Fue lamentable, simplemente lamentable. Nos hicieron ponernos de rodillas en el suelo, como si fuéramos unos delincuentes cualquiera. Entraron en la casa de Suecia, se ve que lo revolvieron todo, como si de verdad se hubieran creído por un momento que él pudiera tener algo que ver con el movimiento de las narices. Nosotros fuimos a celebrar el año nuevo sin ganas, solamente para que no se quedara solo con sus pensamientos y tratar de mitigar la sensación de ver la silla de Sealand vacía. Y, mientras, Rusia miraba. Sonreía. Esto no tenía nada que ver con el movimiento.

— ¡Rusia!

Suecia volvió la cabeza y se quiso poner en pie, aunque los soldados no le dejaron.

— ¡Señor Ministro!

Era él, el jefe de Estado de su casa, e iba acompañado de los nuestros. Llamé a mi primera ministra y ella se acercó a mí horrorizada.

— ¡Lukas! ¿Te ha hecho algo?—me preguntó, ¡como si tenerme así no fuera bastante!

El jefe de Suecia se encaró con Rusia.

— ¡En ningún momento dimos autorización para una intervención!

— Me he tomado algunas libertades—se limitó a decir Rusia.

— Oh, vamos, señor ministro.

¡El que faltaba! Aquella voz pertenecía a China, que caminaba hacia nosotros con las manos a la espalda, con aquel uniforme negro suyo, y una pequeñita parte de su ejército detrás de él.

— Tenemos que movernos rápido si queremos acorralar a los terroristas.

Si China se había apuntado a la fiesta...

— ¿Hay algún problema? Los muchachos se están portando bien.

Sí. Ahí estaba el tercero en discordia: América. Informal, pero caminando con aire marcial. Como un maldito gallo de corral. Y también acompañado por un pequeño grupo de efectivos militares.

— ¿Dónde están vuestros superiores?—preguntó el primer ministro sueco.

— ¿Es que nosotros no le valemos?—preguntó América.

— No. Quiero hablar con vuestros superiores.

— Se van a tener que conformar con nosotros—China se encogió de brazos.

— ¿Debo tomar todo esto como un acto de rebelión hacia vuestros jefes?—preguntó el primer ministro de Dinamarca.

— Puede tomárselo como le dé la gana—contestó América descaradamente.

— No podéis tomar el ejército de vuestro país y...

— Ah, ¿no se ha enterado?—rió Rusia—. Nosotros somos el país.

— Si fuera por ustedes, los políticos, actuaríamos cuando no quedara ni una maldita ciudad en pie—dijo América—. Ya han muerto demasiadas naciones y demasiada gente. Yo he perdido un hermanito. Y se acabó.

Un hermanito, decía...¡A él, que le importaba tan poco la existencia de Sealand!

— ¡El movimiento justifica sus acciones violentas con la excusa de que los reprimimos duramente cuando son pacíficos, y vosotros tres con vuestros registros les estáis dando la razón!—dijo el ministro de Finlandia. Desafiando a los soldados de Rusia ayudó a nuestro amigo a levantarse.

— Da igual lo que piensen de nosotros mientras...

— Sí. Ya sé que a ti te da igual lo que piensen de ti, América—espetó la presidenta de Estonia—. Pero a veces conviene escuchar.

— Escuchar...

Rusia soltó una risita y se acercó a la mujer. La vi obligándose a permanecer en el sitio sin rehuirlo, pero vi cómo se encogía ante aquel hombre tan imponente, y vi a Estonia mirarlos con alarma, como listo para lanzarse a salvarla al mínimo gesto de parte de Rusia.

— Escuché a Nikolai cuando me dijo que si era tan estricto era por el bien de todos, y llevó a mi pueblo a la desesperación, y con ella a la revolución. Cuando los bolcheviques se lo llevaron a él y a su familia me dijeron que no les harían daño, yo les creí, y los mataron a todos como a perros. Vladimir, luego Iósif, me dijeron que traerían la paz, la igualdad, que todo iría mejor, y...¿te acuerdas Estonia? ¿Te lo pasaste bien? ¿Crees que alguien se lo pasó bien? ¿Se lo pasó bien Ucrania mientras su gente se moría de hambre y tenían que comerse los unos a los otros?—Rusia volvió a reír como un niño, y yo me obligué a no sentirme intimidado—. Escuchar a los demás fue lo que me convirtió en el malo de la película. Pero no importa. Lo tengo más que asumido. Si voy a ser el malo, que al menos sea por algo que he decidido hacer yo...

América y China se acercaron a Rusia.

— Bien dicho, tío—me pareció que oía mal. ¿América haciéndole un cumplido a Rusia? ¿Le tocaba la espalda de forma amistosa, sin un cuchillo en la mano ni nada? Sí que era verdad que el movimiento había cambiado las cosas.

— Todos vosotros habéis decidido que nosotros seamos los malos—China miró a todos los presentes fijamente—. Nos tenéis miedo. Habéis conseguido que mucha gente nos tenga miedo...Bien.

Parecía que iba a decir algo más, cuando hubo una nueva aparición inesperada. Los soldados del Triunvirato corrieron hacia alguien que se acercaba, no vi a quién con esa marea humana en medio.

— ¡Abrid paso, maldita sea!

Conocía esa voz. América también, por eso hizo un gesto con la mano para que los soldados se dispersaran.

¿Quién era sino el hombre que lo crió, Inglaterra, acompañado de Francia?

— Aquí solo falta el jodido Dalai Lama—oí protestar a Dinamarca a mi lado.

— ¿Venís a echar la bronca, como hacéis siempre?—preguntó América, cruzándose de brazos y poniendo esa cara que pone casi siempre, de niñato.

