I could have done so much more (John Williams)
Supe que algo iba mal cuando, mientras me afeitaba en el baño, de repente me encontré, sin saber cómo, en el suelo y vi que mi guardaespaldas me estaba sacudiendo y gritando mi nombre. Me había hecho una brecha en la frente al caer y golpearme contra el lavabo, pero yo tenía una sensación terrible que no tenía nada que ver conmigo. Había pasado algo, estaba seguro. Por desgracia, no me equivoqué.
Era un centro comercial. No una embajada, ni el Parlamento. Un simple centro comercial. Plagado de jóvenes que van a divertirse, familias que llevan a sus hijos al cine o a comprar. Usando un simple desinfectante para piscinas, alguien fabricó una bomba que colocó en una papelera junto a los ascensores.
Murieron siete personas. Tres mujeres, dos hombres y dos niños de tres y siete años. Treinta heridos de diferente gravedad. Una muchacha de veinte años perdió una pierna.
El One World Nation Movement se atribuyó el ataque. Era una forma de presionar a mi gobierno para que dimitiera. Mi presidente me llamó para decirme que podía estar tranquilo, que ni se le había pasado por la cabeza hacerlo. No iban a ceder ante una panda de terroristas.
Fui a visitar a los heridos al hospital, también asistí al funeral colectivo que se llevó a cabo. Fue allí donde me encontré con ella.
Era una mujer digamos rellenita, que llevaba puestas unas gafas de sol y un abrigo gris. Al lado había una mujer mayor que no se separaba de ella, creo que era su madre.
El protocolo era sencillo. Me lo explicó mi jefe, que lo usaba todo el tiempo: acercarte, decir que lamentas mucho la pérdida, decirle que estás ahí para lo que necesiten. Luego volvías a casa y tratabas de pasar un rato tranquilo. Algunos están tan aturdidos, tan dolidos que no entendían nada, o no parecían entender. Yo me sentía como un auténtico imbécil diciendo esas cosas.
Aquella señora no escuchó lo que yo tenía que decirle. La mujer que tenía al lado asintió lastimeramente, pero ella...Pude ver un ceño fruncido y sus ojos juzgándome a través de las gafas de sol. Una garganta que subía y bajaba, con muchas cosas que decir atascadas dentro. Había perdido a su marido y a su hijo en el ataque. Se dirigían hacia una tienda de chucherías cuando explotó la bomba, mientras ella miraba prendas en una tienda de ropa. No podía ni sospechar que la próxima vez que los vería sería en la sala donde habían juntado los pedazos.
¿Qué podía decirle yo? ¿Por qué habían tenido que morir? ¿Por mí?
Al principio solo sentí un nudo en la garganta que me impidió seguir con el pésame protocolario. Luego no pude evitar que unas lágrimas comenzaran a asomar.
Finalmente, posé mis manos sobre los hombros de aquella mujer.
— Lo siento...Lo siento...Lo siento, lo siento tanto...No tenían que morir...No tenía por qué haber muerto nadie por mí...Si hubiera hecho algo que mereciera la pena...Si...Si hubiera sido un ejemplo a seguir...Na-Nada de esto habría pasado...No pagarían ustedes las consecuencias...S-Siempre que yo cometo un error son ustedes los que tienen que...que...Lo siento...Deberían eliminarme...Deberían dejarme morir todos...Así...Así vivirían tranquilos...
La viuda tenía todo el derecho del mundo a abofetearme, a gritarme. En lugar de eso, posó sus manos en mis mejillas. Un reguero de lágrimas resbalaba por los huecos de sus gafas. Y dejando fluir por fin las lágrimas me abrazó. Yo la estreché entre mis brazos con fuerza y lloré. Lloré como si ella fuera mi madre y aquellos a los que había enterrado fueran mi padre y mi hermano pequeño. Lloré con voz ronca porque esa gente que había muerto eran mis propios hijos.
Sentí un mar de manos tocándome. Acariciándome el pelo, posadas en mis hombros, frotando mi espalda. La señora que acompañaba a la mujer, gimoteando, nos abrazó a ambos. Alguien me rodeó con sus brazos y posó su cabeza sobre mi hombro. No oí una sola voz. Solo sentí el calor en mi cuerpo de los presentes.
Espero que ellos hubieran sentido el mío.
