Inuzuka clavó los ojos en Sakura.

Sasuke se incorporó, abandonando su desgarbada y negligente postura, para centrar repentinamente toda su atención en ella.

—¿De qué secreto se trata? —exigió Sasuke.

—Usted no sabe nada —afirmó Inuzuka con un acento cockney tan marcado como el de Curry.

Katie atravesó la estancia llevando el paquete que su ama le había pedido.

Tenía una expresión de curiosidad.

Sakura no le había confiado de qué se trataba y estaba un tanto molesta.

—¿Se refiere a esto? —dijo la chica—. ¿Tiene pensado ir a un baile de disfraces o algo por el estilo?

Sasuke se levantó y se inclinó sobre su esposa, tan lleno de curiosidad y

desconcertado como la doncella.

Sakura cogió el paquete y lo abrió sobre el asiento de la chaise antes de darse la vuelta con el contenido en la mano.

—¿Haría una cosa por mí, inspector? ¿Se pondría esto?

La cara de Inuzuka había perdido cualquier rastro de color y mostraba una mirada tan huidiza como la de un animal acorralado.

—No —repuso.

—Creo que será mejor que lo haga —indicó Sai en voz baja.

Cruzó de nuevo los brazos sobre el pecho y se apartó de la pared para colocarse detrás del policía.

Sakura se acercó al inspector.

Éste retrocedió con rapidez, pero lo único que consiguió fue chocar contra Sai.

Sasuke también avanzó hacia él para cortarle cualquier retirada.

—Haga lo que ella dice —ordenó Sasuke.

Inuzuka se quedó inmóvil, rígido.

Sakura alzó la mano con la barba y los bigotes falsos que Katie le había comprado y cubrió con ellos la cara del policía.

—¿A quién se os parece? —preguntó ella.

En la habitación no se escuchó ni el vuelo de una mosca durante un buen rato.

—¡Joder! —susurró Sai.

—¡Caray! —exclamó Katie—. Si es igualito que ese horrible retrato del hombre barbudo que hay en las escaleras de Kilmorgan. Me pone la piel de gallina sólo verlo. Parece como si sus ojos te siguieran a todas partes.

—Puede que haya un cierto parecido —afirmó Inuzuka a Sakura—. ¿Y qué?

Sakura bajó los brazos.

Inuzuka estaba sudando.

—Es mejor que se lo cuente usted —indicó Sakura—. Si no, lo haré yo. Mi amiga Molly conoce a su madre.

—Mi madre no tiene nada que ver con las mujeres de la calle.

—Entonces, ¿por qué sabe lo que es Molly?

Inuzuka la miró lleno de furia.

—Porque soy policía.

—Usted es detective y Molly jamás trabajó en su distrito cuando era oficial. Me lo dijo.

—¿Quién es su madre? —preguntó Sai con sequedad.

—¿Quiere decir que realmente no lo saben? —Inuzuka se dio la vuelta para mirar a los dos Uchiha—. Tras tantos años burlándose de mí, de pasarme ante las narices sus riquezas y privilegios; de casi hacerme perder mi trabajo… ¡Maldita sea!, mi única manera de ganarme la vida… ¿Lo único que les importa es saber quién es mi madre?

—En realidad no saben nada, inspector —intervino Sakura.

Guardó la barba y el bigote en la bolsa y se la dio a Katie, que no perdía detalle

—. Los hombres, a menudo, no ven ni lo que tienen delante de las narices.

—Soy un artista —gimió Sai—. Se supone que soy un buen fisonomista, y jamás me di cuenta.

—Pero tú pintas mujeres —explicó Sakura—. He visto tus cuadros y si aparece en ellos algún hombre, es de manera ambigua en el fondo.

—Bueno, es que el bello sexo es mucho más interesante —concedió Sai.

—Cuando vi el retrato del anterior conde en Kilmorgan, el parecido me

sorprendió. —Sonrió—. El inspector es vuestro hermanastro.

