EN BUSCA DE LA FELICIDAD

CAPITULO XXXI

El bautizo de los bebés Andrew se llevó a cabo independiente, primero fue el del patriarca y a las dos semanas se efectuó el de los gemelos Brower, Anthony y Candy estaban muy cansados por todo lo que había acontecido en ese día, pero sintiéndose satisfechos por los resultados. Se encontraban en la reunión familiar que habían hecho en donde hasta Eliza y Michael habían estado presentes, la invitación había surgido no porque eran familia, sino porque Michael y Anthony estaban muy al pendiente del proyecto que concernía al hogar de Ponny. Eliza estaba junto a las demás damas, pero sobre todo con la tía abuela la cual estaba maravillada con el comportamiento de los dos nietos adoptivos que tenía, tanto Elizabeth como Louis estaban de lo más tranquilos junto a los demás bebés, ambos habían hecho un excelente trabajo hasta ese momento pensaba la tía abuela.

-Eliza ¿Cómo te ha ido con los niños? – Preguntó Candy un poco tímida por que no se sentía en confianza para hablar con Eliza abiertamente.

-Como podrás ver Candy, tanto Elizabeth como Louis son unos niños bastante tranquilos. – Dijo simplemente sin dar más información.

-Es lo que hemos visto Eliza. – Dijo la tía abuela, queriendo saber más también. - ¿Ha sido difícil?

-La verdad no tía, a decir verdad Louis me ayuda bastante con Elizabeth y la cuida mucho, al tener ambos la atención de Michael y la mía los ha hecho más unidos.

-Me alegra saber eso. – Decía la tía abuela y tanto Candy como las demás la veían con un dejo de asombro, ellas nunca hubieran pensado que sería una madre tan ejemplar, creían que iba a ser más parecida a su madre, pero al parecer le había hecho bastante bien casarse con Michael.

En el despacho los caballeros hablaban el plan que tenía Anthony y Michael para el hogar de Ponny.

-¿Qué es lo que tienes en mente Anthony? – Preguntó Albert, quien estaba al frente del escritorio, cediéndole la palabra a su sobrino para que expusiera el tema.

-He estado hablando con el ginecólogo del hospital tío, y me comentó que semana a semana atiende a mujeres jóvenes que están recién casadas y que no han tenido la dicha de ser madres y que aunque es algo muy confidencial y no puede dar nombres dice que continuamente atiende a mujeres que no han podido quedar embarazadas. Así que hable con Michael y él se encargó de investigar en el hospital de Nueva York y dice que la situación es similar a la de aquí, también el médico del hospital en el que trabaja se enfrenta semana a semana con mujeres que no han podido concebir.

-¿Y qué es lo que has pensado? – Preguntó Albert, si bien sabía que era una pena la situación de esas mujeres, no sabía a donde se dirigía su sobrino.

-Hablando con Michael, llegué a la conclusión de que sería una buena opción hacer promoción al hogar de Ponny, para así ayudar a que cada niño que llega ahí tenga una oportunidad de tener un padre o una madre. El director del hospital Santa Juana estuvo de acuerdo con la propuesta y me tomé la libertad de hacer unas pequeñas tarjetas que serían entregadas a las personas que consideren esta posibilidad como una opción. – Decía Anthony orgulloso de su idea, mientras los demás lo veían entusiasmados y felices por la propuesta del rubio.

-Me parece muy buena idea. – Dijo Stear.

-También yo estoy de acuerdo. – Dijo Archie.

-Pues yo no veo porque oponerme, es una idea excelente.

-Yo también he hablado con el director del hospital de Nueva York, y también le pareció una idea excelente, pero también comentó que hay otro orfanato mucho más cerca de Nueva York. – Dijo Michael.

-Tienes razón Michael, podría ser opción que se recomienden ambos y que la gente decida donde sería más fácil hacerlo. – Dijo Albert.

-Tienes razón tío, podríamos hacerlo un proyecto para los hospitales del país y así cada uno de los orfanatos podrían tener una oportunidad. – Decía Anthony y todos lo escuchaban emocionados.

-Sería una excelente idea. –Dijo Stear emocionado.

Los caballeros seguían enfrascados en su plática, haciendo planes y felicitando a Anthony por la idea que se le había ocurrido. Mientras las damas seguían platicando de sus intereses.

El tiempo seguía su curso y rápidamente llegó el fin del primer año de estudio de Anthony en Chicago, parecía mentira que en tan solo un año hubiera conseguido tanto en su vida, había llegado solo y ahora era padre de dos hermosos hijos y tenía a la esposa más bella de todas.

-Hoy hace un año que regresé a América pecosa. – Le decía mientras la sostenía abrazada por su espalda.

-¿Un año? – Decía sorprendida, como si un año fuera mucho tiempo. Anthony asentía.

-Hoy hace un año que me enteré que seguías con vida.

-Hoy hace un año me enteré yo, que tú seguías con vida. – Le respondía la pecosa.

-Nunca pensé que al llegar de nuevo a Chicago iba a reencontrarme con el amor de mi vida, que me iba a casar y que iba a ser padre de tan maravillosos niños. – Decía enamorado viendo en cada cuna al fruto de su amor.

-Si me hubieran dicho a mí, que en un año estaría casada y con dos hijos, no me lo hubiera creído. ¿Irás a Escocia a visitar a tu padre? – Preguntó con nostalgia, no quería impedirle el viaje pero sabía que era su padre y que debía visitarlo. Anthony lanzó un largo suspiro, aferrándola más a su cuerpo.

-Creo que ese viaje tendrá que esperar hermosa. – Dijo convencido.

-¿Esperar? – Preguntó feliz pero confundida.

