CAPÍTULO 36

El carruaje tomó por un retorcido callejón al acercarse a la parte trasera de la tienda de la sombrerera, dejó la calle de tierra y se detuvo detrás de un grupo de abetos y pinos. Olie se apeó y abrió la portezuela.

Albert miró el sendero cubierto de una pérgola que llevaba al alojamiento particular de la propietaria. Después de un momento, se apeó. Olie cerró la portezuela y preguntó en voz baja:

—¿A la hora de costumbre, señor?

—¿Qué? — Albert lo miró Como si despertara de un sueño.

—¿Desea que pase a recogerlo a la hora habitual o se quedará a pasar la noche?

—¡No! — La respuesta de Albert fue tan súbita y cortante que Olie se sintió tan sobresaltado como desconcertado. Pero Olie no había imaginado que el doctor iría a visitar a su querida tan pronto después de su casamiento.

—Como de costumbre, supongo — Albert suspiró profundamente.

Olie subió a su asiento y un momento después el carruaje se alejó. Albert se acercó a la puerta trasera. No era por su cojera que arrastraba los pies. No le resultaba fácil abstenerse de hacerle el amor a Candy y esta mañana, mientras miraba a su esposa tan inocentemente sentada en la otra cabecera de la mesa, sintió la inmediata necesidad de desahogarse de lo que fermentaba en su interior. Fuera de imponerse a la fuerza, una sola alternativa parecía abierta ante él… Xanthia Morgan.

Levantó su bastón para llamar a la puerta, pero en seguida se detuvo cuando la imagen de Candy le llenó el cerebro cauterizando todos sus pensamientos. Cerró los ojos para saborear más plenamente la visión, pero la misma desapareció de inmediato. En ese momento se abrió la puerta y apareció Xanthia Morgan, de largas piernas y cabello rojizo, y excepcionalmente bien formada.

—¡Albert! — exclamó aliviada la mujer—. Vi tu sombra y pensé que podía ser un ladrón. — Levantó la mano y mostró una pequeña pistola de dos cañones que en seguida guardó entre los pliegues de su falda. — ¡Entra! ¡Santo Cielo, hace tanto tiempo que no vienes que pensé que no lo harías más! — Le tomó la mano y lo hizo entrar en la casa. Tomó su sombrero y sus guantes, los dejó sobre la mesa del vestíbulo y lo llevó al salón donde le sirvió una copa. — Siéntate, querido, y te ayudaré a quitarte las botas.

—No… quiero decir. — Vio la expresión preocupada en los ojos de ella y continuó tímidamente: — Dentro de un momento, Thia.

—Tu pierna está rígida otra vez — dijo ella—. No debería sorprenderme con la forma en que te mueves continuamente. Deberías quedarte quieto y ocuparte de ella o ver qué se puede hacer. — El se encogió de hombros y ella prefirió cambiar de tema. — ¿Cenarás conmigo? ¿Puedes quedarte a pasar la noche?

—Tendré que regresar temprano. — Vio la decepción en la cara de ella y bajó la vista hacia el ambarino lago de brandy de su copa.

— Olie está esperándome.

—Olie siempre está esperando, querido — le recordó ella calmosamente—. A veces creo que disfruta esas esperas en la taberna.

—Sin duda. — A falta de algo mejor que decir, Albert bebió un sorbo de brandy.

Xanthia le acarició la solapa y preguntó quedamente:

— ¿Arreglaste ese convenio que te preocupaba?

Albert la miró fugazmente.

—Fue realizado por poder antes que ella llegase aquí.

—Oí rumores, por supuesto — admitió Xanthia y se volvió para ocultar su desagrado—. Las murmuraciones nunca te perdonaron que te casaras con Karen, y las chismosas han estado cloqueando como gallinas sobre tu nueva esposa. Debes de tenerla bien escondida, porque las pocas que la han visto se jactan de ello ante las demás, y puedo decirte que a éstas las devora la curiosidad.

Xanthia esperó pero como él no hizo ningún esfuerzo por hablar del el tema, intentó otra vez.

