Marinette dedicó las horas siguientes a leer el diario y solo se interrumpió en dos ocasiones. La primera, a media tarde, para apagar su teléfono, que se había vuelto loco de pronto con mensajes y llamadas que ella dejó sin responder. La segunda, para tranquilizar a su madre que, extrañada por no saber nada de ella, había asomado la cabeza por la trampilla para ver cómo estaba. Marinette le dijo que no se encontraba bien, que le dolía el estómago y que no bajaría a cenar. Y Sabine la creyó de inmediato, porque lo cierto era que su hija no tenía muy buena cara. De modo que la dejó a solas para que descansara.

Ella no fue consciente de en qué momento había empezado a llorar. Quizá cuando leyó la parte en que Cat Noir empezaba a visitarla por las noches porque le dolía verla sufrir y no poder hacer nada por ella. O tal vez antes, cuando Adrián la salvó del akuma en la biblioteca. O quizá en el momento en que leyó lo que había sentido su compañero cuando ella se arrojó a sus brazos para agradecerle que hubiese salvado la vida de Adrián en el río.

En el fondo, eso era irrelevante. El caso es que solo se dio cuenta de que las lágrimas llevaban un buen rato corriendo por sus mejillas cuando tuvo que secárselas con la manga porque empezaba a ver las letras borrosas.

Para cuando llegó a la parte en que los dos habían comenzado a refugiarse en el interior de su burbuja imaginaria, ya tenía el corazón absolutamente roto en pedazos.

Y por fin, cuando, tras un esfuerzo sobrehumano, logró leer la última página hasta el final, cerró la libreta, la apartó a un lado, se dejó caer sobre la cama, hundió la cara en la almohada y se echó a llorar con desesperación.

Tampoco supo cuánto tiempo estuvo llorando. Derramó lágrimas amargas y silenciosas durante mucho, mucho rato, hasta que sintió que se había vaciado por completo. Después respiró hondo y cerró los ojos, agotada, tratando de asimilar todo lo que acababa de descubrir.

Si le hubiesen dicho en otras circunstancias que era Adrián quien se ocultaba tras la máscara de Cat Noir... jamás lo habría creído. Pero ahora, tras leer su diario, después de meterse en su piel, de conocer sus más íntimos pensamientos, no sentía que pudiese ser de otra manera. Su leal compañero, bromista, encantador y juguetón, pero también audaz, noble y generoso era además el amable, cordial, educado y contenido Adrián, el modelo perfecto.

Y al parecer Adrián... Cat Noir... se había enamorado de ella. Primero de Ladybug, y después de Marinette, sin saber que eran la misma persona.

Ni en sus sueños más locos, ni siquiera en el interior de la burbuja, se habría atrevido a imaginar que pudiese ser tan afortunada.

Y todo aquello estaba a punto de estallar en pedazos. Porque Adrián ya no era Cat Noir, porque su padre había resultado ser Lepidóptero y porque, si ella no superaba la Prueba del Guardián... tendría que renunciar a todo. A la caja de los prodigios, a Tikki, a su vida como Ladybug... a sus recuerdos sobre todas aquellas personas relacionadas con los prodigios, incluyendo, por descontado, a Cat Noir. A Adrián. A la relación que habían iniciado porque, desde luego, el amor de su vida pasaría a ser un desconocido para ella.

"No puedo con todo", pensó de pronto. "No voy a poder yo sola".

Lo había sabido desde el principio, porque los guardianes le habían prohibido compartir toda aquella información con nadie más, incluyendo su compañero. El hecho de poder reunirse con él en secreto, en el interior de su burbuja imaginaria, la había consolado profundamente y había aliviado en parte el aplastante peso de la soledad. Pero ahora, Adrián no podría volver a transformarse en Cat Noir para reunirse con ella, y a Marinette no le estaba permitido revelarle su identidad para poder hablar libremente con él en el colegio.

Suspiró y se incorporó un poco. Se volvió hacia Tikki, que había permanecido a su lado en todo momento. Marinette sabía que había estado leyendo el diario por encima de su hombro, pero no había hecho ningún comentario en toda la tarde.

–Tú lo sabías, ¿verdad? –le preguntó–. Sabías que Cat Noir era Adrián.

El kwami la contempló con pena.

–Sí, Marinette. Lo siento mucho. Para Plagg y para mí era muy frustrante, porque veíamos que estabais muy enamorados, pero no lo sabíais... Por otro lado, Adrián al parecer estaba demasiado fascinado con Ladybug como para fijarse en ti, y tú no dejabas de rechazarlo como Cat Noir...

–¿Cómo iba a saberlo? –se defendió ella–. ¡Parecían muy diferentes! De todas formas –añadió, pensativa–, los Guardianes dicen que Ladybug y Cat Noir deben mantener una relación profesional, para que el enemigo no pueda utilizar sus sentimientos como arma contra ellos. ¿Cómo habríamos podido encontrar una manera de estar juntos?

–Si os hubieseis enamorado como Adrián y Marinette, sin conocer la identidad superheroica del otro –explicó Tikki–, los Guardianes lo habrían aprobado. Pero implicar a los superhéroes en una relación siempre resulta problemático.

Por un instante, una llama de esperanza se encendió en el corazón de Marinette. Si Adrián la quería... a ella, a Marinette, y no solo a Ladybug... Y aún no sabía que las dos eran la misma persona... y él ya no era Cat Noir... quizá podrían estar juntos como Adrián y Marinette, tal como Tikki había dicho.

