Lilium (de la serie Elfen Lied, versión en caja de música de Stefan Studios)


Carlotta Fanelli, guardaespaldas personal y prometida de Italia del Norte, fue enterrada con honores en el cementerio de San Michele de Venecia. Los países hicimos piña para consolar a Italia. Es un tipo tan alegre, que siempre trata de llevarse bien con todos, que era lo menos que podíamos hacer por él en un momento como ese.

Hubo varios momentos en que la atención se desvió de él. Como cuando Suiza y Austria hicieron su aparición en el tanatorio y dejaron a todos boquiabiertos. Eran dos muertos que habían vuelto a la vida. Hungría se quedó muy pálida, luego se puso roja, no pudo evitar romper con el ambiente de solemnidad y respeto que había allí cuando los vio. Se abrió paso entre la gente y le ventiló a Austria tal bofetón que absolutamente todo el mundo se quedó en silencio y mirándolos. Las gafas de repuesto que se había buscado saltaron por los aires. «¡Imbécil! ¡Idiota! ¡Cómo te atreves a darme semejante susto!». Consciente de que estaba dando la nota, se lo llevó fuera de la sala. Prusia me contó más tarde que la había pillado besándolo y haciéndole prometer que jamás volvería a recurrir a ese truco tan 'mezquino'. Pero ver a Austria y a Suiza vivos fue de las pocas cosas que hicieron sonreír a Italia ese día, aunque solo fuera por un breve momento. La otra cosa fue la aparición de España. Podía andar por su propio pie, aunque flanqueado por Bélgica, que no le quitaba ojo. Se le veía mucho más vivo, aunque todavía tardaría un poco en recuperarse. Oí a Italia decir que se alegraba de verlo y España, después de darle el pésame, lo abrazó y lo mimó como cuando era pequeño.

Todos lo tuvimos en nuestros brazos. Desde que me lo encontré en Islandia y se derrumbó en mis brazos herido de bala no me había apartado de su lado. Italia recibía a los asistentes y volvía a mí y a la familia de la señorita Fanelli. Ni Seborga ni Romano se separaban de su lado y solo se ausentaron por un buen motivo: Seborga se comprometió a ahorrarle algunos malos tragos encargándose de los desagradables preparativos que conlleva un funeral y un entierro y Romano tuvo que lidiar con los periodistas que rapiñaban por ahí.

Italia había soltado toda su rabia en Islandia y ahora se permitía mostrarse vulnerable. Vi cómo dejaba que Francia le diera besos cariñosos en el pelo y en las mejillas mientras frotaba su espalda. Oí cómo mi hermano Prusia se deshacía en disculpas sinceras y sentidas por no haber podido evitar que Greszczyszyn matara a su novia; Italia le sonrió y mientras le tomaba las manos le dijo que sabía que había hecho todo lo que estaba en sus manos y que no necesitaba disculparse. Nicaragua y él no se intercambiaron una sola palabra, pero ella le acarició la mejilla y lloró casi más que él. «No tendría que haber sido así», le oí decir. Polonia se lo llevó aparte y le dijo algo que hizo que le brotaran las lágrimas a Italia.

A ése no le perdí de vista.

Pero con quien más lloró Italia fue con Japón.

Nada más entrar presentó sus respetos a la familia de la fallecida y luego se acercó a Italia. Durante la guerra se creó un vínculo entre nosotros tres, creo. Éramos nosotros contra el mundo. Pasamos muchísimo tiempo juntos. Cuando Japón se acercó a él, Italia comenzó a sollozar y se abrazó a él. Sé que a Japón no le hace mucha gracia el contacto físico y que siempre ha encontrado chocante la efusividad italiana, pero aceptó a Italia en sus brazos y dejó que soltara todo en ellos, como un refugio.

Los miraba cuando oí un resoplido a mi lado. Era América.

— Pobre Italia. Rompe el corazón verlo así.

Asentí en silencio.

— Lo peor es que Greszczyszyn no va a pagar por su crimen. Él sabía que lo más probable es que lo trajeran a mi casa, y que por lo que ha hecho se había ganado la inyección. Se ha suicidado esta mañana. Con una cuchilla de afeitar que sacó no sé de dónde. Le encontraron una nota en la que me lo dedicaba.

Suspiró.

— ¿Tú también crees que soy un monstruo o algo así?

— La guerra vuelve locos a algunos hombres—le contesté.

— Todo lo que hice fue por...

— Sé por qué lo hiciste. Pero no es el momento de hablar de ello. Hoy lo único en lo que debemos pensar es en Italia.

— Tienes razón...

Di muchas vueltas a sus palabras durante mucho tiempo, incumpliendo así mi propio consejo.

