CAPÍTULO 40

En marzo los vientos trajeron cierta tibieza y hacia fines de mes empezaron a aparecer en el río sectores abiertos de agua. El hielo del lago se tornó gris. Abril trajo días tibios y el hielo del río continuó fundiéndose. Empezaron a aparecer sectores de tierra y las colinas adquirieron un aspecto sucio y grisáceo. La luna de abril creció y menguó. De noche empezaron a llegar gansos y cisnes y los patos revoloteaban sobre el río buscando sitios para hacer sus nidos.

Un trueno y un relámpago despertaron a Candy en medio de la noche. Se levantó y se acercó a la ventana para contemplar la tormenta y la lluvia que empezó a caer con fuerza.

Albert la rodeó con los brazos y se inclinó para besarla en el hombro blanco y suave y para acariciarle la barriga. Ella se volvió y lo besó en la boca. El la levantó en brazos y la llevó a la cama.

Mayo trajo la promesa de flores de primavera, y como no se pudo encontrar un jardinero Peter recibió instrucciones de remover la tierra del jardín de rosas. Albert acababa de ver a un paciente, uno de los muchos que habían sido admitidos al estudio del doctor en los últimos meses, y Candy estaba en el salón con Mindy cuando vio que Peter entraba corriendo en busca de Albert. Salió al vestíbulo justo a tiempo para ser casi derribada por su marido que salía acompañado por Peter. Curiosa, salió al pórtico pero quedó aún más intrigada cuando vio a los dos hombres cavando un pozo en el jardín. Estaba por descender la escalinata cuando sintió que le tomaban la falda por detrás. Se volvió, sorprendida, y vio a Mindy que se aferraba desesperadamente a su vestido como si temiera dejarla salir.

—¿Qué sucede, Mindy? — preguntó, pero la niña meneó frenéticacamente la cabeza con los ojos dilatados por el miedo.

Comprendiendo que algo de seria naturaleza preocupaba a la niña, Candy se abstuvo de seguir a los hombres y se quedó para consolarla. La niña temblaba en forma incontrolable y ocultaba la carita contra la falda de Candy.

Albert arrojó la pala y estaba por arrodillarse junto al pozo cuando vio a su esposa y a Mindy en el pórtico. Agitó una mano.

—Lleva adentro a la niña, Candy — ordenó.

Candy obedeció, más confundida que antes. Poco después Albert fue al salón donde estaba ella y Peter se dirigió corriendo hacia el establo. No bien Albert entró en la habitación, Mindy le abrazó las piernas y empezó a sollozar desconsolada. Albert levantó a la niñita y ella escondió su cara en el hombro de él.

—¿Tú sabes lo que encontramos, Mindy? — preguntó quedamente y la niña respondió asintiendo con la cabeza.

—¿Qué es, Albert? — preguntó Cabdy—. ¿Qué encontraron?

—Encontramos al tío de Mindy enterrado debajo de los rosales. Aparentemente ha estado allí cierto tiempo, quizá desde su desaparición.

Candy se sentó y estremeció al recordar que había estado removiendo la tierra en ese mismo lugar el otoño pasado.

—Peter fue a buscar al sheriff — le informó Albert—. Mientras lo esperamos, llevaré a Mindy arriba y haré que Gilda se quede a hacerle compañía. Quizá podrá descansar. Sin duda el sheriff querrá interrogarla acerca de lo que sabe.

El bracito apretó con fuerza el cuello de Albert y éste le dio unas suaves palmadas en la espalda para tranquilizarla.

—No es nada. Nadie te hará daño. En adelante nosotros cuidaremos de ti.

—Fue asesinado — dijo Albert cuando regresó—. Tenía aplastada la parte posterior del cráneo, como si alguien lo hubiese golpeado desde atrás. Parecía como si hubiera caído en el pozo después que lo golpearon.

—¿Crees que él mismo pudo cavarlo?

—Muy posible, pero ¿por qué? Los rosales no requieren un pozo tan profundo para plantarlos y no me imagino que el hombre haya cavado a sabiendas su propia tumba.

