Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
Capítulo 60 se dice rápido, ¿eh? Pero han pasado muchas cosas en todos esos capítulos, y no todas le han pasado a Bruce. Este capítulo va a mostrar un poco de lo que nos hemos perdido de unas cuantas personas que han aparecido alguna que otra vez en la historia, y que tienen algo en común: todas asistieron a Hogwarts. Y si necesitáis más información, ya sabéis que tenéis el blog del fic, para el que también acepto peticiones sobre temas a tratar. Lo encontraréis en siemprequidditchfanfic . blogspot . com . es / (quitando los espacios).
60. Nosotros, los de Hogwarts
Kevin Bundy
Lunes, 3 de marzo de 2003
La visita de esa tarde a San Mungo había dejado a Kevin Bundy meditativo y dándole vueltas a muchas cosas. Alicia se había reído de él, comentando que tenía cara de estar tan concentrado que parecía a punto de explotar, y le había preguntado con sorna si tenían que volver a San Mungo a buscar un medimago. Cuando Kevin no le había contestado con el tono burlón habitual, entonces ella le había preguntado qué le pasaba, pero por mucho que había insistido Kevin solo había respondido que no era nada.
Kevin y Alicia habían salido pronto del Ministerio para ir al edificio especial de maternidad de San Mungo para ver a Oliver y Katie (que seguía llevando el apellido Bell a pesar de haberse casado con Wood hacía ya un par de años) y a su hijo recién nacido. El pequeño Ethan era una cosa diminuta y sin apenas pelo, pero mientras ellos dos estaban allí había demostrado tener un par de pulmones que no tenían nada que envidiar a los de su padre; Alicia y Katie habían bromeado con que en el futuro el niño no tendría problemas en dar potentes discursos interminables sobre quidditch y gritar órdenes sobre el campo, y ante los comentarios Oliver simplemente se había mostrado entusiastamente de acuerdo. Con ambos padres siendo jugadores profesionales de quidditch, todos esperaban que su hijo fuera a seguir sus pasos con éxito.
Cuando hubieron conocido al crío y entregado un regalo a sus padres (Oliver y Katie eran tan conocidos que ya tenían una montaña enorme de regalos tanto de amigos como de fans, pero Alicia había insistido en que era de buena educación), tuvieron tiempo de ponerse al día. Parte del trabajo de Kevin y Alicia era organizar los partidos que Oliver y Katie jugaban, pero hacía mucho que no se veían en persona y aprovecharon para hablar un largo rato. Así fue como se enteraron de que el nacimiento de su hijo había sido suficientemente importante para Oliver como para hacer que se tomara dos semanas enteras de vacaciones de los entrenamientos y partidos con el Puddlemere United, y que como Katie había seguido haciendo ejercicio durante el embarazo a pesar de no poder volar, esperaba poder volver a entrenar con los Tutshill Tornados en poco más de un mes; con un poco de suerte podría jugar algunos partidos en los últimos dos meses de Liga. Y no, no pensaban tener más hijos, al menos de momento: ya les sería muy difícil compaginar la crianza de un niño con los horarios de dos jugadores de quidditch en equipos diferentes como para complicarlo aún más. Tal vez se plantearían aumentar la familia cuando estuvieran cerca de retirarse, pero aún quedaban siglos para eso. Por ahora, estaban muy felices y entusiasmados con la nueva etapa que iban a empezar, y sus caras demostraban que no mentían.
Pero el encuentro con sus amigos había dejado a Kevin rumiando sobre las diferencias entre las vidas de ellos y la suya. Ahora que Oliver también tenía un hijo, a sus veintisiete años Kevin era el único del grupo de chicos de su curso de Gryffindor que no estaba casado y con descendencia; incluso Joshua Sturton, que primero había tenido el niño y después él y Susie Woodcroft habían decidido celebrar la boda, cumplía con ambos puntos. Y eso era… raro.
No es que tuviera prisa por casarse y tener niños, no era eso. Simplemente era que se sentía fuera de lugar siendo el único del antiguo grupo que todavía no tenía una vida organizada y estable; era como si todos los demás hubieran madurado, crecido y formado sus vidas mientras él se quedaba atrás, como un eterno adolescente. Y tenía a Alicia, la adoraba y era feliz con ella, solo que lo suyo siempre había sido tan… espontáneo.
No sabía cuándo había empezado exactamente. Ya tonteaban en Hogwarts, aunque allí nunca pasaron de unos cuantos besos. Cuando ella acabó el colegio, los besos se convirtieron en algo más, pero siguió siendo algo imprevisible y nada serio durante muchos años, hasta que en algún momento se dieron cuenta de que querían algo más y decidieron que era hora de empezar a comportarse más o menos como una pareja de verdad. De eso hacía ya años, y mientras la gente de su edad iba casándose y teniendo hijos, ellos seguían igual. Ni siquiera vivían juntos oficialmente; en teoría, Kevin seguía viviendo en casa de sus padres, aunque en realidad se pasaba la mayor parte de días y noches en el apartamento que Alicia compartía con Heidi Macavoy. Algunas veces habían hablado sobre el futuro, fantaseando sobre los niños que iban a tener y la casa en el campo que se iban a comprar, pero Kevin siempre lo había visto como algo muy lejano. Por no hablar del matrimonio; lo suyo siempre había sido tan informal que, por mucho que la quisiera, no se imaginaba haciendo algo tan serio. Lo único que hacía que ahora estuviera pensando sobre ello era esa sensación abrumadora de estarse quedando atrás.
Y aunque quería solucionar sus problemas él solo y no molestar a Alicia con eso, la verdad era que Kevin no sabía quedarse callado y guardarse las cosas para sí mucho tiempo. Por eso, después de un rato se acabó sentando al lado de Alicia en el sofá, la abrazó y le dijo:
—Mi querida Alicia, luz de mi vida, alegría de mis días, energía de mis mañanas, mi eterno amor… Sabes que te quiero, ¿verdad?
La primera reacción de Alicia fue reírse y besarle con intensidad. Después respondió:
—Pues claro que lo sé, idiota. Y yo también te quiero. ¿A qué viene esa pregunta?
—Nada, solo es que ¿Crees que podríamos ser algo más? ¿Algo más serio?
—¿Con "algo más serio" te refieres a dejar de acostarnos en el trabajo?—preguntó Alicia con aparente ingenuidad.
—Por Merlín, no—contestó Kevin con horror—. Eso nunca. Es lo mejor del mundo, y la cara que pone Zacharias cuando volvemos es la guinda del pastel. Sabes a qué me refiero. Mudarnos juntos, casarnos, tener hijos, volvernos unos viejos arrugados y amargados juntos.
Alicia no respondió de inmediato, sino que le cogió una mano a Kevin y estuvo dibujando círculos sobre su palma un buen rato antes de volver a hablar.
—Me gustaría—acabó diciendo, y su tono de voz era sorprendentemente suave y bajo—. Me gustaría mucho, Kevin. Solo es que… Te parecerá una tontería, porque estoy a punto de cumplir veinticinco y conocemos a tantísima gente de nuestra edad e incluso más jóvenes que ya han pasado por todo eso, pero me siento muy cría todavía. Veo a los demás casándose y teniendo hijos y me alegro muchísimo por ellos, pero no me imagino en su lugar… No todavía. Puede que sea porque mis padres se casaron muy jóvenes y ya sabes lo mal que acabó eso, y sé que no tiene porqué pasar lo mismo conmigo, pero… O tal vez solo soy yo, que no sé madurar.
—No me parece ninguna tontería—le aseguró Kevin, y apretó su mano con fuerza—, y creo que tienes toda la razón del mundo. Y no te preocupes, no tengo ninguna prisa por llegar a eso. Solo tenía curiosidad por saber qué pensabas.
—Por eso estabas raro antes, ¿verdad?—inquirió Alicia, dedicándole una pequeña sonrisa—Que Oliver Obseso-del-quidditch Wood por fin haya hecho algo importante no relacionado con el quidditch te ha afectado.
Kevin soltó una carcajada y asintió.
—Sí, que incluso Oliver haya tenido un hijo ya, es bastante raro. Hasta me ha hecho pensar, imagínate.
