CAPÍTULO 35

Gilda había sido contratada originariamente como doncella personal de Karen y ahora ofreció a la nueva señora sus servicios para peinarla artísticamente hacia arriba con motivo de la fiesta de esa noche. El resultado era visible hasta con el vestido de viuda que ella se puso temporariamente para supervisar los preparativos de última hora.

Una de esas tareas fue el baño de Mindy. La niña asistiría a la fiesta unos momentos, por lo menos los suficientes para probar las apetitosas especialidades preparadas por Martha y conocer a algunos de los invitados cuando llegaran. La niña aguardó nerviosa a que Candy terminara de vestirla y repetidamente inspeccionó el cuello de encaje de su nuevo vestido de terciopelo azul. Después descendió la escalera con el aire de una dama y esperó en el vestíbulo, donde habían trasladado el sofá del salón para dejar espacio para bailar. Allí se preparó para conocer a los primeros en llegar.

Candy volvió a subir y cuando estaba cerca de su habitación tuvo una vez más la sensación de que la observaban. Esta vez supo que no era Mindy. Cuando llegó a la puerta de su cuarto, se volvió a medias y miró el pasillo iluminado. Entonces notó que la puerta de la suite de Karrn estaba apenas entreabierta. Curiosa, se acercó y abrió completamente la puerta. La habitación estaba a oscuras y ningún movimiento indicaba la presencia de alguien.

—¿Albert? ¿Albert, estás ahí?

No obtuvo respuesta. Tomó una lámpara de un soporte del pasillo y entró. Recorrió con los ojos la habitación y cuando su mirada se posó sobre la cama, una exclamación escapó de su garganta.

Sobre el cubrecama de satén dorado había un vestido de baile de color rojo sangre, de la clase que hubiera usado Karen.

Candy sintió un escalofrío. Casi esperó que su prima apareciera en un rincón oscuro y tomara el vestido para ponérselo, mientras reía de la burla de la que había hecho víctima a la confiada «Candy». Una broma al tonto de «Can».

Candy trató de dominar esos temores. Alguien en la casa estaba jugándole una mala pasada.

La lámpara emitió una débil aura de luz cuando Candy la levanto más. El escritorio de Karen estaba abierto. Candy recordó que estaba cerrado cuando ella entró en la habitación la vez anterior.

Sobre el mismo había un diario abierto, debajo de una pluma de escribir que todavía goteaba tinta. Candy se acercó y reconoció la elaborada letra de Karen. Con manos temblorosas, dejó la lámpara sobre el escritorio y levantó el diario para leer la última página de las memorias de la muerta.

«Lo veo en los ojos de Albert. El está de pie junto a la cama y sabe lo que hice, sabe que pronto me iré de este mundo. Finge que me ayuda pero sé que está ansioso de volver junto a ella, esa pequeña vagabunda de mi prima. Sé que volverá a ella cuando yo muera. Oh, ¿por qué me dejé usar en esta forma?"

El corazón de Candy empezó a latir aceleradamente. Volvió las páginas hasta que el nombre de su marido le llamó otra vez la atención.

«Ojalá Albert me hubiera visto hoy tendida con ese patán maloliente y fingiendo que me estremecía de pasión cuando él me poseía. Como los odio a los dos, a Albert por sus libidinosos deseos de Candy, por burlarse de mí, y a este tonto a quien maté con benevolencia…"

Candy volvió varias páginas y su mirada desconcertada recorrió la escritura.

«Sé muy bien qué debo hacer. Albert quedaría desconcertado si supiera lo que yo sé. No ha intentado venir a mí desde que se enteró de que Candy era la ramera que compartió una cama con él aquella noche. Pero no le daré el placer de enterarse de mi estado. Me han dicho que en el pueblo hay una mujer que puede ayudarme a deshacerme de esta cosa. No debo demorarme.»

Las páginas pasaban entre los dedos de Candy y sus ojos buscaban con una ansiedad estimulada por lo que leía.

«Ese tonto sucio creyó que me tenía en sus manos porque me sorprendió ocultando mi tesoro, pero mi secreto está otra vez a salvo, bien escondido de ojos indiscretos y de estúpidos como él. ¡Ahora es mío y me iré de aquí convertida en una mujer rica!»