—Entonces, quizás estaba enterrando otra cosa.

Albert se encogió de hombros.

—A menos que Mindy pueda decirnos algo más, sólo nos queda hacer conjeturas. En la tumba no había nada más, ciertamente no había ningún tesoro.

¿Tesoro? La palabra flotó extrañamente en la cabeza de Candy, picoteando la capa exterior de su memoria. ¿Karen no había mencionado algo acerca de un tesoro en sus memorias? ¿O que dejaría la casa de Andrew como una mujer rica? Todo estaba en el diario, pero ¿dónde estaba ahora ese libro? ¿Y quién lo había tomado? ¿El asesino del jardinero?

El dormitorio contiguo al cuarto de baño había sido redecorado recientemente para convertirlo en habitación del primogénito. Y aunque de la habitación fue sacado todo lo que contenía, el diario no apareció.

Candy se mordió el labio. ¿Debería creer en los desvaríos de su prima? Quizá sólo había sido el razonamiento retorcido de Karen en funcionamiento una vez más, y tomar en serio sus escritos podía ser una tontería.

Fue el sheriff Martin Holvag quien acudió a la llamada por ser un conocido de la familia. Trajo consigo a dos hombres que retiraron el cuerpo de la estrecha sepultura y lo depositaron sobre una lona. Martin quedó en el pórtico con Albert y escuchó atentamente cuando el doctor relató cómo había sido realizado el hallazgo. Candy tenía interés en las rosas y él había ordenado a Peter que cavara la tierra y así fue descubierto el cadáver.

Los hombres del sheriff registraron los bolsillos del jardinero y sacaron un poco de tabaco, un cuchillo, unas cuantas monedas, y de un saquito del bolsillo de la chaqueta del hombre, tres billetes de banco de diez dólares relativamente nuevos. Martin entregó las pertenencias a Albert para que las guardase para Mindy, pues la niña era la única parienta.

—Como era el tío de la niña y empleado mío — propuso Albert cuando los hombres cargaron el cuerpo en el carro —, lo menos que puedo hacer es darle una sepultura decente.

Pero Albert sólo pudo encogerse de hombros cuando Martin le pidió más respuestas.

—Siento mucho no poder añadir nada para aclarar el asunto. El hombre desapareció pocas semanas antes que Karen muriese. Creíamos que había huido sin llevarse a Mindy para no cargar más con la niña.

—¿Y sus sirvientes? ¿Usted los conoce bien, Albert?

—La señora Garth, la doncella de arriba y la doncella de abajo fueron todas contratadas por el señor George poco antes que yo regresara con Karen. Excepto el jardinero, a quien empleé después de enterarme de que el de antes había muerto en la guerra, el resto del personal lleva aquí una buena cantidad de años y fueron contratados por mi padre.

—Su segunda esposa vino después de la desaparición del jardinero, pero ¿qué hay de su primera esposa? — insistió Martin—. ¿Ella pudo saber algo sobre esto?

—Karen detestaba intensamente al hombre y lo consideraba una basura. Pero tampoco simpatizaba con el resto de los sirvientes.

—¿Puedo hablar ahora con Mindy? Quizás ella pudiera arrojar un poco de luz.

Albert señaló hacia la casa.

—Está en el salón con Candy. Se la nota muy perturbada por todo esto y desde que la conozco nunca la oí hablar, de modo que no sé cuánto recuerda.

—¿Quiere decir que no puede hablar?

—No, no creo que sea porque no puede hacerlo. Es solamente que no quiere.

Martin limpió sus botas antes de entrar, se quitó el sombrero y saludó a Candy con la cabeza. Ella esperaba tensa en el sofá con Mindy y cuando él se acercó, la niña se encogió en su asiento y se apretó todo lo que pudo a Candy. Martin se agachó ante ellas para mirar a Mindy en los ojos, pero ella se negó a levantar la vista.

—El doctor Andrew me dice que tú sabías que tu tío estaba enterrado en el jardín de rosas. ¿Sabes quién lo puso allí?

Mindy se puso pálida y su boca se movió convulsivamente aunque no emitió ningún sonido. Parecía aterrorizada.