-Princesa, los bebés aún son pequeños para viajar y no te voy a dejar sola con ellos, al contrario quiero pasar cada minuto con ustedes, además…

-¿Además? – Preguntó curiosa.

-Mi estancia en Chicago era por tres años. – Dijo tranquilo y girándola para verla a los ojos, ella ya tenía los ojos vidriosos por las lágrimas que la querían traicionar. – Y tendría que regresar a la universidad de Cambridge para terminar mis estudios allá y obtener el título.

-¿Te va a regresar? – Preguntó con miedo.

-¿No irías conmigo? – Pregunto coqueto.

-Sabes que a donde tu vayas yo iré Anthony. – Le dijo abrazándose a su pecho, sintiéndose más tranquila.

-Donde tú estés yo estaré pecosa, recuerdalo siempre. – Dijo correspondiendo a ese maravilloso abrazo que le proporcionaba su esposa. –Te amo tanto, princesa. – Le decía mientras la abrazaba con más fuerza. Cerraba sus ojos enamorado aspirando el aroma de su cabello, ese aroma que lo tenía loco por ella. Se amaron una vez más, se demostraron con caricias ardientes todo lo que sus corazones anhelaban expresar, fundiéndose uno al otro y formándose uno solo, disfrutando de sus caricias.

-¿Candy, princesa ya estás lista? – Preguntó Anthony impaciente. –Ha llegado el carruaje. – Decía impaciente al estar esperando a su esposa.

-Ya estamos listos amor. –Contestaba entusiasmada su esposa por el viaje. Ambos estaban listos para emprender el viaje rumbo a Escocia, Anthony por fin enfrentaría al consejo de médicos de la universidad de Cambridge para convertirse en un verdadero médico, obtener su título y seguir con los estudios para una especialidad. Los dos años siguientes se fueron igual de rápido que el primero y tenía que regresar, pero esta vez no lo iba a hacer solo, llevaba a su esposa y a sus gemelos, los cuales habían sido el motor para apurarse en sus estudios, llevando los cursos de verano para aventajar a los de su clase normal. El camino no había sido fácil y a pesar de los desvelos y el tiempo invertido Candy se había mantenido ahí a su lado, firme como siempre, acompañándolo y criando a sus hijos lo mejor que podían ambos.

-En cuanto lleguen a Escocia nos informan. – Decía Albert quien se encontraba ansioso de que su hija se fuera con sus "nietos" al viejo continente, sabía que era su obligación como esposa, pero no dejaba de inquietarlo.

-Tranquilo Albert, pronto llegarán, una semana se pasa volando, y te avisarán en cuanto lleguen no te desesperes. – Decía Dorothy tratando de tranquilizarlo, el pequeño Alexander se despedía de sus sobrinos que tanto quería, sus compañeros de travesuras, se quedaría con el más pequeño, Arthur, el pequeño hijo de Stear y Patty quien era cinco meses más pequeño que él. Archie y Annie tenían en sus brazos a la pequeña Anastasia la cual era igualita a su padre, pero era muy pequeña para que anduviera explorando con su primo y su pequeño tío, y además su madre no la dejaría andar de revoltosa con ellos, no sería como su prima Antonelle, quien se la llevaba con ellos siguiéndole el juego en sus travesuras, era como una mini Candy y muchas veces ella lideraba a los otros tres caballeritos.

El barco emprendía su rumbo hacía el viejo continente, una oleada de recuerdos llegaba a la mente de Candy, quien años atrás había emprendido el mismo viaje para encontrase con un mundo muy diferente al que conocía. Los gemelos descansaban en el camarote junto a sus niñeras, quienes los cuidaban para que sus padres disfrutaran un poco del viaje.

-¿En qué piensas preciosa?

-En ti. – Le dijo segura.

-¿En mí?

-Si amor, hace años viajé por primera vez en barco, y aunque George me acompañaba, no era el único que lo hacía.

-¿Ah no? – Preguntó curioso, mientras Candy negaba con su cabeza. -¿Y se puede saber quién más viajaba con mi adorable pecosa?

-Tú. – Le dijo buscando sus labios.

-¿Yo? – Le dijo en un susurro encontrando la deliciosa boca de su esposa, besándola con la ternura que era capaz de besarla.

-Tú siempre me acompañabas a todos lados, pero ese viaje fue especial, porque te tenía en mis pensamientos a cada momento, a cada segundo, no podía apartar tu presencia de mí, era como si realmente vinieras a mi lado.

-Y así fue pecosa, yo siempre estaba a tu lado, porque mientras tú pensabas en mí yo pensaba en ti, en tus ojos verdes y en tú maravillosa sonrisa, mientras yo te acompañaba en ese viaje, tú me acompañabas en la soledad de mi habitación.

No había necesidad de decir más, sus palabras quedaban en silencio y sus cuerpos comenzaban con el lenguaje que habían desarrollado bastante bien con el tiempo que llevaban casados, amándose con ternura y pasión desbordando los sentidos de ambos. Esa noche, la primera que pasaron en el barco fue maravillosa, se entregaron a su amor con una pasión descubierta hacía mucho tiempo, recorriéndose uno a otro y disfrutando de la suavidad de sus cuerpos.

Llegaron a su destino, siendo recibidos por un elegante carruaje que los llevaría a su nuevo hogar, una gran mansión que era propiedad de Anthony, una mansión que había comprado para pasar ahí el tiempo que tuvieran que quedarse ahí. Anthony no quería llegar a la casa de su padre, no sabía que era lo que se iba a encontrar, pero sabía que tenía que visitarlo para que conociera por fin a sus nietos.

-Bienvenido joven Brower. – Dijo el cochero, quien era el mismo que lo transportaba en Escocia. Anthony le dio un abrazo feliz de volver a verlo.

