Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
Recomiendo: Dusk Till Dawn – Zayn (feat. Sia)
Capítulo dedicado a Jeli. Gracias por instruirme sobre tu hermosa ciudad de Sevilla para poder escribir a más detalle y realismo lo que significa estar ahí, lo aprecio enormemente
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Capítulo 52:
Construyendo el camino
"(…) Porque quiero tocarte, cariño, y quiero sentirte también
Quiero ver el atardecer en tus pecados, tú y yo
(…) Hagamos el amor esta noche
(…) Porque nunca estarás solo
Estaré contigo desde el atardecer hasta el amanecer
(…) Te sostendré cuando las cosas salgan mal
(…) Cariño, estoy aquí…"
Tuve que levantarme mientras me ponía las manos en la boca, acallando el gemido de sorpresa, pero también de rabia. ¿Cómo no lo pude prever? ¿Cómo es que aquello pasó delante de mis ojos sin yo darme cuenta?
—Aro Vulturi —susurré con la furia en mis labios.
Era él.
Llamé inmediatamente a Trace y cuando me contestó, sentí que su respiración resultaba entrecortada.
—Dime que no es cierto —insistió.
Cerré mis ojos.
—Es obvio, ¿no?
Respiró hondo.
—Maldita mierda, maldito Aro.
—Todo esto es contra los Cullen, ese viejo de mierda… —gemí, llena de rabia—. Sabía que Renata estaba aquí por una razón, sabía que acercarse a Edward tenía dobles intenciones.
Apreté las manos.
—Bella, debes tener algo claro.
—¿Qué?
—Aquí hay alguien más, ¿bien? Aro es solo un nexo fácil, pero falta la persona que haya hecho los negocios sucios con él. Sabes que se trata de alguien que conoce muy bien la empresa y ese Vulturi está aquí porque disfruta viendo el imperio caer —sentenció.
Me pasé una mano por la frente.
—Debo decírselo a Edward.
—Sí, hazlo, y acuérdate de informar de esto inmediatamente a los abogados de los Cullen. Aro debe ser apresado.
—Sí, tienes razón.
—Te hablaré luego. —Su voz se fue apagando—. No me siento muy bien sabiendo esta mierda.
—Llámame cuando puedas, ¿bueno?
—Eso haré.
Cuando corté, seguí mirando el nombre de Aro Vulturi en repetidas ocasiones, teniendo el móvil pegado a mi pecho. De pronto, encendieron la luz y yo me giré, encontrándome con Edward adormilado, mirándome asustado.
—¿Estás bien? ¿Pasó algo con la pequeña? —preguntó, caminando hacia mí.
Suspiré y negué, buscando sus brazos. Edward me rodeó, sin querer preguntar más, y yo cerré mis ojos antes de decirle todo. Iba a ser difícil, porque sabía que iba a salir todo su enojo.
—Ella está bien —murmuré, tomándome la mano para que la tocara.
Su rostro se relajó levemente.
—Dime qué ocurre.
Tomé aire y le hice sentarse para decírselo todo. La sinceridad entre los dos iba a existir siempre.
Cuando aquello ocurrió, el rostro de Edward se tornó pálido y el ceño se le frunció segundo a segundo de manera tan marcada que temí que quedara para siempre ahí. Se pasó la mano por el rostro y luego bufó, levantándose con furia y caminando como león enjaulado por la cocina.
—Mierda, ese viejo hijo de… —Apretó los labios y luego los párpados—. Ahora lo entiendo todo, todo y más.
Gruñó y yo arqueé las cejas, sin saber qué más decir.
—Ahora con más razón debemos irnos de aquí, toda esta mierda nos contaminará, incluida a la nena —susurró—. Mis padres… No puedo permitir que ese viejo de mierda siga con lo suyo.
—Tú sabes que hay alguien más, es más poderoso, sabe cómo moverse… Con Aro deben hacer lo posible por descubrirlo.
—Lo sé, mi amor, lo sé, y me asusta.
—Si tú te asustas, yo me asusto más —le confesé.
Negó.
—Tenemos que alejarnos de esta mierda, no quiero que ni tú ni nuestra hija salgan perjudicados por esto. Estoy yo aquí, para protegerlas, siempre.
Respiré hondo y permití que siguiera abrazándome, mientras yo cerraba mis ojos de forma lenta, disfrutando de cuán importante eran sus brazos para mí en este momento.
—Aro sabe que estoy esperando un bebé, no quiero que…
—Ni siquiera me hagas pensar en eso, la sola idea me pone tan mal que… no lo soporto.
Lo miré.
—Toda esta mierda va a terminar, pero quiero que tú y la pequeña estén bien. Nos iremos en tres días, ¿bien? Tres días y nada más.
Asentí con los ojos llorosos.
—Juntos… los tres.
Sonrió, pero sus ojos relucían de llana tristeza, sí, por sus padres.
Después de todo lo sucedido, fue importante llamar a los abogados de los Cullen y a los aludidos. Fue difícil, quería a los Cullen y para mí eran mi familia, ¿cómo seguía dándole tan malas noticias?
—Gracias, Bella, por todo —susurró Carlisle—. Por favor, ve a descansar, ya hiciste parte de tu trabajo.
—Está bien, Carlisle.
Le entregué el teléfono a Edward y él siguió a cargo de la situación, porque yo estaba agotada y lo que más quería era recostarme en la cama. No obstante, esperé a mi esposo en el sofá, mirándolo deambular y darme miradas tranquilizadoras con sus intensos ojos verdes. Cuando terminó la charla y se despidió de su padre, él vino hacia mí y se agachó para besarme el vientre con suavidad.
—No quiero que mi pequeña viva en un mundo de mierda —confesó.
—Juntos podemos hacérselo mejor, ¿no crees?
Una sonrisa sincera emergió.
—Tienes que descansar, vamos a la cama.
Suspiré y asentí.
Cuando fue momento de acomodarnos entre los edredones, Edward me acarició la barriga y los cabellos, sumiéndome en el relajo. En un momento nos miramos y aquello significó mucho para mí.
—Siempre estaré para ustedes, nadie las tocará nunca, ¿está bien? —insistió.
—¿Y qué pasa contigo? Yo también quiero protegerte.
Me besó la frente.
—Lo haces estando conmigo, haciéndome feliz. ¿Y sabes cómo lo haces? Con tan solo respirar.
—Oh, mi Bombón —gemí, restregando mi rostro en su pecho.
—Duerme, mi Flor de Colores, que aquí estoy con ustedes.
.
El rostro de Esme pasaba desde la furia a la completa desesperación. Tener en frente al abogado defensor de Aro era, sin duda, un paso cerca de aquel imbécil. Carlisle estaba de brazos cruzados, esperando a lo que tuviera que decir, aguantándose el insulto, el deseo de quebrarle el cuello o quizá ir y golpearlo por ser parte de tanta maldad. Edward me tomaba la mano, no muy contento de haber insistido en venir, pero no podía quedarme ignorando todo lo que pasaba.
—¿En algún momento va a dar la cara? —preguntó mi esposo, alzando la voz.
Los tres abogados de los Cullen más Ethan, estaban hablando respecto a las medidas que iban a tomar desde ahora en adelante.
—Tranquilo, Edward —dijo el Sr. Davidson, mirando al defensor.
—Mi cliente quiere ver a Edward Cullen y a Isabella Swan —comentó el abogado, mirando a todos con suficiencia.
Edward frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tiene algo que decirles —insistió.
Carlisle y Esme fruncieron el ceño, mientras que Ethan se cruzó de brazos, mirando hacia el horizonte.
—No tienes que ir —me dijo Edward.
—Lo haré. Quiero saber qué tiene que decirme ese imbécil —espeté.
Suspiró.
—Está bien. Vamos los dos.
Yo inspiré hondo y fui con él, atravesando los pasillos de la prisión, una pequeña y que sería hogar de Aro mientras durase la investigación. Cuando enfrentamos su celda, él tenía las manos juntas mientras miraba al suelo, como si estuviera pensando mientras nos esperaba. El guardia golpeó el barrote y alzó la mirada, alertado.
—No pensé que vendrían —susurró, entrecerrando sus ojos.
—¿Qué tienes que decirnos? —inquirió Edward, acercándose con peligrosidad.
—Descuida, seré breve.
Me miró un largo momento y entonces lo hizo hacia mi vientre, lugar que Edward tapó, temeroso y muy nervioso.
—Felicidades nuevamente a los dos. —La manera en la que lo decía me tensaba.
—Di todo de una buena vez —espetó mi Bombón.
