Mi reaparición sorpresa causó una gran conmoción. Cuando mi presidente vino a recogerme a Islandia lo primero que hizo fue darme un abrazo bien prieto y fuerte. «Tú quieres matarme, ¿verdad?», me dijo al oído. Nos alegramos tanto de vernos el uno al otro que nos olvidamos pronto de nuestro enfado. Me llevó a casa y allí sí que me encontré una verdadera bienvenida. La gente corría tras mi coche gritando. Gritando de alegría. Una orquesta interpretó mi himno a mi llegada, no vi balcón que no tuviera mi bandera, también veía a mucha gente ondeando una pequeña en la mano. Una mujer mayor se saltó el dispositivo de seguridad para darme besos en las mejillas. Hubo fiesta durante varios días...Fue algo totalmente inesperado y exagerado, pero no me molestó en absoluto. Todo lo contrario. Me invitaron a innumerables programas, a hablar en el Parlamento...

...Pero yo tenía un compromiso pendiente aún más importante.

— Están muy ricas, señor Austria—me sonrió Liechtenstein mientras tomaba otra galleta de coco.

— Coge todas las que quieras.

Yo también le sonreí. Mi mirada se desvió hacia Suiza y vi que él también estaba sonriendo. No forzosamente, sino de verdad. Saltaba a la vista en su mirada que se había quitado un peso titánico de encima y se encontraba en un estado plácido, estos momentos en que uno está tan relajado que el mundo parece algo irreal. Lo veía volver la mirada hacia su hermanita y fijar los ojos en ella durante largo rato, como si aún no se creyera que ella estuviera de verdad de vuelta, y que estuviera bien. Yo tampoco me lo creía, la verdad.

— Jamás me acostumbraré a verte así. Con ese peinado.

Siguió sonriendo mientras se pasaba una mano por la parte rapada.

— Lo he arreglado para que quede mejor hasta que vuelva a su ser. En realidad, no está tan mal. Es...distinto. Después de cuatrocientos años con el mismo aspecto, quizás fuera hora de probar cosas nuevas. Más acorde a estos tiempos.

Oí a Liechtenstein disimular una risita en vano. Suiza la miró y su sonrisa se ensanchó mientras tomaba la taza de café.

— ¿Es cierto que tú y Hungría...?—preguntó después de lamerse los labios.

— Eso es un asunto solo nuestro—respondí.

— O sea, que sí.

— Nos alegramos mucho de vernos sanos y salvos—remarqué. Realmente no quería que la conversación se desviara a terrenos tan personales.

— Yo no digo nada. Tan solo quería saber si los rumores eran ciertos.

— No te hacía tan cotilla. Estás cambiando, y no creo que sea para bien.

— No soy cotilla. Me gusta estar informado, eso es todo.

Fue una tarde apacible, después de todo lo que habíamos pasado, y no hablo solo de la amenaza del movimiento, sino de todos estos años sin hablarnos por los motivos más absurdos, algunos de ellos que ni siquiera recuerdo. Aunque solo fuera por una vez, fue como volver a aquellos tiempos lejanos en que éramos amigos, pasábamos mucho tiempo juntos y nos preocupábamos el uno del otro.

Aunque fuera una sola vez, yo me conformo con eso.