Candy no sabía cuánto tiempo llevaba leyendo fragmentos del diario, pero de pronto sintió que Albert la llamaba. Del vestíbulo del piso bajo llegaban voces y risas. Candy comprendió que la fiesta había comenzado sin ella y que Albert estaba buscándola.

Se metió el libro bajo el brazo, tomó la lámpara y regresó a su habitación. Allí encontró a Albert.

—¿Dónde has estado?

—Albert, mira esto… — empezó, tendiéndole el diario.

—No hay tiempo, Candy. — Tomó el diario y lo arrojó sobre la cama. — La mitad de los invitados ya están aquí y amenazan con destrozar la casa si no apareces enseguida.

—Pero el libro es importante — insistió ella — ¡Es el diario de Karen!

—Perdóname, pero no estoy interesado en leer lo que ella pudo escribir. Por lo menos la mitad de los invitados ha jurado que destrozarán la casa piedra por piedra si no regreso de inmediato contigo.

—Realmente, Albert — dijo ella —, exageras.

—¡No conoces a mis invitados! Ya han terminado los vinos que fueron subidos del sótano y han empezado a entrar en la despensa por más. — La arrastró a través de la habitación y se detuvo delante del armario. Revisó con impaciencia los vestidos de ella. — Tiene que haber algo mejor — gruñó—. No me importa el color o el diseño, pero esta noche debes ataviarte como corresponde a una Andrew.

—Señor — replicó ella con altanería —, me vestiré como corresponde a una White.

—¡Una White! — respondió él sin pensarlo mucho—. ¡Pariente de alguno de esos malditos clanes irlandeses, supongo!

—¡Nada de eso, señor! — Candy pronunció la "r" en una forma que hubiera puesto orgulloso a su padre. — ¡Nada que ver con esos irlandeses de la llanura! ¡Pariente de escoceses de las tierras altas!

—¡Pobres y miserables por el aspecto de estos andrajos negros! — Tocó el cuello del vestido que ella llevaba.

—¡Harapos negros! — exclamó ella con incredulidad—. ¡Es un buen vestido y me ha servido mucho! ¡Y si se me da la gana, me servirá para recibir a estos yanquis salvajes que son tus invitados!

Albert la miró con furia.

—Y lo harías sólo para humillarme ante mis amigos. — La expresión desafiante de ella no presagiaba nada bueno. — Bien, nos ocuparemos de eso.

Antes que Candy pudiera apartarse, él le desgarró el vestido, y todo lo que ella llevaba debajo, hasta la cintura. Candy retrocedió. Levantó la mirada apenas lo suficiente para ver el chaleco de él, sus ojos relampaguearon con malicia por una fracción de segundo y en seguida ella se volvió toda suavidad y se acercó contrita a él.

—¿Albert? — murmuró dulcemente y le sonrió. Le puso una mano en el pecho.

Ahora, cuando Candy White Andrew se volvía dulce y gentil, Albert había aprendido a tener cuidado. Trató de prepararse para cualquier cosa, pero no conocía las intenciones de ella. Candy empezó lentamente a desabrocharle los botones del chaleco.

—Estaba… preguntándome — dijo tímidamente cuando llegó al último botón — si te gustaría — sonrió dulcemente — que tus ropas fueran desgarradas.

Con un rápido movimiento hizo que los botones de la camisa de Albert volaran en todas direcciones. Satisfecha, miró el pecho desnudo de su marido y dio un paso atrás. Albert eligió prudentemente la retirada y se encaminó al cuarto de baño, pero su esposa se le adelantó.

—Usa la otra puerta, por favor — ordenó ella secamente—. Voy a terminar mi tocado.

Albert murmuró una maldición y salió al pasillo, pero inmediatamente deseó no haberlo hecho, porque Patricia estaba en la cima de la escalera conversando con Miles. La mujer, atónita, abrió asombrada la boca cuando vio a Albert. Miles se volvió lentamente y también lo vio. Albert saludó brevemente con la cabeza, abrió la puerta y entró en su habitación.