—Bien. —Apretó los barrotes, acercándose a Edward—. Felicitaciones por tener una esposa tan capaz, me ha encontrado… junto con Trace, ¿no? —Me miró y yo tragué—. Si tan solo supieran que este es solo un eslabón, nada más. Ni siquiera pienso hablar, ¿saben por qué? Porque es mayor la satisfacción de saber que pronto todo lo que los Cullen han creado se podrá acabar.
—Cállate —bramó Edward—. Cállate ya.
—Encarcélenme cuanto tiempo consideren correcto, saben que saldré pronto con una buena fianza, tarde o temprano así será. Y ustedes seguirán siendo testigos de cómo se ríen en su cara sin saber quién es el principal responsable. —Se rio.
—¿Por qué haces esto? —pregunté, enfrentándolo con rabia—. Dime, ¿por qué lo haces?
Levantó una ceja.
—Porque con los Vulturi no se juega, Isabella Swan, y Edward se entrometió con mi sobrina…
—¡Ella le hizo cuanto daño pudo! ¡¿Cómo osas a decir algo así?! —espeté, queriendo meterme en la celda y arañarlo.
—Bella, cariño, déjalo ya —me susurró él, sacándome de ahí.
—Púdrete, Aro Vulturi, tú y todos los que te rodean. Gracias a Dios, Jane no quiere saber nada de ti —finalicé, evitando su mirada amedrentada por mis palabras. Claro que le dolía lo de Jane, pero ni eso le hacía evitar sus comportamientos.
Una vez afuera, decidí respirar mientras Edward me tomaba la mano con fuerza. Tanta oscuridad no podía contagiarme.
—Vamos un momento afuera. ¿Quieres que te traiga algo? —inquirió, acariciando mi mejilla.
Asentí.
—¿Chocolate?
Sonreí.
—Gracias, cariño.
Cuando se fue, me puse a acariciar mi barriga para indicarle a mi hija que todo estaba bien a pesar de todo. Ella sentía y no quería que se viera afectada con la maldad del mundo.
—Te prometí que te haría feliz y así será, pequeña Camarona —susurré—. Conmigo y papá no sucederá nada, vamos a estar siempre para ti.
Mientras pensaba en todo, sentí que alguien me miraba desde la entrada de la prisión. Sentí el peso de esos ojos al instante.
Era Renata Vulturi.
Estaba tan cambiada. Había perdido peso y en su cabeza llevaba un cabello
negro muy diferente al que había visto antes. Es peluca, pensé, imaginando
que ya había perdido el suyo por la quimioterapia.
—¿Qué haces tú aquí? —espetó.
Era evidente que no esperaba verme.
—No tengo que darte explicaciones de por qué estoy acompañando a mi esposo y a su familia por la cagada que tu tío provocó —respondí sin titubeos.
Pestañeó incómoda.
—¿Dónde está él? —inquirió.
—No quiero hablar contigo, déjame en paz, no es buen momento ni nunca lo será.
—Tú no vas a decirme cuándo es un buen momento, niñata —exclamó—. Quiero verlo.
Suspiré.
—Vete. Déjanos en paz, te lo suplico.
Intentaba ser lo más humana posible, pero me estaba costando.
—Debes estar muy contenta con él, no debe ser común que una mujer tan poca cosa sea consentida por un hombre como Edward —dijo, mirándome por sobre el hombro.
—En realidad, estoy feliz —le respondí con sinceridad, ignorando su trato despectivo—, no por lo que hace por mí, sino por él. En definitiva, no es frecuente encontrar hombres como Edward, tú lo sabes bien, por eso te come la cabeza.
Sus ojos azules me traspasaron de odio, pero no flaqueé.
—Te sientes muy bien ahora que lo tienes para ti. ¿Crees que eso es suficiente?
—No, por supuesto que no es suficiente, todas las personas necesitan más que eso, como el respeto y la fidelidad. Nos queremos, ¿qué esperas? ¿Hacerlo cambiar de opinión? Renata, piensa en tu realidad, ¿quieres pasar tu valioso tiempo intentando algo que terminó hace tantos años?
Se pasó la lengua por los dientes con la barbilla en lo alto, siempre orgullosa hasta la última célula.
—Qué segura estás, tan diferente al pajarillo asustado que me miraba mientras vendía sus porquerías en el parque. De haber sabido que todo lo que salía de mi boca tenía más que un simple efecto en ti, habría dicho más con tal de que te sintieras aún más poca cosa, así como lo que eres en realidad, porque esa vez produje un efecto, ¿no? —Se rio—. Me creíste todo mientras Edward te amaba como un idiota. —Hizo un puchero, mofándose de mí y enseguida sonrió—. Habría dado mi vida por verte sufrir en ese instante, todo lo que queda de ella.
—Renata, por favor, vete, no sigas con esto porque nada va a cambiar, ni siquiera lo que yo piense…
—¡Cállate! —me gritó—. ¡No sabes cuánto te odio Isabella Swan! ¿Quién demonios te crees para imaginar que tu miserable existencia va a compararse con lo que Edward y yo vivimos? Fui su esposa y tú una simple segundona estúpida, una de las tantas que de seguro ha tenido desde que yo lo dejé —exclamó, encolerizada. El énfasis en ese "yo lo dejé" me resultaba flamantemente desagradable—. ¿Crees que esto servirá de algo? Qué romántica, Isabella, tan joven y tan crédula.
Dio un paso más adelanto y su sola cercanía hizo que temiera, no por mí, sino por mi hija.
—Renata, por favor, vete —le pedí, mirando con tristeza todas sus desesperadas acciones.
Dios, estaba enferma, apenas era consciente de lo que estaba sucediendo.
—Y te atreves a mirarme con lástima —sollozó—. Claro, soy yo la enferma, ¿no? ¡Lo disfrutas! ¡No quieres demostrarlo, pero disfrutas que yo esté enferma!
Negué.
—Eso nunca, Renata, no soy esa clase de persona —le expliqué con tristeza.
Mi respuesta no era la que esperaba y de inmediato vi sus venas hincharse, así como el palpable dejo de maldad en su mirada.
—Esta maldita enfermedad deberías tenerla tú —profirió con los dientes apretados—, tú deberías estar sufriendo, viviendo en carne propia todo lo que he estado pasando. —Sonrió con el llanto en la garganta, caminando hacia mí—. ¿Por qué no fuiste tú la que tuviera esto? ¿Por qué simplemente no enfermas y ya?
Caminaba hacia mí, mirándome con el fuego del odio.
—No sabes cuánto deseo que enfermes, que te desangres o simplemente mueras —dijo entre dientes—. Fantaseo con la idea de que tu lindo amor no llegue a nada, que dejes de existir, sola y sin nadie, sin cumplir tus propósitos, habiendo perdido todo. ¿¡Por qué no fuiste tú a la que le encontraran esta enfermedad!? Habría dado todo por verte llorar, suplicando un poco de vida.
Contempló mi vientre, como si quisiera clavar sus dedos y quitarme a mi hija. Aquello me descontroló tanto que quise gritar.
—Sal de aquí —espeté—, sal, por favor.
—Espero que dejes de existir, Isabella Swan, que no puedas ser feliz nunca. ¿Querías ser feliz con Edward? —Sonrió—. Le pido a todas las fuerzas que pases lo mismo que yo, ¡que seas tú la que poco a poco se convierta en polvo! ¡Quiero que mueras, Isabella Swan, lento, de forma despiadada, tú y quienes te rodean! Que todos los que amas se conviertan en polvo tal como tú, maldita zorra sucia, que cuando te toque parir te pudras en la camilla mientras ese bastardo se muere mientras lo miras, ¡eso es lo que deseo! ¡Que lo pierdas! ¡Que lo sufras…!
Mis ojos se llenaron de lágrimas. ¿Cómo podía desearle eso a alguien? ¿Cómo después de todo podía albergar sentimientos tan oscuros como esos? ¿Y tocar a mi familia? Se había atrevido a deseárselo incluso a quienes yo más amaba y eso para mí era imperdonable.
—Renata —dijo Edward, que había llegado sin que nos diéramos cuenta.
Lo busqué. Estaba parado bajo el arco de la prisión, mirando con los ojos nublados de rabia. Cuando ellos dieron conmigo fue inevitable que sintiera un nudo muy grande en mi estómago.
—¿Así que eso es lo que quieres? —inquirió, caminando hacia nosotras—. ¿Ese es tu mayor deseo?
Renata no era capaz de decírselo en la cara, su barbilla tiritaba.
—Dímelo a la cara, ¡ahora!
Yo miré a otro lado, incómoda y muy triste.
—Quiero que viva lo mismo que yo, que todo lo que tienen se vaya al carajo, quiero que ambos sufran, que no vean nacer a ese hijo, sólo eso y podré morir en paz.
—Ni siquiera con tu estado eres capaz de evitar el veneno —murmuró y luego apretó los dientes.
