Capítulo 46

Estaba tardando más tiempo del necesario y me pregunté, si realmente le hacía falta todo ese rato para deshacerse de un par de bedeles sin importancia. Esperaba, inquieta y oculta tras esa columna, que no le hubiesen capturado o que esos tipos no le hubiesen vencido. Aunque creía, firmemente, que sabía utilizar más de un arma. Estaba claro que no podía ser un simple pueblerino al menos con ese tipo de cuerpo que se intuía bajo la ropa. Mis mejillas se enrojecieron solo de darme cuenta de la tontería que estaba pensando en un momento como aquel.

Pero, entonces, oí una voz a mi izquierda. Justo por el lado por el Kouga se había marchado. Abrí mis ojos de par en par. Me temí lo peor. Ya no solo por él sino por mí misma, mis heridas y la falta de posibilidades que tenía de defenderme.

-¡Eh tú!-Me apuntó con la antorcha cegándome. Me llevé una mano a la altura de los ojos para poder intuir algo más. Me eché hacia atrás contra la pared.- ¡¿Qué haces ahí?!-Alzó la voz un poco más de lo necesario y en ese instante, me di cuenta de que le reconocía. Era uno de esos guardias que alguna vez se había sobrepasado conmigo. Tragué saliva. Sentí un fuerte nudo en el estómago. No tenía ninguna manera de huir pero aun así, quise intentarlo. Me eché hacia atrás por el pasillo oscuro a la vez que se adelantaba a mis pasos. Sin que pudiese evitarlo, me agarró del brazo.- ¿Qué haces aquí fuera esclava?-Me cuestionó frunciendo el ceño.- ¿Cómo demonios te has escapado de tu ratonera niña?-Intenté resistirme a su agarre sobre mi brazo pero apretaba sus dedos con todas las ganas. Con energía, tuvo la intención de tirar de mí para llevarme a ese lugar al que no quería regresar pero yo, coloqué un pie en mitad de su camino haciendo que, el muy estúpido, se tropezara casi a punto de caer al suelo. De la reacción me soltó por inercia y, cuando lo tuve de espaldas a mí, le di un buen codazo en las vértebras más cercanas a sus caderas. El guardia soltó un quejido de dolor, fue a echar mano a la espada corta que tenía en el cinto pero, yo había sido mucho más rápida que él. Nada más volverse, furioso, para darme con aquella antorcha, le clavé el filo en el pecho adentrándoselo con todas mis ganas en el tórax.

Su rostro lleno de agonía fue un alivio para mi alma.

Al sacarlo respiré hondo esbozando una pequeña expresión de dolor con el rostro. Con aquellos esfuerzos temía por mis heridas. Me lleve una mano al vientre intentando respirar de nuevo con normalidad.

Sin embargo, justo en ese momento, gracias a la antorcha ardiendo sobre el suelo, vi una sombra a mi espalda alzando una espada más. Me giré rápidamente pero antes de que pudiese reaccionar, percibí que alguien le tapaba a ese guardia la boca haciéndole una pequeña llave con una de sus piernas para dejarlo inmovilizado. A la vez, le cortó el cuello. El hombre, muerto, dejó caer la antorcha al suelo, soltándome. El corazón me latía a mil por hora solo del susto. Vi como Kouga tumbaba lentamente a su víctima sobre las baldosas. Después se incorporó y limpió el puñal con la manga de su casaca.

-Tenemos que darnos un poco más de prisa si es posible.-Comentó serio y frío. Aun con esa mirada completamente ausente. Y yo, simplemente asentí.

Como me di cuenta de que era imposible que saliésemos de allí caminando un poco más rápido o corriendo debido a esa fea herida que aun cicatrizaba en su pierna, suspiré. Había que darle una solución rápida a aquello. Otro aspecto fundamental era que, su ropa, llamaba totalmente la atención así que, me quité la casaca y se la tendí.

-Póntela.-Ordené.-Nadie sabrá que eres una esclava así o al menos, tardarán un poco más de tiempo en darse cuenta.-Susurré. Ella soltó la espada, se metió las mangas y se la cerró abrochándosela con su cordón, a pesar de que le quedaba bastante grande. Se dobló las mangas.-He tardado un poco más porque he despejado algunos pasillos. Así iremos más de prisa. Y ahora sube.-Me di la vuelta y me agaché un tanto para que se subiese sobre mi espalda. Sin embargo, ella pareció pensárselo unos segundos hasta que al final accedió. Cuando la aupé con soltura, sus manos se entrelazaron delante de mí.

Comencé a caminar por los corredores dando grandes zancadas sin decir absolutamente nada más. Pasamos por todos aquellos sitios donde había dejado a más de un cadáver en el suelo. A nuestro paso, ella se quedaba observándolos unos segundos antes de continuar. Podía notar su respiración en mi oído y el calor de su cuerpo en mi espalda. Vi sus pequeños dedos unidos sobre mi camisa y, durante unos segundos me mordí el labio sin que ella se diese cuenta sintiendo que, en realidad, a pesar de toda la fuerza que desprendía o que podía tener, en aquel momento, me parecía la persona más vulnerable del mundo.

-Cuando nos alejemos de este sitio, podrás andar.-Susurré.-Llamaremos mucho la atención si vamos así por la calle aunque sea de noche.-Expuse hablando en un tono de voz muy bajito sin dejar de vigilar que nada extraño ocurriese a nuestro alrededor.-Eso si no nos perdemos antes por estos malditos túneles.-Solté relajándome un poco más en comparación con unos segundos antes.

-Gira a la derecha aquí.-El susurro de su voz en mí oído me hizo cosquillas e hizo que me estremeciera ligeramente.-Más o menos sé el camino, o al menos por el que van los cadáveres. Es una salida que nunca está vigilada y es sencillo. Está cerca de la enfermería.-Asentí a la información sin mediar una palabra más hasta que, tras un pequeño periodo de tiempo en el que incluso, habíamos dejado a mis hombres degollados atrás hacia un buen rato, llegamos a una pequeña puerta trasera muy cerca del lugar que ella había mencionado.

