Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
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Capítulo dedicado a Maca, ¡feliz cumpleaños, hermosa!
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Capítulo 50:
La intensidad de tu amor
"(…) Siempre que miro tus ojos lo entiendo
Eres todo lo que necesito
(…) Y cuando hacemos el amor
Tus gemidos pueden ser oídos de todas partes
Solo somos nosotros dos
Todo lo que necesito está en medio de esos muslos
(…) Y me tomará tiempo estar agradecida de que pude tener días enteros de ti
Antes de que se reduzcan a solo memorias…"
Sentir el sabor de sus labios era caer en suspiros largos y gemir con la desesperación a flor de piel. Edward me sujetaba la cintura y luego me acariciaba la espalda, saboreándome mientras nuestras lenguas se rozaban. Cada sensación de nuestros cuerpos rozándose, de mis manos en su pecho y luego en su rostro, acercándolo más, hacía que me sintiera otra vez en un sueño, en uno del que no quería despertar.
—Cada vez que te toco eres sólo tú, Bella, sólo tú. No te saco de mi cabeza desde que me aceptaste el Martini en ese crucero, creo que me enamoré de ti en el instante en que crucé mi mirada contigo. Eres el amor de mi vida —afirmó, tomándome las mejillas y juntando su frente con la mía.
Tragué.
—Soy el amor de tu vida —susurré.
—Lo eres —insistió, respirando mi aire, besándome una y otra vez—. Te amo, mi Flor de Colores, puedo decírtelo todas las veces que quieras, todas y no será suficiente. Te amo, mi Insaciable, eres mi gran amor, aunque tardaste, llegaste a mi vida y lo cambiaste todo.
Yo exploté en un sollozo y lo volví a abrazar. Escucharlo decir eso era como revivir de una pesadilla larga. Tenía sus ojos llenos de lágrimas y las manos tensas. Estaba a centímetros de mí y podía sentir su respiración chocando conmigo.
—Nunca quise que dudaras de lo mucho que te amo.
—Fue por inseguridad, Edward, no por tu culpa…
—Te oculté lo que sucedía con Renata, siendo que no debí, cariño, nunca debí. Siempre quise demostrarte todo lo que me importas. No debes dudar nunca más de cuánto te amo, por favor, no lo vuelvas a hacer.
Me quedé callada frente al abismo que había en sus ojos y en sus palabras, en esa sensación culpable en mi garganta y en la claridad de cómo se estaba expresando para mí.
—Y luego te veo con otro hombre —gimió con su mirada puesta en mí—. Lo besaste, ¿no? —No quise contestar—. ¿Te hacía sentir lo mismo que yo? ¿Pensabas quererlo? ¿Te enloquecía? ¿Te hacía feliz?
Cerré los ojos, porque todas esas respuestas eran un "no" rotundo y mi orgullo no las iba a dejar salir.
—Siempre, siempre has sido tú.
Mis manos se cayeron a ambos lados de mi cuerpo, inertes, y yo casi en blanco. Edward estaba comenzando a llorar, vulnerable y abierto ante mí.
—Todo este tiempo sin ti ha sido demasiado. No quiero volver a separarme de ti, mi amor.
Se me escapó el aire del interior en un jadeo ahogado.
—Siempre has sido la única mujer en mi vida, la única que me ha dado vuelta el mundo desde que llegó con esos tacones amarillos y esa sonrisa tan… —Se quedó mirando mis labios y mi corazón parecía volver a la vida, poseso por él—. Porque te amo, te amo profundamente.
—Repítelo —jadeé.
Se acercó a mí, aún más si era posible, y me susurró al oído:
—Te amo, Bella.
Lo miré a los ojos, buscando cada aspecto de su iris y sólo vi las lágrimas acechándolo frente a la verdad del verde intenso. Acerqué mis manos a su rostro y le acaricié la quijada como había deseado siempre. Edward cerró los ojos un momento al sentir el contacto de mi piel con la suya y suspiró.
—Yo también te amo, Edward, te amo y te necesito —sollocé.
Él pestañeó y sonrió con lentitud, como si saboreara mis palabras. Entonces me tomó desde las mejillas y me atrajo a su rostro para besarme nuevamente de forma intensa, llevándose mi aire y mis tristezas. Había soñado con volver a besarlo desde el primer día en que nos separamos y ahora sentía que volaba por los aires. Yo rodeé su cuello con mis brazos y sus manos comenzaron a bajar por mi silueta, delineando mi espalda, luego mi cintura y mis caderas, desde donde me sujetó.
—También te necesito, te deseo, te pienso y te amo —susurró contra mis labios.
Me mordí el labio inferior, hechizada por esas dos palabras que tanto había soñado con oír y decirle, en especial luego de todas esas semanas sin él. Sentía que estaba delirando, pero era la realidad.
Me dejé llevar por sus caricias y su cuerpo contra el mío. Nuestro beso pasó a la desesperación, donde nuestras lenguas se rozaban al son de la necesidad. La pasión nos desbordó y tiré de su camisa para atraerlo mientras caminábamos con el sonido de nuestro beso cada vez más intenso. Edward en un movimiento me tomó entre sus brazos y yo le rodeé la pelvis con mis piernas. Nos condujo hacia dentro de la casa, la nuestra, la que era el comienzo de toda nuestra historia juntos. Yo no miré, apenas y me detuve en percibir el ambiente porque solo existía él. Sentí que me condujo hacia lo que parecía ser la sala mientras yo tiraba de su cabello y de su labio inferior, envuelta en la ansiedad porque me hiciera el amor hasta que no quedase aire en mis pulmones. Él me fue soltando de a poco hasta que toqué el suelo, sin embargo, no dejamos de besarnos. Mis manos se unieron a su suéter y a su camisa y le quité la ropa. Antes de seguir me quedé mirándolo, disfrutando de la piel de su pecho y de su aroma, que siempre me volvía loca. Entonces bajé con besos suaves por su pecho, recorriendo de manera lenta ese camino descendente que tanto me gustaba. Me agaché frente a él, sin dejar la conexión de nuestras miradas y llevé mis manos a su cinturón para quitarlo.
—Ven aquí —me dijo, tomando mi barbilla con sus dedos para que me levantara.
Sus manos se unieron a mi abrigo y a mi suéter, quitándolos hasta dejarlos caer al suelo.
—Extrañaba tu piel —me susurró, mirándome usando sólo mi blusa a medio abotonar. El canal de mis senos estaba expuesto para él y sólo para él, y yo deseaba que siguiera averiguando qué había más allá.
Pestañeó y acercó su mano a los botones, abriendo poco a poco para descubrir mi sujetador. Llevó su dedo índice a la zona descubierta y no tardó en intercambiarlo por sus labios. Yo cerré los ojos, presa del placer de sentir el tacto de sus labios en mi piel, en esa zona sensible y receptiva a sus acciones. Fue arrastrando las tiras de mi sujetador de a poco y finalmente lo desabrochó para dejarlo caer al igual que las demás prendas. Nos volvimos a besar mientras me daba placer con sus manos en mis senos. Edward rápidamente me dejó caer al sofá y yo me acomodé de lado para mirarlo mientras se quitaba las últimas prendas de su cuerpo, quedando completamente desnudo para mí. Yo instintivamente sentí cómo mi cuerpo iba reaccionando a la necesidad de sentirlo dentro de mí, aunado a su cercanía similar a la de ese depredador que tanto me gustaba. Sus labios y su lengua fueron dejando un rastro húmedo por mis piernas, mis muslos, mi ingle y mi vientre, hasta subir rápidamente por mis senos, mi cuello y finalmente a mi boca, que lo esperaba con ansias. Me bajó las bragas y luego me las quitó para lanzarlas hacia donde sea que cayeran. Edward se puso entre mis piernas y me las dobló en torno a su pelvis para que lo rodeara. Entonces rozó su miembro con mi sexo, ansiando mi humedad y haciéndome anhelar su dureza hasta hacerme suspirar. Él buscó mis ojos, jadeante de excitación, preso de la misma necesidad que yo, buscando la respuesta que ya conocía, pero siempre requería.
