Era ya noche cerrada cuando Nathalie llamó a la puerta del despacho de Gabriel Agreste. Su jefe estaba, como de costumbre, absorto en la pantalla de su ordenador. Nathalie carraspeó suavemente para llamar su atención.
–¿Sí? –dijo él, sin levantar la vista.
–Adrián ya ha cenado y está en su habitación –informó ella–. Ha dicho que hoy quería acostarse temprano.
–Muy bien. ¿Ha actuado de forma extraña o diferente?
–Está muy apagado, pero es normal, señor. No quiere dejar de ir al colegio.
Había un levísimo tono de reproche en su voz, pero Gabriel lo pasó por alto deliberadamente.
–¿Sabemos algo del anillo?
–No, señor. Él dice que lo ha perdido, pero piensa que está en alguna parte en su habitación y que ya aparecerá. No parece preocupado.
–Hummmm... –murmuró él, frunciendo el ceño.
Nathalie vaciló un momento antes de preguntar:
–¿Cree que... se ha deshecho de él voluntariamente?
–Creo que lo tiene escondido en alguna parte. Y pienso averiguar dónde.
–Todavía no sabemos seguro si ese anillo es el prodigio que buscamos. Es cierto que es extraño que lo haya... "perdido"... justo cuando empezamos a sospechar de él, pero... ¿y si yo estaba equivocada y, después de todo, Adrián no es Cat Noir?
–Puede que Adrián no sea Cat Noir, y que el anillo sea simplemente un anillo –respondió él–. O puede que sea un prodigio. En ese caso, debemos plantearnos qué ha hecho con él, y por qué ha decidido deshacerse de él precisamente ahora.
–¿Piensa que Adrián sospecha de nosotros?
Gabriel se quitó las gafas y se frotó un ojo con cansancio.
–Es posible, pero no podemos saberlo con certeza. En todo caso, no podemos arriesgarnos a dar un paso en falso. Si tiene sospechas, no debemos confirmarlas. Por eso no puedo preguntarle directamente por el anillo.
–Entonces, ¿qué piensa hacer?
Gabriel inclinó la cabeza, pensativo. Abrió una ventana en la pantalla de su ordenador y observó con atención la imagen que le mostraba. Era un vídeo en tiempo real de lo que sucedía en la habitación de su hijo. Las luces estaban apagadas, pero la cámara oculta podía grabar sin problemas en la penumbra. Adrián estaba en su cama, muy quieto. No parecía tener intención de ir a ninguna parte.
–Seguiremos vigilándolo –respondió–. En algún momento cometerá un error.
Adrián había cenado de nuevo a solas en el enorme comedor, aunque estaba bastante seguro de que Nathalie, o su padre, o los dos, lo estaban vigilando. Cuando terminó, Nathalie acudió a informarle de que al día siguiente, a primera hora, se reuniría con él para hablar del nuevo horario. Adrián asintió sin mucho entusiasmo, y a ella no pareció sorprenderle.
–Creo que me voy a ir a la cama pronto –dijo el chico–. Hoy no he tenido un buen día, y estoy muy cansado.
Ella le dedicó una media sonrisa comprensiva.
–Lo entiendo. Que descanses, Adrián. Hasta mañana.
–Hasta mañana, Nathalie.
Mientras subía las escaleras de regreso a su habitación pensó con amargura que, en otros tiempos, "Me voy a la cama temprano porque estoy cansado" habría significado en realidad: "Me voy a mi habitación porque tengo que transformarme en superhéroe para luchar contra el mal, patrullar la ciudad con Ladybug o ir a visitar a Marinette".
Pero ahora la frase era desalentadoramente exacta.
De modo que allí estaba, ya en pijama y en la cama, a oscuras en su habitación, mirando al techo con melancolía. No tenía sueño en realidad, pero tampoco había mentido a Nathalie. Estaba agotado y, además, aquel había sido un día horrible.
Al menos había podido ver a Marinette por última vez antes de que su padre decidiera encerrarlo en casa.
Cerró los ojos con cansancio. No iba a ser un encierro permanente en realidad. Nathalie le había dado a entender que seguiría trabajando para la marca, así que saldría de casa para sesiones de fotos, desfiles de moda y eventos varios. Quizá tuviese ocasión de volver a encontrarse con Marinette, aunque fuese de forma casual. Tal vez, cuando fuesen mayores, si ella llegaba a ser diseñadora de moda...
