Severus abrió los ojos con cuidado al sentir el leve peso en su pecho, mientras que una de sus manos acariciaba un cabello bastante desordenado. Miró hacia abajo y creyó que el tiempo se detuvo cuando vio los ojos verde esmeralda tan atentos a sus movimientos. Harry sonrió con ternura cuando vio que su Sev sonrió.

—Te quiero mucho Sev.

Severus parpadeó lentamente, y cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en su habitación de Mansion Prince, ni un Harry de cinco años lo miraba. Estaba en Hogwarts, en sus aposentos privados, y su vista estaba dirigida hacia un Harry que lo miraba con las lágrimas escapando de sus ojos, aunque allí sólo había enojo.

—¡Te odio!

Severus frunció levemente el ceño al sentir el dolor en su pecho ante la declaración del niño de siete años, producto totalmente de la ira que sentía en ese momento por algo que al parecer había hecho, pero el peso de las palabras seguía siendo atroz en su pecho. Miró alrededor y, sentado en la mesa de la cocina mientras dibujaba, un Harry de diez años al parecer le hablaba, contando lo emocionado que estaba por comenzar sus clases con Hagrid y con él, terminando en Slytherin y así poder estar con Draco y, si tal vez tenía suerte, con Ron también, compartiendo habitación en las mazmorras. Cuando Severus quiso dar un paso hacia él, la escena se desvaneció, quedando todo en negro.

Una luz brilló detrás de él, y Severus reconoció el espejo de Oesed. Se acercó a él y sonrió ante el reflejo de él, un Harry adulto y Remus devolviéndole la sonrisa. Entre los brazos de Remus había un pequeño niño de tal vez tres años según su cuerpecito, pero su rostro estaba totalmente en las sombras. Detrás de ellos estaban los Malfoy y hasta el perro Black, pero estaban allí sonriéndole. Dumbledore, a un lado del perro, también le sonreía de la misma manera que lo hacía antes de que ellos discutieran sobre la educación de Harry y su puesto en la guerra, y Severus se sintió melancólico. Un ruido se escuchó detrás de él, y luego un siseo que congeló al pocionista.

Voldemort.

No. No sólo Voldemort, sino que era Quirrell con Voldemort en su nuca. La imagen era horrorosa, pero eso no era lo que capturaba la mirada de Severus.

Harry estaba peleando contra Quirrell-mort. Un hechizo lo mandó volando hacia las escaleras de la habitación donde se había escondido la piedra filosofal, y Severus, congelado en su lugar, escuchó el sonido distintivo de huesos quebrarse en su hijo, aún con la risa triunfante de Voldemort escuchándose con eco. Un rayo de luz verde salió de la varita de Quirrell, y Severus se halló corriendo antes de que la maldición llegara a su hijo, por segunda vez en su corta vida.

Severus se detuvo abruptamente cuando, en vez de ver a Quirrell, vio a un adolescente mirándolo con una ceja alzada. Ya no estaban en la sala de la piedra, el espejo había desaparecido junto a Quirrell-mort y Harry, al igual que la maldición asesina. Severus se hallaba en lo que sabía, según los recuerdos de Harry, era la Cámara de los Secretos. Tragó saliva al ver al gran basilisco, aunque éste no le prestó atención mientras devoraba...

A Harry.

El adolescente, que miraba alternativo entre él y la gran serpiente, sólo negó con la cabeza con leve decepción. Severus no dejaba de ver la escena frente a él, sintiéndose impotente y enfermo a más no poder.

—La mente juega malas pasadas— el adolescente de ojos rojos y con el uniforme de Slytherin chasqueó los dedos, y el basilisco ni el destrozado Harry no estaban más—, pero no todo es lo que parece, o lo que fue, ¿no crees, Severus?

—Sí, Tom— se encontró respondiendo, a pesar de que no sabía quién era el adolescente, ni qué se suponía que tenía que ver realmente.

El adolescente, Tom al parecer, sonrió y la imagen volvió a desvanecerse, pero esta vez Severus se encontró en el Ministerio, junto a un muy adolescente y nervioso Harry que no dejaba de apretarle su mano, que estaban entrelazadas. Reconoció el lugar al ver la cantidad de estanterías gigantescas repletas de bolas de cristal, y junto con Harry se detuvieron en una. Harry lo miró, pidiendo una confirmación, y Severus asintió sin desearlo.

El Harry adolescente tomó una de las esferas de cristal, y la voz distorsionada se escuchó por toda la sala, diciendo la profecía que Severus ya había escuchado demasiadas veces lamentablemente. Cuando terminó, Harry guardó la esfera en un bolsillo interior de su túnica y lo miró fijamente, sus ojos antes verdes completamente ahora eran una mezcla de negro, marrón claro y verde, extrañamente perfecta. Severus le correspondió la mirada.

—Morir es mi destino, entonces.

—No dejaré ni permitiré que mueras.

Harry sonrió con cariño ante sus palabras, pero Severus estaba empezando a enojarse, porque al parecer hasta su propio hijo creía que iba a morir y estaba bien con eso. El adolescente lo abrazó con fuerza y antes de que Severus pudiera corresponderle, el chico se alejó, dándose la vuelta.

Harry se dirigía al semicírculo de mortífagos que lo miraban con diversión. Severus parpadeó ante la vista del Bosque Prohibido y los leales al Señor Oscuro, mirando sorprendido a Lucius y Narcissa, que miraban fríamente a Harry. Harry no se dió la vuelta, no sacó su varita, simplemente no hizo nada mientras escuchaba la fría y siseante voz de Voldemort.

—El niño que vivió, viene a morir.

Severus no podía moverse. Sólo pudo quedarse allí, sin sentir nada, al ver que su hijo, su mocoso, su pequeño Harry, recibía sin lucha el Avada Kedavra de Voldemort. Lo vio caer, un peso muerto entre las hojas secas y las ramas caídas de los árboles. Vio como Narcissa se acercaba a él, comprobaba su pulso y luego, informaba neutralmente a Voldemort que Harry estaba, en efecto, muerto.

Voldemort rió triunfante. Hagrid, encadenado casi al final de todos los mortífagos, lanzó un grito de dolor.

Severus abrió los ojos, encontrándose con los ojos de su pequeño Harry, de su niño de trece años, su pequeña serpiente valiente, que lo miraba preocupado. Estaba en sus habitaciones en Hogwarts, estaba acostado sobre su sofá, un libro escrito por el mismo Salazar Slytherin en el suelo, que había caído de sus manos cuando cayó dormido.

—¿Papi?

Volvió su vista a Harry y lo atrajo rápidamente a un abrazo, obligando al niño a subirse al sofá y devolverle el abrazo tanto como podía en la incómoda posición. Harry ya estaba creciendo, y Severus se dijo a sí mismo que no podía encerrar al niño hasta que él mismo destruyera a Voldemort. Harry se molestaría con él. Una mano acarició su cabello y Severus levantó la cabeza para encontrarse con la mirada amarilla y preocupada de Remus. Quería agarrarle la mano y apretarla en señal de que todo estaba bien, que sólo tuvo un mal sueño, pero no podía soltar a Harry.

Tampoco podía agarrarle la mano, porque tenía la impresión de que, tal como en su sueño, nada iba bien.

HPSS

?????

se me vinieron estas palabras en diez minutos, no me juzguen.