El carruaje en el que iba Sakura se detuvo ante una casa en High Holborn, cerca de Chancery Lane.
El barrio parecía un lugar respetable y la casa estaba cuidada.
Inuzuka accionó la manilla de la puerta del carruaje, pero antes de que pudiera abrirla, le fue arrancada de los dedos y un par de manos firmes la atraparon.
Sakura se encontró de pie en la acera, ante su marido.
Los ojos de Sasuke estaban oscuros de furia, y comenzó a arrastrarla sin decir palabra.
Ella intentó resistirse.
—Espera. Debemos entrar.
—No, tú te vas a casa.
Había otro vehículo aparcado en la calle; éste era más lujoso.
Tenía las cortinillas echadas y un escudo de armas en la puerta.
—¿De quién es este carruaje?
—De Itachi. —Sasuke la arrastró hacia allí—. Su cochero te llevará de regreso a Belgrave Square, y me esperarás allí.
—¿Cómo una buena esposa? Sasuke, escúchame.
Sasuke abrió bruscamente la puerta, revelando un interior dorado tan opulento como la salita de un príncipe.
Sakura apoyó las manos en el lateral del coche.
—Si yo me voy a casa, tú te vienes conmigo.
Sasuke la alzó en brazos y la depositó sobre un asiento suave.
—No con el inspector Inuzuka aquí.
—No ha venido para arrestar a Itachi.
Sasuke cerró de golpe la puerta del carruaje, quedándose fuera, y Sakura se abalanzó hacia allí.
—Te lo prometo, no ha venido para arrestar a nadie, sino a investigar de nuevo la escena del crimen e interrogar a la señora Terumi. Me lo ha dicho.
La alta y corpulenta figura de Sasuke cubrió por completo el hueco de la ventanilla mientras apoyaba una mano en el marco.
Estaba a contraluz, por lo que ella no podía ver su cara ni el destello de sus ojos.
—¿Te lo ha dicho?
—Sí, hay muchos más sospechosos, ¿sabes? En especial la señora Terumi. El burdel es suyo y oportunidad no le faltó.
—La señora Terumi —repitió Sasuke.
Su voz no tenía inflexión alguna y ella no fue capaz de adivinar lo que pensaba.
Sakura abrió la puerta y comenzó a bajar.
—Debemos entrar.
Se dio de bruces contra el pecho de Sasuke, que la cogió por la parte superior de los brazos.
—No pienso permitir que entres en un burdel.
—Mi querido Sasuke, crecí rodeada de mujeres de la calle y prostitutas. No me dan miedo.
—Eso no importa.
—Sasuke. —Sakura intentó apartarle, pero hubiera sido más fácil mover un muro de ladrillo.
—Ve a casa, Sakura. Ya has hecho suficiente. —La empujó de nuevo dentro del carruaje—. Quédate ahí, por el amor de Dios.
Se escuchó un grito agudo y prolongado.
—Es Katie —jadeó Sakura.
Sasuke se fundió con las sombras.
Maldiciendo, Sakura se precipitó tras él.
Escuchó que su marido gritaba al cochero que la detuviera, pero éste estaba demasiado ocupado sujetando los caballos y no le dio tiempo a correr tras ella.
No había ninguna farola cerca de la casa.
Sakura traspasó el umbral de la puerta que Sasuke había dejado abierta.
Una vez dentro se detuvo, intentando adivinar hacia dónde habían ido los demás.
El vestíbulo estaba profusamente iluminado pero vacío.
Lo atravesó corriendo hasta llegar a otro recibidor revestido de elegantes paneles de madera oscura donde
encontró una escalera que conducía a las plantas superiores.
Sakura escuchó gritos arriba… Katie, Sasuke, Inuzuka.
Se sorprendió por el ruido.
Oyó los pasos amortiguados por la alfombra de una persona que corría por el piso superior y luego un portazo.