-Dennis, que gusto volver a verlo. – Dijo con respeto, el caballero lo recibió con cariño, más de una vez lo había llevado a su destino siendo testigo mudo del dolor que el jovencito cargaba. – Dennis ella es Candy, mi dulce esposa. –Dijo al hombre mayor quien lo veía complacido de verlo feliz.

-¿Dulce Candy? – Preguntó alegremente de saber que por fin había encontrado a su flor. Anthony asintió.

-Mucho gusto señor Dennis. – Dijo la pecosa amable, el señor pensaba que era igual de noble que su joven patrón.

-Ellos son mis hijos Dennis, Andre y Antonelle. – Dijo orgulloso de sus hijos, ambos niños se comportaban muy bien cuando estaban entre adultos y el señor Dennis los veía sorprendido por la edad de los pequeños, lo cual quería decir que los tuvo casi cuando llegó a Chicago. - ¿Y mi padre?

-Su padre está en la mansión, joven Brower, si gusta podemos partir de una vez para llegar a una posada temprano y mañana partiremos rumbo a Escocia.

El camino fue algo largo para la familia Brower, sin embargo llegaban a la gran mansión de Vincent Brower.

-¿Estás segura de esto amor? – Preguntó Anthony no muy convencido, él quería llevarla a un hotel, no quería que su esposa tuviera que enfrentarse a Daniela o a Griselda, mucho menos a Isabel.

-No te preocupes amor, estando contigo no hay por qué temer. – Dijo segura tomándolo de la mano para hacerle sentir que estaba segura con él. Se adentraron en la mansión, siendo recibidos por la vieja ama de llaves, quien lo recibió con cálido abrazo y avisó a su padre de su llegada, quien salía del gran salón ansioso por conocer a sus nietos y a su nuera.

-¡Anthony! – Dijo emocionado. -¡Bienvenidos! – Decía feliz. Anthony vio la mansión muy solitaria, no había tanta servidumbre y las flores que antes adornaban el gran salón brillaban por su ausencia y ahora eran sustituidas por rosas, la flor favorita de su madre y de él mismo.

-¡Padre! – Dijo emocionado de ver a su padre, pero notó que estaba algo desmejorado. –Padre quiero que conozcas a mi esposa y a mis hijos, tus nietos. – Dijo orgulloso de ellos. Vincent retiró su mirada de su hijo y la posó en la hermosa rubia que estaba al lado de él.

-Un placer conocer a la bella dama que robó el corazón de mi hijo siendo un chiquillo. – Dijo con una sonrisa dulce y una mirada tierna a su nuera. Se acercó a ella y le dio un cálido abrazo que conmovió a la pecosa.- ¿Mis nietos? – preguntó feliz, sin poder acercárseles porque estaban dormidos. Candy asintió. - son hermosos. – Dijo con lágrimas en los ojos y aferrándose a Anthony comenzó a llorar.

-Padre ¿Estás bien? ¿Sucede algo? – Vincent negó con una sonrisa, pero en sus ojos se vislumbraban las lágrimas que se asomaban de ellos. –Padre, dime que sucede ¿Dónde están todos?

-Estoy solo Anthony. – Dijo tranquilamente.

-¿Qué pasó con tu esposa? – Preguntó sorprendido.

-Ella se fue… - Dijo como si nada.

-¿Qué sucedió?

-No es momento de hablar de ello Anthony.

-Padre… - Volvió a decir insistiendo en saber lo que su padre quería ocultarle.

-Primero que nada deja que tu esposa y los niños descansen, la señora James los guiará a sus habitaciones. – Dijo amablemente dirigiéndose a la rubia, la cual asintió y Anthony la acompañaba.

-Está bien, pero vuelvo en un momento. – Le dijo advirtiéndole que no se la iba a poner tan fácil de evadir una vez más.

-Señora James, ¿Qué sucedió? – Preguntó Anthony a sabiendas que esa señora era una fiel e incondicional de su familia y que siempre lo había cuidado a él y a su padre después de la pérdida de su madre.

-Lo que debió pasar hace años mi niño. - Le contestó segura. – La bruja de Isabel dejó a tu padre hace unos meses.

-¿Qué sucedió? -Preguntó sorprendido, mentiría si no se sentía más tranquilo de saber eso, pero también no quería ver sufrir a su padre.

-Es mejor que él te lo diga mi niño, sabes que no puedo decirte más. – Le dijo acariciando su rostro con mucha ternura, con la ternura que solo una madre o una abuela podían demostrar. Volteó a ver a Candy y le sonrió francamente. – Me alegra que por fin mi niño esté feliz a su lado señorita, él sufrió muchos años por usted, pero ahora al verlos juntos y ver su cara de felicidad ya con eso se ha ganado usted mi cariño y lealtad. – Le dijo con una sonrisa sincera. La buena mujer se alejó de ellos dejándolos con muchas dudas, más si embargo Candy se alegraba de las palabras que le había dirigido a ella.

-¿Qué crees que haya pasado amor? – Le preguntó con preocupación.

-No lo sé hermosa, pero en un momento lo averiguaré. – Dijo mientras besaba sus labios para ir al encuentro con su padre.

Bajo las escaleras pensativo, no tenía ni la menor idea de lo que había pasado, ni con qué se encontraría, mentiría si dijera que no estaba más tranquilo, esa mujer nunca le cayó bien, pero la respetó por ser la esposa de su padre, en cambio a las hijas agradecía que ya no estuvieran ahí y le causaran algún problema a su esposa.

-Bien… ¿Ahora sí me vas a contar? – Dijo Anthony adentrándose a la gran biblioteca que sabía bien era donde se encontraba su padre.

