Capítulo 56.
Múnich.
Después de mucho tiempo, Débora por fin tendría libre un fin de semana completo. Dos días le parecían demasiado considerando que prácticamente vivió en el hospital durante los últimos meses así que no estaba segura de qué hacer. Acudió al partido entre el Bayern Múnich y el Werder Bremen para apoyar a Stefan y, si bien ellos estuvieron juntos esa noche, ella decidió retirarse temprano para dejarlo descansar. Levin había insistido en que se reunieran el domingo aunque sólo fuese para comer pero Débora le dijo que no se apresurara, que tendrían muchos otros domingos para compartir después.
– No voy a ir a ningún lado –le aseguró ella, riéndose–. No te librarás de mí tan fácilmente.
Lo cual, a juzgar de la propia Débora, debió de haberlo hecho correr, pero Stefan sonrió con alivio mezclado con ternura antes de darle un beso y asegurarle que anotaría un gol en el partido del martes.
Al tiempo que ojeaba una revista, tumbada perezosamente sobre su cama, Débora enviaba mensajes de WhatsApp a Stefan, quien le comentaba que estaba pensando irse a entrenar para no desperdiciar el buen clima. Ella lo regañó y le recordó la importancia de tener un día de descanso para no sobrecargar su cuerpo y le aconsejó que se relajara un poco. Mientras esperaba a que el sueco respondiera, un nuevo mensaje saltó en su pantalla, escrito en francés: Comment ça va, jolie? (¿Cómo te va, linda?). Débora se incorporó de golpe, asombrada, al darse cuenta de que el recado provenía de Jean Lacoste.
"¿Qué tal?", contestó ella, tras un breve titubeo. Llegó a considerar el no responder pero creyó que sería muy grosero de su parte y se suponía que ya no tenía resentimiento hacia Jean. "¡Qué milagro saber de ti después de tanto tiempo!".
"No ha pasado tanto", aseguró el francés. "Además, dudo mucho que en verdad me extrañes".
"¿Y por qué no habría de hacerlo?", cuestionó Débora. "Siempre extrañaré a un buen amigo".
"¿A pesar de que yo no haya sido un buen amigo?", preguntó Jean. "No me porté muy bien contigo estando allá…".
"No empecemos otra vez con eso, ¿sí?", pidió ella, fastidiada. "Pensé que ya habíamos dejado eso en el pasado".
Jean no contestó durante varios minutos y Débora decidió que, si él no continuaba con la conversación, ella tampoco lo haría. Había sido lo mejor para todos que Lacoste regresara a Francia y Débora no iba a permitir que él intentara hacerla sentir mal otra vez, sin importar que no fuera ésa su intención.
"Supongo que es lo mejor para los dos, ¿no es así?", escribió Jean, al fin. "No tiene caso seguirse preocupando por el pasado".
"Es lo que pienso", aceptó Débora. "Vivir en el pasado no le ha traído cosas buenas a nadie que yo conozca así que no pienso hacerlo yo".
Obviamente ella se estaba refiriendo a Levin y estaba segura de que Jean lo entendería.
"Sí que maduraste, amiga mía. De verdad me da gusto, aunque no lo creas", comentó Jean, agregando además un emoticón de carita feliz. "Y eso, a su vez, lo hizo madurar a él".
"Eso no lo sé, pero no es como si de verdad importara", aclaró la chica. "Pero no quiero seguir hablando de eso. Mejor dime: ¿cómo te está yendo en Francia?".
"Muy bien. Ya extrañaba París, permanecí en Alemania más tiempo del que debía", confesó Jean, sincero. "Hice bien en volver, ahora sé que mi lugar siempre estuvo aquí".
"Me da gusto por ti", dijo Débora. "Espero que a tus viejos amigos les haya alegrado tu regreso".
"Casi a todos, sí", aceptó Jean. "Menos a Azumi Hayakawa, ella como siempre se muestra arisca conmigo".
"¿Hayakawa?", preguntó Débora, confusa. "No me suena su apellido. ¿Es japonesa?".
"Francesa de padres japoneses", explicó Lacoste. "La conocí hace muchos años gracias a un amigo que tenemos en común, Taro Misaki; él es futbolista, juega para la Selección de Japón y me la presentó cuando estuvo viviendo en Francia".
A Débora le sonaba el nombre de Taro Misaki pero no estaba muy segura de saber quién era. Tal vez podría preguntarle a Lily si ella lo conocía, considerando que debía ser compañero de Wakabayashi.
"¿Y por qué esa chica te trata mal, qué le hiciste?", bromeó Débora. "Deja de actuar como galán de cine y tal vez le agrades más".
"Tal vez", admitió Jean. "Lo curioso es que, antes de irme a Alemania, Azumi me trataba muy bien pero parece ser que le ha molestado mi regreso".
"Quizás lo que la enojó fue tu partida pero es demasiado orgullosa como para reconocerlo", replicó Débora, tras pensarlo un momento. "Las mujeres somos bien raras, Lacoste".
"Puede ser, yo que sé", dijo el francés. "A lo mejor no quiere saber de mí porque soy su única conexión con Misaki y su recuerdo le ocasiona dolor por culpa de un amor no correspondido. En fin, no te molesto más con mis chismes parisinos, sólo quería saber cómo estabas, Deb".
"No me molestas pero entiendo", aceptó ella. "Estoy muy bien, gracias por preguntar".
Él tardó tanto en contestar que Débora dio por hecho que ya no lo haría; curiosamente, también Stefan había dejado de mensajearle y ella se preguntó si debía comentarle que Jean le había hablado. Dejándose caer en la almohada, Débora retomó la lectura de su revista, más aliviada de lo que creyó que estaría.
"¿Y todo marcha bien con él?", soltó el médico francés, sin previo aviso. "¿Ya se liberó por fin?".
"Más de lo que te puedes imaginar", aseguró ella.
Parecía que él iba a añadir algo más pero al final se arrepintió y Débora lo dejó pasar, era mejor así. Unos veinte minutos después, sonó el timbre del departamento y ella se dispuso a averiguar quién era, sorprendida porque tanto Nela como Bárbara habían salido y Débora no esperaba visitas; cuando abrió la puerta, la joven se topó de frente con Stefan.
– ¡Stef! –exclamó la doctora, avergonzada porque estaba desarreglada–. ¿Qué haces aquí?
– Tengo hambre y me dije que no habría nada de malo en que fuéramos a comer juntos. –Levin, a quien no le importaba que ella estuviese despeinada, se encogió de hombros–. Eso no afectará mi desempeño futbolístico.
– Siempre y cuando no te comas una vaca entera –replicó Débora, sonriendo–. Si me esperas un poco, puedo preparar algo aquí para los dos.
– Eso me gustaría –reconoció Levin, sonriendo a medias–. Pero no quisiera arruinar tu domingo haciéndote trabajar.
– No será ninguna molestia hacerlo por ti –negó ella, devolviéndole la sonrisa.
– Siendo así, creo que aceptaré –dijo Stefan, quien todavía se sentía incómodo al recibir esas muestras de amor por parte de ella, aunque sí deseaba tenerlas.
– Bienvenido a mi humilde hogar. –Débora hizo un gesto teatral y se movió para dejarlo pasar.
Stefan entró entonces al departamento, riendo alegremente y cerrando la puerta tras de sí. Y Débora no volvió a pensar más en Jean Lacoste.