Entonces recordó que, según había leído en el diario de Adrián, su padre no le permitía tener novia. Si le había prohibido salir con Kagami Tsurugi, sin duda tampoco aprobaría su relación con Marinette.

Y justo después recordó también que Gabriel Agreste era Lepidóptero.

–Oh, no –murmuró–. Plagg tiene razón, Adrián está en peligro. Tenemos que alejarlo de su padre.

–¿Crees que le haría daño a su propio hijo? –preguntó Tikki, dudosa.

Marinette apretó los dientes.

–Ya lo akumatizó una vez. –Sacudió la cabeza, confusa–. Quiero decir, que lo hará. O sea, que podría hacerlo. –Todo lo que implicaba a Bunnyx y sus poderes le resultaba tremendamente complicado–. Tenemos que impedirlo, Tikki.

Alargó la mano hacia el teléfono y lo encendió para averiguar qué era lo que se había perdido mientras estaba leyendo el diario. Descubrió un montón de llamadas perdidas y mensajes de casi todos sus amigos, especialmente de Alya.

Ninguno de Adrián, sin embargo.

Activó el primer videomensaje de Alya. Su amiga se materializó en la pantalla, y parecía muy preocupada.

–¿Qué estás haciendo, chica? ¿Dónde estás? ¡Llevo toda la tarde intentando hablar contigo! Tu madre dice que tienes un virus o algo parecido, pero ¿por qué has apagado el teléfono? –Sacudió con la cabeza–. Es igual. Escucha, tengo información urgente. Lila nos ha contado que Adrián no va a venir al colegio nunca más, que su padre quiere que estudie en casa otra vez. La señorita Bustier lo ha confirmado. Llevamos toda la tarde intentando contactar con él y no hay manera. No es solo que no responda a llamadas ni mensajes, es que al parecer ha bloqueado todos nuestros números. ¡Incluso el de Nino! Espero que tú tengas más suerte si lo intentas y... ¡un momento! –añadió, como si se le acabara de ocurrir una idea–. Oye, sé que has dicho muchas veces que ya te has rendido con Adrián y no quieres saber nada más del tema, pero ¿no os habréis fugado juntos, por un casual? ¡Porque sería super romántico y emocionante! Si es así y no puedes decírmelo, mándame un mensaje en clave o algo parecido cuando puedas.

Había más mensajes de Alya, y también varios de Nino e incluso uno de Kagami, pero Marinette ya no los escuchó. Se volvió hacia Tikki, muy preocupada.

–Esto es serio, Tikki. Creo que sé por qué el padre de Adrián lo ha sacado del colegio.

–¿Piensas que se ha dado cuenta de que ya no tiene el anillo?

–Y quiere averiguar qué ha hecho con él –asintió Marinette–. Lo mantendrá prisionero en su propia casa, le hará preguntas y... –Se estremeció–. No puedo permitirlo. Tenemos que rescatarlo, Tikki.

–Pero... ¡es su padre!

–También es Lepidóptero. Y ya sabemos lo que es capaz de hacer. Adrián no debe permanecer en esa casa ni un minuto más.

Tikki suspiró, preocupada.

–¿No puedes esperar un día, hasta que te hayas presentado a la Prueba del Guardián?

Pero ella negó con la cabeza.

–Si fallo en la prueba perderé la memoria y ya no recordaré nada de todo esto, y lo que es peor... también perderé todos los prodigios y, con ellos, cualquier posibilidad de rescatar a Adrián. No, Tikki. Si hemos de salvarlo, tiene que ser ahora.

–Pero, Marinette... ¿qué vais a hacer cuando lo hayas rescatado? ¿A dónde iréis? –Ella no respondió, y Tikki insistió–. Si él descubre tu identidad... no superarás la Prueba del Guardián.

Marinette tragó saliva.

–Lo sé –musitó–. Pero no tengo otra opción. –Se volvió para mirarla–. Lo siento muchísimo, Tikki.

La mirada del kwami se suavizó.

–Lo entiendo, Marinette –dijo con dulzura–. Haz lo que tengas que hacer.

Ella inspiró hondo.

–No puedo llevarte conmigo a casa de Gabriel Agreste –le dijo–. Debes quedarte a salvo con Plagg en la caja de los prodigios.

–Lo sé. No te preocupes, estaremos bien.

Marinette respiró profundamente un par de veces más. Después volvió a guardar el diario en la caja trampa, la cerró y bajó con ella por la escalera. Abrió el baúl donde guardaba la caja de los prodigios y activó el doble fondo que la ocultaba. Guardó en su interior la caja del diario y sacó el enorme huevo rojo.

Se volvió para mirar a Tikki.

–Buena suerte, Marinette –dijo ella.

La chica sonrió.

–Gracias. Volveré pronto, y con Adrián –le prometió.

Tikki sonrió a su vez.

–Estoy segura –respondió.

Marinette asintió y se quitó los pendientes. Cuando Tikki desapareció, se sintió espantosamente sola. Pero reunió todo el valor que pudo encontrar en su interior y devolvió los pendientes a su compartimento en la caja de los prodigios.

Después, con un brillo de decisión en la mirada, activó otro de los compartimentos para extraer de él una nueva joya mágica.