La dejé ponerse de pie sobre el suelo y me acerqué a la puerta. Pegué el oído. Había dos o tres guardias más allí detrás. Descendí mis ojos hacia la cerradura y, observé tras ella como aquellos tipos se dedicaban a beber y a hablar con un par de mujeres con una ropa bastante llamativa. Moví la cabeza de un lado a otro aprobando el gusto de aquellos hombres por las mujeres hermosas. Y entonces, Aiko volvió a susurrarme sigilosamente en el oído haciendo que diese un pequeño botecito de la impresión.

-¿Qué es lo que pasa?-Cuestionó arqueando las cejas expectante.

Me coloqué un dedo sobre los labios para que guardase silencio. Dibujé el número tres con los dedos de la mano derecha mientras me tocaba la barba y dos más con la izquierda indicándole con un gesto burdo, que tenían pecho por lo que, evidentemente, dedujo que eran mujeres. Después, indiqué la puerta tras de mí para decirle que estaban fuera. Le señalé que ella se encargase del que estaba sentado al este y yo, de los dos del oeste. Asintió convencida, saqué mi puñal del cinto y se lo tendí. Ella lo agarró con fuerza preparada para pelear. Me volví sobre mis pies y con un pequeño alambre que llevaba en la bolsa marrón, deshice el cierre del candado con facilidad. Al minuto, abrí la puerta de par en par encontrándonos con todos allí fuera.

-Buenas noches caballeros.-Sonreí amable y resuelto. Los presentes se quedaron observándonos confusos durante los segundos previos a que Aiko, se lanzara como una loca contra el que estaba a nuestra derecha para hundirle el puñal con todas las ganas en la clavícula, antes de que pudiese siquiera negociar.

Las dos mujeres gritaron asustadas y entonces, tuve que desenvainar la espada a toda velocidad, y antes de que saliesen corriendo, arremetí el acero contra ellas con un corte limpio en el abdomen y otro que abría desde la cintura hasta el hombro. Los hombres, alarmados por la situación sacaron también sus espadas con una tranquilidad fuera de lo común. Uno de ellos se fue hacia Ai pero ella, esquivó el primer golpe agachándose. Un segundo más dando un torpe salto hacia atrás debido a la herida de la pierna y, al tercer asalto, pudo escabullirse por debajo de manera que, aprovechando que era pequeña, se acercó lo suficiente al bedel como para clavarle el filo en el estómago más de un par de veces.

El mío fue aún más fácil. Estaba tan borracho que ni siquiera era capaz de levantar la espada contra mí con un mínimo de soltura. En un pequeño ataque, le reduje y una vez en el suelo, le clavé el filo, a la altura del corazón. Cuando la "fiesta" acabó, y envainé el acero, me giré hacia la salida del callejón. Vi, en ese instante, como ella se acercaba lentamente hacia las dos mujeres a las que les había quitado la vida, con la expresión culpable y entristecida.

-No tenías porque…

-Habrían alertado a más guardias.-Interrumpí el bonito discurso que estaba convencido que iba a dar.-Y no sé la tuya pero, mi vida es más importante que la de dos prostitutas.-Asentí con el rostro serio y el ceño ligeramente fruncido, pasando de largo de ella. Comprobé que no había moros en la costa para salir. Era el momento perfecto para irse definitivamente de aquel lugar.- ¿Nos vamos?-Susurré sin saber exactamente a qué estaba esperando aquella niña.

Soltó un largo suspiro y la vi acercarse a mí con la mirada cargada de remordimientos. Aun así, no dije absolutamente nada. Salí del callejón empezando a andar lentamente para que ella pudiese seguirme el ritmo. Estábamos fuera. Ya no hacía falta que nos diésemos tanta prisa y pensé, por fin, en la taberna. En la cena que Margaret habría preparado y en mi mullida cama. Me sentí feliz solo de saber que faltaban minutos para poder disfrutar de todas esas cosas.

El ruido golpeó mi rostro conforme salíamos de aquel lúgubre hueco entre casas. Alcé mis ojos ligeramente y vi el cielo estrellado, quedándome absolutamente prendada de aquella preciosa vista que hacía tantísimo tiempo que no veía. La luna brillaba con intensidad y bañaba cada rincón de la calle. Kouga se giró a contemplarme unos segundos, con las mangas manchadas de salpicaduras de sangre, cruzado de brazos para que no se notasen, pero las del rostro había tratado de quitárselas dejándose ligeras marcas que se veían si te fijabas lo suficiente. Seguimos caminando en silencio por aquel lugar donde el gentío deambulaba haciendo eses o con una mujer ligera de ropa bajo el brazo. En ese momento, me acerqué un poco más a mi acompañante y me agarré a la manga de su camisa con cierto temor a que deparasen en mi presencia no solo fuera de mi celda sino también, del coliseo.

Pero, el camino no sería tan apacible como esperábamos. Unos pocos pasos más y noté que frenaba en seco, de repente, y se tensaba ligeramente. "Mierda", susurró con la vista al frente. Yo dirigí mis ojos hacia allí dándome cuenta de porqué maldecía; un grupo de cuatro o cinco guardias se acercaban en nuestra dirección por la calle, charlando entre ellos. Parecía que estaban algo alegres gracias al alcohol, pues tenían la cara colorada. Ambos chistamos con la lengua, barajando qué deberíamos hacer, hasta que se me ocurrió una idea.

-Bésame.-Le dije en voz baja mientras él me miraba con cara de incredulidad.

-¿Qué?-Susurró arqueando las cejas interrogante y confuso sin saber muy bien si era real lo que yo le estaba proponiendo. Pero, no teníamos tiempo para pensárnoslo tanto así que, le agarré con fuerza y tiré de él hasta que mi espalda dio contra una pared cercana. Le forcé a agacharse, uniendo nuestros labios en un rápido movimiento. Mis manos agarraban su camisa para que no se alejase de mí, pero él me pasó una mano por la cadera hasta la espalda, acercándome a su cuerpo, y la otra la apoyó en la pared sobre mi cabeza. Cerramos los ojos a la vez y nos dejamos llevar por el impulso y la tensión de momento. Al cabo de unos segundos, abrí un ojo comprobando que los guardias habían pasado de largo ignorándonos, pero Kouga seguía metiendo su lengua en mi boca, tratando de profundizar el beso.

