Sasuke utilizó el opulento carruaje de Itachi para llevar a sakura a la mansión ducal en Grosvenor Square.
Ahí siempre había personal dispuesto a llevar a cabo cualquier necesidad que surgiera.
Atravesó el umbral con Sakura en brazos y los bien entrenados
sirvientes se atropellaron para obedecer sus frenéticas órdenes.
La llevó al dormitorio contiguo al suyo.
Un médico limpió y cosió la herida de
Sakura, pero ella no despertó.
Naruto e Itachi se habían quedado con el inspector Inuzuka en la iglesia para ayudarle a esbozar un informe racional sobre lo ocurrido.
Pero a él no le importaba lo
que hubiera sucedido.
Todo había acabado, la señora Terumi estaba muerta y Sakura había resultado herida intentando aclararlo todo.
Inuzuka podía hacer lo que le
saliera de las narices.
Sakura permanecía en un estado febril y sudaba sin cesar.
No importaba las veces que él mojara la herida, estaba hinchada y enrojecida, y la fiebre no bajaba.
Sasuke permaneció a su lado toda la noche.
Escuchó que regresaban sus hermanos, la voz ronca de Naruto y la más tranquila de Itachi hablando con los criados.
Cubrió la frente de Sakura con un paño frío, deseando poder bajarle la fiebre por pura fuerza de voluntad.
Notó que la puerta se abría a su espalda y percibió el paso pesado de
Itachi, pero no levantó la mirada.
—¿Cómo está? —le preguntó su hermano en voz baja.
—Muriéndose.
Itachi rodeó la cama y la observó moverse entre las sábanas.
Sasuke estaba pálido y tenso.
Sakura ardía.
Gemía sin dejar de mover la cabeza de un lado a otro.
Lloriqueaba cuando las sábanas le rozaban la herida, como si así pudiera librarse de aquel lacerante dolor.
Sasuke miró a su hermano con ira.
—Tú y tus jodidas mujeres. Las considerabas de tu propiedad y ahora han matado a Sakura.
Itachi se estremeció.
—¡Maldita sea, Sasuke!
—Pensabas que Sakura quería mi dinero, nuestro nombre. ¿Para qué iba a quererlo?
—Lo pensé al principio. Pero ya no lo pienso.
—Demasiado tarde. Ella jamás quiso nada, nunca nos exigió nada. Tú no sabes qué hacer con la gente así.
—Te aseguro que no quiero que se muera.
Itachi le puso la mano en el hombro, pero él se zafó.
—Me llevaste a ese burdel para que fuera tu espía. Me utilizaste, como haces cada vez que te conviene. Me sacaste del sanatorio para que te ayudara, pero jamás has creído que no estoy loco. Lo único que quieres es lo que puedo hacer por ti.
—No es exactamente así —dijo Itachi en voz baja.
—Pero se acerca mucho a la verdad. Pensabas que estaba lo suficientemente loco como para matar a Sally. Hice lo que me dijiste porque estaba agradecido y quería protegerte. Te admiraba y adoraba igual que tus mujeres.
Sasuke jadeaba por la ira, pero acarició el pelo de Sakura con suavidad.
—Por el amor de Dios, Sasuke.
—No pienso volver a ayudarte. Tu cruel despotismo ha matado a mi Sakura.
Itachi se quedó paralizado, con los ojos clavados en ella.
—Lo sé. Déjame ayudarla.
—No puedes ayudarla. Está más allá de tu poder. —Sasuke clavó los ojos en él durante un fugaz momento y, por primera vez en su vida, fue Itachi quien no pudo sostenerle la mirada.
—Vete —ordenó Sasuke—. No te quiero aquí si tengo que despedirme de ella.
Itachi permaneció rígido e inmóvil durante unos momentos.
Luego se dio la vuelta y salió de la habitación silenciosamente.
Durante la semana siguiente, Sasuke sólo abandonó el dormitorio para llamar a voces a Curry si el hombre no acudía lo suficientemente deprisa cuando tocaba la campanilla.
Sakura seguía en cama, acalorada y sudorosa, gimiendo cada vez que algo le rozaba el costado.
Él a veces dormitaba tumbado a su lado y, cuando ella estaba demasiado inquieta, se sentaba en la silla.
Curry intentó obligarle a pasar la noche en el dormitorio contiguo para que pudiera descansar un poco mientras una criada, Katie o él mismo velaban a Sakura, pero se negó en redondo.