—Claro, Oliver y casi todos los demás—comentó Alicia, comprendiéndole—. Angelina también me dijo la última vez que ella y George estaban intentándolo ya. Pero nosotros no tenemos porqué ser iguales a todos ellos, ¿verdad?
—¿Cuándo hemos hecho nosotros las cosas igual que los demás?
—De hecho, creo que no me gustaría casarme—saltó Alicia de repente—. En realidad, me parece una estupidez. Al fin y al cabo, es solo un trozo de pergamino, y no necesitamos un pergamino. Pero quiero tener hijos, algún día.
—A mi madre no le gustará nada que le demos nietos sin estar casados—opinó Kevin, y entonces ensanchó su sonrisa—. Oh, qué ganas tengo de que llegue el día en que se entere y la pongamos de los nervios.
—Todavía falta mucho para ese día—le advirtió Alicia—, aunque podemos ir practicando eso de cómo se hacen los niños. Ya sabes, para no olvidarnos.
Por toda respuesta, Kevin se abalanzó sobre ella y la besó, provocando una risita de Alicia, que le detuvo tras unos segundos.
—Y hay algo más que podemos hacer hasta que llegue ese día—dijo la chica, e hizo una pausa antes de continuar—. Podrías mudarte definitivamente aquí. De todos modos, pasas más tiempo aquí que Heidi, así que seguro que no le importará.
Kevin sonrió mostrando todos los dientes.
—¿Cuándo has dicho que puedo empezar la mudanza?
Dean Thomas
Lunes, 28 de abril de 2003
Eran poco antes de las cinco cuando Dean se apareció en el pub y comenzó a hacer los preparativos para abrir esa tarde. Seamus le había mandado una lechuza esa mañana, avisándole de que llegaría tarde porque había quedado con Parvati; recordándolo, Dean no pudo contener una sonrisa burlona. Esos dos estaban viéndose mucho últimamente, y aunque Seamus negaba vehementemente que hubiera algo más que amistad, se ponía rojo como un tomate y cambiaba de tema de las formas más absurdas.
A Dean le daba igual que no se lo quisiera decir aún. Ya se lo contaría cuando estuviera preparado. Y no era ningún problema que llegara tarde ese día: era lunes, así que no habría mucha gente, y Andrew Kirke llegaría a las siete de todos modos. Y además, a Dean le gustaba ser el encargado de abrir (mucho más que ser el encargado de cerrar). Así podía disfrutar un poco de estar en el pub completamente a solas. Era una sensación agradable.
Lo primero que hizo fue elegir la música del día y dejar que empezara a sonar a un volumen bajo, lo que hizo que los dragones pintados en el mural de la pared del fondo se despertaran perezosamente y echaran a volar por el cielo de un pálido azul. Sonrió otra vez al verlos; daba igual el tiempo que llevara viviendo en el mundo mágico, siempre que veía que la magia podía darle vida a sus dibujos se maravillaba como si fuera la primera vez.
La verdad, Dean tenía una vida que le gustaba y que le hacía feliz. Pero hasta no hacía mucho, no había sido así. Los meses que había pasado huyendo de los carroñeros le habían afectado mucho. Cuando la guerra acabó, había presenciado tantas muertes que aunque le ofrecieron entrar en la Academia de Aurores, al igual que a muchos de sus amigos que habían participado en la última batalla, prefirió regresar a Hogwarts para cursar su último año. Pero al acabar su educación se sintió perdido, sin saber qué hacer en un mundo mágico que le estaba mostrando su mejor cara, pero que le había hecho tanto daño. Estuvo mucho tiempo sin hacer nada, encerrado en casa, hasta que su madre le instó a hacer algo con su vida y empezó a trabajar en bares, pubs y cafeterías muggles; pasó por muchos lugares porque no duraba demasiado en ninguno, sin nunca llegar a encajar del todo. Y entonces había aparecido Seamus, harto ya de una aburridísima carrera en el Ministerio, con la idea de abrir un pub en un local del callejón Diagon que estaba a la venta. Al principio le pareció una broma, pero poco a poco, empezó a ver que podía funcionar. Aún y así, cuando en la noche de apertura el pub se llenó, le pareció un sueño. Tardó varias semanas más en convencerse de que la gente que aparecía cada noche en su pequeño pub irlandés era real, y de que las cosas les estaban saliendo incluso mejor de lo planeado. Todo era increíble.
Y luego había llegado Eve. Siempre le había parecido una chica agradable, con la que se llevaba bien y tenía cosas en común, aunque durante la temporada que él se había alejado del mundo mágico le había perdido bastante la pista. Pero cuando abrieron el pub y empezó a coincidir y compartir más tiempo con ella, le comenzó a interesar de una forma diferente. Sabía que estaba soltera desde que había roto con Zacharias Smith (Parvati, siempre informada, se lo había contado), así que se declaró… más o menos. Fue bastante penoso, y ella le dijo que no estaba preparada para algo más en ese momento, aunque accedió a verse como amigos. Y eso hicieron durante muchos meses. Poco a poco, la amistad se fue convirtiendo en algo más, pero no fue hasta Nochevieja que la besó por primera vez. Y después de eso, Eve todavía había necesitado tres semanas más para admitir que sí, vale, podían intentar ser algo más.
Así que desde entonces eran pareja, y eran felices así. A veces discutían y tenían problemas, claro. A veces ella era demasiado irritable, y a veces él no la entendía, pero les iba bien.
Dean por fin lo tenía todo para ser feliz, pero le faltaba algo. Le faltaba su padre.
Suponía que a todo niño que ha crecido sin conocer a al menos uno de sus padres le llegaba el momento de querer saber quién era. A Dean, esa ya era la cuarta vez que le llegaba el momento.
La primera había sido cuando era pequeño aún, cuando se dio cuenta de que su padrastro no era su padre, pero sí el de sus hermanas. La segunda había sido cuando le llegó la carta de Hogwarts, y en casa dedujeron que debía haber sido un mago. La tercera había sido cuando la guerra estalló, y se vio forzado a huir y esconderse porque no sabía quién era y no podía probar sus orígenes. Y ahora llegaba la cuarta, cuando todo lo demás en su vida estaba bien y sentía la necesidad de acabar de arreglar todos sus problemas.
Desgraciadamente, su madre no sabía nada útil para averiguar quién había sido, más allá de una descripción de su aspecto físico y que tenía aproximadamente su edad. Sabían que le había mentido en su nombre, porque no lo habían encontrado en ningún registro; podía haber mentido igualmente con su fecha de nacimiento.
Y aunque sabía que tenía muy poca información, Dean no podía dejar de pensar que tampoco podía ser tan difícil encontrarlo. No creía que hubiera muchos magos negros en Reino Unido e Irlanda de una edad cercana a su madre. Sí, habría un puñado, pero seguramente se reduciría si buscaba a aquellos que hubieran muerto o desaparecido alrededor de la fecha indicada. Sabía que en Hogwarts había registros de estudiantes, aunque nunca se había animado a adentrarse en aquella polvorienta y enorme sección de la biblioteca. Y aunque no hubiera asistido a Hogwarts, sabía que tenía que haber registros de todos los magos y brujas en algún lado. Solo tenía que ponerse a ello.
Y Dean quería hacerlo… pero a la vez, había algo que le detenía. Porque sabía que si empezaba aquella investigación, llegaría hasta el fondo… y entonces tendría respuestas. El problema era que no sabía si estaría preparado para aceptar las respuestas a esas preguntas que le perseguían desde hacía tantos años. Quería hacerlo, pero todavía no estaba listo, y una parte de él estaba enfadada consigo mismo por eso.
Entre una cosa y otra abrió la puerta del pub por fin, colgando el cartel de abierto, y le sorprendió que alguien entrara corriendo solo un par de minutos después. Normalmente no llegaba nadie tan pronto, pero cuando Dean levantó la cabeza e identificó al recién llegado lo entendió. Sortilegios Weasley estaba justo enfrente del pub, y Ron no tardaba más de unos segundos en cruzar la calle.