Me separé de él, lentamente, al notar que el peligro había pasado, pero había algo dentro de mí que me impedía apartar la vista de sus intensos y atrayentes ojos marrones. Observé cada detalle de su rostro, parando unos instantes en sus sonrosados labios. Volví a alzar mí vista hasta la suya, y nos quedamos absortos el uno en el otro. Sentí como me empezaba a latir con fuerza el corazón solo de pensar que estaba tan cerca. Que sus manos aún me agarraban de la cintura.

Había sido demasiado rápido y confuso como para resistirme a esa idea que, al final, no había resultado tan mala como pensé en un primer momento. Sin embargo, de la embriaguez del instante noté un leve dolor en la sien. Al segundo, cerré los ojos del propio mareo pero, al abrirlos, me topé de frente con los de ella. Esa mujer que llevaba atormentadme desde que desperté hacía ya, para mí, demasiado tiempo. Contuve el aliento. Sus ojos verdes y su preciosa sonrisa hicieron que me diese un vuelco al corazón, al tenerla allí, pegada a mí, como la mayoría de las veces que la había visto. Sonreí unos segundos. Mis esferas castañas se llenaron de nostalgia, cariño y amor. Inconscientemente, volví a acercarme a sus labios a la vez que veía como ella hacia exactamente lo mismo. Aunque, antes de continuar con ese beso que los dos deseábamos, de corazón, ella habló con ese tono de voz que me derretía por dentro.

Me aproximé lentamente a su boca cuando me di cuenta que su intención era la misma. Sentí como me ponía un poquito nerviosa. Aun así, no me eché atrás.

-Kouga…-Susurré efímeramente su nombre sintiendo su aliento sobre mi piel.-Necesito...-Acerqué mis labios a los suyos, rozándolos.-Necesito comprobar una cosa…-Hundí mis dedos en el cabello rubio de su nuca a la vez que volvía a presionar sus labios contra los míos.

Aquel beso fue completamente diferente al anterior.

Ya no había ansiedad o temor; no era similar a cuando los guardias me forzaban por las noches en mi celda. Este..., este fue algo completamente distinto, especial. Fue un beso lento, profundo, intenso, húmedo. Recorrí cada resquicio de su boca con mi lengua, le mordí el labio inferior con suavidad a la vez que me seguía tan ensimismado como yo. Sentí cómo escondía su mano entre mi corta melena rojiza, tratando de profundizar más el beso. El calor me embriagaba, al igual que unas ligeras descargas de deseo que jamás había percibido antes. ¿Acaso era eso lo que se sentía cuando besabas a alguien porque querías? ¿Porque tú lo habías decidido? Era algo mágico y alucinante. Era algo increíble. Me sentía completamente nueva, como si no fuera Tres y volviera a ser Aiko…

Tras un buen rato, volvimos a alejarnos y la intensidad de nuestras miradas era todavía mayor. Nuestras mejillas estaban tan sonrosadas como nuestros labios, nuestros corazones tamborileaban en nuestros pechos con frenesí, nuestras manos se agarraban al otro con intensidad. Me acerqué otra vez a él y, esta vez, le besé con suavidad, un beso rápido y simple.

Y justo entonces, en aquel abrir y cerrar de ojos, tras ese último beso corto, su aspecto volvió a cambiar. Tragué saliva al darme cuenta de a quien había besado de aquella forma cargada de sentimientos. Mi sonrisa desapareció y sentí un halo de frustración en el pecho al darme cuenta de que aquella niña no era ella. De pronto, como tantas otras veces, noté ese pequeño hilo de sangre descendiendo por mis labios. Aunque al alzar el rostro y con la oscuridad de la calle, logré apartármelo quizás, sin que ella se diese cuenta. Me retiré de la pared en la que me apoyaba. Notaba un fuerte pellizco en el estómago. Chisté un tanto agobiado con todas esas visiones. Deseé saber, de una maldita vez, quien era ella...

-Lo siento.-Susurré alzando mis ojos hacia el final de la calle que transitábamos.-Espero que no confundas las cosas.-Suspiré un tanto ausente. Esperé su respuesta pero ella, agachó el rostro sin decir nada más.

En aquel instante no lo percibí pero, con el tiempo llegué a comprender que la primera vez que besé a Aiko con intención, fui el hombre más rastrero y frío del mundo. Y ella, por mucho que yo fuese el máximo imbécil de todos, nunca se lo mereció.

Así que, con el mayor silencio del mundo, los dos avanzamos finalmente sin ningún otro tipo de percance hasta llegar a ese lugar tan acogedor en el que me refugiaba. Y nada más pisar las maderas del suelo y ver a la joven rubia tras la barra, mi humor cambió casi de forma radical.

-Buenas noches.-Me acerqué al mostrador apoyando mis brazos sobre la encimera de madera con una radiante sonrisa.- ¿Cómo ha pasado el día la mujer más hermosa de Caztán?

-Pensando en que te habrían asesinado en cualquier callejón a estas horas de la noche y con esa cara llena de churretes.-Bromeó dándose cuenta de las gotas de sangre que aún, en algunos puntos, surcaban mi rostro. Abrí los ojos llevándome una mano al pecho con fingida indignación.

-No sabía que me vieseis tan débil.-Ella rió.

-Ni yo que te hubieses buscado una compañera...-Su tono de voz se volvió un tanto pícaro cuando vio como la pelirroja nos observaba sentada en un banco al lado del mío. Por un momento había olvidado que estaba allí.- ¿Cena para dos?-Cuestionó la joven sin dejar que le respondiese nada pues, cuando volví mis ojos hacia ella, ya se había escabullido a la cocina. Apoyé el mentón sobre mi mano derecha resoplando resignado. -Será mejor que te vayas a descansar en cuanto cenes algo.-Propuse.-Te cederé mi habitación.-Vi, de reojo, como alzaba sus esferas hacia mí.-Además, es mejor que no te vean mucho por aquí.-Observé a mi alrededor dándome cuenta de que prácticamente no había nadie por la taberna salvo algún que otro borracho.-Mañana todos sabrán que te has escapado..., es..., peligroso.

