Muy buenas, contenta de saludaros después de las Fiestas que espero que hayan ido genial para todos. Os dejo otro nuevo capítulo que lo disfrutéis.
Capítulo 60
A kilómetros de donde se encontraban el variopinto grupo de los Uchiha y los Senju, se encontraba el grupo de los integrantes de la Hoja. Tsunade, aún en su función de Hokage, había decretado la marcha forzada para llegar lo antes posible a la aldea y disponerlo todo. Su renuncia, el nuevo nombramiento de Kakashi como Sexto Hokage, informar al Consejo de la nueva situación y tomar decisiones sobre la tormenta que se les avecinaba con los recién descubiertos Uchihas.
El grupo marchaba rápido y en completo silencio, cada cual digiriendo a su manera los acontecimientos de esa noche y tratando de adivinar qué pasará a partir de ahora.
Kakashi, por su parte, a pesar de la enorme responsabilidad que se le venía encima, seguía reproduciendo una y otra vez el momento en el que vió sus ojos tornados de color rojo sangre y los tres perfectos tomoes mirándoles amenazadores, la Mara que había atisbado en la arena de combate había vuelto a salir, no tenía ninguna duda de que ella habría hecho uso de su dojutsu ocular en caso de que él no la hubiese soltado de su agarre. Y de lo que no dudaba tampoco era de que Madara Uchiha habría sido aún más rápido que ella en atacar si hubiese presentido algún peligro.
La arena bajo sus pies comenzaba a ser más compacta, facilitando el avance, tenía a penas unas horas antes de que llegaran a la Aldea para idear una defensa convincente para que el Consejo aceptara a los Uchiha de nuevo en la Hoja, teniendo en cuenta los antecedentes pasados y recientes del clan.
Desde el principio, Mara había sido clara: cuando su padre viniese ella se iría. Con lo que no contaban era con que el plan era quedarse, por ahora, de manera indefinida. Tenía que pensar, no era el mejor momento para quedarse en blanco. El tiempo se agotaba y el camino terminaba. Si la suerte estaba de su lado, el agotamiento de la chica les retrasaría lo suficiente como para tener quizás un día más de margen.
Miró de soslayo a Tsunade, con la vista fija al frente y los labios apretados, lo que le confería un rictus autoritario y hacía que pequeñas arrugas se marcasen. Apretó el paso unos metros y se situó junto a ella con intención de hablar.
-Debemos pensar algo para convencer al Consejo, -empezó ella. –Prefiero enfrentarme a ellos que a Madara Uchiha y su retoño. Imagino que el carácter de ella será herencia paterna.
-Estoy de acuerdo, ¿qué propones? –Respondió Kakashi intrigado.
-Tienes que hablar de sus… -Carraspeó en busca de la palabra indicada. –Bondades.
-¿De Madara? –Preguntó incrédulo. –Por todos son conocidas las leyendas que se cuentan sobre él, nadie en su sano juicio aceptaría de buen grado tenerlo como vecino.
-Necesitaremos un compromiso, una garantía de no agresión, por eso voy a renunciar a ser Hokage, para que no lo perciba como que un Senju sigue en el poder, sino como que las cosas han cambiado y que cualquiera puede ser Hokage sea del clan que sea.
Kakashi asintió, era un comienzo. Tendrían que madurar su discurso ante los ancianos del Consejo, pero algo era algo.
En el horizonte, comenzaban a despuntar figuras delgadas de los troncos de los árboles que indicaban la frontera con el País del Fuego. Probablemente, una pequeña comitiva de ANBU les estuviesen esperando para escoltarles hasta las murallas de la Aldea. Sin embargo, lo único en lo que podía pensar era en una comida en condiciones, una ducha relajante y una cama confortable. La almohada sería su mejor consejera. Debía pensar, y mucho, sobre cómo hacer ver buenos a los Uchiha, cuando la mayoría de los clanes que forman la Aldea siempre habían sido recelosos de ellos. Y, aún más, siendo uno de ellos el mismísimo Madara Uchiha, a quien muchos recordaban de las cruentas guerras, los intentos por destruir la aldea que él mismo fundó, la masacre del propio clan por parte de Itachi, eran demasiados episodios crueles a los que hacer frente con simples palabras y promesas de buena fe.
Pensó en empezar con una ofrenda de bienvenida, se retrasó hasta alcanzar las bestias que llevaban las provisiones, sin duda, Gaara había sido más que generoso, de manera que había más que de sobra para llegar. Junto al animal que custodiaba Yamato se situó Kakashi buscando su complicidad para poner en marcha su plan.