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En el bar en el que entraron no los reconocieron, o al menos fingieron no hacerlo, así que los dos hombres se explayaron a su gusto en un par de bancos ubicados frente a la barra. La cerveza en sí no era mala, aunque el alemán las había probado mejores y el japonés había bebido peores, pero en ese momento realmente no importaba. Por ser domingo, había pocos consumidores en el local y la mayoría de ellos estaban viendo un partido entre el Schalke 04 y el Borussia Monchengladbäch que se estaba transmitiendo en vivo.
– Supongo que hasta en Múnich es difícil encontrar un buen bar abierto en domingo –comentó Wakabayashi, mientras admiraba las oscuras paredes decoradas con fotografías viejas de artistas y deportistas europeos del siglo pasado.
– Podríamos hallar uno mejor pero, ¿realmente quieres ir a un lugar en donde es altamente probable que sí haya alguien que reconozca al portero del Hamburgo? –cuestionó Schneider, con sorna–. Al menos estoy seguro de que sí habrá quién reconozca al Káiser de Alemania y no tengo muchas ganas de fingir que no soy yo. Intenté hacer eso en esa maldita cena con Hedy Lims y no me sirvió de mucho.
– ¿Te hiciste pasar por otra persona en tu cita? –preguntó Genzo, con una expresión de burla–. ¿Quién fuiste, Karl Heinz Rummenigge o Franz Beckenbauer?
(N/A: Según los rumores, Takahashi se basó en estos dos jugadores para crear a Schneider)
– Qué simpático, Wakabayashi –gruñó Karl, tras lo cual le dio un largo trago a su cerveza–. No se me ha olvidado que cuando fuiste a Säbener Straße a ver a Lily te hiciste llamar Benji Price.
– Y en el hotel De Angelis me hago llamar Ryusuke Nakamura. –El portero se encogió de hombros–. Pero a mí me funciona porque, a pesar de ser japonés, todavía la gente no me reconoce de primera intención, pero es muy difícil que nadie sepa quién eres tú. En fin, ¿qué hiciste en tu flamante cita?
– Di un nombre falso en el restaurante, Enric Taylor, para evitar dejar rastro por culpa de mi nombre real pero no contaba con que Hedy Lims documenta su vida en Instagram –explicó el alemán, tras lo cual frunció el ceño al ver que su amigo contenía una risotada–. ¿Qué te resulta gracioso?
– Me rio de tu ingenuidad –contestó Genzo, con una expresión de burla–. Mira que creer que esa chica no aprovecharía para presumir de su cita contigo. ¿Cómo es que no te lo viste venir? Hasta yo lo hubiera pensado y mira que soy más inexperto en mujeres que tú.
– Yo no tengo maestría en conquistar mujeres, te lo recuerdo –protestó Schneider–. Sé tanto de ese tema y de noviazgos como tú, no es como si hubiera andado con la mitad de las mujeres de Alemania.
– Pero has tenido más novias que yo –replicó Wakabayashi, pensativo–. ¿Cómo se llamaba aquella chica que era hija de un empresario? ¿Ángelica?
– Ángela Teufel –lo corrigió Karl, avergonzado–. No duré mucho con ella; no cuenta, ya ni siquiera me acordaba.
– Cuenta porque sí fue algo "oficial" –insistió el portero, que estiró la mano para tomar un puñado de cacahuates y comérselos de un bocado–. A diferencia mía, que hasta antes de Yuri no había tenido algo estable.
– Pero sí te acostaste con varias mujeres, eso no lo puedes negar –señaló Schneider, con malicia; él hizo un gesto de repulsión al ver a su amigo ingerir los cacahuates, pues no creía que estuviesen buenos.
– Una cosa es tener sexo, otra diferente el tener pareja –remarcó Genzo, con aires de sabelotodo–. Y al menos tú ya tuviste una, deberías de saber cómo funcionan las relaciones.
– Pero ya te dije que con Ángela fue distinto –insistió el alemán–, prácticamente yo hacía lo que ella me pedía, no fue una relación real.
– Como digas, Schneider, pero eso no quita el hecho de que te viste idiota con Lims –replicó Wakabayashi–. Si te obligó a salir con ella es porque quiere atención, por lo que era lógico pensar que iba a documentar esa cita para presumirla después.
– Todas las personas que conozco me lo han recalcado una y otra vez, que me vi tonto e ingenuo –bufó Karl, frustrado–. ¡Ya lo sé, no tienen que decírmelo a cada rato! Eso te demuestra que soy muy inexperto en el tema, nunca sé que están tramando las mujeres con respecto a mí. ¡Ni siquiera estoy seguro de saber qué es lo que Elieth espera de mí!
– Que seas honesto –respondió Genzo, con dureza–. Eso también es muy obvio, Schneider.
En vez de responder, Karl se acabó su cerveza y azotó el tarro vacío contra la barra. Sin inmutarse, el cantinero se la rellenó sin preguntar; al parecer, el hombre llevaba tantos años en el negocio que sabía lo que significaba que un cliente azotara su tarro vacío contra la barra.
– Estoy bastante consciente de que cometí un error –comenzó a decir el alemán, en voz baja–. Creo que tengo la suficiente cantidad de alcohol en la sangre para admitir aquí y ahora que tenía temor de la reacción de Elieth cuando supiera lo de la cita, pues sabía que no me creería que me estaban obligando a hacerlo. Simplemente dejé que esto me sobrepasara, ni yo podía creer que fuese del todo cierto que la Paulaner pudiera usar mi contrato para imponerme una cena con alguien por quien no me siento atraído. ¡Suena tan absurdo que no era posible aceptar que era cierto!
– Ahí sí te doy la razón, la Paulaner invadió un terreno que debería de seguir siendo exclusivo de un futbolista –suspiró Genzo, mientras seguía con desgana los movimientos de los jugadores del Schalke en la televisión. Después desvió la mirada, se quedó callado algunos instantes y suspiró antes de continuar–: Y puedo entender que eso te haya sobrepasado. De hecho, si lo analizo a detalle, es bastante jodido lo que los patrocinadores te hicieron, y es más jodido aún que tu equipo no haya querido protegerte.
– Más bien no pudo hacerlo a tiempo –negó Karl–. Y al menos yo intenté de todas las formas posibles evitar este desastre pero tiempo fue precisamente lo que me faltó.
– ¿Piensas seguir adelante con la demanda? –preguntó Genzo, ladeando la cabeza para verlo.
– Por supuesto –asintió Schneider–. Si no lo hago ahora, la Paulaner se acostumbrará a salirse con la suya y después comenzará a intervenir en otros aspectos privados de la vida de los futbolistas. Y mira, sé que se ha dicho mucho sobre mí gracias a mi transferencia al Bayern: que soy un vendido, un mercader, un amante del dinero que traicioné la camiseta por un buen salario pero tú que me conoces sabes que no es así. No permitiré que mi equipo pierda prestigio y confiabilidad por culpa de una niña estúpida y mimada que hace berrinche cuando alguien le da un "no".
– Ése es el Schneider que yo conozco. –El japonés alzó su tarro hacia él–. Ésa forma de hablar es más propia de ti.
En ese momento los dos se distrajeron gracias a un gol que metió el Borussia Monchengladbäch, lo que los llevó a analizar la jugada con la experiencia de un profesional durante al menos diez minutos. Al escucharlos hablar, el tabernero se les unió pues no estaba de acuerdo con ellos y los tres discutieron por varios minutos más, hasta que el hombre les volvió a servir más cerveza junto con un comentario tajante:
– Ustedes no saben ni pizca de fútbol –aseguró, mientras azotaba los tarros con tal fuerza que buena parte de su contenido se derramó por la barra.