—¡Dean!—le llamó Ron como si no le hubiera visto claramente, y se lanzó sobre la barra junto a él respirando agitadamente como si recién se hubiera bajado de una escoba—Una botella de vino de elfo. Entera y para llevar. Me da igual cuál, pero que sea bueno. Por favor.
—Claro. Dame un minuto.
Sabía que hacer un encantamiento convocador con botellas de vidrio era mala idea, así que fue a rebuscar manualmente en la colección de vinos hasta que encontró uno que consideró buena elección. Volvió frente a Ron y le mostró la etiqueta con la información y el precio, y su amigo asintió rápidamente.
—¿Para qué es?—preguntó Dean con curiosidad.
—Hermione presentaba hoy algo muy importante ante el Wizengamot—respondió Ron mientras contaba monedas—. Y seguro que le ha ido bien, así que tendremos que celebrarlo. Llevo una semana olvidándome de comprar vino para celebrar, gracias por salvarme.
—Para eso estamos—replicó Dean con una sonrisa—. ¿Qué era eso tan importante que presentaba?
Pero Ron negó con la cabeza, indicando que no tenía tiempo.
—Elfos domésticos. Una de esas cosas que va a arreglar su mundo—dijo rápidamente. Había terminado de pagar y estaba listo para marcharse—. Lo siento, llego tarde, pero muchas gracias. Creo que Eve estaba allí, si quieres preguntarle. Nos vemos pronto, Dean.
Ron se desapareció, dejando solo a Dean otra vez con sus pensamientos.
También él arreglaría los problemas que quedaban en su vida… Algún día.
Ginny Weasley
Domingo, 18 de mayo de 2003
Ginny se despertó esa mañana todavía sin creerse que hubieran ganado la noche anterior.
Había sido un partidazo de los que hacen historia. Puddlemere United contra Arpías de Holyhead, un clásico, pero que además había sido el último partido de la temporada y el que determinaba quién quedaría segundo en la Liga (porque el primer puesto estaba ya clarísimo desde hacía semanas, ya que los Appleby Arrows habían estado absolutamente intratables desde el inicio de la temporada). Y aunque ese partido no había servido para dirimir al campeón de Liga, el segundo puesto era casi tan importante, ya que daba una plaza directa para la Liga de Campeones de Europa de la temporada siguiente; el que perdiera ese partido, tendría que pasar por otras fases clasificatorias para conseguir participar en la Liga de Campeones.
Por eso había sido tan emocionante, y también porque el United y las Arpías habían estado muy parejos ese año. Sumado a su rivalidad histórica, habían tenido más espectadores que nunca y el espectáculo había sido memorable. También había sido un partido duro, intenso y de más de ocho horas de duración; pero a pesar de haber sido tan largo, cuando su buscadora había atrapado la snitch por fin aún nadie se había movido de su asiento. Eso daba una idea de lo mucho que la gente había disfrutado del partido, Ginny incluida: no por nada ella había marcado once goles. Y también habían disfrutado a lo grande de la celebración. Ginny lo lamentaba un poco por Oliver Wood y algunos de los demás, pero el nuevo bateador finlandés del United era monstruosamente grande e insoportable, y ver su cara de enfado al perder le había causado una gran satisfacción.
Ginny salió de la cama con cuidado de no despertar a Harry, que dormía a pierna suelta a su lado, y fue al baño. La casa todavía estaba a medio amueblar, así que en la semioscuridad del pasillo se golpeó con una caja de cartón sin deshacer, pero llegó al baño sin más incidencias y se sentó en la taza del váter. Sí, tal vez debería tomarse algo también para la resaca, porque la felicidad que sentía estaba empañada por ese persistente dolor de cabeza.
La segunda posición en la Liga, sumada a que habían llegado hasta las semifinales de la Liga de Campeones, había convertido esa temporada en la mejor de su vida. Y Ginny había jugado muchísimo: tras cuatro años con las Arpías, era titular indiscutible y una de las mejores cazadoras no solo del equipo, sino de la Liga. En ese momento, fantaseó con ganar unos cuantos premios de la Liga que se anunciarían en unas semanas. Creía que lo había hecho suficientemente bien como para ganar algo. Y tal vez, incluso sería suficiente para ganar algo en los premios europeos que se celebrarían en diciembre. Todavía faltaba mucho para eso (incluida la mitad de la siguiente temporada), pero estaba exultante por el último resultado y se podía permitir soñar.
Fue hacia el lavamanos y en cuanto el agua fría entró en contacto con su mano izquierda, sintió un inesperado estallido de dolor que le provocó un espasmo. Jadeando, Ginny se apretó la mano contra el pecho con fuerza, tratando de normalizar su respiración mientras el dolor se iba calmando poco a poco.
De acuerdo, el dolor no había sido tan inesperado. Una bludger le había aplastado media mano izquierda en el partido de semifinales de la Liga de Campeones contra los Quiberon Quafflepunchers, y aunque se la habían curado de inmediato, en el mes que había transcurrido desde entonces ya había sufrido unas cuantas veces esos ataques de dolor repentinos. Sucedía cuando ponía la mano bajo agua fría o le daba una corriente de aire helado, y aunque solo duraba unos segundos, era muy doloroso y molesto. Ginny se miró la mano con el ceño fruncido. La medimaga del equipo le había dicho que los dolores eran normales en las primeras semanas tras una lesión así, pero ella no las tenía todas consigo. Quería hablar con la medimaga pronto para que la revisara otra vez.
Si había algo que le irritaba de esa temporada, era el haber perdido contra los malditos Quiberon Quafflepunchers. Ginny odiaba a esos malditos repipis franceses, con sus túnicas exageradamente rosas, su juego exageradamente florido y su ego exageradamente grande. Odiaba que fueran ellos quienes les hubieran apartado de la competición y odiaba que fuera su insoportable bateador quien le había roto la mano, y que ni siquiera hubiera tenido la decencia de disculparse, como todo bateador con una mínima educación debía hacer ante una lesión importante.
Pero en fin, no podía hacer nada ya para remediarlo, y tal vez tendría la oportunidad de vengarse en la temporada siguiente… si se cruzaban.
Ginny fue a revolver entre los estantes de la cocina, a ver qué encontraba para remediar su dolor de cabeza. Todavía no tenían mucho, pero alguna poción tenía que servirle.
Mientras rebuscaba, Ginny pensó qué haría a continuación con su vida. Tenía entradas para la final de la Liga de Campeones la semana siguiente, pero después de eso tendría meses de vacaciones en los que apenas tenía planes. La boda se iba aproximando, pero de momento todo iba sin complicaciones y no le preocupaba. Así que tenía muchas semanas de no hacer nada… excepto enfrentarse a los periodistas.
Le gustaba jugar a quidditch, le encantaba… Pero no soportaba lidiar con la prensa. Todos, del primero al último, eran completamente insoportables, y lo peor de todo era que la acribillaban a preguntas que nada tenían que ver con el quidditch o con los partidos. No, todo tenía que ver con cotilleos relacionados con su vida social. Muchos de ellos tenían que ver con Harry, sí, pero no era el único sobre quién le preguntaban a todas horas: también le interrogaban sobre Ron y Hermione, y sobre miembros del Ejército de Dumbledore y la Orden del Fénix, e incluso sobre cosas extravagantes relacionadas con políticos. ¿Qué sabía ella de las nuevas políticas del Ministerio? ¿Qué relación o influencia tenía? ¡Nada! Ni aunque lo supiera se lo contaría a esos carroñeros. No entendía qué les motivaba a hacer esas preguntas tan estúpidas, la verdad. Si ella fuera periodista, lo haría todo muy diferente.
Suspiró. Sabía que a medida que se acercara la boda, los periodistas se volverían peores. Y lo peor de todo era que después no pararían. Porque después estaría casada con el Elegido, y con ello vendrían millones de preguntas más a las que todos querrían respuestas. Imaginándose el panorama, le daban ganas de dejar el quidditch, salir del punto de mira y pasarse al otro lado de la cámara.
Y tal vez no estaría tan mal, pensó Ginny. Se ahorraría gran parte del suplicio que sufría, y de paso les podría dar una lección de cómo se hacía periodismo de calidad. Había vivido tanto del malo que seguro que no le sería difícil hacerlo mejor.