Había leído todos los libros de la vasta biblioteca de Itachi y bastantes más en el sanatorio, por lo que tenía archivados en su memoria muchos remedios e innovaciones médicas.
Puso en práctica distintos métodos para curar heridas infectadas, para bajar la fiebre, para tranquilizar al paciente y alimentarlo.
El médico llevó sanguijuelas, que ayudaron a bajar un poco la hinchazón, sin embargo no le gustaron los ungüentos y pociones del galeno ni las jeringuillas con las que pretendía pinchar a Sakura, por lo que no permitió que se acercara demasiado a ella; lo que dio lugar a ruidosas discusiones entre el médico y un intratable Itachi.
La aseaba todos los días, limpiaba la purulenta herida; le refrescaba la cara con agua fría e intentaba alimentarla con caldo, forzándola a abrir la boca para tragarlo cuando ella giraba la cara.
Ordenó a Curry que le llevara hielo que apretó contra la lesión para aliviar la hinchazón y también lo utilizó para enfriar el agua con que le mojaba la frente.
Deseaba poder llevársela lejos de Londres, donde el humo del carbón y el hollín se filtraban por las ventanas, pero temía que las sacudidas del viaje fueran todavía peores.
Le trenzaba el pelo para que no sintiera calor en el cuello, y llegó incluso a plantearse cortar aquellas hermosas guedejas si la fiebre no remitía.
El médico se aventuró a proponer experimentar algunos tratamientos
innovadores que implicaban la aplicación de suero obtenido de glándulas de mono y otras barbaridades semejantes.
Al parecer eran unos remedios que estaba experimentando junto con unos especialistas suizos.
Pero el galeno sólo quería salvar
a la cuñada del duque de Kilmorgan para alcanzar la fama.
Él le echó de la habitación con cajas destempladas.
El sexto día, la fiebre no había remitido todavía.
Sasuke se sentaba al lado de Sakura y le sostenía la mano entre las suyas muerto de miedo.
Estaba convencido de que acabaría perdiéndola.
—¿Es esto lo que llamas amor? —le murmuró al oído—. No me gusta, mi Sakura. Se sufre demasiado.
Sakura no respondió.
Tenía los ojos entreabiertos y los párpados hinchados, pero el brillo febril de las pupilas indicaba que no le veía.
Ese día no había logrado alimentarla.
Sasuke estaba mareado y tenía el estómago tan revuelto que tuvo que salir corriendo para vomitar.
Cuando regresó no se había producido ningún cambio.
La respiración de Sakura seguía siendo superficial y jadeante, y su piel continuaba preocupantemente caliente.
Sakura había irrumpido en su vida de repente sólo unas semanas atrás, y parecía que le abandonaría con la misma prontitud.
La sensación de pérdida le aterraba.
Jamás había sentido antes tal cosa, ni siquiera la soledad y el miedo que le inundaron en el sanatorio eran comparables a eso.
Aquel miedo le había servido para sobrevivir; el que sentía ahora era un vacío tan inmenso que parecía que tenía un agujero en el pecho.
Sentado en aquella habitación a
oscuras, los peores recuerdos de su vida inundaron su mente.
La increíble retentiva que poseía jugó claramente en su contra, poco atenuada por los siete años y medio que llevaba fuera del sanatorio.
Recordó los baños helados al amanecer, los controlados paseos por el jardín, acompañado por un
hombre con una vara.
Para sus adentros siempre le había llamado El Pastor, pues era quien enviaba a los pacientes al interior si lo consideraba necesario.
Cuando otros médicos insignes les visitaban, el doctor Edwards exponía elaboradas conferencias sobre su caso obligándole a permanecer sentado en una silla junto al estrado mientras disertaba.
Aquel maldito matasanos le hacía aprenderse el nombre de cada miembro de la audiencia para más tarde recitarlos como un loro.
Luego, le ordenaba que escuchara una conversación entre dos voluntarios para repetirla palabra por palabra.
A veces sacaba una pizarra y le exigía que resolviera complicados problemas matemáticos en unos segundos.
Presumía ante su público
diciendo que era su entrenador.
—Es un caso típico; el resentimiento encona arrogantemente su cerebro. Fíjense en cómo evita mirar a los ojos, no confía en sí mismo, sabe que carece de veracidad. Tomen nota
de que su atención vaga erráticamente cuando se le habla, que interrumpe con un comentario
inapropiado o que pregunta algo que no tiene nada que ver con el tema que se trata. Su arrogancia roza casi la histeria… El paciente ya no puede relacionarse con personas que considera por debajo de él.
