CAPÍTULO 39

Llegó diciembre y el viento del norte sopló sobre la tierra su aliento helado y envolvió a la campiña en un manto blanco.

Mindy, quien nunca había conocido la importancia de la Navidad, escuchó fascinada cuando Candy le relató leyendas sobre el acontecimiento. La niña colgó una enorme media de la repisa de la chimenea del salón y aguardó el día con ansiedad, mientras Candy cosía diligentemente los restos del vestido amarillo y negro quemado y confeccionaba un vestidito para la muñeca de porcelana que Albert compró para la niña. El construyó una cuna de madera para la vieja muñeca de trapo y guardó los presentes en el ático a la espera de la fiesta.

Horace Burr vino un día de visita y a partir de entonces Albert debió contener su propia impaciencia por hacerle a su joven esposa un presente especial la mañana de Navidad. Candy preparó su propia sorpresa con una chaqueta de fumar que hizo para su esposo y en preparación para el regalo más importante envió a un sirviente para que le dijese a Braegar Darvey que viniera un momento mientras Albert estaba en Saint Cloud ocupado en sus negocios.

No estaba en sus planes que su esposo terminara más temprano y regresara a casa. La presencia del caballo de Braegar fue causa suficiente para irritar a Albert, y cuando encontró cerrada la puerta del estudio sus celos se avivaron.

Abrió completamente las puertas corredizas del salón. Braegar estaba inclinado hacia adelante en su silla, con la cabeza cerca de la de Candy y con una copa en la mano, pero cuando Albert abrió las puertas, se enderezó y bebió con fingida despreocupación.

Albert entregó su sombrero a Miles y se quitó el abrigo. Apoyó su bastón contra su pierna y empezó a quitarse los guantes. Candy se levantó vacilante y fue hacia su marido con los ojos bajos y levemente ruborizada.

—Por Dios — exclamó Albert, incapaz de pensar en una causa inocente de la inquietud de su esposa, y miró a Braegar con expresión acusadora—. Cada vez que salgo de esta casa regreso para encontrarte junto a mi mujer. Por tus celosas atenciones, diría que no has tenido una propia en mucho tiempo.

Candy abrió los ojos con sorpresa.

—¡Albert! ¿Cómo puedes decir una cosa así?

—¡Porque conozco al bastardo!

—Yo lo invité a venir — declaró ella con firmeza.

Albert la miró y una confusión de emociones pasaron rápidamente por su cara. Las espuelas de los celos eran agudas y le causaban un intenso dolor.

—Entonces quiero oír más que esto, señora, porque sé que no le faltan atenciones.

La insinuación hirió a Candy en un momento en que era más vulnerable.

—¡Tú, patán vulgar y grosero! — dijo con voz ahogada. Estalló en llanto y salió corriendo de la habitación. Se echó una capa sobre los hombros y dejó la casa con un fuerte portazo.

Albert hubiera ido tras ella pero Braegar, con pasos rápidos, lo alcanzó en la puerta principal.

—Tu esposa pidió mis servicios, doctor Andrew — dijo el irlandés— porque quería estar segura de los síntomas antes de hablar del tema contigo. Te guste o no, hombre, serás padre en el verano.

Albert abrió desmesuradamente los ojos y empujó a un lado a Braegar. Abrió la puerta. Cuando salió al porche, el calesín se alejaba de la casa conducido por Candy.

—¡Candy, espera!

El único caballo presente era el de Braegar. Albert bajó la escalinata a velocidad sorprendente para un hombre cojo como él, desató las riendas del animal y montó de un salto. El caballo resbaló en la nieve y el hielo, inquieto bajo ese peso que no le era familiar. Saltó hacia adelante y salió disparado tras el calesín.

Pronto empezó a acortar distancias, pero cuando Albert le gritó a Candy que se detuviese, ella lo ignoró e hizo restallar con fuerza el látigo. Fue una carrera vertiginosa por el resbaladizo camino y Albert incitó a su caballo hasta que el calesín llegó a una parte cubierta de nieve blanda y tuvo que detenerse. Impaciente, Albert detuvo a su caballo y se apeó.

—¡Yanqui barriga azul… maldito patán! — sollozó Candy.