Sacudió la cabeza. Probablemente ella superaría su examen sin problemas, pero él no debería estar pensando tan a largo plazo. Después de todo, Ladybug descubriría pronto la verdadera identidad de Lepidóptero, si es que no la conocía ya, y sin duda haría algo al respecto.
Se le encogió el corazón al pensar que ella debía elegir a otro Cat Noir para ocupar su lugar. Pero era lo mejor y lo más seguro para ambos.
¿Qué sucedería cuando Ladybug y los nuevos héroes derrotasen a Lepidóptero? Porque sin duda lo harían pronto, ahora que ya conocían su identidad. Entonces él sería libre de nuevo, pero... ¿qué pasaría con su padre? ¿Y con Nathalie? ¿Acabarían los dos en la cárcel?
Una parte de él, la parte que todavía los apreciaba a pesar de todo, se estremecía de horror ante aquella posibilidad. Todavía le costaba asimilar que su familia fuese responsable del caos que se había desatado sobre París durante el último año. Quería creer que debían de tener sus razones, pero por otra parte no deseaba conocerlas, porque no quería tener excusas para poder disculparlos o incluso perdonarlos. Eran criminales, y debían pagar por lo que habían hecho.
Frunció el ceño, preocupado, mientras seguía pensando en las consecuencias de la derrota de Mayura y Lepidóptero. Él no podría quedarse viviendo solo en la casa con el guardaespaldas, por supuesto. Tampoco le gustaría, en realidad.
Se preguntó qué opciones tenía. Llegó a la conclusión de que lo más probable sería que lo enviasen a vivir a Londres con su tía.
Suspiró. Si su padre acababa en la cárcel ya no podría impedir su relación con Marinette. Pero, él tenía que irse a Londres... tampoco podría estar con ella.
Se abrazó a la almohada, sintiéndose más solo y miserable que nunca. Incluso echaba de menos la voz de Plagg burlándose de él o diciéndole que sus penas no eran para tanto en realidad.
Si solo pudiera...
De pronto, un destello iluminó su rostro y lo hizo incorporarse, alarmado. Una esfera luminosa acababa de materializarse en medio de su habitación.
De ella no emergió Bunnyx ni Pegaso, sino una nueva superheroína a quien él no conocía. Cubría su rostro con unas gafas oscuras y se recogía el cabello en una larga cola de caballo.
–¿Adrián Agreste? –lo llamó ella.
–Sí... sí, soy yo –respondió él, levantándose de un salto–. ¿Quién eres tú?
–Soy Épona. Tienes que venir conmigo.
–¿Qué...? –empezó él; pero, antes de que pudiera terminar la frase, Épona lo tomó de la mano con urgencia, tiró de él y lo arrastró al interior del portal.
En cuanto ambos desaparecieron en su interior, la esfera luminosa se esfumó, y la habitación quedó de nuevo a oscuras.
El viaje duró apenas un parpadeo, y causó un curioso retortijón en el estómago de Adrián. Cuando el portal se cerró tras él, el chico se encontró en otra habitación en penumbra... una habitación que reconoció de inmediato como la de Marinette.
El corazón le dio un salto en el pecho.
–¿Marinette? –preguntó esperanzado, mirando a su alrededor.
Pero, salvo él y la misteriosa heroína que al parecer portaba ahora el prodigio del caballo, no había nadie más allí.
Se volvió hacia ella, un poco decepcionado pero, sobre todo, intrigado.
–¿Te ha enviado Ladybug? –le preguntó con curiosidad–. No sé si... ¡Espera! –exclamó, alarmado, al ver que ella se llevaba la mano a las gafas.
Pero Épona no lo escuchó. Se quitó el prodigio y Kaalki salió disparada de él. El cuerpo de la chica se vio envuelto en un breve resplandor verdoso antes de revelar su verdadera identidad ante Adrián.
–No deberías... –empezó él, preocupado.
Pero ella dio un paso al frente, hacia la ventana. Cuando la luz nocturna que se filtraba desde la calle iluminó su figura, Adrián la reconoció por fin.
–Marinette –murmuró, maravillado.
Ahogando un sollozo, ella se arrojó a sus brazos con los ojos llenos de lágrimas.
NOTA: El siguiente capítulo será más largo, así que tardaré un poco más en subirlo. Unos dos o tres días, calculo.