-Yamato, ¿tienes algún rollo de sellado? –Preguntó sin alzar la voz.
-Sí, ¿por qué? –Preguntó intrigado. -¿No pretenderás enviarles provisiones?
-Eso es justo lo que pienso hacer, demostrarles la buena voluntad por volver a acogerles en la aldea, quizá así Madara esté más dispuesto a acceder a las claúsulas que proponga el Consejo, -respondió.
-Ya… -dijo el otro poco convencido. -¿Seguro que es por Madara y no para que Mara no pase hambre o sed?
-¿Vas a ayudarme o no? –Preguntó de vuelta al sentirse descubierto en sus verdaderos propósitos.
Yamato soltó un suspiro, a veces su amigo podía ser muy obvio. Sacó del chaleco táctico un pequeño rollo y lo extendió en el suelo, no era demasiado extenso, pero sí lo suficiente como para guardar varias raciones y algo de agua. Kakashi hizo los sellos y la comida quedó confinada en el rollo. Escribió unas palabras rápidas y volvió a enrollarlo y, a continuación, invocó a Pakkun. El pequeño animal apareció entre una nube blanca.
-Espero que tengas una buena excusa para invocarme en medio de un desierto, -se quejó el perro.
-Quiero que encuentres a Mara y le entregues esto, -dijo sujetando el rollo al chaleco azul que llevaba.
-¿Qué te has creído? ¿Qué soy el servicio a domicilio del restaurante? –Protestó tras olisquear el rollo. –Espero que a la vuelta haya un hueso enorme de recompensa y un buen rascado de lomo.
Sin nada más que decir, el animal emprendió el rumbo tras olfatear la estela de chakra que había ido dejando Kakashi, sabía que sólo tenía que seguirla hasta dar con el punto en que se separaron, no sería difícil, dado que el olor de ella estaba impregnado en el de Kakashi, así le resultaría más fácil.
En la profundidad del desierto, Mara se había levantado de su asiento tras la presentación de las dos figuras que acompañaban a su padre.
-¿Puedo saber qué haces, precisamente tú, con dos Senju? –Casi gritaba mientras apuntaba con un dedo acusador a Madara. –Por no hablar del mal aspecto que presentan, ahora que me fijo.
Y tenía razón, la apariencia era la que tenían cuando aún vivían, pero pequeñas grietas en la piel y los ojos negros rompían con una estética de normalidad.
-No temas, joven Uchiha, -dijo pasándole un brazo por encima de los hombros y atrayéndola hacia él. –Por fin nos conocemos formalmente y eso me hace muy feliz.
La risa y el tono amable y despreocupado de Hashirama chocaban con los ojos desorbitados y el rostro desencajado de la muchacha que no sabía cómo reaccionar a la efusividad y la cercanía demostrada por parte del Senju. Ella trataba de mantener la cabeza lo más alejada posible de Hashirama tratando de mantenerse a una distancia segura. Cosa que no lograba.
Madara reía como nunca antes lo había hecho, eso sí, en su interior, jamás confesaría que eso le divertía de sobre manera. Su hija estaba teniendo la reacción que creyó que tendría y Hashirama era de lo más predecible. Lo que no habría predicho ni en mil años fue lo que sucedió.
-Madara, está muy cerca, -murmuró la chica, aunque sus ojos gritaban "sálvame". Antes de que Madara pudiese intervenir para evitar que Mara hiciera algo contra el Senju que sólo les retrasaría más en su camino, fue Tobirama el que entró en acción, sabiendo del repentino cambio de humor del que hacían gala los Uchiha. Sujetó el brazo de su hermano que retenía a la joven e hizo que lo apartara. No fue un gesto violento, pero sí se sentía algo frustrado por la manera de proceder de su hermano mayor en algunas situaciones que le suponían una fuerte emoción. Se situó entre ambos para marcar una distancia de seguridad viendo que la muchacha ya tenía su sharingan activo y no hubiese dudado en usarlo de haber tardado un poco más.
-Compórtate, hermano, -le dijo entre dientes. Y, a continuación, se volvió hacia Mara que seguía mirando con cara de sorpresa y su sharingan ahora centrado en el Senju de pelo blanco y, ya que se fijaba con más detalle, con los ojos rojos. –Disculpa a mi hermano, a veces no sabe comportarse.
-¿Hermanos? –Dijo con aún más sorpresa. Los miraba con atención a uno y después a otro y, por más que los miraba, no encontraba parecido alguno entre ellos. -¿Estás seguro?
La duda, aunque razonable, hizo gracia a Tobirama que asintió varias veces como respuesta. Bien era cierto que no se parecían en nada, a diferencia de los Uchiha, que siempre le parecieron todos iguales y, para muestra, los que tenía delante.