Schneider y Wakabayashi intercambiaron una mirada de burla y esperaron a que el hombre saliera para reírse a carcajadas.
– Tienes razón: aquí nadie tiene idea de quiénes somos –se mofó Wakabayashi–. Ni siquiera te ha reconocido, lo que ya es mucho decir.
– Bien, que el hecho de saber que no sé de fútbol me ha distraído un rato –comentó Karl–. Y me ha hecho ver las cosas desde otra perspectiva: quizás de verdad no logro comprender en dónde está mi problema.
– ¿Todavía? ¡Pero si te lo acabo de decir, cabeza hueca! –Genzo le dio un golpe en la nuca–. ¿Tengo qué explicártelo con palos y bolitas, Schneider? Vamos paso por paso y con calma, a ver si así te entra en ese cerebro de gelatina que tienes. Primero que nada: nunca le ocultes cosas a Elieth. No van a llegar muy lejos si te la pasas escondiendo asuntos como que vas a salir a cenar con otra mujer, ni siquiera porque te están obligando a ello.
– Eso también puede aplicarse a ella, ¿no? –bufó Karl, sobándose la nuca mientras miraba a su amigo con reproche–. Te recuerdo que me ocultó lo de Teigerbran.
– Sí, es cierto, no te lo voy a negar –aceptó el portero–. Pero no porque la Peque te lo haya hecho se justifica que tú le hayas mentido. No quieras opacar una culpa tuya con una de ella, eso no está bien, hay que aceptar los errores propios.
– De acuerdo, tengo que darte la razón en eso –cedió Schneider, enfurruñado–. ¿Y qué más, Gran Sabio Gurú del Amor?
– Sigue burlándote y te vaciaré la cerveza en la cabeza –replicó Wakabayashi, aunque de buen humor–. En segunda: confía en tu pareja. Conozco a Elieth más que tú así que puedo entender que hayas querido evitar que se enojara pero hay situaciones en las que tendrás que dar un salto de fe y esperar a que ella sea comprensiva con la situación. Y si no lo es, al menos no habrás cometido el error de ocultarle un hecho tan importante.
– ¿En verdad estoy hablando contigo de esto, Wakabayashi? –cuestionó el alemán, incrédulo–. Ni pareces ser tú el que habla. Vaya que Lily te ha cambiado, ¿eh?
– Cállate, Schneider –respondió Genzo, antes de acabarse su cerveza, otra vez, para ocultar su turbación–. Sigo siendo yo, es sólo que esta vez he aplicado mi frío razonamiento a las cuestiones de pareja para entenderlas mejor.
– Aún así, creo que en estos momentos está hablando el alcohol de tus venas–. Karl se terminó su cerveza también y pidió al tabernero, con señas, que rellenara ambos tarros.
– Es posible –admitió el japonés–. Sigamos con lo que te decía: en tercera, si ya cometiste el error de mentirle a Elieth, tendrás que hacerte a la idea de que tendrás que hacer algo muy grande para que ella te perdone.
– ¿Algo grande? –preguntó Schneider, sin comprender–. ¿Cómo qué?
– No lo sé. –Wakabayashi se encogió de hombros–. Eso es cosa tuya.
El alemán se quedó callado para analizar las palabras de su amigo, mientras esperaba a que el tabernero volviera a vaciar cerveza en las jarras, sin derramar ni una sola gota esta vez. Y sin saber por qué, Karl pensó en Ángela Teufel, a quien habría podido convencer de que lo perdonara con el simple gesto de comprarle una joya cara o llevarla de vacaciones a un crucero por el Mediterráneo, pero con Elieth no funcionarían esos trucos. Si bien era cierto que Karl le había enviado una pulsera del Bayern Múnich, no lo hizo con la finalidad de "comprarla" sino porque de verdad quería que ella la usara por ser su novia. Así pues, ¿qué tendría que hacer para que ella lo perdonara? ¿Qué sería eso "grande" de lo que Wakabayashi hablaba?
– Me las voy a ver negras para averiguarlo –murmuró, fijando distraídamente la vista en la pantalla de televisión.
– No tanto –negó Genzo–. Si conoces a Elieth como creo que la conoces, sabrás la respuesta más fácilmente de lo que crees. Como dije ya, comprendo bien que hayas temido hacerla enojar pero la sinceridad siempre será tu mejor clave con cualquier persona. Es algo que no deberías de olvidar nunca.
– Créeme que a partir de ahora no lo olvidaré –aceptó el alemán–. No creas que no sabía lo que me acabas de decir, sólo necesitaba que me lo dijeran en voz alta.
– Eres raro cuando se trata de mujeres, Schneider –sentenció Wakabayashi, tras lo cual lanzó un gran suspiro–. Aunque no eres el único. Es irónico que yo sea capaz de saber qué hiciste mal y que al mismo tiempo no entienda cuál fue el error que cometí con Yuri.
– Ya te lo dije: sin importar lo que le contestaras, habrías estado mal –le recordó Karl, poniéndole una mano en el hombro–. Pero creo que tu problema es que no estás aplicando una de las reglas que me acabas de decir: no estás siendo sincero con ella, no le expresaste lo que realmente quieres de tu relación. Y también temo que no estás siendo sincero contigo mismo: ¿de verdad no la abandonarás si ella llegara a interponerse en tu camino?
– ¿Me vas a decir que estás de su lado? ¿Es en serio? –preguntó Genzo, incrédulo–. Pensé que tú me conocerías mejor en ese aspecto y entenderías que no sería así.
– Yo no tomo ningún bando, eso es algo que deben resolver ustedes –aseguró Schneider, sin inmutarse–. Sin embargo, tienes que admitir que tus antecedentes y tu personalidad te juegan en contra. Si bien Lily te lo dijo de una manera muy ruda, es cierto que cuando se trata de alcanzar tus metas no te importa despedirte de tus amigos, conocidos o familiares si es necesario.
– Ésa es una de las recriminaciones que más me dolieron –admitió Wakabayashi, bajando la voz–. No creí que la gente me vería como un hombre insensible sólo por tener ambición. O mejor dicho: no creí que ella me vería como una persona insensible que no tomaría en cuenta sus sentimientos. Pensé que la doctora me conocía mejor.
– Yo diría que es todo lo contrario: precisamente porque te conoce bien es que tiene miedo de que la dejes de lado –replicó Karl–. Si no supiera cómo eres y cómo te comportas, ni siquiera se lo vería venir.
– Entonces tú también piensas que soy un hombre insensible por ser ambicioso. –Genzo frunció el ceño.
– Una cosa va ligada a la otra si no imprimes a tus actos un poco de humanidad, Wakabayashi –declaró Schneider–. Demostrar que tu familia, tus amigos y la gente que te apoyó es tan importante como tu carrera es una forma clara de dar a entender que tienes corazón. Nadie te culpa por haberlo dejado todo atrás, por haber cortado cualquier lazo que pudiera atarte e impedir tu crecimiento profesional, pero tampoco puedes culpar a Lily por sentir que le harás lo mismo si te llega a estorbar. Tú sabes que no será así, yo también lo sé, pero ella necesita creerlo también.
– ¿Y pelear con mi familia por ella no es demostrárselo? –refunfuñó Genzo–. ¿Atravesar el planeta por ella no es darle a entender que no la voy a dejar de lado?