Todos los Uchiha se reunieron en la sala.

Curry iba y venía entre ellos, y otros tres criados revoloteaban en la puerta, preocupados pero incapaces de contener la curiosidad.

Sakura jadeaba, todavía aturdida por el esfuerzo que había supuesto bajar la escalera, y Sasuke la obligó a sentarse a su lado en el sofá.

Él todavía no sabía por qué creía que podría mantenerla alejada de los problemas.

Era terca y poseía una voluntad de acero.

Su madre, la duquesa, fue víctima de su marido y vivió aterrada por él.

La propia madre de Sakura también había sido sometida, pero Sakura había logrado superar los horrores de su infancia.

Se crecía ante las dificultades y era

entonces cuando mostraba todo su coraje; esos dones se habrían desperdiciado junto al idiota de Mather.

Sakura era una mujer que merecía ser protegida y valorada como la más preciosa de las porcelanas.

Itachi fue el último en entrar y su penetrante mirada se clavó uno por uno en todos los presentes.

El detective se enfrentó a todos de pie.

—¿Quién es su madre? —preguntó Itachi con su gélida voz ducal.

—Se llama Catherine Inuzuka y tiene una pensión cerca del cementerio de la iglesia de St. Paul —respondió Sakura, en vez del inspector.

Itachi clavó los ojos en Inuzuka, mirándole de arriba abajo como si lo viera por primera vez.

—Tendremos que buscarle otro lugar.

—¿Por qué demonios debería abandonar su casa? —saltó Inuzuka —. ¿Acaso usted no soporta la vergüenza de que alguien llegue a enterarse?

—No —repuso Itachi—. Porque se merece algo mejor. Si soportó a mi padre y luego se vio abandonada por él, debería vivir en un palacio.

—Todo debería ser nuestro. Sus casas, sus carruajes, su maldito castillo de

Kilmorgan. Y sin embargo, mi madre tuvo que dejarse las manos en carne viva para poder alimentarme mientras ustedes comían en platos de oro.

—Ninguno de nosotros comió en platos de oro —intervino Naruto en tono suave—. En la habitación infantil de casa había una taza de porcelana china que me gustaba, pero acabó hecha trizas.

—Sabe de sobra a qué me refiero —dijo inuzuka—. Ustedes disfrutaron de todo lo que debería haber tenido yo.

—Si hubiera sabido que mi padre dejó embarazada a una mujer y que no se había ocupado de ella y el niño, hubiera hecho algo al respecto hace mucho tiempo —aseguró Itachi—. Debería haber hablado conmigo.

—¿Y arrastrarme ante un Uchiha?

—Nos habríamos evitado muchos problemas.

—Tengo un trabajo honrado. Me gano bien la vida, algo que usted se ha

esmerado en impedir. Soy dos años mayor que usted, Itachi Uchiha. El ducado debería ser mío.

Itachi se acercó al aparador detrás del sofá y abrió una licorera.

—Es posible que tenga razón, pero las leyes en Inglaterra no funcionan así. Mis padres se casaron cuatro años antes de que yo naciera. Es posible que los hijos ilegítimos reciban en herencia algún dinero, pero nunca un título como un ducado.

—Además, estoy seguro de que no le gustaría —intervino Naruto—. Da más quebraderos de cabeza de los que parece. Y por el amor de Dios, no se le ocurra asesinar a Itachi o lo heredaré yo.

Inuzuka apretó los puños.

Miró a su alrededor y clavó la vista en el techo, cinco metros por encima de su cabeza.

Observó los retratos de algunos miembros de la familia y el de los cinco perros Uchiha que había pintado Sai.

Los había plasmado con tanta pericia que Sasuke casi esperaba que salieran de la pintura y comenzaran a lamerle las botas.

—Yo no soy uno de ustedes… —comenzó Inuzuka.