—Candy, cálmate, por favor — gritó él. Cuando estuvo cerca de la cabeza del asustado animal, levantó las manos para aferrar la brida. Pero al hacerlo, resbaló y cayó contra el remo de la yegua.

El animal retrocedió y la brida escapó de la mano de Albert, quien cayó de espaldas entre los cascos del animal. Candy soltó un grito. El animal cayó y uno de sus cascos golpeó a Albert en el muslo derecho. Hubo un crujido audible cuando el hueso se quebró y de inmediato el aire fue desgarrado por el ronco grito de dolor que brotó de la garganta de Albert.

Candy bajó del calesín e indiferente al peligro corrió delante de la yegua con los brazos en alto hasta que el animal se apartó de esta nueva amenaza. Albert rodó sobre la nieve con los dientes apretados por el dolor hasta que Candy se arrodilló a su lado y lo rodeó con los brazos.

—Oh, Albert, querido, quédate quieto — susurró con urgencia—. Sólo te harás más daño.

—¡Esa bestia! — dijo él—. ¡Esa maldita bestia! Seguramente me ha costado la pierna.

—Cálmate, querido — rogó Candy—. No trates de moverte. Iré en busca de ayuda.

—¡Espera! — dijo Albert, luchando con el dolor que amenazaba con hacerle perder el sentido.

—Voy en busca de ayuda — repitió Candy con suavidad. — Regresaré en seguida.

—Candy. — Albert hizo una mueca cuando la marea de dolor pasó sobre él. — Siento mucho lo que dije… te perdí una vez… no quiero perderte de nuevo. y no puedo confiar en Braegar. El sedujo a Karen y la dejó encinta… y después la envió a una carnicera para que le hiciera un aborto.

Candy comprendió y olvidó el dolor que le habían causado las palabras de él. Aunque no podía creer que Braegar fuese tan ruin como para hacer cornudo a su mejor amigo, sabía que Albert creía que Braegar era culpable.

—Te lo he dicho antes, yanqui — dijo parpadeando para contener las lágrimas—. Yo no soy Karen y cualquier cosa que ella haya hecho, nada tiene que ver conmigo.

—Nunca más… volveré a hacer la comparación — prometió él y trató de sonreír.

—Entonces aférrate a este pensamiento mientras me esperas — susurró ella, acariciándole la mejilla—.Vamos a tener un niño y a fin de que nunca dudes de mí, tendrá los ojos más brillantes y azules del mundo.

—¡Niña! — la corrigió Albert—. Deseo una hijita que tenga la nariz pecosa y la boca de su madre.

Candy sonrió tiernamente, lo besó en los labios helados y se puso de pie. Montó en el caballo y se dirigió a la casa. Cuando estuvo cerca, agitó frenéticamente un brazo a Braegar, quien aguardaba en el pórtico.

—¡Toquen tres veces la campana! — gritó—. ¡Albert está herido!

Candy regresó al lugar de donde había venido.

Momentos después llegó un carro lleno de hombres. Siguiendo las indicaciones de Braegar, levantaron a Albert poniendo cuidado de no moverle innecesariamente la pierna. Aun así, el esfuerzo fue suficiente para que Albert perdiera la conciencia y cayera en un profundo desmayo.

—Así es mejor — afirmó Braegar—. Llevémoslo a la casa antes que el frío le haga daño.

Cuando el carro llegó a la casa, llevaron a Albert al dormitorio del piso alto. Miles buscó el maletín negro de Braegar y mientras Martha ponía agua a calentar, la señora Garth reunió varias botellas de brandy y las dejó junto a la cama.

Firmemente, Braegar hizo salir a Candy de la habitación y le pidió a Saul que se quedara, porque como el negro tenía más conocimiento que los demás en medicina y curaciones, el irlandés lo tomó como ayudante.

Candy esperó en su antiguo dormitorio durante lo que le pareció una eternidad. Por fin se abrió la puerta del cuarto de baño y Braegar entró con un paño doblado en las manos.

—Era una fractura limpia y fácil de arreglar — dijo el médico.

—Pero ¿por qué llevó tanto tiempo? — preguntó ansiosamente Candy.

Braegar le dirigió una sonrisa de simpatía.