– Seguro que cuando se calme se dará cuenta de que sí son señales confiables de que la quieres más allá de cualquier meta ambiciosa que tengas –señaló Karl, sonriendo–. Pero es mujer y como tal es probable que se haya armado una historia en su cabeza que necesita ventilar antes de comenzar a pensar con más lucidez. Tu ventaja es que ella posee mucho sentido común y tiene los pies bien puestos sobre la Tierra, no se va a dejar llevar otra vez por sus inseguridades en cuanto se dé cuenta de que la amas.
– Espero que tengas razón. –Wakabayashi movió la cabeza de un lado a otro–. Porque si no, lo próximo que haré será comprarle un anillo de compromiso. ¡A ver si así entiende que no es reemplazable como cree!
– ¿Ya llegamos a ese punto? –inquirió Schneider, quien por culpa del alcohol ya no podía recordar si Wakabayashi le había hablado antes de sus planes matrimoniales–. ¿Voy a tener que buscar un regalo de bodas costoso e inútil?
– ¿Y por qué crees que estoy en este aprieto en primer lugar? –bufó Genzo, quien sentía que la cerveza le había aflojado la lengua pero no le importó–. Si la doctora Del Valle fuese un amorío pasajero, no me preocuparía en lo más mínimo que sus metas chocaran con las mías, le diría adiós y listo. Pero si estoy en este predicamento es precisamente porque no quiero perderla ni tampoco deseo que deje sus sueños por mí. Me enamoré de Yuri por su coraje, por su ambición y por su determinación, sería un imbécil si quisiera que cambiara eso por mí.
Tras mirarlo con perplejidad durante algunos momentos, el alemán soltó una carcajada al tiempo que palmeaba el hombro del japonés; quienes escucharon esa risotada se la atribuyeron a la beodez de Schneider y tal vez así era en parte, pero también la soltó porque se sintió muy feliz por sus amigos. Genzo lo dejó hacer de inicio y después se unió a él, riendo tan alegremente que cualquiera pensaría que los dos eran muy buenos amigos en verdad. Y quizás lo eran, sólo que también eran muy orgullosos para admitirlo.
– Sigue mi consejo: no uses el anillo de compromiso como último recurso –aconsejó Schneider, tomando cerveza como si no hubiera un mañana–. Por lo que sé de oídas, los compromisos por presión conducen a matrimonios infelices, por mucho que se amen los protagonistas.
– No pensaba hacerlo, era algo retórico –negó Genzo–. No soy tan estúpido como para no saber que comprarle esa joya a Yuri en estos momentos haría que saliera corriendo en sentido opuesto para nunca más volverla a ver en mi vida. Se la daré algún día pero no será pronto, sino cuando ambos estemos más cerca de cumplir nuestros objetivos o los hayamos cumplido ya. Sé que está de más que te lo diga pero comprar un anillo de compromiso tampoco funcionará con la Peque.
– Ya lo sé, no me lo tienes que decir –protestó Karl–. No estoy tan ebrio como para no darme cuenta de eso. Yo no he llegado al punto de estar tan decidido como tú pero aunque sé que siento que ella es la indicada, aún nos falta mucho tramo por recorrer antes de contemplar la posibilidad de pasar toda la vida juntos.
– Sólo quería comprobar que todavía estás en tus cabales, Schneider –replicó Wakabayashi.
El partido entre el Schalke 04 y el Borussia Monchengladbäch concluyó con un resultado positivo a favor de este último, cuestión que Schneider y Wakabayashi ya habían pronosticado, por lo que el tabernero se puso a maldecir por haber fallado en su predicción ya que eso lo hizo perder dinero por culpa de una puesta hecha con otros clientes.
– Menos mal que no son apostadores profesionales –les dijo a los futbolistas, de mal talante–, o nos desplumarían a todos, casi nadie apostó por el Monchengladbäch.
– No seremos apostadores pero al menos tenemos una ligera idea de lo que es el fútbol –replicó Genzo, entre dientes.
– Mal estaríamos si no lo supiéramos –añadió Karl, en voz baja.
– No se crean tanto sólo porque tú te pareces al Káiser de Alemania y tú al portero japonés que corrieron del Hamburgo –bufó el hombre, señalándolos alternativamente con su grueso dedo índice, antes de marcharse a atender a otros clientes.
Wakabayashi y Schneider volvieron a reírse, esta vez con más fuerza pero como ya la mayoría de los clientes estaban tan ebrios como ellos, a nadie le importó.
– Brindemos por la idiotez de los hombres. –Karl alzó su tarro en un impulso–. Y por aquellos que sabemos jugar fútbol pero no tenemos ni idea de cómo funciona el cerebro de una mujer.
– Sobre todo por lo último –acordó Genzo, levantando su jarra para hacerla chocar con la de él.
– Aunque nunca te vengas al Bayern, cosa que espero que sí hagas, he de decirte que siempre he valorado tu amistad, Wakabayashi –continuó Karl, después de un breve rato de silencio–. Eres uno de los pocos amigos sinceros que tengo, a pesar de nuestros constantes enfrentamientos.
Pasó tanto tiempo antes de que el japonés respondiera que Karl pensó que ya no lo haría pero no le importó, pues conocía el carácter de su amigo y por tanto estaba consciente de que éste no externaba tan fácilmente sus sentimientos, si estuvo dispuesto a hablar de Lily fue porque se encontraba en una situación crítica y también porque ya estaba ebrio. Así pues, a Karl le bastaba con dejar establecido que apreciaba su amistad con Wakabayashi pues sabía que el sentimiento debía ser recíproco, aunque éste no lo admitiera en voz alta.
– Lo mismo digo de ti, Schneider –dijo Genzo al fin, en voz muy baja, sorprendiendo a su acompañante–. No sólo eres un excelente jugador en quien puedo confiar cuando estoy en el campo de juego, también eres un hombre leal y es difícil encontrar ambas cualidades en una misma persona. Eres uno de los pocos a quienes considero como amigos de verdad, aunque constantemente me estés rompiendo las pelotas para que me una a tu equipo.
Karl sonrió. Viniendo de Genzo Wakabayashi, esas palabras eran más que un cumplido.
Los dos jóvenes continuaron bebiendo cerveza, charlando e intercambiando consejos tontos sin darse cuenta del paso del tiempo. Hablaron de fútbol, de los Olímpicos de Madrid y del próximo Mundial, de sus apuestas para la DFB-Pokal y del futuro de la Bundesliga, no como delantero estrella del Bayern Múnich y antiguo portero del Hamburgo que eran, sino como un par de hombres apasionados por un mismo deporte. Fue muy agradable para ambos dejar la rivalidad de lado y volver a compartir el amor por el fútbol que los dos sentían y expresaban cuando eran un par de adolescentes llenos de sueños y esperanzas que pateaban la pelota por gusto y no por cumplir un contrato.
Sería ya bastante tarde cuando Schneider decidió que había tenido suficiente y sacó su cartera para pagar la cuenta, aunque Wakabayashi de inmediato insistió en dividirla en dos pues consideró que sería lo justo.
– Yo fui el que invitó así que me corresponde pagar a mí –señaló Schneider–. Además, tengo entendido que tu padre podría quitarte tu fideicomiso en cualquier momento así que deberías de ser prudente con tus gastos, considerando que tampoco cuentas con la nómina del Hamburgo.