-Siéntate Anthony. – Dijo Vincent. – Como ya sabes, Isabel nunca fue una mujer muy fácil y mucho menos dócil. Anthony asentía mientras escuchaba atento a lo que su padre le diría. – Después del problema que hubo con Griselda y Daniela, ella estaba más insoportable que nunca, como te podrás imaginar apoyó a sus hijas en todo, yo reprendí a Griselda por lo que había hecho y ella terminó fugándose de la casa.

-¿Fugándose? – Vincent asintió.

-Sin embargo, Isabel se quedó junto a Daniela, quien ya tenía el embarazo muy avanzado.

-¿Era verdad su embarazo?

-Sí, Daniela tuvo una hija de tu amigo Patrick.

-¿Patrick? – Preguntó sorprendido.

-Así es, al parecer ellos tenían algo desde hacía mucho tiempo. – Anthony simplemente sonrió despreocupado, él apreciaba a Patrick y nunca se dio cuenta que le gustaba su hermanastra. – Cuando Daniela se casó con él, regresó Griselda, también embarazada, le dimos asilo, ya que dijo que el padre de su hijo había muerto. – Anthony lo escuchaba atento, sin sorprenderle nada de lo que decía, solo sintió pena porque había quedado viuda, a pesar de todo no le deseaba un mal.

-Pobre. – Dijo sinceramente.

-No la compadezcas, al poco tiempo de su llegada el "muerto" vino por ella exigiendo llevarse a su mujer, nosotros nos opusimos porque Griselda estaba muy delicada, pero ella por fin se fue con él. Isabel me reclamó porque no la detuve, echándome en cara que lo había hecho así porque no era mi hija, los días que siguieron fueron peores, su mal carácter iba en aumento y terminamos siendo unos desconocidos, hasta que por fin me pidió el divorcio aconsejada por sus hijas para que les diera su herencia. – Decía con su mirada resignada.

-Padre, ¿Qué hiciste? – preguntó Anthony.

-Nada malo Anthony, le di el divorcio, y lo que le correspondía por los años que vivió a mi lado, más sin embargo como sus hijas no llevaron nunca mi apellido no les tocó lo que ellas querían, principalmente Griselda, Daniela nunca peleó nada, Patrick le ha sabido dar una muy buena vida, sin embargo Griselda la ha pasado mal con el tipo con el que vivía o vive, no lo sé. Isabel se regresó a España después de recibir el dinero que le di y ya no he sabido más de ellas.

-Siento mucho escuchar eso padre. - Dijo con sinceridad, no quería hacer sentir mal a su padre.

-No lo sientas Anthony, eso debió pasar hace mucho tiempo. – Dijo tranquilo. – No te preocupes por tu herencia, esa se mantuvo intacta, lo bueno que ya te la había cedido desde que vino Albert.

-Eso no me preocupa padre, el tío Albert me dijo de los papeles pero aún no le visto nada de eso.

-¿Por qué Anthony? – Peguntó confuso.

– Sé que mi madre me dejó un dinero, y también sé que tú también tenías algo para mí. – Vincent se acercó a la caja fuerte y sacó unos papeles que le entregó a Anthony, entre ellos el contrato matrimonial con Candy, el cual ahora tendría que guardar él y otra carpeta donde venía la cantidad de la cual era dueño Anthony, la dote que Albert otorgaba a Candy, la herencia de Rosemary para él y la herencia que Vincent le otorgaba en vida. -¿Qué es esto? – Preguntó extrañado.

-Tu herencia.

-Padre no es necesario.

-Lo es, no sabes cuánto me costó mantenerla en secreto de Isabel y sus hijas.

Anthony tomó los papeles que su padre le había extendido y los abrió sorprendiéndose enormemente por la cantidad que ahí se estipulaba. Anthony miró sorprendido a su padre.

-Así es Anthony, eres multimillonario. – Dijo con una gran sonrisa.

-Sabes que no me importa el dinero padre.

-Lo sé, pero ahora tienes una esposa y dos hijos por los que debes de ver y cuidar, el dinero bien utilizado nunca está de más, además Candy es una buena mujer, justo como lo era tu madre. –Anthony asintió feliz por las palabras de su padre, sabía que tenía razón.

Pasaron unas semanas muy felices al lado de Vincent, ante de viajar a Inglaterra para que Anthony se reportara ante el consejo y se hospedaran en su nueva mansión. Habían decidido pasar una temporada en Escocia junto a su padre ya no tenía que temer de la ex esposa de su padre y mucho menos de sus hijas.

-¿Padre estás seguro que no quieres venir con nosotros? –Preguntó Anthony indeciso de dejar solo a su padre.

-No te preocupes Anthony, no estoy solo, estoy aquí con mis recuerdos, tu madre eligió esta casa para que comenzáramos nuestra familia y aunque ella ya no esté presente físicamente, si lo está en mi corazón. – Candy lo escuchaba enternecida, era un buen hombre que había sabido ganarse el amor de sus nietos y de ella misma, seguía recordando con mucho amor a su difunta esposa y a pesar de que se había casado de vuelta no había podido superar el amor de su querida Rosemary Andrew.

-Espero que muy pronto nos visite señor Brower. – Decía Candy abrazando a ese buen hombre que había sabido ganarse su cariño y respeto.

-No te preocupes pequeña, muy pronto visitaré a mis nietos, no creas que se van a librar tan fácil de mí. – Decía feliz. Candy sonrió sinceramente a su suegro.

-Eso esperamos ¿Verdad amor? – Preguntó a su príncipe.

-Así es hermosa. Padre, te avisaré cuando será el examen con el consejo.