—Podría ser la mejor fractura que ese cabeza de mula ha tenido desde que se casó con usted. — Desplegó cuidadosamente el paño y le mostró un trozo de metal de color negruzco, ligeramente curvado y de bordes irregulares.

—Tomé la iniciativa y encontré esto después de escarbar un poco. Creo que la fractura lo aflojó, y aunque me temo que Albert lo echará de menos, probablemente estará mejor sin esto.

—Pero ¿se pondrá bien? — preguntó ella.

—Si no se presenta una infección, la pierna quedará mejor que antes. — Sacó un pequeño frasco marrón de su maletín y lo puso en manos de ella. — Esto es láudano. Sólo una cucharadita bastará si el dolor aumenta mucho o cuando él necesite dormir. Sé que él detesta esta medicina, pero lo ayudará a descansar y eso será bueno para su pierna.

Candy lo siguió cuando bajó la escalera.

— ¿Regresará mañana?

Braegar asintió, se puso su sombrero y su abrigo.

—Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo. Por fin tengo a ese mequetrefe donde yo quería.

Notó la expresión desconcertada de ella y rió con ganas.

—Ahora no puede echarme a patadas. Esta vez aclararé definitivamente todo con él y averiguaré qué es lo que hace que me tenga antipatía.

Candy abrió la boca para advertirle de la seriedad de lo que Albert creía, pero como Miles esperaba junto a la puerta, se abstuvo a fin de no ventilar cuestiones personales delante del sirviente.

Estaba dormitando cuando un leve sonido en el dormitorio principal la despertó por completo. Se levantó de la cama en su antigua habitación, calzó sus chinelas y fue a la otra habitación.

Albert yacía inmóvil en su cama aunque a la luz del fuego Candy vio que tenía los ojos abiertos. Albert extendió un brazo y Candy fue a acostarse a su lado.

—Te amo — susurró Candy—. Creo que te amaba ya antes de aquella noche cuando tomaste mi virginidad.

Albert enarcó una ceja, sorprendido.

—Cuando te fuiste de Nueva Orleáns quedé muerta por dentro — admitió tímidamente ella—. Creía que nunca te volvería a ver.

—Entonces compartimos la misma soledad — murmuró roncamente él.

—No tienes que temer a Braegar, sabes. Yo nunca me he interesado en nadie que no fueras tú.

El le acarició suavemente la espalda.

—Supongo que quieres que le dé las gracias por haberme remendado la pierna.

—No estaría mal. — Tomó de la mesilla el trozo de metal y lo levantó a la luz del fuego. — El creyó que estarías mejor sin esto. Dijo que la fractura lo aflojó y entonces aprovechó la ocasión y lo extrajo de tu pierna.

—Siempre ha sido un tipo decidido, con ideas propias — comentó Albert lacónicamente.

—Es extraño, pero él dijo lo mismo de ti. — Candy pasó los dedos por el pecho velludo de él. — ¿No estás contento de que lo haya sacado?

—Estaré contento si no surge nada malo de ello.

—¿Y le dirás que le estás agradecido?

—Quizá.

—¿Y le contarás por qué estás enfadado con él?

—No puedo hacer ambas cosas el mismo día, mujer.

—Inténtalo. — Lo besó largamente en los labios y él respondió con ardor, olvidado de todo lo demás, hasta del dolor de su pierna.

A la mañana siguiente Albert estaba leyendo unas publicaciones de medicina ignoradas durante mucho tiempo cuando vio un movimiento en la puerta y vio a Candy que lo miraba con una expresión de expectativa apenas contenida. No dijo una palabra, pero se hizo a un lado para dejar entrar a otra persona.

—¡Buenos días, doctor Andrew! — La potente voz de Braegar Darvey llenó de pronto la habitación.

—Fue bueno hasta ahora — murmuró Albert. Se incorporó con ayuda de su esposa, quien le puso unas almohadas detrás de la espalda.

Braegar parecía desusadamente alegre cuando cruzó la habitación. Dejó su maletín negro en una silla, se acercó al hogar para calentarse y miró de soslayo a Albert.

—¿Y cómo está mi distinguido paciente en esta mañana radiante?