-No.-Me costó escuchar su respuesta de lo bajo que hablaba. La vi abrazarse a sí misma.-Quédate en tu cuarto, no quiero causarte más molestias. Yo me conformo con el suelo, no podría dormir en una cama después de tanto tiempo sin estar en una.-Su mirada se perdió en la madera de la barra.-Pero duerme allí, por favor. Me da miedo dormir sola..., me da miedo dormir, sin más.-Susurró con la voz temblorosa. Suspiré metido de lleno en todos aquellos pensamientos buenos y malos sobre la situación en la que me había metido. Esa niña estaba llena de traumas y de heridas escalofriantes y yo, era un completo inútil cuando se trataba de entablar algún tipo de relación con alguien que tenía un pasado así. No había sido capaz de empatizar realmente con nadie desde que desperté. Todo había girado en torno a mí y mis problemas y nada más. No sabía qué debía hacer, decir o cómo debía de comportarme. Me daba pena y a la vez no. La vida, al fin y al cabo, era cruel con todo el mundo y…, el destino marcado "supuestamente" por los Dioses era sin duda una mierda para la mayoría…

Durante unos segundos, volví a pensar en la muerte y en lo buena que, quizás, hubiese sido esa opción.

Así que, sin saber qué decir exactamente, me mantuve en silencio involucrándome tal vez demasiado, conmigo mismo y mis pensamientos. Incluso con Margaret allí hablándome de sus anécdotas de aquel día, fui incapaz de volver a esbozar una pequeña sonrisa. No sabía qué me pasaba pero me sentía ajeno y extraño a toda esa situación que me acompañaba. A ese mundo. Notaba un fuerte pellizco en la boca del estómago así que, cuando acabé con la cena, a medias, me levanté del asiento y caminé hacia las escaleras.

-Nos veremos mañana Margaret. Descansa.-Me despedí con una amable expresión. Ella asintió un tanto preocupada pero, no quiso incidir más allá.- ¿Vienes?-Cuestioné e Aiko con el tono de voz, cansado. Ella asintió y, como llevaba haciendo desde que salimos del coliseo, me siguió con el rostro agachado.

Subimos las escaleras en silencio y, cuando abrí la puerta de la habitación con la llave y la dejé pasar, hablé.

-¿Podrías quedarte aquí sola unos minutos?-Cuestioné.-Necesito dar una vuelta.

-Claro, yo...-Se giró a observar la habitación y volvió a mirar al suelo entre nosotros.-No me moveré de aquí.-Se internó más en la oscuridad de la habitación y la vi acurrucarse, como buenamente pudo a causa de su pierna herida, en una esquina al final del dormitorio, en el suelo.-Tómate tu tiempo, sin prisas.-En su voz era obvio que la idea no le gustaba. Aun así, no quiso decir nada más. Suspiré resignado y cerré la puerta sin pensar.

Al bajar de nuevo al comedor, vi como estaba, esta vez, completamente solo. Margaret recogía lo poco que quedaba y apagaba algunas velas. Alzó sus ojos hacia mi inquietos e intranquilos. Yo le sonreír avanzando hacia la salida de aquel lugar.

-Kouga.-Pero su voz me detuvo antes de que girase el pomo de la puerta.- ¿Quieres hablar?-Inquirió. Respiré hondo pensándome unos instantes aquella proposición a sabiendas de que me haría bien pero, que no era lo que yo, realmente, deseaba.

-No.-Murmuré con el tono de voz apagado.-Gracias Margaret.-Afirmé sin volverme hacia ella. Salí a la intemperie. El frío de la noche de Caztán me acogió entre sus brazos. Bajé aquel par de escalones que me separaban del suelo arenoso de la solitaria calle. La noche era tan cerrada que prácticamente todo el mundo se había ido a dormir. Quise avanzar, caminar, sin embargo, me senté allí sobre las maderas soltando una larga bocanada de aire.

Y entonces, sin saber por qué, me sentí realmente vencido. Me llevé una mano a los labios y me quedé observando fijamente hacia el infinito. Y, me di cuenta, de que ya no aguantaba más esa situación.

-El miedo es tu peor enemigo.-Oí a ese Gorelak susurrar con su voz etérea sentado justo a mi lado. Como aquella tarde en el coliseo unos días atrás.

-No es miedo lo que siento.-Respondí.-Es…, incertidumbre…, enajenación…-Respiré hondo.-Y…, la sensación de no poder seguir con todo esto. Ya no pertenezco a este mundo, lo sé.

-¿Solo porque has encontrado a una joven esclava con una historia terrible?-Su pregunta me sacó un vuelco al corazón.

-No es solo por ella.-Desenvainé el puñal manchado un poco de la sangre de aquellos alguaciles a los que había asesinado. Lo miré fijamente notando un fuerte vacío en mi interior.-Es por todo. Por no saber quién soy. Por esas personalidades que no sé controlar. Por esa chica de ojos verdes y pelo negro a la que no dejo de ver.-La voz me tembló.-No sé…, que hacer…, y cuando pienso en ese tipo de cosas, también creo que lo mejor es simplemente desaparecer.-Susurré.-Acabar con la incertidumbre y el dolor…-El Gorelak sonrió aun siendo un ser sin rostro. Pude percibir su expresión de satisfacción. Estaba consiguiendo lo que quería de mí.

-¿Y retarás al destino que te han marcado los Dioses?

-No creo en los Dioses.-Confesé pasando el filo del puñal por mi muñeca derecha, presionando un poco pero, sin cortar.-No creo en su poder, ni en sus misiones. No creo en el destino. Ya…, no creo…, en nada…-Volví mis ojos hacia él y entonces, me di cuenta de que estaba, inconscientemente, llorando.

-Pues entonces, libérate.-Susurró con el tono más siniestro del mundo.

Fruncí el ceño, apreté los labios y volví mis ojos hacia ese gesto del puñal sobre mi muñeca. Apreté a conciencia abriéndome la piel…

Sin embargo, justo en ese momento, noté unos brazos agarrarme desde atrás con fuerza, con las manos apoyadas en mi pecho. Una pequeña figura se aferraba a mí con desesperación. Temblando. Asustada.

