Tomados de las manos, Mari y Yuuri bajaron en silencio de la torre del castillo hacia el despacho personal de la alfa. Varios de los trabajadores y habitantes del castillo los observaron, pero ninguno dijo nada, quizás por el aura que destilaban ambos hermanos.

Al llegar al despacho, Mari empezó a buscar algo entre unos cajones escondidos dentro del librero principal. Yuuri la observo detenidamente lo que hacía, hasta que pareció encontrar algo, una especie de cuadro mediano cubierto de polvo. Lentamente, volvió a acercarse hasta el, ahora desempolvando el cuadro con las manos. La mirada de Mari contenía diversas emociones que Yuuri sintió en sí mismo, pero fue cuando estuvo lo suficientemente cerca que el dios pudo ver el contenido de aquel cuadro. Dentro de él, había tres personas, dos mujeres y un hombre, todos vestían con ropajes de color y estilo semejante, indicando que eran dioses jóvenes de la facción del hielo. Todos parecían tener la misma edad, pero para Yuuri fue indiscutible reconocer a su hermana mayor en aquel cuadro, Mari pareció notar eso, mas ella seguía con su mirada fija en la otra joven de la fotografía.

— ¿Quiénes son estas personas al lado de ti? —Preguntó Yuuri, un suave suspiro fue emitido por Mari con cierta melancolía.

—Son las personas que más ame y odie en todo este mundo.

Mari paseo por el salón, abriendo un libro en una sección conocida para Yuuri y que expresaba directamente los recuerdos residuales que el portador contuviera mediante la tinta del libro. A partir de ello, la diosa inicio su explicación, la cual iniciaba hacia 26 años, ella tenía por aquel entonces 17 y era aún estudiante de la diosa suprema Yuxie Okukawa. Por aquel entonces, Lady Yuxie era la líder de la facción del hielo, fuerte, bella, inspiradora y muy sublime, eran las palabras que podía describir Mari al hablar de su maestra. Fue una diosa de inmenso poder que guío a su pueblo con sabiduría y que hizo que la alfa se sintiera orgullosa de vivir en la facción del hielo, y aun sin cumplir la mayoría de edad, su mera presencia, aunado con su formación, le instaban a seguir sus pasos y convertirse en la siguiente líder de aquella facción, su hogar. Por aquel entonces la alfa reconocía que era más abierta, alegre y vivaz, era más joven por supuesto, pero eso no le alejo jamás de su seriedad y compromiso con los desafíos que se marcaba, aun con 17 años fue considerada con un gran potencial para convertirse en la líder de la facción del cielo en cuanto pudiera alcanzar su mayoría de edad y la consolidación de sus dones de hielo.

Por otro lado, estaba Fujiwara Kôki. Escurridizo y de mal carácter, fue otro estudiante de Lady Yuxie debido a su enorme poder, el cual tenía un gran potencial con la sola diferencia que su contenedor tenía un cuerpo débil, enfermizo que apenas podía soportar los entrenamientos le instruían. Sin embargo, Fujiwara Kôki era muy competitivo y no le gustaba ser desprestigiado por la debilidad con la que había nacido, consideraba que el segundo lugar no era para él y con cada año que pasaba, su desesperación por despertar la totalidad de sus dones aumentaba, al igual que su ansiedad y hostilidad hacia los demás. Nadie dudo que durante el ritual de primavera de los años siguientes él se convertiría en un dios de la oscuridad. Y aun con sus actitudes, por aquel entonces no podían considerarlo una amenaza, solo un dios malcriado y obstinado.

En el libro se dibuja como ambos, Mari y Kôki compiten constantemente, siempre venciendo la primera, y aun cuando existían asperezas, todo estaba en paz. Pero dentro de ese mundo pequeño, existía una persona que resaltaba, una joven diosa de cabellos oro y mirada esmeralda, con una sonrisa que brillaba como el sol y formaba parte de un circulo tan estrecho como el de ambos aprendices, esta era Ekaterina Plisetskaya. Hija del líder de la facción del trueno y hermana menor del prospecto a líder, Katya, como le solían llamar era una diosa de la facción del trueno, los tres jóvenes se conocieron desde cierta edad, dada la alianza y familiaridad de los Plisetsky con Lady Yuxie. Era inevitable pensar que aquella hermosa joven terminaría siendo una diosa de la luz. Aun cuando los dos aprendices eran un poco complicados, gracias a su suave carácter y bondadoso ser, Katya se ganó sus corazones fácilmente. Su tiempo de convivencia era breve y limitado pero suficiente, cuando lograban coincidir, Katya encontraba a ambos enfrentándose, muchas veces deteniendo sus duras batallas y curando las heridas de ambos cuando la situación lo ameritaba. Ella era una persona tan atrayente que parecía deslumbrar luz a todas las personas que conocía, casi como si se tratase de un Ángel, o eso es lo que varias ocasiones ambos aprendices pensaron de forma separada.

Una suave sonrisa curso la faz de la diosa mientras acariciaba la tinta que reflejaba sus recuerdos, tocando la figura diluida de Katya con sumo cariño, deposito su mirada en su hermano nuevamente.

—Para los seres humanos, los dioses de la luz son ángeles, mientras que los dioses de la oscuridad eran ángeles caídos. Todo esto solo parece ser una referencia al color de sus alas, pero en quizás sus apreciaciones van muy bien con lo que Katya y Kôki representan para mí —indico.

Si Ekaterina era un ángel, para Mari, Fujiwara Kôki era un demonio.