– Tal vez, pero no por eso no voy a pagar –replicó Genzo–, es más una cuestión de orgullo que de otra cosa. Además, no estoy por quedarme en la calle, al parecer no es tan fácil que mi padre me retire el dinero que ya tengo, según lo que me ha dicho su abogado.
Karl, tras analizar esto último a detalle durante un momento con su embriagado cerebro, se encogió de hombros y dejó que Wakabayashi pusiera la mitad del dinero. Ambos decidieron dejarle una buena propina al barista, principalmente porque no creyó que ellos sí fueran esos dos futbolistas famosos a los que "se parecían", después de lo cual salieron del local con paso vacilante pero aún estable. La noche ya había caído y la temperatura ambiental había descendido notoriamente, al grado de que los dos tuvieron que arrebujarse en sus chamarras y caminar con las manos metidas en los bolsillos, aunque eso les despejó el pensamiento y les bajó un poco el nivel de la borrachera.
– ¿Qué piensas hacer entonces, Schneider? –preguntó Genzo, tras caminar en silencio durante varios minutos–. Con Elieth, por supuesto, porque no creo que no sepas qué vas a hacer en el partido del martes.
– Voy a ir a buscarla mañana otra vez a su departamento –respondió Karl, mirando las estrellas–. No voy a dejar de insistir hasta que acepte hablar conmigo.
– Mañana es lunes y tienes entrenamiento con tu equipo –aclaró Wakabayashi, mirando a su amigo con suspicacia–. ¿O es que piensas volver a tus antiguas costumbres de saltártelo?
– No faltaré todo el día, sólo estaré ausente por un rato –replicó Schneider, haciendo una mueca–. Hablas como si nunca me hubiera presentado a uno cuando estábamos en el Hamburgo.
– Faltaste tantas veces que el entrenador llegó al extremo de nombrarme capitán porque pensó que ya no irías –señaló el portero, con burla.
– Eso fue porque ya sólo me quedaba un encuentro por jugar con el Hamburgo, precisamente ése que tuvimos contra tu país. –El alemán frunció el ceño–. ¿Quién eres, mi padre? ¿Ahora planeas regañarme por eso?
– No, ya eres un adulto y debes de estar consciente de cuáles son tus responsabilidades. –Genzo se encogió de hombros–. Sin embargo, debes saber que no encontrarás a la Peque en su departamento, Leo Shanks me ha dicho que su padre viene de visita oficial mañana así que ella estará en el Consulado Francés de Múnich.
– Ah, es verdad, que el señor Shanks es el embajador francés de este país –recordó el alemán–. Creo que escuché a Lily comentar algo sobre dicha visita pero no me interesé más por el tema porque por alguna razón no creí que me afectaría. Bien, entonces tendré que ir al consulado para hablar con Elieth.
– ¿Crees que sea buena idea? –Wakabayashi enarcó las cejas en un gesto de duda–. A ese sitio no tendrás acceso directo, Schneider, como no sea con una invitación del mismo cónsul o del embajador, y dudo mucho que Rémy Shanks quiera darte un pase personal.
– Eso ya lo sé, no tienes por qué ser sarcástico –gruñó Karl–, pero no pienso entrar, sólo voy a esperarla afuera, en algún momento tendrá que aparecerse por ahí.
– Supongo que es mejor que intentar conseguir que te responda el teléfono –aceptó Wakabayashi–. ¿Quieres apoyo moral?
– Pensé que querrías hablar con Lily mañana. –El delantero alemán lo miró con extrañeza.
– Recuerda que me dijo que no quiere saber de mí hasta que regrese de Japón –suspiró Genzo–. ¿Vas a querer que te acompañe o no?
– Oh, sí, lo había olvidado, que ella necesita tiempo para asimilar las cosas –reconoció Schneider–. Está bien, no tengo inconveniente en que vengas, supongo que Elieth reaccionará menos agresivamente si te ve.
– O tal vez reaccione peor, considerando que muy seguramente la doctora Del Valle ya la puso al tanto de nuestra situación –replicó Wakabayashi.
Tras acordar la hora y el sitio exacto en el que se verían frente al Consulado de Francia en Múnich, los dos hombres se separaron y tomaron caminos opuestos: Karl rumbo a su departamento, Genzo con dirección al hotel De Angelis en donde se estaba hospedando. Aunque no lo habían admitido abiertamente, esas horas que pasaron en el bar les había levantado mucho el ánimo a los dos por el simple hecho de haber podido disfrutar de su mutua y sincera amistad.
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Milán.
"EROINE NAZIONALI! LA SELECCIÓN FEMENIL DE FÚTBOL DE ITALIA CONSIGUE SU PASE A LOS OLÍMPICOS".
"La Selección de Fútbol Femenil de Italia dio la talla y se clasificó a las Olimpiadas de Madrid al quedar como el segundo equipo europeo mejor posicionado en la última Copa del Mundo femenil. Si bien no consiguieron alzarse con el título mundial, su desempeño fue lo suficientemente bueno como para obtener su plaza a los Juegos Olímpicos, en donde buscarán conseguir la primera medalla de oro en fútbol femenino para Italia. Las integrantes de la Selección Femenil se han convertido así en nuestras heroínas nacionales al lograr una hazaña sin precedentes, que no pudieron realizar sus contrapartes masculinas.
Hay que recordar que la Selección Varonil, al no cumplir con ninguno de los requisitos necesarios para obtener una plaza a los Olímpicos, dejó escapar el boleto para Madrid y ahora deberá contentarse con ver a las mujeres por televisión el intentar conseguir lo que ellos no alcanzarán más que en sueños, si es que en dicho lugar los futbolistas sí tienen el desempeño que no mostraron en el campo real…".
Gino Hernández arrojó el periódico a un lado, fastidiado. El resto de la nota en sí no tenía importancia, lo relevante lo había leído ya y lo demás estaba salpicado de duras críticas a la Selección de Fútbol Varonil de Italia por lo que podía saltárselo sin contemplaciones. Lo que a Gino más le fastidiaba era que él no tuvo la oportunidad de evitar la catástrofe italiana pues gracias a la lesión de su mano no pudo jugar en esa Eurocopa y su suplente no estuvo a la altura de las circunstancias. ¡Vamos, que ni siquiera había que ganar el maldito torneo, bastaba con ser uno de los mejores cuatro equipos! Y si bien Gino habría peleado por el primer puesto (que se terminó quedando Schneider con su Alemania mortal), él llegó a pensar que sin su presencia lo mínimo que el equipo haría sería ser uno de los otros tres mejores equipos de la Euro para poder obtener uno de los cuatro lugares que dicha competición otorga para los Olímpicos. ¡Sólo había que ser el segundo mejor de la fase grupal! ¿Tan difícil era?
– Oh, tenía la esperanza de que no leyeras eso hoy –comentó Erika Shanks, a sus espaldas.
Gino se dio la vuelta para lanzarle a su novia una mirada resignada. Ella llevaba en sus manos una toalla limpia, una botella con agua y algunas vendas. El portero italiano tuvo una pausa en sus ejercicios de rehabilitación y estaba tomándose un descanso. Si bien su mano estaba cada vez mejor, aún necesitaba terapia y debía llevarla con calma y a conciencia para evitar sufrir un revés.
– Es difícil no enterarse de esto cuando la gente no habla de otra cosa –replicó Gino–: "Las chicas han hecho un buen trabajo clasificándose a las Olimpiadas. De los hombres ni hablamos, da vergüenza de sólo recordarlo".
