El error con el capítulo 42 (Austria V) ha sido solucionado


Tardé en conocer al señor V, que más tarde supe que era el apodo del doctor Damir Vetrov. Al parecer, había acudido a Malmö, ciudad en la que había residido antes de unirse al movimiento, para buscar un regalito para "la niña de sus ojos", una preciosa tiara de flores de tela...y a comprobar que, en efecto, un traidor del movimiento se encontraba allí escondido.

Lo sé porque ese hombre era realmente hablador. Se veía que era el tipo de doctor al que le gusta hablar con sus pacientes. Mientras hace reconocimientos a un cuerpo desnudo, amarrado a una camilla, mientras sierra miembros solo para comprobar cómo los tendones seccionados buscan de nuevo la conexión, mientras inyecta diferentes tipos de tóxicos y luego compara las muestras de sangre...

No soy extraño a la mutilación. En 1871, combatiendo contra Francia, un cañón me dio de lleno. Es realmente indescriptible la sensación de volar en pedazos. Los humanos tienen la gracia de morir al instante. Yo...tuve que vivir para ver cómo recogían los pedazos, los volvían a juntar y me devolvían al frente. En realidad, la guerra es parte de la vida de una nación. Solo unas pocas afortunadas no saben lo que es. No era tan terrible para mí. Pero la charla de ese hombre...Eso sí que me enervaba.

— Mira este cuerpo tan hermoso...Realmente te cuidas, ¿eh, amiguito? Jejeje...Un gran representante de la raza aria. No eres mi pequeña, pero sigue siendo un placer. Dime la verdad, tú vas a un gimnasio, ¿verdad? O quizás sea un efecto de tu prosperidad. A más prosperidad, mejor aspecto. Aunque yo creo firmemente que sois dioses en miniatura, representantes de los ideales de belleza de vuestro pueblo. Si mi querida niña creciera, se convertiría en toda una belleza. Pero me gusta así. La encarnación de la inocencia. De la plácida vida del campo helvético.

Hablaba. No hacía más que hablar. Y yo veía a la pequeña Liechtenstein en mi lugar, asustada, teniendo que escuchar a aquel hombre.

— No deja de parecerme divertido, ¿sabes? ¿No te recuerda esto a Mengele y una de sus víctimas? ¿Te trae buenos recuerdos? Puedes ser sincero conmigo, estamos en confianza. Es bien sabido que los aliados conocían la existencia de los campos de exterminio desde los primeros años de la guerra y decidieron concentrarse en ganar. Sí. Pero ¿que tú no estuvieras al corriente de todo? Eso ya no me lo creo. Oh, malo doctor, malo. Ya aguantaste innumerables juicios, no necesitas que un viejo como yo venga y te juzgue décadas después. Pagaste el precio con creces. Colaboraste en la caza de los dirigentes nazis, incluyendo a Mengele. Sí, ya has tenido bastante. Ahora te dedicas a cosas más tranquilas, como gobernar Europa a través de esa canciller tuya tan impresionante. ¡La dama de hierro! No me extraña que las mujeres alemanas tengan fama. Han sacado tu temperamento.

Liechtenstein, destrozada para ser reconstruida una y otra vez, y ese hombre mirando, parloteando...

— No te preocupes por los recuerdos incómodos, Alemania. Lo bueno de la muerte es que te hace olvidar todos los sinsabores. No es tan terrible...Es más malo aún vivir con el peso...

Lo vi darse la vuelta, ya con los guantes puestos.

— ¿Recuerdas lo que ocurrió en Beslán, en 2004?

Si aquel fue un acto de justicia, por lo que permití que mis jefes hicieran a esa pobre gente, se hizo justicia. Comencé a ponerme nervioso. Cómo palpó mi cuerpo, como identificando cada vena, la posición de cada hueso, la forma de cada músculo.

— Estarías muy ocupado con tus asuntos, claro. Pues verás: un grupo de terroristas musulmanes entraron en un colegio de la ciudad de Beslán. Querían la independencia de Chechenia...Rusia...Rusia sabía que se planeaba un ataque contra una escuela...y no hizo nada...y una vez ocurrió todo, ¿sabes qué hizo? ¿Sabes qué pasó? Las negociaciones fueron un desastre y las fuerzas de seguridad se precipitaron. Murieron ciento ochenta y seis niños. Entre ellos...entre ellos...mi pequeña Jannochka.

El hombre rió amargamente. A día de hoy aún recuerdo esa risa con un escalofrío.