—Hazme el amor, te necesito —le susurré con la respiración pesada, casi al punto de la desesperación. Su roce me estaba enloqueciendo.
Asintió, lamiéndose los labios.
Me tomó del muslo y de un solo movimiento entró en mí. Emití un grito, sintiéndome llena al fin. Comenzó a moverse de manera lenta, entrando y saliendo de golpe, sacándome intensos gemidos. Me miraba de manera muy profunda, embelesado en mí y en el placer mientras yo le rodeaba el cuello con mis brazos. Le acaricié la mejilla y luego la expresión de concentración mientras me dejaba llevar por el intenso placer que me recorría. Edward en un momento me besó la mano y sonrió mientras gruñía, así que lo tomé desde la nuca para que me besara a mí también.
—Te extrañé —jadeó contra mis labios.
—Yo también te extrañé —le dije con dificultad y luego cerré los ojos, sintiendo un espiral de sensaciones indescriptibles en todo mi cuerpo.
En un momento, Edward escondió su rostro en mi cuello, disfrutando de mi aroma y del calor. Yo apreté los músculos de sus hombros, sintiendo el aumento de todas las sensaciones que él me provocaba. Él lo notó y su rostro se crispó ante la súbita sensación del porvenir de su orgasmo, aumentando el movimiento de sus caderas. Estábamos envueltos en sudor y yo roja de placer, apenas podía enfocar mi mirada, solo veía espirales y sus ojos verdes, ahora compenetrados en mí. Me abracé a él y él lo hizo conmigo, hundiéndose en mí hasta el fondo de mis entrañas. Emití un grito al sentir su simiente chocando en mi interior, llenándome con su calidez y yo rápidamente me dejé ir en el orgasmo, apretando mis paredes en torno a él, con nuestras miradas conectadas y un beso profundo que acalló mis últimos gemidos.
Caí agotada hacia el otro lado del inmenso sofá y Edward se acomodó junto a mí, respirando con la misma intensidad que yo. El silencio nos acompañó durante unos segundos y yo lo miré, encontrándome con sus ojos pendientes de mí. Instintivamente me acomodé en su pecho y cerré los ojos mientras me rodeaba otra vez con sus brazos, apremiante y con mucha fuerza, la necesaria para volver a juntar mis pedazos en su sitio. Sus dedos me acariciaban los cabellos de la misma manera en la cual lo hacía, diciéndome "estoy aquí, nunca me iré, me tienes para ti toda la vida que nos depara", sólo que esta vez estábamos más expuestos el uno con el otro y más libres, sí… mucho más libres. Parecía una utopía volver a sentir el calor de su cuerpo con el mío, una realidad que jamás iba a repetirse, pero era él, era mi Edward que me sujetaba de manera anhelante, con esa necesidad que sólo nosotros comprendíamos. No quería separarme nunca de su cobijo y poder quedarme junto a él todo el tiempo que nuestras vidas fueran capaces de brindarnos.
Él me tomó la barbilla y me contempló cada detalle, haciéndome sonrojar más de lo que ya estaba. De inmediato sonrió y llevó sus dedos nuevamente a mi cabello, esta vez al que pendía de mis hombros, estirando las ondas y luego volviéndolas a su sitio.
—Podría mirarte toda mi vida y no me cansaría —susurró con los ojos brillantes—, sobre todo cuando te sonrojas.
Mi corazón volvía a latir, muy desesperado, pero ahora era increíble la diferencia que existía a la sensación mortificante de siempre, ahora estaba tan vivo, tan lleno y tan grande.
—Mírame todo lo que quieras, no quiero irme, no quiero hacerlo nunca más —murmuré con la voz quebrada.
Él tragó y de pronto me besó la frente de forma apremiante, juntando sus labios con ímpetu a mi piel. Yo cerré los ojos con fuerza, porque también extrañaba estos gestos viniendo de Edward. En realidad, podría enumerar todas las cosas que echaba de menos de este hombre y probablemente eso me tomaría toda una vida, porque faltaba tanto tiempo para seguir conociendo cada aspecto de él, tantas aristas y tantos vértices, y eso me entusiasmaba mucho.
Al separarse me tomó desde la barbilla y suspiró.
—Al tenerte aquí y de esta manera, todo el vacío que quedó en mí desde que nos separamos volvió a llenarse, y sólo contigo he podido experimentar algo tan fuerte como esto —susurró, dándome caricias en el labio inferior con su pulgar.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero de una felicidad tan fuerte que temí, porque no quería volver a revivir lo que pasé durante estas semanas, de sólo pensarlo me moría de dolor. La mano que sujetaba mi mentón fue bajando por mi quijada y luego por mi cuello, donde se detuvo por largos segundos, donde pendía mi collar, el que me regaló para navidad.
—No volverá a haber vacío, no quiero que eso ocurra nunca más —musité, buscando su mano que descansaba en mi piel para entrelazar sus dedos con los míos—. Edward.
Se volvió a mirarme y vi el atisbo de las lágrimas.
Era tan conmovedor verlo así, tan vivo y tan sensible. Este Edward era realmente él, un ser humano con virtudes y defectos que amaba por completo. Mi hombre, mi Bombón Maduro, el padre de mi hijo, mi esposo y mi mejor amigo.
—Escúchame —le pedí, levantando mi tronco para que lo hiciera con atención—. Perdóname. —Arqueó las cejas—. Perdóname por haberte dicho todas esas cosas, por haber dudado de ti, de tus acciones, de quién eres y de lo mucho que me quieres, por favor, perdóname. Y también… —Apreté los labios por el nudo en mi garganta—. Perdóname por haberte pedido distancia, pero era necesario, era…
—Preciso sanar —me interrumpió.
Me lleve una mano a los labios para no echarme a llorar y él me la quitó rápidamente para tener acceso a mi boca y besarme con hambre.
—Como la eternidad a las estrellas —susurró—. No tengo nada que perdonarte, eres mi Bella, mi florecilla, sé lo que has tenido que pasar, tú sabes lo que yo he tenido que pasar, lo entendí aunque me costó, y ¿sabes? Funcionó, realmente fue así. Gracias por ser mi valiente amor, capaz de todo con tal de hacernos sanar, y no solo por nosotros, sino por ese pequeñito que nos une.
Me tocó la barriga, haciéndome cosquillas. Volvió a abrazarme, cobijándome a mí y a mi bebé. Fue inevitable que derramara un par de lágrimas más, porque me sentía tan sensible y tan dichosa que ni yo me soportaba.
—Te extrañamos mucho —le susurré—. Nuestro Camarón te necesitaba mucho.
Me rozó la nariz con la suya, sacándome un suspiro.
—Y yo los extrañé a ustedes. Mucho. A mi pequeña y a mi Insaciable.
—¿Pequeña?
—Solo estoy diciéndote lo que deseo.
Me reí.
—Eres tan bobo, Bombón.
—Por ti. Siempre.
Suspiré y me recosté una vez más en su pecho, oliéndolo, ansiándolo, disfrutando los vestigios de cómo habíamos hecho el amor. Ah, era volver a mi hogar, a mi familia. No necesitaba nada más si estaban con ellos, nada, absolutamente nada más.
—Ha crecido —murmuró, mirándolo.
—Lo notaste.
—¿Cómo no hacerlo?
Sus ojos seguían brillantes.
—Tenía tanto miedo de perderme su crecimiento.
—Oh no, ¿cómo podría haberlo hecho? —Le di un beso en la mejilla y luego en los labios—. Eso nunca. Nuestro pequeño necesita a papá y tú a él.
Suspiró.
—Debo confesar que te llamé muchas veces, ansioso por preguntar cómo estabas, cómo seguía mi hijo, pero no me contestaste.
Fruncí el ceño.
—No voy a culparte. —Tragó—. Supuse que necesitabas ese tiempo a solas.
Me reincorporé.
