Lunes, 10 de marzo

Antes de mi secuestro, de toda aquella historia, solía ver muchas películas de Disney. Me encantaban, sobre todo La bella durmiente. Pero ya no. Ahora es difícil para mí ver una y no recordar mi cautiverio en compañía de Tero. Le encantaban esas películas. Era su única ventana al mundo. Puede que su magia fuera lo que la amargó, al mirar a su alrededor y no verse en castillos encantados, bosques verdes o la costa.

Esa tarde me estaba haciendo peinados mientras tarareaba una de las canciones de Enredados. Tenía a su lado un reproductor de CDs portátil, pero ella parecía tener esa música en la cabeza y lo apagó solo para poder cantarlo. Quería ponerme guapa. Me cepilló el pelo despacio, concienzudamente, tan concentrada que parecía una peluquera profesional. Y yo, mientras, me dejaba hacer. La Enfermera, como siempre, nos supervisaba. De no conocerla ya, se podría haber dicho que era nuestra amorosa hermana mayor.

Ocurría algo. La vi asomarse por la ventana y reaccionar de forma extraña ante algo. Miró a Tero, luego a mí, de nuevo a través de la ventana. Dudó. Finalmente, se dirigió hacia el interior de la casa y volvió con una mochila que se puso a la espalda. Se encaminó hacia la salida rápida como un rayo.

— ¿Adónde vas, Mimi?

La mujer se detuvo y miró a Tero, la cual siguió con los ojos fijos en mi cabello.

— Nos hemos quedado sin leche, cariño, y si quieres que te prepare esos cereales tan ricos tengo que ir a por más.

— Mentirosa.

Miré a Tero, helada.

— Te vas y me dejas sola.

— Solo será por un momento, cielo.

— Eres una mentirosa. Te vas a ir y no vas a volver. Eres otra cobarde.

Ella seguía sin apartar los ojos de su trabajo. Hablaba con la misma calma con la que uno dice que afuera llueve. Vi que la Enfermera había perdido el color.

— Tú ya no me quieres.

— Sí que te quiero, Tero, preciosa...

— Entonces, ¿por qué te vas?

— No me voy a ninguna parte, cielo, ya te lo he dicho. Solo voy a por leche.

Tero por fin se volvió hacia ella.

— ¿Me lo prometes?

— Pues claro, amorcito.

Pinky swear?

Tero le mostró su dedo meñique. Sus enormes ojos miraron sin pestañear a la Enfermera hasta que logró que sucumbiera. Los adultos lo tienen muy complicado para no ceder ante los niños. Se quitó la mochila, la dejó a un lado y se agachó para quedar a su altura y juntar sus meñiques. Tero le sonrió.

Solo yo vi que soltó el peine y su mano buscaba el reproductor de música.

A mí casi me dio en las narices, pero a la Enfermera le dio en la cabeza. Soltó un gemido y cayó de boca al suelo. Ahí, antes de que se levantara, Tero la siguió golpeando con toda la fuerza que albergaba ese cuerpecito suyo. Golpeó una y otra vez como un animal.

Cuando paró, la sangre había oscurecido los cabellos castaños de la Enfermera y ella no se movió.

Tero se volvió hacia mí. Yo sentí que se me paraba el corazón. Acerqué mis manos a mi pecho en un gesto impulsivo de defensa.

— Una mentirosa menos—murmuró, soltando el aparato y acercándose a mí.

Pero yo no quería que me peinara.

— T-Tero...

Ella frunció el ceño.

— ¿Qué pasa?

— A-Acabas de matarla...

— Lo sé.

Y entonces hizo algo asqueroso. Se acercó a la muerta, hundió el dedo índice en la brecha que le había abierto en la cabeza y se lo llevó a la boca. Me sonrió como si hubiera estado probando una tarta. «Una nación terrible, que se alimentaba con la sangre de su pueblo», volvió a mi mente.

— ¿Tú también te irás?

— ...N-No. Yo no.

— Ya lo intentaste una vez. ¿Cómo sé que no lo harás?

— Porque te prometí que me quedaría contigo.

Tero volvió la cabeza hacia el cadáver y vi en su cara un gesto amargo.

— Los odio...Los odio tanto...¡No son más que unos mentirosos todos! ¡Unos traidores!

A decir verdad, llevaba un par de días notándola extraña. Puede que sea mi percepción, después de tener acceso a la historia completa y haber llenado lagunas, pero me parece que ella ya notaba que algo iba mal. Ya no sonreía tan a menudo. ¿Acaso podía notar ella también cómo su propia gente salvaba el pellejo, cómo uno a uno eran encarcelados? Afuera, perdía aliados, su proyecto era abandonado o desbaratado. Se estaba debilitando. Y eso la irritaba. No hay nada peor que un niño enfermo.

— ¡Ella me decía que me quería, y me quería abandonar! Yo los abandonaré a ellos...¡No quiero estar encerrada aquí más tiempo!