Sí… Tal vez lo haría. Dentro de un tiempo, cuando su paciencia ya no aguantara más. Pero de momento, podía disfrutar sus vacaciones. Intentar no estresarse con los preparativos de boda. Sacar a Hermione, Vicky o Eve un rato de sus absorbentes trabajos del Ministerio. A lo mejor podía ir a visitar a Charlie a Rumanía, o tal vez a Luna, que ahora estaba en Grecia en busca de alguna criatura extraña. Y sin duda, tendría que aprovechar el tiempo para ir a buscar muebles y decoración para la casa nueva. Cuando Harry no estuviera disponible, tendría que encontrar a alguien que la acompañara para que no se aburriera sola; Hermione sería la mejor opción, ya que ella y Ron acababan de comprar la casa al final de su calle y también necesitarían ponerse a amueblar pronto. El problema era que Hermione estaba volcada con su trabajo y no tenía mucho tiempo para salir de compras, así que tal vez tendría que acabar arrastrando a Ron a ello… Que conociendo a su hermano y su nulo estilo, puede que acabara siendo todavía peor que ir sola.
Bueno, ya se lo pensaría. De momento, podía volver a la cama, acurrucarse junto a Harry, esperar que se le pasara el dolor de cabeza con la poción y dormir un rato más. Era domingo, y los planes podían esperar a mañana.
Astoria Greengrass
Viernes, 20 de junio de 2003
Astoria veía que Daphne estaba mejorando. Estaban a punto de cumplirse dos meses desde que Blaise la había abandonado, uno desde que le había llegado la solicitud de divorcio. Daphne ya no estaba triste y deprimida; ahora estaba enfadada, muchas veces furiosa. Para Astoria, esa actitud tampoco era precisamente deseable, pero al menos era mejor que pasarse los días llorando y sin querer salir de la cama. Astoria no sabía mucho de las fases del duelo, pero suponía que era un paso adelante.
El embarazo, de cuatro meses ya, se le notaba claramente, y hacía poco que habían descubierto que iba a ser una niña. Astoria suponía que el cambio físico y el saber ese dato habían ayudado a propiciar el cambio en su hermana de la tristeza a la ira: había visto con sus propios ojos que empezaba a cambiar, y que Blaise no estaba con ella mientras eso pasaba.
Aún y así, Astoria (y cualquier otra persona que lo hubiera intentado) había sido incapaz de convencer a su hermana de que volviera a casa con ella y sus padres. Cuando Blaise la había dejado, Daphne había tenido suficiente aguante como para echarle de casa, pero después ella se había negado a abandonar la bonita casita que los dos habían compartido durante el matrimonio. Astoria había intentado manipularla con todo lo que tenía: había usado la tristeza de sus padres, la de Daphne, la suya propia, la preocupación del resto de amigos y familiares, los malos recuerdos que poblaban la casita, su seguridad, su salud y la del futuro bebé… Pero nada había funcionado. Daphne era incluso más cabezota que ella, y ni la presión de Adelaide, que era la única de la familia a quien obedecía a veces (y solo porque era la más mayor de las primas), había sido suficiente esa vez. Tal cabezonería preocupaba a Astoria, pero a la vez, se decía que aún quedaba tiempo para que su hermana cambiara de opinión. Faltaban cinco meses para que Daphne saliera de cuentas. Tiempo suficiente para que Daphne evolucionase a la siguiente fase emocional, se volviera un poco más razonable y viera que la mejor opción era volver a casa con sus padres. De lo contrario, si el tiempo avanzaba pero Daphne no cambiaba de idea, Astoria había previsto mudarse con ella cuando se acercara la fecha aproximada del nacimiento. Cuando hubiera dado a luz en San Mungo, Draco había sugerido dormirla y trasladarla a ella y al bebé a casa de sus padres antes de que se diera cuenta y pudiera protestar. Por muy raro que fuera, a Astoria no le sonaba del todo descabellado. Daphne se enfadaría, pero a la larga sería lo mejor.
Eso era lo bueno de tener a Draco con ella. Eso y muchas otras cosas. Draco sabía relativizar. Sí, podía ser muy dramático a veces (por no decir siempre), pero a la hora de la verdad, sabía discernir lo relevante de lo irrelevante. Y lo más importante, sabía encontrar soluciones a todo. Sobre todo cuando Astoria se sentía desesperada, abrumada e incapaz de salir de su pozo de pesimismo. Ahí aparecía siempre Draco con un plan; normalmente era un plan que atentaba contra la libertad de alguien, involucraba algún soborno y hacer una o dos cosas bordeando lo ilegal (o ilegales directamente)… Pero eran planes efectivos. Y honestamente, dentro de unos márgenes respetables, a Astoria no le importaba mucho cómo se hicieran las cosas mientras el resultado fuera el deseado.
Astoria llevaba un rato fingiendo que leía en el salón de su casa, pensando en Daphne y a dónde podía llevarla a cenar esa noche, cuando la chimenea se iluminó con una intensa llamarada y expulsó a alguien. De inmediato, Draco se colocó bien la túnica y sacó la varita para hacer desaparecer la ceniza en un ágil movimiento. Cuando la vio ahí, acurrucada en el sofá con un libro entre las rodillas, le sonrió de lado y caminó hasta tomar asiento junto a ella. Por toda respuesta, Astoria le sonrió también y se movió sobre el sofá para colocarse bajo su brazo y abrazarle por la cintura.
—Buenos días—musitó ella.
—Buenos días—le respondió él en el mismo tono, y justo después se sacó una revista enrollada de un bolsillo, que arrojó sobre la mesita frente a ellos—. ¿Sabías que tu exnovio perfecto ha vuelto a salir en las revistas?
Astoria no se avergonzaba de admitir que tenía un puñado de exnovios, y aunque cada vez que Draco oía que alguien decía algo positivo sobre cualquiera de ellos se ponía irritable, solo había uno al que llamaba "perfecto". Bruce Vaisey. Y no era porque fuera realmente perfecto, ni mucho menos, pero Draco parecía tenerle una manía especial. Astoria tenía la sospecha de que estaba relacionado con el hecho de que Bruce era mejor que él en el quidditch, pero iba a preguntárselo.
—¿En serio? ¿Qué ha hecho Bruce esta vez?
Había visto la portada de la revista, una de esas internacionales de quidditch que Draco leía siempre. A Astoria le gustaba el quidditch, pero no era tan fanática como para interesarse en lo que pasaba más allá de sus islas. Prefería que Draco se lo contara a tener que pasar páginas ella.
—Qué no ha hecho, querrás decir—bufó Draco—. No solo ganó la Liga en Estados Unidos y casi ganó la final del torneo internacional, sino que el tipo también ha ganado el premio a Mejor Jugador de la Liga, que los extranjeros nunca ganan. Y eso mientras se sigue embolsando dinero haciendo de modelo para esos estúpidos trajes de Armory. ¿No se cansa de ser tan irritantemente perfecto?
Astoria soltó una carcajada.
—Bruce no tiene nada de perfecto. ¿No estarás celoso?
—¿Cómo voy a estar celoso yo de él?—se indignó Draco, negando con la cabeza—Para nada. Me molesta cómo es, no estoy celoso. En absoluto.
Estaba completamente celoso, como Astoria sabía.
—Se nota que no le conoces mucho—replicó Astoria, ignorándole—. Pero, ¿sabes qué? Vi a Davis ayer, vino otra vez a visitar a Daphne con Moon. Me ha confirmado que Bruce estará en la boda. Podrás hablar con él y ver que no tienes nada que envidiarle.
—¡Yo no le envidio!
Astoria contuvo una risita y le abrazó más fuerte. Había que quererle, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Especialmente las malas.
Theodore Nott
Sábado, 28 de junio de 2003
—¿Podemos mandarlo todo a la mierda, secuestrar la semana que viene a Lily y Bruce y simplemente casarnos a escondidas en el Ministerio?—bufó Tracey.