Renata apretó los dientes cuando Edward se iba a acercar para tomarme la mano, y dio otro paso adelante dispuesta a hacerme daño.
—Un paso más y ya no respondo, aunque seas una mujer —espetó—. No te atrevas, no con mi esposa ni mi hija.
—Renata, vete —repetí de manera brusca.
Le toqué la espalda a Edward, esperando que me dejara un momento para hablar.
—Deja de hacerle daño, no voy a permitir que sigas buscando la forma de atormentarlo. Fueron años de tortura, de culpabilidad y de arrepentimientos, no insistas en volver el tiempo atrás porque eso no existe. ¿No lo ves? Él y yo nos queremos, ¿no es suficiente para ti? ¿No quieres verlo feliz? —le pregunté—. Al menos, si lo quieres, haz esto por Edward, no por mí. Y recuerda bien que yo también puedo defenderlo.
Renata sostuvo la barbilla mientras se tragaba el nudo y Edward, muy corto de paciencia, la tomó desde el brazo y la llevó hasta la otra esquina a la fuerza mientras ella se removía.
—Es demasiado tarde para que insistas, Renata, tardaste más de diez años. Lo único que te agradezco, Renata, es que al menos me hayas dado razones para alejarme de ti, porque gracias a eso conocí a Bella, que es a quien más amo. Te advertí que si te acercabas a ella no iba a responder, Renata, ahora atente a las consecuencias. Lárgate de aquí y no vuelvas a buscarme nunca más, porque lo que viví en el pasado es el mayor motivo por el que soy feliz ahora.
Esperó con la postura rígida a que se alejara de nosotros y a los segundos se giró a mirarme y yo de inmediato dejé caer los hombros, muy triste por lo que acababa de pasar. Sin darme tiempo de reaccionar, lo siguiente que hizo fue abrazarme de manera fuerte, casi como si tuviera miedo… o quizá realmente lo sentía. Sus brazos me apretaban de forma ansiosa y por un momento creí que temblaba de forma casi imperceptible.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Claro cariño, sólo ha sido el mal rato y…
—Si te hubiera hecho algo yo… —Tragó, tomándome la barbilla para mirarme a los ojos—. ¿Cómo fue que dijo eso? Quizá realmente quería hacerte daño.
—Edward, estoy bien —susurré, un poco congelada por el miedo que de pronto le cruzó la mirada—. Sólo me ha dejado un poco intranquila sus malos deseos y cómo habló de nuestra pequeña…
No seguí hablando, porque sus ojos se llenaron de lágrimas. Era eso lo que lo tenía tan tenso, el deseo de Renata porque mi hija y yo… dejáramos de existir.
—No dejaré que te hagan daño, Bella, no puedo soportar la idea. Cuando la
escuché y vi cómo se acercaba… —Apretó los labios—. Lo siento, hace mucho no sentía tanto miedo de imaginar.
Arqueé las cejas y le besé la barbilla.
—Pero estoy bien. —Sonreí—. Ella no iba a hacerme daño, lo dudo.
Bajó la mirada, inquieto.
—Lo siento, de verdad —Frunció el ceño—. Todo lo que ha pasado últimamente me ha golpeado de alguna forma e imaginar un escenario como el que Renata ha pregonado querer me ha paralizado de terror, supongo que las personas que no acostumbran a estar tan felices temen que eso se acabe, y si de alguna forma te vas de mi lado, lo feliz que soy en este instante se esfumará.
Puse mis manos en su cuello y lo acerqué para que apegara su rostro en mi hombro mientras daba caricias en su nuca.
—No ocurrirá nada, cariño, son sólo malos deseos, algo tétricos y tristes, pero sólo deseos. Estoy aquí. —Me reí, algo enternecida, pero a la vez conmovida por ese miedo que lo paralizaba—, ¿crees que voy a dejarte? Eso nunca.
Subió la mirada, con esos ojos verdes tan lindos y entonces sonrió, comprendiendo la realidad.
—Estoy algo sensible. —Se rio, relajándose de a poco.
Levanté las cejas, sintiendo la llegada de mi característico buen humor.
—Eso es nuevo —le dije, cruzándome de brazos—. Pero me gusta, sentir es lindo, ¿no crees? Las emociones como el miedo, la felicidad y el enojo… Eso es estar vivo.
Su sonrisa se enanchó y me tocó la nariz mientras me miraba a los ojos.
—No sabes cuánto te amo, Isabella Swan.
Escucharlo me hacía sentir mariposas en el vientre, así como la primera vez que nos bebimos un vino juntos en el crucero, siendo unos totales desconocidos y sí, desconociendo lo que se convertiría en las coincidencias más increíbles y perfectas de mi vida.
—Te amo, mi guapo Bombón Maduro —le di esporádicos besos en el rostro y él me tomó desde la cintura, disfrutando de mis acciones—. Mi hija estará bien, yo también, los tres estamos juntos, ¿no? Y nos iremos al fin.
Suspiró, más tranquilo ante aquello.
—Son mis dos flores, haría lo que fuera por ustedes.
Sonreí.
—Te amamos —susurré—, mucho.
Me volvió a besar y me abrazó, sumido en la incómoda idea de perdernos.
.
El aeropuerto estaba atestado de gente, pero poco o nada me importaba teniéndolo a mi lado. Edward sonreía muy feliz mientras me mostraba que quedaban menos de cinco minutos para ser llamados al avión.
—¿No te pondrás a estudiar para tu congreso? —pregunté, sintiendo cómo pasaba sus labios por mi hombro.
Se rio.
—¿Crees que lo necesito?
—No se comporte como un presuntuoso, Sr. Cullen.
Sonrió mientras me tomaba la barbilla y me besaba con cuidado, mirándome con deseo y lenta necesidad.
Nos llamaron para subir al avión y nos fuimos, ansiosos por conocer Sevilla. Edward se acomodó en el asiento y me dio su mano, sabiendo que me ponía nerviosa el despegue, pero yo preferí cobijarme con él, a lo que accedió con una risa dulce.
—¿Estás feliz? —me preguntó.
—Más que nadie —respondí—. ¿Y tú?
—Lo estoy desde que te conocí.
Sonreí.
Durante el viaje solo me dediqué a dormir y a sentirlo conmigo, Edward se preocupaba de que comiera y de hablarle a nuestro Camaroncito, como si ya tuvieran una conexión maravillosa. No lo dudaba, la verdad.
Cerca de las seis horas de viaje, me dediqué a escribir por primera vez una carta como forma de comunicación con alguien que jamás iba a leerla, pero era mi única forma de estar cerca y de poder echar a volar las palabras que me habría encantado decirle.
—¿Qué haces, mi amor? —me preguntó Edward, muy curioso.
—Escribiré.
—¿A quién?
—Ya lo sabrás.
Él me acarició el muslo con suavidad y se acomodó para mirarme mientras yo me concentraba en dejar escapar lo que tanto quería comunicar.
"Querida Elizabeth,
Sé que no nos conocemos en persona, pero yo te he visto en fotografías. Me habría gustado poder charlar contigo, se ve que seríamos grandes amigas. Edward siempre que puede me cuenta de ti y de tu particular manera de hacerle bromas para luego decirle que lo amabas. Él también lo hace, cada día, y tu recuerdo permanece intacto con el pasar de los años. ¿Sabes? Me encantaría poder pedirte algún consejo sobre maternidad, sé que pasaste por una y sé también que, a pesar de todo, disfrutaste de Alice como ninguna. Descuida, ella también está bien y debe aprender, tú sabes cómo es crecer con los abuelos, ser consentida por ellos y además por un tío tan increíble como Edward, la dotaron de mucho amor, pero también de la dificultad de ver lo malo de los demás y de pensar que, erróneamente, todos somos perfectos. Sé que en algún momento entenderá que Edward y yo nos amamos, pero que también él hizo lo que hizo para poder darte un mejor destino.
Lizzie… ¿Puedo llamarte así? Solo quiero agradecerte por seguir cuidando de todos nosotros, por haber amado a tu hermano, un hombre increíble, y por dotar a mi Bombón de bellos recuerdos.
Mi hija siempre sabrá de ti, te lo prometo, ella sabrá quién fue su tía Elizabeth y lo maravillosa que fue con su papá.
Posiblemente vuelva a escribirte, es mi única manera de poder estar en contacto con tu recuerdo.
Me despido con mucho cariño,
Bella"
Cuando terminé de escribir, me di cuenta que Edward dormía plácidamente. Mis caricias fueron instantáneas.
Finalmente llegamos a eso de las ocho de la mañana y el sol era espectacular. Al bajar del avión sentí el cambio de aire, así como la sensación del puerto cerca de nosotros. Había buena temperatura, lo que me imaginaba de un lugar como este, y como estábamos iniciando primavera, imaginé los colores con tanta intensidad que tiré de su mano con entusiasmo.