—La señorita Beatrice me mostró algunos de los vestidos que encargaste para tu esposa. — El la miró fijamente y ella se apresuró a explicar: — Oh, querido, no tienes por qué preocuparte. La señorita Beatrice no sabe nada de nosotros. Yo sólo fui a su tienda para probarme un vestido y ella empezó a elogiar algunas de las cosas que tú habías encargado. — Xanthia hizo una pausa y después, en tono casual, agregó: — Pícaro taimado, debiste ablandar considerablemente su corazón con tan ricos regalos.

—Candy… es diferente — murmuró Albert.

—¿En qué sentido?

Su silencio fue una declaración elocuente. Xanthia sintió que no le convenía seguir preguntando acerca de su nueva esposa, esa Candy. Se incorporó para besarlo en los labios y le sorprendió la frialdad de la boca de él.

—¿Albert? — El la miró a los ojos y ella le acarició la oreja con una mano bien cuidada. — ¿Tengo demasiada competencia?

El suspiró y clavó la vista en el fuego crepitante.

—Ya expliqué sus términos y la razón por la cual me casaba con ella. Nada ha cambiado.

—Probablemente tú lo sabes mejor que nadie, Albert — murmuró Xanthia —. Pero a veces me pregunto si sabes algo. Dices que ella te salvó la vida y supongo que yo no tendría nada que temer si creyera realmente que tú estás haciendo todo esto por agradecimiento.

—No deseo hablar de ello, Thia.

Ella le acarició los nudillos.

—Termina tu bebida, querido. No tardaré.

Antes que pudiera detenerla ella se marchó. Albert comprendió que había cometido un error al ir. Esto había sido un refugio lejos de Karen, pero por alguna razón esa cualidad había desaparecido. Ya no era un lugar adonde escapar sino un lugar de engaño. De pronto era un mal lugar, un mal momento y una mujer inadecuada. Se sentía incómodo y deseó encontrarse en cualquier parte, pero no allí.

Dejó la copa y se dirigió al dormitorio. La puerta estaba abierta, la cama parecía invitarlo. Xanthia estaba sentada en un taburete delante de un amplio espejo, cepillándose su largo cabello. Cuando lo vio reflejado en el espejo, sonrió y empezó a desabrochar su corpiño.

—Thia… — Ella se detuvo y lo miró por el espejo. — Me marcho ahora.

Ella se volvió.

—Pero acabas de llegar.

—Lo sé — admitió él—. Fue una equivocación.

Las esperanzas de la mujer se derrumbaron, y con voz ronca, preguntó:

—¿Es algo acerca de lo cual quieres hablar?

—No.

—¿Volverás?

Albert la miró directamente a los ojos.

—No lo sé.

Xanthia lo miró un largo momento y luchó contra la humedad que de pronto le nubló la visión.

—Fue bueno de tu parte que vinieses a decírmelo, Albert — dijo lentamente—. Lo aprecio mucho. Si llegases a cambiar de idea siempre serás bienvenido.

El asintió con la cabeza.

—Fuiste una amiga cuando te necesité, Thia. Si alguna vez necesitas algo no vaciles en llamarme.

Ella se irguió e hizo lo posible por sonreír.

—Me temo que lo que más necesito ya lo tiene otra.

—Lo siento, Thia— se disculpó Albert—. Todavía no tengo bien clara esa situación.

Sacó una cartera de su chaqueta y metió un fajo de billetes en un jarrón que había junto a la puerta.

—Adiós, Thia.

Ella escuchó sus pisadas y los golpes del bastón que se alejaban por el pasillo y después el ruido de la puerta que se cerraba. Pese a todo lo que él había dicho acerca de que su segundo matrimonio no era más que un convenio de negocios, debió de encontrar en ese casamiento algo que lo fascinó. A Xanthia le hubiera gustado conocer a esa Candy Andrew y ver personalmente qué tenía que había provocado en Albert semejante ataque de fidelidad.

Se había levantado la niebla vespertina y la fría humedad empezaba a hacer su doloroso efecto en la pierna de Albert. Caminó un trecho y se detuvo un momento para que se calmara el dolor. Después del breve descanso, se puso nuevamente en camino, apoyándose pesadamente en su bastón. El sonido de un piano se oyó en el calmo aire de la noche y Albert supo que para un hombre sano, la taberna estaba muy cerca de la tienda de regalos y sombreros de Ssmantha. Habitualmente, la taberna cerraba sus puertas antes que él estuviera listo para abandonar los brazos de su querida y Olie traía el carruaje para esperar detrás de los árboles. Ahora Albert maldijo su locura por haber venido. ¡Había sido una idea estúpida !