—Claro que lo es —afirmó Sasuke.

Sakura olía tan bien.

Llevaba el pelo suelto sobre los hombros, caprichosas ondas rosas que cubrían también la bata de seda dorada—. No quiere serlo porque eso significaría que está tan loco como nosotros.

—Yo no estoy loco —replicó Inuzuka—. En esta habitación sólo hay un loco, milord.

—Cada uno tenemos nuestra propia locura personal —comentó Sasuke—. Yo tengo una memoria que no olvida ni el más mínimo detalle. Itachi está obsesionado por la política y el dinero. Naruto es un genio con los caballos, y Sai no piensa más que en pintar, algo que, por otro lado, se le da muy bien. Y a usted le gustar hurgar en sus casos hasta descubrir detalles que a otros se les escapan. Está obsesionado por la justicia y por

obtener lo que cree que se merece. Todos tenemos un punto de locura, sólo que la mía es más evidente.

Todos los presentes clavaron los ojos en él, incluyendo a Sakura.

Tanto escrutinio le hizo sentir incómodo, por lo que ocultó el rostro en el pelo de su esposa.

Fue Sai quien tomó la palabra tras un largo silencio.

—Eso demuestra por qué siempre deberíamos escuchar las perlas de sabiduría que nos regala Sasuke.

Inuzuka emitió un sonido impaciente.

—¿Así que ahora somos una gran familia feliz? ¿Se lo comunicará a los periódicos, milord? ¿Me convertirá en un caso de caridad? ¿El hermano perdido al que Su Excelencia acoge con los brazos abiertos? No, gracias.

Itachi cogió un cigarro, prendió una cerilla y lo encendió.

—No. En los periódicos nunca aparece la realidad de nuestras vidas privadas porque están demasiado ocupados con lo que hacemos en público. Pero ahora pertenece a la familia y nosotros cuidamos de los nuestros.

—Entonces ¿de que se trata? ¿Piensa sobornarme? ¿Va a ofrecerme un poco de su lujo para tenerme contento cuando debería haber recibido la misma educación que ustedes y disfrutado de su dinero?

—Oh, por el amor de Dios, inspector —intervino Sakura—. Su padre se portó mal y ahora quieren arreglarlo. No van a ofrecerle falso afecto, pero al menos intentarán hacer lo correcto.

—Todos odiamos a nuestro padre más de lo que jamás podría imaginar —

informó Sai—. A usted le abandonó, pero nosotros tuvimos que vivir con él.

—Es a su padre a quien odia —dijo Sakura—. No le culpo, la verdad. A mí misma me gustaría poder tener quince minutos a solas con él para ponerle los puntos sobre las íes.

—No, no te gustaría —afirmó Naruto, acercándose también al aparador—.

Créeme.

—Está muerto y enterrado; ya no puede hacer daño a nadie —comentó Sakura—. ¿Para qué recordar todas sus maldades?

—Está usted tratando de engatusarme, milady. Pero ya ha unido su suerte a la de ellos, ¿por qué debería dejar que me convenciera?

Sasuke levantó de nuevo la cabeza.

—Porque tiene razón. Nuestro padre está muerto y enterrado. Nos hizo sufrir a todos y no deberíamos permitir que siguiera haciéndolo desde la tumba. Sakura y yo volveremos a casarnos en mi casa en Escocia dentro de unas semanas. Todos nos reuniremos allí de nuevo, a partir de entonces no volveremos a recordar a papá.

Sakura le miró con ojos brillantes como estrellas.

—Comprendes por qué te amo tanto, Sasuke Uchiha.

Sasuke no tenía ni idea de qué era eso que a ella le parecía tan importante y no respondió.

Los demás comenzaron a hablar a la vez.

Sasuke les ignoró, abrazando a sakura.

Deseaba con todas sus fuerzas estar a solas con ella, pero no quería hacerle daño.

El calor y el perfume de su esposa ahogaba todo lo demás, la necesitaba.