—Estás cada vez más insaciable —me susurró al oído.
—No por nada soy tu Insaciable, ¿no crees?
Me tomó la mano y entrelazó sus dedos con los míos mientras sonreía de manera pícara.
—¿Quieres comenzar mi aventura? Voy a enamorarte más.
Sentí mis mejillas rojas.
—Hazlo.
Su sonrisa enanchó, tornándose más sedienta y deseosa.
Nos esperaba un chofer frente a un lindo y lujoso coche descapotable, amarillo como un pato.
—¡Edward! —exclamé.
—¿Te gusta?
No tuve tiempo de responder, porque él me tomó de la cintura y me sentó con cuidado mientras yo me reía.
—Buenos días —saludó al chofer en un envidiable español.
Me puso como loca.
Se sentó a mi lado y se acomodó con su brazo sobre mis hombros.
—Nos vamos a casa —susurró, rozando su nariz con mi mejilla—. Espero que te guste.
Enarqué una ceja.
—Me gustará mientras tú estés ahí.
El recorrido por Sevilla fue maravilloso, todos los lugares eran pintorescos y tenían una arquitectura única que me hacía abrir la boca de par en par.
—Ahora que estás aquí puedo disfrutarlo todo.
Lo miré.
—Estar solo y extrañándote ha sido lo peor de mi vida luego de lo que sucedió con Elizabeth.
—Pero ya estamos juntos.
Asintió y me besó.
Llegamos a la que era la casa en la que nos quedaríamos por tres meses y yo me salí del coche sin poder creerlo.
—Edward, por Dios.
—¿Te gusta?
Me quedé mirando la decoración mediterránea con el corazón latiéndome fuertemente.
—Me encanta. Es como…
—Apasionada, ¿no? Donde podremos jugar cuanto quieras —susurró.
Mis mejillas enrojecieron otra vez y yo lo miré con el deseo en los poros.
—Estoy tan feliz.
Se rio.
—Ve adentro, yo llevaré las maletas y luego, si quieres, podemos ir a dar un paseo matutino, ¿qué me dices?
—Todo lo que quieras, Bombón.
Dentro estaba todo tan fresco, había flores, ¡muchas!, y la decoración seguía siendo magnífica. En el vestíbulo topé con una mujer, quien me dio la bienvenida en español, idioma que jamás entendí porque siempre fui una vaga cuando se trataba de aprenderlo en la escuela.
—Sonia, hola —saludó Edward—. Te presento a mi esposa, Isabella Swan.
La mujer dijo algo y me sonrió.
—¿Quieres desayunar aquí?
Negué.
—Vamos a conocer.
Sonrió.
—Eso haremos. ¿No te sientes cansada?
Negué.
—Tengo ganas de comer paella, ¿al fin me darás en el gusto?
Se rio.
—Todos los gustos que quiera, mi pequeña florecilla.
.
Luego de comer, ¡al fin!, me sentí tan en paz que solo quería dar un paseo con él.
Sevilla era un lugar maravilloso y cada espacio tenía tanto arte que yo no dejaba de mirar para ningún lado. Edward me llevó a conocer un barrio muy famoso de la ciudad, no pensé que fuera tan increíble hasta que me toqué con las pequeñas callecitas y la forma de las casas, así como los bellos jardines entre las veredas de piedra. Yo toqué algunas paredes, inmiscuyéndome en las callejuelas mientras él me miraba brincar, feliz como lombriz en los entramados históricos de esta ciudad española. En una oportunidad me puse a reír al ver a los pajarillos rodeándome la cabeza junto con el olor inconfundible de varias rosas cercanas. Me acerqué a un farol y le di una vuelta, sintiendo la brisa y sus ojos contemplando cada acción hecha por mí. Edward tenía los brazos cruzados mientras se aguantaba una sonrisa, negando como si yo no tuviera remedio.
—¡Mira que sol, tan amarillo esplendoroso! —exclamé—. ¡Mira esas flores! ¡Mira todo lo bonito que hay aquí!
—Con todo eso solo puedo mirarte a ti —afirmó, caminando hacia mí.
Me abrazó y yo me reí, subiendo mis manos por su cuello.
—Estoy tan enamorado de ti, mi Flor de Colores.
Me besó la frente con suavidad.
—Tanto, tanto, tanto —siguió diciendo.
Yo suspiré, cerrando mis ojos.
—Que tu alegría nunca se apague, mi amor, que es mi alimento para vivir.
Dios, mi hombre y sus palabras.
—Pues vamos a jugar allá —le susurré, apuntándole a un túnel hecho de enredaderas y flores más pequeñas—. Si juegas conmigo seré más feliz.
—¿Y cómo me harás perseguirte? Soy un hombre maduro, grande y serio —jugueteó, masajeando mis nalgas.
—Uy, qué hombre tan serio —lo molesté—, pues si me atrapas te daré otro beso, sino… pues te aguantas sin uno.
Puso mala cara y se cruzó de brazos.
—¿Sin mi beso? Eso sí que no.
Le mostré la lengua y troté por el túnel, metiéndome en más callejones. Edward comenzó a perseguirme y yo me puse a reír de manera nerviosa, mirando de forma esporádica y encontrándomelo detrás. Cuando el laberinto entre los callejones sucumbió en una plazoleta inmensa de mármol, en medio de las casas, Edward me atrapó desde las caderas y me dio la vuelta, besándome de forma apasionada mientras me apegaba más a él. Yo acabé de puntillas, abrazándolo con fuerza desde el cuello y luego tirando de su cabello ante mi mayor necesidad. De pronto, sentí un burbujeo en mi vientre que me hizo fruncir el ceño y alejarme un poco, inquieta ante cómo un pescado saltaba en mi interior.
Estaba moviéndose… Nuestro Camaroncito estaba moviéndose.
—¿Qué ocurre? —me preguntó preocupado al verme tocarme justo ahí.
Le tomé la mano rápidamente para que sintiera y sus ojos se fueron abriendo con más rapidez.
—¿Está…?
Asentí con los ojos llorosos.
—Elizabeth se está moviendo —respondí.
Edward tragó, con los ojos brillantes y a punto de desencadenar en el llanto.
—¿Cómo le llamaste?
Yo ni siquiera lo pensé mucho, fue como si mi cerebro hubiera lanzado la palabra sin consulta previa.
—Elizabeth —murmuré, aún sintiendo cómo volvía a moverse dentro de mí.
Su barbilla tembló y sus cejas se arquearon. Edward no tardó en dejar escapar las lágrimas.
—Quiero que se llame Elizabeth —añadí, tocándole las mejillas.
Edward asintió rápidamente mientras sollozaba, agachándose frente a mi vientre para besarlo.
—Elizabeth —susurró, cerrando los ojos mientras nos abrazaba—. Mi pequeña Elizabeth.
Claro, ese sería su nombre… Sería nuestra pequeña Elizabeth Cullen.
—Está vuelta una loca —le dije mientras le tocaba el cabello—, no deja de moverse, como si te estuviera sintiendo, como si… supiera que su papá la está tocando.
Pero mi Bombón pronto cerró los ojos, aún manteniendo las lágrimas a flor de piel. Verlo era doloroso, pero con tantos significados contrariados que yo solo pude seguir acariciando su cabello con suavidad.
—Gracias, mi amor.
—¿Por qué?
Se reincorporó para besarme los labios.
—Por pensar en Elizabeth. No puedo creer que quieras llamarle así, es… —Sus ojos titilaban—. Me encanta. Nuestra pequeña Lizzie.
Sonreí y junté mi frente con su boca.
—Nuestra pequeña Lizzie —repetí.
—Ahora solo queda un segundo nombre. ¿Puedo regalarte una idea? —susurró en mi oído—. Quiero pensarlo y soñar con una flor, algo que me recuerde también a ti, mi pequeña Flor de Colores.
Dejé que me abrazara, cerrando mis ojos de intenso amor.
—Todo lo que tú quieras, Bombón, todo lo que tú quieras.
Tomó mi mano y me llevó hacia adelante, instándome a caminar por las hermosas calles de Sevilla.
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Cuando terminé de comer el cuenco de frutas, me recosté en el diván mientras acomodaba mi sombrero. El sol de España era intenso, pero muy delicioso. Y casi cuando estaba a punto de relajarme, Elizabeth volvió a moverse, esta vez con más fuerza, como un verdadero camarón en el agua.
—¿Está jugando ya? —me preguntó Edward, quien venía caminando derecho hacia mí.
Yo suspiré mientras me mordía el labio, contemplando a mi galán con sus gafas puestas. Era tan apuesto.