Candy miró a Albert con expresión implorante y abrazó a la pequeña.

—Quizás esto podría esperar para otra ocasión, Martin — dijo Albert en bien de la niña—. Como usted ve, la criatura está casi muerta de miedo.

—Si no les importa, yo la llevaré a su cuarto — murmuró Candy y el sheriff asintió.

Cuando Candy salió de la habitación con la niña, Martin tocó otro tema que lo preocupaba.

—Estaba preguntándome, Albert, si usted pudo haber visto un pequeño barco fluvial pasar por el río, blanco con decoraciones coloradas. No demasiado grande, con ruedas en la popa. Se llamaba Tatcher.

Albert acababa de servir un poco de brandy y le entregó una copa a Martin. Meneó la cabeza.

—Recientemente no. Alrededor de una o dos semanas atrás hubo uno.

Martin arrugó la frente.

Este debió de pasar en los últimos dos o tres días. Sin pasajeros. Sólo con un cargamento de arados, alambre y cuerdas. Lo único de valor eran unas cajas de rifles Winchester. Se lo vio pasar río arriba a unas diez millas al sur de aquí. Fuera de eso, parece haberse desvanecido en el aire.

Albert bebió su brandy.

—Pudo estrellarse contra un tronco sumergido. Con todo ese hierro a bordo se habrá hundido como una roca.

—Bueno, sólo estoy preguntando — dijo Martin y vació su copa de un golpe. Miró por la ventana—. Veo que ya lo han cargado y están aguardándome. Será mejor que lo lleve a los enterradores.

Albert lo acompañó hasta la puerta.

—Creo que el hombre tenía un cuarto en algún lugar del pueblo y hay un caballo viejo en que él y la niña se trasladaban. Avíseme si descubre algo más.

Después que partió el sheriff, Albert tomó distraídamente los efectos que había dejado el jardinero. Levantó los billetes y los frotó entre sus dedos. Eran nuevos, sin arrugas, aunque de una emisión del año sesenta y tres. Casi podía suponerse que habían permanecido guardados en algún lugar antes de ser enterrados con el jardinero. Miró con más atención y notó que los números de serie de los tres billetes eran consecutivos, que el único que cambiaba era el último dígito. ¿Cómo podía un hombre que ganaba seis dólares semanales como jardinero tener tratos con un banco?

Parecía haber más de un misterio en este asunto. Con un suspiro, Albert envolvió los efectos y los billetes en un pañuelo y guardó todo en un cajón de su escritorio.

Los chismosos se entregaron a toda clase de conjeturas acerca del hallazgo del jardinero de los Andrew debajo de los rosales. Algunos dijeron que el doctor atacó al hombre en un acceso de celos, pero no llegaron a conclusión definitiva alguna sobre si la causa había sido la primera o la segunda esposa. El hecho de que el jardinero había sido maduro, sucio, nada apuesto y ciertamente incapaz de competir con el guapo doctor Andrew parecía carecer de importancia. Una rolliza matrona, con lengua bastante suelta, estaba segura de que había visto a la actual señora Andrew paseando por la campiña con el jardinero poco después de su llegada. Así se lo dijo a Xanthia Morgan mientras se probaba unos sombreros en la tienda de ésta, y aunque Xanthia no sentía ninguna lealtad hacia Candy, no creyó que el doctor Andrew fuese capaz de recurrir a medidas tan extremadas, ni siquiera por celos. Además, agregó Xanthia con un encogimiento de hombros, ella había oído de muy buena fuente que el casamiento de los Andrew era solamente un arreglo comercial y que el doctor llevó a la joven a su casa simplemente por compasión, tal como hizo con Mindy.

La matrona de triple mentón arqueó sus cejas y miró a la pelirroja propietaria con divertida condescendencia.

—Querida mía, es evidente que usted no ha visto últimamente a la señora Andrew.

Y sintiéndose superior por su conocimiento, se negó a explicar más y Xanthia quedó hirviendo de curiosidad. Después de todo, Xanthia había rechazado por infundadas sus especulaciones. Se tenía bien merecido ser la última persona en el pueblo en enterarse del estado de Candy Andrew.