—Edward, yo jamás recibí una llamada tuya —susurré.
Esta vez fue su turno de fruncir el ceño.
—¿Cómo? N-no lo entiendo.
—Yo te llamé también, mucho, nunca respondiste.
Nos quedamos contemplándonos, sin saber cómo explicarnos lo que había pasado.
—No entiendo nada —señaló, muy confundido.
—Yo tampoco —susurré, pegándome a su cuerpo, como si de pronto sintiera mucho frío.
Nos contemplamos, sin saber qué respuesta darnos.
Tomé desesperadamente mi teléfono y busqué el registro, dispuesta a mostrárselo.
—Hay cientos, cientos de llamadas —le dije, elevando mi voz.
Él no lo miró, porque me creía. Pero yo tenía tanta rabia que quería que lo viera, que fuera testigo de cuánta desesperación y lágrimas derramé al pensar todas esas estupideces.
—Creí que tú no querías escucharme —susurré finalmente, dejando caer el aparato a un lado.
Edward sonrió con tristeza y me abrazó. Yo me acosté en su pecho y cerré mis ojos mientras sentía sus besos en mis cabellos, sus manos tocándome y su aroma calándome las fosas nasales.
—Jamás podría querer eso. Nunca lo querría —me dijo al oído—. Eres mi florecilla, ¿cómo podría querer algo como eso?
—Yo tampoco lo quería, lo que más ansiaba era escucharte —gemí, acomodándome para tocarle la quijada—. Mi Bombón. —Suspiré—. ¿Por qué pasó eso? ¿Quién…?
Tragó y me besó la frente, pero podía apostar a que la rabia lo embargaba.
—Alguien lo hizo —soltó.
—¿Qué?
—No tiene otra explicación.
—Pero… ¿quién querría…?
Me callé, porque la pregunta correcta era quién no quería.
—Voy a llegar hasta las últimas consecuencias, lo prometo —susurró—. Ya no permitiré que nadie se interponga en mi felicidad y mi felicidad eres tú.
Respiré hondo y volví a acomodarme en su pecho, buscando su cobijo y su amor. Edward me apretó con fuerza, no queriendo soltarme y yo hice dibujos en su pectoral.
—¿Qué hiciste cuando no estuve? —le pregunté.
Me tomó la barbilla y juntó su nariz con la mía, sacándome una pequeña risita para liberar la tensión que había provocado la situación del teléfono.
—Muchas cosas, si te soy sincero.
Enarqué una ceja.
—¿Algo que puedas contarme?
—La gran mayoría es solo sorpresas que preparé para ti. Pero… hay algo que tienes que saber.
Me acomodé para escucharlo con claridad.
—Me encontré con James en España.
—Vaya. ¿Qué hacía ahí?
—No te imaginas las asquerosidades.
Mientras hablaba, imaginaba aquel lugar. Me resultaba tan frío ante la soledad que habíamos tenido que soportar.
—Hay algo que él intentó hacer.
Tragué.
—Pues dime.
Suspiró.
—Quiso que me acostara con otra mujer.
Levanté las cejas, muy impactada.
—Era una prostituta muy parecida a ti.
—Ja.
Él se largó a reír y yo le acompañé.
—¿Y? —Me crucé de brazos.
Me regó besos cariñosos.
—Sí, te rememoré —susurró—, te deseé, te añoré… Recordé lo que tuvimos en el crucero, la manera en la que nos conquistamos, cómo nos mirábamos, coqueteábamos y… Ah, te quería ahí, de verdad. Y tener a esa mujer fue suficiente para confirmar una vez más que eres única para mí. Y no, no acepté un beso ni menos acercamientos de otro estilo, tengo suficiente y más con todo lo que tú me das, mi amor.
Lo abracé, dejándole ver mi cuerpo desnudo, el que él ya conocía como el suyo. Puse mi barbilla en su hombro y ahí me quedé, disfrutando de sus dedos en mi piel.
—Te amo —le susurré al oído—. Y eres tú el único hombre que puede tocarme y hacerme el amor, siempre.
Un beso en mi cuello me hizo temblar, sacándome un jadeo.
—¿Hace falta que te lo diga? Porque quiero que sepas que a la única mujer que deseo eres tú. Soy el más afortunado del mundo. Te amo y te lo diré cuanto pueda, ahora entre gritos, sin temor a ninguna mierda que nos envuelva, porque sé que soy un ser humano que ama con fervor, tuyo, tu hombre, con virtudes y defectos, pero con un sentimiento infinito por ti. Te amo, mi Bella.
Escucharlo decir todas esas cosas eran… No tenía palabras. Sí había valido la pena, claro que era así.
—Oh Dios, ¡no dejo de llorar con todo lo que me dices! —exclamé, separándome de manera avergonzada.
Él se largó a reír.
—Ese es nuestro Camarón.
Me eché sobre su pecho, haciéndolo caer en el mismo lugar en el que habíamos hecho el amor. Me comí sus labios con entera necesidad, disfrutando de mi maduro como si se me fuera la vida en ello. Edward me correspondió de la misma manera, siendo aquel hombre apasionado del que me enamoré perdidamente.
—Debemos seguir por la zona de la terraza, tal como el Sr. Cullen pidió —afirmó un hombre. Su voz se escuchaba cada vez más cerca.
Ambos abrimos los ojos, sorprendidos ante las visitas.
—¿Cree que sería bueno que él vea el resultado antes de mover todo de lugar? —inquirió otro.
—Buena idea. El Sr. Cullen pidió bastantes detalles, por lo que hay que tener todo en mente.
—Señor, debemos revisar la instalación de la sala.
—Lo había olvidado. Vamos allá.
Cuando nos dimos cuenta que iban a entrar a la sala, Edward se levantó, se puso rápidamente los pantalones y me cubrió con su camisa. Yo me acomodé el cabello y carraspeé, para que a los segundos seis pares de ojos nos vieran en esta situación comprometedora.
—Señor… Cullen —dijo el que parecía el capataz.
Yo apreté los labios para no reírme.
—Señora… Cullen —añadió.
Edward se aclaró la garganta y se puso serio, dándome una mirada risueña.
—Nos tomamos la molestia de… venir.
Levantaron las cejas.
—Oh, ¿qué molestia? Es su casa. Nosotros podemos volver más tarde.
Cuando se fueron, los hombres siguieron mirando de reojo, no hacia mí, sino hacia Edward. Una vez que se macharon definitivamente y nosotros estuvimos solos, él se giró con el ceño fruncido.
—¿Por qué demonios me han quedado mirando así? Quizá nunca pensaron que un hombre serio como yo tiene sexo con su esposa —soltó, sin entender.
Yo exploté en carcajadas.
—Edward, no te cerraste la cremallera.
Él abrió los ojos de manera desproporcionada y se miró, con la mitad de su humanidad a la vista de todos. Su sonrojo me pareció tan adorable que mis carcajadas aumentaron.
—¡No te burles de mí! Pudiste decirme que tenía todo afuera —exclamó con una sonrisa.
—Lo siento. —Seguí carcajeando—. Estaba más entusiasta viendo lo que más me gusta de mi esposo.
Enarcó una ceja.
—¿Solo eso?
Lo abracé desde el cuello.
—Estoy bromeando. Sabes que todo de ti me encanta.
Me dio caricias con su nariz junto a la mía y en un movimiento rápido me tomó entre sus brazos y comenzó a correr.
—¡¿Qué haces?! —le grité.
—¡Castigarte por reírte de mí!
—¿Te cubriste la parte baja al menos?
Se largó a reír.
—Por Dios, te encanta hacerme sufrir. Te amo.
Sentí el aire del bosque justo en mi cara y yo ya imaginé qué locura estaba creando, así que cerré los ojos y me aferré a él hasta que, por un segundo, mis pies tocaron el suelo. Miré hacia atrás y vi la piscina, la que estaba junto a la que, al parecer, era nuestra habitación.
—Oh no, no te atreverás.
—Sí que sí.
—¡Edward…!
