38. Hechos intrigantes
Dedicado a Lizdayanna
"Sigues la historia desde que ya iba
por unos cuantos capítulos, pero igual,
te tomaste la molestia de comentar,
de reaccionar a las actualizaciones
Y de apoyarme todo lo posible con ella :)
Me alegra ver tus diferentes emojis con cada capítulo que estreno,
Y me hace feliz que nunca pare de emocionarte los giros que da continuamente.
Disfruta del capi :*"
Carlisle la observaba con ojos de halcón.
En su mente había seguido recreando a la antigua Esme con un look discreto, llevando colores apagados y oscuros, pero viéndose muy sensual al mismo tiempo; como si se escondiera sin querer dejar de lucir su silueta, una por la que él se había sentido tan atraído como una abeja a la miel. Sin embargo, en ese momento ella presentaba otro estilo. Uno que entre el peinado de flequillo ladeado con melena ondulada suelta, tejanos que combinaban con un jersey azul pastel que dejaba uno de sus hombros al descubierto, por primera vez… tenía la pinta de ser muy suyo. Parecía que por fin dejó de lucir para un público en especial y lo hacía para sí misma.
Por su lado, Esme también lo había analizado. Él lucía más adulto, con una barba de algunos días donde antes había piel lisa, y un look de camisa y pantalones que tiempo atrás le incomodaba muchísimo llevar a comparación del chándal tradicional. Sin duda, ya lo había naturalizado.
—Siempre creí que cuando tuvieras un hijo, hablarías en griego con él.
Esme sonrió levemente ante el comentario de Carlisle.
Ambos caminaban al lado del otro a una cierta distancia, de forma pausada, mientras Edward iba muy por delante de ellos, correteando de una tienda a otra para mirar juguetes o algo que le llamaba la atención, hasta que en uno o dos minutos desistía y se centraba en otro escaparate. Para ambos resultaba extraño no rozarse ni siquiera la punta de los dedos, cuando antes sucedía todo lo contrario entre ellos.
—Lo hice desde que nació —admitió ella—, pero ahora solo es posible que pase dentro de casa.
—¿Por?
Esme le respondió con una cara de "no hubo otra alternativa".
—Como muchas veces hemos estado fuera en parques, fiestas de cumpleaños —ejemplificó para aclarárselo—, o nos hemos cruzado con sus amigos por la calle en alguna ocasión y ellos no nos entendieron a Edward y a mí al hablar, empezaron a hacerle cierta burla. Así que, al final, él acabó empeñándose en que solo hablásemos griego en casa para evitar que nos escuchara nadie más.
Carlisle lo percibió como un comportamiento normal viniendo de un niño. Y justo entonces, Edward se acercó a su madre y se pegó a su codo.
—¿Me puedes dar vερό?
Ella enseguida sacó una botella de agua de su cartera marrón, se la dio, y luego de beber un sorbo, volvió a corretear mientras Esme guardaba el agua otra vez. Examinando su perfil, Carlisle juró que su piel y su cuerpo permanecieron intactos al paso del tiempo.
—A veces se le olvida la traducción de ciertas palabras cuando las usa más en un idioma que en otro —murmuró ella, en justificación a lo que acababa de suceder.
Entonces, los ojos de Carlisle pasaron a enfocarse en el niño, luciendo como lo hacía a sus ocho años de edad… y sin poder evitar el sentimiento de reproche que le nació en el pecho.
—¿Por qué me lo ocultaste?
Esme suspiró con pesar.
—Por la sencilla razón de que era lo mejor…
Carlisle no podía creer lo que escuchaba.
—¿Cómo que "lo mejor"?
Ella le hizo una advertencia con la mirada para que modulase el tono con el que se dirigía a ella.
—Para empezar, estaba el tema de la edad.
—Te recuerdo que yo era mayor que tú —dijo con una voz más calmada.
—Y aún así no habías acabado ni de estudiar, Carlisle —le recriminó—. Pero después, tienes que pensar en la situación de nuestra relación y sobre todo… Bueno, tú sabes muy bien que trabajaba en sitios turbios…
Él frunció el ceño ante tal denominación.