Xanthia se detuvo en la puerta de su tienda esa misma tarde cuando un gran carruaje negro apareció en el pueblo. Lo hubiera reconocido en cualquier parte, tal como hubiera reconocido la silueta alta y de anchos hombros del propietario. Albert Andrew estaba en el pueblo. El pensamiento cruzó su cerebro. Quizá, sólo quizá, él viniera a ella un vez más.

El carruaje se detuvo frente al bufete del señor George y el pulso de Xanthia se aceleró. Sus ojos se clavaron ansiosos en la figura vestida de oscuro que descendió. Se lo veía bien, admitió con una sonrisa. Realmente bien. Sin embargo, había en él algo diferente.

De pronto advirtió que él no llevaba bastón y que caminaba sin cojear.

Albert volvió la espalda hacia el carruaje y las esperanzas de Xanthia se derrumbaron cuando una mujer apareció en la portezuela de la berlina. Albert ayudó cuidadosamente a su esposa a descender y Xanthia comprendió, al ver a la joven con claridad, lo que había querido decir la rolliza matrona. La señora Andrew obviamente tenía un embarazo bien avanzado.

Patricia Darvey descendió con la ayuda de Albert y los tres permanecieron un momento junto al carruaje como si conversaran e hicieran y respondieran preguntas. Albert sacó su reloj de bolsillo y miró la hora, le asintió a Patricia, se encogió de hombros y respondió. La Darvey se alejó pero se detuvo cuando Candy se acercó a su marido y levantó la cara. Xanthia observó dolorida cuando Albert besó a su joven esposa en la boca con mucho más fervor del que parecía apropiado para un lugar público. Después le habló en una forma íntima y le estrechó la mano cuando ella se alejaba. Albert sonrió y la observó hasta que se reunió con la mujer más alta, y después de un largo momento se volvió y entró en la oficina del abogado.

Pasó casi una hora. Xanthia volvió del fondo de su tienda y se encontró con que Patricia Darvey traía a su compañera hasta la puerta delantera. Hubo un momento tenso cuando los ojos de Xanthia y de Candy se encontraron, pero Patricia estaba examinando con entusiasmo la mercadería y no advirtió nada.

Xanthia sonrió y se abstuvo de bajar la vista más abajo del cuello del vestido celeste de Candy.

—¿Puedo servirlas en algo? — preguntó con amabilidad.

—Quería mostrarle a la señora Andrew esos deliciosos gorritos para bebés que usted solía vender aquí — dijo Patricia alegremente—. ¿Todavía los tiene?

—Por supuesto. — Xanthia abrió un armario y sacó un cesto con gorritos diminutos con bordes de encaje.

—Aquí hay uno para un varoncito, Candy. — Patricia sostuvo el gorrito para que la otra lo viese. — Míralo. ¿Has visto alguna vez algo tan precioso?

—Albert espera una niña — murmuró Candy, desesperada por salir de la tienda.

Patricia sentíase un poco decepcionada por la falta de interés de Cabdy y sintiendo que algo perturbaba a su amiga, no insistió para que Xanthia les mostrara más mercadería.

—¿No te sientes bien, Candy? — preguntó.

—Sí, por supuesto, Patricia. — Candy sonrió débilmente. — Es que hoy hace un poco de calor, eso es todo.

Salió a la acera y se detuvo abruptamente cuando casi tropezó con un hombre bajo, ricamente vestido, que en ese momento pasaba a la tienda. Estaba por murmurar unas disculpas cuando levantó la vista y se sintió aterrorizada al reconocerlo. Aunque él llevaba el pelo más largo sobre el lado izquierdo para cubrirse la oreja, no tuvo ninguna duda de que se trataba de Jacques DuBonné. El hombre sostenía con su derecha enguantada un bastón con puño de plata y un segundo guante. Recobrado de su propia sorpresa, levantó la izquierda para quitarse el sombrero mientras su rostro se endurecía imperceptiblemente.