-Esperaré tu llamada hijo. – Se despidieron rumbo a Londres, el cochero los llevaría hasta allá, sería un viaje pesado, sobre todo para los pequeños, pero llegarían a alguna posada en el camino.

Iban por las calles de Londres, se dirigían a la nueva mansión que había comprado Anthony, Albert le había ofrecido la de los Andrew, pero él quería comenzar a tener algo propio, así que compró la enorme mansión y la puso a nombre de su esposa, era un regalo que le hacía por tanta felicidad que le había dado en esos tres años. Candy observaba las calles de Londres recordando sus años ahí, vio a lo lejos el Colegio San Pablo y observaba que los alumnos iban regresando de su domingo familiar, recordó las veces que había permanecido ahí encerrada porque la tía abuela no la quería en su mansión. Sin querer sintió un escalofrío al recordar el tiempo ahí invertido.

-Bienvenida a su casa señora Brower. – Le dijo impaciente por que entrara en ella y ver su reacción. Al entrar a la mansión las flores del jardín eran las primeras que los recibían, y por supuesto las dulce Candy y las rosas pecosas, eran las primeras que se asomaban en ella, Anthony había dispuesto que esas rosas se plantaran en su nuevo hogar, pasarían por lo menos unos dos años ahí todo por los estudios de Anthony.

-¡Anthony es hermosa! – Decía ilusionada, mientras sus hijos se bajaban a corretear por los inmensos jardines mientras las niñeras los seguían muy de cerca.

-Espero que seamos tan felices aquí como en Chicago.

-Mientras estés a mi lado, seré la mujer más feliz del mundo. – Le dijo emocionada.

Anthony la abrazaba seguro de que así sería, él también mientras ella estuviera a su lado sería el hombre más feliz del mundo, tenía a sus hijos y tenía a la mujer más dulce y tierna a su lado. ¿Qué más podría pedirle a la vida? ¿Vida? Si, vida era lo único que podría pedirle a la vida, una vida larga y plena para poder aprovecharla junto a sus hijos, pero sobre todo una vida larga para compensar todos los años que pasó separado de ella, la vida misma se lo debía, tenía que compensar cada minuto, cada año que le había robado a su lado y los aprovecharía al máximo.

Entraron felices a su hogar mientras desde lo alto de la ventana observaban la inmensa mansión de la cual eran dueños.

Anthony pasó el examen ante el consejo médico con honores recibiendo mención honorífica por los proyectos propuestos durante su estancia en Chicago, los cuales habían sido un éxito. Su estancia en Londres se extendió más de lo que ellos mismos hubieran deseado, siguiendo en contacto con su familia en Chicago. Llevando una vida feliz y relajada en Londres en compañía de sus dos hermosos hijos los cuales crecían bastante y ambos se convertían en unos hermosos y bien portados niños, Antonelle aunque era tremenda era la adoración de su padre ya que ella siempre lo consentía tanto como su madre, el amor que Candy le profesaba al rubio era ejemplo para la niña para también tratar con amor y respeto a su padre, Andre por el contrario era la adoración de Candy, Andre adoraba a su madre y siempre estaba al pendiente de ella, era aún muy pequeño pero a sus seis años ya tenía el don de proteger a su madre y a su hermana, justo como él veía que su padre los cuidaba a todos.

Albert y Dorothy habían tenido un hijo más el pequeño Alan, el cual tenía dos años, un poco menos del tiempo que se habían ido los Brower y Dorothy estaba nuevamente embarazada, Alexander tenía seis años al igual que los gemelos. Stear y Patty tenían una niña que habían bautizado con el nombre de Martha en honor a la fallecida abuela de Patty, la pequeña tenía un año y Arthur pronto cumpliría los seis años. Archie y Annie eran los que más habían sorprendido ya que después de tener a Anastasia, Annie quedó casi de inmediato embarazada llevándose ambas niñas solamente 10 meses entre una y otra, cuando Candy y Anthony se fueron Annie tenía cerca de cinco meses de embarazo, así que tenían a Anastasia de cuatro años, a Abril de tres años y a Alondra de dos años, Annie se la había pasado prácticamente embarazada mientras los rubios se encontraban en Londres, y al parecer de nueva cuenta la cigüeña los había visitado de nuevo ya que Annie presentaba de nuevo los síntomas de un embarazo.

-Pronto llegaran Candy y Anthony. – Decía Stear a Archie.

-Si hermano, los he extrañado mucho. – Decía Archie con un suspiro.

-Yo también hermano, sobre todo a mi ahijado. ¿Cómo estará? – Decía Stear.

-Debe de estar igual de buen mozo que su padre al igual que Antonelle, que debe de ser una belleza igual que su madre.

-¿Quién diría no hermano?

-¿Qué? –Preguntaba Archie confundido.

-Que después de que ninguna muchacha te hacía caso, ahora estás rodeado de puras mujeres. – decía Stear riéndose mientras Archie lo miraba extrañado.

-No me molesta Stear, la verdad es que a pesar de que tengo puras niñas me siento bendecido. – Decía Archie, quien era sincero pero Annie no lo dejaba ni a sol ni a sombra un momento, ella quería que él le ayudara siempre con las niñas, en cambio Stear lo hacía con gusto con sus dos hijos ya que Patty seguía con sus estudios, ya que con cada embarazo tenía que interrumpirlos, ya le faltaba poco para titularse y ser por fin licenciada en economía una carrera que le serviría mucho para el manejo de los negocios de la familia.

Los dos Cornwell veían a sus hijos correr junto a los de Albert, eran muy unidos todos y aunque los mayores poco recordaban a los Brower, ellos siempre les habían hablado de ellos. Alexander, Andre, Antonelle, Arthur, Anastasia, Alan, Abril, Alondra, Martha y pronto llegaría el nuevo bebé de Albert y al parecer unos siete meses más llegaría la nueva integrante de los Cornwell-Britter.