—Yo no llamaría así al club donde iba casi todos los fines de semana con la clase y que frecuentado por la mayoría de los jóvenes de clase alta —replicó con escepticismo.
Esme negó con la cabeza.
—Porque tú nunca viste más allá —apuntó, como si fuera consciente de que jamás llegaría a percibir la gravedad del asunto—. Trabajar en bares, clubs y varios sitios de estos te enseña una lección de vida excepcional, y es la de que tú puedes estar sirviendo bebidas en una mesa y no reconocer si la cara del cliente que tienes delante pertenece a la de una buena persona, a un desgraciado abusivo o a la de un completo psicópata —enfatizó—. Te presentas ante borrachos que pueden estar desde echándote un ojo hasta planeando como seguirte después del trabajo o algo más peligroso, sobre todo si es de noche. —Hizo una pausa—. Yo pasé mis sustos, Carlisle, y fueron fuertes. Así que cuando supe que esperaba a Edward y dejé ese estilo de trabajo… me dio miedo.
—¿Miedo? —cuestionó él.
Ella cerró los ojos tratando de buscar las palabras exactas.
—Ser joven, mujer, y moverte en estos ambientes es complicado —acabó diciendo—. Muchos querrán sacar ventaja de donde piensan que hay vulnerabilidad. Y si vives en un barrio con un alto porcentaje de inmigración, pobre, y a veces problemático… estando uno de mis trabajos a la esquina de mi casa… —Esme endureció sus rasgos—. El punto es que estaba demasiado sobre expuesta a personas que me conocían y que nunca me gustaron ni una pizca.
La aflicción la acompañaba en cada una de sus palabras. A Carlisle todo le seguía sonando todo demasiado novelado, pero conocía a Esme. No era de las que se desesperaba fácilmente, y si lo hacía, era porque había algo mucho más crudo que decidió callar.
—¿No había otra alternativa? —insistió.
Ella negó de forma rotunda.
—Necesitaba irme —declaró con firmeza—. Desaparecer, convertirme en inubicable ante cualquier posible rastreo o chantaje que intentasen hacerme y separarme de todo eso. Tú de cierta forma me lo habrías impedido. Y no espero que lo entiendas, pero no quería que a mi hijo le quedara un solo rastro de la vida que yo tuve. De esa por la que estaba en juego mi bienestar, en parte el tuyo… y sobre todo el de él, de mi bebé.
Carlisle suspiró. A pesar de que seguía sin convencerle, no encontraba argumentos en su contra.
—¿Y te mudaste a esta ciudad? —inquirió.
—Cambié de vida, sí, en todos los aspectos posibles. —Esme cambió su tono a uno más optimista y gentil—. Luego ya entraremos más en detalle. Lo importante ahora es que ha pasado el tiempo y ya no hay peligro, así que mi plan era dejar pasar unos años más… hasta que calculase que ya hubieses acabado del todo tus estudios y establecido tu vida, para buscarte y poder contarte sobre Edward.
—Ah, gracias. —Carlisle rio y tosió un poco—. En realidad, al final entré a la vida adulta muy rápido de todos modos.
—Ah, ¿sí?
Él ladeó con la cabeza.
—Digamos que hubo diferentes circunstancias que me lo exigieron—reconoció—. El problema ahora es que no sé como acercarme a Edward, así, de repente…
Esme soltó una risita y le restó importancia.
—Despreocúpate por eso —le dijo con calma—. En cuanto empezó a entender lo suficiente, le conté que si nunca te había visto era porque no sabías sobre él. Que eras demasiado joven y que además nosotros no teníamos suficiente dinero para ir a un barrio más seguro si nos mudábamos cerca de donde tú estabas… Así que por entonces, dejar las cosas como estaban era la mejor manera de cuidarnos a los tres. —Su mirada se había perdido en sus recuerdos conservando la sonrisa—. Igual le prometí que cuando fuera el momento adecuado, te conocería. Así que si ahora le cuentas que eres su padre…
—¿No se lo tomará tan mal, seguro? —cuestionó Carlisle.
Ella negó con la cabeza.
