Wonder Woman's wrath (Rupert Gregson-Williams)
A día de hoy me sigue maravillando cómo Liechtenstein logró salir de su prisión. Solo puedo tirar de los informes al respecto y de la imaginación que llena las lagunas, porque ella ha hablado muy poco sobre ello y Suiza está tan a la defensiva que si tuviera el poder de borrar lo ocurrido de su mente, si hubiera algún aparato capaz de eliminar recuerdos desagradables (y, viendo lo rápido que avanza la ciencia estos días, seguro que pronto lo tendremos), lo usaría en ella. Con todo, no creo que su silencio se deba al trauma. Es una niña fuerte. Todo lo ocurrido ha demostrado que debajo de ese aura de inocencia hay un gran instinto de supervivencia. Estoy seguro de que tuvo mucho que ver con la explosión, con los cadáveres que se encontraron, aunque no se probara nada y ella ni confirmara ni desmintiera cosa alguna.
En fin, en esos momentos lo importante era que estaba a salvo. Suiza volvía a tenerla en sus brazos. Estaba bien. Herida, pero bien. Nuestra locura había dado resultados positivos. No podía creérmelo...y por eso fue tan gratificante. Ver a Suiza dejar a un lado por un momento la coraza y abrazar a su hermana con tanta dulzura y delicadeza era digno de ver.
Entonces se oyó el tiro, y el eco de unos gritos. Alemania volvió la cabeza y extendió el brazo para señalar lo que parecían unas manchas diminutas:
— ¡Allí!
Corrió al instante para ver qué ocurría. Sabía que Suiza no querría exponer a Liechtenstein al peligro o abandonarla de nuevo, así que yo lo seguí.
Era un pueblo diminuto, que constaba de apenas cinco casas. En tan pequeña extensión era posible hacerse una idea de lo que ocurría alrededor. En cuanto el movimiento, es decir, los dos únicos miembros que quedaban, vieron que de repente aquella localidad casi abandonada estaba llena de naciones, algunas de ellas armadas, que la casa donde tenían a su rehén estaba destruida y algunos de sus miembros habían muerto o habían sido detenidos, tomaron la decisión inteligente de huir. Aprovecharon que uno de sus hombres más fuertes, ese tal Greszczyszyn, estaba dando mucha guerra, y la muerte de la guardaespaldas de Italia.
Pero Italia, a Veneciano, no iba a dejar que se largaran sin más.
Al principio no supimos quién era aquella persona que corría como un galgo tras la pareja. Llevaba un abrigo rojo, eso fue todo lo que distinguí. Pero algo pareció llamar la atención de Alemania, algo que lo hizo reconocerlo, porque entonces lo llamó:
— ¡Italia!
En esos momentos no podía ni imaginarme qué demonios hacía Italia allí, en Islandia. Incluso cuando Romano nos contó la historia me costó algo de tiempo unir las piezas del puzle. Fue una sorpresa para mí, que había colaborado con el Eje durante la Segunda Guerra Mundial y había comprobado de primera mano lo cobarde que era en combate, ver a Italia correr de semejante manera hacia aquellos tipos tan peligrosos. Luego supe que habían matado a su prometida.
Hay algo que todos los que quieren tratar con Italia del Norte deberían saber. Es un tipo apacible, de aspecto simplón. Uno lo ve y pensaría que solo le interesa la pasta y pasarlo bien. Pero es también un ser tremendamente pasional. Cuando esas personas mataron a la mujer que iba a hacer su esposa, su corazón, su alma, todo su ser se concentró en dar caza a los culpables. La vendetta italiana es archiconocida en todo el mundo por una razón.
— ¡Italia!—Alemania estaba en mucha mejor forma que yo. Me adelantó enseguida y fue capaz de darle alcance mientras yo me quedaba atrás.
A pesar de la amistad que siempre ha unido a esos dos, Italia no parecía escuchar. No perdía de vista a aquellos dos individuos que trataban de escapar a través de la nieve, un hombre y una mujer. Desde la distancia pude ver el aspecto característico de Martina Ughetti, la mujer que invadió nuestros teléfonos móviles y nos lanzó aquel mensaje de advertencia que debimos haber escuchado. Avanzaban demasiado despacio, e Italia iba muy deprisa. Solo les quedó una salida, al parecer.
— ¡Cuidado! ¡Tiene un...!
Arma. A Italia no le dio tiempo a oír el final; la probó en sus propias carnes.
Con eso se detuvo su carrera.
Tan solo durante unos pocos segundos que aquellos dos ni siquiera pudieron aprovechar. Retomó su persecución un poco más lento, pero sin pausas.