Se llegó por fin el tiempo para regresar a América, Anthony como todo un Doctor especialista en cardiología y con el currículum bastante amplio, a pesar de que le habían ofrecido un excelente puesto en uno de los hospitales más reconocidos de Inglaterra, él prefirió regresar a América al lado de su familia, no tenía aún trabajo, llegaría buscando, pero el placer que le ofrecía regresar al lado de su familia nada se lo impediría.

-Papá ¿Cuándo volveremos a Inglaterra? – Preguntó su hijo quien estaba un poco triste por dejar ese lugar que él había visto como su hogar.

-Podremos volver de vacaciones, esta casa es de tu madre y cuando tengamos la oportunidad volveremos. – Le decía tranquilo. - ¿No quieres ir a Chicago? – Preguntaba tranquilo.

-Sí padre, no es eso, lo que sucede es que yo ya no recuerdo bien a mis primos, ni a Alexander, ni a Arthur, además no sé si ellos me recuerden.

-No te preocupes hijo, tus primos son de tu misma edad y te puedo asegurar que ambos los recibirán con los brazos abiertos.

El pequeño Andre, era un niño bastante maduro para su edad, era muy centrado y también alegre, Candy lo había educado igual que a su hija, sin embargo la pequeña Antonelle era un poco más silvestre igual que ella, le gustaba trepar por los árboles y corretear entre el jardín en busca de nuevas cosas, su hermano la seguía muy de cerca y también sabía trepar muy bien por los árboles, pero lo hacía porque quería cuidar al torbellino de su hermana, aunque no podía negar que se divertía haciéndolo.

-¿Tú tampoco quieres regresar Antonelle? – Le preguntó a su hija quien observaba a su hermano.

-Yo si tengo ganas de volver a ver a mis primos, no los recuerdo mucho la verdad padre, pero quisiera volver a hacer todas las cosas que dice mamá que hacíamos cuando éramos unos bebés. – Decía la pequeña vivaracha de seis años, como si fuera ya muy mayor, Candy la observaba divertida ya que ella siempre les contaba las travesuras que hacían y eso le llenaba de emoción, en la mansión solo eran ellos dos y alguna que otra vez jugaban con otros niños cuando salían al parque, pero por el tamaño de las casas en ese lugar era muy difícil entablar una relación con otros niños.

-Muy bien, entonces solo tengo que poner algunos papeles en regla y arreglar el traslado rumbo a América. – Dijo el rubio decidido. -¿Estás de acuerdo hermosa?

-Contigo siempre amor. – Le dijo tiernamente, mientras robaba un pequeño beso de sus labios y sus hijos los veían tímidos ante la acción de su madre.

Una noche antes de partir, Anthony y Candy se demostraron por última vez su amor en esa gran mansión, la cual había sido testigo mudo de la gran pasión que despertaban esos dos, se amaron ya muy entrada la noche, terminando cansados pero satisfechos con su entrega, la cual muy al contrario de lo que escuchaban entre los demás matrimonios iba en aumento, la llama de la pasión que habían encendido, día a día era alimentada con detalles y cobraba fuerza en la habitación una vez que cerraban las puertas.

El día llegó por fin y tanto los gemelos como sus padres estaban ansiosos por partir, aunque sabían que sería un viaje largo y cansado.

El gran barco tenía a los niños fascinados, sabían que no era la primera vez que lo hacían, pero tres años atrás no habían tenido conciencia de ello, por el contrario ahora a pesar de tener seis años únicamente los animaba a explorar más por aquellos lugares. Las niñeras eran las mismas señoras que habían ido con ellos rumbo a Inglaterra las cuales también regresaban felices a su lugar de origen y se encargaban de cuidar muy bien a los Brower.

-¿Ansiosa? –Preguntó Anthony al ver a su esposa asomarse hacía el rumbo que se dirigía el barco.

-No, simplemente estoy pensando en todo lo que encontraremos a nuestro regreso. – Decía Candy con entusiasmo.

-No te preocupes hermosa, todo estará bien. – Le dijo seguro envolviéndola entre sus brazos para protegerla y hacerla sentir como siempre segura, querida, admirada pero sobre todo amada.

En esa ocasión ellos si habían advertido tanto a Albert como a los demás que llegarían pronto a Nueva York y que de ahí tomarían el tren rumbo a Chicago, lo que los rubios no sabían que tanto Albert como los Cornwell no había podido aguantar las ganas de volver a verlos y se habían ido a recibirlos hasta Nueva York.

Archie era el que más trabajo le había costado recibir permiso ya que Annie al tener tres meses de embarazo y tener tres niñas que cuidar la hacían ponerse más de nervios, no era que nadie le ayudara, porque si la ayudaban, pero era la necesidad de Annie de tener a Archie junto a ella todo el tiempo y eso hacía que a veces el gatito quisiera salir huyendo.

-Vamos Annie, no tiene nada de malo que vayan a recibir a Anthony y su familia. – Le decía la tía abuela para tratar de convencerla. – Además, mi nieto siempre está al pendiente de ti, no puedes quejarte de ello, dale un poco de espacio, también se lo merece. – Le dijo como reprimenda para que ella entendiera lo que hacía su nieto por ella y no recibía mucha compensación más que otro y otro niño a cuestas, que si bien era una bendición también debía reconocer que ese par debería cuidarse más.

El Mauritania se venía acercando cada vez más al muelle y una oleada de gente se arremolinaba para ver de lejos a su familia, la pareja Brower se acercaba a la baranda del gran barco para observar el tumulto que se había formado, sin esperar ellos que estuvieran esperándolos.