— Ciertamente estaría bien saber por qué están nuestros amigos rodeados de militares apuntándolos con rifles—observó Francia con el ceño fruncido.

— Solamente estábamos hablando—respondió Rusia.

— Queríamos respuestas, nada más; se pusieron chulitos y tuvimos que bajarles los humos. Esa es la razón—dijo China. Quise darle un puñetazo.

— Ya veo que usáis los pactos de no-agresión para limpiaros el trasero cuando vais al baño—Inglaterra los miró con dureza—. Y que el movimiento ha conseguido poneros en contra de todo el mundo.

— Te equivocas—repuso América—. Queremos hacer algo. Eso es todo lo que hemos hecho contra el mundo. Hemos desarticulado las ramas americana y oceánica. Vamos a acorralar a los que quedan antes de que sigan matando. Cueste lo que cueste.

— ¿Incluso hacerle daño a vuestros aliados, amigos y familia?—Inglaterra dio un paso al frente y se enfrentó cara a cara con él.

— Si por alguna razón no tienen los cojones de ir a por ellos, si muestran clemencia con los que han estado haciendo daño a nuestra gente...Sí. Y preferiríamos que esto se hiciera de otra forma, pero si no nos dejan otra opción...

— Por Dios, Alfred, ¿te estás escuchando a ti mismo?

— Sé muy bien lo que estoy diciendo. Para mí mi gente es lo más importante. Los voy a librar de esta amenaza. Y si alguien se pone en mi camino...

— En otro tiempo no habrías dudado en aniquilarlos sin que te importara quién se pusiera en medio—intervino China, mirando a Inglaterra.

— Pero ahora es ahora. He comprendido que esa no es la forma de actuar.

— Tenéis miedo—dijo Francia—. Estáis aterrorizados. Y el movimiento se aprovecha de eso.

— ¿Y qué proponéis que hagamos?—preguntó China—. ¿Dejar que envenenen las mentes de nuestra gente y sigan matando?

— Tenemos que empezar por admitir que tenemos nuestra parte de culpa en todo esto. Si a nuestra gente le ha seducido las ideas del movimiento, no es cuestión de silenciar duramente a quienes han cogido el altavoz. Tenemos que hacer auto-crítica y hablar con nuestros ciudadanos. Recuperar su confianza. Entonces, ellos mismos se desharán de él no escuchándolo.

— Podéis encarcelar y ejecutar a los miembros del movimiento—continuó Inglaterra—. Muchos de ellos se lo merecen por haber cruzado la línea y defendido sus ideas haciendo daño. Pero no podéis destruir las ideas. Así solo reforzáis la mala imagen que tenéis, de imperialistas opresores. ¿Es que no lo veis?

— Inglaterra—China se acercó a él—. Kazuki Ogura está aquí, en Europa. Él era el líder de la sección asiática. Él dio la orden de que mataran a Sealand masacrando a su gente. ¿No quieres que pague por lo que hizo?

Hubo una pequeña pausa. No podía ver la expresión en el rostro de Inglaterra desde donde me encontraba, pero pude oír su voz, decidida.

— Pagará por lo que ha hecho. Pero según las normas. Por eso estamos aquí.

— Venimos de parte de la Europol. Vamos a por ellos. Pero vamos a hacerlo bien—remarcó Francia.

— Bien...Sé qué concepto tenéis vosotros de "bien"—dijo China despectivamente—. Les haréis un juicio, los condenaréis a cientos de años, quizás cadena perpetua, pero encontrarán un buen abogado, o aprobaréis una ley de derechos humanos, y en veinte o así, o en cuanto contraigan alguna enfermedad, los dejaréis de nuevo en la calle. Esa justicia a mí no me va.

Una melodía nos interrumpió. Sonaba justo a mi lado. Era el móvil de Islandia. Como seguramente era alguien que le felicitaba el año nuevo, lo dejó sonar. Pero llamaban insistentemente. Al final cogió el móvil, pese a las advertencias del soldado que tenía a su lado.

— ...¿Cómo...?

Islandia me miró, y luego se quitó el móvil de la oreja y puso el altavoz.

— Repite lo que me acabas de decir.

— ¿Eh? Oh, bueno...Uh...E-Estoy en tu casa, Islandia, en...vale, no sé cómo se pronuncia el nombre de este lugar, pero tenemos a Igor Greszczyszyn, el líder del movimiento en América. Y...

— ¿Canadá?—exclamó Francia, acercándose.

— ¿Qu...?—musitó América, corriendo a acercarse también a Islandia.

— ¿Francia? ¡Soy yo, Canadá! ¡Es un poco largo de explicar, pero hemos podido detener a Greszczyszyn, el miembro fugado de la sección americana, y también tenemos a Ogura y a Ughetti! ¡Y a Wafula, de África! ¡Estaban aquí celebrando una reunión de emergencia los líderes de los continentes restantes! ¡Quedan algunos miembros, pero han conseguido escapar! ¡Necesito que des orden de cerrar los aeropuertos y controlar cada salida de la isla antes de que escapen!

Islandia está tan lejos que muchos ni lo consideran europeo. Solamente...una isla en medio del mar, aislada, misteriosa. Algo como irreal. Jamás había tenido tanta atención en su persona. Al verlo pensé que le había invadido el pánico escénico. Miró a todo el mundo.

Finalmente me miró a mí. Intenté tranquilizarlo tomándole de la mano y mirándole a los ojos.

Él asintió. Luego miró tanto al Triunvirato como a Inglaterra y Francia.

— Todos juntos. Y como debe hacerse.

La decisión en su voz hizo que nunca me hubiera sentido más orgulloso de mi hermano como en ese momento.