-Vale, dale las gracias a Hashirama por salvarte la vida, Senju, -dijo amenazando con un dedo al propio Hashirama quien ahora era él el confundido, a la par que deprimido, por decirle su nombre a su hermano y la ligera reprimenda de éste hacia su persona.
-Tobirama, -respondió el propioTobirama para corregirla de su error. Para entonces, las carcajadas querían salir de la garganta de Madara, pero se contuvo, ésta se estaba convirtiendo en una de las noches más hilarantes que recordaba en mucho tiempo.
-¿Tobirama? –Dijo separando cada sílaba de su nombre. Torció la cabeza a un lado y entrecerró los ojos un poco como si estuviese haciendo algo clic dentro de su cerebro. Ya sabía de qué le sonaba su cara y debía añadir que la escultura en piedra no le hacía justicia. A pesar de las grietas y los extraños ojos conservaba un porte digno y una apariencia que no debió ser para nada desagradable mientras vivió. Mara se había quedado sin habla, no sabía muy bien si por la circunstancia o por la apreciación del físico que estaba haciendo, hasta que recordó que era un Senju. –Ya sé de qué te conozco.
-¿Ah, sí? –Dijo sorprendido Tobirama, normalmente, el más reconocido había sido Hashirama pero por una vez, se enorgulleció de ser él.
-¿Ah, sí? –Dijo Madara, también sorprendido de que su hija hubiese mostrado tanto interés en el rostro en piedra de los Hokages.
-¿Ah, sí? –Dijo Hashirama, aunque no sabía muy bien por qué.
-Sí, tú eres el segundo Hokage, -respondió sin separar la vista de los iris rojos con el fondo negro de sus ojos. Tobirama asintió conforme al reconocimiento también sin dejar de mirarla. Había pequeños gestos en ella que no eran del todo iguales a los de Madara. Cuanto más la miraba más se daba cuenta de ellos. Mara se giró hacia su padre y le habló: -Debes tener una razón enorme si te has visto obligado a revivir a tu mayor enemigo y a su hermano, quien, además, fue el que le quitó la vida al tuyo.
Todos se quedaron en silencio expectantes a la respuesta de Madara. En la noche sólo se oían algunos grillos y el chisporroteo del fuego. Tras unos momentos, viendo que la respuesta no llegaba, Mara se sentó junto a Madara sin mirarle como acto de rendición.
-Está bien, lo entiendo, ahora es cuando me dices: "no te metas en mis asuntos, mocosa", -dijo imitando el tono grave de su voz. Cogió una rama delgada, removió ligeramente la madera que ardía y luego dejó caer la propia rama en las llamas que rápidamente hicieron que prendiera.
-Mara… -Empezó a hablar Madara, pero se vio interrumpido por el inesperado brinco que dio su hija para ponerse en pie con rapidez para acercarse a una diminuta figura que se acercaba medio trotando hacia ellos con desconfianza.
-¿Te envía Kakashi? –Preguntó Mara al pequeño perro marrón que se rascaba la oreja con una de sus patas traseras para quitarse la arena que se le pegaba tras la cabeza. El Uchiha volvió a recordar el tema pendiente del nuevo apellido que había decidido llevar su vástago. La sola mención del nombre de Kakashi le hizo fruncir el ceño, si ese ninja del tres al cuarto, había tenido algún tipo de intención de ligar su triste linaje al de su clan usando para ello a su hija, tendría que pasar primero por encima del cadáver de Madara Uchiha, cosa que veía harto improbable. –Agradéceselo de mi parte y dile que no escatime en el tamaño del hueso.
-Descuida, si no lo hace pienso mearle los zapatos, -dijo el perro apuntando algo en un cuaderno para tachar la tarea de una lista de cosas pendientes. El comentario sacó una pequeña sonrisa a Mara, sólo de imaginarlo.
-¿Puedes hacerme un favor?
Antes de que el animal pudiese contestar, Mara le quitó el pequeño lápiz de la pata, y arrancó un trozo en blanco del pergamino del rollo con cuidado de no dañar el sello. Escribió algo con rapidez, lo dobló con cuidado y lo anudó al chaleco de Pakkun.
-Llévalo a Suna, donde Kakashi y yo fuimos a comer, -indicó. Pakkun torció la cabeza pensando sobre si hacer lo que le pedía o no.
-Espero que la próxima vez que nos veamos, tengas un buen hueso para mí o serán tus zapatos los que destroce, -respondió desapareciendo en una nube blanca.
Se giró con una sonrisa más amplia en el rostro y con el rollo de sellado en la mano. Lo agitó un par de veces entre sus dedos para hacer que la atención de su padre se centrase en el rollo. Aunque al ver la expresión ceñuda comprendió que algo no iba bien. Los dos Senju alternaban entre uno y otro tratando de averiguar quién haría el primer movimiento.
-Podríamos abrirlo y compartir lo que haya, ¿qué te parece? -Dijo tanteando el terreno.
-Deshazte de eso, tíralo al fuego, -dijo Madara en un tono seco.
-¿Qué? ¡No! -Protestó. –Habrá agua y provisiones.
-Hazlo, puede que esté envenenada, -volvió a insistir. Mara se llevó una mano al rostro, empezaba a dar claros síntomas de fatiga y agotamiento, la noche estaba siendo intensa y eso que aún no había siquiera empezado a preguntar en profundidad por los dos extraños revividos, ni por su nuevo aspecto, ni por la decisión de vivir en Konoha. Pero lo que estaba claro era que no podía hacerlo con el estómago vacío.
Se acercó a su padre, se acuclilló frente a él, lo miró a los ojos, ahora negros, y puso ambas manos sobre sus hombros. Hashirama intercambió miradas con su hermano y, sin emitir sonido, vocalizó el nombre de Izuna. En varias ocasiones en el pasado en las que se veía obligado a esconderse en la maleza para no ser descubierto había visto que Izuna, el hermano de Madara, tenía ese mismo gesto cuando trataba de razonar con él de una manera desesperada. Tobirama asintió, también estaba de acuerdo, el aspecto podía ser un calco del propio Madara, pero había pequeños gestos en los que también se podía ver a Izuna en la muchacha.
-Madara, entiendo que durante la guerra debías desconfiar de todo y de todos, pero no estamos en guerra ahora, Kakashi no va a intentar envenenarme, -dijo no muy convencida de que su súplica estuviese llegando a buen puerto. –Quizá Tsunade sí, y no la culpo, no se lo he puesto fácil estos días, lo admito. No me lo tengáis en cuenta, -dijo dirigiéndose ahora a los dos hermanos y al instante volvió a encarar a su padre sin esperar reacción por su parte. –Pero este es el sello de Kakashi, por favor, tengo hambre.
-Dame ese rollo, Mara, -pidió Madara extendiendo una mano y sin dejar el contacto visual.
La joven exhaló un suspiro que murió antes de salir entre sus labios, agachó la cabeza y puso con fuerza y de mala gana en su mano el pequeño rollo.
-Vale, tú ganas, -se apartó a un lado y volvió a sentarse sobre el tronco de madera que hacía las veces de asiento.
Madara desenrolló el pergamino y observó los sellos que contenía. El primero y más grande era el símbolo de "alimento", seguido por el de "agua". Mara seguía con disimulo desde el rabillo del ojo los movimientos que su progenitor llevaba a cabo. Extendió un poco más el pliego y al final de éste dio un rápido vistazo a las palabras que había escritas con una caligrafía sencilla y con trazos rápidos.
"Hay provisiones para tres días. Espero que no estés en ningún apuro con Madara. Te veré en Konoha. Me sorprendió mucho ver tu sharingan completo. Kakashi Hatake".
Tras ver que el pergamino no escondía nada más aparte de los sellos y de esas palabras que no le gustaron en absoluto el mensaje implícito que llevaba con ellas bajo esa capa de inocencia, Madara serenó su expresión e hizo los sellos para desbloquear las viandas.
Primero aparecieron varias porciones de carne de caballo de Suna, varias ramas con dátiles, algunos botes pequeños de salsas especiadas típicas del País del Viento y algunos cuencos de arroz listo para comer. Con sólo la visión y el ligero olor que desprendían las especias, el estómago de la muchacha protestó en consecuencia. Instintivamente, Kurōkami se revolvió en su interior aquejado por el hambre de ella, lo que provoco que su sello se marcase la piel y la llevara a sujetarse el estómago con ambos brazos.
Sin preocuparse demasiado por ello, Madara volvió a enrollar el pergamino y guardarlo entre los pliegues de su ropa bajo la armadura rojiza, aderezó una de las piezas de carne, la clavó en una de las pequeñas varas de madera y la puso al fuego. Tras unos pocos minutos, el olor se extendió por el pequeño campamento y las diminutas gotas de grasa crepitaban al caer entre las llamas.
El Uchiha observó la expresión entre obnubilada y hambrienta de su hija mirando cómo se hacía el trozo de carne. Se mordía el labio inferior y apostaría que la veía salivar en demasía y olisquear el aire de tanto en tanto. Cuando consideró que la carne estaba suficientemente hecha se levantó y la puso, prácticamente debajo de la nariz de Hashirama.