Tracey estaba casi histérica, y Theodore no podía culparla. Faltaba una semana para la boda, y parecía que a cada día que pasaba salía un problema inesperado nuevo. Las flores que habían pedido no serían suficientemente grandes y bonitas. El pastelero tenía muchos encargos y le faltaban unas nueces de quién sabe qué para preparar una pasta que necesitaba con antelación y no sabía con qué sustituirlas. Terence Higgs y Gemma Farley habían decidido a última hora que también traerían a su niña de un mes de edad, aparte del niño mayor. Había que hacer retoques al vestido. Y mil cosas más. ¡Por Merlín, eran magos! ¿En serio no podían resolver todo eso con un giro de varita?
Pero por suerte para los dos, Theodore era un poco más paciente.
—Podemos, pero no debemos—le recordó él, apretándole la mano—. Si lo hacemos, tu padre me echará la culpa y me matará.
Tracey chasqueó la lengua, molesta.
—No, porque mi madre sabrá que ha sido culpa mía. Esto es un asco, Theo. ¿Retoques al vestido, otra vez? ¡Ya lo hicimos la semana pasada!
—Entonces seguro que será rápido—opinó Theodore—. Llévate a Lily y que se encargue ella de hablar sin asesinar a nadie.
—"Será rápido"… Eso lo dices porque no eres tú el que tiene que sufrirlo.
—Yo voy a encargarme de todo lo de la comida y los asientos de los críos, ¿vale?
Tracey suspiró y acabó mostrándose de acuerdo.
—¿Seguro que no puedes tomarte un poco de multijugos e ir también a lo del vestido?
Theodore la miró alzando las cejas y Tracey levantó las manos en señal de rendición.
—Vale, entendido. Los dos vamos a sacrificar nuestro tiempo, lo sé.
—Queda una semana, Tracey. Solo siete días más y todo este desastre habrá acabado, estaremos casados y de viaje a España para pasarnos dos semanas tomando el sol sin hacer absolutamente nada.
—No te imaginas la de ganas que tengo que eso pase por fin—murmuró Tracey, relajándose un poco—. Necesito esas vacaciones. ¿Por qué nos dejamos convencer de hacer esta boda a lo grande?
—Porque, querida Tracey, somos unos Slytherin de mierda y aunque finjamos que no, las apariencias lo son todo. Y queremos restregarles a todos nuestros queridos conocidos lo bien que nos va.
Tracey le dedicó una sonrisa burlona.
—Me encanta cuando el gran Theodore Nott se rebaja a decir una palabrota.
Theodore le devolvió una sonrisa torcida y se echó hacia atrás en la silla, mirándola con un gesto provocativo.
—¿Ah, sí? Demuéstramelo.
No les hicieron falta más palabras.
Charlie Weasley
Viernes, 11 de julio de 2003
Charlie se había pasado diez días en Inglaterra, primero ayudando en los últimos preparativos de la boda de Ginny, luego atendiendo a la boda y actuando como el perfecto hermano mayor, y finalmente siendo el tío perfecto y consintiendo más de la cuenta a Victoire, Dominique y Molly. Y también a Teddy, claro. Teddy era como parte de la familia.
Le habría gustado quedarse un par de semanas más, al menos hasta el final del mes, porque Fleur volvía a estar embarazada y no le quedaba casi nada para que naciera el bebé. Y Charlie quería estar ahí para ver al niño… Pero la reserva no le había dejado quedarse tanto tiempo. Generalmente, la reserva de dragones no tenía problemas para dar vacaciones a sus trabajadores; eran bastante generosos con eso, siempre que cada vez que las solicitaran fueran solo unos pocos días. Sin embargo, en los últimos años Charlie había pedido vacaciones muchísimas veces. Entre bodas de familiares y amigos, nacimientos y cumpleaños, se había pasado un montón de tiempo en Inglaterra. Y además, cuando iba no estaba solo unos días, sino que intentaba alargar la estancia todo lo posible. No era que no le gustara su trabajo, al contrario: lo adoraba cada día más que el anterior. Pero también le encantaba estar con su familia, sobre todo ahora que tenían a tres niñas adorables correteando por ahí… En la reserva habían sido tolerantes con él y con su infinitud de compromisos familiares, pero su paciencia también había llegado a un límite. Por eso había tenido que volver antes de lo deseado, pero ya estaba planeando su próxima visita. Los mellizos de George tenían que nacer en algún momento entre Navidad y Año Nuevo. Sería una época perfecta para pasar un tiempo en casa.
Había tenido que pasar largas horas esperando diversos trasladores para llegar a la reserva en Rumanía, y había sido una agradable sorpresa encontrarse a Bruce Vaisey durante parte de la espera. Sabía que él y Ginny no eran amigos y no esperaba verle en la boda, pero había leído sobre él en los últimos meses (en la reserva había tanta gente aficionada al quidditch que les llegaban prácticamente todas las revistas relacionadas) y le había encantado que le contara más detalles de lo que había vivido.
—Por fin vuelves, Weasley—le saludó Ecaterina nada más el último traslador le dejó por fin en el edificio de bienvenida de la reserva—. Tu querido jefe ha estado echándote en falta desde el minuto en el que te largaste. Últimamente te pasas más tiempo fuera que dentro.
Charlie le dedicó una gran sonrisa, negando con la cabeza.
—No será para tanto.
Se acercó a la mesa en la que estaba la mujer y empezó a rellenar los documentos necesarios; después de tantas veces, lo hacía en modo automático.
—¿Qué tal la boda? ¿Tu hermanita no salió corriendo?
—Fue bien. Ginny no salió corriendo, ni el novio tampoco—Charlie se rio—. En general, diría que fue un evento más tranquilo de lo que esperas cuando Harry Potter es protagonista.
—¿Y no te preguntaron cuándo será tu turno?—inquirió Ecaterina—Porque tu hermana era la última que quedaba, ¿verdad?
—Ginny es la más pequeña, pero todavía falta también mi hermano Ron—puntualizó Charlie—. Quien sí que tiene novia, pero no planes de casarse aún. Si acosaron a alguien, fue al pobre Ron. No está hecho para esta clase de atención. Respecto a mí, creo que ya han perdido las esperanzas. Eso, y que creo que preferirán que siga siendo el tío soltero que a que me acabe casando con un dragón.
—Como si pudieras ser capaz de elegir uno—resopló Ecaterina con diversión, y aceptó el pergamino rellenado que Charlie le tendió. Le echó una rápida ojeada—. Todo correcto. He oído que Sommer tenía hoy tareas de observación en el sector tres y te esperaba allí. Harías bien en irle a hacer compañía, siempre que te vas se queda como un cachorro abandonado.
Charlie rio, le dio las gracias y salió al exterior en dirección a su cabaña. Hacía muchísimo calor, y además necesitaba cambiarse antes de adentrarse más en la reserva.
No le había dicho la verdad a Ecaterina, o al menos, no toda la verdad. Era cierto que era Ron quien más había sufrido las insistentes preguntas de los familiares sobre cuándo pensaba casarse, cosa que le había hecho sonrojarse incontables veces hasta límites alarmantes y le había dejado las orejas tan rojas que parecían a punto de estallar, si las orejas podían hacer eso. Al menos, la familia había tenido la delicadeza de contenerse un poco cuando Hermione estaba delante, pero cuando se alejaba de Ron, su pobre hermano recibía de todos lados. Charlie se había acabado compadeciendo de él, y se las había ingeniado para esconderse con su hermano durante buena parte de la boda bajo una mesa que nadie usaba (la pequeña Dominique les había seguido y se había colado bajo la mesa con ellos, y Charlie y Ron se habían ido turnando para sujetarla y entretenerla para que no se les escapara). Ahí escondidos, y ayudados por el vino, Ron había confesado que quería proponerle matrimonio a Hermione, pero todavía no lo había hecho y no sabía cómo hacerlo. Además, Ron tampoco estaba seguro de que Hermione le fuera a decir que sí. Esa confesión fue seguida por una larga charla sobre la confianza en uno mismo y las observaciones de Charlie, que apuntó que si Hermione seguía con él después de tantos años y problemas y se acababa de comprar una casa a medias con él (con varias habitaciones), era por algo. El debate había continuado hasta que Bill, en plena misión de búsqueda de Dominique, les había encontrado bajo la mesa. Su hermano mayor había querido unirse a la sesión de terapia improvisada, pero Ginny les descubrió intentando encajarse bajo la mesa y se negó a que se pasaran media boda escondidos tras el mantel. Era ridículo.