Momentos después, con una camisa nueva, estaba entre sus huéspedes, renovando amistades que había descuidado durante mucho tiempo. Mientras aguardaba a su esposa, notó que cada vez que se volvía, Patricia estaba observándolo, pero que apartaba rápidamente la vista cuando él la miraba.

Sólo había consultado tres veces su reloj de bolsillo cuando de pronto la habitación quedó silenciosa y los huéspedes abrieron un camino hacia la entrada del salón. Candy estaba en la puerta abierta por la que apenas pasaba su amplia falda. Habían circulado rumores en la región sobre la nueva esposa de Andrew, pero nada había preparado a los invitados para esta aparición.

Albert sintió el peso de la belleza de su mujer y si algo de irritación por la demora le quedaba,, desapareció no bien la vio. Con enorme satisfacción, vio que ella lucía uno de los vestidos que él le había comprado, una deslumbrante creación de tafetán rosado que dejaba los hombros desnudos. Ella lo miró y fue como si toda la estancia se iluminara con la radiante sonrisa que le dirigió. Albert se volvió hacia sus invitados.

—Damas y caballeros — anunció con voz clara y alta—. Mi esposa Candy.

Inmediatamente un zumbido de voces rompió el silencio y los invitados se adelantaron para saludar y expresar buenos deseos a la pareja dueña de la casa.

En medio de tantas caras Candy vio a Braegar y casi estalló en carcajadas al notar la mirada libidinosa que él le dirigió. Rebel, que estaba junto a Braegar, le tiró malhumorada de la manga y lanzó a Candy una mirada asesina.

—Candy, creo que éste es nuestro baile — anunció Albert e hizo a los músicos una seña para que empezaran—. No temas, creo que puedo arreglármelas bien con los pasos lentos.

Ella enrojeció levemente.

—Es que nunca pensé que bailarías — dijo.

—Podré no ser el más agraciado de tus admiradores, amor mío, pero debo ser el más decidido — dijo él. Empezaron a bailar.

—Yo diría que bailas mejor que la mayoría — dijo ella con sinceridad. Por cierto, él bailaba el vals con un paso seguro que para nada traicionaba su lesión. — ¿Estoy a la altura de una Andrew, señor mío?

—Señora, me temo que no. — Albert la hizo girar vertiginosamente, se hizo atrás, le sonrió y añadió: — Usted las ha superado tanto que temo que no podrán alcanzarla por lo menos en un millar de años.

—¿Y estoy a la altura de su gusto, señor?

El calor de la mirada que él le dirigió dio peso a sus palabras.

— Cuando estemos solos, amor mío, te demostraré prestamente el ardor que has despertado.

—¿Y qué hay de lo convenido? — le recordó ella con gentileza.

—¡Al demonio con eso! — Bajó la voz cuando varios lo miraron con curiosidad. — Tengo en la mente un convenio mucho mejor, mucho más de acuerdo con la idea del matrimonio.

Algo cautivó el corazón de Candy, una tibia esperanza de que todo andaría bien entre ellos y que podrían disfrutar plenamente uno del otro. Sin embargo, murmuró en tono vacilante:

—Tendremos que discutir esto.

—Tienes razón, desde luego. Pero en un lugar más íntimo.

—¿Mi dormitorio?

—Quizá. O el mío.

—¿Más tarde?

—Por más que deseo otra cosa, tendrá que ser así.

Candy levantó la mano que tenía apoyada en el hombro izquierdo de Albert y pocos notaron que empezó a acariciarle suavemente la nuca.

—¿No estás en lo más mínimo interesado en el libro que encontré esta tarde?

—¿El diario de Karen? — Arqueó una ceja. — ¿Debería interesarme?

—Es un relato muy personal de sus pensamientos.

—Entonces, creo que no me interesa conocerlos — dijo él desdeñosamente.

Candy lo miró a la cara.

—Karen declaró una vez que nunca tendría un hijo y de lo que pude deducir de sus escritos, trató de hacer algo acerca de su estado… y que tú supieras lo que había hecho.

—Me enteré de lo que había hecho después que ella fue a esa carnicera — admitió él—. Traté de hacer lo posible para salvarla pero la fiebre la abatió.

—Tío Angus te culpa de su muerte.

—Eso imaginé.

—Me culpa a mí por haberte llevado a su casa.