—Me temo que mi carácter ha empeorado — dijo Albert evitando la mirada de su esposa.

—Sí, muchacho, y ahí está la raíz de todo. — Braegar acercó una silla y delante de la misma puso un escabel. Se sentó. — Me parece que puesto que el Señor ha considerado conveniente que yo pudiera sacar ese trozo de metal de tu pierna, ahora tengo que hacer lo posible para eliminar el agravio que se interpone entre nosotros.

—¿De modo que tiene que ser así? — preguntó Albert.

Braegar asintió, sacó su pipa y empezó a llenar la cazoleta con tabaco. Aparentemente, estaba esperando que su paciente empezara.

Albert tomó la mano de Candy.

—Mi amor, haz que Martha nos envíe un poco de café y quizás algo de brandy para añadirle. — Si perdía otra vez el control con su médico no quería que su esposa estuviese presente.

—Ya le he dicho a la señora Garth que traiga café y pasteles, y hay brandy al lado de la cama — repuso ella dulcemente.

—Entonces quizá tengas algo mejor que hacer para ocupar tu tiempo — dijo él—. Probablemente esto no será más que una larga y árida discusión.

—No tengo nada urgente que hacer — le aseguró ella con un aire de encantadora inocencia—. Y prefiero quedarme con vosotros.

Braegar rió por lo bajo.

—Bueno, doctor, decídete de una vez, pues no puedes salir de aquí y nosotros no pensamos hacerlo.

Albert cruzó los brazos.

—Entonces prefiero guardar silencio.

—Vine aquí para aclarar esto de una vez — insistió el irlandés—. Podemos discutir todo lo que tú quieras pero a menos que quede satisfecho regresaré mañana y el día siguiente y todas las veces que sean necesarias hasta que vayas al grano.

—¡Maldición, hombre! — Albert empezó a irritarse. — ¿Esperas que discuta los detalles de tu reputación delante de mi esposa ?

—Mi reputación, como tú sabes bien, es una cuestión de murmuraciones. — Braegar volvió a encender su pipa y espirales de humo fragante se elevaron alrededor de su cabeza.

—No es tanto una cuestión de reputación como de ética pura. Puedo perdonarte que hayas traicionado mi amistad y tenido una relación con Karen, pero no que la hayas enviado a una comadrona ignorante cuando la dejaste encinta.

Braegar se ahogó y tosió y tuvo que sacudirse apresuradamente la lluvia de chispas que descendió sobre sus pantalones. Cuando el peligro pasó, su atención volvió a Albert y su sorpresa fue evidente en su expresión.

—¿Karen? — logró decir—. ¿Y yo?

—Eso dijo ella — afirmó Albert—. En su lecho de muerte juró que el padre eras tú.

—¡Una cochina mentira! — protestó Braegar con indignación — Karen se me insinuó, probablemente porque quería lastimarte, pero te juro, Albert, que yo no tenía interés en ella y así se lo di a entender. En dos ocasiones la rechacé en mi consultorio y por ello me gané su odio eterno. — Dejó la pipa a un lado y apoyó los codos en las rodillas. — Nunca hubiera acudido a mí para lo que sugieres porque sabía que yo no la hubiera ayudado, ni aunque el niño hubiera sido mío.

—Albert. — La voz de Candy fue suave e implorante. — Yo le creo. Tú mismo sabes que Karen era capaz de mentir… hasta en el lecho de muerte. Si ella encontró mi fotografía en el cottage, esa puede haber sido su forma de vengarse.

—La venganza es un amo cruel y despiadado — comentó secamente Braegar.

La cólera de Albert desapareció.

—Tienes razón acerca de Karen. Ella nunca se entregaba a menos que tuviera un propósito. Hasta ahora he estado ciego, pero ella nunca se mostró tolerante con Braegar… ni conmigo, en realidad.

—Pero si ninguno de vosotros es el padre — murmuró Candy —, ¿quién pudo ser?

—No tengo idea del nombre de ese hombre y probablemente nunca lo sabré — repuso Albert.

—En realidad, ahora que sabes que no fue Braegar, eso no tiene ninguna importancia. — Candy acarició el brazo de su marido. — ¿No había otra cosa que querías discutir con Braegar, amor mío?