Olie había acomodado su corpulencia ante una mesa en un rincón. Su costumbre era acercarse a la barra y entablar alegre conversación con los parroquianos, pero esta noche sintió la necesidad de estar solo a fin de pensar y encontrar algún sentido en los últimos acontecimientos. La esposa del tabernero le había traído un pichel rebosante de una bebida espumosa. Aunque él pagó por adelantado, la mujer probablemente seguía irritada por los daños menores que en la última visita de Olie sufrieron varias sillas y una mesa del bar.

Una buena parte del contenido del pichel había calmado una enorme sed antes que Olie dejara el jarro sobre la mesa y lo mirara desconcertado. Conocía al buen doctor Andrew de varios años y estaba perturbado porque el hombre parecía lanzado a un camino de desenfreno. Por supuesto, circulaban muchos rumores acerca de la casa de Andrew, y su propio hijo, Peter, había sugerido que el amo y la señora tenían camas separadas, tal como sucedió con la primera esposa. Olie no era propenso a creer en murmuraciones de sirvientes y había observado personalmente a la pareja. En la iglesia, por ejemplo, con la criatura entre ellos, y todas las cabezas vueltas hacia el banco de los Andrew como huevos que rodaran cuesta abajo desde direcciones opuestas y se encontraran en el medio de un valle. Después, el aire fuera de la iglesia había zumbado con los comentarios susurrados porque el doctor Andrew no había asistido a los servicios desde su regreso de la guerra y ahora, de pronto, aparecía con una nueva esposa ¡y una niña, al poco tiempo de haberse vuelto a casar! El hecho de que la señora Andrew fuera sureña no parecía preocuparles tanto como su juventud, por qué el doctor Andrew se casó con ella y qué parentesco podía tener la nueva señora con esa niña. Bueno, pensó Olie, cualquiera podía ver que la señora era demasiado joven para tener una niña de esa edad y que el doctor Andrew podía muy bien haberla desposado porque era, simplemente, una muchacha hermosa. Pese a todos los rumores de camas separadas el doctor parecía muy enamorado de su esposa y, podía decirse, ansioso de protegerla de las miradas de todos los hombres que encontraban. Después hubo ese paseo junto al río en un raro día templado. Mindy sonrió como nunca cuando abrieron la cesta que Martha había preparado para la merienda. Olie compartió con ellos la comida y el placer del día. Personalmente comprobó esa cortesía amable, aunque no tan íntima como hubiera sido normal entre marido y mujer. Y notó las miradas casi hambrientas que el doctor le dirigió a la dama cuando ésta saltaba y jugaba con Mindy. Riendo, la señora abrió sus brazos despreocupadamente hasta que el corpiño de su vestido se tensó contra sus pechos y el doctor Andrew enrojeció intensamente cuando se percató de que Olie lo había sorprendido mirando embobado a su propia esposa.

Un segundo pichel estaba siendo cuidadosamente saboreado cuando Olie, sorprendido, se detuvo con el jarro casi en sus labios. Su amo en persona se sentó en la silla frente a él. Pese al ruido de las voces y del piano y las incesantes risitas de las chicas de la taberna, Albert no tuvo problemas para oír la declaración de Olie.

—Estaba pensando que usted es un tonto y ahora lo sé. No puede entenderse con ninguna de las dos.

—Cuando necesite algo de tu lógica noruega — replicó Albert secamente —, te avisaré.

—¡Bah! — Olie meneó la cabeza como si lamentara profundamente la dolorosa situación del otro. — ¡Una botella y dos copas! — gritó.

En un momento, un litro de whisky de dudoso añejamiento y dos copas de vidrio fueron depositadas ante los dos. Olie aguardó hasta que el tabernero se retiró.

—Cuando me siento bien bebo cerveza. Cuando tengo problemas de mujeres, necesito algo más fuerte para componerme.