De pronto Albert sonrió.

—Creo que hubiera debido llevarte a ti a vivir conmigo la primera vez que te vi. Lo primero que hubiese hecho habría sido darte un baño y entonces tu secreto habría quedado al descubierto.

—Probablemente yo te habría disparado en una pierna — dijo ella con una risita — o te hubiese hecho una cosa peor. Entonces sentía una profunda aversión por los yanquis.

—¿Y ahora?

—Puedo soportarlos un poco — sonrió Candy.

Para Mindy, el cielo empezó en el momento en que el dueño de casa la invitó a bailar. Bajo la guía de tío Albert en seguida captó el ritmo y bailó con gracia natural. La jovencita estaba radiante y por lo menos por unos momentos Albert apartó su atención de Candy mientras ella giraba por el salón en brazos de otro hombre.

—Señorita Mindy, ¿ha pensado que usted es la beldad del baile?—preguntó Albert con galantería y sonrió a la cara radiante de la niña.

Le respondió una rápida negativa de la cabeza y un movimiento en dirección a Candy, Albert tuvo que estar de acuerdo con la niña. Candy era como una mariposa deslumbrante que fascinaba con sólo mirarla.

Momentos después Candy quiso escapar de las atenciones de los hombres que no le daban un momento de descanso. Buscó a Albert pero no lo encontró, de modo que fue al estudio con la esperanza de verlo allí. Pero encontró la habitación vacía, iluminada solamente por las llamas del fuego encendido en el hogar. Con un suspiro de agotamiento, se dejó caer en un gran sillón de orejeras y apoyó los pies en un escabel. Pensó que hacer de anfitriona no era una tarea muy agradable. Había que mostrarse amable con todos y soportar graciosamente los pisotones de los torpes bailarines. No le importaba lo que había pensado Karen, ciertamente, ser la gran dama del baile era más fatigoso que estar en términos íntimos con un marido, especialmente si ese marido era Albert. La puerta crujió levemente al abrirse y Candy esperó oír el sonido de los pasos irregulares de Albert. Pero las fuertes pisadas que oyó no eran de Albert, y se sintió decepcionada.

Braegar Darvey se detuvo frente al hogar sin advertir la presencia de Candy y miró pensativo las llamas mientras bebía su brandy.

—Se lo ve muy pensativo, señor — murmuró ella.

Braegar se volvió sorprendido y soltó una risita.

—Debí de estarlo para no haber visto a una belleza como usted sentada aquí.

—¿Hay algo que le preocupa, señor?

—Sí, muchacha — admitió él—. Pero usted es la esposa de Albert y fue prima de Karen, y creo mejor no ventilar mis problemas. No me gusta hablar mal de los difuntos.

—Primas o no, me temo que Karen y yo no fuimos amigas.

—Ella la odiaba a usted, lo sé. — Braegar asintió con la cabeza. — Cada vez que era pronunciado el nombre de Can se ponía furiosa. Especialmente si salía de labios de Albert.

Candy dirigió su mirada al fuego.

— Supongo que tenía motivos.

—¿Sí? — El tono de Braegar reveló dudas. — Las he conocido a ambas y diría que la culpa fue de Karen. — La miró con intensidad hasta que ella lo miró a los ojos. — ¿Usted sabe lo perra que era esa mujer?

—Si usted piensa sorprenderme acerca de ella, creo que no lo logrará.

Braegar bebió un sorbo de brandy y empezó a pasearse frente al hogar.

—El primer día que nos vimos le hizo entender a Patricia que no tenía que dejarse ver cerca de Albert, en público o en privado.

Candy sonrió.

—Una amenaza común de Karen, sin duda.

—Hasta llegó a decirle a mi madre que no había nada en Albert que exigiera sus atenciones y que ella, me refiero a Karen, podía encargarse de todo lo que necesitara atención. No podía soportar mi amistad con Albert. Vaya, hasta tuvo el descaro de tratar de llevarme a la cama. Oh, no porque ella lo deseara, entiéndame. Sólo quiso herir a Albert y decirle que su mejor amigo lo había convertido en cornudo. Eso fue todo, puedo jurarlo. Sé que en varias ocasiones le dijo a Albert que yo había tratado de… hum…

Era gracioso ver al enorme irlandés quedarse sin palabras. Si el tema hubiera sido menos serio, Candy hasta podría haber sonreído.

—Quiero decir que… Hasta vino a mi consultorio en Saint Cloud y una vez a solas conmigo empezó a quitarse la ropa mientras insistía en que le hiciera un examen a fondo. Me temo que yo me enfadé y la despaché con un firme sermón acerca de las virtudes de una buena esposa. No volví a ver a ninguno de los dos por un tiempo. Después, poco antes de su muerte, me crucé con Albert en el pueblo y él se negó a hablarme. Luego empezó a actuar como hace ahora cuando yo estoy cerca. ¡No sé! ¡Simplemente no lo sé!

Apoyó un codo en la repisa del hogar, se rascó la frente, soltó un profundo suspiro y continuó:

—Tiene que ser algo que ella le dijo… y tengo que encontrar alguna forma de aclarar las cosas.

—Braegar — murmuró suavemente Candy—. Hay tres cosas que los irlandeses hacen bien. Beber, hablar y preocuparse. Hasta ahora no me ha decepcionado en ninguna.

El la miró un momento boquiabierto.

—Ah, querida Candy, usted tiene una forma especial de tocar el corazón de un hombre.

Candy se puso de pie y le dirigió una sonrisa.

—Karen era muy extraña. Exigía amor de todo el mundo, pero su definición del amor era una obediencia ciega. Se hubiera sentido muy a gusto en algún reino lejano desprovisto de mujeres y rodeada de jóvenes caballeros de brillante armadura dispuestos a dar batalla por ella, pero nunca a poseerla. Le gustaba representar el papel de gran dama, pero los actos privados entre hombre y mujer le resultaban aburridos y desagradables y sólo se sometía a ellos cuando podía de ese modo elevar su pedestal. Su tormento, quizá, era que debía representar el papel de esposa pero no podía disfrutarlo.

Braegar dejó su copa y aplaudió brevemente.

—Ah, señora, usted ha tranquilizado enormemente mi corazón y desmentido el rumor más maligno de la historia.

Candy mordió el cebo como una trucha hambrienta.

—¿A qué rumor se refiere, señor?

—Vaya, señora — repuso él con una mirada llena de picardía—. El que dice que una muchacha escocesa no puede ser nada más que una tonta. — Cuando ella abrió la boca indignada, él se apresuró a continuar: — Por supuesto, debió de ser una mentira echada a rodar por alguna inglesa celosa, porque como cualquiera puede ver, usted tiene una buena cabeza sobre los hombros y un corazón lleno de compasión y comprensión. — Le tomó la mano, se inclinó levemente y se irguió con una amplia sonrisa en el rostro.

—¡Me alegra que admires tanto mi gusto en mujeres!

Se volvieron al oír la voz de Albert. Desde la puerta, el movimiento de ellos pudo haber parecido furtivo, casi culpable. Muchas copas de brandy no habían logrado calmar el dolor de la pierna de Albert, pero sí habían embotado su juicio.

Albert dio un portazo al entrar, apoyó ambas manos en el mango de su bastón y les dirigió una mirada llena de rencor.

—Compartiré mi brandy y compartiré mis caballos, señor, pero no compartiré a mi esposa.

—¡Albert Andrew! — Candy se plantó frente a él con los brazos en jarra y las mejillas encendidas por la indignación—. ¡Cómo puedes ser tan grosero! ¡No tienes motivos para acusarnos a ninguno de los dos!

Braegar se acercó y Albert lo miró con evidente malhumor.

—He aceptado muchas cosas de ti por amistad, Albert, y me ha costado un gran esfuerzo de carácter. Si tienes alguna queja, ventílala ahora o…

—¡Amistad! — exclamó Albert—. ¡Amistad! ¡Me han hecho cornudo en mi propia casa y tú dices que has soportado mucho en nombre de la amistad!

—¿Cornudo? — Braegar lo miró sorprendido, no menos atónito que Candy. — Hombre, creo que el dolor ha terminado por alterarte la mente. ¿Cornudo? ¿Tú crees que… yo? Estás loco o borracho, pero de cualquiera de las dos formas, eres un completo tonto. ¡Hace diez años te hubiera invitado a salir fuera de la casa por una cosa así!

Albert lo tomó de una manga.

—¿Hace diez años? ¿Y qué te detiene ahora, estúpido irlandés? ¿No tienes coraje ni siquiera para pelear con un lisiado?

—¡Albert! — exclamó Candy, horrorizada.

Braegar se puso de color escarlata y su ceño se acentuó.

—Sí — continuó Albert —, conozco a las pestes como tú que parlotean con afectación, pero que cuando se ven frente a una raza más severa huyen con la cola entre las piernas.

Braegar volvió la cabeza con tanta fuerza que el pelo le cayó sobre la frente.

—¿Quién parlotea, señor? — preguntó con desdén—. ¿Nosotros, las gentes sencillas de los clanes irlandeses? ¿O los de la estrecha, pálida raza alemana que venden sus espadas al mejor postor y sirven a un rey extranjero y después dicen que eso es honor?

—Yo serví a la Unión cuando me llamaron — replicó Albert—. No pagué a nadie para que sangrara por mí.

—Ya veo. — Braegar miró a Albert. — Y tienes un pretexto para insultar a la gente mientras tu luces tu cojera y tu bastón como una gran condecoración enjoyada.

Candy los miró llena de temor. Estaban frente a frente con expresiones salvajes en la cara, casi tocándose las narices.

—Cambiaría el fragmento de proyectil y la cicatriz por una noche de descanso y un día libre de dolores — gruñó Albert—. Pero en cuanto al bastón — lo lanzó hacia arriba y volvió a agarrarlo en su puño—. Diez años o no, fue hecho para romper el más duro cráneo con ceceo irlandés.

—¡Ceceo irlandés! ¡Hombre, has llegado demasiado lejos! — Braegar le arrebató el bastón y lo lanzó lejos. En el momento siguiente, Albert fue levantado por las solapas y apretado contra los estantes de libros.

—¡Braegar Darvey! — gritó Candy y se interpuso entre los dos—. ¡Suéltelo! ¡Suéltelo, le digo!

Darvey soltó a su anfitrión. Candy esperó hasta que hubo un espacio amplio entre los dos hombres y se volvió hacia Albert. Su corazón le dio un vuelco. El la miraba con una expresión llena de odio en su rostro enrojecido.

—No necesito de tus faldas para protegerme — dijo él desdeñosamente—. Aquí no hay lugar para los dos…

—¡Albert!

El bajó la mirada y vio una expresión de profundo desprecio en el rostro de su esposa. Recordó la última vez que había echado a Braegar de la casa y no se decidió a volver a hacerlo. En cambio, se inclinó burlonamente.

—Por lo tanto, me marcharé hasta que mejore el clima.

Levantó su bastón, tomó una botella llena del gabinete y salió de la habitación.

Los Darvey se marcharon temprano y cuando la fiesta terminó de madrugada, Candy permaneció sola en el vestíbulo para despedir a los invitados. Cuando subió a su habitación no oyó ningún sonido proveniente del cuarto de Albert. No encontró el diario de Karen donde había quedado cuando Albert no quiso leerlo, pero como la habitación había sido ordenada durante su ausencia, pensó que alguna de las sirvientas lo había guardado.

Se levantó con el sol y desayunó a solas. La puerta del estudio seguía entreabierta y la habitación estaba vacía. Así siguió durante todo el día. No había señales de Albert.

Llegó la noche y ella se preocupó, pero no encontró forma de aliviar su aflicción. Se acostó temprano, dejó una lámpara en el pasillo y otra en la habitación de Albert, ambas con la mecha baja.

Mucho más tarde fue despertada por un bajo gruñido de Soldado. Encendió la lámpara y vio que el reloj de la chimenea casi señalaba la medianoche. Después de un momento, Soldado se tranquilizó y volvió a dormirse. Bajó la mecha de la lámpara pero no la apagó. Apenas había vuelto a acostarse cuando Soldado levantó otra vez la cabeza e irguió las orejas, muy alerta. El perro fue hasta la puerta, estuvo allí un momento y regresó para echarse en su lugar habitual. ¡Fue demasiado!

Candy se levantó, se puso una bata abrigada, buscó la pequeña pistola y se la echó al bolsillo. Se puso las chinelas, llamó a Soldado, levantó bien alta la lámpara y salió al pasillo.

El corredor estaba desierto y en sombras y cuando recorrió las habitaciones Candy las encontró vacías. El dormitorio de Albert estaba tal como antes y la puerta de Karen se encontraba bien cerrada.

Mindy dormía profundamente en su propio cuarto.

Soldado trotaba al lado de Candy sin mostrar ningún interés. Fue esta actitud del perro lo que calmó sus temores cuando bajó la escalera. El perro se quedó en el vestíbulo cuando ella revisó el salón y el estudio y abrió después la puerta de vaivén que permitía el acceso a la cocina. Habían dejado encendida una lámpara con la mecha baja, según el hábito de Martha. El calor del enorme fogón daba al lugar una atmósfera confortable, doméstica. De todas las habitaciones de la casa, ésta parecía ser la más acogedora.

Candy dejó su lámpara sobre la mesa y regresó al comedor donde enderezó la silla de Albert que había quedado torcida. De pronto, sin motivo, empezaron a erizársele los pelos de la nuca. Miró hacia la puerta de la cocina. Seguía cerrada. Se volvió para marcharse y soltó una exclamación. Una mano voló a su garganta mientras la otra se hundió en el bolsillo de su bata para sacar la pistola. Una forma alta vestida de oscuro estaba en la puerta del vestíbulo con la mitad superior oculta en las sombras.

—¡Albert! — La palabra brotó de su garganta cuando lo reconoció. Se apoyó en la mesa, con las rodillas débiles por el alivio. Soltó la pistola y se llevó la mano a su palpitante corazón. El se adelantó y se apoyó en el marco de la puerta. Una copa de brandy se balanceaba peligrosamente en sus dedos flojos.

—¿Estabas buscando a alguien?

Candy trató de dar seguridad a su voz, pero advirtió que fracasaba cuando le respondió en un susurro.

—Soldado oyó algo… y me puse nerviosa. No sabía que estabas aquí abajo.

El señaló la habitación con la mano que sostenía la copa.

—Veo que no tienes ningún invitado.

—Nunca tuve ninguno. — Canfy levantó el mentón. — Todos fueron invitados tuyos. — Trató de verle el rostro en la sombra. — Supongo que, puesto que has regresado, has encontrado un clima más benigno en el lugar.

Albert miró por encima de su hombro y soltó un resoplido.

—Candy, me temo que tu presencia es el clima más benigno y más dulce que este lugar ha conocido jamás. — Se adelantó hasta que la luz le dio en el rostro; bajó la mirada hasta su copa. — Creo que debo dejar en claro que yo reprendí a ese tonto irlandés, no a ti. No quise sugerir que fueras otra cosa que una dama digna y honorable.

—Me temo que te falló la puntería — murmuró ella, sujetándose la bata con una mano—.He oído decir que la bebida y la cólera pueden convertir a un hombre en un tonto.

—Y seguramente, las dos cosas combinadas pueden volverlo un perfecto idiota — añadió él. Bebió de su copa, bajó humildemente la cabeza y dijo: — Me reconozco culpable, señora.

Ella señaló la puerta de la cocina.

—¿Te gustaría comer algo? Martha preparó pan fresco y hay jamón y también…

Albert meneó la cabeza.

—Cené con Olie.

Ella lo miró un momento con los ojos entrecerrados.

—¿Y dónde pasaste la noche?

El desvió la mirada como avergonzado, pero después de un largo silencio, suspiró y dijo:

—Con los caballos… en el establo.

Candy contuvo una sonrisa.

—¿Y allí encontraste una atmósfera más agradable?

Albert levantó una ceja.

—Puedo decir que encontré una conversación más amable de la que he oído últimamente. Pero no podría jurar que no había allí un asno irlandés o una yegua escocesa.

Candy, disgustada por la comparación, cerró apretadamente la bata sobre su pecho.

—Discúlpeme, señor mío. ¿Me da permiso para regresar a mi habitación? Aquí el aire se ha vuelto frío.

No esperó respuesta y se marchó con una última, significativa mirada.

CONTINUARA