— Rusia defendió que él y su ejército habían hecho bien. Presionado por la ONU nos dio una indemnización de muchos millones...Dinero...por la vida de un hijo...Rusia dio el asunto por zanjado, los demás países...Así, tan fácil...Claro, ellos no tenían que volver a casa y enfrentarse a esa habitación vacía, al silencio, a una mujer que cada vez tomaba más y más medicación...No es nada personal, amigo mío...Pero es que hay demasiada injusticia en el mundo...

Pobre Liechtenstein...

— Si no hubiera religiones...si no hubiera fronteras que defender...Solo una raza: la humana...Oh, qué maravilloso sería...Entonces sí que podríamos vivir en paz y armonía...

Lo vi tomar una sierra. Una maldita sierra mecánica. No grité ni hice aspavientos. Tan solo me sacudió un escalofrío cuando se acercó a mí con eso en la mano.

— Cuando veas a mi niña en el cielo...Dile que papi la quiere...

No llegó a encender el aparato. Una sombra apareció por detrás y lo golpeó con fuerza en la cabeza.

— Díselo tú mismo, hijo de puta.

Me alarmé. Quise luchar contra mis ataduras, pero entonces la persona se acercó a la luz.

— ¡Alemania! ¿Estás bien?

Lo conocía. Conocía esa cara.

— ¿Suiza?—casi no parecía él, con ese corte de pelo, pero sin duda era Suiza.

— Maldición, ¿qué te han hecho?—murmuró él, desatándome.

— Nada. Has llegado justo a tiempo. Gracias—le dije mientras me incorporaba.

— Toma, ponte esto—dijo alguien en quien no reparé al principio, que me tendió mi ropa.

— ¿Austria?—¿qué mosca les había picado, que habían cambiado completamente de estilo? Austria, que yo supiera, y a no ser que se hubiera dado un golpe muy fuerte en la cabeza odiaba la moda juvenil de los nuevos tiempos y se obstinaba en llevar gafas.

Hablando de golpes en la cabeza...

— ¿Está muerto?—pregunté, señalando al hombre caído.

Suiza lo golpeó con la punta de la zapatilla.

— Parece que sí.

— No deberías haberlo hecho—lo juzgó Austria.

— Iba a cortar a Alemania en cachitos con esa cosa. Ya rendiré cuentas ante quien sea.

— Eso es cierto, pero ahora Liechtenstein...

La expresión de Suiza se suavizó. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, lo vi bajar las defensas emocionales. Miró a su alrededor, a ese zulo lleno de los más variados aparatos, de cámaras que enfocaban la mesa de operaciones, las manchas oscuras que no se habían despegado del suelo...Cerró los ojos y se abrazó a sí mismo.

— ¿Liechtenstein ha estado aquí metida todo este tiempo? ¿A merced de esta bestia?—musitó.

— No está aquí. Pero tiene que estar cerca. Por alguna razón, he tenido que ocupar su lugar. Pero está viva. Estoy seguro. Ese hombre le iba a hacer un regalo.

Suiza respiró hondo y comenzó a subir las escaleras.

— ¿Y vosotros qué demonios hacéis aquí? ¿Cómo me habéis encontrado?—pregunté a Austria mientras lo seguía.

— Llevamos semanas siguiendo corazonadas y haciendo el imbécil. Simplemente hemos tenido suerte. Y ayuda de arriba. No he traído mi agenda; recuérdame que cuando vuelva a casa lo primero que haga sea pasarme por San Esteban.

«Oh». Suiza recordó algo cuando estaba a punto de llegar hasta la puerta. Volvió sobre sus pasos y se agachó para tomar algo del bolsillo del doctor: una cinta púrpura. Acto seguido, dio una patada a la cabeza del hombre y volvió a salir.

— No tendrás un móvil por ahí, ¿verdad?—me preguntó.

— No. Lo destrozaron cuando me secuestraron—respondí.

— Bueno, en algún lugar podremos encontrar a alguien que nos pueda dejar uno. Que saquen todas las pruebas y pistas que puedan de ese sitio y se ocupen de ese hombre. Pero primero vamos a buscar a Liechtenstein.

Miró hacia la casa a la que pertenecía el sótano. No resultaba creíble que hubieran estado usándolo a escondidas del dueño. Tenía que pertenecer a la misma persona. Allí debía de haber más de ellos...

Suiza empuñó su arma y se dirigió hacia la casa.

Fue entonces cuando hubo una explosión que nos tumbó de espaldas.