¿Estaría alguien intentando escapar del inspector?
Subió las escaleras lo más rápido que pudo y recorrió el pasillo hasta llegar a una puerta cerrada, al fondo.
La abrió y vio una escalera de servicio.
Alguien estaba bajando; alguien que huía.
—¡Sasuke ! —gritó—. ¡Inspector! ¡Ayuda!
Sus gritos quedaban ahogados por nuevos chillidos, hombres de voz
atronadora y mujeres gimiendo.
¡Maldita sea!
Se recogió las faldas y se lanzó escaleras abajo.
Sintió el frío aire nocturno en la cara cuando se abrió una puerta exterior.
Al llegar al pie de las escaleras, le dio tiempo de ver a una mujer de cabello castaño en mitad del patio.
Sakura apuró el paso.
El patio tenía una salida a la trasera de las casas donde se expulsaban las aguas fecales.
La mujer tanteaba en busca del picaporte cuando Sakura la atrapó.
La sujetó por las muñecas.
Su presa tenía las manos cubiertas de anillos.
La miró fijamente a la cara; ésa debía de ser la señora Terumi, la antigua amante de Itachi y dueña del burdel.
Tayuya le había dicho que rondaba los cincuenta años, pero todavía era una mujer muy hermosa.
Tenía el pelo castaño y se mantenía delgada.
Sus ojos castaños eran preciosos pero duros como ágatas.
—Está loca —siseó la señora Terumi—. ¿Por qué ha traído al inspector? Lo ha echado todo a perder.
—No permitiré que Sasuke pague por un asesinato que no cometió —jadeó Sakura.
—¿Cree que voy a hacerlo yo?
—¿De qué está habl…? —Sakura se interrumpió al ver que la luz de la casa se reflejaba en un cuchillo.
Lo vio bajar antes de poder apartarse.
Sasuke se irritó al enterarse de que Katie había gritado porque vio salir a Naruto precipitadamente de una de las habitaciones.
Estaba oscuro, Naruto era un hombre muy grande, tenía la cara marcada, y Katie se asustaba con facilidad.
Había demasiadas mujeres gritonas en la planta de arriba, cuyos alaridos se unieron a los de Katie y a los bramidos de Naruto hasta que un ruido ensordecedor resonó en
toda la casa.
Itachi y Naruto consiguieron por fin silenciarlos a todos, pero para
entonces a él le palpitaba la cabeza.
—Ahora ya estamos todos aquí —dijo el inspector Inuzuka de mal humor,
mirando fijamente a los tres Uchiha que tenía ante sí—. Al parecer su esposa tiene la teoría de que a Lily Martin y a Sally Tate las mató la señora Terumi para proteger al duque, aquí presente.
—¿Mei? —preguntó Itachi en tono de burla—. ¿De dónde sacó Sakura esa
idea?
—Lady Sakura interrogó a algunas prostitutas del East End que conocía —explicó Inuzuka —. En realidad debería tener más cuidado de con quién permite que se relacione su cuñada, Excelencia.
—Sakura es muy igualitaria —explicó Itachi secamente.
—¿Qué fue lo que le dijo Sakura? —les interrumpió Sasuke.
Si ella tenía razón… No, si pudieran convencer a Inuzuka de que Sakura tenía razón, el inspector alejaría su
atención de Itachi.
—Al parecer le explicaron que la devoción que Mei Terumi siente por Itachi Uchiha es tan fuerte como para matar por él.
—Eso es ridículo —aseguró Itachi—. Habría tenido cientos de oportunidades de matar a Sally cuando no había nadie en la casa. No tenía que hacerlo cuando pudieran acusar a Sasuke.
—¿No? —le interrumpió Naruto, con una mirada severa—. Ella te ama, Itachi. ¿Por qué no conseguir que culparan a Sasuke y consolarte cuando le perdieras?
—Entonces, ¿por qué me habría ayudado a…? —le lanzó a Inuzuka una mirada penetrante.