– Pero, ¿de dónde has sacado el periódico? –preguntó Erika, pasándole la botella con agua.
– Llegó volando con el viento –mintió Gino, después de beberse el líquido–. No creo que eso importe, lo que cuenta es lo que dice en él, es muy molesto.
– ¿Te incomoda que la Selección Femenil se haya clasificado a los Olímpicos? –Erika enarcó una ceja.
– Sabes bien que no es eso. –Gino la miró con disculpa–. Es el hecho de que comparen que ellas hicieron un buen trabajo y nosotros no. ¡Eso ya lo sabemos, han pasado meses desde el descalabro de la Euro, no tienen por qué recordarlo cada que hay oportunidad!
Erika se dio cuenta de que su novio estaba pasando por un ataque de frustración, pues él no era de reaccionar así ante las críticas. Muy al contrario, solía leerlas sin hacer comentarios, sólo torcía la boca hacia un lado y guardaba silencio, pero en ese día en particular Gino estaba sensible a las acotaciones negativas hechas a su equipo nacional y Erika supo que se debía a que la rehabilitación había sido dura como pocas veces.
– Sé que no es consuelo, pero lo harán mejor en la siguiente Euro –dijo Erika con suavidad, aplicando un leve masaje en las manos de Gino para ayudarlo a relajarse–. No en la Sub-21 pero sí en la mayor. Estarás recuperado para entonces, podrás derrotar a Schneider y lograrás que Italia alcance la victoria.
– Pero ya no podré asistir a los Olímpicos –insistió Gino, de mal humor–. A menos que me incluyan como refuerzo de más de 23 años de edad, lo cual dudo mucho.
– ¿Y por qué no habrían de hacerlo? No hay mejor portero en toda Europa que tú, seguro que cualquier equipo olímpico futuro querrá tenerte entre sus filas –rebatió Erika, con mucha paciencia–. Además, hablas como si fuera tu culpa lo que sucedió y no es verdad.
– ¡Por supuesto que fue mi culpa! –exclamó Gino, muy decepcionado–. ¡Si no me hubiera lesionado, el equipo habría podido llegar más lejos en la Euro! Y aunque Franco lo intentó, no estuvo a la altura de las circunstancias.
Franco Del Vecchio fue el guardameta al que se le dio la titularidad de la portería de Italia cuando se hizo oficial que Gino se perdería la Euro Sub-21. El entrenador Santoro había puesto sus esperanzas en él pero Franco no estuvo ni remotamente cerca de responder a un evento de tal categoría, aterrorizado por la enorme sombra que Gino Hernández había dejado sobre él. Decir que Franco era el único culpable del fracaso de Italia en la Euro sería injusto, pues lo cierto es que el resto del equipo no fue capaz de responder adecuadamente e Italia quedó en el puesto número nueve, lo cual era mucho decir considerando que su actuación había sido nefasta, pero había que darle el mérito de ese puesto a Salvatore Gentile, líbero de la Juventus que dio todo de sí para rescatar algo del orgullo italiano. Sin embargo, resultaba más que insuficiente cuando se pretendía hablar de aspiraciones más altas como ganar una medalla en los Juegos Olímpicos, aspiraciones que por el momento ya estaban bloqueadas para Italia.
– Lo peor es que Italia es uno de los países que más Euros Sub-21 ganadas tiene en su haber, ¿cómo fue posible que no pudiera salir adelante esta vez? –continuó Gino–. Pareciera como si el fútbol italiano estuviera yéndose a pique.
– Sí que andamos pesimistas hoy, ¿eh? –suspiró Erika, comenzando a ponerle las vendas tal y como se lo había enseñado el doctor Shibazaki durante la evaluación que le hizo a Gino en Japón–. No es el fin del mundo y lo sabes, así como sabes que tú no eres tan negativo. Un mal día lo tiene cualquiera y se entiende, pero debes tranquilizarte un poco y no permitir que las críticas te afecten más de la cuenta. No fue tu culpa el estar lastimado y no poder jugar la Euro, por más que te esfuerces en creerlo.
– ¡Claro que es mi culpa, si no estuviera hecho de cristal no me habría vuelto a lesionar! –expresó Gino, sin dejarse convencer–. Soy un portero de alfeñique, eso todos lo saben.
– El portero de alfeñique es Genzo Wakabayashi, querido Gino, eso ya lo sabes. –Erika soltó una risita sin poder evitarlo, pausando momentáneamente el vendaje que estaba realizando–. Sé que el no clasificarse a las Olimpíadas ha sido un duro golpe para ti pues tenías el plan de recuperarte para entonces y así poder luchar por la medalla de oro, y el que Italia no pudiera lograrlo sin ti te hace creer que fue culpa tuya pero, ¿qué crees? No es así. Si tu equipo no puede salir adelante sin ti, algo serio está fallando y tú no hubieras hecho una diferencia notoria de haber estado en él. ¿Qué habrías hecho, anotar goles y defender la portería al mismo tiempo? ¿Qué tienes, complejo de Tsubasa "Todo lo Quiero Hacer" Ozhora?
Con esto último Gino no pudo seguir enfurruñado y comenzó a reír, sobre todo por la alusión a Ozhora y su tendencia a querer hacerlo todo por sí mismo. Erika lo miró con ternura y le acarició el cabello, revolviéndoselo cariñosamente.
– Lo siento, he tenido una crisis depresiva exprés –suspiró el portero italiano, dejándose querer–. De verdad que estoy feliz por el hecho de que el equipo femenil haya logrado clasificar a Madrid pero eso sólo me ha hecho recordar que yo no estaré allá, por más que quiera, a menos que deje la ciudadanía italiana y me nacionalice holandés, español, francés o alemán, aunque dudo que Schneider me quiera con él si ya cuenta con Dieter Müller.
– Oh, pero sería un idiota si te rechaza por él, Müller no es mejor que tú –replicó Erika, continuando con el vendaje–. Oye, ¿no tenías un ancestro español?
– Mi bisabuelo paterno era español, sí –repuso Gino, pensativo–. ¿Crees que sea suficiente para que me den la ciudadanía española?
Los dos volvieron a reír, más relajados. Cuando Erika terminó el vendaje, Gino la besó con ternura, primero en la frente y después en los labios.
– Siempre sabes cómo tranquilizarme, amore mío –musitó el italiano–. Aún en mis peores momentos.
– Éste no ha sido tu peor momento, fue un simple tropezón –negó ella–. Habrá otras oportunidades, Gino, no pierdas la fe. Aunque ya no te toque pertenecer a una Selección Olímpica por edad, siempre queda la opción de que te tomen como jugador de refuerzo y tendrás la ocasión que tanto anhelas. Mientras tanto hay otros trofeos por ganar, puedes dedicarte a ellos.
– Eso haré –asintió Gino, decidido–. Y empezaré por ganar la Champions League de este año, estaré recuperado para entonces y te aseguro que la ganaré con el Inter de Milán.
– Muy bien –dijo Erika–. Sigamos entonces con la rehabilitación para que estés listo lo antes posible.
Gino aceptó y siguió a su novia hacia la zona en donde el médico del Inter de Milán aplicaba los ejercicios que el portero necesitaba para recuperarse; sin poder evitarlo, Hernández se preguntó quién sería el equipo que habría de lograr la victoria en los Juegos Olímpicos de Madrid.
"Ojalá que sea un europeo", pensó, "pero a como se manejan las cosas aquí, es casi seguro que no será así".
