Hola, hola, hola, ¿me han echado de menos? Jejeje, sé que sí :-P. Después de mi desaparición en estas últimas semanas os traigo otro capítulo para que disfrutéis. Saludos y reviews

Capítulo 59

En mitad de la noche, Madara abría la marcha en solitario y en completo silencio. Unos cuantos pasos por detrás, cabizbaja, somnolienta y forzándose a mantener el ritmo iba Mara y con la vista fija en la espalda de su padre decorada por el gombai de guerra del clan. A cada lado de ella, como si de una escolta se tratara, iban Hashirama y Tobirama que la miraban como si de una rara avis se tratase.

Habían recorrido varios kilómetros por el largo sendero de piedra caliza del desierto, lo que les facilitaba la marcha. Durante ese tiempo, a Tobirama no se le habían escapado varios intentos que había hecho la joven de iniciar una conversación, probablemente para tratar de convencer al mayor de que parasen, pero la intención moría asesinada por el orgullo, volvía a cerrar la boca después de tomar una bocanada de aire y vuelta a empezar: cogía aire, buscaba las palabras apropiadas en su cabeza, suponía la respuesta que Madara le daría, hacía un mohín con la boca y la cerraba. Ésa era la cuarta vez que lo hacía.

-¡Si te vuelvo a ver hacer eso, mocosa, vas a tener un problema! –Espetó sin volverse en ningún momento hacia atrás.

Mara hizo un gesto de sorpresa, abrió la boca e hizo un aspaviento de sopresa con los brazos que les resultó gracioso a los dos Senjus.

-¿Cómo lo hace? –Susurró confundida mirando a Tobirama en un intento porque su padre no la oyese. Tobirama por su parte puso un gesto de indiferencia y se encogió de hombros, no le interesaban las técnicas que ese Uchiha utilizase para controlar a la muchacha, pero sí reconocía que era divertido verlos tratando de lidiar el uno con el otro, cada cual a tratando de llevar al otro a su terreno, casi le parecía creer ver al joven Izuna, el hermano menor de Madara, en algunos gestos de ella.

Por otro lado, Hashirama también intentaba buscar un punto de conversación para alejar ese silencio de los cuatro. Cruzó una mirada con su hermano, quien le hizo una señal para que se fijara en el estado de agotamiento de la joven y luego otra señal en dirección a Madara. La responsabilidad de tratar de detener la marcha recaía sobre él. Comprendió lo que quería decir Tobirama. Respiró hondo y se preparó mentalmente para lo que podía ser una batalla. Se aclaró la garganta, lo que provocó que Madara se detuviera en seco.

-Nos detendremos por hoy, -anunció el Uchiha sin volverse.

-Oh, gracias, -dijo Mara con anhelo en su voz. Antes de que nadie moviese un solo músculo ya se había sentado en el suelo y se frotaba las piernas acalambradas por la marcha.

Madara se giró y contempló la estampa: un Uchiha confiando en dos Senjus la tarea de custodiar de alguna manera a su propia hija, había debido de volverse loco y, sin embargo, ahí estaban los cuatro.

-Dime que tienes algo de comer, por favor, -suplicó con ojos de cordero a Madara.

-Yo tengo un par de manzanas, -ofreció Hashirama de las que había cultivado la noche antes para su amigo. Era una fruta roja y brillante, con la piel tersa y una jugosa pulpa debajo. Mara alargó la mano y cogió una de las que le ofrecía. Sin esperar a nada más le hincó el diente y se relamió con el primer bocado.

Mientras su hija devoraba la manzana, Hashirama había hecho aparecer varios troncos que usarían a modo de asientos y algunos más para hacer una pequeña fogata junto a la que calentarse. El Uchiha había sacado uno de los pergaminos que le había dado Orochimaru. Deshizo el sello y sobre la larga superficie del pergamino aparecieron objetos, pero nada comestible. Algo se encogió en el interior de Madara al ver la decepción en los ojos de la muchacha.

-No ha habido suerte, -le dijo Madara en voz baja con su voz ronca y, a continuación, prendió la madera con su Katon haciendo que el fuego comenzara a hacerla crujir.

-Esta bien, no importa, tranquilo, -se apresuró a responder ella mientras se acomodaba sobre uno de los troncos frente a la fogata y Hashirama la imitaba sentándose junto a ella, pero guardando la distancia que él consideraba segura. –La manzana es suficiente.

-Mara… -empezó el Uchiha tomando asiento en el que estaba justo frente a ella y sabiendo que esa pobre manzana no estaba bien ni para empezar.

