Marinette no estaba especialmente motivada cuando salió de casa por la mañana para ir al colegio. No solo porque no había dormido demasiado bien, sino, sobre todo, porque había estado esperando a Cat Noir la noche anterior y él no se había presentado.

–Le habrá surgido algo importante –dijo Tikki, tratando de animarla–. Ya sabes que no tiene manera de comunicarse contigo si hay un cambio de planes. No creo que debas preocuparte, Marinette.

–Lo sé –respondió ella.

Pero estaba preocupada. No tanto por Cat Noir, porque sabía que probablemente Tikki tenía razón, sino porque solo quedaban dos días antes de su cita con los Guardianes de los Prodigios y, a pesar de que había dedicado mucho tiempo y esfuerzo a preparar la prueba, aún no se sentía lista.

"Solo dos días", pensó, angustiada.

Apenas unas semanas antes jamás se le había ocurrido que pudiese existir una cuenta atrás hasta el día en que quizá tuviese que despedirse de Cat Noir para siempre. Y ahora lamentaba no haber aprovechando el tiempo que habían pasado juntos. Si hubiese aceptado sus sentimientos mucho antes... si se hubiese dejado llevar...

Sacudió la cabeza. Era inútil torturarse con eso. Había estado demasiado enamorada de Adrián como para fijarse en otra persona. Y cuando había asumido por fin que él no la correspondería... ya sabía que debía evitar enamorarse de Cat Noir, porque era demasiado peligroso.

Suspiró para sus adentros. Lo había hecho de todas formas, y eso era algo que le daba miedo también. Si los maestros descubrían su relación...

Perdida en sus pensamientos, estuvo a punto de tropezar con alguien a la entrada del colegio.

–Cuidado...

–Lo siento, estaba distraída... –empezó ella, pero calló enseguida al darse cuenta que se trataba del propio Adrián.

Su rostro se mostraba tan perfecto como de costumbre... en apariencia. Porque Marinette, que lo conocía bien, fue capaz de detectar las sombras bajo sus ojos y la arruga de preocupación de su frente.

–¿Va... va todo bien? –le preguntó.

Él le devolvió una mirada tan intensa que el corazón de Marinette empezó a latir como un loco.

–En realidad hay algo que debo decirte... –comenzó, pero de pronto alzó la cabeza y miró a su alrededor. Frunció el ceño y dijo, deprisa–. No importa. Buenos días, Marinette –se limitó a decir, y dio media vuelta y se alejó de ella.

Marinette se quedó de pie, perpleja, sin comprender lo que acababa de pasar. Se dio la vuelta para ver qué era lo que había molestado a Adrián, y descubrió a Lila, que llegaba por la calle charlando amigablemente con Mylène.

Pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque enseguida oyó la voz de Alya, que la llamaba.


Adrián tuvo muchos problemas para mantener la calma a lo largo de la mañana. Por descontado, la noche anterior apenas había dormido, angustiado ante todo lo que acababa de descubrir. De hecho, estaba convencido de que, de no haber podido volcarlo todo en el diario que había escrito para Ladybug, se habría dejado llevar por la desesperación.

Después, durante el desayuno, le había costado mucho fingir que era un día normal y que no había pasado nada fuera de lo corriente la noche anterior. Ignoró deliberadamente las miradas que Nathalie lanzaba al anillo que aún lucía en su dedo, y se esforzó por comer a un ritmo normal a pesar de que su mente le pedía a gritos que saliera de aquella casa cuanto antes. Pero no debía despertar sospechas.

Se había cruzado con Marinette a la entrada del colegio y le había costado mucho no abrazarla allí mismo y decirle una vez más lo mucho que la quería. Pero tenía que centrarse en su tarea.

Sin embargo, cuando estaba a punto de contarle que necesitaba hablar con ella con urgencia, detectó a Lila en las inmediaciones y decidió dejarlo para otra ocasión.

Era absolutamente imprescindible que nadie lo viera reunirse con Marinette. Y mucho menos Lila.

De modo que pasó el resto del día en tensión, esperando el momento adecuado. Y cuando sonó el timbre que señalaba el comienzo del recreo, se acercó a Chloé.

No había hablado mucho con ella desde que se había transformado en Miracle Queen. Seguían siendo amigos, en teoría, pero Adrián estaba intentando distanciarse de ella discretamente. Había disculpado a Chloé durante mucho tiempo, pero algunas cosas, sencillamente, eran difíciles de perdonar.

Sin embargo, ahora la necesitaba para que su plan funcionase.

–Hola, Chloé, me han dicho que tu madre se va a Nueva York pronto –mintió–. ¿Sabes si estará de vuelta para la Semana de la Moda?

–¿Qué? ¿Cómo? –saltó Chloé–. ¡Mi madre no se va a ninguna parte! ¿Quién te ha contado eso?

Adrián fingió mostrarse muy sorprendido.

–Cómo, ¿no es verdad? Se dice que se marcha porque está muy impresionada con el trabajo de Lila como modelo, y quiere llevársela con ella a Nueva York...

–¿¡Qué!? –estalló Chloé, y Adrián tuvo que hacer esfuerzos para reprimir una sonrisa–. ¡Eso es mentira!

–Lo habré entendido mal, entonces. Disculpa.