»Tratamiento: paseos, baños fríos, ejercicio, corrientes eléctricas para estimular el resto de las funciones. Palizas para doblegar la furia. Y el método funciona, caballeros. Se ha
calmado considerablemente desde que llegó aquí.Sí, claro que se «calmó». Porque se dio cuenta enseguida de que si contenía la furia y las palabras, le dejaban en paz. Había aprendido a ser un autómata, un robot que se movía y hablaba de una manera concreta. Saltarse esas costumbres significaba
pasarse horas encerrado en un cuartito diminuto, que le suministraran corrientes, o que le dieran palizas. Sólo le dejaban tranquilo cuando se convertía en una especie de zombi.
Al menos le permitieron leer y tomar lecciones con un tutor.
Sasuke poseía una mente inquieta e interesada que absorbió todo lo que cayó a su alcance.
Dominó con maestría cualquier lengua en cuestión de días.
Progresó desde la aritmética básica al más complicado cálculo infinitesimal en solo un año.
Leyó un libro al día y logró recitar párrafos enteros sobre catéteres, sondas o bujías como si los hubiera inventado él mismo.
Encontró cierto refugio en la música y en las melodías que escuchaba tocar,
pero jamás aprendió a leer una partitura.
Las notas y los pentagramas no eran más que líneas y manchas negras para él.
También logró dominar como un maestro temas como la lógica, la ética o la filosofía.
Aprendió frases de Aristóteles, Sócrates o Platón, pero nunca fue capaz de comprenderlas e interpretarlas.
—La arrogancia de los de su clase, unida al resentimiento que siente hacia su familia, ha formado una obstrucción en su cerebro —recitaba el doctor Edwards a una entusiasmada
audiencia—. Puede leer y recordar, pero no entiende. No muestra interés por su padre, jamás pregunta por él ni le escribe, ni siquiera cuando se lo sugiero. Tampoco muestra señal alguna de dolor por la reciente pérdida de su madre.
El doctor Edwards jamás le vio sollozar con el rostro enterrado en la almohada por las noches, cuando estaba solo y temía la oscuridad, sabiendo que si su padre iba a buscarle sería para matarle por lo que había visto. Sus únicos amigos fueron los sirvientes del asilo, las criadas que le pasaban dulces y vino de contrabando.
Los que le ayudaron a esconder los cigarros que Sai le llevaba o los libros eróticos que le daba Naruto cuando iba a verle. —Léelos —le susurraba Naruto, guiñándole el ojo—. Necesitas saber para qué sirven las mujeres y qué hacer con ellas.
Y lo aprendió a los diecisiete años gracias a la criada rubia de formas rotundas que limpiaba la chimenea todas las mañanas.
Ella mantuvo la relación en secreto
durante dos años, luego se casó con el cochero y se alejó en busca de una vida mejor.
Había escrito a Itachi para que le regalara varios cientos de guineas por la boda, pero jamás le explicó por qué.
Había pasado mucho tiempo de todo aquello.
Regresó lentamente al presente, pero éste era sombrío y aterrador.
Permaneció sentado en la oscuridad, con las cortinas corridas, mientras Sakura intentaba aferrarse a la vida con todas sus fuerzas.
Si ella se moría le daría igual que volvieran a encerrarle en el sanatorio, porque si tenía que vivir sin ella perdería realmente la razón.
Ino no tardó mucho en llegar.
Entró en el dormitorio con un suave susurro de seda.
Se le llenaron los ojos de lágrimas en cuanto vio a Sakura en la cama.
—Sasuke, lo siento tanto…
Él no pudo responder.
Ino parecía exhausta.
La vio acariciar la mano de
Sakura y llevársela a los labios.
—Me he cruzado abajo con el médico —dijo ella con la voz ronca por las
lágrimas—. Me ha dicho que no tenía demasiadas esperanzas.
—El médico es idiota.
—Sakura está ardiendo a causa de la fiebre.
—No permitiré que se muera.
Ino se sentó en el borde de la cama con la mano de Sakura entre las suyas.
—Suele ocurrirle a las mejores personas. Nos las arrebatan para que aprendamos a ser humildes. —Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Memeces.
Ino le observó con una triste sonrisa.