—¡Por todos los demonios! —exclamó Inuzuka—. ¡Están todos locos!

—Y usted es uno más —replicó Itachi con una mueca de desagrado—. Hay que tener cuidado con lo que se desea.

Naruto soltó una carcajada.

—Itachi, dale al pobre hombre una copa, parece a punto de desmayarse.

—Tendrá acento escocés antes de que se dé cuenta —bromeó Sai—. Pero no se preocupe, Inuzuka, a las mujeres les gusta.

—Santo Dios, no…

Daniel se rio entre dientes.

—Querrá decir, och, noe…

A Sai y a Naruto les dio un ataque de risa.

—Creo que deberíamos celebrarlo —gritó Daniel—. Con un buen trago de

whisky, ¿no crees, papá?

Una semana más tarde, el carruaje ducal dejó a Sasuke y a Sakura, junto con Curry y Katie, en la estación Euston para tomar el tren hacia el norte.

Los demás Uchiha e Ino prometieron que se desplazarían a Escocia unas semanas más tarde para asistir a la elaborada boda que él había prometido a Sakura.

Había comenzado a llover y Sasuke estaba ansioso por regresar a los vastos espacios escoceses.

Ya en la estación, mientras Curry conseguía los billetes y tras acomodar a Sakura en la sala de espera de primera clase, vio que Itachi le aguardaba en el andén, bajo la lluvia.

La niebla cubría los hombros de su hermano, envolviéndole como si le apartara del resto del mundo.

Muchos giraban la cabeza hacia él y se le quedaban mirando como si reconocieran al poderoso y famoso duque de Kilmorgan.

—Quiero hablar contigo antes de que te vayas —le pidió Itachi con rigidez—. Has estado evitándome.

—Sí. —No le gustaba la furia que le invadía cada vez que se encontraba a solas con su hermano mayor, así que había buscado la manera de que no se quedaran nunca solos.

Itachi intentó apartarle de la multitud que se arremolinaba en la estación, pero él permaneció tercamente en medio del andén mientras la gente pasaba a su alrededor.

—Tienes razón en que soy un bastardo cruel y manipulador. Ni siquiera llegué a imaginar que llevabas cinco años tratando de protegerme —vaciló, apartando la

mirada como hacía siempre Sasuke antes de continuar—. Lo siento.

Sasuke estudió el vapor que emanaba del tren y subía al andén.

—Lamento la muerte de la señora Terumi. —Se fijó en cómo se hinchaba una voluta blanca antes deevaporarse—. Ella te amaba, pero tú a ella no.

—¿Qué quieres decir? Fue mi amante durante años. ¿Realmente piensas que su muerte no me afecta?

—Sí, la echarás de menos y te preocupabas por ella, pero no la amabas. —Miró a Itachi, sosteniéndole la mirada durante un breve instante—. Ahora conozco la diferencia.

A Itachi le palpitó un músculo en la mandíbula al oír aquella respuesta.

—Maldito seas, Sasuke. No, no la amaba. Sí, me importaba, pero eso no impidió que la utilizara y, antes de que me lo recuerdes, sí, también utilicé a mi mujer. Y las dos lo pagaron con creces. ¿Quieres hacerme sentir culpable?

—No lo sé.

Sasuke estudió a su hermano, atisbando por primera vez tras la severa y fría fachada que mostraba al mundo.

Vio a Itachi, el hombre que tenía sus mismos ojos oscuros y que se angustiaba y enfadaba igual que él.

Itachi le puso la mano en el hombro.

—Creo que deberías haberte casado con Izumi hace muchos años. Tu vida habría sido mucho más feliz —aseguró Sasuke

—Mi sabio hermano pequeño. No sé si recuerdas que fue Izumi quien me dejó plantado. Sin remisión.

Sasuke encogió los hombros.

—Deberías haber insistido. Hubiera sido mejor para los dos.