Demasiado tarde. Él ya me había lanzado a ella, brincando junto a mí mientras reíamos.
—¡Mi vestido! —gruñí.
—¿Qué importa? Te compraré muchos más —me dijo al oído.
—Bobo.
—Por ti. Siempre por ti.
Yo hice un mohín ante el llanto ahogado y me cobijé junto a él. Edward me recibió con sus manos en mis mejillas, haciendo que lo mirara como le gustaba, a los ojos, donde el alma se reflejaba con sinceridad.
—Me siento tan…
—No digas nada malo de ti —me pidió.
—Pero fui tonta, inmadura e infantil. Ahora no puedo dejar de pensar en todo el tiempo que perdí pensando que tú no sentías nada por mí, o que te importaba esa mujer —gemí.
—Ese tiempo ya pasó, míranos ahora, me tienes aquí.
Asentí, consciente de que él estaba conmigo.
—¿Y sabes qué aprendí? Que lo que más deseo en este mundo es estar contigo, no volver a desperdiciar el tiempo ocultando mis sentimientos, dejar de creer que fui un pecador por enamorarme de ti, dejar atrás el rencor, el odio, dejar de pensar que fui una mala persona.
Tragué.
—No es pecado si nos hace felices —susurré.
Pestañeó con los ojos acuosos y volvió a sonreír.
—No, tienes razón, dejó de serlo en el momento en que asumí que mirarte me hacía sentir muy vivo. Esa sonrisa, Bella, que siempre dejas escapar, podría mantenerme vivo sin importar la circunstancia.
Me mordí el labio inferior, en medio de un júbilo inexplicable.
—Ahora, sé que te preocupa tu familia como también a mí la mía, pero ya no estoy interesado en poner su bienestar y sus deseos por encima de los míos. Quiero ser feliz, Bella, y contigo es con quien quiero compartir eso, pero sólo lo haré si tú estás dispuesta también a hacerlo, a creer en todo lo que te digo y dejar a un lado esos miedos que yo torpemente hice crecer en tu cabeza. Tú me importas, sólo tú, cariño.
—Te amo —le susurré en respuesta, sintiendo la liberación que me provocaban esas palabras—. No dejemos que los miedos nos interrumpan, ¿sí? Yo también quiero ser feliz, y aunque mi familia es algo que me preocupó en su momento, no puedo imaginarme más sin ti, en especial si sé que nos amamos de esta manera. Sería un crimen impedirme la felicidad de esta manera, ya no lo soporto… Y nuestro pequeño también merece que sus padres se amen y estén juntos para recibirlo.
Al escucharme, Edward parecía tener los ojos más brillantes aún. De pronto, sonrió, recordándome lo guapo que era.
—Te amo —me dijo también mientras le daba una caricia a la punta de mi nariz.
Lo abracé y me quedé junto a él, disfrutando de mi inmenso amor por el hombre que más amaba en el mundo. Él me agasajaba desde el cabello, envuelta en la ensoñación. Nos habíamos quedado en silencio, dando paso al ritmo de la lluvia torrencial, que pegaba fuerte en mi ventana. Aún quedaban cosas por decirnos, pero estaba tranquila, más segura y más feliz.
.
Sentí un beso en mi frente y luego en mis labios, lo que me hizo sonreír. Abrí mis ojos y lo encontré mirándome, casi como un ángel cuidándome de todo lo que sucedía a mi alrededor. Acaricié su mejilla mientras me acostumbraba a la luz de la mañana y Edward buscó mi mano para regarle un beso más.
—Buenos días —saludé.
—Buenos días, mi amor.
Me estiré con suavidad. Hace mucho no dormía tan bien. El solo hecho de verlo de mañana era una sensación de intenso amor que me calaba los huesos. Tan guapo, varonil y mío, sí.
—¿Qué hora es? Ni siquiera recuerdo haberme quedado dormida.
Se rio.
—Ya sé, te quedaste dormida mientras te leía y ni cuenta te diste de cuando te traje hasta la cama.
Anoche, él se había mantenido leyéndome con suavidad al oído, dándome una paz inmensa mientras disfrutábamos de nuestra soledad. Lo que más quería era oír lo que una de las mejores revistas de ingeniería hablaba de mi Bombón. Lástima que mi hijo seguía chupándome las energías como un loquito.
—Lo siento. —Me reí.
—Nunca lo sientas. Eso quiere decir que nuestro pequeño está creciendo y haciendo estragos en mamá.
Me toqué la barriga, sintiendo la pequeña protuberancia. No podía creer que ya cumplía las catorce semanas. ¿Cómo podía crecer tan rápido?
—¿Y tú? ¿Qué haces despierto tan temprano? —pregunté, acomodándome junto a él.
Suspiró.
—No pude dormir desde las cinco —susurró. Me preocupé—. Descuida, tuve unas náuseas horribles.
—¿Náuseas?
—De hecho, las siento desde hace unos días.
Fruncí el ceño.
—Y tuve un fuerte dolor en la espalda.
Me reí.
—Esa es la edad.
—Hey. —Me atrapó la nariz—. Estoy como lechuga.
—Lo sé, Bombón, pero ahora que tenemos médico, es bueno que te veas, ¿sí?
Me regó más besos, quitándole importancia.
—Está bien, si usted lo dice, eso haré. A propósito, te preparé el desayuno.
Suspiré, más feliz. Mi vida con mi Bombón era un paraíso.
Cuando vi que me había preparado mucha fruta y panqueques integrales con leche, lo primero que hice fue meterme un bocado en la boca. Moría de hambre. Edward se sentó delante de mí con una taza de chocolate caliente y en el minuto me dio una caricia en la mano, satisfecho de verme tranquila.
—¿Y qué hiciste desde las cinco? Ya pasa de las nueve.
Sonrió.
—Es una sorpresa.
Enarqué una ceja.
—De hecho, quiero que vayamos a un lugar especial hoy.
Miré el calendario, sin entender.
—¿Hoy? ¿Doce de diciembre?
Asintió.
—Pero… no entiendo…
—Iremos a ver a Todd hoy, ¿qué te parece?
Sentí la emoción en mis entrañas.
—Me encanta la idea. Además… así todos van a vernos juntos, como debe ser.
Me acarició la mejilla, rozándome sus dedos con extrema suavidad.
—Estoy en paz, al fin sin ocultar nada. —Respiró hondo—. Estoy inmensamente feliz.
Lo contemplé.
—Y yo también, cariño, no sabes cuánto.
Señor Calabaza se puso a ladrar, poniendo sus patas delanteras en el muslo de Edward, pidiéndole comida.
—Por tu culpa este glotón volverá a engordar —lo acusé.
—Que se una a nosotros.
Me reí.
.
Toqué la puerta mientras me mordía el labio inferior. Edward tenía su mano en mi espalda y depositaba besos en mi cuello, dándome un empuje a todo.
No vi a mi padre.
—Hola, Sue —saludé, echándome a sus brazos.
Ella se quedó sorprendida y sin poder decir ni una palabra.
—Edward —exclamó, muy emocionada.
Lo abrazó con una añoranza que por poco me hace llorar. Era como si el verlo significara felicidad.
—Están…
—Juntos —respondió él, buscando mi mano.
Sue se llevó las manos al pecho y sus ojos amenazaron con el llanto.
—Oh Dios —gimió, poniéndose las palmas en las mejillas—. Es que… —Tragó—. Estoy tan feliz. ¡Pasen! Ahora entiendo todo.
—¿Qué? ¿Por qué? —Me reí.
Cuando dimos un paso adelante, vi a Rose y a Emmett terminando de vestir a mi hermanito, que estaba disfrazado. ¿De qué? Cómo no, estaba vestido de capitán de barco.
—¡Bella! —exclamó mi pequeño luchador, levantando sus manitos sentado en su silla.
—Vainilla. —Fui tras él y lo abracé, cerrando los ojos al sentir su aroma.
—Buenas tardes, Capitán Todd —saludó Edward, sacándonos una carcajada a todos.
