Adrián se detuvo un momento ante la puerta de la mansión Agreste y alzó la mirada para contemplar el imponente edificio. Hasta la tarde anterior, aquel había sido su hogar. Ahora no era más que la guarida de Lepidóptero. Y él estaba a punto de entrar allí voluntariamente... y solo, mucho más solo de lo que se había sentido en mucho tiempo. Acarició inconscientemente el dedo donde solía llevar el prodigio del gato, y echó de menos su tacto familiar. Se había puesto otro anillo, pero sabía que no engañaría a su padre demasiado tiempo. Sin embargo, debía fingir todo el tiempo que pudiese, para darle a Marinette la oportunidad de cumplir la misión que le había encomendado.

Lo que más le preocupaba era la posibilidad de que su padre llegase a sospechar de ella. Suponía que, en cuanto se diese cuenta de que ya no tenía el anillo, llegaría a la conclusión de que se lo había entregado a alguna persona de su confianza, quizá directamente a Ladybug. Y lo primero que haría sería investigar a todos sus amigos.

Inspiró hondo y entró por fin en la mansión, seguido muy de cerca por su guardaespaldas. Nathalie los estaba esperando en el recibidor, y Adrián compuso una sonrisa. Le salió forzada, pero esperaba que ella no se diera cuenta.

Le resultó más difícil comer, sin embargo, porque tenía un nudo en el estómago. Nathalie estaba en pie, a su lado, consultando su tableta, pero él tenía la sensación de que lo vigilaba. Y sentía una profunda angustia cada vez que pensaba que aquella mujer podría ser Mayura. Había confiado en Nathalie, le había tomado cariño, incluso se había hecho a la idea de que podría llegar a ser su madrastra en un futuro, porque ya no concebía su vida sin ella. Sin embargo, tras la conversación que había oído la noche anterior...

Sintió que se le revolvía el estómago.

–¿Te encuentras bien, Adrián? –preguntó ella de pronto.

–Sí –respondió él de inmediato, fingiendo una nueva sonrisa–. Sí, solo estoy cansado. Hemos tenido varios exámenes complicados esta semana.

Y entonces ella se fijó en su mano y frunció el ceño.

–Tu anillo –exclamó–. No es... Quiero decir, no es el que sueles llevar habitualmente, ¿verdad?

Adrián detectó que se esforzaba por no parecer demasiado nerviosa. También él fingió despreocupación. A aquel juego podían jugar los dos, pensó.

–No, porque el otro no lo encuentro –mintió–. Probablemente se me habrá caído detrás de la cama o estará en el cuarto de baño en alguna parte. Así que esta mañana me he puesto este. No pasa nada, ya aparecerá. Una vez me volví loco buscándolo y resultó que se me había quedado enganchado dentro de uno de los guantes del uniforme de esgrima. Desde entonces, siempre me lo quito antes de entrenar.

Nathalie lo miró con los ojos entornados. Adrián mantuvo su sonrisa inocente, pero su corazón latía con fuerza.

–Tu padre quería hablar contigo antes de que volvieses al colegio para las clases de la tarde –dijo ella por fin–. Ve a tu habitación y espéralo allí.

Adrián inspiró hondo, se levantó y asintió.

Cuando entró en su habitación, sin embargo, recordó de pronto que durante su ausencia habían hecho instalar cámaras ocultas. Reprimió el impulso de mirar a su alrededor y se esforzó por mostrarse natural. De modo que sacó su libro de historia de la cartera, se sentó ante el escritorio y fingió que repasaba las últimas lecciones, aunque sus ojos miraban la página casi sin verla y sus pensamientos estaban muy lejos de allí.

Momentos después, su padre entró en su habitación. Parecía más serio que de costumbre. Seguramente Nathalie le había hablado ya del cambio de anillo, y Adrián temió su reacción.

De nuevo, tuvo que fingir que no sabía nada.