Y aunque Ron se había llevado la peor parte de todo eso, si Charlie había acabado decidiéndose por esconderle había sido porque él también estaba recibiendo muchos comentarios insistentes al respecto. Charlie tenía treinta años, ninguna pareja conocida ni planes de ello. Había repetido hasta la saciedad que su único amor era la reserva de dragones, y aún y así muchos le habían preguntado si en la reserva había alguna persona importante para él. Entonces había tenido que cambiar su discurso a que su único amor eran los dragones.
En realidad, no siempre había sido así. Había habido una época en la que había habido alguien… O había existido la posibilidad de que llegara a haber alguien.
Se llamaba Milena. Había llegado a la reserva de dragones un año después de él, recién salida del colegio. Era ucraniana, y había estudiado en Durmstrang. Era pelirroja, alta (incluso un par de centímetros más que Charlie) y llena de pecas; casi parecían hermanos. Milena era una apasionada de los dragones, divertida, salvaje y atrevida, pero también era irresponsable, desdeñaba las normas y creía tener siempre la razón. A Charlie le volvía loco… En más de un sentido.
No había sido una relación convencional. Se besaban, se acostaban, se querían, pasaban el tiempo juntos, y luego discutían, se pasaban semanas separados, se reconciliaban y volvían a empezar. Charlie no estaba hecho para las relaciones estables, y Milena tampoco; ninguno sabía comprender a la pareja como debía, ni sabía implicarse como cabía esperar. Para ambos, los seres humanos eran demasiado complicados, y preferían los dragones. Tal vez por eso a pesar de lo tortuoso de su relación esta había durado tanto, porque los dos eran un desastre.
Pero todo había acabado con el accidente. Había sucedido mientras su relación estaba en uno de los buenos momentos, justo después de una reconciliación. Lo que más jodía a Charlie, incluso siete años más tarde, era que había pasado durante una acción rutinaria, no durante una de las locuras de Milena. Él ni siquiera había estado allí, sino que se lo habían tenido que contar luego. Había sido mientras un grupo daba de comer a un dragón. Milena no había tomado todas las precauciones recomendadas, algo que era irritantemente común en ella; insistía en que su vínculo con los dragones era muy estrecho y no la atacarían. Normalmente tenía razón y no pasaba nada, y aunque a sus compañeros no les hacía ninguna gracia, ella ya no era una novata y no podían imponerle protecciones personales. Normalmente no pasaba nada… Pero esa vez había pasado. La llamarada de los hébridos negros era la que quemaba más de todas las razas de dragones. Una vez que la alcanzó de frente, no hubo nada que hacer. A duras penas quedó un cuerpo que recuperar.
Charlie lloró su muerte, se lamentó y se maldijo innumerables veces por no haber sido capaz de inculcarle un poco más de sentido común a Milena. Debería haber insistido más en lo irresponsable que era siempre. Si lo hubiera hecho, tal vez seguiría viva…
Aunque a medida que pasaban los meses, Charlie acabó aceptando que no era culpa suya. Le había dicho a Milena miles de veces que debía seguir las normas de protección, que existían por algo; se lo había dicho él y todo el mundo en la reserva. Pero ella era obstinadamente cabezota, y nunca había querido escuchar a nadie. Nunca había querido admitir que alguien que no fuera ella tuviera razón.
Charlie la había odiado por insensata y cabezota. Pero a la vez, nunca había estado tan cerca de estar enamorado de alguien como lo había estado de ella. Tal vez, reflexionó tiempo después, porque Milena se comportaba muy poco como una humana y mucho como un dragón: irascible, fiera, independiente e imposible de controlar. Charlie nunca había entendido a las personas ni las había amado como se suponía que debía hacer, pero los dragones siempre le habían fascinado. Igual que Milena le había fascinado.
Pero Charlie jamás conseguiría entender a las personas, y no podía querer algo que no entendía. Y había llegado a tener claro que si no había sido capaz de llegar a amar a alguien como Milena, más dragón que humana, no iba a poder amar a nadie más.
Eve Bundy
Martes, 22 de julio de 2003
Eve llegó esa noche a casa pasadas las once, intentando no hacer ruido, pero el "pop" que hizo al aparecerse alertó a sus padres de todos modos. Al menos, a su madre; su padre ya debía estar en la habitación, pero su madre se había quedado medio dormida en el salón leyendo algo, y la interceptó antes de que Eve pudiera llegar a su cuarto.
—¿Has estado estudiando hasta ahora?—le preguntó su madre con voz severa, fijándose en sus marcadas ojeras.
—Estaba en la biblioteca del Imperial College—respondió Eve encogiéndose de hombros, quitándose la mochila de la espalda.
—Es tarde.
—No soy una niña, sé cuidarme.
Su madre suspiró.
—Lo sé, Eve. Solo lo digo porque creo que deberías dormir más. Está bien que estudies, pero no tanto como para que necesites un litro de café cada mañana para funcionar…
—Mamá, quedan menos de dos semanas para la convocatoria y la primera evaluación del Wizengamot. Necesito sabérmelo todo.
—¿No tienes que pasar por cuatro evaluaciones más después?—replicó su madre—No necesitas ser perfecta. Tendrás más oportunidades de mostrarles lo que vales, como si no lo supieran ya. Casi todo el tribunal te conoce.
—Pero quiero serlo—le rebatió Eve—. Y los que me conocen solo me ven como una niña, como la secretaria de la señora Marchbanks. Tengo que demostrarles que soy algo más.
Su madre suspiró de nuevo y se frotó las sienes. Estaba cansada, y solo había aguantado despierta hasta esa hora porque quería ver a su hija; hacía semanas que apenas la veía unos minutos por la mañana. No estaba de humor para discutir.
—De acuerdo, Eve—acabó diciendo con voz suave—. Solo me preocupo por ti… Prométeme que este fin de semana te tomarás una tarde libre, ¿vale? Sal con Ginny o Vicky, o ve a hacer algo con Dean. Prométeme eso y no te molestaré más.
Eve se sintió inmediatamente culpable después de oír eso. No quería discutir con su madre ni enfadarse con ella, pero se había pasado de arisca. Después de ese largo día no estaba del mejor humor, pero no era una excusa.
—Lo prometo—susurró—. Le mandaré una lechuza a Vicky mañana.
—Bien—su madre asintió con la cabeza, un poco más satisfecha—. Buenas noches, cariño. Ve a descansar.
—Buenas noches.
Por fin llegó a su habitación, donde se apresuró a dejar la mochila en una esquina, ponerse el pijama y meterse en la cama.
Había sido un día duro. Había estado trabajando a las órdenes de Marchbanks hasta la hora de salida del Ministerio, y luego se había ido a estudiar para prepararse la primera evaluación de las convocatorias a miembros júnior del Wizengamot. Habría solo tres plazas, por la que la competencia sería dura. En las últimas semanas, Eve se había acostumbrado a ir a una de las bibliotecas del Imperial College de Londres: era fácil entrar sin ser un estudiante, y era un buen lugar para concentrarse.
Y necesitaba concentrarse. Para salir bien parada de la evaluación del tribunal del Wizengamot, tenía que saberse sin dudar montones de cosas legales. Tenía que saber qué actos y acciones eran legales o ilegales, las penalizaciones y condenas que correspondían a cada caso, qué diferentes tipos de responsabilidades había, qué factores extra podían influir en cada situación, cómo conducir interrogatorios… Por no hablar de cientos de casos reales previos y saber qué se podía extraer de ellos. Era una cantidad de estudio más que considerable, y Eve quería hacerlo bien. Más que quería, lo necesitaba: aquellas convocatorias también significaban que Griselda Marchbanks y otros dos de los miembros más mayores del Wizengamot se retiraban finalmente, y Eve no quería fallar esa convocatoria y tener que dedicarse a algo más mientras esperaba que pasaran varios años hasta la siguiente. No, Eve quería ser un miembro júnior ya.