—Creo que lo hace cada vez que termino de comer fruta, al parecer le gusta —dije, tocándome la zona baja.
Mi barriga seguía siendo pequeña, pero me tranquilizaba porque mi médico afirmó que no sería tan grande. Posiblemente, Elizabeth iba a ser tan pequeña como yo.
—O bien, sabe perfectamente que papá llegaría, ¿no es así? —Se acercó a mi vientre y me lo acarició con cuidado, para luego besarlo hasta subir a mis labios.
Yo medio jadeé, algo inquieta ante cómo sentía inmensas ganas de que me hiciera el amor. Cada semana se hacía más intenso.
—Hey, ¿qué ocurre mi Insaciable? —preguntó, besándome el cuello y luego los hombros.
—Quiero coger —me lamenté.
—¿Y esa boca? —Se rio, mordiéndome con suavidad.
—Ya sabes de lo que es capaz —le susurré.
—Estás peor que antes, ¿qué ocurre? —Él sabía que estaba buscándome, lo veía en sus ojos.
—Creo que el embarazo me pone más sedienta.
—Ya lo creo. Y a mí de alguna forma me has estado poniendo como un loco —murmuró, dándome un suave mordisco en la barbilla.
Sentí la electricidad en cada parte de mi cuerpo.
—¿No te parezco menos deseable ahora? —inquirí, mordiéndome el labio—. ¿O cuando esté un poquito más llenita?
Él se rio mientras me acariciaba la mejilla de aquella manera que elevaba mi temperatura.
—Vuelve a decir eso y juro por Dios que te comeré a besos de tal manera que olvidarás cualquier pensamiento tan irracional como ese. Me sigues y me seguirás pareciendo la mujer más hermosa que haya conocido nunca, y seguirás resultándome la misma que me pone duro de tan solo imaginarla para mí —ronroneó, bajando por mis senos.
Yo cerré mis ojos, dispuesta a dejarme llevar, pero su móvil sonó en medio de nuestros roces.
—Maldita sea —gruñó—. No contestaría si no se pudiera tratar de algo netamente importante. —Se quitó el móvil del bolsillo trasero y cuando escuchó de quién se trataba, se separó un poco mientras emitía ligeros "ajá". —Bien, estaré ahí en menos de media hora. —Suspiró y se guardó el móvil—. Gajes de oficio. Un colega quiere que conozca una máquina.
Yo bajé los hombros, un poquito desilusionada. Ahora que estaba embarazada, mis ansias por tenerlo conmigo eran demasiadas. Separarme de él era algo difícil, como si las mismas hormonas me insistieran en permanecer junto a mi hombre todo el tiempo.
—¿Crees que voy a dejarte aquí? Por ningún motivo, quiero presumir de mi hermosa esposa cuanto pueda —dijo, jugando con el collar que él me regaló para navidad. Jamás me lo quitaba—. ¿Qué dices?
Sonreí.
—Siempre contigo, Bombón.
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Edward condujo al chofer por las calles de Sevilla, saliendo directo a la zona del río.
—¿Ya requieren de sus inmensos conocimientos, Sr. Cullen? —le pregunté, apoyándome en su hombro.
Me dio un beso apasionado y se rio.
—Siempre los requieren, ¿no decía esa revista que era el más importante del rubro actualmente?
Sonreí de oreja a oreja.
—Así me gusta escucharte —susurré.
Cuando el chofer aparcó frente al inmenso lugar que tenía adelante, se me cayó un poco la mandíbula al ver qué lugar tan lindo era. Me gustaba cuan imponente se veía el agua, con un horizonte acarreando un sol tan singular como iluminado.
—Está todo muy bonito —le comenté.
Edward me tomó la mano y nos dirigimos hacia adelante para continuar nuestro camino.
—¿Sabes algo? Me imagino lo feliz que estaría Elizabeth de mirar el agua —confesó—. ¿Qué dices si lo cumplimos?
Lo miré con el corazón lleno.
—No tengas dudas en que lo haremos.
Las familias rondaban el lugar, pero había mayormente parejas disfrutando del gran río que había a nuestro lado. Yo miraba a Edward, sin comprender qué hacíamos aquí, pero su sonrisa suficiente me decía que, de alguna u otra forma, algo se tenía guardado.
—Te tengo una sorpresa —me dijo al oído.
Levanté mis cejas.
—¿Qué?
—Este es el río Guadalquivir, lo encuentro maravilloso, es perfecto para caminar junto a ti. Desde que vine la última vez, solía mirarlo e imaginar que estabas conmigo. A ratos me perdía en la visión de tenerte con el atardecer de frente… —Suspiró—. Ahora parece un sueño hecho realidad.
Vi hacia el horizonte, donde se veían algunas embarcaciones.
—Y por eso he decidido culminar mi gran sorpresa para ti —susurró, apretándome la mano con más fuerza—. Ven conmigo.
Me dirigió hacia la zona del muelle, donde había varias embarcaciones estacionadas. Edward me tapó los ojos con sus manos mientras me reía.
—Quiero que te prepares a la cuenta de tres, ¿bien?
Asentí.
—Uno.
Sentí que el viento nos azotaba a ambos y que nos subíamos a algún lugar que no reconocía.
—Dos.
Algo le susurró a alguien.
—Tres.
Me quitó las manos de los ojos y por delante vi un yate inmenso. A su lado estaba el cuidador y un conductor, quienes me saludaron bajando lentamente la cabeza. Yo no entendía qué sucedía hasta que, viendo la popa, comprendí a qué se refería con su sorpresa. El yate tenía un nombre y ese era…
—Flor de Colores —murmuré, acercándome a la inmensa máquina para poder tocar toda la extensión de aquella leyenda.
Sentí un nudo en la garganta debido a la emoción. Luego me di la vuelta, mirándolo a los ojos. Él pestañeaba, esperando a mi reacción, pero yo solo pude hacer temblar mi labio inferior.
—¿Esto lo hiciste…?
—Lo mandé a reconstruir para ti, porque pensaba en ti y porque moría por ti, tanto como ahora —susurró.
—Se llama como a ti te gusta nombrarme —seguí diciendo, como si no pudiera creerlo. Y es que en realidad me costaba acostumbrarme a lo que mi Bombón siempre hacía por mí.
Asintió mientras tomaba mi mano y me la besaba.
—Sí, se llama como tú, porque es mi regalo para ti. Te dije una vez que iba a hacer que te enamoraras de mí nuevamente, y sé que lo material no lo es todo, pero en esta ocasión quiero demostrarte que, desde lo que yo puedo hacer, tú siempre estarás presente. Ideé los planos, volví a ambientar su interior y lo pensé todo para ti… y para Lizzie. Que tu Bombón sea un ingeniero náutico tiene sus ventajas, ¿no crees?
Me tapé los labios, mirándolo nuevamente. Era un inmenso yate y, además, estaba rodeado de flores, incluso en el nombre tenía pintadas unas amarillas. Fue inevitable que me pusiera a llorar, ¡el embarazo me tenía con las emociones muy alocadas! Lo abracé fuerte, era tan inmenso que ni yo me lo creía.
—Edward, es demasiado —insistí, agarrada de su cuello mientras lo miraba.
Me dio un beso en la mejilla y luego en los labios.
—Nunca es demasiado cuando se trata de seguir enamorándote todos los días.
—Quieres matarme —gemí, limpiándome las lágrimas.
Se rio.
El encargado del yate le preguntó algo en español, a lo que él le respondió con fluidez.
—Vamos a conocerlo —me susurró al oído—. ¿Quieres? Es tuyo, tú decides.
Dejé ir el aire y me mordí el labio. ¿Mío? ¿Cómo me acostumbraba a tener tanto tan de pronto?
—Sí, quiero.
Edward dio la orden y nos permitieron el acceso, lugar al que subí con el temblor en mis rodillas. Toqué las cuerdas, luego el material de la cubierta, sintiendo la emoción de lo que significaban los gestos de mi Bombón, desde los más pequeños a los más grandes. Él puso su rostro en la curva de mi cuello y clavícula, oliéndome y luego besándome de manera apasionada. Yo cerré mis ojos y me dejé cobijar por su mano en mi vientre, lugar en el que se encontraba el fruto de lo que él y yo teníamos.
—Te amo, Isabella Marie Swan —dijo—, te amo profundamente.
Otra vez sentía que temblaba, como si fuera la primera vez que lo escuchaba decirme algo así.
Luego me tomó la mano y me dio un giro, como si me invitara a bailar. Sonreí, sintiendo cómo nos arrastrábamos hacia la zona principal de la cubierta.