–¿Pasa algo malo, padre? –preguntó.

Él negó con la cabeza, pero seguía serio. Lo observaba fijamente, como si lo viese por primera vez, y Adrián tuvo la impresión de que había un leve destello de desprecio en su mirada.

–Acabo de hablar con el director de tu colegio. Le he informado de que no vas a volver más.

–¿Qué? –exclamó el chico; sabía que existía aquella posibilidad, pero no pudo evitar sentirse alarmado de todos modos–. ¿Por qué? ¿He hecho algo malo?

Su padre le dirigió una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora pero que, sin embargo, solo consiguió preocuparlo todavía más.

–No, hijo. Los informes sobre su trabajo y tu comportamiento son buenos. No obstante, opino que rendirías mucho más si no tuvieses... distracciones.

–Distracciones –repitió Adrián con precaución.

–Amigos, chicas... –enumeró Gabriel–. Sé que últimamente has estado faltando a tus obligaciones para citarte con Kagami Tsurugi.

–Ya no salgo con ella –se apresuró a responder el chico–. Es lo que tú querías.

–Cierto. Pero habrá más chicas, y más amigos, y muchos planes a los que te invitarán, y a los que renunciarás... o no. Y no se trata solo de tus estudios, de tu carrera o de lo que haces en tu tiempo libre. Estamos hablando también de tu seguridad.

–¿Mi... seguridad?

–Escaparte de la vigilancia de tu guardaespaldas no es solo un acto de rebeldía o una actividad que pueda parecerte divertida o emocionante, Adrián. Hay monstruos y supervillanos amenazando París. No puedes correr libremente por ahí.

Adrián luchó por mantener una expresión neutra, aunque le asombraba la hipocresía de su padre.

–Pe-pero... –tartamudeó.

–Si tu guardaespaldas no puede mantenerte a salvo, y me consta que no lo consigue a pesar de sus esfuerzos, tendrás que quedarte aquí. Lo siento, hijo. Sé que te gusta ir al colegio, pero dadas las circunstancias... me temo que no será posible.

Adrián bajó la cabeza, abatido. Se preguntó si debía protestar, fingir que se rebelaba ante la decisión de su padre. Pero, cuando quiso reaccionar, él ya había salido de la habitación, cerrando la puerta a su espalda.

Adrián inspiró hondo, se levantó de la silla y se dejó caer bocarriba sobre la cama.

De modo que ahora era prisionero en su propia casa. Lógicamente, su padre quería mantenerlo vigilado las veinticuatro horas del día. Quería comprobar que sus sospechas sobre él eran ciertas, y probablemente también querría averiguar qué había hecho Adrián con el anillo. Él le había dicho a Nathalie que estaba en su habitación, de modo que esperaba contar con un cierto margen de tiempo mientras ellos lo espiaban para tratar de averiguar dónde lo había escondido, antes de llegar a la conclusión de que se lo había dado a otra persona a lo largo de aquella mañana.

Y de nuevo se sintió preocupado por sus amigos, y en especial por Marinette.

Suspiró y sacó el móvil del bolsillo. Abrió la página de contactos y contempló con nostalgia el rostro de la muchacha, sonriente en su pantalla, antes de bloquear su número y eliminarla de su teléfono.

Después procedió a hacer lo mismo con el resto de sus amigos: Nino, Alya, Chloé, Kagami, Luka, Kim, Max... Todos y cada uno de ellos. Bloqueaba sus números para no volver a recibir llamadas suyas y los borraba de la lista de contactos por si su padre o Nathalie decidían investigar el contenido de su teléfono.

Finalmente, la lista quedó drásticamente reducida a cuatro contactos: Nathalie, su padre, su guardaespaldas y Vincent, el fotógrafo. Incluso había eliminado los números de su tía y de su primo, solo por si acaso.