Albert levantó las cejas, sorprendido.

—¡No eres tú quien tiene problemas!

El cochero se encogió de hombros y extendió las palmas de sus manos.

—Usted tiene problemas… yo tengo problemas. — Bebió un trago de whisky y añadió de inmediato otro de cerveza. Albert lo imitó y sintió que la garganta le ardía hasta el estómago. Con los ojos un poco dilatados, tomó cerveza con la esperanza de apagar el fuego.

—¡Es suficiente! — dijo apartando la copa.

—¡No! ¡No! Dos mujeres son demasiados problemas para un solo trago. — Olie llenó las copas hasta el borde y la botella estaba por la mitad cuando Albert puso una mano sobre su copa e interrumpió la ingestión de whisky.

—Las mujeres pueden ponerlo muy sobrio a uno — murmuró malhumorado—. Especialmente esa con la que me casé. Y es una pena desperdiciar un buen whisky. — Se puso de pie y esperó un momento hasta que el mundo dejara de girar a su alrededor. Olie se metió la botella bajo el brazo y se dirigió hacia la puerta. Allí tuvo un momento de lucidez y le gritó al tabernero que todo había que cargarlo a la cuenta del doctor Andrew. Albert se encogió al oír el grito ensordecedor. Empezaba a creer que había subestimado la fuerza del whisky de Olie. Sin embargo, logró seguir a su cochero con cierta dignidad.

El viaje a casa fue largo, quizá más largo aun porque Olie decidió cruzar la ciudad a velocidad de caracol. Ello permitió que el aire frío de la noche tuviera tiempo de poner un poco más sobrio a Albert, pero para empeorar las cosas, Miles lo recibió en la puerta con un anuncio desagradable.

—El doctor Darvey está aquí, señor. No sabíamos cuándo regresaría usted y finalmente la señora empezó a cenar sin usted, señor.

Albert sintió se aún más irritado cuando vio que Braegar se había sentado a la derecha de Candy, mientras que él tuvo que dirigirse al otro extremo de la mesa para ocupar su lugar.

—¡Dígale a Martha que retire de la mesa esas cochinas patatas! — exclamó, descargando su ira sobre el primer objeto inanimado en que se posaron sus ojos.

—¡Tipos como usted insultando a la buena comida irlandesa! — gritó Martha indignada. Había oído la orden desde la cocina y fue corriendo al comedor con el rostro encendido. — Los tipos como usted no son nada más que pobres inmigrantes alemanes, señor, y por eso creo que puedo perdonárselo.

—¡Austriaco! — la corrigió sombríamente Albert.

Martha le acercó las patatas en un gesto desafiante.

—Si supiera lo que es bueno para usted, pondría un poco de carne debajo de su piel con un plato lleno de patatas.

Albert la miró incrédulo, seguro de que la mujer había perdido la razón. Candy lo conocía muy bien y supo que esta discusión podía acabar mal. Se levantó, tomó la fuente de patatas, la puso en manos de la cocinera y amablemente guió a la mujer hasta la cocina.

—Esta noche es mejor no irritarlo, Martha. Sin duda, su pierna está molestándolo otra vez. — No sabía si eso era verdad, pero con ello consiguió que la furia de la cocinera se redujera a un ocasional resoplido de indignación.

Cumplida la tarea de calmar a Martha, Candy regresó al comedor y se encontró con que la señora Garth estaba depositando sobre la mesa grandes copas y un botellón de brandy. Candy ya había advertido la inclinación de la mujer a servir abundantes dosis de licor y rápidamente procedió a detenerla. El amo Albert Andrew parecía haber bebido lo suficiente para que añadiera más leña al fuego.

—Yo lo haré, señora Garth. Vea si puede ayudar a Martha en la cocina.

El ama de llaves asintió en silencio y obedeció, dejando que su ama midiera las dosis de bebida. En comparación con la generosidad de ella, Candy resultó decididamente tacaña. Con solicitud, dejó una copa frente a su marido y sintió la dura mirada que él le dirigió.

—Martha está calentando tu sopa — murmuró — ¿Puedo servirte un poco de café?