—¿Miras hacia allá? —me preguntó, apuntando hacia las cabinas—. Está todo lo necesario para que pasemos juntos el tiempo que quieras, cuando quieras, primero los dos y luego con Elizabeth. Mandé a realizar su habitación para que nos acompañe cuando llegue con nosotros.
Arqueé las cejas y lo miré a los ojos, mientras sentía cómo ella se movía, como un camaroncito en el agua.
—¿Y ves esa zona de allá? —Era el más amplio, desde donde podía sentirse mejor el viento y así ver el atardecer con total majestuosidad—. Quiero que hagamos algo ahí.
Me hizo poner un pie cerca de la barandilla, lugar en el que me sujetó desde atrás, aún con sus labios en mi cuello.
—¿Ves eso de allá, al fondo? —Asentí—. Es el Puente Triana.
Oh Dios, era romántico… demasiado.
—Quiero poner flores ahí mientras pasamos juntos en el yate —siguió diciendo—, mientras nos casamos tú y yo bajo el inmenso sol de Sevilla.
Me giré con los ojos muy abiertos.
—Edward.
—Sé que para nosotros ya lo estamos desde que dimos ese paso de manera simbólica en la isla, pero quiero que lo nuestro se legalice y que con ello lo hagamos en compañía de quienes más queremos. Quiero repetirlo, con Lizzie jugando en tu vientre, con nuestra familia, con nuestros amigos… aquí, en este yate que demuestra, muy pobremente, la inmensidad de todo el amor que siento por ti. Dime que sí, mi amor.
Me tomó la mano, donde descansaba mi anillo de compromiso, aquel que significaba tanto para él y para mí. Yo pestañeé, botando el aire ante la inmensidad de mis sentimientos.
—Claro que sí —dije—, ¡claro que sí!
Él me abrazó, sosteniéndome mientras me levantaba por los aires. Yo me puse a carcajear y luego dimos una vuelta mientras nos besábamos.
—Estoy tan feliz de estar contigo aquí, tan feliz que no tienes idea —afirmó, sujetándome de la cintura.
—Y yo contigo. Y nuevamente estaremos compartiendo el amor que tenemos sobre el agua.
Sus ojos se pusieron brillantes y en un segundo tomó mi mano.
—¿Quieres conocer adentro mientras damos un paseo? Tú eres la dueña de este lugar, mi hermosa Insaciable.
—Pues claro que sí, nos vamos a dar un paseo.
—¿Quieres quedarte esta noche?
Levanté las cejas.
—¿Quedarnos?
¿Es que acaso todo lo que significaba felicidad venía de parte de él? Por supuesto que sí.
—Tú me dices y lo hacemos.
—¡S-sí! —exclamé—. ¡Quedémonos!
Sonrió.
—Iré a decirles que nos vamos. No tardaré.
Suspiré y me quedé mirando el agua bajo la embarcación, mientras acariciaba mi barriga. Volvía a sentir burbujas, y de alguna manera, aquello me hacía conectar mucho más con mi lado de mamá.
—Tendrás tu propia habitación aquí, mi amor, ¿no es perfecto? —le pregunté, haciendo un caminito en mi pequeña barriga.
Ya me imaginaba a Elizabeth jugueteando por ahí.
—Hey, hermosa, ¿te animas? —me preguntó, abriendo la puerta principal.
Me reí.
—¡Ahí voy!
.
Había sido una tarde fabulosa, tanto que temía despertar. Pero no, era mi realidad.
Caminé por la que sería la habitación de Elizabeth para cuando diéramos algún paseo, y la imagen en mi cabeza no dejó de hacerme sonreír. Era perfecto.
Sentí sus manos rozándome y yo me reí.
—¿Quieres ir a darte un chapuzón? Estamos en medio del río, nadie va a molestarnos.
Me mordí el labio inferior y me moví un poco para mirarlo.
—Llévame.
.
Edward me besaba el hombro. De lejos sentía el sonido de la música y el movimiento de la luz dada sólo por las velas. Adentro estaba templado, con el agua caliente y burbujeante.
—Siempre me dejas deseando poder leerte la mente —masculló, jugueteando con mi piel.
Me giré, recargada en la orilla de la inmensa bañera sumergida en el suelo de madera, y lo quedé mirando, haciéndome la interesante. Edward me imitó, sacándome una risotada nada elegante.
—Te prometo que quieres mantener el misterio, hay cosas en mi cabeza que no querrías saber.
Enarcó una ceja y me atrapó la cintura con sus brazos, lo que me sacó un pequeño grito de sorpresa mezclada de otra risotada.
—Me imagino que lo que mantienes ahí es propiedad privada.
—Totalmente privada —le dije, mirándole los labios.
Hice una pausa.
—En realidad, estaba pensando en nosotros —murmuré.
Estiró sus labios y yo me perdí en ese gesto por unos segundos.
—En que a pesar de todos seguimos optimistas, seguimos felices. —Miré su pecho mojado y lo toqué de forma suave, grabándome la forma de su cuerpo que ya era parte de mi memoria.
—Esa eres tú, que me has contagiado de eso desde que te conozco, ambos sabemos que tengo una naturaleza bastante pesimista… al menos antes que tú aparecieras.
—Primero los colores, ahora esto que tú me dices… ¿qué más queda de mi efecto? —le dije divertida mientras me acomodaba junto a su cuerpo desnudo, que me tenía bien sujeta, asegurándose de tocar sin miedo de mi piel.
—Ya no lo sé, pero queda tanto por descubrir.
Me volvió a besar el hombro con lentitud, poseído por ese espíritu hambriento que tanto me gustaba.
—Tú también tienes un efecto, Edward —susurré.
—Dime qué.
Subió y juntó su frente con la mía, esperando a que hablara.
—Independencia.
Enanchó su sonrisa.
—Estoy aprendiendo a ser feliz y a actuar por mí misma sin la influencia del resto. Tú me permites existir sin miedo a nada, me has guiado todo este tiempo y sí, soy un poco inmadura aún —me reí, sacándole un brillo especial a sus ojos, que me miraban muy atentos—, y tú un gruñón cuando quieres.
Entrecerró esas cuencas verdes y me hizo cosquillas bajo el agua. Nos pusimos a reír y en cuanto nos dimos cuenta de cómo éramos felices frente a las adversidades, supe nuevamente que era el hombre correcto.
—Pero me amas —finalicé.
Suspiró.
—Claro, te amo —me dijo acariciándome la mejilla—, y tú también a mí.
Asentí.
—Te amo —repetí, sosteniéndolo con fuerza. No me cansaba de decírselo.
Nos besamos encendidos en las llamas y él comenzó a juguetear conmigo, sacándome grititos de diversión mezclados con la excitación que iba creciendo en mi vientre.
—Me encanta que te pongas así —jadeé—. Hoy has despertado más alegre que nunca.
Se mordió el labio inferior, porque ambos sabíamos la razón.
—Imposible no estarlo si me has despertado con eso que sabes hacer tan bien con la boca —musitó en mi oído, generándome una corriente eléctrica desde la cabeza hasta los pies.
Iba a tomar la iniciativa, pero el conductor del yate hizo una llamada.
—Qué extraño, ¿qué querrá? —le pregunté. Ya debía pasar de las once de la noche.
—Iré a ver, de seguro se irá a dormir.
Edward salió del agua, mostrándome su anatomía sin vergüenza alguna y se calzó una de las batas que colgaban del perchero. Yo lo seguí y me puse la mía.
—Iré adentro, te esperaré allá —le dije.
Asintió y nos separamos.
Me fui a la sala, donde estaba más fresco. En el sofá estaba mi teléfono con la pantalla encendida, mostrándome unas cuantas llamadas que Trace me había hecho durante las últimas horas. No las había visto. La última notificación era un mensaje suyo, pidiéndome que diera señales de vida y noticias respecto a lo que había pasado la última vez.
—Efectivamente quería decirme que estaba por irse a dormir. Puso el piloto automático —me dijo, sacándome un pequeño respingo—. Lo siento, ¿te asusté?
—Descuida —susurré.
—Te ha puesto nerviosa que llamaran a esta hora, ¿no?
Dejé caer los hombros.
—Un poco. Pero no quiero que nos preocupemos de eso, a veces me pongo un poco nerviosa al recordar, eso es todo.
Sonrió, comprendiéndome.
—No ha pasado nada. Te dejaré aquí unos segundos.
—No, ¿te vas? —Hice un puchero.
—Volveré en menos de veinte minutos, quiero asegurarme de que todo está en orden. No tardaré. —Me acunó las mejillas con las palmas de sus manos y me besó la frente—. Iré a ponerme algo.
Asentí.
Cuando Edward se marchó miré mi celular y decidí llamar a Trace aprovechando mi soledad. Él contestó casi enseguida, como si esperara mi llamada.
—Hasta que te dignas a contestarme —dijo sin perder su humor.