—Eres tan testarudo como un Uchiha.
—Soy un Uchiha. —Menuda chorrada—. No permitiré que muera. No
puedo.
Sakura se removió con indiferencia en la cama, emitiendo unos suaves quejidos.
—Está delirando —susurró Ino.
Sasuke empapó una tela y la acercó a los labios de Sakura , que murmuraba incoherencias con la voz rota.
La vio lamer las gotitas que cayeron en el interior de la boca con un gemido.
Ino se enjugó una lágrima y se levantó de la cama para dirigirse a ciegas hacia la puerta.
Sai no tardó mucho en aparecer.
Mostraba una expresión ojerosa.
—¿Algún cambio? —preguntó.
—No. —Sasuke no levantó la vista ocupado en apretar el paño envuelto en hielo contra la frente de su esposa—. ¿Has venido con Ino?
Sai soltó un bufido.
—¿Tú que crees? Trenes diferentes, barcos diferentes, se cambió de hotel en cuanto se enteró de que yo también había hecho allí una reserva…
—Eres tonto; los dos lo sois. No deberías permitir que siguiera alejada de ti.
Sai arqueó las cejas.
—Me abandonó hace tres años y no se puede decir que haya querido volver conmigo.
—Ni siquiera has intentado recuperarla —dijo Sasuke, enfadado—. Jamás pensé que fueras tan imbécil.
Sai pareció sorprendido.
—Es posible que tengas razón —repuso lentamente.
Sasuke volvió a centrar la atención en Sakura.
Que alguien pudiera encontrar el amor y no luchara por conservarlo estaba más allá de su entendimiento.
Sai se frotó la frente.
—Hablando de imbéciles, Itachi acaba de despedir al médico. Menos mal, estaba a punto de estrangularle.
—Bien.
Su hermano le puso la mano en el hombro y le dio un apretón de ánimo.
—Lo siento. ¡No hay derecho! De todos nosotros eres quien más se merece ser feliz.
Sasuke no respondió.
Aquello no tenía nada que ver con ser feliz, sino con salvar a Sakura.
Sai le acompañó durante un rato, observando a Sakura, luego se fue.
Le reemplazaron otras visitas a lo largo del día y la noche; Naruto, Daniel, Katie; Curry, Ino otra vez… Todos hicieron la misma pregunta: «¿Hay algún cambio?».
Sasuke negaba con la cabeza y se marchaban.
De madrugada, cuando la casa estaba dormida todavía, el reloj dorado de la repisa de la chimenea repicó dos veces y Sakura se incorporó en la cama.
—¡Sasuke!
Tenía la piel roja y brillante, y los ojos refulgían con las pupilas muy dilatadas.
Sasuke se sentó en la cama.
—Aquí estoy.
—Sasuke, me voy a morir.
Él la rodeó con los brazos y la estrechó.
—No lo permitiré.
Ella se apartó.
—Sasuke, dime que me perdonas. —Ella le atrapó la mirada y él no pudo apartar la vista.
Los ojos de Sakura eran verdes como esmeraldas y estaban anegados de lágrimas.
Podría mirarlos durante horas, fascinado por su color.
Había leído que los ojos eran
las ventanas del alma y la de su esposa era honesta y dulce.
Sakura era pura e inocente, pero él tenía un monstruo acechando en su interior, el mismo que había vivido dentro de su padre, y podría hacer daño con facilidad si se dejaba llevar por la ira.
No permitiría que eso ocurriera… nunca.
—No hay nada que perdonar, cariño.
—Por haber llevado al inspector Inuzuka. Por revolverlo todo otra vez. Por matar a la señora Terumi. Está muerta, ¿verdad?
—Sí.
—Pero si yo no hubiera regresado a Londres, todavía estaría viva.
—E Inuzuka seguiría pensando que yo era el culpable. O que lo había hecho Itachi. No es necesario pedir perdón por conseguir que la verdad viera la luz, Sakura.
Ella no pareció oírle.
—Lo siento tanto… —sollozó, con la voz ronca por la fiebre.
Él le puso la mano en el pecho y enterró la cara en su hombro.
La abrazó con el corazón desbocado.
Cuando la alzó contra sí para besarla, vio que había vuelto a cerrar los ojos sumiéndose de nuevo en la inconsciencia.
La acomodó sobre las almohadas mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas hasta caer sobre la ardiente piel de Sakura.
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
