EPÍLOGO
Atardecía casi un mes después cuando Albert estaba solo en el salón del cottage. Candy se encontraba arriba con su hijita y la casa estaba silenciosa excepto risas ocasionales que llegaban desde el piso alto.
Albert se detuvo ante una ventana y miró asombrado. Por el camino que llegaba al cottage se acercaba una figura solitaria.
Era un hombre flaco y casi harapiento, cubierto con un gastado sombrero gris. El desconocido se detuvo, observó atentamente la casa y consultó un trozo de papel que traía en la mano. Pero su actitud indicaba reticencia, como si se resistiera a llegar a la puerta. A la media luz del atardecer su cara no se veía bien, pero Albert estuvo seguro de que no lo conocía. Su curiosidad lo dominó. Salió a la puerta y avanzó para interrogar al extraño.
Cuando Albert se le acercó, el hombre se irguió y hundió las manos en los bolsillos de su gastada chaqueta.
—¿Tiene algo que hacer aquí, señor? ¿O viene en busca de un médico? — preguntó Albert.
El hombre era joven, quizá de menos de treinta años, y sus ojos verdes parecieron desafiar a Albert.
—Quizá tengo algo que hacer aquí, señor. — Un asomo de ira fue evidente en su voz. — y también es posible que no. Estoy buscando a un tal doctor Andrew y me indicaron que viniera a este lugar.
—Está hablando con el doctor Andrew — dijo Albert y estudió cuidadosamente al hombre—. Veo que usted es sureño y aunque no veo caballo ni carruaje, debo suponer que ha recorrido una larga distancia para verme aunque no puedo imaginar por qué. Obviamente, usted no está enfermo.
—Vine caminando.
—Veo que usted fue oficial confederado. — Albert señaló la chaqueta del hombre que una vez debió de haber sido gris y el sombrero. — Y usted debe darse cuenta de que yo luché por la Unión. ¿Quizás anda buscando a un pariente suyo?
—¡No, maldición! — replicó el desconocido con voz cargada de ira—. No tengo parientes, gracias a ustedes los yanquis. Tampoco tengo un hogar. Cuando regresé allí lo encontré quemado hasta los cimientos. Un yanqui lo compró casi por nada.
—Siento que haya perdido su hogar y su familia y siento aún más que usted me eche la culpa. — Albert se encogió de hombros y abrió las manos en un gesto de inocencia. Ladeó la cabeza y una extraña luz brilló en sus ojos cuando estudió el rostro del hombre.
— ¿Acaso la casa a que usted se refiere se llamaba Briar Hill?
—¡Sí! — La palabra brotó como una explosión del pecho del hombre.
—¿Entonces, su apellido es White? — preguntó Albert.
El hombre se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Dice usted que no tiene familia?
Ahora dirigió a Albert una mirada llena de odio y dolor.
—Mi padre y mi hermano murieron en la guerra. Mi madre murió de pena. Mi hermana desapareció. Ustedes, los barrigas azules, dijeron que ella era espía y la persiguieron. Supongo que está encerrada en alguna maloliente prisión yanqui.
—Usted parece tener motivos suficientes para odiar — comentó Albert—. ¿No será usted Thomas White MacGaren?
El hombre asintió.
—¡Bueno, usted tiene razón! — continuó Albert—. Yo compré Briar Hill por el importe de los impuestos atrasados y desde entonces los he pagado debidamente. Le aseguro que todo fue muy legal.
—¡Legal! — gritó Thomas White—. Podrá ser legal, pero no es justo. ¡He venido para recuperarlo!
Albert se encogió de hombros.
—Me temo que en eso encontrará alguna dificultad, capitán White. Sabe usted, yo compré la plantación para mi esposa y puse el lugar a nombre de ella.
—¡Usted me avergüenza, señor! — exclamó Tom apretando los dientes. Se estremeció y trató de controlar sus emociones—. Pero últimamente he conocido mucha vergüenza. Si tengo que rogar, pues rogaré. — Arrugó el pedazo de papel y encorvó los hombros por la brisa fría. — La casa está reducida a cenizas. Los edificios anexos están vacíos y ruinosos. Los campos están llenos de maleza y necesitan ser cultivados. ¿Por qué no me permite por lo menos trabajar allá, compartir con usted lo que pueda cosechar y reconstruir la propiedad?
Pasó un largo momento hasta que Albert extendió una mano y la apoyó en el brazo del otro.
—Capitán White, tendrá que discutir eso con mi esposa. — Se hizo a un lado y le indicó al hombre que se adelantara. — Venga. Coma con nosotros. Ella podría aceptar lo que usted sugiere. — Vio la reticencia del hombre y rió. — Por lo menos, entre y tome un brandy. El pueblo está lejos para regresar caminando y estoy seguro de que mi esposa estará encantada de conocerlo.
Tom sonrió amargamente, se encogió de hombros y caminó hacia la entrada. Albert lo hizo pasar al salón y sirvió una generosa copa de brandy.
—Mi esposa está arriba. En seguida la buscaré. Discúlpeme.
Albert subió la escalera de tres en tres escalones, pero se detuvo ante la puerta del dormitorio y controló su ancha sonrisa.
—Candy, tenemos un huésped inesperado que desea discutir un asunto contigo. — Levantó a Mary del regazo de su esposa. — Baja y habla con él. Yo llevaré a Mary.
—Pero, Albert… — protestó ella alisándose el pelo—. ¿Quién es? ¿Qué quiere de mí?
—El mismo te lo dirá. Ahora date prisa antes que decida marcharse.
Albert bajó la escalera detrás de su esposa. Cuando Candy entró en el salón, se apoyó en el marco de la puerta para esperar. Tom estaba sentado con la espalda encorvada en un taburete, con la vista en la copa que tenía en las manos. Cuando oyó el crujido de las enaguas de Candy se puso en pie, se quitó el sombrero, se volvió y abrió la boca.
—¡Tom! — exclamó Candy en un grito que fue todo un coro de notas felices—. ¡Oh, Tom!
Hermano y hermana permanecieron uno en brazos del otro hasta que el universo envejeció otro segundo. El hombre cerró los ojos y ocultó la cara en el pelo de su hermana. Cuando levantó la vista para encontrarse con la sonrisa de Albert, las lágrimas corrían abundantes por sus mejillas.
—Eres un maldito yanqui, Albert Andrew. — Su voz sonó ronca y ahogada. — No sé si podré soportarte como cuñado.
Candy se apartó y sonrió a través de sus lágrimas de felicidad.
—Nada tienes tú que decidir en este asunto, Thomas White. — Su voz sonó grave y trémula de dicha. — Nada tienes que decidir.
FIN
Holaaaaa, en tiempo record termine este fic, espero la hallan disfrutado, en lo personal a mi me gusto muchisimo, y este epilogo corto pero muy emotivo, los hermanos se reencontraron y vivieron felices para siempre.
Un abrazo enorme y ahora me pondre en la tarea de buscar otra linda historia para los rubios o para los rebeldes..
Mil gracias por siempre acompañarme en cada adaptacion que publico.
Con cariño
Aby.