—Puedo manejar a la reina de Inglaterra. Puedo manipular al primer ministro Gladstone. Incluso puedo conseguir que la Cámara de los Lores vote lo que a mí me conviene —Itachi negó con la cabeza—, pero no puedo conseguir que lady Izumi

Ramsay haga lo que yo quiero.

Sasuke se encogió de nuevo de hombros y le apartó la mano.

Sus pensamientos ya habían olvidado a Itachi y a sus problemas; se habían centrado en que Sakura le esperaba en la cálida sala de espera.

—Tengo que subir al tren.

—Espera un momento. —Itachi le bloqueó el paso.

Eran de la misma altura y sus rostros quedaron a la par, aunque Sasuke desplazó la mirada hasta el pómulo de su hermano.

—. Quiero decirte algo más. Sakura también tenía razón con respecto a otra cosa. Te he utilizado sin pudor, pero hay algo más. —Itachi le puso las manos en los hombros—. Te quiero, no me da vergüenza decirlo. No te saqué del sanatorio sólo para que me ayudaras en mis asuntos; lo hice porque no soportaba que siguieras en ese infierno; quería ofrecerte la posibilidad de vivir una vida normal.

—Lo sé —dijo Sasuke—. Yo tampoco te ayudo porque me lo ordenes.

Vio que a Itachi se le humedecían los ojos y, de repente, se vio atrapado en un abrazo de oso.

La gente pasaba junto a ellos mirándoles, sonriendo o arqueando las cejas.

Sasuke le abrazó a su vez, apretando los puños contra la espalda de su hermano.

Se soltaron al mismo tiempo, pero Itachi le agarró por los brazos.

—Ve con Sakura y sé feliz. Todo ha acabado.

Sasuke lanzó una mirada por encima del hombro y observó que Curry abría la puerta de la sala de espera para que saliera su esposa.

Ella le miró y sonrió.

—Quizá haya acabado para ti, pero para mí está a punto de empezar.

Itachi pareció sorprenderse, pero luego asintió con la cabeza al ver que Sakura se acercaba a ellos con las manos abiertas y una sonrisa sugerente en la cara.

Al llegar a su lado, Sakura se giró y le dio a Itachi un beso en la mejilla para despedirse, luego se agarró del brazo de su marido y permitió que la escoltara hasta el tren.

Ya dentro del compartimiento, Curry se aseguró de que disponían de todas las comodidades necesarias para el largo trayecto hacia el norte hasta que Sasuke le ordenó que saliera.

La lluvia vespertina hacía que el cielo estuviera todavía más oscuro.

Sakura se acomodó sobre los cojines y observó cómo Sasuke cerraba bruscamente las cortinas impidiendo la vista de la oscuridad exterior.

El tren emitió un pitido, siseó el vapor y la enorme máquina se puso en

movimiento con una sacudida.

Sasuke se apoyó contra el cristal mientras se alejaban de la estación.

Sakura suspiró entre los cojines.

—Sería mucho esperar que Curry se hubiera acordado de dejarme un libro o algo por el estilo —se quejó—. Ojalá hubiera traído mi costura.

—¿Por qué?

—Porque tú te vas a poner a dar vueltas de un lado a otro y necesito

entretenerme en algo.

—No voy a pasearme por el tren —respondió Sasuke, cerrando bruscamente el pestillo de la puerta—. Tú estás aquí.

—¿Quieres decir que te quedarás conmigo? ¿Sin nadie que nos acompañe?

A pesar del interludio en el dormitorio el día en que salió a la luz el secreto de Inuzuka, Sasuke había seguido manteniéndose a distancia.

—Tengo que hacerte una pregunta.

Sakura estiró el brazo sobre el asiento adoptando una pose que esperaba fuera provocativa.

—¿De qué se trata, marido?

Sasuke se inclinó sobre ella, abrumándola con su cuerpo, y apoyó las manos en el respaldo a ambos lados de su espalda.