Pálida y conmovida, Candy giró y entró nuevamente en la tienda de Xanthia sin oír las preguntas preocupadas de Patricia. Cuando Candy se apoyó en una mesa llena de sombreros, su mundo se apagó y lentamente se le doblaron las rodillas. Nunca supo que Xanthia Morgan corrió a sostenerla y a depositar lentamente su cuerpo en el suelo.

—¡Candy! — exclamó alarmada Patricia.

Arrodillada en el suelo, con la cabeza de Candy en su regazo, Xanthia dijo casi sorprendida.

—Se ha desmayado.

—Iré a buscar a Albert — dijo Patricia. En la puerta se detuvo y se volvió. — ¿Usted cuidará de ella?

—Sí, por supuesto. — Xanthia bajó los ojos hacia las facciones delicadas de su vencedora y la Darvey salió corriendo de la tienda. Casi mecánicamente, aflojó las cintas del sombrero, levantó delicadamente la cabeza, le quitó el sombrero y lo dejó a un lado.

Jacques DuBonné se detuvo en la puerta de la tienda de ramos generales y observó a la flexible castaña que corría por la acera. La vio entrar en una pequeña oficina y reaparecer en seguida con un hombre en quien reconoció al bueno del doctor Andrew.

Jacques DuBonné hizo una mueca desdeñosa. De modo que era el mayor quien había recogido el fruto y sembrado su simiente.

Xanthia levantó la vista cuando se abrió la puerta de su tienda y entró Albert Andrew con expresión de preocupación. Con gran decepción para Xanthia, él apenas la miró y se arrodilló para tomar a Candy en brazos.

Xanthia se puso de pie cuando Patricia se les unió y señaló con vacilación el fondo de su tienda.

—Hay un dormitorio atrás si desean usarlo.

Albert asintió con silenciosa gratitud y recorrió el familiar pasillo seguido de cerca por Patricua. Cuando Xanthia entró en la habitación él había abierto parcialmente el corpiño de su esposa y estaba refrescándole el rostro con un paño húmedo. Candy empezaba a salir de su estupor.

—¿Te sientes mejor ahora? — murmuró Albert con una tierna sonrisa.

—¡Albert, era Jacques! — susurró ella entrecortadamente contra la pechera de la camisa de él—. El está aquí… en Saint Cloud. ¡Yo lo vi!

Albert la miró sorprendido y vio que estaba muy asustada. Se volvió y le preguntó a Xanthia.

—¿Mi esposa puede descansar aquí un momento? Tengo que hablar con el sheriff y no me demoraré mucho.

—¡Albert, no! — exclamó Candy, tomándolo de la manga—. Piensa en lo que puede hacernos.

— Está bien, Candy — dijo él—. Confía en mí.

Después que dejó la tienda, Albert fue directamente a la oficina del sheriff y explicó directamente a Martin Holvag que en el pueblo había un hombre buscado por la ley y pidió que el policía lo acompañase. Con Martin a su lado, Albert averiguó primero en los hoteles del pueblo y se sorprendió de encontrar un mensaje dirigido a él esperándolo en la recepción del «Stearns House». Era de Jacques, invitándolo a subir a su habitación. Albert no vaciló y poco después llamaba a la puerta que fue abierta por Jacques en persona.

— Ah, buenas tardes, doctor Andrew. — El francés hablaba con precisión, sólo quedaba un ligero rastro del acento cajun. — Veo por su presencia que su esposa le avisó que me había visto. Le pido disculpas por haberle causado una sorpresa. Le aseguro que mi intención era ponerme en contacto con usted y presentar mis credenciales de modo de disipar sus temores. Si no hubiese venido usted, yo lo habría hecho buscar.

— ¿De veras? — Albert habló en tono burlón e incrédulo.

La mirada de Jacques se posó fugazmente en la insignia de Martin.

— Por supuesto, un representante de la ley. Es como yo esperaba y es mejor que esté usted aquí. Pasen, caballeros. Lo que tengo que enseñarles llevará sólo un momento.