Tras la comitiva fúnebre, la señorita Fanelli recibió sepultura y no volví a acercarme a Italia. Se quedó junto al que iba a ser su suegro, sus dos cuñados y su suegra, a la que abrazó y no soltó durante el resto del día y en cuyo hombro lloró mientras introducían el féretro en la tierra que ella tanto amó y que protegió con su propia vida. Los periodistas, pese a las amenazas de Romano, no respetaron ni a la señorita Fanelli ni el dolor de su familia y sacaron muchas fotografías. Una de ellas, que mostraba a Italia siguiendo el coche fúnebre en que transportaban el ataúd, dio la vuelta al mundo por su dimensión artística, que mostraba a Italia como en una de sus pinturas religiosas, con gesto roto y pose delicada, y por su significado. Los comentarios que leí hacían referencia a que nunca se había visto mayor muestra de humanidad por parte de una nación. Sirvió para que la opinión pública se decantara a su favor, pero yo habría preferido que lo hubieran dejado en paz. Romano llegó a demandar al periódico que publicó aquella fotografía. No sé si ganó, pero no serviría de mucho: hoy en día, con las redes sociales, es imposible evitar que las imágenes salgan a la luz.

No nos quedaba más que dejar a Italia tranquilo e irnos cada uno a nuestras casas.

— Polonia. Un momento, por favor. Quisiera intercambiar unas palabras contigo.

No. A mí me quedaba una cosa pendiente.

— Quería pedirte perdón. Sin cámaras. Sin gobernantes ni asociaciones presentes. Por...por lo de...

Polonia al principio no comprendió. Cuando lo hizo, se le abrieron mucho los ojos y su expresión se volvió agria.

— Ya sabes que a ninguno de los dos nos gusta hablar sobre eso.

— Lo sé. Sé que ambos preferiríamos olvidarlo. Pero no podemos. Por eso quiero...

— ¿Qué? ¿Ponerte de rodillas y pedirme que te perdone? ¿Que te la devuelva? ¿Es eso lo que quieres? ¿Después de setenta años y pico? ¿Después de todos los años haciendo homenajes, ofrendas florales, museos y esas mierdas? ¡Alemania! ¡Si nos pusiéramos a recordar todo lo que nos hemos hecho los unos a los otros, no nos dirigiríamos la palabra, nos quedaríamos solos y amargados, encerrados en nuestras casas! ¡Yo no quiero eso! ¡Es verdad que me hiciste daño! ¡Ni te lo imaginas! ¡Jamás vas a tener ni idea de lo que me hiciste a mí y a mi gente! Pero ¿sabes qué? ¡Eso ya pasó! ¡Eres un buen tío! ¡Cargas con buena parte del peso de la Unión Europea y lo haces muy bien! ¡Eres metódico, tienes mucho seso y valores! ¡Sé que tus jefes y que el propio pueblo te llevaron a eso y tú te limitaste a seguirles la corriente! ¡Lo sé porque yo también he hecho algunas cosas que no me han parecido bien personalmente! ¡Todos, todos, todos lo hemos hecho! Y ¿sabes qué? ¡Hemos pasado página! ¡Mira...yo qué sé, a Japón! ¡América lo masacró! ¡Se llevó ciudades enteras con su bomba! ¡Lo dejó en la miseria! ¡A la gente se le caía la piel a tiras mientras corría! ¡Y no se han retirado la palabra, están tan amigos! ¡Les gusta hablar sobre cómics, música y mierda! ¡Tú y yo...! ¡Bueno, tampoco coincidimos tanto, pero podríamos ser así si nos lo propusiéramos! ¿Ha sido el movimiento? ¿Te han metido en la cabeza la idea? ¿Y tú les vas a dar esa satisfacción, de hacerte dudar de ti mismo, de que solo te veas a ti mismo como el nazi? ¡Eres mucho más que eso, maldita sea! ¡Así que más te vale que te enteres y no vuelvas nunca más a venirme con esas! ¿De acuerdo?

Nos quedamos los dos en silencio. Su expresión se relajó, incluso me pareció que me miraba dolido.

No sabía qué contestar a eso, si es que había algo que pudiera decir. Solo me salía "lo siento", pero estaba claro que no quería oírlo.

Él me ayudó, acercándose a mí para darme un abrazo. Se sintió un tanto incómodo. Nunca antes habíamos estado tan cerca. Nunca antes había hecho nada que mereciera un abrazo suyo. Por eso guardo el recuerdo de ese gesto como algo muy especial.

— Me alegro de que estés bien—le oí decirme.

Aquella fue otra fotografía que un paparazzo robó de tan privado momento. Este tampoco hubo manera de pararlo. La verdad fue que no perseguí al autor. Tengo un recorte enmarcado en mi despacho. Al pie de la fotografía se puede leer: «Borrón y cuenta nueva». A veces, cuando los malos recuerdos de lo que fui me asaltan, miro esa fotografía y espanto los fantasmas con la promesa de devolver lo que he quitado.