Se despidió de ella, pero la semilla ya estaba sembrada. Apenas unos momentos más tarde, Chloé acudía al encuentro de Lila en el patio para decirle cuatro cosas. Mientras las dos chicas discutían y un corrillo de curiosos se reunía a su alrededor, Adrián se separó discretamente de los demás y buscó un rincón apartado. Cuando se aseguró de que nadie lo veía, abrió su cartera y sacó del interior la caja que Marinette había hecho para él. La abrió como ella le había enseñado, utilizando la combinación adecuada. En el interior estaba el diario que había estado escribiendo para Ladybug durante los tres últimos meses.

Acarició la cubierta con cariño. Iba a echar de menos aquel cuaderno, pero era lo mejor que podía hacer. Ahora empezaba a ser consciente del gran riesgo que había corrido. Si su padre o Nathalie hubiesen llegado a descubrir aquel diario...

Prefirió no seguir pensando en ello. Cruzó una mirada con Plagg, que flotaba en silencio a su lado.

–Ha llegado el momento, Plagg –le dijo.

El kwami inspiró hondo y se frotó la nariz, y Adrián tuvo la sensación de que intentaba contener las lágrimas.

–Lo siento mucho –murmuró–. Pero no hay otra solución.

–Lo sé, Adrián. Haz lo que debas hacer.

El chico sonrió.

–Te voy a echar mucho de menos.

Plagg tragó saliva y se arrojó sobre él para abrazarlo. Adrián lo acarició con afecto.

–Eres el mejor portador que he tenido jamás –dijo el kwami con la voz rota por la emoción–. Nunca te olvidaré.

–Yo tampoco a ti, Plagg. Gracias por todo. Tú también has sido para mí el mejor kwami que podría haber tenido.

No había mucho más que decir, de modo que Adrián inspiró hondo y pronunció las palabras:

–Plagg, renuncio a ti.

Y el kwami desapareció en un destello de luz, absorbido de nuevo por su prodigio. Adrián se frotó los ojos, respiró profundamente y devolvió el anillo a misma cajita octogonal en que lo había encontrado tiempo atrás. Después la guardó junto con el diario en el interior de la caja-trampa y volvió a cerrarla.

Y, tras asegurarse de que Chloé y Lila seguían discutiendo en el patio, fue en busca de Marinette.

Tuvo suerte, porque la encontró en el vestuario, buscando algo en su taquilla. Al parecer el conflicto que había estallado entre sus compañeras no le llamaba la atención. Adrián miró a su alrededor para asegurarse de que estaban a solas y se acercó a ella.

–Marinette.

Ella se sobresaltó y se volvió para mirarlo con los ojos muy abiertos. Adrián detectó su palidez y sus profundas ojeras; recordó que faltaban apenas dos días para su examen y se odió a sí mismo por distraerla con otros asuntos en lugar de estar a su lado para apoyarla. Pero no tenía opción.

Trató de centrarse.

–Escucha, he de hablar contigo con urgencia.

Volvió a mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba. Aún oía la voz de Chloé chillando desde el patio, y eso significaba que, al menos, Lila estaba entretenida.

–Claro, dime, ¿qué es lo que pasa?

Adrián abrió su cartera y le tendió la caja-trampa. Marinette la reconoció al instante y lo miró sin entender.

–Escúchame con atención, Marinette, porque es muy importante –le dijo Adrián en voz baja, mirándola a los ojos con seriedad–: necesito que le des esto a Ladybug.

Marinette se sobresaltó.

–¿A... Ladybug? Pero... ¿por qué...? ¿Qué te hace pensar que...?

–Por favor, déjame terminar. Lo que hay en el interior de esta caja no debe verlo nadie, solo Ladybug. Debes guardarla donde nadie la encuentre hasta que puedas dársela. Búscala a través de Alya, o espera a que ella aparezca para patrullar o algo así, pero por favor, entrégale la caja en cuanto puedas y explícale cómo se abre. Solo ella debe saberlo.

Marinette lo miró con los ojos abiertos.

–Pero... yo también sé cómo se abre...

–Lo sé, y confío en ti. Lo que hay en esta caja es sumamente importante y debe llegar a manos de Ladybug cuanto antes. Y de nadie más, Marinette. No lo cuentes a nadie, no se lo enseñes a nadie. Y vigila especialmente a Lila. –Respiró hondo y añadió–: Es una espía de Lepidóptero.

–¿Qué? ¿Cómo...?

Pero Adrián no pudo responder, porque de pronto sonó el timbre que señalaba el final del recreo.

El chico guardó la caja en el fondo de la mochila de Marinette.

–Tampoco debes decirle a nadie que he hablado contigo –concluyó–. Yo... –Se quedó mirándola con tanta ternura que a Marinette se le detuvo un instante el corazón. Pero entonces Adrián sacudió la cabeza y murmuró–: Lo siento mucho, Marinette. Por todo.

Dio media vuelta y se alejó de ella a paso ligero y sin mirar atrás.

Instantes después, otros estudiantes entraron en el vestuario, charlando y riendo entre ellos, sin darse cuenta de que Marinette seguía allí, de pie, con la mochila cerrada y bien sujeta entre sus brazos, incapaz de comprender qué acababa de pasar.


NOTA: A partir de ahora el formato de esta historia será como el de mis fanfics anteriores, en tercera persona, a veces centrado en Adrián y a veces en Marinette. Hay dos opciones: que publique todos los días (salvo imprevistos) capítulos cortos como este, o que actualice cada 3-4 días, pero sean capítulos más largos. ¿Qué preferís?