Suspiró de nuevo y siguió borrando su vida de la memoria de su teléfono. Todas las fotos (incluida la carpeta con las 2286 imágenes de Ladybug), los vídeos, los chats, los mensajes. Si su padre trataba de averiguar quiénes eran sus mejores amigos, él, desde luego, no pensaba ponérselo fácil.

Se acordó de pronto de sus redes sociales, y abrió su página de Instagram. Y comprobó aterrado que había publicado allí fotos de todos sus amigos. Esas no podía eliminarlas, porque su perfil tenía ya más de medio millón de seguidores, y si empezaba a borrar contenido llamaría la atención. Con el corazón latiéndole con fuerza, comenzó a revisar las imágenes. Había muchas fotos de Kagami, lógicamente, y también Nino y Alya aparecían a menudo. Con Marinette, en cambio, solo tenía un par de selfies. En otras circunstancias se habría sentido culpable por no haberle prestado más atención. Pero ahora resultaba muy conveniente. Si Nathalie y su padre examinaban aquellas imágenes, llegarían a la conclusión de que Marinette era para él poco más que una compañera de clase, alguien a quien de ningún modo conocía lo bastante como para confiarle un secreto tan importante.

Contempló su móvil con melancolía y después volvió la cabeza hacia la ventana, por la que nunca más podría volver a escapar. Renunciar a Marinette y a sus amigos era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer con gusto, con tal de protegerlos. Pero intuía que los días en su nueva prisión, sin ellos, sin Plagg y sin Ladybug, iban a volverse insoportablemente largos y monótonos.


Marinette decidió que no podía perder más tiempo, de modo que no se quedó a comer en el colegio. Regresó a su casa a mediodía con la excusa de que tenía que recoger un libro que había olvidado por la mañana, comió cualquier cosa y se encerró en su habitación.

–Date prisa, Marinette –urgió Tikki–. Tienes que abrir la caja cuanto antes.

–¿Crees que será algo importante? –preguntó ella.

No comprendía qué podía querer entregarle Adrián a Ladybug, pero sentía mucha curiosidad.

–Bueno, Adrián parecía muy preocupado –comentó Tikki.

Marinette se aseguró de que sus padres habían vuelto a la panadería antes de trepar hasta su cama con la caja a cuestas. Una vez allí, se sentó sobre la colcha con las piernas cruzadas y presionó la combinación de botones para abrir la tapa.

La caja se abrió ante ella, revelando un cuaderno... y un pequeño joyero octogonal que ella conocía muy bien.

–Oh, no –murmuró Tikki.

–¿Qué es esto? –susurró Marinette sin comprender–. No puede ser un prodigio, ¿verdad?

–¡Ábrelo, rápido!

Marinette obedeció. Apenas pudo entrever la forma del anillo antes de que un súbito destello verde la obligara a cerrar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos descubrió a Plagg flotando ante ella, muy afectado.

–¡Marinette! –exclamó–. ¡Rápido, tienes que hacer algo! ¡Adrián está en peligro!

Tikki lanzó una exclamación de sorpresa.

–¡Plagg! ¡Has pronunciado su nombre!

–¡Sí, he pronunciado su nombre! –lloriqueó él.

–¡Un momento! –interrumpió Marinette–. Plagg, ¿qué está pasando? ¿Por qué no estás con Cat Noir? ¿Qué es eso de que Adrián está en peligro?

–Ya no hay ningún Cat Noir –respondió Plagg–. Su padre sospechaba de él y por eso decidió renunciar a su prodigio, y ahora ya no tengo portador y soy libre, pero yo no quería, y me necesita y no puedo ayudarlo...

–Plagg, cálmate –dijo Tikki–. ¿Por qué no nos lo cuentas todo desde el principio?

El kwami inspiró hondo y señaló el cuaderno, que seguía en el interior de la caja.

–Está todo explicado ahí –dijo–. Adrián lo empezó a escribir para ti hace unos meses, por si algún día perdías la memoria...