—Edward es un niño al que si le explicas las cosas con antelación o lo preparas con cuidado para ciertos temas, suele asimilarlo bien —le garantizó—. Pero si es al contrario, entonces ya no tanto.
A él le hizo gracia la singularidad del pequeño.
—Es bueno saberlo.
Esme esbozó una sonrisa satisfecha.
—Estará feliz de por fin tener a un referente paterno —murmuró ella.
Carlisle detuvo sus pasos en el acto.
—¿Acaso… no has estado con nadie en todo este tiempo?
Ella suspiró suavemente y negó.
—No, ni me interesaba, la verdad; así que tampoco lo he buscado. ¿Y tú, estás soltero?
Él se removió en su lugar.
—No, casado…
—¿En serio? —Esme estaba sorprendida—. Pues, enhorabuena. ¿Conozco a la afortunada? Lo último que supe era que estabas con Basia.
—…Eh… sí. Pero no es ella.
—¿Y quién es?
Él se rascó la cabeza, inseguro, algo que a Esme le hizo gracia.
—Anda, cuéntame —murmuró con ánimo—. Creía que ya habías dejado atrás lo de ser tímido conmigo…
Se expresó con un tono tan picarón, que Carlisle volvió a sentir que le entraba cierto calor en las mejillas después de mucho tiempo.
—Pues… es que es…
—¡Mamá! —Ambos se giraron alarmados ante el grito de Edward, quien señalaba el escaparate con insistencia—. ¡Mira! Es el juguete nuevo que tiene Alec.
Esme respiró aliviada y endulzó su expresión para dirigirse a él.
—Sí, Zoi Mou, pero sabes que nosotros ya no nos lo podemos permitir. Ya te he comprado de todo.
Él se quedó cabizbajo, pero no insistió más.
—¿Te gusta, Edward?
Las facciones del niño se avivaron de esperanza ante la pregunta de Carlisle.
—Sí, señor —afirmó convencido, tanto, que hizo al hombre sonreír.
—Bien, entonces es tuyo —aseguró—. Tómatelo como un regalo de mi parte.
Él abrió los ojos de golpe.
—¿En serio?
—Claro.
Edward se fue corriendo expresamente a la cintura de Carlisle.
—¡Gracias, gracias! ¡Muchas gracias!
Carlisle casi pierde el equilibrio por su súbito a agarre, pero se limitó a reír y acariciar el pelo de Edward con felicidad pura.
—De nada, pequeño.
No obstante, por más tierna que le pudiera parecer la escena, Esme no podía quedarse sin replicar.
—Carlisle….
Percibiendo ya sus intenciones, la frenó antes de que llegara a manifestarlas en palabras.
—Escucha, déjame compensarle por todas estas fiestas y cumpleaños que no he podido estar junto a él, por favor —susurró él en voz baja.
Y volviendo su vista hacia Edward, quien lucía unos ojos tan brillantes como si hubiese encontrado el mejor de los tesoros, Esme no tuvo corazón para decir que no.
nnn
Tres semanas después de Navidad, Edward y Bella se besaban en una de las bancas del patio sin prestar atención a nada más a su alrededor. Ella, sentada sobre las piernas de Edward, movía sus labios sobre los suyos con suavidad, pero sin perder la intensidad. En una de esas, él deslizó la lengua sobre su labio inferior con el objetivo de ganar aún más acceso a su boca. Bella sacó ventaja del gesto y acarició los alrededores de su lengua con la suya de forma traviesa, provocándole, para luego esquivar a Edward cuando pretendía hacer lo mismo con ella. Mantuvieron su juego durante unos segundos más, entre pequeñas risas y nuevos intentos, hasta que se quedaron sin aire. Pero aún cuando se separaron para dar una tregua a sus pulmones, Edward no se resignó a dejar de besarla; en cambio, se concentró en repartir pequeños picos mojados sobre la mejilla de Bella e ir descendiendo poco a poco en dirección a su cuello, a la vez que ella aprovechaba en masajear el cuero cabelludo de su nuca.