Albert arrugó la frente.

—Candy me informa que estoy en deuda contigo por haberme extraído el fragmento de metal de la pierna.

Braegar se encogió de hombros.

—Sentí curiosidad. Saul me dijo que el metal se había incrustado en el hueso de tu muslo y que no pudieron sacarlo. Pero cuando yo lo toqué sentí que se movía y tuve la certeza de que se había aflojado. Corrí el riesgo de perder completamente tu amistad e hice la pequeña incisión para ver si podía sacarlo.

—Tienes manos muy hábiles, doctor Darvey — comentó Albert con sinceridad—. No recuerdo haber sentido dolor en la operación. Mi padre no hubiera podido hacerlo mejor.

El irlandés enrojeció de placer.

—La comunidad podría beneficiarse mucho con otro médico si decidieras volver a ejercer tu profesión, Albert.

Ansioso de convencerlo, Braegar inició un vívido relato de dolencias y anormalidades, heridas e infecciones, pidiéndole consejo a Albert y solicitando su cooperación. Pronto ambos hombres quedaron atrapados en la discusión y Candy prefirió retirarse, porque Braegar era demasiado descriptivo para sus delicados oídos.

La entrega de presentes empezó muy temprano la mañana de Navidad en la residencia Andrew. Todavía no había amanecido completamente cuando Albert, mirando dormir a su esposa, la despertó con un tierno beso.

—Feliz Navidad, amor mío — dijo.

Ella se estiró y ronroneó de contento.

—Y Feliz Navidad a ti, mi esposo amado.

—Tengo una sorpresa para ti. ¿Te gustaría adivinar de qué se trata?

—¿Qué puedo desear cuando os tengo a ti y a tu hijo creciendo dentro de mí? — Le rozó el cuello con la nariz. — ¿Qué otra cosa podría necesitar una mujer?

Albert sacó un fajo de papeles de debajo de la almohada y se lo entregó. Intrigada, Candy lo miró con expresión de curiosidad.

—¿Qué te parece el título de propiedad de Briar Hill?

Candy soltó una exclamación, se puso de rodillas presa de gran agitación y desató el hilo que sujetaba los papeles. Por fin desplegó los documentos y leyó las palabras que declaraban a Candice White única dueña de la propiedad.

—¡Oh, Albert! — sollozó con lágrimas de felicidad. Le echó los brazos al cuello. — Creí que estaba perdido para siempre. Gracias, amado mío.

El blanco interminable de la tierra norteña se volvió un poco parduzco mientras el intenso frío de fines de enero continuaba. El aire seco y límpido irritaba las gargantas y ponía tirante la piel, y después de unos pocos minutos al aire libre, los dedos empezaban a doler y a entumecerse. Así, cuando la tarde del cuatro de febrero Albert anunció que a la mañana siguiente partiría hacia la granja de Prochavski, más al norte, Candy se inquietó mucho.

—Estamos en la semana en que Gretchen tiene que dar a luz — explicó Albert —, y ella estará menos ansiosa por el parto si tiene un médico en su casa. Con algo de suerte, estaré de regreso dentro de quince días.

El silencio de Candy se prolongó mientras ella imaginaba una docena o más de visiones de Albert atrapado en una tormenta de nieve.

—He dejado instrucciones para tu cuidado y Olie o Saul dormirán en la casa a fin de que no vuelvas a sentir miedo.

Albert se interrumpió al notar una vaga expresión de rebeldía que apareció en esos brillantes ojos verdes.

—¿Y quién cuidará de ti, yanqui? Si has tenido oportunidad de notarlo, afuera hace mucho frío. Creo que no te dejaré partir sin mí.

Albert tuvo que sonreír a su pesar.

—Mi amor, te juro que estarás más cómoda aquí, y también más segura. Y debes cuidarte por tu estado.

Candy levantó la nariz llena de confianza.

—Tengo mucha fe en tu capacidad para cuidarme.

—Pero estaremos los dos solos en lugares aislados, durante casi dos días a la ida y dos días al regreso.

—Entonces necesitarás compañía y Gretchen sin duda apreciará la presencia de una mujer en medio de todos esos leñadores.

Albert reconoció la obstinación que animaba a su esposa.