Marinette dio un respingo.

–¿Perder... la memoria... yo? –repitió–. ¿Y por qué seguimos hablando de Adrián? ¿Qué le ha pasado a Cat Noir?

Tikki inspiró hondo.

–Marinette, Adrián y Cat Noir son la misma persona. Adrián es Cat Noir.

–Era –corrigió Plagg–, porque ha renunciado a su prodigio, así que ahora ya solo es Adrián.

–¿Qué...? ¿Por qué ha renunciado a su prodigio? –exclamó Marinette con una nota de pánico en su voz, ignorando deliberadamente la parte de la información referente a Adrián–. ¿Precisamente ahora?

–Porque Lepidóptero sospechaba de él, ya te lo he dicho.

–¿Qué? Pero has dicho que era su padre quien sospechaba de él...

–¡Es lo mismo! –se impacientó Plagg–. ¿Es que no me estás escuchando? ¡Te lo acabo de decir!

–¡Plagg! –cortó Tikki–. ¡Tranquilízate! Creo que necesitas descansar un poco.

–¿Descansar? –repitió él ofendido–. ¿Descansar? ¿Cómo puedes sugerir tal cosa?

–Un momento –volvió a intervenir Marinette, mareada–. ¿Dices que está todo explicado aquí... en este cuaderno?

Lo abrió para examinarlo, con curiosidad, y se sintió muy aliviada al comprobar que la letra parecía bastante legible. Era un diario, y todas las entradas comenzaban con la misma palabra: "Milady". Marinette se ruborizó ligeramente.

–Está explicado con todo detalle –asintió Plagg–. Demasiados detalles, si quieres mi opinión. Yo también puedo contarte todo lo que ha pasado, directo al grano y sin sentimentalismos.

Tikki y Marinette cruzaron una mirada.

–¿Sabes qué? –empezó la chica–, creo que Tikki tiene razón: será mejor que descanses un rato en la caja de los prodigios mientras yo leo el diario con calma, ¿de acuerdo?

–¿Cómo? –replicó Plagg ofendido–. ¿No te fías de mi versión?

–Nos fiamos –respondió Tikki–, pero seguro que a Marinette le gustaría dedicar un rato a leer ese diario. Después de todo –añadió antes de que Plagg pudiese replicar–, Adrián lo escribió para ella.

Marinette inspiró hondo y rozó con la yema de los dedos la palabra "Milady" escrita sobre la primera página. Su mente todavía era incapaz de procesar la idea de que Adrián y Cat Noir pudieran ser la misma persona.

Sostuvo el anillo en alto, y Plagg suspiró con resignación y desapareció en su interior con un destello de luz verde.

–Tikki –murmuró ella entonces, temblando, mientras su mirada pasaba del diario al prodigio que descansaba sobre la palma de su mano–. ¿Qué está pasando?

–No estoy segura, Marinette –respondió ella–, pero tiene pinta de ser algo muy grave.

La chica bajó las escaleras y, una vez en el suelo, abrió el baúl donde guardaba la caja de los prodigios. Extrajo el gran huevo rojo de su escondite, abrió uno de los compartimentos y depositó el anillo en su interior. Cuando volvió a cerrarlo, con un nudo en la garganta, todavía tenía la sensación de que todo aquello no era más que un extraño sueño.

Volvió a esconder la caja de los prodigios y trepó de nuevo hasta la cama. Después, y tras cruzar una mirada con Tikki, abrió el diario por la primera página y comenzó a leer.


NOTA: ¡Muchísimas gracias por comentar, ha votado un montón de gente! Al parecer la mayoría preferís capítulos cortos y diarios. En principio voy a seguir así mientras pueda, pero si veo que algún capítulo me va a quedar más largo tardaré más en subirlo. De todos modos iré avisando. ¡Gracias de nuevo, me alegro mucho de que os esté gustando tanto esta historia!