Por lo tanto, y ante la cercanía de la primera evaluación, Eve se pasaba las horas libres estudiando, y todas las horas del día estresada y nerviosa. Marchbanks le había dicho que lo importante era que pasara la primera evaluación, que era la que servía para distinguir a los que servían para el trabajo de los que no; las cuatro siguientes (asumiendo que las fuera superando) eran más sencillas y servían para acotar el perfil de los candidatos. Pero eso no servía para calmar sus nervios, más bien lo contrario.
Además, esa tarde había vuelto a discutir con Dean. Estaba pasando mucho últimamente, pero lo atribuía a su estrés por las convocatorias; seguro que volverían a estar bien en cuanto pasara lo peor… Pero Dean no parecía estar ayudando.
Por una parte, estaba el hecho de que Dean solía llegar tarde, y a veces ni se presentaba en absoluto, a sus citas para comer. Él se justificaba con que acababa de trabajar en el pub muy tarde, y por lo tanto, dormía hasta tarde, en ocasiones hasta pasado mediodía, que era cuando Eve tenía su breve descanso para salir a comer. Aunque tenía razón en eso de que muchas noches cerraba el pub muy tarde, a Eve le molestaba mucho que no fuera capaz de usar un despertador, o avisarla de algún modo de que llegaba tarde.
Eso había sido el día anterior, y para compensarlo, esa tarde Dean había ido con ella a la biblioteca a hacerle compañía. El problema era que a veces la solución de Dean era peor que el error.
Porque Dean era ruidoso y no se sabía estar quieto; sobre todo cuando estaba allí sin tener nada que hacer en realidad, solo para hacerle compañía. Dean se aburría, y aunque traía libros para leer y herramientas suficientes para dibujar durante horas, era irritantemente molesto para Eve: se movía mucho en la silla, golpeaba la mesa, tarareaba, rompía papeles, escribía con fuerza y mucho más. Para Eve, que para concentrarse necesitaba algo cercano al silencio absoluto, la presencia de Dean era más molesta que confortante. Esa tarde, había llegado un momento en el que no había podido aguantar más el golpeteo del lápiz contra la mesa y le había pedido que se marchara. La verdad, no había sido su momento más sensible ni más brillante, pero había llegado a su límite. Dean la había mirado, herido, pero se había ido sin decir nada.
Cuando se hubo quedado sola otra vez, no había querido hacerlo, pero se había puesto irremediablemente a pensar en Bruce mirando el asiento vacío frente a ella. Con Bruce, Eve nunca había tenido problemas para estudiar; era la única persona con la que le había pasado eso. Bruce era silencioso como un jobberknoll. Más allá de un giro de páginas ocasional, no emitía ruido alguno y Eve muchas veces había llegado a olvidarse de que estaba allí con ella. Entonces Eve levantaba la cabeza de sus libros y se lo encontraba, respetando su espacio pero haciéndole compañía. Y no podía evitar sonreír, agradecida de que Bruce entendiera sus manías con el estudio.
Pero Dean no era Bruce, Eve no podía permitirse pensar en él, no ahora; y ya no era la primera vez que Dean no había conseguido estar en silencio en la biblioteca y Eve había acabado por echarle. Dean también faltaba mucho a sus citas para comer; y Eve no iba a verle al pub tantas veces como prometía. Entre una cosa y otra, acababan discutiendo mucho… Pero nunca llegaban al final del asunto o a encontrar una solución, porque acababan acostándose primero. Lo demás podía estar en horas bajas, pero el sexo seguía siendo estupendo, y eso les hacía aguantar un poco más. Al menos, era suficiente hasta que pasara esa época de estrés y de estar discutiendo todo el rato; cuando las evaluaciones del Wizengamot se acabaran y la vida de Eve volviera a la normalidad, estaba segura de que las cosas con Dean volverían a mejorar.
O eso esperaba, porque no podía permitirse pensar en cierto jugador de quidditch que, por lo que Eve sabía, acababa de irse a vivir todavía más lejos de ella.
No, la mente de Eve tenía que estar en Inglaterra. No en Australia.
Lily Moon
Jueves, 31 de julio de 2003
Era el último día de trabajo de Lily en el Ministerio de Magia, y se lo había pasado despidiéndose de gente, recogiendo papeleo que le pudiera ser útil en Estados Unidos, y devolviendo todos los archivos en su escritorio a su lugar correspondiente; podía parecer algo sencillo, pero había más cosas de las que parecía para ordenar y había acabado quedándose hasta el final de la jornada laboral. Había acabado justo a tiempo. Tal vez si Roy Walker no la hubiera entretenido durante una hora para desearle buena suerte y repetir los consejos que ya le había dado mil veces habría acabado antes, pero al menos ya había pasado todo.
Estaba guardando los últimos pergaminos importantes en su bolso cuando oyó dos voces a coro llamándola:
—¡Lily! ¡No te vayas aún!
Se giró rápidamente para encontrarse a Patrice Perks y Mandy Brocklehurst yendo hacia ella. Patrice fue la que llegó primero a su lado, y no tardó en envolverla en un cálido abrazo; fue algo incómodo, porque Patrice estaba embarazada de ocho meses y tenía una barriga enorme, pero fue reconfortante de todos modos. Cuando Patrice se apartó, con los ojos ligeramente húmedos, Mandy tomó su sitio y estrujó a Lily con fuerza.
Por Merlín, a Lily no le gustaba llorar en público, pero viendo como Mandy también se secaba una lágrima tuvo que esforzarse mucho para no seguir sus pasos. Patrice y Mandy habían sido sus mejores amigas en el Ministerio, las personas con las que había compartido quejas, alegrías, confesiones y dramas durante muchos años. Era muy duro tener que separarse de ellas y volver a empezar en un trabajo nuevo al otro lado del océano… Pero estaba decidido.
—¿Estás segura de que quieres irte a Washington? ¿De verdad?—le insistió Patrice por enésima vez.
—Ya sabes que sí, Pat—respondió cariñosamente Lily—. Quiero irme.
—¡Pero no nos tendrás a nosotras!—exclamó Patrice.
—Pero tendrá a un jugador de quidditch estadounidense que está como un queso para hacerle compañía—apuntó Mandy sonriendo, que abrazó a Patrice por los hombros y dejó que se apoyara en ella—. Estará bien sin nosotras.
—Os echaré muchísimo de menos… Pero Mandy tiene razón, como siempre. No estaré sola, tendré a Jason cerca.
—No me puedo creer que dejes toda tu vida aquí para mudarte a Estados Unidos solo por un chico—replicó Patrice.
—¡No lo estoy dejando todo por un chico!—protestó Lily—¡En Washington tendré un trabajo mejor que aquí! No es como si estuviera sacrificando mi carrera por él. Incluso va a mejorar allí.
—No intentes manipularla emocionalmente para que cambie de idea, Pat—la riñó Mandy, dándole un suave empujón—. Es muy poco Hufflepuff por tu parte.
Patrice chasqueó la lengua y levantó las manos en señal de rendición antes de dejarlas reposar sobre su enorme barriga.
—Lo siento, ¿vale? Son las hormonas. Y que de verdad te vamos a echar mucho de menos.
Lily la perdonó de inmediato y estrechó una mano de Patrice, la que Mandy no estaba sujetando.
Le había costado mucho decidir si debía mudarse a Estados Unidos o no. Habían sido muchos meses de evaluar pros y contras, todo lo que iba a dejar atrás y todo lo que podía ganar. Había hablado con Bruce, que ya había cruzado el charco tres años antes y lo volvería a hacer hasta Australia, pero también con muchos de los magos y brujas internacionales que había en su Departamento del Ministerio. Con casi todos, en realidad: había sido su tarea de investigación para descubrir los motivos que la gente tenía para dejar su país e ir a trabajar en un Ministerio extranjero, y si estaban satisfechos de su decisión.