—Veo que no tienes intenciones de ceder.

—Así es, amor mío. Es como tú dices. Te perdí una vez y no deseo que vuelva a suceder. Además, siempre somos más capaces de cuidar a los otros más que a nosotros mismos. Eso debería bastar para convencerte de que no tenemos que separarnos.

El enarcó una ceja.

—Has demolido astutamente todos mis argumentos, señora. No puedo hacer otra cosa que ceder a tus exigencias. — Candy le echó los brazos al cuello. — Trataré de no ser una carga, Albert — murmuró dulcemente—. Si me quedara aquí no dejaría un momento de preocuparme por ti.

—Debo admitir que tenerte toda para mí, estando los dos solos en medio de ninguna parte es una idea fascinante — dijo él con una sonrisa.

Candy rió por lo bajo.

—¿Estás seguro de que no planeaste todo esto desde el principio?

El bajó la cabeza y la besó en los labios.

—La idea pasó por mi cabeza cuando pensé en dejarte. Dos semanas es mucho tiempo.

—Una eternidad — suspiró ella y respondió ansiosamente a los besos ardientes de él.

A la mañana siguiente, el pesado trineo estaba cargado y esperando cuando Candy y Albert bajaron la escalinata de la casa. La hora previa al amanecer estaba sin luna y fría aunque no había viento que agitara las ramas desnudas de los árboles. Albert depositó a su esposa sobre la pila de pieles que había en el asiento, metió su escopeta en la parte posterior, llamó a Soldado y lo hizo subir sobre las provisiones envueltas en lona que había detrás del asiento. Se sentó junto a Candy, asintió cuando los sirvientes le pidieron que tuviese cuidado y agitó las riendas.

Las campanillas del trineo tintinearon en el aire apacible cuando Albert dirigió los caballos hacia el camino de entrada. Para Candy, abrigada y confortable en un abrigo de pieles muy similar al de Albert, el viaje era como pasar por un blanco mar de ensueño. Las primeras luces del día pusieron en el cielo del este un suave color magenta cuando cruzaron Saint Cloud. Tomaron el Camino del Gobierno que seguía al Misisipí hacia el norte. Por la tarde divisaron una construcción de troncos larga y baja. En la parte trasera un tejado inclinado proporcionaba protección para los caballos y a pocos metros había una cabaña donde pasaron la noche. Al día siguiente, aproximadamente a mediodía, llegarían a su destino.

Anthony Prochavski estaba cortando leña junto a su cabaña cuando el trineo fue visible desde la pequeña granja. El joven interrumpió su trabajo y corrió a recibirlos. En un momento, el rostro animado de Gretchen apareció en la puerta.

—Ella sabía que vendrías — dijo Anthony a Albert mientras ayudaba a Candy a salir del trineo—. Me siento enormemente aliviado al verte. Anthony los hizo pasar al abrigado interior de la cabaña mientras Gretchen ponía una olla de agua a calentar para hacer té y depositaba sobre la mesa panecillos y fiambres. Albert se arrodilló para ayudar a Candy a quitarse las botas y cuando ella se quitó su abrigo de pieles, la rápida mirada de Gretchen notó la ligera redondez de la barriga de la joven. La mujer asintió satisfecha y se acercó para abrazar afectuosamente a Candy.

—Es bueno que tú y Albert tengáis un niño juntos. Eso os unirá y acercará más.

Para Candy la ocasión fue propicia para renovar la amistad que había iniciado hacía varios meses y la personalidad alegre de Gretchen tuvo un efecto tonificante que hizo que el interior de la cabaña pareciera tan animado como una reunión social.

Albert recorrió sus tierras y quedó satisfecho con la operación maderera. A la noche del quinto día, en medio de una partida de naipes, Gretchen de pronto ahogó una exclamación y dejó sus cartas. Después que el dolor pasó, sonrió para tranquilizarlos.

—Creo que ha comenzado — dijo.

Los dolores fueron irregulares durante la noche. Alrededor de una hora antes del amanecer, las contracciones se estabilizaron y cuando el sol comenzó otro día, una nueva voz llenó la cabaña. Fue un nacimiento normal. El varoncito, fuerte y saludable y con pulmones que anunciaban que nunca podría hablar en voz baja, se aferró con voracidad al pecho de su madre.