—¿Te amo?

A Sakura le dio un vuelco el corazón.

—Menuda pregunta…

—Cuando estuviste tan enferma después de que la señora Terumi te hiriera, supe que me moriría si te perdía. No quedaría nada en mi interior, sólo un agujero.

—Exactamente lo mismo que hubiera sentido yo si el inspector Inuzuka te

hubiera llevado a la horca o te hubieran devuelto al sanatorio —dijo Sakura con suavidad.

—Jamás había sentido algo semejante. Es como si se unieran el miedo y la

esperanza, el calor y el frío.

—Lo sé.

Él le encerró la cara entre las manos.

—No quiero hacerte daño. No quiero lastimarte nunca.

—Sasuke, tú no eres como tu padre. Por lo que habéis contado, te aseguro que no te pareces a él. Escapaste de Sally en vez de lastimarla. Protegiste a Itachi de Inuzuka y también hiciste lo que pudiste con Lily. Tu intención ha sido siempre ayudar a la gente, no le has hecho daño a nadie.

Él se incorporó en silencio y la miró como si dudara entre creerla o no.

—Tengo la furia en mi interior.

—Pero sabes controlarla. Tu padre no

sabía. Ahí radica la diferencia.

—¿Cómo puedo estar seguro?

—Confía en mí. Tú mismo has dicho que él os causó mucho sufrimiento a ti y a tus hermanos, que necesitabais poner fin a todo eso. Olvídate de él.

Sasuke cerró los ojos.

Sakura leyó en su cara las emociones que le atravesaban: incertidumbre, obstinación, el absoluto dolor con el que llevaba tanto tiempo viviendo.

Él no siempre lograba expresar sus emociones, pero ella sabía que eso no quería decir que no las sintiera intensamente.

Cuando abrió lentamente los ojos,

clavó en ella las pupilas.

Le sostuvo la mirada con firmeza, sin parpadear ni mirar a otro lado.

—Te amo —dijo sencillamente.

Sakura contuvo el aliento y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Te amo —repitió Sasuke.

Siguió clavando en ella las pupilas con una intensidad que ni Itachi podría superar

—. Te amo, te amo, teamo, teamo, teamo, teamo, teamoteamoteamoteamo…

—Sasuke… —Sakura se rio.

—Te amo —murmuró contra sus labios, en su cara, en la curva del cuello—. Te amo.

—Yo también te amo. ¿Lo vas a decir durante toda la noche?

—Lo repetiré hasta que esté tan duro en tu interior que no pueda hablar.

—Supongo que podré resistirlo. Puede que me resulte algo difícil, aunque no me importará comprobarlo.

Él hizo una pausa.

—¿Estás bromeando?

Sakura se rio hasta que se cayó del asiento, pero cuando aterrizó en el suelo, Sasuke se dejó caer a su lado.

—Sí. Estaba bromeando. —Le cogió de las solapas—. Definitivamente, creo que se hace necesaria un poco de carnalidad. Quizá deberíamos decirle a Curry que nos prepare la cama.

Sasuke se puso en pie con prontitud, lanzó los cojines al otro asiento y desbloqueó los ganchos para convertir el lugar en una cama.

—No necesito a Curry.

—Ya veo.

Sasuke acabó de asegurar bruscamente el lecho.

Luego levantó a Sakura y la puso

sobre el colchón.

Le desató los botines con bruscos tirones antes de desabrochar lo

más rápido que pudo la ropa de viaje.

Unos momentos después, Sakura estaba desnuda bajo el frío aire nocturno.

Se llevó una mano a la cabeza, exhibiendo los pechos ante la mirada de Sasuke, que era tan caliente como una manta.

Se arqueó, apoyando el pie en las sábanas de tal manera que él pudiera ver el lugar entre sus piernas.

Era una sensación excitante y

embriagadora provocar de esa manera a Sasuke Uchiha, dejándole ver lo que iba a disfrutar.