El resultado de sus averiguaciones había sido de lo más interesante. La gente tenía montones de motivos diferentes para haber tomado esa decisión: dinero, aventura, amor (y desamor), oportunidades profesionales, un cambio de estilo de vida, huir de una situación inestable… Había de todo. Sin embargo, lo más curioso no era la variedad de respuestas a esa pregunta, sino la práctica unanimidad en la segunda: nadie se arrepentía de haberse marchado. Sí, había alguna persona que echaba terriblemente de menos su hogar y su familia y quería volver a su país en cuanto pudiera, pero incluso esas personas coincidían en que al menos habían probado esa vida y decidido que no era para ellas tras haber pasado por la experiencia.
Y eso era lo que había hecho que acabara de decidirse. Tenían razón: si las cosas iban mal, siempre podía volver al cabo de un tiempo. Puede que Lily estuviera muy lejos de ser una persona aventurera y arriesgada, pero ¿irse a vivir a Washington? No era como si se fuera a aventurar en una peligrosa selva o a intentar colarse en pirámides malditas. Aunque las cosas fueran mal, no iba a ser terrible.
Además, las cosas no tenían por qué ir mal. De hecho, podrían ir muy bien. Por fin tendría la oportunidad de estar relativamente cerca de Jason, de poder llegar hasta él cada día solo a través de la red Flu, de pasar la noche con él siempre que quisieran. Era algo que había deseado tantas veces cuando pasaban tanto tiempo separados, que cuando por fin se le había presentado la oportunidad de conseguirlo, había tenido miedo de que no fuera a ser cómo había soñado. Y sin embargo, luego pasaba unos días junto a él sin interrupciones y se preguntaba cómo podía ser tan tonta. Poder estar cerca de él cuando quisiera era una maravilla, y necesitaba vivir eso. Esas últimas semanas después de la boda Jason había estado en Londres y se habían visto cada día, e incluso habían tomado un traslador para ir a pasar unos días con su familia en la granja. Y había sido increíble. Lily necesitaba más de eso.
Y sí, tal vez en algún momento alguno de los dos acabaría cansándose y las cosas irían mal, pero ¿qué más daba? No sería su primera decepción amorosa, sobreviviría. Y de todos modos, habría vivido una experiencia única. De momento, no había señales de que ninguno de los dos estuviera menos entusiasmado que el primer día. Y mientras eso durara, todo estaría bien.
—Lily no lo deja todo por un chico—comentó Mandy, sonriente—. Lily consigue el chico y el trabajo. Ojalá tu vida fuera una película y pudiera ir a verla cientos de veces. O me conformaría con un libro.
—Mi vida no es como una película—y Lily estaba segura de ello, porque era precisamente Mandy quien la había arrastrado a los cines muggles en varias ocasiones—. Sería muy aburrida. Nadie pagaría por ir a verla.
—Te digo yo que sí—rebatió Patrice—. Y tendrías que hacerme caso, porque como la mayor del grupo, soy la voz de la experiencia.
—Por millonésima vez, Pat, solo eres un año y medio mayor que nosotras. No eres nuestra madre—bufó Mandy—. Pero estoy de acuerdo contigo.
Las otras dos rieron, y Mandy se sumó a la risa también. Lily las miró con aprecio, sintiendo mucho tener que dejarlas allí. Sí, se moría de ganas de probar la experiencia en Estados Unidos, pero iba a echar horriblemente de menos esos momentos con ellas.
Se quedaron un rato más allí, frente al ya viejo escritorio de Lily, charlando, riendo e intercambiando promesas de que iban a escribirse con frecuencia. Patrice se comprometió a mandarle una foto de su hijo en cuanto naciera, Mandy aseveró que la mantendrían al día de los cotilleos, y Lily prometió mandar fotos de su apartamento en Washington cuando estuviera propiamente decorado. Y entonces, cuando se hizo tarde, las tres se marcharon no sin antes abrazarse y llorar un poco más.
Cuando Lily se apareció en su apartamento, se encontró a Jason solo en la cocina. No era una sorpresa que Jason estuviera solo allí: después de haber vuelto de la luna de miel, Tracey se había mudado definitivamente con Theodore, y aunque Jason pasaba las horas que Lily trabajaba haciendo turismo, solía estar de vuelta en casa cuando ella volvía del Ministerio. Algunas veces en los últimos días se lo había encontrado charlando con uno de los chicos que iban a vivir en el apartamento cuando ella también se marchara; eran dos chicos de Ravenclaw recién salidos de Hogwarts, y como a Lily le habían caído bien rápidamente, les había dado permiso para que se fueran pasando algunos días para ir dejando cajas con sus pertenencias. Sin embargo, sí que era una sorpresa que Jason estuviera en la cocina.
Y que la cocina estuviera hecha un asco.
—¿Jason?—le llamó, entrando en la pequeña cocina con las cejas alzadas—¿Qué está pasando aquí?
Jason, sobresaltado, se giró hacia ella como un niño pequeño pillado en medio de una travesura.
—Siento el desastre, Lils—se disculpó de inmediato con una cara totalmente culpable—. Estaba intentando cocinar, pero… Cuando tu abuela o un elfo doméstico son quienes cocinan siempre, la verdad es que no aprendes mucho de estas cosas. Y encima no entiendo estas medidas.
Jason tenía un pedazo de pergamino en la mano, y Lily lo alcanzó para estudiarlo. Su corazón se derritió un poco más cuando descubrió que era la receta de su plato favorito. Por suerte para ella, para Jason, para su maltrecha cocina y para los dos Ravenclaw que seguro querrían una cocina funcional, Lily no tenía tantos problemas para prepararlo.
—¿Qué te parece si cocinamos juntos?—sugirió Lily—No tenemos nada mejor que hacer que pasar el resto del día aquí.
Jason le devolvió una sonrisa enorme, y Lily supo que estaba haciendo lo correcto al irse a vivir a Washington. Cogerían un avión en dos días; Jason iba con ella, porque empezaba los entrenamientos el próximo lunes. Pero como las primeras semanas serían ligeras, le había prometido ayudarla a instalarse en su nueva ciudad.
Todavía tenía que despedirse de Tracey y Theodore, pero haría eso al día siguiente. De momento, Lily iba a dejar de preocuparse obsesivamente por el futuro e iba a disfrutar del presente.
¡Hola otra vez!
¿Qué puedo comentar de este capítulo? Reúne pequeños momentos que me parecieron interesantes de la vida de varios personajes a los que les tengo cariño y han aparecido en algún momento del fic. Cuando terminé de escribirlo me di cuenta de que todos mostraban al protagonista hablando con sus parejas o pensando en ellas, pero que en verdad cada escena trata sobre mucho más que una relación de pareja. Kevin está preocupado por si se está quedando atrás en su vida comparado con sus amigos, y por si eso debería indicar que hay algo malo en él; algo que falla, algo que le impide madurar como el resto de sus conocidos y seguir su ritmo. Dean reflexiona sobre los últimos años de su vida y duda sobre si tomar una decisión importante o no; si ya es la hora de descubrir de dónde viene o si aún no está listo. Ginny está feliz con su vida, pero se da cuenta de que incluso cuando todo va aparentemente perfecto, hay cosas que la sacan de quicio y desea con todas sus fuerzas poder cambiarlas. Astoria está preocupada por su hermana y su futura sobrina, y está dispuesta a todo para asegurar su salud. Theodore admite que si celebran una gran boda que no va para nada con su estilo (ni el de Tracey) es por su orgullo y porque quieren mostrarles a sus conocidos que ellos eligieron bien y son felices. Charlie está dividido entre el amor a su familia y a sus dragones, pero no es capaz de enamorarse y formar una familia como todos quieren. Eve está absorta en un momento crucial en su trabajo, lo que le está llevando a descuidar sus relaciones personales y a echar de menos tiempos en los que las cosas eran más sencillas. Y finalmente, Lily está atravesando el duro momento de decirle adiós a todo lo que conoce para cambiar de vida tras una muy meditada decisión.
¿Cuál os ha gustado más? ¿Alguna aparición o hecho inesperado? ¿A quién habéis echado de menos? ¡Todo esto y mucho más podéis decirlo en un bonito review aquí abajo! Y por lo demás, muchas gracias a los que leéis y seguís aquí sesenta capítulos más tarde. Sois lo mejor. Y sin más que decir, ¡feliz Navidad y feliz año nuevo!
¡Nos leemos pronto!