El respondió afirmativamente sólo para retenerla un poquito más en esta punta de la mesa. Ella olía a limpio, con un asomo de perfume que nunca dejaba de excitarlo. Tenía el pelo peinado en una informal cascada de rizos sueltos y hasta el vestido de cuello alto de muselina color vino parecía fascinante a la luz de las velas.

—¿Dónde está Mindy? — preguntó suavemente Albert.

—Era tan tarde que la hice comer y acostarse.

Candy regresó a su asiento y la comida continuó. Candy notó el semblante sombrío de Albert y lo observo con preocupación. Braegar también miró a su anfitrión y se preguntó si debía plantear el tema de la pelea de la otra noche y averiguar finalmente qué tenía su amigo en contra de él. Después de un momento, prefirió no hacerlo.

Terminaron de comer en silencio. No bien se levantaron de la mesa, Braegar se disculpó y Candy se detuvo en el vestíbulo para lanzar una mirada cargada de reproche a su marido y después subió a su habitación. Albert fue a la suya. Casi inmediatamente se abrió la puerta que comunicaba su habitación con el cuarto de baño. Se volvió y vio a su esposa que lo miraba mientras desabrochaba los botones de sus mangas largas.

—Has demostrado que eres un patán. Hubo momentos en que tuve mis dudas, pero hoy lo has demostrado. — Giró sobre sus talones y regresó a su habitación, pero Albert no iba a dejar pasar la afrenta sin replicar y la siguió.

—¡Me llamas patán cuando no bien me ausento invitas a mi casa a ese rústico llorón y le das de comer! — Se arrancó la corbata y empezó a desabrocharse el chaleco. — ¡Lo sientas a mi mesa y le sirves mi comida! ¡Candy, debo decir que eres muy mala para juzgar un carácter! ¡Ese mequetrefe aprovecha cualquier excusa para venir cuando yo no estoy! ¡Y tú lo invitas, sabiendo cuáles son mis sentimientos hacia él!

—¡Invitarlo! ¿Qué quieres decir con que yo lo invité? —preguntó Candy.

Albert empezó a pasearse nerviosamente.

—Es obvio que él supo que yo no estaba.

—¡Vino a verte a ti, Albert! — explicó Candy—. ¡Y se quedó hasta que regresaste! Cuando fue evidente que no estabas en condiciones de discutir nada, se marchó. ¿Eso te parece condenable, o estás imaginando algún asunto ilícito? ¿Dirías que te han hecho cornudo otra vez?

Albert sabía que estaba mostrándose irrazonable, pero insistió con el empecinamiento de un tonto.

—Tú tienes muchos admiradores, pero en este caso te falta sentido para saber qué anda buscando ese bastardo.

—¡Estuve debidamente acompañada! Media docena de tus sirvientes pueden responder por mi conducta. Pregúntales a Martha, a Miles, a Peter o a la señora MacGarth. Puedes interrogarlos si dudas de mí.

—¡Tu conducta! ¡Ja! ¡Sentada a la mesa y permitiendo que él te mirara embobado! En cuanto a los sirvientes, estoy empezando a creer que mentirían para protegerte. — Se quitó la camisa y regresó a su habitación.

Candy lo siguió.

—¡Mentir para protegerme! ¡Tienes la cabeza de una mula! ¡Ellos son tus sirvientes de confianza! ¡Vaya, si estuvieron toda la tarde tratando de justificar tu ausencia y si yo hubiera sido de carácter desconfiado habría pensado que fuiste a buscar placer con alguna descocada del pueblo!

Albert arrojó la camisa al suelo, metió su pie derecho en el sacabotas y empezó a descalzarse.

—¿Y qué si lo hice? — gruñó—. ¿Acaso me han concedido esos favores en este lugar? ¿He podido calmar en mi hogar mis honestos impulsos?

Candy lo miró con furia. El se sentó sobre la cama para quitarse la otra bota.

—Bien, doctor Andrew, usted envió a su representante sin demora cuando se convinieron los términos del contrato. ¡Ahora puede cocinarse en su propia salsa!