—Lo siento.
—Sí, lo sé, debes estar disfrutando tu luna de miel número mil.
—Qué envidioso eres, Trace —bromeé—. En realidad, es la luna de miel anticipada.
—¿Por qué? ¿Se van a casar de nuevo…? Espera. ¡Se casarán de nuevo!
—¡Sí! Esta vez lo haremos de forma legal.
—Dios, no puedo creerlo. Supongo que estoy invitado, me vendría bien un poco de sol español, olé.
Me reí.
—Tú y toda la gente que quiero. Tenlo por seguro.
Luego de charlar un buen rato, Trace y yo nos despedimos, prometiéndonos estar comunicándonos durante los siguientes días. Me acerqué a la pared de espejos y marco de mosaicos de colores, me miré a mí misma, grabándome el brillo de los ojos, las mejillas enrojecidas y la piel aún húmeda. Fue en ese momento cuando sentí la llegada de Edward. Vi a mi cobrizo aparecerse, vestido sólo con ropa deportiva… y a juzgar por la zona inferior, supuse que no traía ropa interior.
Me aguanté la risita.
—No te has movido —me dijo.
Bajó las escaleras mientras tomaba el control de las luces y las bajaba hasta hacerlas muy tenues.
—Estaba pensando y de pronto llegaste —susurré—. ¿A oscuras? ¿Qué pretende Sr. Misterioso?
—Sólo generar ambiente. —Sonrió—. ¿Qué pensabas?
Me crucé de brazos hasta que la distancia se hizo nula entre nosotros.
—En nada especial —murmuré—. Lástima que no puedas leerme el pensamiento.
—Pero sí puedo leerte a ti.
El ronroneo en su voz resultaba tan delicioso. Era imposible que pudiera resistirme.
Entrecerré los ojos.
—Te ves algo irritado.
—Me interrumpieron.
—¿De qué? —me hice la tonta.
—De hacer esto.
Jadeé al sentir sus manos recorriendo mi espalda y luego bajando hasta mi trasero, donde apretó fuertemente mis nalgas. Me eché a reír y tomé la iniciativa, pero él me frenó dándome la vuelta para que yo mirara hacia el espejo. Edward aún seguía detrás, con sus ojos oscurecidos y concentrados en mí.
—Déjamelo a mí —susurró en mi oído mientras nos mirábamos a través del espejo.
Por el reflejo vi cada una de sus acciones. Sus manos de dedos largos se acercaron a la tira de mi bata y deshizo el nudo en un segundo, abriéndola para disfrutar del canal de mis senos, parte de mi vientre y el monte de mi intimidad. Sus acciones estaban marcadas por el deseo, que iba creciendo por la forma de su mirada, marcada por el mismo demonio que se escondía en su interior hasta que finalmente acabé ruborizándome sin remedio. Sentía cómo con sólo mirarme su deseo imperante por hacerme el amor. Esas mismas manos curiosas se apoderaron de mis senos, apretándolos con suavidad. Yo cerré los ojos y él buscó mis labios, girándome el rostro desde el mentón para besarme de forma bestial. Me sacó un gemido de sorpresa frente a los mordiscos llenos de necesidad y luego un jadeo agudo cuando sus mismos dedos pellizcaron mis pezones, tirando levemente de ellos.
—Qué bello sonido —volvió a ronronear contra mis labios.
Sonreí, perdida en el placer de sus caricias, aún con los ojos cerrados.
—Puedes hacer que lo haga más fuerte —murmuré.
—¿Te cabe alguna duda? —me dijo juguetón.
Abrí los ojos y me vi a través del espejo, rubicunda y con los ojos brillantes.
Edward me besó la sien y fue bajando hasta mi cuello a la par de una de sus manos, que trazaba caminos curiosos hacia mi vientre y luego a mi intimidad.
—Claro que no —respondí en un hilo de voz.
Apoyó su mentón en mi hombro y quedó pendiente de mis expresiones mientras comenzaba a jugar con mi monte, haciendo suaves caricias. Entonces, como si no fuera suficiente con lo que estaba provocando, hundió los dedos entre mis labios y jugueteó alrededor de aquel punto clave de placer.
—Me harás llegar rápido… no sigas —supliqué, con las piernas tiritándome.
Sentía el palpitar de todo mi sexo, acumulado de sangre por las sensaciones a punto del límite. Pero él insistió, con su mano en mi cuello mientras seguía trazando caminos en toda mi intimidad. Yo apegué mi nuca a su pecho y arrugué los párpados, sintiendo el fuego creciente. Entonces quitó la mano, sacándome un gruñido de desesperación y cuando abrí los ojos lo vi sonriendo, disfrutando de alargar el placer a su antojo.
—Sé que te gusta, no me mires así.
Entrecerré los ojos, porque era cierto, pero no quería asumirlo.
Me terminó por quitar la bata, botándola al suelo para desnudarme por completo. Se llevó los dedos a su boca, probando mi sabor mientras me miraba a los ojos. Eso encendió aún más cada espacio de mi cuerpo.
—Siempre sabes tan bien —ronroneó.
Iba a darme la vuelta, pero él me sostuvo en mi posición con las manos puestas en mis antebrazos. Por el reflejo lo vi agacharse frente a mí y en menos de dos segundos se quedó contemplando mis nalgas, las que no tardó en morder y lamer. Entonces se abrió paso hasta mi sexo nuevamente y su lengua chocó con mis paredes y mi clítoris.
Gemí.
—Edward —supliqué, sujetándome de mi reflejo, cada vez más rubicundo e inundado de placer.
—Estás muy húmeda —me hizo saber.
—Porque me estás volviendo loca.
Lo sentí reír y yo aproveché de soltarme de su agarre para girarme y enfrentar al tramposo y comerme su boca. Nuestro beso estaba mezclado de jadeo, gruñidos y mi sabor. Yo no perdí el tiempo y busqué su erección, que estaba por romper su pantalón. Me separé y lo miré, asombrada como siempre de aquella dureza clamando explotar. Edward me tomó la muñeca y me acercó con mayor ímpetu a su miembro para que lo tomara con fuerza.
—Mira lo que provocas.
Sonreí y le bajé los pantalones mientras me arrodillaba frente a él. Mi bombón maduro se quitó de manera muy rápida la sudadera, mostrándome su anatomía.
—No te atrevas a…
Muy tarde, ya me lo había llevado a la boca. Edward cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, perdido en mis caricias.
—Demonios, Bella.
Sentía su miembro palpitante en mi boca, caliente, dispuesto a explotar si insistía.
Edward me tenía sujeta de los cabellos a pesar de que se resistía al placer de mis labios y me nombraba una y otra vez, entre dejarse ir o reprimirlo. Así que fui bajando hasta la base mientras lo acariciaba con mi mano, mirándolo a los ojos, pidiéndole que pronto me hiciera suya.
—Ven aquí —jadeó con la respiración alterada.
Me tomó de la mano para levantarme y hacerme chocar con su pecho. Me puse a reír, entusiasta de excitación y él me comió los labios y me tomó entre sus brazos mientras se deshacía de su pantalón y lo que quedaba de su ropa. Una vez desnudo me acercó al sofá, pero yo hice que se sentara primero, apoyado contra el respaldo. Edward sonrió mientras se acariciaba, esperándome deseoso. Me tomé el cabello entre los dedos y entonces me acomodé sobre él, mirándolo a los ojos.
—Eres mi completa perdición, Isabella Swan —murmuró, contemplándome con los ojos brillantes mientras me acariciaba las caderas.
—Tuya —dije con dificultad mientras acomodaba mis piernas a cada lado de él y guiaba su miembro a mi interior.
Ambos emitimos un sonido de placer, completamente unidos. Yo tomé el poder del ritmo, moviéndome lento hasta el fondo, podía sentirlo chocando hasta el fondo de mis entrañas. Edward me acompañó con el compás y yo me abracé a él con una mano, mientras que con la otra me sujeté al respaldo del sofá. Al lado del este estaba el espejo, que abarcaba toda la pared. Podía vernos hacer el amor de perfil, como si yo fuese espectadora de mi propio placer. La excitación me cruzó de manera voraz el estómago y entonces le tomé la quijada a Edward para que mirara hacia la misma dirección en que lo hacía yo. Cuando se dio cuenta, sonrió jadeante y aumentó el ritmo de las embestidas, por lo que me dejé caer en su hombro. Pero él siempre quería verme a los ojos, transmitiéndome el deseo que sentía por mí.
Me tomó la barbilla y me sostuvo apegando su frente y nariz a la mía, respirándome en la cara. Yo lo besé para calmar la intensidad de las sensaciones, pero acabé gimiendo en su boca, lo que le sacó una pequeña carcajada mezclada de excitación, contagiándome mientras sentía el sudor en mi nariz y la baja espalda.