-No lo hagas...-Oí la voz de aquella pelirroja de ojos verdes, susurrando detrás de mí. Mi corazón se encogió.-Por favor, Kouga, no lo hagas.-Repitió.-Yo..., yo te ayudaré. Lo averiguaremos todo.-Susurró angustiada y me di cuenta, de que había escuchado aquella extraña conversación.-No estás solo yo…-se mordió el labio,-no lo vas a estar más…-Se movió hasta agacharse frente a mí colocando ambas manos en mis mejillas. Vi su rostro repleto de lágrimas.-Aparta ese cuchillo, te lo ruego.-Me agarró de la mano izquierda separando el acero de mi piel y tapó, con sus dedos, la hemorragia de la muñeca derecha. Su mano se manchó de sangre.-Por favor…-Rogó.

Y, en aquel instante, alcé mis ojos indecisos y un tanto asustados hacia ella dejando caer a un lado el puñal. Tenía la boca seca, sentía mi ritmo cardiaco acelerado y la respiración ir a más velocidad de la necesaria. Sin decir nada, sintiéndome terriblemente culpable, coloqué mi mano sobre la suya que intentaba parar la sangre que se deslizaba por sus dedos y, apoyé la frente sobre su hombro. Cerré los ojos. Respiré hondo apreciando su olor y su calor. Ella me abrazó con el brazo libre.

-Estoy bien.-Esbocé cuando llevaba un rato en esa posición calmando todos mis sentidos.-No te preocupes.-Susurré.-Todo está bien.-Asentí.

-Vamos.-La vi levantarse con dificultad pero aguantó allí de pie, todavía agarrando mi muñeca.-Tengo que vendarte eso y debemos descansar. Ha sido un día complicado.-La sonrisa que me dedicó en ese instante no se me olvidaría jamás. Estaba llena de sinceridad y dulzura.-No te agobiaré para que me cuentes nada. Esperaré hasta que tú lo necesites. Si es que quieres hacerlo, claro.

-No tengo nada que contar. No hay nada que decir.-Susurré aún envuelto en mis pensamientos. Me solté de su pequeño agarre y avancé hacia el interior de la taberna. Ella me siguió. Los dos subimos en completo silencio y, cuando llegamos al dormitorio, me senté sobre el colchón, cansado. Aiko se acercó a mí y, rasgando un poco la tela de aquel raído vestido, me vendó la herida tal y como había prometido. Observé su ropa, durante unos segundos, pensando que había que hacer algo con ese detalle. Luego alcé mis ojos hacia su rostro. Suspiré interiormente.-Duerme en la cama.-Susurré. Ella dejó su labor y me miró.-Es hora de que te acostumbres a ello.-Seguí.-Es lo suficientemente grande para los dos. Prometo no molestarte.-Observé cómo se incorporaba tras terminar de fijar las vendas alrededor de la herida. Se acercó esos escasos centímetros que nos separaban, y volvió a abrazarme dejando mi cabeza apoyada en su pecho.

-De acuerdo.-Susurró con aquel tono aterciopelado.-No me molestarás. Dudo que llegues a hacerlo nunca.-Noté una de sus manos acariciando el cabello que caía por mi nuca con un cuidado que resultaba casi mágico. Sin embargo, lo único que quería hacer en aquel preciso momento era descansar. Así que, la retiré de mí dejándola sentada sobre la cama. Me quité las botas para poder tumbarme, por fin, sobre el cómodo colchón. Ella aún seguía en la misma posición sin dejar de mirarme. Suspiré.

-Mañana estableceremos un plan rápido de actuación. Evidentemente no podemos quedarnos en Caztán eternamente y mucho menos cuando se den cuenta de que te has escapado. Así que, saldremos con el ocaso hacia la siguiente ciudad. Podremos descansar un poco más de tiempo e intentaremos establecer, allí, ese contacto que querías con tus hermanos. También investigaremos para quitarte esa dichosa marca que tienes en el brazo. Pero, mientras,-la miré,-no podrás salir de esta habitación. Te traeré algo de ropa y comprare algunas provisiones. Solo tengo un caballo pero será suficiente.-Expliqué los pasos a seguir. Ella asintió en silencio a todos ellos sin dejar de mirarme de esa forma tan intensa, tierna y extraña. Como si esperase algo de mí. Arrugué la nariz pensando, durante unos segundos, por qué me miraría de aquella forma tan poco común.- ¿Qué te ocurre?-Cuestioné.- ¿Por qué…, me miras así…?-Pregunté directamente. Me ponía nervioso que hiciese eso sin más.

-No es nada.-Apartó sus ojos con una expresión de ¿arrepentimiento, quizá?-Es sólo...-suspiró,-…es sólo que eres lo único que tengo. La única persona que me ha creído, que se ha preocupado por mí en todo este tiempo y me inquietas. Quiero cuidar de ti, ayudarte en lo que necesites.-Aguardó unos segundos en silencio.-Da igual, olvídalo. Pensarás que soy un bicho raro o algo peor.

-Porque lo digas no significa que empiece a pensarlo ahora.-Bromeé relajando el tenso tono de voz que tenía.-No hace falta que te preocupes por mí solo para devolverme el favor. No soy nadie importante en este mundo. Lo he hecho porque he querido y ya está. Nada de lo que digas cambiará las cosas. Así que, adelante.

-¿Por qué eres así?-Volvió a mirarme.-Es decir, hay veces que te comportas como si todo te diese igual y luego hay otras en las que eres una persona que se preocupa por los demás. ¿Qué te ha sucedido para estar más roto que yo, Kouga?-Su expresión era de una tristeza y angustia absoluta. Respiré hondo, desvié mis ojos hacia el techo de la habitación.