Candy se retiró a su dormitorio y arrojó furiosa sus chinelas a un rincón. Que él se atreviera a acusarla de negarle sus favores cuando fue él quien…

—¿Temía que fuera Can quien lo saludara en el muelle, mayor? — gritó en dirección a la puerta del cuarto de baño. Se sentó en el taburete frente al tocador, se quitó las medias y las dejó caer al suelo. — Ahora protesta con tanto vigor contra las restricciones que usted mismo impuso que se diría que esperaba que yo fuera menos digna de su atención.

—Oh, yo sabía que serías digna de mi atención. — La voz airada de él llegó por las puertas abiertas del cuarto de baño. — Fuiste tú quien me preparó la trampa. Si no hubiera sido por ti yo nunca me habría casado con Karen.

Candy se puso de pie y fue descalza al centro de la habitación, buscando alguna salida para la indignación que sentía.

—¡Y tú en ningún momento pensaste que pudiera ser otra persona!

Albert levantó las manos, exasperado.

—¿Cómo demonios hubiera podido saberlo? Yo creí que en aquella casa había nada más que dos mujeres. — De pie, alto, delgado y musculoso, en la ceñida ropa interior que mostraba atrevidamente el bulto de su virilidad, arqueó una ceja y preguntó en tono burlón: — ¿Hubiera debido sospechar de tu tía, querida mía?

—¡Ooooh! ¡Eres un grosero! — gritó ella y empezó a pasearse nerviosamente.

—¡Quizás hubiera debido culpar a ese cara sucia de Can! — dijo él y empezó a seguirla—. ¡Absurdo! Yo no sabía que él era ella disfrazada con ropas de pillete. Tampoco esperé que una dama decente se conduciría como una mujer de la calle y representaría el papel con tanto entusiasmo.

Candy soltó una exclamación y se lanzó tras él cuando Albert se dirigió con arrogancia a su habitación. Si él creía que se marcharía quedándose con la última palabra estaba muy equivocado.

—¡Para su información, señor, yo no representé el papel con entusiasmo! ¡En absoluto!

—Viniste voluntariamente a mi habitación.

—Estabas ebrio y yo temí que despertases a toda la casa y que te dispararan tomándote por un intruso.

—¡Ajá! ¿Debo entonces estarte agradecido por lo que hiciste? — Su tono fue cáustico. — ¿Te importa si te digo que no me sentí regocijado cuando me dejaste al cuidado de Karen?

Candy volvió a su habitación.

—Estabas ansioso de otorgarle a ella todos los honores. ¿Cómo hubiera yo podido impedir el casamiento? De haber hablado, habría terminado pudriéndome en una de tus sucias prisiones yanquis.

—De modo que te salvaste a ti misma — replicó él.

Picada por el reproche, Candy levantó el ruedo de varias faldas que colgaban en su armario.

—¡Y tú creíste comprometerme con vestidos finos y joyas valiosas! — Fue hasta la puerta para verle la cara cuando le lanzó la acusación.

Albert metió sus pantalones en el guardarropa y cerró violentamente la puerta del mueble. ¡Esa pequeña vampiresa con mente de virgen! El se ocuparía de que sintiera todo el peso de lo que había iniciado.

Se encontraron junto a la bañera, cara a cara.

—¡Quizá tengas mujeres baratas a quienes puedas comprar así, pero yo no estoy en venta!

El rió desdeñosamente.

—Es una cuestión de precio, señora. ¿Cuánto cree usted que vale ese medallón que tiene en el cuello?—¡Fue demasiado! ¡Le devolvería el maldito medallón inmediatamente! Aferró la cadena y levantó los brazos para quitársela. Albert creyó que ella tenía intención de desahogar su cólera en una forma más violenta y la tomó de la cintura para impedirlo.

Candy quedó sin aliento. Inmediatamente fue consciente del pecho desnudo de él y de ese cuerpo viril apretado contra el suyo, mientras él era totalmente consciente del cuerpo semidesnudo de ella. Se miraron un segundo de tiempo suspendido, que bien hubiera podido durar un siglo o dos. Después, lentamente, casi vacilando, Albert aplicó su boca sobre la de ella.

El choque fue abrupto y el primer suave contacto de los labios de él convirtióse en una ardiente, violenta exigencia. La cólera se convirtió en hambre, convenios y contratos quedaron reducidos a cenizas con el calor de los deseos de ambos. Todo llegó precipitadamente, los fuegos avivados, el hambre carnal, el agridulce dolor de la pasión tanto tiempo contenida.

Candy se aferró a él, consciente de sus deseos, sabedora de lo que él le exigía. Esperó otra vez que surgiera la negativa de algún oscuro, insensible rincón de su cerebro. Pero extrañamente eso no se produjo, como si su conciencia le diera una silenciosa aprobación.

Albert se irguió ligeramente y la miró a los ojos con una muda pregunta: ¿Volvería ella a negársele como en el pasado? ¿Sería rechazado una vez más, con su deseo royéndole el bajo vientre?

El medallón cayó al suelo cuando Candy se irguió sobre las puntas de sus pies para besarlo en la boca y echarle los brazos al cuello. Fue hacia él con una ansiedad que lo sorprendió. Este era Albert… hombre. Esta era Candy… mujer. Ningún rastro de Can quedaba entre ellos y cada uno encontró en el otro una semilla dispuesta a germinar.

Palabras murmuradas, ininteligibles, brotaron de los labios de Albert mientras cubría de besos febriles la marfilina columna del cuello de ella y sus labios descendían hasta el nacimiento de sus pechos, al tiempo que con su otra mano acariciaba la redondez de sus nalgas y sus muslos bien formados. Albert parecía tener prisa por conocer y tocar cada parte de ella, por reclamarla como suya, por dejar que sus labios viajaran sobre esa carne suave. Sus dedos finos trabajaron entre los pechos hasta que la camisa se abrió sobre el corsé exponiendo la tentadora plenitud del pecho desnudo que pareció ofrecerse a sus ojos y a su mano. Radiantes oleadas de placer se extendieron como fuego a través del cuerpo de Candy cuando él acarició las sedosas curvas. Albert se inclinó y la levantó en brazos, sus ojos encontraron los de ella con una intensidad que la dejó sin aliento. Después, mientras ella miraba, él bajó los ojos y Candy sintióse devorada mientras él llenaba su vista con el espectáculo de esa carne blanca. Albert bajó la cabeza y un gemido ahogado escapó de la garganta de ella cuando la boca de él acarició un pezón rosado y erecto. La lengua de él la quemó como una antorcha y Candy se estremeció con el fervor que creció en su interior. Lo besó en la mejilla y recorrió con la punta de su lengua el borde de la oreja de él. Albert se volvió y su boca estuvo súbitamente allí, probando la de ella con un hambre que ambos compartían.

Vagamente Candy sintió el temblor de los brazos de él, su movimiento en dirección a la gran cama de cuatro postes que había en el dormitorio de Albert. Estaban en un mundo diferente, aparte, separado de las lámparas de aceite de ballena que quedaron encendidas, del roce de las ramas desnudas contra los cristales de las ventanas, del fuego que crepitaba en el hogar.

Junto a la cama, Albert retiró su brazo y dejó que las piernas de Candy se deslizaran hacia abajo contra él. Antes que los pies tocaran el suelo, el corsé cayó. La llama azul de los ojos de Albert se avivó cuando ella quedó desnuda hasta la cintura. Su boca descendió para saborear el dulce, embriagador néctar de los labios de ella y su lengua la acarició en un juego provocativo que exploró la cálida cavidad de su boca. Candy quedó sin camisa y se estremeció extasiada bajo esas manos que no cesaban de acariciarla, de aflojarle la ropa, de ayudarla a desnudarse. El bajó una mano en medio de sus dos cuerpos y desabrochó su calzoncillo. Para Candy, el choque de su carne atrevida, viril, fue tan sorprendente y estremecedor como aquella noche de hacía tiempo.

Como dos plumas atrapadas en un soplo de brisa, descendieron hacia la blanda comodidad de la cama de él, con las bocas unidas y las respiraciones fundidas en un solo aliento. La mano de él la acarició largamente y después llegó a terrenos más íntimos, dejándola sin aliento con su atrevimiento. Los muslos de Candy se estremecieron y aflojaron bajo la insistente exploración de esa mano.

—Oh, Albert — suspiró Candy —, ¿qué haces? ¿Es esto una nueva tortura que has preparado para mí?