—Shh —molestó, tirando de mi labio inferior con su dedo pulgar.
Yo sonreí con toda la cordura que me quedaba y se lo mordí, oscureciendo aún más sus intenciones. Él me tomó de las nalgas y tomó el mando de la penetración. Tuve que agarrarme de sus hombros y cabello para no desesperar debido al calor que fue creciendo férvidamente por cada zona de mi cuerpo. El sonido de nuestros cuerpos chocar resonaba en las cuatro paredes, más fuerte ahora que estábamos abrazados, sosteniéndonos hasta alcanzar el máximo punto de placer. Respiré su aire y dejé ir mi voz en un grito al sentir el éxtasis avecinarse por mis venas. Edward estaba arañando el comienzo de su orgasmo, así que aún unidos me acostó en el sofá y se volvió a hundir, él sobre mí, haciéndonos caer finalmente a aquel final, con mis paredes apretando su masculinidad y él explotando la calidez de su simiente en mi interior y vientre.
Nuestros pechos subían y bajaban debido al ejercicio, todo me dolía, pero diablos, aún me sentía en una nube. Edward, agitado todavía, tomó un
pañuelo de la caja que había en la mesa auxiliar y me limpió de forma paciente mientras yo lo miraba, más satisfecha que nunca.
—Me encanta como te ves cada vez que me haces el amor —susurré.
Él sonrió, tan satisfecho como yo y se acomodó a mi lado, mirándome a los ojos.
—¿Cómo? —inquirió, muy interesado.
—Envuelto en sudor, con el cabello mojado y los ojos más verdes que nunca. —Le besé el pecho y me acurruqué, comenzando a sentir los estragos del inmenso ejercicio junto a él. Mis músculos estaban exhaustos, y ahora que estaba embarazada, lo sentía mucho más.
Escuché el resonar de su risa, similar al sonido de un felino depredador, satisfecho y adormilado, y entonces me besó la coronilla, hundiendo los dedos en mi cabello para cobijarme. Yo elevé la vista hacia su rostro y él me buscó para contemplarme.
—Estás muy ruborizada —murmuró, perdido en mí.
Yo le toqué la mejilla y él me besó los dedos.
—Es lo que me haces —jugueteé y él enanchó la sonrisa.
Edward notó cómo poco a poco iba quedándome dormida, así que acercó una de las mantas que siempre dejaba sobre el sofá y la dejó caer sobre nosotros.
Yo sonreí, calentita con mi hombre.
—Te amo, gruñón —dije con los ojos adormilados.
Me besó en los labios y luego lo hizo en mi cuello mientras me acomodaba en su pecho.
—También te amo, mi Flor de Colores, más de lo que imaginas.
—Eso debe ser demasiado.
No me contestó, pero pude apostar a que estaba mirándome con una sonrisa
cómplice, velando mis sueños como cada vez que caía rendida luego de
nuestras noches juntos.
—¿No te aplasté? Sé que Elizabeth…
—Edward, no. En realidad, creo que ella está feliz de que papá y mamá se amen así, como son, llenos de pasión desmedida.
Se rio.
—Tienes tanta razón, mi amor.
El calor de su cuerpo era mi nuevo hogar, la fuerza de sus brazos sosteniéndome eran mi nueva fortaleza y su respiración mi perfecto incentivo para dormir tranquilamente como si estuviera envuelta en el lugar más maravilloso del mundo. Y sí que lo era.
.
Ya cumplía las veinticuatro semanas, y aunque tenía una pancita pequeñita, Elizabeth estaba fuerte como un roble y, bueno, yo también.
Luego de visitar al médico que nos recomendó el nuestro en Nueva York, supe que todo en mí estaba mejor que nunca. Nada de glucosa irregular, un peso más que adecuado y nada de anemias o cosas extrañas. ¿Lo mejor? Lizzie nos dejaba coger como nunca, y vaya que eso me ponía más feliz.
Ups.
—Oye, hermosa —me llamó mi Bombón.
Lo miré, sorprendida de verlo llegar.
—Mi amor —exclamé, intentando salir de mi nueva posición de yoga para embarazadas.
Él se rio y caminó hacia mí, ayudándome.
—No seas cruel, Elizabeth es pequeña, pero pesa.
—¿Cómo estuvo hoy?
—Moviéndose al comer lo que nos hiciste esta mañana.
Me besó la frente.
—Luego de la preparación para el congreso, pasé a ver algo para mí. —Me mostró una bolsita de la famosa librería de Sevilla y yo revisé, curiosa. Era un libro sobre paternidad—. Puede que me ayude. Soy todo un novato.
Me reí.
—Eres el mejor, no tengas dudas sobre eso.
—Pero como no solo eres mamá, también traje algo para mi Insaciable —dijo, mostrándome otra pequeña bolsita. Esta traía un lazo.
Sonreí.
—¿Y esto?
—Ábrelo.
Cuando revisé, me di cuenta de que era un hermoso vestido amarillo, uno tan hermoso y con florecillas tan bonitas, que me sentí feliz de solo mirarlo. Estaba hecho para mí, la mujer, la que estaba ahí y no solo sería mamá. Mi Bombón me lo repetía constantemente, una y otra vez, seguiría siendo su gran amor, no solo la mamá de su bebé. Y junto al vestido venía un libro perfecto para mí.
—Desatados en el abismo —leí—. Un libro erótico, ¿eh?
—Te encantará.
—¿Qué quieres idear conmigo?
—Todo lo que salga de ahí —murmuró, tomándome de las caderas.
—Gracias, mi Bombón.
Nos dimos un beso intenso, pero antes de que pudiéramos seguir envueltos en nuestra dicha, sentimos el sonido del teléfono de casa.
—¡Hola, puta! —exclamó Rose—. ¡Adivina quién ya llegó a Españaaaaaaaaaaaaa!
Me reí mientras que Edward sonreía.
Habíamos enviado las invitaciones a la boda hace poco, pero Rose venía antes para ayudarme con el asunto del vestido, no porque lo necesitara, sino porque ella realmente quería estar presente en un momento tan importante para nosotros.
A decir verdad, estaba nerviosa. Mucho. Era como volver a disfrutar de las mariposas de aquella primera vez. Y la verdad es que solo quedaba una semana y media para que fuera el gran día. De todos los invitados, gran parte dijo que vendría… excepto Alice, Jasper y mi papá. En un primer momento, no quise ilusionarme con la idea de que fueran a venir, desde hace mucho las relaciones estaban rotas, pero con el paso de los días y con el recuerdo de que vendría un momento tan importante para mí, momento en el que la persona que fue mi amiga, mi propio hermano y mi padre no asistirían, yo… Miré a Edward, sabiendo que la situación también le dolía, en especial por su sobrina, la persona que se ligaba directamente a su hermana fallecida. Queríamos verle el lado positivo a todo, pero… sus ausencias pesaban mucho.
Finalmente, fuimos a buscar a Rose, a Emmett, a nuestro pequeño sobrinito y a Todd, a quien extrañaba horrores. Durante el viaje, mi Bombón estuvo abrazándome, siempre cariñoso, pero sobre todo, comprendiendo que iba a estar triste porque faltaba gente importante para mí. Cuando llegamos al aeropuerto, lugar en el que nos iban a esperar, busqué por todos lados a mi familia. No los encontré.
—Ya se perdieron —afirmé, algo irritada.
Cuando me di la vuelta para mirar mejor, vi que efectivamente ahí estaban Rose, Emmett y mis pequeños, solo que a su lado les acompañaban los señores Cullen, Jasper, Alice y… mi papá.
Sentí el llanto acumulado en mi garganta y miré a Edward, quien tenía los ojos llorosos como yo.
Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. La situación con la empresa entra en puntos claves, y aunque Bella quiere aprovechar la tranquilidad de su viaje con su familia, sabe que tarde o temprano debe seguir con su trabajo. Edward está pendiente de lo que sucede, sabe que quieren perjudicarlo, pero también tiene sus cartas bajo la manga. ¿Qué piensan de Elizabeth? Ya queda poco para que ellos la conozcan, y ustedes también. ¿Lo mejor de todo? Ellos no dejan de vivir su romance, independiente de que son padres, saben que deben seguir alimentando su amor y Edward también está muy empeñado en hacerlo. ¿Quién creen que puede estar queriendo perjudicar la empresa Cullen además de Aro? Él fue claro al respecto y no es el único que está ahí, solo que por simple deseo de venganza por su sobrina, no va a delatar a la cabecilla del asunto. Solo puedo serles franca, y decirles que esta recta final comenzará a lanzar bombas, estén pendientes. ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben como me gusta leerlas
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