-En serio, está bien, con algo de suerte esta noche soñaré con el Ichiraku y será un sueño delicioso y apetitoso, -se adelantó mordiéndose el labio inferior por el hecho de recordar los deliciosos olores de los platos del establecimiento. -¡Ah! Cuando lleguemos a la Aldea tengo que llevarte a ese sitio, te encantará. -Madara no contestó, se la quedó mirando con una media sonrisa distraída en los labios por el entusiasmo de su hija para describir el lugar. -¡Oh! Y hay dos campos de entrenamiento enormes, aunque uno está un poco chamuscado, no preguntes, podríamos ir en algún momento, he aprendido un par de trucos en este tiempo, -ese comentario le hizo fruncir el ceño, podía hacerse una ligera idea de lo que lo hubiese podido quemar. -¡Y las caras! Tienen las caras de los Hokages grabadas en la piedra del risco que protege la espalda de la aldea. ¿Puedes creerlo? Se ven prácticamente desde cualquier parte.

-Ah, -dijo Madara con falsa sorpresa que no se reflejó ni en su rostro ni en su voz. Lo que sí sabía era que, si no le presentaba pronto, Hashirama explotaría en una preciosa floración primaveral por el entusiasmo contenido que casi le hacía saltar en el sitio. Seguía siendo el mismo crío del río después de todo. -¿Algo más? –Preguntó volviendo a la media sonrisa y dejando que se explayara en la descripción de la aldea que había comenzado por su mejor restaurante.

-Pues… -Hizo memoria unos segundos. -¡La policía! Adivina qué, -dejó unos instantes para darle la oportunidad de replicar, aunque el Uchiha sabía lo que iba a decir se encogió de hombros y negó levemente con la cabeza, dejaría que se lo contase ella: -En su escudo, tienen el símbolo del clan.

-¿Qué clan? –Preguntó fingiendo no saberlo. Por supuesto que lo sabía, sabía cada uno de los detalles que le estaba narrando con ese, para nada fingido, entusiasmo. De verdad, lo sentía así, le había gustado Konoha, podría decir que tanto o más que el País de las Aguas Termales, que ya era mucho. Echó una mirada rápida a Tobirama que se encontraba a su lado y la miraba entre divertido e intrigado por el carácter que mostraba ahora.

-¿Cómo que qué clan? ¡Pues el tuyo! ¡El nuestro! –Exclamó. –Y dentro hay una piedra con los nombres inscritos de todos los miembros que han formado parte del cuerpo y fotografías de los más destacados, ¿y sabes qué? –Preguntó de nuevo dándole un tiempo demasiado corto para responder, -la gran mayoría eran Uchihas.

-No sé qué tenía esa manzana, pero de repente tienes mucha energía, -dijo Madara con tranquilidad para desviar el tema. –Bien, primero vas a decirme por qué has necesitado a la policía y luego vas a contarme qué sabes de esas caras de piedra.

Hashirama tenía que esperar sólo un poco más su turno, el Uchiha lo sabía, sólo quería hacerlo sufrir un poco más, no recordaba cuán divertido era hacerlo, para que se presentase él mismo, con la efusividad que tenía característica, y entonces ella tendría una nueva discusión esa noche, la segunda con un Senju y, de sólo imaginar eso, le divertía aún más.

La mente de Mara bullía para tratar de buscar una respuesta que no la metiera en líos con Madara pero que no fuese una mentira pues él parecía detectar cada vez que ella intentaba colarle alguna desde que era una cría. Dedujo que lo mejor era decir la verdad y esperar que se apiadara de ella.

-La policía, pues porque… -Empezó titubeante con la mirada de nuevo seria de su padre clavada en ella, pendiente de cada pequeño gesto que hacía. –Digamos que cogí algo de alguien a quien no conocía y al que después no pude devolvérselo, de manera que, acudí a ellos para que lo hicieran por mí. Por desgracia, no pudieron hacérselo llegar ellos tampoco y tuve que volver a ir a recoger eso que cogí de esa persona que no conocía. Es sencillo.

Los tres hombres se quedaron en silencio procesando el críptico mensaje que había lanzado la joven a toda velocidad. Hashirama hacía cábalas repitiendo algunas partes para llegar a una conclusión, probablemente errónea. Tobirama torció el gesto con desaprobación nada más oír la explicación. Por no hablar de Madara que tenía su mangekyō sharingan a la vista.

-A ver si lo he entendido bien, -empezó Madara inclinándose hacia delante para acortar la distancia con ella. Ahora sólo separados por el pequeño fuego. Mara estaba convencida de que en cualquier momento se desataría la ira, contaba con ello. –Robaste algo, luego te arrepentiste y lo llevaste a la policía, y como ellos no consiguieron devolverlo tampoco, lo que robaste pasó a ser legalmente tuyo, ¿me equivoco?

Mara había acabado echada hacia atrás, tanto como podía sin llegar a caer de espaldas del tronco. Ante la deducción de su padre, la mirada de desaprobación y la intimidación del sharingan se sintió como si volviera a tener diez años de nuevo. Parecía una cría pequeña temerosa de la reprimenda que le esperaba. Tan sólo se atrevió a negar con la cabeza como respuesta a la pregunta.

-Relájate, amigo mío, trató de devolverlo, hizo lo correcto y está arrepentida de lo que hizo, -dijo Hashirama tratando de salvarla de sus palabras. –Déjalo estar, ha aprendido la lección.

