— ¡Odio el frío! ¡Odio el puto frío!
Llegamos al lugar que marcaban las coordenadas. Entre las pocas cosas que habíamos empacado para nuestro viaje exprés había abrigos, pero nadie me había dicho que en Islandia hiciera tantísimo frío. Estaba congelado, y encima no sabía qué demonios hacía allí. Así se lo dije a los tortolitos.
— ¡Aquí no hay nada! ¡Es un pueblucho con cinco casas contadas! ¿Me podéis decir para qué hemos perdido el tiempo viniendo aquí?
— Acabamos de llegar, fratello, vamos a dar un paseo—dijo Veneziano.
— ¡Sí, claro! ¡Nos hemos hecho cuatro mil kilómetros para dar un paseo en el culo del mundo, donde a estas horas ya está oscuro y hace un frío que te cagas!
— Feliciano tiene razón, deberíamos echar un vistazo—dijo la Fanelli.
— Cómo no te ibas a poner de su parte...—murmuré. No me quedó más remedio que seguirlos. A ver qué iba a hacer yo por ahí solo.
No exagero cuando digo que había cinco casas. No había nada más. Ni siquiera se le debía haber llamado pueblo. Allí no había nadie. Nadie salvo nosotros, que éramos los únicos imbéciles que estábamos fuera a esas horas. No se veía ni un alma; debían de estar todos en casa, o algo, con la calefacción a tope, chocolate caliente o lo que mierdas beban en Islandia y una mantita por encima. Como las personas normales. Pero no, ahí estábamos nosotros, buscando a Canadá. Yo ni sabía quién era Canadá. No era capaz de ponerle cara. Pero fuera quien fuera, seguro que nos estaba tomando el pelo. O se había confundido y había mandado una pista de geolocating o como demonios se llame eso, esa cosa rara que hacen algunos, de irse por ahí a buscar balizas siguiendo pistas. Lo único que sabía era que me había arrepentido pronto de haber dicho que sí a aquella locura.
Pero que solo hubiera unas pocas casas hacía muy fácil enterarse de lo que ocurría en el pueblo.
Oímos unos gritos. Dos casas más allá de donde nos encontramos, había dos personas en el suelo y a un hombre bien mazado encima de otro. No nos dimos cuenta hasta que nos acercamos de que había sangre sobre la nieve.
— ¡¿Hay más putos invitados internacionales hoy, eh?!
— ¿No es ese...?—dijo entonces Veneziano, señalando a uno de los tipos que había en el suelo.
Uno era negro, y el otro todo lo contrario, su pelo parecía estar cubierto de nieve pero en realidad era así, blanco. Yo también lo reconocí.
— ¿Prusia?—lo llamó.
No importaba que hubiera llamado la atención del tipo que gritaba y golpeaba con un grito. Él ya nos había visto venir de todas formas. Levantó la cabeza y nos miró con las aletas de la nariz muy abiertas, resoplando como un toro bravo, seguramente sobreexcitado de tanto gritar y golpear gente.
— Sí, ya veo que sí, demonios...—masculló.
Y vimos cómo metía la mano en el interior de su abrigo para sacar algo. Fanelli lo vio antes que nadie y por ello buscó a toda prisa su pistola.
Y de pronto...¡Bang!
Sucedió tan rápido que tardé en darme cuenta de lo que acababa de pasar. Para entonces ya era demasiado tarde para reaccionar o hacer nada.
Ese hombre atacó al primero que reconoció, que era mi hermano.
Fanelli, cumpliendo con su deber como guardaespaldas y prometida, se interpuso y trató de disparar.
La bala del tipo fue más rápida.
Fanelli cayó al suelo y Veneziano fue detrás.
— ¡Carlotta!
Yo también me eché al suelo, junto a la Fanelli, usando los brazos como escudo.
Al menos hubo quien reaccionó rápido. El tipo al que ese hombre había estado golpeando se levantó y aunque estaba hecho trizas se lanzó sobre él y lo golpeó en las sienes. El musculitos cayó al suelo y allí el otro tipo lo golpeó en la cara unas cuantas veces, gruñendo como un animal, hasta que dejó de moverse. Solo durante unos segundos. Le oí murmurar "cabrón" y echar mano de su pistola, pero el otro se la había arrebatado y lo apuntaba con ella.
— N-No te muevas...
— ¿C-Carlotta?
Prusia se puso en pie con mucha, mucha dificultad. Su cara estaba roja, hinchada y llena de sangre. Le habían dado una tunda de la buena. Pero estaba mejor que Fanelli.
Noté la punta de sus dedos rozando mi muslo y yo, obedeciendo un impulso, le tomé la mano. No sé. Supongo que mi subconsciente sabía antes que yo que...
A los pocos segundos ya no noté fuerza alguna. Veneziano no hacía más que sacudirla, con delicadeza, sí, pero buscaba una reacción desesperadamente. No dejaba de llamarla. Prusia se le acercó, gruñó porque estaba hecho una merda, y posó su mano sobre su hombro. Veneziano dejó de intentarlo. Al fin comprendió.
...Yo no quería que Fanelli muriera, ¿de acuerdo? Solo quería que...que...que se largara, pero no quise en ningún momento que se muriera. Quería a mi hermano de verdad. Aunque debía de ser consciente de que a los de nuestra clase no nos pueden matar así como así, se puso en medio para evitar que le hicieran daño. A mí también me quiso. Siempre quiso llevarse bien conmigo. Lo último que hizo fue mirar a Veneziano y buscar mi mano para que se la diese.
No tendría que haber muerto...
Nadie dijo nada. Nadie se movió. Hasta que Veneziano lo hizo. Dejó delicadamente a la Fanelli en el suelo, como si durmiera, y caminó muy erguido hacia el manco que la mató.
Entonces vimos que ese grupo de gente salía corriendo.
No sé qué vio, si reconoció a alguien, o si simplemente le resultó sospechoso que las únicas personas que había en ese lugar salieran corriendo en cuanto nos vieron. Lo que sí se es que de pronto Veneziano pareció sacar fuerzas de la nada y salió corriendo hacia ellos.
Dicen que yo soy la oveja negra de la familia. En mi seno nació la mafia, seguramente mis hijos tuvieron bastante culpa de la creación y el auge del fascismo. Pero yo mejor que nadie sé que nadie quiere ver a mi hermano enfadado.