Mi mejor amiga tenía a su bebé entre sus brazos y yo fui a darles un beso a ellos, hasta acabar en mi hermano Emmett, que tenía la mirada muy emocionada.
—¡Tío Edward! —gritó, buscándolo para abrazarlo.
Cuando los dos se unieron con cariño, sentí que mi mejor amiga me acariciaba la espalda, llamando mi atención.
—Están juntos al fin —me susurró.
—Sí, al fin.
Sus ojos llorosos hicieron que los míos se tornaran de la misma manera.
—Prométeme que serás feliz. Ese hombre te ama tanto, Bells, tanto que hasta yo me siento inmensamente en paz. No pudiste enamorarte de un hombre mejor.
Tragué.
—¿Por qué dices eso? —Me reí para calmar las ganas de llorar.
—Por nada. Solo… es cosa de ver cómo te mira y hace todo por ti.
Respiré hondo y lo seguí contemplando mientras le sacaba la gorra a Todd y se la ponía él para hacerlo reír.
—¿Y? ¿Vamos a dar una vuelta para que todos vean al Capitán Todd? —dijo con entusiasmo.
—¡Sí! —gritó Todd, por primera vez tan entusiasmado que hasta parecía querer brincar de su silla.
Si tan solo pudiera…
Antes de que pudiera avanzar, me acerqué a Sue, algo inquieta.
—¿Y papá?
Tragó.
—Quiso dar un paseo. No te preocupes.
Asentí, suspirando.
Edward tiró de la silla de Todd mientras mi hermanito canturreaba de felicidad. Todos los seguíamos y la verdad es que no entendía qué sorpresa tenía preparada mi loco esposo. Pasamos por algunas calles, hasta que llegamos a un inmenso parque cerca de casa. La nieve cubría todo el césped, pero el ambiente navideño se vivía con tal intensidad que sonreías, contagiado por la felicidad. Desde lejos vi a Jacob, quien parecía estar intentando arreglar una máquina de forma concentrada.
¿Qué hacía él ahí?
—¡Jake! —exclamó Edward, saludándolo.
—¡Amigo mío!
Se abrazaron y luego miraron a Todd, quien sonreía sin entender.
—Te tengo un regalo —le comentó mi cobrizo, agachándose un poco—. ¿Recuerdas cuando me pediste un regalo para navidad?
Mi garganta se apretó.
No, no pudo haberlo hecho.
—Querías patinar, tu único deseo era ese. Pues adivina: aquí tienes tu regalo.
Yo tragué mientras veía cómo Edward lo tomaba entre sus brazos mientras él reía sin poder creerlo. Jake le hizo chocar el puño con el suyo y de inmediato se puso a unirlo con lo que parecía una armadura cuan superhéroe de hierro. Cuando estuvo listo, encendió la máquina y lo acercó a una tabla de nieve, dispuesto a hacerlo patinar como si Todd pudiera mover sus piernas como tanto deseaba.
—¡Voy a patinar! —gritó, increíblemente feliz.
Edward le ayudó y le fue indicando que intentara mover sus piernas. Cuando Todd lo hizo, subiéndose a la tabla, la máquina encendió una luz roja y finalmente se movió.
Gemí.
—¿Lo ves? ¡Puedes caminar! —dijo Edward, poniendo su barbilla junto al pequeño hombro de mi hermano—. Ahora solo debes intentar moverte y podrás seguir haciéndolo.
Me tapé los labios mientras mis lágrimas caían por mi rostro debido a la emoción. Nunca pensé que esto podría estar pasando. Todd miraba a Edward con los ojos brillantes, como si él fuera el causante de lo que posiblemente sería uno de sus mejores recuerdos, porque sí, mi hombre, mi Bombón… Él había cumplido uno de los sueños más imposibles de mi hermano, lo estaba haciendo realidad tal como se había propuesto realizar los míos.
—¡Voy a patinar! —nos contó, tan feliz que ni él podía creérselo.
Todd se montó en la tabla y la máquina hizo el resto, moviendo uno de los pies a un lado para impulsarlo hacia adelante. Edward lo sujetaba para que no fuera a caerse, aunque el traje generaba un perfecto sostén.
Sí, mi hermano estaba patinando… Todd había cumplido uno de sus sueños, todo gracias a Edward.
Corrí hasta ellos y me puse frente a mi hermano para que viniera hacia mí. Todd lo hizo, utilizando su maquinita, y entonces me abrazó. Yo hundí mi rostro en sus cabellos y cerré mis ojos mientras sollozaba de alegría. De pronto, sentí unos labios en mi frente, buscándome, y cuando me separé de mi hermanito lo vi a él con sus ojos verdes, alto y masculino, tendiéndome sus brazos.
—Lo hiciste.
—Por ustedes.
Tragué mientras seguía llorando.
—Edward, eres magnífico. ¿Tú…?
—Tuve un poco de ayuda. Entre ingenieros nos ayudamos, en especial cuando de ellos conoce a un especialista en biomecánica. —Miró a Jake, pero yo solo podía mirarlo a él con los ojos acuosos—. Y sí, lo hice especialmente por ti.
—Por Dios, Edward…
—También era tu sueño y estoy aquí para cumplir todos los que pueda.
Me eché a su pecho y lo abracé con todas mis fuerzas, sin saber cómo explicarle lo feliz que me hacía con tal solo existir. Edward lo era todo y más.
—Eres el mejor papá del mundo —susurré.
Él se rio con los ojos brillantes.
—Ya lo eres.
—¿Eso crees?
—¿No lo ves?
Se giró a mirar a Todd, quien lo esperaba para seguir jugando.
—Todo esto que hiciste —murmuró—. ¿No te das cuenta?
Cerré mis ojos y dejé que me siguiera abrazando mientras agradecía a Dios por haberme puesto en el mismo camino que él.
—Vas a ser el mejor papá del mundo.
—Eso espero.
—Lo serás —insistí con convicción—. Todo lo que haces por hacer feliz a quienes más amas es suficiente para saberlo. Siempre buscarás hacer feliz a nuestro hijo y eso para mí es el perfecto aliciente.
Me rozó la nariz con la suya y me dio un beso intenso mientras sentía las miradas de todos a nuestro alrededor. Pero ya no íbamos a callarnos, ya nada era secreto ni prohibido; mi amor por él era tan hermoso que nunca más íbamos a callarlo.
Cuando nos separamos, vi desde lo lejos a mi padre, que estaba contemplando lo que Edward había hecho por Todd. Cuando mi marido se giró a mirar, papá hizo algo que no pensé que llevaría a cabo: movió su cabeza en saludo, se dio media vuelta y se marchó.
Tragué.
—Ya pensará en todo —me susurró mi Bombón—. Vamos con Todd.
—¡Quiero seguir patinando! —exclamaba mi hermano.
—Allá vamos —le respondió Edward.
.
Me tocaba la barriga mientras esperaba a Edward en la oficina. Él estaba en la zona de trabajo y me había impedido tajantemente bajar porque sabía cuán peligrosa era metiéndome en problemas. Y bueno, ya no era solo yo.
Estaba aburrida.
Seguí con mi auditoría, terminando de dejar todo listo para ir con los Cullen a mostrarles los avances. La situación era incómoda, porque cada vez tenía más pruebas que inculpaban directamente a personas influyentes en la vida de Carlisle, personas a quienes le confió gran parte de su empresa. Eso me preocupaba, pero intentaba olvidar que eran personas a las que adoraba y enfriaba mi cabeza, algo que se me hacía cada vez más complicado ahora que estaba embarazada.
—Vaya que te gusta hacer sensible a mamá —le susurré.
Luego de dejar todo listo y depositar los legajos para la larga conversación que tendría con Carlisle y Esme, estiré mi espalda debido al dolor, algo normal debido a mi estado de embarazo.
Ya eran quince semanas. Qué rápido pasaba el tiempo. La próxima tendríamos ecografía y Edward llevaría los análisis ante la incomodidad de las náuseas matutinas. No teníamos explicación para eso.