Cerró la puerta, tomó su chaqueta de una silla y sacó de un bolsillo una cartera de cuero valiéndose de su mano izquierda. Albert lo observó con atención, notó la mano enguantada y cuando el pelo largo se desplazó a un lado, el agujero en la oreja izquierda se hizo visible. Jacques volvió el mechón a su lugar, abrió la cartera y mostró varias cartas de aspecto oficial. Después de agitarlas bajo la nariz de Albert las entregó al policía y explicó:

—Sólo para asegurarles que ya no soy un perseguido por la ley, caballeros, estas cartas son indultos del gobernador de Louisiana y de los funcionarios federales de aquel estado. Y aquí — sacó otra carta — está mi autorización otorgada por una firma de París para actuar como agente en el estudio de posibles mercados para nuestros productos en esta región. — Hizo una pausa para dejar que digirieran los documentos y su anuncio y examinó con arrogancia las uñas de su mano izquierda. — Les aseguro que estoy en muy buena relación con todas las partes involucradas y que todo lo que hago es de una naturaleza honorable y legal. ¿Alguna pregunta?

Albert no quedó satisfecho y examinó al hombre con recelo. Jacques lo miró brevemente a los ojos.

—En un día o dos, doctor Andrew, yo me habré marchado. No tengo intenciones de regresar a esta ciudad en el futuro cercano.

—No me importa si usted tiene un indulto grabado en piedra por el dedo de Dios. Si lo sorprendo en mi propiedad o cerca de mi esposa, dispondré que su próximo juicio se realice en un nivel mucho más alto.

—¿Me está amenazando, señor?

—No. Es nada más que una declaración sobre cómo serán nuestras relaciones futuras.

Jacques levantó la vista hacia ese rostro severo y frunció los labios.

—Creo que entiendo. y considerando lo que ha pasado, señor, no puedo culparlo. Pero sólo deseo realizar mis negocios en paz y es con ese objeto que los recibo a ustedes.

Albert sonrió, aunque no hubo humor en su sonrisa.

—Bien, y deseo que concluya rápidamente cualquier negocio que tenga en este estado.

—Tendré presentes sus palabras, doctor Andrew, y buenos días también a usted, sheriff. — Jacques abrió la puerta en una franca invitación a que se retiraran.

—Sólo soy sheriff delegado, señor — corrigió Martin—. Pero quizás usted es solamente un poco prematuro.

Jacques extendió la mano izquierda para despedirse del delegado, pero Albert se abstuvo de cualquier ademán de cortesía con ese hombre. Se caló el sombrero, asintió rápidamente con la cabeza y siguió a Martin.

Fue un viaje silencioso y tenso hacia la casa de los Darvey donde dejaron a Patricia. La mujer guardó silencio durante todo el trayecto como esperando que alguien le explicase los sucesos de la tarde. Por fin, frente a la entrada de los Darvey, Albert dijo:

—El hombrecillo que viste frente a la tienda era un pícaro y delincuente durante la guerra. Su nombre es Jacques DuBonné y fue principalmente a causa de él que Candy tuvo que abandonar Nueva Orleáns. — Puso un brazo sobre los hombros de su esposa.— Por este favor, yo casi podría estarle agradecido.

Candy se permitió una sonrisa débil, nerviosa. Había contenido todas sus emociones mientras Patricia estuvo sentada frente a ellos pero cuando el carruaje se puso otra vez en camino, no pudo seguir soportándolo.

—¿Por qué Jacques tuvo que aparecer? ¿Y si le cuenta a alguien que yo soy una ladrona, una asesina, hasta una traidora? — Sus preguntas gemían atormentadoras en su interior. — El querrá verme en prisión Oh, ¿por qué tuvo que venir? — Se le quebró la voz y sacó un pañuelo de su corpiño para apagar sus sollozos.

Durante todo ese tiempo Albert estuvo luchando por sacar de su chaqueta un delgado fajo de papeles. Los desplegó y los alisó sobre el regazo de ella.

—Esto disipará tus temores, querida mía.

Candy levantó los papeles y parpadeó para no lagrimear.