-No lo sé.-Susurré intentando dibujar en mi mente alguna imagen que tuviese que ver con mi pasado. Pero no había nada.-No lo recuerdo. Lo único que puedo decirte es que me desperté hace mucho tiempo en una cama con unas heridas terribles por haber participado las guerras de Inzia. Después, supongo, que de alguna forma he intentado encontrarme a mí mismo aunque sin ningún resultado realmente óptimo. Todo está en blanco. Y…, al principio no dejaba de cuestionarme por qué los Dioses me habían castigado con esta carga. Hubiese preferido morir…, a no recordar quién soy. No sé por qué tomé siquiera esa decisión. No soy capaz de recordarlo.-Suspiré imaginando, durante unos segundos, los preciosos ojos verdes de aquella joven a la que no dejaba de ver en mis visiones. La vi sonreír y sentí un vuelco en el alma.-Supongo que…, quién fui hace tiempo intenta luchar con todas sus ganas contra esta parte de mí que intento construir ahora. He viajado mucho en estos meses. He visto lo cruel que puede llegar a ser el mundo y las personas que viven en él. Me he dado cuenta de que sí uno no lucha por sí mismo, nadie lo hará. Preocuparse por los demás es…, complicado. Crear vínculos con otras personas es…, doloroso. Nada es para siempre. Algún día todo acabará. Prefiero, no formar parte de unas lágrimas innecesarias cuando llegue ese día.-Me mordí el labio pensativo.-Es una situación compleja. Por eso, prefiero, que no te preocupes por alguien como yo. Es mejor que sigas con tu vida, con tus sueños ahora que tienes la libertad al alcance de tu mano. Alguien que no es capaz de crear ningún tipo de lazo no debe inquietarte.-Sonreí.-Y ahora,-me giré dándole la espalda,-descansa.

-Oh, no, no puedes irte así a dormir.-Con una fuerza inesperada, me hizo girar hasta quedar boca arriba, subiéndose sobre mí en un ágil movimiento, aunque cerró los ojos por el dolor que sintió en la pierna. Puso ambas manos a los lados de mi cara y me miró con intensidad.-No puedes soltarme todo eso y esperar que lo deje estar.-Fruncí el ceño ante esas palabras sin comprender nada de lo que estaba pasando.-He tomado una decisión.-Asintió decidida.-Voy a quedarme contigo.-Abrí los ojos con sorpresa.-No voy a dejarte solo, nunca más. Recuperaremos tus recuerdos y entonces lo tendrás todo claro, sabrás qué hacer y cómo vivir. Te lo repetiré las veces que haga falta: no estás solo Kouga.-La vi que se fijaba en mis labios mientras se mordía el suyo inferior y luego subía a mis ojos castaños, como si se pensase besarme o no.

-Me..., me parece bien,-advertí arrugando la nariz sintiéndome ligeramente incómodo ante esa inesperada forma de abalanzarse,-eres libre, puedes hacer lo que quieras. Me puedes seguir al fin del mundo si quieres siempre y cuando no tenga que cargar contigo. Aunque..., no te prometo nada que tenga que ver con algún tipo de amistad. Prefiero hacer las cosas a mi manera y por mi cuenta.-La agarré de la cintura y, en un rápido movimiento nos giré a ambos sobre la cama. Esta vez, fue ella la que se quedó un tanto sorprendida al tenerme, de repente allí, con medio cuerpo sobre el suyo.-Y deja de hacer esas cosas raras; de mirarme de esa forma extraña como si te lamentases de mí. Mantén todos esos abrazos y besos...-pensé unos segundos en el roce de nuestros labios en aquel callejón. Sus mejillas se sonrojaron,-para ti.-Sonreí divertido liberándola del agarre. Volviendo a tumbarme de espaldas a ella sobre el colchón.

Prácticamente caí rendido al instante. Había sido un día tan lleno de "actividades", que parecía que había pasado un mes. Y cuando me desperté al amanecer, la misión estaba clara; tenía que prepararnos para el viaje. Así que, cuando abrí los ojos, me incorporé y sentí que estaba lo suficientemente despierto, me calcé las botas con la intención de marcharme pero entonces, me di cuenta de que ella no estaba tumbada sobre el colchón. Arrugué el entrecejo extrañado y caminé hacia su lado de la cama sigilosamente. Allí, la encontré recostada sobre el suelo. Chisté con la lengua y negué. Esa chica era la persona más extraña con la que me había topado jamás. Aun dormida, la cogí en brazos con cuidado y la tumbé sobre las sábanas. Suspiré y, durante unos segundos, me que quedé observando aquel apacible y pausado rostro que tenía mientras dormía. Fue la primera vez que me fijé en lo guapa que era, en realidad.

Suspiré y salí definitivamente de la habitación. Al bajar, me encontré con Margaret junto con un par de camareras más, preparando desayunos para los pueblerinos que entraban. Me sonrió radiante y yo, le respondí de la misma forma.

-¿Qué darías por pasar un día en la mejor compañía del mundo?-Inquirí con ese tono atrevido que no había dejado de ponerle desde que la conocí.

-Nada.-Respondió ella resuelta y bromista colocando un par de cafés sobre la barra.

-Ey,-afirmé indignado,-no iba con esa intención.-Ella rió.

-Por si acaso.-Se encogió de hombros. Suspiré sin dejar de sonreír.

-Tengo que comprar algunas cosas y no sé exactamente cómo debo hacerlo.-Pensé en la ropa para Aiko.-Necesito tu ayuda.-Confesé. Margaret se volvió hacia mí con los ojos abiertos de par en par.

-¿Tú necesitas ayuda?-Me señaló.- ¿Qué astros se han alineado?-Bromeó quitándose el delantal. Comentó algo a su compañera y salió desde detrás de la barra.-Vámonos.-Pensaba que me iba a costar muchísimo más convencerla pero, al final había resultado realmente sencillo.

Pasear con Margaret durante todo el día por aquella ciudad fue lo más divertido que había hecho en mucho tiempo. Era una de esas relaciones "sanas" de las que había carecido desde que desperté. Ella sacaba la mejor parte de todo lo que suponía ser yo. Hablábamos, reíamos y podía sincerarme con ella como con nadie. Me sentía tan a gusto que, me asustaba en cierto modo. Era como sí, mi parte egoísta desapareciese por completo. Y, cuando la vi seleccionando algo de ropa con el rostro lleno de entusiasmo, dado que no pagaba ella, entrecerré los ojos pensando en lo que le había dicho a Aiko la noche anterior sobre los vínculos. No lo había sabido hasta ese momento, pero entre Margaret y yo, había un lazo muy especial. Al parecer, me estaba equivocando con algunas de mis ideas. Eso me hizo cuestionarme otras tantas cosas.

-Estoy muy cansada.-Se quejó subiendo las escaleras conmigo hacia las habitaciones.