—No es una tortura — repuso él en un susurro entrecortado — sino el amor, puesto que la hacemos juntos.

—Entonces ámame más — imploró ella—. Y deja que yo te ame. — Vacilante, pasó los dedos por la cicatriz del muslo de él—. ¿Está permitido tocarte?

Albert contuvo el aliento mientras guiaba la mano de ella hacia el duro, ardiente dardo de su virilidad donde palpitaba la sangre de su deseo. Todo su ser se volvió líquido cuando los dedos suaves de ella exploraron su cuerpo de hombre, encendiendo fuegos infinitos largo tiempo reprimidos. Temblando, se puso sobre ella y bajó sus muslos entre los de ella, presionando para penetrarla hasta que su vientre duro acarició el vientre suave de Candy.

Fue una unión total. Una fusión. Una reunión definitiva. Hombre con mujer. Esposo y esposa. La suavidad rindiéndose a la firmeza. Dos seres envueltos en la pura dicha de su unión. Cuerpos apretándose y enlazándose, procediendo cada vez más de prisa, dándose uno al otro y encontrando más y más en retribución.

Y llegó, tal como sucediera antes, la que fuera que hizo que su acoplamiento fuese único. Mientras pasaban sobre ella oleadas de puro placer físico, Candy sólo pudo sentir que el de ellos era un néctar de amor especial. Albert lo supo. Lo sabía. Era lo que había tenido a su mente torturada todos estos meses y lo que ahora se vertía dentro de ella, gimiendo, estremeciéndose, llegándole hasta la misma alma con su posesión de ella y uniendo sus cuerpos trémulos en la consumación total.

Una fina película de sudor abrillantaba sus cuerpos cuando yacían entrelazados en las secuelas del amor, las pasiones agotadas, los músculos fláccidos. Albert volvió su rostro hacia el pelo desordenado y fragante que se derramaba sobre sus hombros y aspiró el perfume delicioso de ella, recordando las muchas noches de tortura en que no podía sacársela de la mente.

Ahora saciado, se maravilló en la paz de su dicha.

Las bajas temperaturas después de una densa niebla habían escarchado las ramas desnudas de los árboles y el paisaje estaba vestido con una deslumbrante constelación de cristales que centelleaban y danzaban bajo el sol naciente, el mismo que lanzaba sus rayos dentro de la habitación, para despertar a la mujer dormida. Candy se estiró lánguidamente debajo del edredón de plumas antes de percatarse de que se hallaba sola en la gran cama. Se cubrió el pecho desnudo con las frazadas, se sentó y miró a su alrededor la habitación vacía. Un fuego crepitante danzaba en el hogar y expulsaba al frío de la habitación pero era un pobre sustituto del calor que sentía en presencia de Albert, Entonces, por la puerta abierta del cuarto de baño, llegaron los tranquilizadores sonidos de la proximidad de él. Candy se envolvió con una sábana y fue al cuarto contiguo donde Albert estaba sentado en una tina humeante. Sentíase alegre, casi frívola cuando corrió a depositar un largo beso de buenos días en los labios de él, un beso que la hizo evocar vívidamente las cautivantes audacias de la noche anterior. El se sintió más enamorado que antes de esta fascinante hada que había entrado en su vida con ardor incontenible. Había en ella más feminidad que la que había imaginado y no era la feminidad calculada de Karen sino una cosa natural, fácil, que nunca dejaba de excitar su ardor.

—¿Necesita ayuda, yanqui? — preguntó Candy.

—En realidad, — dijo él, atrayéndola para recibir otro beso —, necesito urgentemente un poco de compañía femenina.

La sábana cayó. Albert atrajo a Candy hasta que ella quedó encima de él y le cubrió la boca y el pecho de besos.

—Por fin — murmuró roncamente rozándole el cuello con los labios — he cumplido mi amenaza. Pero no imaginé cuando la formulé que bañarte sería tan placentero.

CONTINUARA

Por fiiiiiinnn ...capitulo 36 y se hizo el milagro!...jajaja, estos rubios como perdieron el tiempo con tantas peleas, espero que ahora aclaren lo del dichoso contrato..

Yo sigo sospechando del ama de llaves...

Abrazos...

Aby.