—¿La espalda otra vez? —me preguntó, viniendo hacia mí.
Me estaba tomando desprevenida.
—Ya sabes, este loquito lo que más desea es darme un dolor nuevo al día —bromeé.
Me besó la frente y miró los legajos.
—Entonces iremos, ¿no?
Asentí.
—Pues es hora.
Viajamos a la casa Cullen a eso de las seis. Hacía mucho frío ya y el invierno parecía tan intenso que la nieve estaba en su punto más álgido. Ya quedaba menos para navidad, lo que de cierta forma me entusiasmaba mucho. Era nuestra primera celebración siendo tres.
Ya había llamado a Esme y a Carlisle para que tuvieran conocimiento de la nueva información, situación que los tenía un poco nerviosos. Al menos ya estaban preparados.
Cuando bajamos del coche y vimos a Rebecca, quien nos recibió de manera intensa, sentimos los pasos rápidos de Esme, quien nos abrazó durante un largo periodo.
—Estaba esperando a que llegaran —susurró, tocándonos las mejillas. Luego suspiró—. Están juntos.
Asentimos y Edward me besó la mano.
—Aún hay que hablar, madre.
—Lo sé, pero ya habrá tiempo.
—¡Hijo! —exclamó Carlisle, bajando las escaleras.
El recibimiento de quienes se comportaron como mis padres en primera ocasión y cuando más lo necesité hizo que me sintiera reconfortada.
—¿Cómo está mi nieto? —inquirió.
—Esperemos que mejor que nunca.
Luego de aquello, yo misma les informé lo principal: había que quitar a todas esas personas de la empresa y comenzar a regularizar quienes manejaban la información personal. Yo tenía un mal presentimiento, pero prefería guardármelo hasta no tener los datos precisos.
—No puedo creer que todas esas personas en los que he confiado durante tantos años, podrían estar implicados en todos los desvíos de nuestros fondos.
Edward frunció el ceño.
—Vaya. Son hombres y mujeres de mucha confianza, yo los conocía, algunos fueron conmigo a la universidad y otros eran docentes de excelencia.
—Se encontraron firmas sospechosas en compras no autorizadas, movimientos que nunca aprobé y que por supuesto desconocía. Es claro que alguno de ellos provocó la muerte de los salmones y alteró también las compras de las vacunas, pero simplemente no sé quién… o quiénes. Si bien no todos están implicados, ya no sé en quién confiar.
Mi cobrizo se pasó una mano por la barbilla, analizando la situación. Era evidente que era cuestión de tiempo para que todo se fuera al carajo.
Carlisle se sentó al frente, poniendo las manos sobre los brazos de la silla y luego se giró hacia la ventana, mirando a los árboles y a la nieve.
—¿Ya tomaste cartas en el asunto? —le preguntó mi esposo, escrutándolo con la mirada.
—Es lo primero que hice, ha sido difícil, gran parte de ellos se ganaron mi confianza por años. Tu madre y yo hemos quedado sin nada y… En fin, están desvinculados. —Respiró hondo y luego se quedó pensando en algo de forma muy profunda—. He quedado en blanco, ya no sé qué hacer.
Yo respiré hondo.
—Ustedes han llevado a cabo grandes hazañas, aún les queda mucho por hacer, esta es sólo una piedra en el camino y lo saben.
—Edward, eso intento pensar, pero… estoy desconfiando de todos, bueno, excepto de ustedes, mis hijos. —Se giró para mirarme de frente. La forma en la que cambió de expresión me indicó que la conversación iría a su petición de siempre—. Sé que hemos hablado de esto cientos de veces, tu madre es la más entusiasta—. Los dos se miraron—, pero esta vez me siento desesperado por tu ayuda. Hijo, te necesito en la empresa, necesito tu inteligencia y de tu capacidad de liderar, eres el único a quien he soñado en confiar nuestra empresa y ahora la idea me resulta la más genuina.
Yo me mantuve en silencio durante un momento, digiriendo la conversación. No quería que discutieran. Miré a mi Bombón y noté cuán incómodo estaba. Si bien ya lo habían hablado, él nunca terminaba por acostumbrarme a sus peticiones y deseos internos que no tenían absolutamente nada que ver con lo que le hacía feliz. Detestaba la sola idea de acercarse a ese mundo del que ya tenía pleno conocimiento.
—Papá, sabes que no puedo, no es mi mundo, no es lo que anhelo. Además, el único tiempo que quiero destinar para el trabajo será con mis pasiones, no ocuparé más de lo que tengo en obligaciones, quiero pasar el resto con mi esposa y mi hijo. —Me tomó la mano.
Ellos bufaron, agobiados ante su negativa.
—Sé que cuesta entenderlo, de alguna forma imagino que debe ser muy complejo que tu hijo mayor no esté interesado en lo que tanto planeabas, pero escúchenme, tienen que entenderlo. Lo mío son los barcos, los cruceros y andar por el mar cuando es posible, no la empresa. Ahora tengo una familia y un pequeño al que quiero recibir y cuidar cuanto pueda. Mi prioridad son Bella y mi bebé.
Esme respiró hondo y miró hacia el techo, para luego asentir, entendiendo.
—Aún tienen otro hijo, sé que está interesado en estar a su lado con la empresa como tanto querían. Quizá es buen momento de que él tome las cartas que le competen por derecho, ¿no creen? Ser el abogado no es suficiente para él, lo conozco.
Se quedaron pensando, porque él tenía razón.
—Me asusta que Ethan deje su labor, lo ha hecho tan bien y… suplirlo será complejo ahora que no confío demasiado.
—Es su momento, papá, sabes que lo merece —susurró.
Si bien la relación entre los hermanos no era perfecta en absoluto, Edward sabía que él era capaz de mucho y que lo merecía muchísimo más que él.
—Sí, tienes razón, hemos sido unos malagradecidos con Ethan. Lo mejor es que lo analicemos bien con tu madre y luego lo hablemos con él. Me gustaría que también estuvieras tú, como familia, claro.
Mi Bombón asintió, más tranquilo de verlos asentar cabeza de una buena vez.
—Sólo espero que las cosas luego lleguen a su fin, lo importante es mantener este negocio en pie —le dijo, palpando su hombro.
Su padre sonrió y le dio un par de golpecitos suaves en la mejilla, su clásico gesto de cariño que ni con el pasar de los años pudo desaparecer.
Edward me sonrió al igual que Esme, un poco más tranquilos ante su idea. Yo solo apreté los labios porque, si era sincera, no me parecía buena idea que Ethan esté en un papel tan importante, pero ¿qué pruebas tenía para negarme? Ninguna, solo era un extraño presentimiento.
.
Miré la pantalla de mi teléfono y me sorprendí de ver una llamada de Ethan.
Trace me contempló, muy interesado, y cuando conectamos, él entendió muy bien lo que significaba esa llamada.
—¿Cuánto llevas evadiendo a ese pobre hombre?
Le di una mala mirada.
—No había querido llamarlo porque no tenía mucho que decirle, él no lo había hecho hasta ahora.
Levantó las cejas e hizo un gesto con los labios, muy pensativo. Luego, mi amigo me besó la frente y yo me acomodé en su hombro, de frente a la computadora de su nueva oficina, el comienzo de su ambicioso proyecto.
Trace me invitó a conocer el comienzo de su nuevo trabajo, su propia empresa de contabilidad. Era de tamaño medio, pero preciosa. Quedaba en uno de los mejores edificios de la zona central de la gran manzana y tenía una ambientación de lujo. Gracias a Dios, él tenía muy buenos contactos y el dinero suficiente para poder ampliar sus fronteras y surgir, dejando a un lado los años que estuvo tras la sombra de Aro quien, a propósito, lo había buscado para retomar su "relación". La respuesta fue obvia, Trace ya no estaba interesado.
—Quiero que conozcas otro lugar —me susurró al oído.
Me puse a reír debido a las cosquillas y me giré a contemplarlo.