Bella sentía el bulto contra su muslo, y lo ignoró pese a tener cierta curiosidad. Había logrado que Edward dejase de sentirse incómodo por ello, consiguiendo así que le correspondiese con la misma fogosidad que deseaba y que no se cortara cuando quisiera mantenerla cerca. Y eso le encantaba.
Los besos, aunque cortos, seguían produciendo a Bella un hormigueo agradable alrededor de la porción de piel que alcanzaba. Sonriente, se meció suavemente contra él, queriendo acentuar la sensación un poco más. Pero duraron poco así, puesto a que en cuanto volvieron a pillarse mirando al otro, no pudieron evitar volver a besarse con el mismo hambre.
—¿Qué tal si os conseguís un hotel?
Tyler esbozó una mueca divertida mientras Irina y Jessica, junto a otros estudiantes que pasaban reían a sus espaldas.
Edward chasqueó la lengua, mientras que por otro lado, Bella evitó darles la cara.
—Ya es hora de volver a clase. Vamos, parejita.
Se distanciaron un poco de ellos y siguieron hablando. Edward deshizo el abrazo que mantenía alrededor del cuerpo de Bella, pero ella no se resignaba a a despegarse de él.
Esa tarde y la del próximo viernes no se iban a ver. Empezaban las dos semanas de exámenes para las preevaluaciones, y solo dos de ellos eran de asignaturas que compartían, así que cada uno había preferido estudiar por su cuenta.
—Hablamos esta tarde por Whats un rato, ¿vale?
Ella asintió y él le regaló una suave caricia en la mejilla antes de esconder las manos en los bolsillos del pantalón, ocultos bajo el borde de la camisa y la americana, para marcharse por su lado a la vez que ella lo hacía por el suyo.
nnn
Llegando a su casa alrededor de tres horas después, Bella entró decaída al umbral, siendo consciente de que iba a pasar el fin de semana estudiando y sin ninguna motivación a la vista en los descansos.
Volteando hacia la sala, vio a su padre hablando por teléfono en una charla animada. Bella aprovechó para ir a la cocina y servirse algo de comer de la nevera, ya que Rachel regresaba recién al día siguiente, y regresó sobre sus pasos en cuanto su padre hubo finalizado la llamada para consultarle.
—¿Y ese ánimo?
Él dejó de sonreírle al móvil y se giró hacia ella.
—Era Lillian.
—¿Ah sí? —inquirió ella con intriga.
—Sí… ¡Ha logrado la colaboración que estábamos buscando! —exclamó con una emoción que no cabía dentro de sí—. No han pasado ni dos semanas desde que todo el mundo regresó a su rutina postvocacional y Lillian ya ha conseguido meternos a trabajar juntos en un proyecto —negó con la cabeza—. Es increíble…
Bella recordó que su intención inicial era buscar trabajar con Carlisle… Pero en fin, al menos ya conocía la razón de su atípica actitud.
—Pues felicidades —No encontró otra cosa que decirle—. Al fin y al cabo, quisiste entablar amistad con esa familia para conseguir una oportunidad como esta, ¿no?
—Y he acertado —señaló con orgullo, mientras volvía a enderezarse en el sofá volviendo a recomponer su postura profesional—. Algo me dice nos llevaremos muy bien como compañeros de trabajo ¿sabes?
—¿De verdad?
Él asintió, convencido.
—Tenemos pasión por el mismo sector. —Hablaba con la mirada perdida, como si estuviese formando planes en su cabeza—. Y mientras yo me encargo más de la parte más organizacional en general, ella se encarga del diseño interior final. Ambos somos conscientes de lo que queremos, nos desenvolvemos bien en nuestras áreas y somos eficientes. ¿Qué mejor cooperación que esa? Aparte, he descubierto que nos resulta muy fácil hablar de ciertas cosas, entender ciertas bromas…
Y justo en ese momento, Bella temió que su entusiasmo con Lillian pudiera deberse a otro motivo muchísimo más distinto.
—Sí, sí, ya… —Asintió Bella acabando de masticar—. ¿Acaso te estás enamorando de Lillian, papá?
Y en ese momento, su mirada le dio la única respuesta que necesitaba saber.