—Acabo de recogerlos de la oficina de George — le informó Albert y sonrió—. Parece que Horace Burr hizo bien su trabajo. Se ha puesto en contacto con los abogados que mantuve en Louisiana y su influencia en los tribunales federales resultó de gran utilidad.

Pasó las páginas de arriba demasiado rápidamente para que ella viera algo más que las numerosas firmas.

—Estas son declaraciones juradas mías, de Saul, del doctor Martin, de la señora Hawthorne y varios otros individuos. Pero estos últimos son los más importantes. — Sacó varias páginas del final, que estaban ricamente adornadas con sellos y estampillas.

— Documentos del Gobernador de Louisiana — leyó, y siguió las palabras con el dedo — absolviendo a una tal Candice White de todas las acusaciones presentadas mientras el Estado de Louisiana era miembro de la Confederación, etcétera. — Volvió la página y siguió leyendo. — Del comandante de la Unión del Distrito Sur Central. Como se ha demostrado que tales cargos son falsos e inapropiados y puesto que no existe otra evidencia de delito, dichos cargos son levantados y declarados nulos. Este documento será refrendado por la oficina correspondiente en Washington. Y aquí está refrendado. — Su dedo tocó los sellos e iniciales del pie de la página. — y para tu beneficio, mujer — sacó una última página —, una carta del general Taylor de cuando todavía era general de la Confederación, donde dice que tú no fuiste una espía sino que en una ocasión le entregaste los efectos personales de un soldado.

Albert se apoyó en el rincón del asiento, sacó un cigarro, saboreó su aroma un momento.

—Creo, mujer, que no eres la villana que pareces.

Candy miró las cartas y estudió las firmas a través de una bruma de lágrimas.

General Richard Taylor, CSA

Mayor A. Andrew, Médico, USA, Ret.

Doctor Martin Thaddeus.

General Clay Mitchell, Médico, USA

Reverendo P. Lyman

Y de un juez desconocido, las palabras:

«En adelante, que se sepa que después de cuidadosas investigaciones sobre el asunto y con las declaraciones firmadas de testigos de incuestionable integridad, se ha comprobado que Candice White MacGaren es inocente de los cargos formulados contra ella y que todas las recompensas ofrecidas por su captura han sido anuladas. Se acompañan cartas de testigos que han jurado ante Dios que ella fue injustamente acusada de espionaje y, además, que a ella le fue imposible haber tomado parte en el robo del dinero de la paga Federal en la fecha especificada por hallarse en ese entonces en la compañía de un oficial Federal.»

Candy arrugó la frente.

—Pero estas cartas del general Taylor, de Saul, ¡están fechadas hace tiempo!

—Ajá. — Albert estaba radiante de placer. — Algunas fueron firmadas antes de mi partida de Nueva Orleáns. Retuve a los mejores abogados sureños que Louisiana podía brindar para tu defensa y Horace Burr es el abogado más influyente del Este. Le conté a Horace exactamente lo que había sucedido, le di autorización para revelar tus disfraces a posibles testigos y mencioné esos lugares que tú frecuentaste.

—¿Le contaste todo? — preguntó Candy con vacilación.

—Tuve que hacerlo, mujer, pero hice que Horace entendiera que fue culpa mía y que tú sólo trataste de salvarme de un destino fatal. El doctor Martin juró que oyó más o menos la misma historia de labios de Karen. Pero no tienes que temer que Horace Burr difunda rumores. Ha sido muy discreto.

»¡De modo que, mujer, puedes dejar de preocuparte de la posibilidad de que nuestra niña nazca en una prisión! Eres, excepto por la cuestión de nuestro matrimonio, virtualmente una mujer libre.

Candy se echó atrás y rió, aunque las lágrimas siguieron cayendo por sus mejillas.

—En cuanto a esa servidumbre, amor mío — dijo ahogándose con los sollozos —, ojalá siga encadenada para siempre.

Cayó sobre el pecho de él. Fuertes sollozos de alivio terminaron con su compostura. Albert la sostuvo tiernamente en sus brazos y disfrutó de su papel de marido durante todo el viaje a casa.

CONTINUARA