—¿Todavía me amas? —le preguntó—. ¿O es sólo deseo?

—Las dos cosas.

Sasuke se arrancó la chaqueta, la corbata, el cuello rígido y el chaleco con bruscos movimientos, y desabrochó los puños y la pechera de la camisa antes de que ella

pudiera parpadear.

Sakura observó la «V» de vello oscuro del torso de Sasuke, y luego los muslos firmes cuando se quitó los pantalones y los calzoncillos.

La camisa fue lo último en desaparecer.

Miró fascinada cómo ondeaban los músculos cuando tiró la prenda a un lado.

Sasuke no le dio tiempo a disfrutar lo que veía.

Se subió a la cama y se acercó a ella.

—¿Quieres carnalidad? —repitió.

Sakura supo que aquél no era el momento más adecuado para bromear.

—Sí. Ahora. Por favor.

Sasuke le deslizó la mano entre las piernas, esparciendo la humedad que encontró a su paso.

—¿Me amas?

—Sí, te amo, Sasuke.

Él retiró los dedos y los lamió uno por uno.

—No hay sabor mejor que éste.

—¿Mejor que el whisky de malta de los Uchiha?

—Prefiero tu sabor al del whisky.

—¿Siendo escocés? Debes de estar enamorado.

—Sí.

Sakura apretó los labios temblorosos cuando él inclinó la cabeza y comenzó a lamer entre sus piernas.

La saboreó con los ojos cerrados antes de comenzar a chupar meticulosamente.

El tren traqueteaba con un ritmo constante, pero le pareció como si

el compartimiento comenzara a dar vueltas.

—Sasuke, por favor.

Él se apoyó sobre manos y rodillas otra vez, su rígido miembro apuntaba hacia ella.

—Ábrete para mí.

Sasuke no esperó, no fue lento.

Le alzó las caderas con mano firme y se sumergió en ella por completo.

El tren pasaba sobre un puente en el momento en que él comenzó a moverse apoyado en los brazos, con los músculos tensos y la piel brillante de sudor.

—Te amo —dijo con cada empuje—. Te amo, te amo, te amo…

—Sasuke. —Él siguió embistiendo con dureza y rapidez, y ella se rindió a él, ardiente, húmeda y resbaladiza.

Las palabras se convirtieron en gruñidos y, muy pronto, los sonidos que ella emitía fueron igual de incoherentes.

Él siguió moviendo las caderas, penetrándola cada vez con más fuerza.

Sasuke se quedó inmóvil sobre ella de repente, con el pecho, caliente y resbaladizo de sudor, pegado al de ella.

Él apretó los dientes y la miró fijamente.

—Te-a-mo.

El hombre que no era capaz de mirar a nadie a los ojos se entregaba a ella por entero, sin reservarse nada.

Le ofrecía el mayor regalo del mundo, le regalaba su corazón.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y no fue necesario nada más para que la atravesaran las primeras oleadas del éxtasis absoluto.

—Te amo, Sasuke Uchiha.

Una embestida más, otra, y él echó la cabeza hacia atrás con los tendones del cuello totalmente en tensión.

La inundó con su semilla y luego se dejó caer sobre ella para quedar enredados en una amalgama de brazos y piernas, de labios y lenguas.

—Mi Sakura —susurró él con cálido aliento sobre sus hinchados labios—. Gracias.

—¿Por qué? —Sakura no podía dejar de llorar, pero también sonreía.

—Por hacerme ser libre.

Sakura sabía que no se refería a que hubiera evitado que volviera al sanatorio.

La besó otra vez, comiéndole los labios a bocados, hundiendo la lengua en su boca.

Sus acalorados cuerpos seguían unidos y ellos no dejaron de acariciarse, de estrecharse, de tocarse.

—De nada —respondió ella.

La autora del libro es Jennifer Ashley

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto