¿Qué tal estáis? Espero que con ganas de leer este capítulo después de mi desaparición temporal, pero ya estoy de vuelta y con las pilas cargadas y con ganas de actualizar.

Capítulo 61

La respiración pesada sobre su hombro le indicaban que el sueño de Mara era profundo y tranquilo. La había contemplado muchas noches tener sueños agitados en los que el sudor cubría su frente y quejidos lastimeros salían de su garganta. Incluso, había veces que despertaba con la voz casi perdida y ronca como si hubiese estado gritando algo o a alguien durante toda la noche.

Poco a poco, la sujetó para no despertarla y se fue moviendo hasta hacer que se tumbara sobre la arena, no era un colchón de plumas, pero descansaría mejor que dormir prácticamente sentada y recostada sobre él. Los movimientos, aunque suaves, la hicieron quejarse en protesta por el cambio de postura y la pérdida de la fuente de calor que le proporcionaba su cuerpo.

Se alejó unos pasos, sacó de entre sus ropas el rollo que le había dado Orochimaru antes de salir de la guarida, lo extendió e hizo a parecer algunas prendas de ropa adecuadas para él mismo. Seleccionó el haori de uno de sus atuendos. La pieza era de color azul marino con el abanico blanco y rojo, símbolo del clan, en la parte posterior y un tomoe en cada uno de los hombros en la parte anterior. Se acercó de nuevo a ella y lo colocó encima para resguardarla del frío de la noche del desierto, luego dobló la hakama, de un negro azabache, y la puso bajo la cabeza con cuidado de no despertarla. Cuando terminó de acomodarla lo mejor que supo, se sentó en su postura típica de meditación, cerró los ojos y trató de poner una noche más la mente en blanco.

Ahí estaba de nuevo, después de varias noches sin tener sueños, o pesadillas más bien, otra vez se encontraba rodeado de la nada. Un fondo negro, sobre un tapiz negro y sin detalle alguno. Allá a donde dirigía la vista la visión no cambiaba. La negrura de lo infinito.

En una de las vueltas en derredor que dio sobre sí mismo, hubo un cambio repentino en la visión. Otra vez la misma joven que, noche tras noche, veía yacer con el que fue su mejor amigo. Esta vez parecía estar sola. Le miraba con una expresión risueña. La última vez que se presentó así, le atravesó por completo como si de un fantasma se tratase. Temió que volviera a pasar.

Con cierta timidez, levantó la mano y flexionó los dedos a modo de saludo para comprobar que le veía de verdad. Ella le imitó sin cambiar su expresión.

Para su sorpresa, la sonrisa se ensanchó y la alegría llegó hasta sus ojos adquiriendo un brillo especial. Empezó a andar hacia él, decidida. Podría jurar que esta vez le veía y le sonreía a él. Miró un momento hacia atrás para comprobar que seguían solos en medio de la nada y así era. Volvió a encararla, la alegría se había contagiado a su rostro, aunque no pudiera verle detrás de su máscara naranja.

Los pasos se fueron haciendo más rápidos, llegando al trote y a unos pocos metros más adelante la carrera fue evidente con una sucesión de pasos rápidos y seguros de su destino.

Sin esperarlo, una mano la sujetó con fuerza cortando de raíz la carrera. Ella se giró entre sorprendida y asustada por el fuerte tirón. Junto a ella estaba Kakashi, otra vez, evitando que llegara a reencontrarse con él de alguna manera. La jovialidad bajo la máscara desapareció, cambiando por un sentimiento de odio y rencor.

A diferencia de otras veces, en las que permanecía junto a Kakashi con agrado y buena voluntad, esta vez le miraba a él en busca de ayuda para librarse del agarre. Se giró hacia el ninja que la sujetaba y le espetó:

-¡Suéltame!

El grito retumbó con la reverberación del eco en la inmensidad en la que se movían. Acto seguido dio un fuerte tirón de su brazo y se zafó de él, reanudando la carrera hacia él con energía renovada y la sonrisa más amplia en su boca.

Los metros se iban acortando con cada zancada que daba.

Cinco metros. Los rasgos se dibujaban claros, podía ver sus labios estirados dejando ver incluso una hilera de dientes.

Tres metros. Extendió los brazos hacia él con la clara intención de ponerlos a su alrededor. Sabía qué tenía que hacer. Abrió los suyos tan ampliamente como le daban para hacerlo y aguardó.

Un metro. El impacto y el contacto no se harían de esperar.

Justo cuando sus cuerpos se juntaron, ambos cerraron los brazos en torno al otro con fuerza. Como si les fuese la vida en ello. Como si en medio de esa inmensidad vacía el único salvavidas fuese el cuerpo del otro.

Ella tenía el rostro hundido en su pecho y la frente apoyada sobre su hombro, podía aspirar su particular olor y sentir la suave tela de su túnica contra su piel. Sus brazos estaban doblados con las palmas de las manos sobre cada omóplato y le atraían con fuerza para evitar que se moviese siquiera para dejar un solo centímetro de separación entre ellos.

El enmascarado no tenía intención alguna de moverse, tal era el bloqueo que sentía en sus músculos de brazos y piernas, incluso se había olvidado de respirar. Lo que sí sentía era el calor que emanaba de su cuerpo, la temperatura traspasaba las capas de tela que le cubrían por completo cada centímetro de piel. De pronto comenzó a notar que las manos de ella empezaban a deslizarse arriba y abajo a lo largo de su espalda, aquello le gustaba, hacía que sus músculos se relajasen por el contacto cercano. Se separó de su hombro, aunque no le miró. Sintió que sus manos terminaban su movimiento en su cintura. Sabía que algo iba a pasar y creía saber el qué.

Rápidamente, buscó a la sombra negra que se encargaba de poner fin a la pesadilla de la manera más horrible posible, pero, de estar ahí con ellos, era imposible verla entre toda la negrura reinante. Llevó una de sus manos al mentón para obligarla de alguna manera a mirarle. Debía ser rápido para explicar que él no quería aquello.

Antes de que pudiera pronunciar una palabra ella se le adelantó, quitó las manos de su cintura, dio un paso atrás y le dijo:

-Terminemos de una vez.

En su mano llevaba un kunai de metal negro, liso, pulido y bien afilado que con total seguridad lo había sacado de la pequeña bolsa que llevaba atada al final de su espalda. En vez de empuñarlo se lo ofrecía para que él lo tomase.

-No… -Susurró sin fuerzas. No quería volver a hacer aquello.

-Tienes que hacerlo o seguirás viviendo esto una y otra vez hasta que lo hagas, -murmuró en respuesta.

En sus ojos, antes alegres, ahora sólo había pena y tristeza, como si de un cordero frente al carnicero se tratase, pero no odio ni rencor.

-No quiero volver a hacerlo. Por favor, -suplicó con la voz opacada por la máscara. –Nunca quise hacerlo.

-A veces, tenemos que hacer sacrificios para conseguir lo que queremos, -dijo la joven colocando una mano sobre la suya que sostenía ya el kunai. –Húndelo.

Con suavidad, con la mano que había depositado sobre la de él, fue acercándola hacia el mismo punto donde siempre clavaba el kunai hasta que la punta rasgó su piel. No dejó de mirarla en el corto recorrido de su brazo. Supo que había llegado a ella cuando ella sintió el pinchazo y la hizo fruncir el ceño por el ligero dolor.

Ella miró hacia abajo para cerciorarse de lo que iba a pasar. Alzó el rostro y le miró con pena, sabía que era una despedida.

-No, por favor, -repitió la súplica en un intento de convencerla para que se apartase por si misma, incapaz de retirar su mano con el kunai.

La joven recorrió con sus manos sus brazos con delicadeza, tratando de reconfortarlo de alguna manera, aunque sabía que su alma y su corazón no albergarían consuelo alguno. Subió una de sus manos hasta su hombro, y la otra siguió subiendo hasta colocarla en su nuca, enredando los dedos en su pelo por debajo de la banda que fijaba en su sitio la máscara y haciendo que los vellos se le erizaran ante el contacto tan cercano.

-No lo hagas, -susurró por la corta distancia.

Poco a poco, fue acercando su cuerpo al suyo mientras él seguía sosteniendo el kunai que se iba adentrando, a través de su piel, hacia su interior. Cuando estuvo a pocos centímetros de la máscara separó los labios y los pegó a la superficie naranja, apenas fue un roce más que un beso que le hizo cerrar su único ojo a la vista. Cuando volvió a abrirlo un hilillo de sangre bajaba por la comisura de su boca. De repente cayó de rodillas y, lo que comenzó siendo un hilo, se convirtió en un borbotón de sangre que cayó a sus pies. Finalmente, se desplomó hacia un costado inerte.

El enmascarado dejó caer el kunai que rebotó en el suelo con un estruendo metálico y que poco a poco el charco de sangre fue engullendo.

A su lado, una risa que conocía bien, llegó a sus oídos. Giró la cabeza para encararlo.

-¿Qué te ha parecido esta nueva versión? –Dijo con su voz rasgada y la sonrisa sardónica tan característica.

-Voy a acabar contigo, aunque sea lo último que haga en esta vida, -respondió y una nueva carcajada aún más estruendosa veló su amenaza.