Cuando llegó el momento de emprender el regreso, Candy dejó el niño dormido en brazos de la madre y reunió sus pertenencias en la venerable maleta de mimbre.

La mañana siguiente amaneció gris y después de tomar un suntuoso desayuno, los visitantes se despidieron. Albert dirigió el trineo hacia el sur. Pronto empezó a caer un fino polvo blanco y el mundo pareció estrecharse alrededor de ellos hasta que las formas oscuras de los pinos del río se volvieron casi invisibles. Albert y Candy se cubrieron con las pieles, pero aun así el viento helado se hacía sentir.

A media mañana el viento empezó a aullar y gemir. Poco después de mediodía Albert guió el trineo alejándolo del río por una garganta retorcida que cortaba la orilla norte.

—Aquí solía haber una cabaña de tramperos — gritó por encima de la furia de la tormenta—. Tendremos que buscar refugio hasta que pase la tormenta.

La cabaña todavía estaba allí, acurrucada contra la barranca.

Soldado bajó para inspeccionar los alrededores mientras Albert y Candy examinaban la cabaña. El hogar de piedra todavía servía y pronto encendieron un fuego. Albert salió para encerrar a los caballos en un improvisado corral que había detrás de la cabaña. Cuando regresó, trajo una cesta de provisiones y la escopeta en su caja. El enorme perro negro entró y olfateó todos los rincones antes de echarse frente al fuego.

La situación, aunque no carente de peligros, resultó bastante confortable. Tenían provisiones para varios días y una excursión con la escopeta o la pistola podría aumentarlas todavía más. La tormenta gemía en el exterior y la pequeña pero sólida cabaña se convirtió en un mundo en sí misma. Soldado fue sacado afuera para que hiciera un paseo vespertino y lo que sucedió en su ausencia fue una cabal inauguración del refugio en un sentido completamente conyugal.

Después de pasado el momento del éxtasis quedaron unidos frente a frente con los muslos enlazados.

—Me has hechizado, Candy White — suspiró Albert. Candy frotó su nariz con la de él y susurró, como, si alguien pudiese oírlos.

—¿Cómo es eso, amor mío?

—Desde la primera noche que nos conocimos como hombre y mujer quedé preso de tu embrujo. Llámalo amor, si quieres, porque yo no puedo negar que estuve enamorado de una mujer a la cual no podía ponerle una cara.

—Pero ¿no decías que el amor tiene que crecer con el paso del tiempo? — preguntó ella tiernamente—. ¿Y no sospechabas de cualquier relación que estallara súbitamente entre dos personas?

—Sí, todo eso dije yo — admitió él—. Pero fue en una época en que tenía mucha cautela con mi amor y no quería admitir su existencia. Candy rió por lo bajo.

—Hubo una época, amor mío, en que tú eras un ogro. El le sonrió y sus ojos brillaron a la luz del fuego.

—Todavía lo soy, pero consigo disimularlo mejor. — Le acarició la nuca y susurró: — Pero he renunciado a muchas de mis antiguas costumbres a favor de algo nuevo, brillante y luminoso. Y con cada día que pasa, mi amor por ti crece inmensamente.

¿De veras me amaste desde que hicimos el amor por primera vez? — preguntó Candy tímidamente.

—Sí, cariño mío. Entraste en mis sueños para quedarte y aunque yo no podía ponerte un rostro, tú eras un blanco fantasma en el fondo de mi mente.

—¿Y con qué sueñas ahora?

Albert rió y la abrazó con fuerza contra su cuerpo desnudo.

—He cambiado mis costumbres, mujer. He renunciado al acero y ya no me tortura ni la mente ni la pierna. Mi sueño me acomete cuando tengo los ojos bien abiertos, y cuando los cierro es en busca de descanso, no del vago fantasma.

El cuerpo de Candy tembló contra el de él. Albert la besó en la boca y la pasión volvió a despertar.

