New life (Thomas Bergersen)


Hubo un pensador nacido durante el reinado de esplendor de mi madre, llamado Epicteto, que dijo una vez que solo hay que tener miedo al propio miedo.

Hay quien me acusa de haberme comportado durante aquel oscuro periodo de tiempo como si nada hubiera ocurrido. Mientras moría gente alrededor del mundo, entre ellos seres como yo, yo seguía con mi rutina: me levantaba tarde, atendía los asuntos que se esperaba de mí como nación en el ámbito político, cuidaba de mis gatos, paseaba, leía, veía la televisión, cocinaba...Como si el mundo no se estuviera derrumbando a mi alrededor, decían.

Pero ¿acaso no había momento mejor para hacer todas esas cosas?

Decían que debía morir. Me preparé para morir, pues.

Durante aquellas semanas, disfruté más que nunca de lo que tenía a mi alrededor, ese mundo que debía dejar atrás. Todo ha cambiado mucho desde que yo vi por primera vez la luz del sol. Me gusta este siglo. A través de una pantalla tengo acceso a las ideas de millones de personas de todo el mundo. Nunca ha estado más al alcance de cualquiera un libro. Cada día se publica una nueva canción. Con solo ir a un supermercado puedo preparar casi cualquier plato que se me ocurra. También tenía mis viejos placeres, como oír el ronroneo de un gato mientras le acaricio la panza, o simplemente contemplar la salida y puesta del sol. Esos días me dediqué a despedirme de todo aquello. Me dediqué a vivir tanto como pude, sin saber cuándo debía partir exactamente.

Dejé que mis ciudadanos me juzgaran sin enfrentarme a ellos y hacer una apología. No traté de quitar importancia a los errores que cometí que les pudieron haber hecho detestarme. Simplemente, dejé que todo siguiera su curso natural.

Cuando vi acercarse a aquel grupo al Partenón, cargando con toda clase de herramientas de demolición: mazos, cinceles, martillos neumáticos, me limité a inspirar hondo. A mi madre le habría disgustado ver cómo sus templos, su recuerdo, era destruido. Pero así es la vida. Así se construye la Historia, a veces echando tierra encima del pasado.

Fue entonces cuando apareció una marea humana, mucho mayor que la que pretendía borrar el recuerdo de los dioses antiguos y la civilización que construyó mi madre y que me dejó de herencia.

Vi a hombres, mujeres jóvenes y mayores corriendo hacia ellos sin miedo, gritándolos, quitándoles las capuchas, agarrándolos por los pelos, tirándolos al suelo, lanzando lejos sus instrumentos. Sacándolos de allí a patadas. Los hicieron huir.

Y luego hicieron lo que siempre hacen en los momentos más duros, cuando parece que todo se hunde.

Alguien sacó un buzuki y la gente comenzó a bailar una zorga delante de mí. Dieron palmas. Todos con una sonrisa en los labios. Todos cantando en voz alta, y mirándome.

Vi orgullo en sus miradas. Apoyo. Amor. Aquello lo hacían para demostrarme algo, y demostrárselo a sí mismos.

¿Qué podía hacer yo sino unirme a su danza?

«Opa

Ellos habían decidido. Yo respeté su decisión con tanta tranquilidad como si hubieran decidido que fuera mejor que yo hubiera desaparecido.

«Opa