-Pruébala, -dijo sin miramientos.
Hashirama levantó la vista hacia su amigo, luego miró a Mara y a continuación un vistazo rápido a Tobirama que hizo un gesto hacia un lado con la cabeza indicando la posición de la chica. Hashirama mordió un trozo y empezó a masticarlo con parsimonia. Madara volvió a su asiento frente al fuego. Después de masticarlo un poco más se lo tragó sin dificultad. Se limpió las comisuras de la boca con los dedos y sin emitir juicio. Frente a él los dos Uchiha no le quitaban ojo de encima a la espera de su veredicto.
De repente, se llevó una mano a la garganta y comenzó a hacer sonidos como si se estuviera asfixiando. Mara tornó su expresión en pavor y estupor, jamás habría pensado que la comida estuviese envenenada viniendo de Kakashi. Tobirama no reaccionó, conociendo de sobra a su hermano. Y Madara le lanzó un dátil a Hashirama dándole de lleno en la frente.
-Deja de comportarte como un crío, Hashirama, -espetó el Uchiha. Acto seguido le tendió la rama con el trozo de carne a Mara. Ésta no lo cogió, cosa que extrañó a Madara. -¿No tenías hambre, mocosa?
-Sí, pero ese trozo lo ha mordido un Senju, no voy a comerme eso, -respondió con expresión de asco.
-Mara no estoy para estupideces, come, -dijo poniendo la rama en su mano.
En su interior, Kurōkami la instaba a que lo mordiera, el hambre empezaba a ser un problema para mantener la calma, su cuerpo dejaba de producir un chakra constante, lo que hacía que el suyo se volviese inestable y, en esos momentos, no era el mejor momento para hacer gala de un mal control del chakra. El ente podía adivinar qué hacía allí el mayor de los Senju y no pintaba bien para él ni para ella. Se tumbó cuan largo era en la sala en tinieblas de suelo acuoso y posó su cabeza sobre sus patas delanteras, cerró los ojos y separó su chakra tanto como podía de el de Mara.
Mara lo sintió y frunció el ceño. Sabía que algo le ocurría. Bajó su nivel de masticación hasta parar.
-¿Qué ocurre? –Preguntó Madara intrigado.
-Nada. Nada, -repitió para reafirmarse.
Todos volvieron al silencio y a contemplar las llamas. La joven terminó con su porción de carne y tiró la rama al fuego. Bebió varios tragos de agua y se limpió la boca con el dorso de la mano. Poco a poco, la danza hipnótica de las lenguas de fuego junto con el agradable calor que desprendía y la saciedad de su estómago, empezarón a proporcionarle un confort que la invitaba a cerrar los ojos y a dormir. Sin darse cuenta, se fue inclinando hacia la derecha hasta toparse con el flanco de su padre. Madara la miró compasivo. Podía dejar la conversación pendiente para otro momento. Le pasó el brazo sobre sus hombros en gesto protector para que su cabeza reposara contra él y no sobre la dura hombrera de la armadura de guerra.
-Sigues siendo una molestia, ¿lo sabes? –Le susurró a sabiendas de que ya no le oía.
Y era cierto en parte, Mara estaba más cerca del mundo de los sueños que del terrenal, pero el martilleo rítmico, continuo y pausado del corazón de Madara contra su oído hizo que terminara por relajarse y dejarse llevar por el descanso que exigía su cuerpo tras unas duras pruebas, la larga marcha y los descubrimientos de esa noche.
Los dos hermanos miraban la escena del temido líder del clan Uchiha. Ninguno habría dicho que Madara iba a ser un padre entregado a su retoño, a su manera y, sin embargo, ahí estaba para sorpresa de ambos. La sonrisa bobalicona había vuelto a la cara de Hashirama, estaba más que entusiasmado con la muchacha y con el hecho de que su mejor amigo hubiese sentado la cabeza y, por fin, se hubiese decidido a continuar con su estirpe.
-¿Crees que me llamará "tío Hashirama"? –Preguntó asaltado por la duda.
-Cállate, -fue la respuesta de Madara y, a continuación, hizo los sellos para que los dos Senju quedasen inertes. Ya había escuchado suficiente de ellos por aquella noche y no quería que preturbasen el sueño de la chica con su cháchara. Los días venideros serían más propicios para indagar en qué había estado haciendo la mocosa, cómo explicarle a Hashirama lo que quería hacer y que ella lo aceptara, e instalarse en la aldea sin demasiados sobresaltos.