—¿Qué tienes entre manos?
—Dame en el gusto y ven conmigo.
Enarqué una ceja y tomé su mano.
Mi amigo me llevó por un pasillo estrecho, donde se encontraban las demás oficinas. Nos metimos en una que estaba apartada y la que tenía la vista más bonita desde la altura en la que nos encontrábamos. Ya estaba casi equipada y sólo faltaban algunos detalles personales de quien fuera a ocuparla.
—Wow, es muy linda, ¡mira qué vistas! —exclamé, muy contenta. En definitiva, era un excelente lugar.
—¡Sorpresa! Quiero que la ocupes.
Me eché para atrás, esperando que fuera una broma.
—Te dije que te quería trabajando conmigo.
—Pero… creí que eso lo veríamos con el tiempo.
—Lo sé, pero ya no podía aguantarme. Quiero que sea tu oficina porque también te quiero como mi socia principal.
—¿De verdad? —pregunté, llevándome las manos a los labios.
—No estoy bromeando. —Sonrió.
—Oh, Trace, no sé qué decirte…
—Sólo di que sí. —Me guiñó un ojo—. Serás parte de los consultores contables más respetados de Nueva York, te lo aseguro. Trabajarás conmigo y con 3 otros auditores magníficos de diferentes edades, muy confiables y excelentes en su trabajo.
Me puse a reír y lo abracé del cuello, enviando al demonio los protocolos correctos cuando alguien te invita a trabajar en un proyecto tan grande como este.
—Déjame cooperar en todo, quiero ser una socia de verdad.
—Por supuesto que lo aceptaré, pero en su momento, ahora preocúpate de terminar esta auditoría tan importante y te aseguro que podremos hacer maravillas desde ahora en adelante, en especial ahora que tendré un ahijado tan bonito.
—¡Hey!
—¡No me digas que no porque juro que me enojaré!
Me reí.
—Así será, te lo prometo.
Volvió a besarme la frente y me abrazó con fuerza, dándome el calor más lindo que necesitaba.
—¿Qué te parece si comenzamos a utilizar esta bella oficina comenzando con otro día de trabajo?
—Estoy de acuerdo —exclamé, tomando mi bolso para sacar mi laptop.
Cerca de la media tarde, Edward me avisó que iría a buscarme. Trace notó mi sonrisa y enseguida se tomó las mejillas, mirándome con entusiasmo.
—¿Es tu amor?
Suspiré.
—Sí. Vendrá a buscarme.
—Estoy tan feliz por ustedes, en especial ahora que tienen a su pequeño.
—No puedo de tanta felicidad.
Me acarició el cabello.
—Solo cuiden su amor. La gente es mala en todos lados.
Asentí.
—Aún tengo algo de miedo con respecto a esas mujeres, en especial Renata… No sé si Aro fue capaz de decirle que yo estaba embarazada o si Edward finalmente se lo dijo en un intento porque acabara de buscarlo cuando le dijo adiós, pero… quiero brindarlo de todo, quiero que sea un niño feliz, nada más.
—Y así será, porque ustedes lo van a permitir. No sabes lo feliz que me hace verlos.
Me reí.
—¿Y tú? ¿Algo nuevo con Francis?
Me guiñó un ojo mientras se ruborizaba.
—¡Te acostaste con él!
—Sht. Baja la voz. —Se rio.
—Dime que están juntos, dime que sí, ¡por favor!
—¡Eres una celestina!
—¡Yay! —Brinqué en mi silla.
Tocaron el timbre de la oficina y Trace se levantó.
—Debe ser la comida que pedí.
Yo me quedé acariciándome la barriga, gesto al que me había acostumbrado desde hace semanas. Dejé de hacerlo cuando sentí los pasos hacia mí, pensando que Trace iba a traer la comida, pero no…
Jadeé.
Era Edward, quien traía un ramo inmenso de flores. Me llevé una mano al pecho, sin poder creer de qué se trataba todo esto. Cuando vi los narcisos, aquellas flores que inmediatamente me hicieron pensar en la primera vez que él me regaló un ramo para mí, fue inevitable que sintiera los ojos acuosos.
—Hola, mi amor.
Tragué.
—Hola —saludé—. Me has traído flores… —Me reí, sin entender—. ¿Por qué…?
Se acercó, impidiéndome el habla. Yo toqué unos pétalos, pero dejé de hacerlo cuando sentí su mano cobijando mi mejilla. Verlo a los ojos mientras me transmitía tanto a través de sus ojos era tan intenso y revelador.
—Veinticinco flores —susurró.
Sonrió con los ojos brillantes.
—Veinticinco flores que representan los días que estuvimos separados, un martirio que pareció una eternidad. Cada flor representa ese día y sabes muy bien que esta flor en específico fue mi primera muestra de profundo amor hacia ti.
Sentía un nudo en la garganta.
—¿Recuerdas lo feliz que estabas cuando te las regalé?
Asentí con los ojos llorosos.
—Con esto doy comienzo a algo que mereces, cariño.
Pestañeé.
—Me tomé la atribución de hacer una locura, algo que no puedo dejar pasar. Y es que voy a comenzar a recordarte, durante lo que queda de tiempo hacia adelante, con pequeños gestos y recuerdos, por qué me enamoré de ti. —Miró las flores y luego a mí—. Una de las cosas por las que me enamoré de mi bella Insaciable, fue el amarillo, tu gusto por las flores y el cómo brillas gracias a ellos. Desde que te vi usando esos tacones de ese calor o cuando te pusiste esas flores en la cabeza… —Se rio y luego juntó su frente con la mía, respirando hondo—. Ahí comenzó mi locura por ti.
—Oh, Edward. —Lo abracé y cerré mis ojos mientras pegaba mis labios a su hombro.
No era suficiente para él, nunca. ¿Cómo no amarlo?
—Sé que para ti no es necesario —me dijo al oído—, pero ante todo lo que ha pasado, para mí sí es necesario demostrarte, desde ahora en adelante, por qué fue que me enamoré de ti, ¿sabes por qué? —Negué—. Porque voy a hacer que te enamores de mí otra vez.
Me reí.
—Pero si ya te amo.
—Da igual. —Se rio y me abrazó—. Nunca es suficiente, sabes que no.
Dejé ir un par de lágrimas, sensible hasta los huesos. A él no le importaba, me amaba así, hecha una emocional y hormonal mujercita, su Insaciable, que estaba esperando a su pequeño Camarón.
—Desde hoy comienza una aventura nueva, ¿quieres unirte conmigo?
—Claro que sí —exclamé, colgándome de su cuello.
Él me besó de manera apasionada y finalmente nos sonreímos.
—Y quiero agradecer a tu gran amigo Trace por haberme permitido guardar la sorpresa.
Me giré a mirarlo, encontrándomelo con el llanto a flor de piel. Fue inevitable que me pusiera a reír.
—¡Ustedes me hacen llorar! —gimió, tapándose la cara.
—Gracias, Trace, por acompañarla, por hacerla feliz y por confiar en su inteligencia.
Los dos se dieron la mano de manera fraternal.
—Y perdóname por haber sido un idiota con anterioridad, en mi defensa, aún tenía cicatrices que curar.
Mi amigo sonrió.
—Lo sé y lo entiendo. Les deseo lo mejor y por favor váyanse a vivir su amor, que acabaré llorando más.
.
.
.
La consulta con el médico siempre me ponía nerviosa, en especial ahora que íbamos a saber si mi pequeño Camarón seguía estando sano y fuerte como pensábamos, en especial luego de esa amenaza tan terrible. De solo recordar el temor que sentí de perderlo se me erizaban los cabellos.
—No estés nerviosa —me susurró, entrelazando sus dedos con los míos—. Ya verás que todo estará bien.
—¿Trajiste los análisis?
Asintió.
—No sé por qué llevo tantos días con náuseas.
—Estás embarazado.
Rio.
—Cuatro bocas para alimentar entonces.
Suspiré.
—Sra. Cullen, pase por favor.