-Sí, este tipo tiene razón, he aprendido e intenté solucionar mi error, -dijo agarrándose con fuerza al cable que le había echado el Senju de pelo castaño que se había sentado junto a ella al otro lado de donde se encontraba su hermano, de manera que ella quedaba en medio de ambos.

La compasión se adueñó de Madara, él también había cometido errores que ahora trataba de solucionar, la entendía, por lo que lo dejó pasar. Simplemente, se quedó callado escrutándola con su sharingan. La joven se removió algo incómoda en su asiento, probablemente por el escrutinio y la cercanía de sus custodios a partes iguales. Madara podía ver cómo Hashirama le hacía pequeños gestos para que se llevara a cabo la presentación.

-Oye, Madara, -empezó la chica con cierto titubeo. El que le llamara por su nombre extrañó a los dos Senjus que se mantuvieron a la escucha. -¿Cómo has…? Quiero decir, tu aspecto. Estás… -Respiró hondo y lo recorrió de arriba abajo fijándose en los detalles que el fuego se encargaba de resaltar. –Tu pelo ya no es blanco, no eres viejo, tu chakra es mucho más intenso y tienes un cuerpo que… ¡Gracias al Sabio de los Seis Caminos por no ser una Hyūga!

Ese último comentario desató la risa de Hashirama y un par de sonrisas mal disimuladas por parte de los otros dos.

-¿Eras así de verdad cuando eras joven? ¿O sólo es un jutsu ilusorio como el que emplea Tsunade? –Mara se levantó, rodeó el fuego y se agachó delante de Madara, apartó el mechón de pelo que le cubría parte del rostro y lo escrutó ahora sin temor a su sharingan. El par de ojos con el sharingan de tres tomoes miraban el rostro de su padre memorizando cada nuevo rasgo, la piel estaba tersa y sin arrugas, los labios antes finos habían recuperado cierto grosor, lo único que no había cambiado eran sus ojos, desde que tenía memoria recordaba esos ojos rojos. Madara la dejó hacer, dejó que satisfaciera su curiosidad. Por último, se sentó junto a él en el tronco que ocupaba y le golpeo suavemente en el brazo para comprobar su resistencia y la dureza de su bíceps. –Vaya, parece que eres más resistente que cuando eras un anciano, así la próxima vez que entrenemos no tendré que contenerme.

El comentario, a pesar de ser un ataque, sabía que no lo decía con maldad, era su manera de decirle que le había echado de menos y él le respondería de la misma manera.

-¿Contenerte? Vas a saber quién es Madara Uchiha, mocosa, -respondió echándole un brazo sobre el cuello a modo de llave de inmovilización sin apenas ejercer presión.

-No, no, Madara, ¡para! ¡Me haces daño! –Se quejaba la joven intentando zafarse y exagerando la fuerza con la que la sujetaba.

-Ah, parece que eres tú la que se ha vuelto una enclenque, tendremos que hacer un entrenamiento intensivo, -respondió mordaz aflojando el agarre para que se soltara y casi resbalando de su asiento en el proceso.

Frente a ellos, los dos Senjus contemplaban la escena asombrados. Como si de una de esas fábulas sobre apariciones de animales extraños se tratase, estaban asistiendo a un momento distendido dentro del hermético clan Uchiha, el líder de antaño, Madara Uchiha, temido y letal guerrero, casi se podría decir que estaba bromeando con su hija de una forma amable y cordial a su manera. Los dos hermanos estaban boquiabiertos y en completo silencio por temor a que esos animales extraños, majestuosos a la par que peligrosos, se percatasen de su presencia y decidiesen atacarles.

-¿Tú también ves el parecido, verdad? –Preguntó Hashirama a su hermano.

Ambos Uchihas tenían el mismo aspecto y expresión. El mechón de pelo negro y rebelde cayendo sobre uno de sus ojos, el otro, ahora también negro, fijo en ellos alternando de uno a otro y esa expresión indescifrable en el rostro.

-¿Parecido? Son idénticos, -respondió Tobirama en voz baja. –Sólo varía su sharingan.

Los majestuosos y peligrosos Uchihas se habían fijado en ellos durante su cuchicheo. Después de aquello, Mara volvió a mirar por encima de las llamas, examinándoles con detalle.

-¿Y ellos quiénes son? –Preguntó mostrando esa media sonrisa en los labios y con la mirada fija en Tobirama. –Porque de él, me suena su cara.

Madara sonrió al igual que ella, carraspeó un poco y soltó de repente:

-Ella es Mara Uchiha, mi hija, -dijo dirigiéndose hacia ellos y, sin hacerse esperar, añadió: –. Ellos son Tobirama y Hashirama Senju.

-¡¿Qué?! –Gritó Mara con el tono de voz estridente, unas octavas más alto que de costumbre y el rostro con una mueca de incomprensión, asombro y desconcierto.