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Múnich.
Era temprano cuando Genzo llegó a las inmediaciones del Consulado de Francia en Múnich, tal y como había acordado con Schneider la noche previa. Por ser lunes en la mañana había mucho movimiento en la zona, aunque Wakabayashi supuso que también se debía a la próxima llegada del embajador; había muchos coches oficiales con la insignia diplomática y otros más normales, así como gente entrando y saliendo a toda prisa, lo cual le dio mala espina al portero. ¿De verdad creía Schneider que iba a poder hablar con Elieth en medio de tanto alboroto? Genzo podía comprender que su amigo quisiera resolver su lío amoroso cuanto antes pero ir al consulado ese día no iba a ser una buena idea.
– Vaya que hay mucho ajetreo hoy–. comentó Karl, a espaldas del portero japonés–. No pensé en eso.
– ¿Qué creías? –preguntó Genzo, girándose para verlo–. ¿Qué sólo iban a estar ustedes dos?
– Algo así creí, sí –admitió Schneider, rascándose la cabeza–. No pensé en eso, honestamente.
A lo lejos vieron una camioneta del canal de televisión de la Deutsche Welle estacionarse cuidadosamente, tras lo cual la portezuela se abrió y por ella descendió una reconocida reportera de los medios alemanes. Karl y Genzo instintivamente se agacharon para evitar que los viera, a pesar de que estaban tan lejos que resultaba complicado que la mujer pudiera distinguirlos.
– Creo que no es buena idea esperar aquí –manifestó Schneider, en voz baja–. Lo último que necesito es que una reportera de la televisión se entere de que estoy afuera del Consulado de Francia esperando a una de las hijas del embajador francés.
– Aunque si lo hiciera, te ahorrarías muchas explicaciones con respecto al caso Hedy Lims –opinó Wakabayashi, en el mismo tono de voz.
– ¿Te parece? Yo creo que sería exactamente lo contrario –bufó el alemán, escondiéndose detrás de un automóvil aparcado–. Se armaría el escándalo porque se confirmaría la idea de que soy un mujeriego.
– No había pensado en eso. –A Wakabayashi parecía divertirle el asunto–. Entonces lo mejor será que te escondas.
– ¿Y qué crees que estoy haciendo? –protestó Schneider, a quien le dieron ganas de golpear al otro a pesar de que no tenía la culpa.
La reportera de la Deutsche Welle se arregló el cabello y se acomodó las bubis antes de hacer una prueba de cámara; este movimiento por poco consigue que Genzo y Karl soltaran una carcajada.
– Pensé que sólo Elieth hacía eso –comentó Schneider, aún escondido detrás del auto.
– ¿Qué cosa, lo de acomodarse el pecho? –preguntó Genzo, burlón–. Y yo creí que sólo Yuri lo hacía.
– Por lo que veo es algo común a la mayoría de las mujeres. –Karl se recargó contra el vehículo y buscó una ruta de escape que lo mantuviera alejado del ojo de la reportera–. Me gustaría seguir riéndome de eso pero debo marcharme de aquí cuanto antes, aunque temo que en cualquier momento esa mujer voltee hacia acá y me mire. Definitivamente hoy no es un buen día para intentar hablar con Elieth, tendré que resignarme a hacerlo después del partido de mañana.
– Estoy de acuerdo, quizás para entonces ella ya estará más tranquila –acordó Wakabayashi–. Vámonos y no te preocupes por la reportera, si llegara a verte me haré cargo y la distraeré mientras escapas.
– ¿Estás seguro? –preguntó el alemán, sorprendido por la oferta de su amigo.
– Claro, no hay problema –asintió el portero–. A mí me irá menos mal y de todas maneras no creo que ella diga cosas peores de mí que las que dijo Blind.
Los jóvenes se dispusieron a retirarse antes de que llegara el embajador de Francia y el escándalo aumentara, pasando hábilmente delante de la reportera sin que ésta los viera. Ya se encontraban ambos fuera de la zona de peligro cuando Genzo vio algo que por poco lo hace soltar una maldición: Elieth se dirigía hacia ellos, caminando rápidamente por la acera de enfrente en dirección al consulado. Wakabayashi tuvo la leve esperanza de que Schneider no la hubiera visto o que, si lo había hecho, no le importara su presencia pero esta ilusión se le hizo añicos en un instante: Karl detuvo su paso en cuanto vio a la joven y, olvidándose de lo que Genzo y él habían acordado momentos antes, se cruzó la calle para ir al encuentro de Elieth.
– ¡Maldita, sea, Schneider! –exclamó Genzo, pero era demasiado tarde.
– ¡Elieth! –gritó Karl, sin escuchar a su amigo–. ¡Tenemos que hablar!
La francesa al escuchar su nombre se detuvo abruptamente, sorprendida por ver ahí a Karl. Sin embargo, se recompuso rápidamente y continuó caminando sin voltear a verlo. Schneider no se amilanó por esto y se dispuso a seguirla, sin importarle si alguien notaba o no su presencia.
– Elieth, tenemos que hablar –repitió Karl cuando al fin la alcanzó, lo cual en sí no era difícil considerando que él era mucho más alto que ella y un paso suyo equivalía a tres de la chica–. No puedes evitarme por siempre.
– Te he dejado en claro muchas veces que no hay nada de lo que tengamos que hablar –replicó Elieth, sin detenerse, maldiciendo su baja estatura–. Y sí, sí puedo evitarte por siempre. Anda, vete a brazos de su novia que de seguro te extraña.
– Por eso estoy aquí, porque quiero estar en brazos de mi novia, a la que yo sí extraño –expresó Karl, refiriéndose a ella–. ¡Por favor, dame la oportunidad de explicarme!
– ¡No quiero! –negó la rubia–. ¡No se me antoja que me expliques nada, creo que tus actos han sido lo bastante evidentes como para saber que tú ya no me quieres! Si es que alguna vez lo hiciste. Y no, yo no soy tu novia ni tampoco te extraño. ¡Ya lárgate de una buena vez!
Genzo fue lo suficientemente prudente como para seguir el asunto desde lejos y cuando vio que la reportera de la Deutsche Welle les ponía atención a los dos que discutían delante de ella, se interpuso en su camino para preguntarle, de la manera más idiota posible, que por qué había tanta gente reunida ahí. De primera intención, la mujer lo miró con el ceño fruncido por la intromisión, pero al reconocer quién era se preguntó si podría sacarle provecho al asunto y trató de hacerle algunas preguntas al portero.
"¡Más vale que lo aproveches, Schneider!", pensó Wakabayashi, tratando de poner su mejor cara.
Mientras tanto, Karl y Eli seguían discutiendo al tiempo en que se dirigían al Consulado de Francia en Múnich; los guardias que custodiaban la entrada los miraban con extrañeza, no sabían si el acompañante de la hija del embajador era francés o si tan siquiera venía con ella, así que no estaban seguros de si debían permitirle o no la entrada.
– ¡No quiero escuchar ninguna de tus excusas! –manifestó Elieth, mientras subía las escaleras que conducían a la entrada, distrayéndose apenas el tiempo necesario para saludar a los guardias con un gesto de cabeza.
– ¡Ya te dije que no son excusas! –protestó Karl, sin prestarle atención a los agentes de seguridad.
Por alguna extraña razón los guardias tomaron el gesto de saludo de Elieth como una señal de que el joven rubio venía con ella y los dejaron pasar sin hacer preguntas, de manera que ambos se encontraron en el vestíbulo del edificio, discutiendo a grandes voces como si estuviesen a solas.