-¡Anthony! – Se escuchó a lo lejos un grito que se les hizo familiar, pero pensaban que eran imaginaciones suyas. - ¡Candy! – Volvió a gritar Stear para que los vieran, a los tres agitando sus manos en señal de bienvenida.

-¡Mira princesa! – Decía Anthony emocionado al ver que realmente eran sus primos y su tío los que habían acudido a recibirlos. - ¡Ahí están, Archie, Stear y el tío Albert! – Decía abrazando feliz a su esposa, mientras sus hijos se encontraban en el camarote con las mucamas esperando que el barco arribara por fin.

Cuando el barco por fin arribó las personas se dedicaron a bajar, esperando los Brower a que las personas se fueran disipando para bajar ellos por fin. Anthony iba de la mano de Candy y en la otra tenía a Antonelle y Candy tenía a Andre en la suya, las fieles mucamas los seguían de cerca y todo el equipaje que llevaban lo esperarían un poco mientras las personas contratadas se encargaban de ello.

-¡Candy, Anthony! – Decían los tres Andrew acercándose a ellos entre la gente para poder llegar y abrazarlos.

La bienvenida fue muy emotiva entre abrazos y bromas que se decían por volverse a ver, Candy se veía hermosa con su vestido y sus rizos adornados con un sombrero para protegerse del sol, Antonelle iba vestida muy similar a su madre quien diría que bajo ese vestido y ese sombrero se escondía una pequeña niña inquieta y revoltosa igual que su madre. Andre por el contrario era todo un caballerito bien portado, quien en su alegría y buenos modales también se dejaba llevar por las travesuras de su hermana. Anthony seguía siendo el mismo joven guapo y bien vestido, impecable en su vestir y enamorado de su hermosa reina quien se posaba deslumbrante a su lado.

-¡Estás hermosa Candy! – Dijo Albert admirando a su hija.

-Gracias Albert. – Decía feliz de volver a verlo.

-Mi ahijada es la que está muy hermosa. – Decía Archie levantando en brazos a la pequeña Antonelle, quien reía nerviosa ante las muestras de cariño que recibía.

-¿Y qué me dices de mi ahijado? – Decía Stear haciendo lo mismo con el pequeño Andre. –Es todo un caballero igualito a su padrino ¡Es todo un galán! – Decía mientras el pequeño veía divertido a su padrino el cual ya comenzaba a recordar.

-Bienvenidos. – Decía por fin Albert feliz de poder abrazar a los cuatro integrantes de la familia.

-Archie te ves un poco cansado. – Decía Anthony que por su condición de médico advertía la desmejora de su primo. -¿Estás enfermo?

-No Anthony, lo que sucede es que sus cuatro damitas no lo dejan descansar.

-¿De verdad? – Preguntaba Candy, ante la sonrisa de pena de Archie, dando a entender que era cierto.

-Y para colmo Annie está embarazada de nuevo. – Decía Stear, sacando lo que callaba por respeto a su hermano, pero con sus primos no tendría reparo en hacerlo.

-¿Otro? – Preguntaba Candy sorprendida. – Se ve que no pierden el tiempo. – Dijo divertida.

-Sé que ustedes tampoco, pero aun así no han tenido más familia. – Dijo Archie a la pareja.

-Hemos decidido esperar un poco Archie. – Dijo Anthony seguro. – Queríamos dedicarle tiempo a los gemelos y yo a terminar mis estudios para volver a tener otro hijo.

-¿Se puede eso? Porque yo solo con ver a Annie ya la embaracé. – Dijo rascándose la nuca, ante la mirada divertida de los demás.

-Creo que tendremos que hablar un poco primo. – Le dijo Anthony al pobre de su primo, dándole a entender que había manera de cuidarse de otro embarazo. Candy por su parte pensaba que tendría que hablar muy seriamente con Annie, no era posible que tuviera en ese estado al gatito, tan cansado y se veía que hasta un poco enfadado, ella no quería que tuvieran un problema, ya bastante paciente había sido Archie con su miedosa hermana.

Decidieron quedarse esa noche en Nueva York, en la mansión de los Andrew, partiendo otro día muy temprano. Habían enviado en un camión las cosas rumbo a Chicago y ellos viajarían en los autos de la familia, estarían un poco más incómodos pero llegarían mucho más rápido que en el tren.

Anthony ayudaba a Candy a bajar del automóvil mientras ambos veían a sus dos hijos correr hacía la gran casa, su memoria había despertado y querían recordar los lugares en los que habían hecho sus primeras travesuras, unos niños muy cercanos a su edad salían a abrazarlos quedando ambos muy tímidos ante la pequeña Antonelle quien los veía sorprendida con sus enormes ojos azules, mientras abrazaban sin mayor pena a Andre, sus ojos veían con timidez a la pequeña niña de rizos rubios y grandes ojos azules.

-¡Alexander, Arthur! – Fueron ambos despertados de su sorpresa, cuando Antonelle los abrazó provocando un sonrojo en ambos niños.

-Creo que tu hija ha puesto tímidos a dos caballeritos. – Dijo Candy divertida, ante la mirada no muy convencida de Anthony.

-Mi princesa nunca se casará. – Dijo Anthony, pero sabía que eso no era verdad, su niña más de una vez había puesto nervioso a más de un niño y eso era algo que no podía pasar desapercibido, sin embargo era en algo que no le gustaba pensar, su hija poseía el mismo don que su amada de atraer a los niños a su alrededor no solo por su simpatía, sino también por su alegría, su bondad y esa chispa tan característica de su madre siempre era positiva. Recordó como un día él y sus primos se habían enamorado perdidamente de la pequeña Candy, su Candy ahora, la bella mujer que lo había enamorado siendo una pequeña y lo había vuelto loco siendo una joven mujer.