Estaba demasiado horrorizada para resistirme. Dejé que me agarrara de la muñeca y me arrastrara con ninguna delicadeza hasta la cocina. Allí, abrió la nevera para tomar un bote de nata en espray. No comprendía qué quería hacer con eso, hasta que la vi meterlo al microondas y girar el temporizador. Luego se dirigió a la cocina y abrió el gas. Tomó la mochila y me hizo salir de allí corriendo.

— ¡Tero! ¡¿Qué estás haciendo?!—chillé entre otras muchas cosas.

— ¡Odio esta casa!

No tuve tiempo de pensar mucho más. Cuando estábamos a punto de alcanzar la puerta, se produjo la explosión.

Recuperé la consciencia cubierta de escombros. Encontré la salida y vi que tenía algunas heridas feas, pero sobreviviría. ¿Y Tero? La encontré cerca de mí, boca abajo. La llamé, la ayudé a levantarse. Estaba aturdida, pero viva. Se miró el cuerpo, las heridas sangrantes que tenía. Estaba bastante bien para lo que acababa de pasar, pero estaba alterada. Debía de ser la primera vez que se veía sangrar, que sentía dolor. Gritó.

— Tero, cálmate...Cálmate, por favor...

A cambio de mi preocupación, recibí un puñetazo.

— ¡NO ME VUELVAS A DECIR LO QUE TENGO QUE HACER! ¡NADIE ME VA A VOLVER A DECIR QUÉ TENGO QUE HACER!

La casa estaba destruida. El suelo, de madera, había cedido y se había desmoronado sobre el sótano. El lugar donde había estado cautiva durante más días de los que podía contar. Supe cuando volví a casa y me sentí con la disposición requerida para escuchar los detalles de mi cautiverio que el Doctor se encontraba allí malherido, con un traumatismo craneal, y que se habría podido salvar de no ser por el derrumbe.

— ¡NI TÚ NI NADIE! ¡SI VUELVES A DECIRME QUÉ HACER, TE ARRANCARÉ LA CABEZA!

El movimiento no sabía qué había hecho creando a Tero. Muchas noches me he preguntado si sus acciones estaban motivadas por la naturaleza o por el aislamiento al que estaba sometida y a los caprichos que le daban. No puedo negar que hubo momentos en que sentí piedad por aquella pequeña descarriada.

— ¡TÚ ERES LA ABEJITA QUE OBEDECE Y YO LA QUE MANDA!

Los restos de la casa estaban ardiendo. El fuego se propagaba rápidamente. Lo poco que quedaba en pie amenazaba con caernos encima.

Miré a Tero. Vi su enfado monstruoso. Esos ojos amarillos llenos de locura, vacíos de todo amor por el mundo que quería dominar o por la gente que la había creado.

Quien está leyendo estas líneas, seas quien seas, espero que no me juzgues con dureza.

Ella era más pequeña que yo. Aunque ella tenía rabia y la fuerza que da, yo era mayor.

La empujé a las llamas. Eso hice.

Ella soltó unos alaridos terribles y yo no quise mirar.

A día de hoy sigo incluyendo en mis oraciones una plegaria para que Dios todopoderoso me perdone por lo que hice. Estuvo feo. Pero en aquel momento creí que hacía lo correcto. Tero no debía salir al mundo exterior. Nadie debía saber jamás de ella.

Salí corriendo de allí, en dirección al exterior, a la nieve. Me cayeron encima algunas partes del techo, pero no me hice nada de gravedad. Respirar el aire puro después de tanto tiempo encerrada y angustiada se sintió tan...No sabría cómo describirlo. Pero cuando me encontré allí sola y libre, solté un suspiro largo y caí tendida boca arriba. Los aullidos habían cesado, gracias a Dios.

Pero entonces oí unos gritos inesperados.

— ¡¿Liechtenstein?!

Me incorporé. Aturdida, miré a mi alrededor. Solo veía humo, tenía la vista un poco nublada, pero...

— ¡Liechtenstein!

Una figura apareció ante mí. Era un chico con una coleta alta. Me miraba con los ojos desorbitados, pero había algo en ellos, en la forma de su cara, que...

— ¡Liechtenstein!

Esa voz...No podía ser...

— ¿Suiza?

Di unos pasos en su dirección, él se detuvo a apenas unos centímetros de mí.

Era Suiza. Era mi hermano. Su aspecto era ligeramente distinto, pero no había duda. Sus ojos verdes, que recordaban a sus praderas en primavera. Su pelo del color del oro. Su ligero olor a delicioso queso fundido. No me pude resistir a tocar sus mejillas. Cálidas, suaves.

— Sabía que estarías bien...—era su voz, suave como el chocolate.

Suiza...

¿Es posible describir la felicidad que uno siente cuando se reencuentra con un ser amado, cuando después de la desdicha regresa a sus brazos?