquello.-No me puedo creer que ella esté de acuerdo con una cosa así.-Negó escéptica.

-Nos da igual. En este momento eso es lo de menos.-Admití.-Lo único que queríamos, al casarnos, era hacer saber al otro que no hay nadie más. Era solo, para sentirnos ligados de alguna manera a pesar de esa enorme distancia de espacio y tiempo que nos separa. No estamos hablando solo de acostarnos.-Ella suspiró.-Y, además, tengo la intención de cambiar esa estúpida regla que me impide a mí o a cualquier otro Comandante el hecho de formar una familia.

-Sabes que cambiar algunas reglas…-agachó un poco el rostro,-…puede salirnos caro…-Murmuró.-Te lo digo desde la propia experiencia.

-Lo sé.-Admití.-Pero la amo.-Sus ojos celestes se fijaron en mí una vez más, preocupados e inquietos por aquella enorme decisión.-Y no quiero perderla bajo ninguna circunstancia. Aunque tenga que enfrentarme yo mismo, a mi rey. Tal y como tú lo hiciste con Sengoku por tu familia.-Yuuki se mordió el labio e imaginé que pensaba, lo cara que había salido su rebeldía.-Es hora de que empecemos a tomar nuestras propias decisiones. A elegir nuestro mundo o cómo queremos vivir. Debemos dejar de ser esclavos, Yuu…

A pesar del gran discurso que le di a mi hermana aquel día, cuando tuve que enfrentarme realmente al rey de Assiah a solas, las cosas fueron un poco diferentes.

Nos habíamos reunido horas antes para establecer unos planes que a él, a pesar de que nunca había intervenido en ningún conflicto, le parecieron bastante bien. Estaba claro que no podíamos tener una invasión desde el norte y para colmo, tener que controlar las últimas contiendas del reino de Rolán desde el sur. Al parecer había algunos gigantes que atacaban pequeñas aldeas de unas lindes y otras. Yo recé a los Dioses para que no se tratara de otra intervención más del mago oscuro. Además, había un factor importante que el rey había mantenido en secreto para que el resto de reinos no se escandalizaran, había estado interviniendo en la injusta y cruel trata de personas. Había convertido la esclavitud de su pueblo en servidumbre con bastantes más derechos. Eso era algo, que incluso yo desconocía pero que a Zoro, extrañamente, no pareció sorprenderle. Así que, parecía que iba aumentando el número de aliados allá por donde iba.

-Mi rey, ¿podríamos hablar?-Cuestioné. Él, al lado de Vivi, la reina, me invitó a tomar asiento enfrente de su escritorio lleno de misivas y otros documentos. La joven peli azul me sirvió algo de vino y yo, bebí sintiendo una fuerte punzada en la garganta. Estaba muy nervioso. Sobre todo, por esa forma que tenía de mirarme intimidatoria y distante.

-¿En qué puedo ayudarle Comandante?-Preguntó.

-Veréis.-Apreté con la mano libre el reposabrazos de mi asiento. Respiré hondo intentando buscar las palabras adecuadas pero, lo mejor era, soltar lo que pensaba, sin más.-He conocido a una mujer.-Afirmé. Él me miró a los ojos. Vivi abrió los suyos un tanto sorprendida.-Y…sé todas y cada una de las normas que atañen a lo que es mi cargo pero, no he podido evitar hacer ciertas cosas en este periodo de descanso.

-Veréis Comandante,-siguió él apoyando sus codos sobre la mesa acercándose un poco hacia mi persona,-las aventuras de cama que tengáis con una o varias mujeres no son un asunto que tengáis que tratar conmigo.

-Esa es la cuestión, mi rey, no es una aventura de cama.-Corregí. El guardó silencio expectante.-Me he enamorado de ella.-Admití.-Y…me he casado aun en contra de las leyes milenarias que tenemos sobre esos asuntos.-Contuve el aliento al ver como el rey fruncía el ceño disgustado con esa noticia. La reina me miró atónita unos segundos antes, de esbozar una bonita sonrisa.

-Esto es algo que no ha ocurrido nunca, por lo menos desde mi mandato.-Expresó.- ¿Sabéis que si incumplís esas normas es como si me hubieseis traicionado? Y la traición se paga muy cara Monkey D. Sabo.-Respiré hondo al oírle pero, no me relajé. Seguí con mi mirada clavada en la suya llena de firmeza y determinación. Aceptaría las consecuencias con la cabeza bien alta.

-¿Cómo es posible que enamorarse de una mujer sea una traición?-Cuestionó, de repente, Vivi. Mis esferas grises se desviaron hacia ella.-Comprendo muchísimas leyes, prácticamente todas menos esa. ¿Qué diferencia existe entre un soldado y un Comandante como para que no pueda tener una familia?-Le preguntó al rey. Arqueé las cejas desconcertado al darme cuenta de que ella, parecía estar echándome una mano en aquel asunto. Marco no supo exactamente qué debía de contestar a eso. Simplemente suspiró.

-No es algo que yo haya establecido, Vivi. Son leyes que existen desde hace mucho tiempo igual que el proceso de selección.

-Pues con más razón. Son unas normas absurdas.-Asintió ella. De pronto, lo que en principio parecía ser una discusión mía se convirtió en un pequeño conflicto matrimonial.-Lo sabes tan bien como yo. Mientras siga atendiendo a sus deberes y obligaciones no comprendo cual es el problema realmente.-Se cruzó de brazos. El rey se echó hacia atrás en el asiento resoplando. Dirigió sus ojos desde ella hacia mí.

-¿Quién es ella, Comandante?-Preguntó. Entrecerré mis ojos sin saber exactamente qué estaba pasando aun así, respondí.

-Nerumi de Isgard.-La expresión de Vivi pareció transformarse un una llena de orgullo.

-¿Existe la posibilidad de que ese matrimonio impida que cumpláis con vuestras misiones como Comandante de mi ejército?-Negué. En aquel momento tampoco estaba seguro de que fuese así pero, prefería negarlo por si acaso.

-Os prometo que estaré siempre a vuestro servicio, disponible para cualquier intervención.

-En ese caso, haced lo que os plazca.-Resolvió haciendo un gesto con la mano para que me retirase. Me levanté resuelto de mi asiento, y me despedí de la reina con una sonrisa cargada de agradecimiento.

-Muchas gracias mi rey.

-No hay de qué. Por cierto, reúne a Deuce y a los hombres, organiza la partida al sur cuanto antes. Tenemos que averiguar qué ocurre con esos malditos gigantes.

-Sí, señor.-Asentí y salí del gigantesco despacho más aliviado que nunca. Solté un largo suspiro lleno de paz y tranquilidad. Todo había resultado mucho más sencillo de lo esperado. Sonreí. Y pensé, en el año tan largo que me esperaba hasta volver a encontrarme con ella…