Nos levantamos y entramos al despacho del médico, quien nos recibió con una sonrisa amplia.
—Qué bueno verlos.
Edward y yo nos sentamos, yo un poco tensa y él algo mareado.
—Lo primero es lo primero. Deme esos análisis, Sr. Cullen.
Él se los entregó, algo inquieto. Yo esperé a que los leyera y cuando dejó ir una sonrisa, me quedé más tranquila.
—Tal como pensé.
Los dos enarcamos una ceja.
—El Sr. Edward tiene el Síndrome de Couvade.
—¿Qué? —dijo él, extrañado.
—El Síndrome de Couvade, a grandes rasgos, es la aparición de síntomas del embarazo en los padres. —Nos miró, muy divertido.
Exploté en carcajadas.
—Suele darse en parejas más íntimas o más bien conectadas, es una suerte de respuesta empática del padre al ver a la madre algo aquejada por los síntomas comunes, como las náuseas o la sensibilidad. Aún no se tiene claro por qué, pero usted, Sr. Cullen, está completamente sano, todos sus exámenes están perfectos, así que no tienen de qué preocuparse.
Botamos el aire, pero luego nos pusimos a reír otra vez.
—Vaya, creo que mi embarazo psicológico va a traernos problemas —me molestó mi esposo, dándome un beso en la frente antes de mirar nuevamente al médico.
—En realidad, suelen darse los primeros meses y en las últimas semanas, por lo que todo es muy bien llevadero. Ahora, ¿quieren ver a su bebé?
Los dos asentimos de manera entusiasta, por lo que el profesional me pidió que me sentara en la camilla y me descubriera la barriga. Cuando puso el frío gel, mi Bombón me tomó la mano y esperó a ver la máquina; él también estaba nervioso, pero no quería que me diera cuenta.
—Bien —susurró, moviendo el aparato por mi piel.
Tragué.
—¿Está bien?
Nos miró.
—Claro que sí. Miren qué grande está.
Los dos echamos el aire de la boca y luego cerré los ojos, agradeciéndole a Dios por hacer que estuviera tan sano.
—Ya estamos en el segundo trimestre del embarazo, ¡estamos sanos y salvos de alguna amenaza de pérdida espontánea! —exclamó—. Nuestro pequeñín o pequeñita ya está completamente cubierto de un pequeño vellito que se llama lanugo. Y adivinen, tiene el porte de un aguacate.
Edward arqueó las cejas, enternecido y llenito de amor. Ay, verlo era una oda a la felicidad.
—Miren, ahí está —nos señaló, sacándonos un profundo gemido de sorpresa.
Dios mío, si parecía un pequeñito tan crecido. ¡Y se movía! Oh Dios, oh Dios, oh Dios…
—Edward, míralo —gemí.
Él se rio mientras lloraba, tomándome la mano y besándola con dulzura.
—Es un pequeño muy sano, no veo malformaciones ni nada de qué preocuparse. ¡Está llenito de amor!
Me seguía pareciendo tan increíble que estuviera dentro de mí, creciendo como un loco. ¿Cómo se podía amar tanto a alguien que todavía no conocías? No tenía explicación, pero lo sentía dentro, cómo crecía mi corazón sin parar, albergando un amor inmenso que se unía junto a él, mi Bombón, que no dejaba de mirar con el mismo amor en sus ojos.
—Y… ¡Oh! —exclamó, asustándonos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Edward, frunciendo el ceño.
—No pensé que lo haría, pero su pequeño es un perfecto contorsionista.
Pestañeamos.
—Miren qué piernas tan abiertas. —Se rio y nos miró—. Ya podemos sabes qué es.
Sentí una emoción en mi columna, misma que hizo a Edward mirarme con los ojos brillantes.
—Sí, ya sé qué es —soltó el médico.
Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Como verán, el amor es inmenso entre ambos, ya dejando atrás lo que por semanas se convirtió en un martirio, pero también en un inmenso proceso de sanación, el que por supuesto aún tiene un camino que recorrer. La búsqueda de Bella por saber quién ha estado haciendo fechorías en la empresa es aún algo que no tiene un nombre, el culpable se oculta tras varios más, situación que pronto dará frutos. Trace y Edward parecen ser bastante cómplices, lo que sin duda también es una manera del Bombón de disculparse por lo que anteriormente le hizo. Y ni hablar de Todd, que cada vez parece mucho más feliz gracias al amor que le tiene su tío Edward, pero también a su hermana, con quien ya están a punto de conocer qué será su pequeño camarón o pequeña camarona, ¿por qué apuestan ustedes? ¿Cómo se la imaginan? ¡Cuéntenme qué les ha parecido el capítulo! Ya saben cómo me gusta leerlas
Agradezco los comentarios de Valevalverde57, Flor Santana, gmguevaraz, AndieA, selenne88, dana masen cullen, Jasbleydi Lizarazo, Isabelfromnowon, Pam Malfoy Black, Robaddict18, PameHart, Mar91, SeguidoradeChile, PanchiiM, LuAnka, Ilucena928, sool21, DanitLuna, JMMA, Yoliki, CazaDragones, lunadragneel15, Car Cullen Stewart Pattinson, Diana, Dominic Muoz Leiba, nataliastewart, Kora, Andre22twi, Tina Lightwood, camilitha cullen, twilightter, Belli swan dwyer,saraipineda44, Luna, patymdn, Karen, Chivas, Luisa huiniguir, lauritacullenswan, LOQUIBELL, DannyVasquezP, krisr0405, melina, Twilightsecretlove, ariyasy, FlorVillu, Alimrobsten, rjnavajas, Elizabeth, alejandra1987, cavendano13, Brenda Cullenn, Jenni98isa, calia19, Abigail, ELIZABETH, debynoe12, freedom2604, Yesenia Tovar, Ana, PauStraccie, Mela Masen, AdriaGT13, maribel hernandez cullen, indii93, Roxy de roca, Liz Vidal, Alexandra Nash, VeroPB97, sueosliterarios, Nat Cullen, Olga Javier Hdez, katyta94, Milacaceres11039, nydiac10, keyra100, Mss. Brightside, damaris14, Diana2GT, Ceci Machin, NarMaVeg, MaleCullen, miop, catableu, injoa, Rero96, LicetSalvatore, Liliana Macias, Pancardo, Marianacs, LizMaratzza, anakarinasomoza, Vanina Iliana, caritofornasier, MasenSwan, angieleiva86, Reva4, Tereyasha Mooz, angryc, jupy, Teresa Aguirre, Elmi, VeroG, mahindarink05, Soly, Anghye Taisho, Sabrina, Yaly, johanna22, Hanna D. L, Maribel 1925, Cecy Dilo, Gabi, Kika, crucitaegr, Lulu, valentinadelafuente, Mayraargo25, seelie lune, Bitah, AnabellaCS, carlita16, Dani Arango, Amy Lee Figueroa, MARIA JOSE ESPIN, Leah, Rosalie, Kamile PattzCullen, Salveelatun, Esal, Markeniris, Adriu, kaja0507, Jocelyn, Lila, andyG, BellaNympha, TashaRosario, Jeli, PatyMC, Zuly, Nelly McCarthy, Fernanda21, valem00, Cary, Lily, Tecupi, Rose Hernndez, merce, Elizabeth Marie Cullen, Maca Ugarte Diaz, Maydi94, Coni, Sol, alessdecote, AndreaSL, Ronnie86, Deathxrevenge, danielascars, PaoSasuUchiha, NaNYs SANZ, GLORIACULLEN, florcitacullen1, torrespera172, santa, IdaliaMoon, Manitoizquierdaxd, caresgar26, wen915luna, bealnum, Gibel, Angelus285, kathlenayala, Smedina, Alexandra Nash, Ana Karina, Srita Cullen brandon, patlandaniela13 y Guest. Espero volver a leerlas a todas por aquí, cada uno de sus gracias son lo que me anima a seguir y me entusiasma tanto, lo aprecio muchísimo
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