— ¡Dispáralo! ¡Dispáralo, maldita sea!—chilló Ughetti. Su voz hizo eco en aquel lugar desierto.
Y eso hizo su acompañante. Disparó hasta en tres ocasiones. Las balas acertaron todas en diferentes partes del torso de Italia. Le arrancaron un pequeño gemido. Lo hicieron encogerse y reducir la marcha. Pero siguió sin detenerse.
Es curioso el efecto que tiene el amor en la gente.
A la pareja de delincuentes debió de parecerles la cosa más horrible que habían visto nunca, porque se quedaron mirando como idiotas. Debían de pensarse que a Italia le importaba un bledo el dolor físico. Para cuando quisieron reaccionar, estaban hasta arriba de nieve, e Italia ya los había dado alcance.
Recuerdo haber pensado que iba a matarlos. Alemania me confesaría más tarde que él había creído exactamente lo mismo. Los dos habíamos visto su cara cuando por fin los agarró, jadeante, con el cuerpo agujereado de balas y los ojos encendidos. Era el aspecto de un querubín convertido en demonio.
Agarró a Ughetti de la trenza cuando quiso escabullirse. Ogura lo insultó en su idioma nativo y quiso dispararlo a la cara, pero, para su desgracia, se había quedado sin balas. Italia se la arrebató con la mano libre y la alzó. Iba a destrozarle el cráneo con la culata.
— ¡Italia! ¡Italia, no!—gritó Alemania, corriendo a su encuentro.
Los disparos no le habían hecho cosquillas, precisamente. Pude oír cuando llegué por fin lo mucho que le costaba respirar con aquellos pulmones perforados. Pero llegar hasta ellos lo mantenía vivo y tenía la oportunidad de aplicar el ojo por ojo.
— Italia...—jadeó Alemania.
Pero ¿qué podía decirle para hacerle cambiar de opinión? Habían matado a su novia. Eran responsables de la muerte de varias naciones. Le habían arrebatado la vida a civiles inocentes. ¿Por qué no iba a acabar con ellos ahora que podía?
Italia, no obstante, volvió la cabeza. Pareció darse cuenta entonces de que Alemania estaba allí. Pareció sorprendido durante un segundo. Calmado. Pero pronto su cara volvió a destilar rabia. Alemania quiso suplicarle de nuevo, pero él lo interrumpió:
— Vamos a...mandarlos...a la...justicia...Que los juzgue quien tenga qu...que juzgarlos...Vamos a demostrar...les que no...que no somos como ellos...
Parece ser que Ogura habría preferido que lo hubiera matado allí mismo. Habría casado muy bien con la campaña de desprestigio hacia nosotros que se había esforzado por llevar a cabo. Y cabe recordar que en su país natal, Japón, se aplica la pena capital. Alguien que había traicionado a su propia nación solo podía terminar en un lugar: el corredor de la muerte. La deshonra de ser eliminado por lo que tanto había luchado por desmantelar. Se revolvió, gritó, pero Italia no le hizo caso. Miró a Alemania, y su expresión se relajó.
— No somos...lo que ellos creen que somos...
Aquella fiereza que nos había erizado el pelo fue solo momentáneo. Italia había sacado fuerzas de lo más hondo de su ser y ahora no le quedaban. Se desplomó, Alemania lo sujetó. Ughetti y Ogura quisieron aprovechar para huir, pero esta vez fui yo quien los agarró.
— ¿Adónde se creen que van, señores?—les dije.
No pasó mucho tiempo hasta que Prusia se acercó.
¿Prusia? Aquella fue otra aparición que provocó mi sorpresa.
— ¡Italia!—exclamó al ver a nuestro amigo.
— Se pondrá bien—dije yo.
— No lo creo. Han matado a su chica.
Hasta ese momento habíamos creído que simplemente estaba obedeciendo el impulso de hacer justicia después de todas las atrocidades que había estado llevando a cabo el One World Nation Movement. Cuando supimos que había que añadirle algo personal...Me sorprendió aún más que no hubiera reducido las cabezas de esos dos individuos a una pulpa, y no pude mirarlo sin sentir una tremenda lástima.
— Canadá le ha quitado el móvil a Greszczyszyn, alias "Mr. Hijodeputa"—prosiguió Prusia—. Está haciendo unas cuantas llamadas. Espero que venga alguien pronto a solucionar esto y sacar la basura pronto.
— Bastardo...—lo insultó Ughetti.
— Lo siento, nena. Eso te pasa por confiar en los chicos guapos como yo.
¿Quién es Canadá?, me pregunté.
Alemania, en cambio, no pareció escuchar, ni tan siquiera percatarse de quien hablaba era su hermano menor. Tenía a Italia desmayado entre sus brazos y parecía que solo le importaba él.