Inuzuka se balanceó sobre los talones.
—Oh, sé de sobra lo que ha hecho, Excelencia. Mandó a su hermano a Escocia para que no le pudiera interrogar. Podía hablar de más, ¿verdad?
—¿Por qué no traemos aquí a la señora Terumi y le preguntamos directamente? —sugirió Naruto—. Si alguien está al tanto de todo lo que ocurre en esta casa es ella.
—Es una mujer dura —intervino Inuzuka—. Ya lo he intentado. Es tan difícil conseguir que hable como acceder a sus hermanos Itachi y Sasuke, cómplices en el crimen.
Naruto se acercó a él de manera amenazadora.
—Nadie le ha enseñado que hay que mostrar cierto respeto, ¿verdad?
—¡Alto! —Sasuke cerró los puños y se interpuso entre ellos—. Naruto, tienes razón. Itachi, ve a buscar a la señora Terumi. Si no fuiste tú quien asesinó a Sally Tate, tuvo que ser ella.
—¿O fue usted, milord? —interrogó
Inuzuka a Sasuke con los ojos brillantes.
—Yo no quise en ningún momento matar a Sally. Tuve que alejarme por lo furioso que me puso, pero no me hubiera importado sobornarla, enviarla a Australia o a cualquier otro sitio. —Sasuke miró a Itachi—. Si lo hizo la señora Terumi, tiene que
confesarlo. Ya nos ha causado demasiado dolor.
—Mei no está aquí. —La voz de Itachi rezumaba frialdad.
—Qué conveniente —se burló Inuzuka—. ¿Qué está haciendo a estas horas de la noche? ¿Ha salido de compras?
El duque se encogió de hombros provocando que la incontenible furia de Sasuke creciera todavía más.
Durante todos esos años él había temido que encarcelaran a
Itachi por asesinato; al querido hermano que le liberó de su prisión.
Se había esforzado por engañar a Inuzuka con pistas falsas, impidiendo que hablara con la única testigo que podría culparle.
Y durante todos esos años, su hermano había pensado que él estaba lo suficientemente loco como para haber apuñalado a Sally en uno de sus ataques.
La señora Terumi era la única persona que podría exculparlos a
los dos, y ahora él la protegía.
Itachi mentía.
La señora Terumi estaba todavía en algún lugar de la casa.
Y Sakura estaba fuera.
Sakura se retorció, intentando mantenerse alejada de la señora Terumi sin soltarla, pero el filo del cuchillo resbaló por el corsé y la hirió en el costado, justo encima de la
cadera.
El dolor fue intenso y rápido, y la hizo contener el aliento.
Clavó los dedos en las muñecas de la otra mujer y esperó.
—Suélteme, zorra, o la mato. —Sakura intentó gritar, pero se le aflojaron las piernas al atacarla una repentina debilidad—. No se muera, pequeña estúpida —siseó la señora Terumi en su oreja.
Sakura notó que la otra mujer la arrastraba por el portón y se vio envuelta por el hedor del estrecho pasaje.
El pánico hizo que se le acelerara el corazón.
La señora Terumi era peligrosa,
pero Sakura sólo había pensado en la mejor manera de exonerar a Sasuke.
—Será una rehén estupenda —decía la mujer con frialdad—. Itachi me ha dicho que Sasuke adora a su esposa.
Imagino que hará cualquier cosa por recuperarla, incluyendo ayudarme a escapar de Inglaterra.
La señora Terumi era demasiado fuerte y Sakura no podía luchar contra ella.
La arrastró por el callejón hasta llegar a otra calle; si no se había desorientado, se trataba de Chancery Lane.
Pero estaba todo tan oscuro que no estaba segura.
Sentía las manos muy frías.
Escuchó que la señora Terumi se reía, un sonido fuerte, casi ebrio.
Pero aquella mujer no había estado bebiendo, ¿verdad?
A Sakura le daba vueltas la cabeza cuando vio que se detenía delante de ellas un carruaje; la amante de Itachi la obligó a subir en él.
—A Bethnal Green, cariño —le indicó al cochero, todavía riéndose—. No te
preocupes, puedo pagar. De prisa. Tengo que llevar a mi hermana a casa.
Sakura cayó sobre el asiento y la señora Terumi las cubrió a ambas con una manta.
La tela olía a polvo, sudor y humedad.
Sakura tosió y, al instante, gimió de dolor.
—Nos encontrarán —dijo Sakura con voz ronca—. En cuanto descubran que he desaparecido, comenzarán a buscarme.
—Ya lo sé —aseguró la señora Terumi —. Tranquila, después se sentirá mejor.
Eso era lo que le decía un tiburón a un pez que estuviera a punto de engullir.
La señora Terumi apretó los labios a partir de ese instante, negándose a comentar nada más.
Sakura cerró los ojos pero fue consciente de que el vehículo comenzaba a traquetear.
Se preguntó si aquella herida la mataría con rapidez.
—Necesito un médico —gimió.
—Ya le he dicho que después se sentirá mejor.
Sakura apretó la mano contra el costado y se dejó ir.
Tenía náuseas y notaba las
piernas entumecidas, estaba helada pero el sudor le perlaba la frente.
El carruaje se detuvo por fin.
El cochero dijo algo a la señora Terumi con voz profunda y se escuchó el tintineo de unas monedas.
Sakura estuvo a punto de caerse,
pero la mujer la sujetó y la condujo calle abajo rodeándole la cintura con un brazo.
—Odio ver borrachas a dos mujeres hermosas —escuchó que decía el
conductor.
La señora Terumi se rio alocadamente, pero se alejó con Sakura hasta la esquina.
Había luces en algunas ventanas, pero no había farolas en los barrios bajos.
Los edificios de ladrillo se habían teñido de negro por el humo del carbón y la suciedad.
Las calles y las pocas personas con las que se cruzaron estaban cubiertas de mugre.
Se toparon con algunos borrachos y con gente que se apresuraba, espantada, hacia el refugio más cercano.
La amante de Itachi la arrastró por diferentes callejones que se retorcían en un sinuoso trazado laberíntico.
Sakura se dio cuenta de que la señora Terumi estaba tratando de desorientarla, pero ella conocía Bethnal Green como la palma de su
mano.
Había crecido allí, era donde había luchado por su vida y donde, en una
ocasión, había sido feliz.
—¿Dónde estamos? —jadeó, fingiendo confusión—. ¿Adónde vamos?
—A casa de mi hermana. Deje de hacer preguntas.
—Itachi conocerá a su hermana, sabrá donde vive, ¿verdad? Sé que no me va a curar cuando lleguemos. Me matará. Y ella le ayudará.
Los dedos de la mujer eran como tenazas.
—No puedo correr el riesgo de liberarla hasta que esté lejos. Enviaré una confesión explicando lo que hice una vez me encuentre a salvo, en ella les diré donde está.
—No la creo —sollozó Sakura, intentando que su voz sonara lo más dramática posible—. Dejará que acusen a Sasuke de un crimen que no cometió.
—Es a Itachi al que intento salvar, pequeña estúpida, y no me importa a quién cuelguen en su lugar. Itachi es lo único que me importa.
Una vez más apretó los labios y arrastró consigo a una tambaleante Sakura.
Su mayor temor era que la señora Terumi la dejara tirada en la calle, herida y sola.
Sakura sabía de sobra que los habitantes de esa parte de Londres robarían a cualquiera en un minuto y que luego le abandonarían a su suerte.
Quizá la encontrara algún alma caritativa que llamara a un oficial de policía, pero sería demasiado tarde.
—Por favor —intentó de nuevo—. Lléveme a la… a la iglesia. Déjeme allí y huya. No sabré adónde ha ido.
La señora Terumi gruñó por lo bajo.
—No sé por qué los Uchiha se atan a unas mujeres tan pusilánimes. A Itachi le destrozó la vida esa horrible criatura insustancial con la que se casó; la muy estúpida tuvo que morirse y dejarle sumido en los remordimientos. Y la zorra que le
dejó plantado antes no era mejor; le rompió el corazón. Las odio por hacerle eso a mi pobre muchacho. —Su voz estaba llena de furia cuando volvió a tirar del brazo de Sakura.
Sakura entendió entonces lo que le había dicho Tayuya.
Esa mujer era capaz de cualquier cosa por el hombre al que amaba.
Asesinar, mentir e, incluso, ir a la horca por él.
Pero Sakura sólo necesitaba que cargara con ella unas calles más.
—Ahí hay una iglesia. —Sakura se dejó caer pesadamente sobre la señora Terumi, señalando el ladrillo gris de la que había sido la parroquia de Thomas—. Lléveme ahí. Por favor, no me deje sola en este infierno. Me volvería loca, lo sé.
La señora Terumi murmuró algo por lo bajo y la arrastró hacia la iglesia.
Pero no se acercó a la puerta principal, sino que la empujó por un estrecho callejón.
El pequeño cementerio estaba ubicado en la parte trasera, escondido entre las paredes de los edificios y la propia iglesia.
Cuando Sakura vivía allí, la puerta de atrás de la capilla siempre permanecía abierta porque a Thomas le gustaba ir de la vicaría a la
sacristía a través del camposanto y siempre se olvidaba la llave.
La señora Terumi cerró la mano en torno al picaporte y abrió la puerta.
Empujó a Sakura por el estrecho pasaje que conducía a la sacristía.
Familiares olores a velas, polvo, libros y telas la rodearon, inundándola de
recuerdos de cuando era la esposa del vicario.
Habían sido días de paz y tranquilidad, en los que un ciclo litúrgico daba paso al siguiente como las perlas de un collar.
Advenimiento, Navidad, Epifanía, Pascua, Pentecostés… Sabía lo que tenía que leer en cada ocasión, qué comer y qué vestir; las flores que debía poner en la iglesia y los colores del altar.
Levantarse al amanecer en Pascua, acostarse tarde en Nochebuena.
No comer carne en Cuaresma, festejar el martes de Carnaval.
Rezar por la mañana, por la noche y durante el servicio de los domingos.
No había suficiente dinero para un órgano, así que Thomas tocaba la flauta y la congregación cantaba alegremente himnos que salían del corazón.
Oh, Dios Todopoderoso ayúdanos a envejecer,
Sé nuestra esperanza en los años venideros,
Nuestro refugio en la tormenta,
Nuestra casa eterna.
Sakura casi podía escuchar el ritmo constante de la lenta letanía, el cascado gorjeo de la señora Whetherby en la primera fila.
La iglesia estaba vacía.
Las paredes encaladas se veían igual que antes, lo mismo que el púlpito situado a la derecha del altar.
Sakura se preguntó si los goznes de
la puertecilla del púlpito todavía rechinarían como cuando Thomas la abría para subir la pequeña escalera.
Él la llamaba «el triunfo del destino».
Cuando Sakura sugirió aceitar los goznes, Thomas le respondió que si lo hacían no habría nada que despertara a sus feligreses después del sermón.
Ahora escucharían los sermones del viejo vicario.
Todos los rincones de la pequeña iglesia le hablaban de Thomas y de su antigua vida, de la felicidad que había encontrado allí.
Pero aquello había sido hacía mucho tiempo y ya no era posible escuchar la voz del que había sido su marido.
Ahora, ella estaba herida y sola, y temía no volver a ver jamás a Sasuke, el hombre al que ahora amaba con todo su corazón.
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