-No me extraña. Casi me dejas sin coronas.-Reí y abrí la puerta de la habitación de par en par encontrándome con sus bonitos ojos verdes asustados. La pobre, dio un botecito sobre sí misma del susto, nada más vernos aparecer de repente, sonreí.-Te hemos traído algunas cosas.-Abrí los papeles que envolvían la ropa que habíamos comprado.-Ven.-Ella dirigió sus ojos con desconfianza hacia Margaret que la observaba alegre con sus manos tras la espalda.-No te preocupes.-Afirmé cuando la vi dudar. Cuando se sintió con algo de valor, se acercó hasta el paquete que había abierto sobre la cama deshecha. Sus ojos se abrieron de par en par emocionados al ver la ropa.

-Gracias.-Asentí feliz al oír su agradecimiento.

-Aunque esa no es la única sorpresa.-Susurré alzando mis ojos hacia la bonita rubia.

-Te hemos preparado un baño de agua caliente.-Dijo la camarera. Las esferas verdes de Aiko se abrieron de par en par.

-Yo..., no sé cómo agradecéroslo…-Vi sus lágrimas recorrer sus pómulos sonrosados. Si se ponía así por semejantes tonterías no me imaginaba cuál sería su reacción al ver a sus hermanos de nuevo.-Perdón.-Se apartó las gotas con el dorso de su mano.-Es que hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba así por mí..., me he emocionado un poco con todo esto.

-No te inquietes por nada. Hemos reservado los baños todo lo que queda de día para que nadie pueda encontrarte.-Afirmó Margaret con su radiante expresión.-Ven.-Le tendió la mano pero ella me miró a mí antes de dar un solo paso. Asentí observando cómo, dos segundos después, comenzaba a caminar hasta agarrar con fuerza la mano de la rubia quién tiró de Aiko hacia el exterior.-Te la devolveré.-Dijo riéndose cerrando la puerta tras de sí. En ese momento me tumbé sobre la cama rendido cerrando los ojos una vez más, para dormir un poquito.

Cuando me desperté, bajé al comedor con algunos bártulos, ensillé y preparé al caballo y caminé hasta los baños para darme uno rápido, yo también, antes de marcharnos. Solo los Dioses sabían cuando íbamos a poder disfrutar de esos placeres una vez más. Cogí una toalla de un estante y, me quité toda la ropa que me cubría el torso además de las botas. Avancé por el pequeño corredor y abrí la puerta de la piscina de agua caliente. Avancé con los pies descalzos hasta el borde y allí, la vi a ella de espaldas a mí tan solo asomando la cabeza entre las burbujas. Su pelo se había rizado por el vapor. Sonreí divertido pensando en el pequeño susto que iba a darle.

-¿Está el agua en su punto?-Le susurré muy cerca de su oído con el tono de voz misterioso, agachándome a su lado. Ella se volvió hacia mí asustada. Y, cuando me vio allí, sus mejillas se sonrosaron como nunca antes las había visto. Sus ojos se abrían de par en par sorprendidos. Reí.

-Está..., está bien.-Se apartó un poco.-Puedes entrar, no pasa nada.-Se colocó frente a mí con la espalda apoyada en la piedra. Arqueé las cejas asombrado por su reacción a la vez que me incorporaba.

-¿No te importa que me quite la ropa y me meta en el agua?-Llevé mis dedos a los cordones del pantalón desabrochándolo.-Estupendo.-Sonreí con cierta diversión.

-No serás el primer hombre que vea desnudo, así que no me importa.-Encogió su pierna sana y la abrazó contra su pecho.-Aunque sí espero que seas el último, la verdad.

-¿Qué quieres decir con eso?-Me quité definitivamente el pantalón y me metí, lentamente, en el agua cálida y espumosa. Apoyé los codos sobre el bordillo y eché un tanto la cabeza hacia atrás relajándome como hacía semanas que no lo hacía. Mis músculos se destensaron. Los tatuajes de mi piel se empezaron a distinguir con más claridad.

-Si tú eres el último en verme desnuda, cosa que está sucediendo ahora mismo, significa que los abusos…, han cesado, al fin.-Dibujó una sonrisa calmada en su rostro.

-Punto número uno, no te estoy viendo desnuda con toda esa espuma que tienes alrededor.-Sonreí atrevido mirándola a los ojos fijamente.-Y punto número dos, deja de decir esas cosas tan tétricas. Relájate…-Susurré.

-Estaba relajada hasta que un gigante ha interrumpido mi meditación.-Me devolvió la mirada alzando una ceja de forma irónica. Y entonces, me acerqué a ella hasta apoyar mi espalda en el mismo bordillo. La miré con una sonrisa apacible y tranquila. Noté la piel de su brazo rozar el mío. Los vellos se le pusieron de punta.

-¿Y en qué pensabas mientras meditabas?-Murmuré muy bajito. Como si nadie más quisiera que me escuchara.

-En todo un poco.-Si estaba cohibida por toda aquella escena, no lo parecía.-En nuestra huida, lo que nos depara, en casa... Supongo que en lo normal ahora que soy "libre".-Hizo comillas con los dedos.-Y pensando en que necesitaremos efectivo y en alguna forma de conseguirlo.

-No te preocupes por eso. Encontraremos una solución.-Me coloqué frente a ella apoyando un codo sobre el borde, agachándome hasta estar a la altura de su rostro sin dejar de mirarla a los ojos tal vez, de una forma demasiado intensa. Amplié mi sonrisa.-Siento lo que pasó ayer. No quería preocuparte. Te prometo que no volverá a ocurrir.-Le rocé con el dorso de la mano el brazo.

-¿Y te refieres exactamente a...?-Preguntó con curiosidad mientras observaba mi mano acariciándola y luego volvía a posarse en mis ojos castaños. Alcé la muñeca derecha enseñándole el corte a medio curar, sin decirle nada más.-Ya.-Posó sus dedos con cuidado sobre él y bajó la mano hasta sumergirla en el agua. Seguí aquel gesto a medida que hablaba.-Eso espero. Tienes muchas cosas que averiguar antes de darte por vencido.-E iba a decir algo más cuando, al alzar la mirada, la vi a ella una vez más. Un vuelco se aferró a mi corazón. La morena sonrió. Tragué saliva y, haciendo caso a esos instintos que siempre salían a la luz cuando ella aparecía, alcé la mano derecha hacia su mejilla, la roce con cariño. Y, sin pensármelo ni un solo segundo, descendí hasta sus labios y los besé.