– ¡Hasta mi hermana sabe que algo andaba mal con esas publicaciones de Instagram! –dijo Karl, desesperado–. ¿Cómo es que tú te niegas tanto a la posibilidad de que las cosas no sean como parecen? ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? ¡Me forzaron a salir con Lims!
– ¿Y tú de verdad crees que me voy a tragar ese cuento de que "te obligaron" a cenar con ese maldito esqueleto con peluca? –preguntó Elieth, enojada–. ¿Me crees idiota? ¡No hay manera en la que alguien pueda obligarte a hacerlo!
– ¡Pues la Paulaner lo hizo! –replicó Schneider–. ¡En el momento en el que lo desees, te pondré en contacto con mi abogado para demostrarte que no miento!
Para esas alturas ya se había hecho evidente que "algo" importante estaba sucediendo en el vestíbulo así que alguien se apresuró a llamar a Marcel Dubois, el cónsul. El hombre apareció tan pronto como se le informó que la hija de su jefe directo estaba teniendo problemas y se preguntó si estaría frente a un caso de extorsión, difamación o, peor aún, intento de secuestro y tuvo la duda de por qué carajos los guardias de la entrada no hicieron su trabajo. Sin embargo, lo que vio casi lo tumba de espaldas: ¡quien discutía con la hija de Rémy Shanks no era otro que el mismísimo Káiser de Alemania!
– ¿Qué está pasando aquí?.- preguntó Marcel, atónito.
– La señorita Shanks está teniendo problemas con ese joven que se parece a ese famoso futbolista alemán, Karl Heinz Schneider –señaló la persona que lo puso sobre aviso.
– Ese joven no se parece a Schneider, ES Schneider –señaló Marcel, con acidez, mientras se dirigía hacia la pareja que discutía–. Elieth, ¿estás teniendo problemas con este hombre?
Los otros dos no se habían dado cuenta de que el cónsul había hecho acto de presencia, así que ambos saltaron cuando se dirigió a la chica. Elieth, al ver la cara conocida de Marcel, se recompuso se inmediato pues recordó en dónde se encontraba.
– Sí, Monsieur Marcel, me ha seguido hasta acá a pesar de pedirle que me dejara en paz –respondió la chica–. ¡Tiene días acosándome y no sabe recibir un "no" por respuesta!
– Lo haces ver como si fuese un violador en potencia cuando las cosas no son así –se defendió Schneider, ofendido–. Esto es sólo un problema de pareja, no estoy acosándola.
– Eso no es lo que parece. –Marcel se puso serio e hizo una señal casi imperceptible con la mano–. Por mucho que usted tenga poder allá afuera, aquí dentro es territorio francés y no tiene injerencia aquí, ni siquiera puede entrar sin una invitación expresa o una cita previamente concertada, así que si no tiene ninguna de las dos cosas le tendré que pedir que se retire, señor Schneider.
– Me siguió hasta acá y entró sin permiso –aclaró Elieth, acercándose al cónsul.
– No me voy a ir de aquí hasta que no hable con ella –contestó Karl, señalando a la francesa.
– Si no se va tendré que hacer uso de la fuerza, incluso me veré obligado a encerrarlo en una celda –amenazó Dubois.
– Ja, ja, creí que esto era un consulado, no una mazmorra medieval –replicó Schneider, quien no pudo evitar que su voz tuviera un dejo de sarcasmo.
– Seguro que le gustaría comprobar por usted mismo que tenemos unas cuantas celdas para "invitados especiales" –dijo Marcel, enojándose por el comentario–. A ver si así se le baja la insolencia.
Antes de que Karl supiera lo que estaba sucediendo, se vio rodeado por los mismos dos guardias que lo dejaron pasar, quienes lo apresaron con fuerza, uno de cada brazo, pero ni aún así se vio venir lo que estaba por suceder.
– Elieth, diles que me suelten –pidió el alemán, mirando a la rubia.
– ¿Quieres que lo soltemos o lo metemos a una celda para que se le quite lo bravucón? –le preguntó Marcel–. Podrá ser el Káiser de Alemania pero debe aprender a respetar a un cónsul extranjero.
– Elieth, por favor, pídeles que me suelten –insistió Karl, dándose cuenta de que la joven titubeaba.
La francesa estuvo a punto de solicitarle a Marcel que dejara ir a Karl para no crear más alboroto y para quitárselo de encima, pues Rémy estaba por llegar. Sin embargo, su diablo interno le habló al oído y le susurró que debía hacerle pagar al Káiser sus humillaciones.
– Monsieur Marcel, tú eres el cónsul aquí, yo sólo soy una invitada –declaró Elieth, con voz helada–. Haz con este intruso lo que consideres que es mejor, yo no tengo ningún asunto qué tratar con él.
– Muy bien. –Dubois esbozó una sonrisa maquiavélica–. Señores, hagan el favor de llevarse a este hombre a una celda.
– ¿Qué? ¡No! –gritó Karl, desesperado–. ¡Elieth, diles que me suelten!
– Señor, haga el favor de no hacer un escándalo –exigió uno de los guardias–. O tendremos que esposarlo.
– ¡No! –Schneider se resistió–. ¡Suéltenme y me iré de inmediato!
– Ya es tarde para eso –determinó Marcel–. Llévenselo ahora mismo o ustedes serán los encarcelados.
Incrédulo, Schneider le lanzó una última mirada a Elieth, esperando que al final ella dijera que todo era una broma, pero Elieth lo miró con rabia antes de darse la vuelta y dirigirse con Dubois hacia el despacho de éste.
– Muévase –le ordenó el otro guardia a Karl–. No lo haga más difícil.
Consciente de que sería peor armar un escándalo, Schneider dejó de resistirse y se dejó conducir por los agentes de seguridad (y de cualquier manera su personalidad no le permitiría actuar con rebeldía en una situación así), si bien no dócilmente, sí de manera más calmada.
– Tengo que jugar un partido importante mañana –les dijo Karl a los hombres–. ¡Debo estar libre para entonces, no puedo dejar solo a mi equipo!
– En eso debió pensar antes de extorsionar a una de las hijas del embajador francés –replicó uno de los agentes, sin inmutarse–. Si se porta bien quizás lo dejaremos ver el partido por televisión.
Cuando lo metieron a un cuarto pequeño con barrotes y un excusado, ubicado en una de las zonas más solitarias y escondidas del edificio, Schneider se dijo que ese día le quedaron claras dos cosas: que un consulado sí tiene celdas y que cuando uno cree que no le puede ir peor, definitivamente le irá peor.
Notas:
– Ángela Teufel es un personaje creado por Elieth Schneider.
– Marcel Dubois es un personaje creado por Lily de Wakabayashi.
– Franco Del Vecchio es el nombre que Elieth y yo ideamos para el portero suplente de Gino Hernández.
– La Deutsche Welle es el servicio de radiodifusión internacional de Alemania.
– Gino Hernández no tiene oficialmente ancestros españoles, fue algo que Elieth Schneider se inventó para justificar el por qué un italiano tiene un apellido español.
– Yoichi Takahashi no especificó cómo fue que Italia no clasificó a los Olímpicos pero se sabe que se clasifican los cuatro mejores equipos de la última Euro Sub-21 jugada antes del evento. A su vez, para el fútbol femenil se clasifican los tres equipos europeos mejor posicionados del último Mundial jugado.