El día paso y todos los niños hacían travesuras, mientras los adultos observaban como Antonella hacía a los demás competir por su atención, la tía abuela y Harold los veía emocionados, con orgullo en su mirada ya más cansada y vieja, más sin embargo fuerte aún para seguir dándoles lata todos ellos.

Los gemelos se retiraron a su habitación y Candy y Anthony regresaban a la suya, ambos cansados del viaje. Tomaron un baño para relajarse y se dirigieron a su alcoba.

-Creo que ya no estoy tan cansado. – Dijo Anthony al observar a su esposa cepillar sus largos cabellos. Ella entendió al ver sus ojos azules recorrer su perfecta anatomía. Su mirada se tornó con un brillo muy especial que deslumbro los ojos de Anthony al sentir que era llamado a ella.

-Creo que yo tampoco estoy tan cansada. – Le contestó con una voz sensual invitándolo a unirse a ella.

La tomó por la cintura y le quito la estorbosa bata que cubría su blanco y suave cuerpo, se detuvo a admirarla en el reflejo del espejo, maravillado por su sensualidad, pasaban los años y seguía siendo hermosa. Él se despojó de la misma forma de la toalla que cubría solo su parte inferior uniendo su perfecto y fuerte cuerpo al de ella ocasionando que Candy cerrara los ojos al sentir el despertar de su hombría encontrarse con sus glúteos. Comenzó besando su cuello mientras con los ojos devoraba su reflejo y se deleitaba con los gestos que hacía su pecosa, besando sus hombros y acariciando sus senos emocionado, la tomó desesperado en sus brazos y la llevó a la cama dispuesto a tomar lo que por amor le pertenecía, su esposa, su vida. Candy enrollo sus brazos en su cuerpo reclamando sus labios como suyos, no podía aguantar más, el fuego que despertaba en ella estaba siendo avivado una vez más y no iba a dejar pasar esa oportunidad. Una vez que la colocó en la cama Candy lo tomó por los hombros y lo giro en un rápido movimiento que sorprendió a su esposo, pero al ver la posición que tomaba sobre él, se dejó dominar por su amada. Ella se colocó encima de él buscando a su compañero, mientras Anthony ansioso dirigía su virilidad hacía ella, encontrándose por fin en un punto que los hizo a ambos cerrar los ojos ansiosos por el contacto que se venía. Una y otra vez Anthony entró en su mujer mientras la observaba moverse encima de él, definitivamente lo tenía cautivado, enamorado, loco por ella, Candy se sentía complacida de la forma que era amada por su esposo, los lugares cambiaban y ahora ella se dejaba dominar por el cuerpo de su esposo, recibiéndolo una y otra vez hasta que sus cuerpos comenzaron a demandar esa culminación maravillosa que ambos buscaban aplazar por más tiempo, llegando primero Candy envolviendo a su esposo en un cálido y fuerte espasmo que provocó que el también terminara de llegar a los límites del placer. Sus cuerpos sudaban friccionándose entre sí, su humedad se mezclaba mientras sus corazones se sincronizaban en el calmar de su latir, dedicándose un sin fin de caricias tiernas continuando con la demostración de su amor.

-Eso fue maravilloso princesa. – Le dijo ya cuando su respiración se había tranquilizado y las palabras pudieron salir de su boca.

-Fue maravilloso como siempre mi príncipe. – Le decía besándolo tiernamente. – Te amo Anthony. – Lo acercó a su rostro y lo tomó con ambas manos susurrándole al oído. – Estamos esperando un bebé. – Le dijo ocasionando que la felicidad lo invadiera por completo en todo su cuerpo mientras su piel reaccionaba erizándose por completo por la sensualidad con la que había dicho las palabras.

-¡Te amo tanto hermosa! – Le dijo feliz aprisionando sus labios de nueva cuenta para besarla con frenesí.

-¿Mucho? – Le preguntó traviesa Candy.

-Mucho, mucho, mucho… - Le decía su amado mientras la besaba por todo su cuerpo, repartiendo cálidos besos a través de su anatomía.

-¿Para siempre? – Preguntaba mientras su cuerpo se retorcía por los estímulos recibidos.

-Hasta que la muerte nos separe. – Le contestó decidido, seguro de que así sería, feliz de que su familia iba a crecer y de que el amor que sentía por ella iba en aumento, lo mismo que el de ella por él, amaba a su familia y haría todo por estar por siempre a su lado. La amó nuevamente con más brío e ímpetu, le demostró una y otra vez cuanto la amaba y lo loco que lo tenía, entregándose a su amor y fundiéndose en uno, una vez más.

-Hasta que la muerte nos separe. - Dijo Candy entrelazando sus manos con las de él reafirmando con ese pequeño gesto lo unidos que estarían por siempre. Los años seguirían su curso y su amor trascendería a través del tiempo.

FIN

Bueno señoras, hasta aquí termino esta historia, quería hacerlo en treinta capítulos pero se hacía muy larga y no quería alargarla más, espero que les haya gustado el final, no fue el típico de la boda, porque ya se había dado hace mucho tiempo jejejeje como ven los rubios se despidieron haciendo lo que más les gusta hacer y felices de haber vuelto de nuevo a su hogar.

Espero no haberlas decepcionado mucho con el final, pero les puedo asegurar que lo hice con mucho cariño para ustedes, espero lo disfruten y que sigan al pendiente con la siguiente historia. Espero sus comentarios y les mando un fuerte abrazo y mis más sinceros agradecimientos por los buenos deseos y los comentarios tan positivos que me dejaron. Las quiero mucho.