Fue un beso corto y sin demasiada intensidad aunque cargado de sentimientos y amor. El solo hecho de estar allí, con ella, en aquel ambiente tan excitante, hacía que me sintiese extasiado y terriblemente feliz. Como si viviese en un sueño. Me retiré, unos segundos, para mirarla a los ojos sin dejar de sonreír. Pero entonces, volví a ver a Aiko observarme desconcertada, por no decir perpleja ante aquel beso robado, y sentí el hilo de sangre descender por la comisura de mis labios. El corazón me latía a toda velocidad. Suspiré rendido.

-También siento eso. No sé, que demonios me pasa...-Chisté con la lengua.

-Dime una cosa.-Con su mano libre apartó la sangre que manaba de mi boca.-Hay veces que ves a otra persona, ¿verdad? Como ayer…-Suspiró alejándose de mi lado.-Está bien, no tengo problema en que pienses en otra persona cuando me besas, es normal...

-No...-Susurré negando.-No es normal.-La miré frustrado.-No quiero hacerte daño...

-No importa.-Se encogió de hombros y volvió a abrazarse la pierna sana.-Cuando nacemos, nuestro destino ya está escrito y no puedes hacer nada para cambiarlo. No importamos, somos simples juguetes con los que ellos se divierten al ponerlos en situaciones difíciles o traumáticas.-Volvió a mirarme.-Que me beses o que me toques pensando que soy otra mujer no me molesta, ni me hace daño. Al menos, de esa forma, siento que le importo a alguien, que existo por algún motivo.-Nada más oírla decir aquello, noté un fuerte pellizco en el pecho. Sin saber exactamente por qué, a pesar de que no sentía nada o eso era lo que yo creía en aquel momento, me acerqué a ella, la acorralé contra el borde, la miré desde arriba posando mis manos a ambos lados de su rostro. Clavé mis ojos en ella y sentí, que empezaba a respirar con más rapidez. Descendí hasta sus labios y volví a besarla con más energía que antes. Ella me correspondió aun indecisa pero, hubo un momento en el que mi lengua se adentró en su boca y ella enredó los dedos de sus manos en el pelo húmedo de mi nuca aceptando el beso con las mismas ganas que yo. Hasta que, tras unos segundos, me alejé un tanto de sus labios y descendí los besos hacia su cuello arrancándole un pequeño suspiro cuando le clavé los dientes en él. Vi de reojo como cerraba los ojos y me apretaba el pelo con sus pequeños dedos. Sonreí satisfecho con su reacción. Alcé mis mordiscos hasta el lóbulo de su oreja.

-¿Has percibido la diferencia? Ahora no estoy pensando en ella…-Murmuré con el tono de voz grave y quizás más atrevido de lo normal.- Fréname cuando creas que es así…-Me retiré de su cuerpo.-A ti no te importa pero a mí, sí.-Le di un pequeño beso en la frente.

-¿Y tú la has notado?-Inquirió alzando una ceja.-Esa era mi reacción con los guardias. ¿Notas la diferencia de cuando me besas tú a este beso forzado?-Sin que pudiera decirle nada, se lanzó sobre mí y aprisionó sus labios contra los míos, pegando, su cuerpo todo lo que pudo.-Te va a ser difícil librarte de mí ahora, Kouga.-Dijo alejándose, dejándome completamente descolocado durante unos cuantos segundos. Hasta que al final, reaccioné frunciendo el ceño y arrugando la nariz, molesto.

-Te dejaré ganar por esta vez pequeñaja porque no puedo aplazar el viaje ni un minuto más.-Le advertí.-Pero veremos qué pasa la próxima vez. Si es que existe esa posibilidad, aunque lo dudo.-Y entonces, me puse un poquito más serio todavía si eso era posible. Había balances que no me gustaban ni un pelo.-No creas que puedes compararme con un guardia que fuerza a las mujeres solo por propia diversión. No me conoces en absoluto.-Me volví sobre mis pies y salí de la piscina colocándome la toalla alrededor de la cintura.-Tienes diez minutos más o partiré sin ti, si no estás lista.

-No has entendido nada.-La vi echar la cabeza hacia atrás y apoyarla en el bordillo.-No era esa mi intención, me he expresado mal. Lo siento.-Relajé un tanto mis facciones ante aquella disculpa, pero no iba a ser tan sencillo.-Lo único que quería mostrarte es que hay una enorme diferencia entre uno y otro, para que tú supieras cuándo debías parar porque yo soy incapaz.-Entrecerré mis esferas marrones al oír esa última frase.-No se me ocurriría compararte con..., esos…-Volvió a dirigir sus ojos hacia mí.-Yo..., tan solo quería que supieras que me da igual si ves a otra en mí o, si terminamos acostándonos y piensas en ella. No me va a molestar. Es simple, nadie se interesaría por alguien como yo.-Se encogió de hombros nuevamente.-Pero da igual, no me hagas caso.-Sumergió la cabeza en el agua como si quisiera ocultarse. Resoplé llevándome las manos a la cintura. Pensé en lo absurda que estaba resultando esa tediosa relación. Ni ella sabía qué quería y yo, no estaba convencido de lo que mis propios ojos, veían. Chisté con la lengua, enfadado, saliendo de aquel lugar.

Preví un viaje silencioso y lleno de caras largas. Al final, todo aquello me saldría más caro anímicamente, de lo que pensaba. Todavía me paraba a pensar en qué dichoso momento se me ocurrió a mí, la genial idea de bajar a verla a su celda. Podría haber seguido con mi vida con tranquilidad si no me hubiese preocupado pero no, ese estúpido Kouga lleno de cariño y emociones se interponía en mi mente fría. Le odiaba.

Después de despedirme de Margaret, de la ciudad y de todo aquello que había supuesto mi estancia allí, emprendimos nuestro viaje a pie. Y, mientras tiraba de las riendas del caballo, me llevé una de aquellas hojas a la boca. Suspiré al darme cuenta de que me quedaban más bien pocas y, pensé que antes de que se me acabasen, debía de visitar a otra Augur para que me proporcionara algunas más. Si no, sentía que el viaje sería…, insoportable…