La nieve cesó de caer al día siguiente pero el sol era un resplandor borroso en el cielo y el viento siguió soplando. Permanecieron otro día en la cabaña y esa noche el frío se acentuó. En un momento, Albert abrió los ojos y súbitamente estuvo tenso y alerta. Soldado se movía por la habitación y de tanto en tanto se acercaba a olfatear la puerta. Los caballos resoplaban y golpeaban nerviosamente con los cascos. Entonces el sonido se oyó otra vez, un gemido fantasmal que se elevaba sobre el viento. Soldado se acurrucó mostrando los dientes y afuera uno de los caballos relinchó asustado.

Candy despertó cuando Albert se separó de su lado. Vio que se ponía un par de pantalones de montar de cuero y una camisa de lana cuya parte delantera dejó sin abotonar. Albert sacó el 44 de la pistolera y la revisó antes de levantar la vista y ver que ella lo estaba mirando.

—Lobos — repuso a su silenciosa pregunta y acercó un fósforo a la mecha de una linterna—. Están asustando a los caballos.

Mientras Candy se envolvía rápidamente en las pieles, Albert fue a la puerta, la abrió y levantó la linterna. Al ver la luz, una media docena de formas grises se retiraron del área del corral, pero los brillantes reflejos de sus ojos indicaron que no se habían alejado más allá del borde de los pinos y que estaban agazapados allí, amenazantes. Albert dio un paso, levantó el revólver y disparó en la noche hasta que el arma quedó descargada. Los ojos brillantes desaparecieron pero regresaron poco después, en menor número pero todavía ominosamente persistentes.

Soldado se abalanzó corriendo mientras Albert metía nuevas balas en el revólver. Reconociendo a un enemigo al que podían desafiar, los lobos se acercaron para enfrentar al perro y se prepararon para atacar. Soldado se lanzó sobre el primer lobo y sus enormes mandíbulas lo tomaron del cuello. El animal fue lanzado al aire sobre el lomo del perro. Soldado tenía aferrado por la garganta a su segundo adversario cuando Albert vio que la sombra de Candy pasaba detrás de él. Un segundo después una fuerte detonación lo ensordeció cuando ella disparó los dos cañones de la escopeta. Uno de los disparos alcanzó a uno de los lobos que murió instantáneamente. Albert levantó el revólver y disparó a una forma gris que se acercaba a Soldado por detrás con intención de atacarlo. El animal se desplomó en la nieve, sangrando por la boca. El perro le dio al cadáver una última sacudida antes de dejarlo desdeñosamente. Después revisó todos los cuerpos inmóviles y cuando comprobó que ninguno estaba vivo regresó a la cabaña lentamente.

Albert miró el revólver que tenía en sus manos. No había oído los estampidos de sus últimos disparos. Había sentido sacudirse el arma en su mano y había visto el fogonazo y los animales caídos. Pero ahora había en sus oídos sólo un fuerte zumbido. Llamó al perro y otra vez le sorprendió no oír su propia voz, aunque el perro respondió sacando la lengua y acercándosele lleno de satisfacción y confianza.

Albert bajó la vista y vio que Candy se frotaba el hombro derecho. La escopeta, todavía humeante, estaba en el suelo donde había caído de la mano entumecida de ella. Candy se apretó temblando contra él y se calmó poco a poco hasta que le dijo que se ocupara de Soldado.

El perro tenía una larga herida en el pecho y varios arañazos en la cabeza y las patas, pero fuera de eso se encontraba bien.

Reavivaron el fuego, recargaron las armas y apagaron la linterna.

Candy esperó a Albert en medio de las pieles con una suavidad luminosa en el verde esmeralda de sus ojos. Albert metió el revólver en la funda y se arrodilló junto a ella. Le examinó el hombro. La magulladura producida por el retroceso de la culata de la escopeta ya se estaba tornando oscura. El aplicó un ungüento a la piel sedosa y ella volvió lentamente la cabeza y lo miró a los ojos. De pronto estuvo otra vez en sus brazos y él olvidó el zumbido de sus oídos y sus labios se encontraron y fundieron.

Tiempo después Candy yacía en brazos de Albert y él observaba las sombras cambiantes en el techo de vigas y conocía la clase especial de paz que sólo la mujer enamorada puede brindar a su marido… y una vez más pudo oír el suave suspiro del viento entre los pinos.

CONTINUARA