Los años fueron transcurriendo desde su primer encuentro, Mari ya no podía negar que la dulce alma de Katya había logrado penetrar todos los confines de su ser hasta ser imposible sacarla de allí. Se conocían desde los 17 años y aun cuando no lograban coincidir tan habitualmente, sus escasos momentos juntos eran suficientes, llenos de ternura, ingenuidad y felicidad. Por su lado, Kôki se obsesionaba cada vez más con la figura de Ekaterina, era violento y repulsivo al referirse hacia ella, y Mari notó con marcado asco el marcado intereses del dios para arrebatar lo más preciado para ella. Aun cuando Katya no parecía corresponder por ningún motivo los sentimientos enfermizos de Kôki, siguió tratándolo con cariño, siendo un rayo de luz con la capacidad de eliminar cualquier tipo de oscuridad. Intentaba escucharlo

verdadero ser.

—No puedo decir con seguridad si Kôki estuvo verdaderamente enamorado de Katya, lo único que puedo decir es que su actitud con ella era diferente a la de todos los demás —comentó, Yuuri presto atención del cambio de página, observando como la figura dibujada de su hermana se enfrentaba contra Kôki.

Fue en el invierno previo al ritual de primavera, cuando Mari tenía 20 años, que tanto ella como Kôki fueron elegidos príncipes del hielo, prospectos a la jefatura de la facción del hielo. Su entrenamiento como dioses había culminado y sus poderes casi consolidado, solo faltaba el ritual de mayoría de edad que los designaría como dioses finalmente. Era el momento perfecto para ejercer muchas decisiones, y con un cuerpo fortalecido, Fujiwara Kôki no desperdicio esa última oportunidad que tenía para disputar el corazón de Katya, usando como excusa la elección del nuevo líder de la facción, el dios de mirada cínica propuso algo sencillo: quien fuera electo líder seria el ideal para pedir la mano de Ekaterina en matrimonio. Mari reconoce que fue cegada por la ira, pero confiada acepto el desafío con aquel infame dios.

Ambos solo debían esperar el momento posterior al ritual de primavera, ninguno debía intervenir antes de la decisión final. Más no consideraron el corazón de la diosa por la que ellos disputaban.

—Katya rechazo los sentimientos de Fujiwara Kôki mucho antes de la elección del nuevo líder —revelo la alfa, sorprendiendo al dios del hielo—. Su propuesta de matrimonio no fue aceptada y en su lugar, ella acepto maravillosamente mis sentimientos, convirtiéndose en mi prometida el invierno en el que tu naciste.

Mari recuerda la felicidad nacida en sus poros, la celebración de ambas familias por la unión bendecida por el líder de la facción del trueno, Nicolai Plisetsky. Todos veían la felicidad en la cercanía con una boda planeaba para el final de la primavera, con ello fueron cegados de la oscuridad que se acumulaba a su lado.

—Kôki desapareció los meses siguientes, no se supo nada de él y nadie se molestó en buscarlo, quizás ese fue el mayor error que cometimos ya que no pudimos observar el nivel de odio que se estaba gestando en su interior.

Finalmente, la primavera llegaba a la dimensión de los dioses, los dioses se preparaban para recibirla en la doceava estrella. Todas las facciones se reunieron para celebrar hasta la fecha del ritual que sucedía en el séptimo día del festival. La familia Katsuki y Plisetsky permanecía unida en dicha celebración no solo debido al compromiso de las dos diosas, sino también por el nacimiento de los nuevos miembros de cada familia: Katsuki Yuuri y Yuri Plisetsy. En todo ese tiempo no había habido pista alguna de Fujiwara Kôki hasta que Mari lo encontró el día del ritual, observándolo con una expresión de desprecio y odio inmenso hacia todas las personas que le rodeaban. Sin embargo, algo en esa mirada calo de lleno en pecho de Mari, generando un presentimiento al que no hizo caso.

Cuando empezó el ritual, uno a uno, fueron pasando los dioses para el despertar de sus dones. Al momento del despertar de Katya, fueron manifestados sus dones como una diosa de la luz, como todos esperaban. Su familia le recibió con ciertas lágrimas en sus ojos, pero todos sabían que esa iba a la realidad. Mari la recibió con un beso en los labios, aun cuando debiesen estar separadas un tiempo, la alegría no se iba de ellas ya que el amor que sentían era inmenso. Cuando Mari despertó sus dones como diosa del hielo, la promesa de felicidad perduraba, solo que no esperaban lo que sucedería a continuación.

Mari cerro el libro de golpe, tapando su boca con una mano, Yuuri de inmediato corrió a hacia ella, pero esta le detuvo. El relato aún no había terminado.

El momento del despertar de Kôki había llegado, todas las facciones le observaban, pero él no veía a nadie, fue solo en el momento que la oscuridad le engullo por completo y él se dejó llevar, que dedico una gigante sonrisa, una que helo la sangre de todos por completo y que, sobre todo, puso en alerta todos los sentidos de Mari. Un sudor de pánico corrió por su espalda cuando el poder que sentía ser liberado superaba con creces cualquiera que haya sentido antes, el cumulo de sentimientos que giraban alrededor del cuerpo del dios de cabellos oscuros consumían rápidamente su alma, la oscuridad se tragaba cualquier atisbo de humanidad en Fujiwara Kôki y Lady Yuxie voló de inmediato con el fin de detenerlo. Más fue demasiado tarde. Con una facilidad abrumadora, el dios de la oscuridad traspaso con una daga de hielo el cuerpo de su maestra que cayó al suelo frente a todos los observadores, el pánico nació en todos los dioses que en el recinto se encontraban, quienes corrieron aterrados y temiendo por sus vidas. Fujiwara Kôki, sobrepasado por sus propios dones, sonreía extasiado con cada nueva alma que extinguía con sus manos, aunque los guardianes de cada facción le atacaran para proteger a sus ciudadanos, el poder de aquel infame dios era inimaginable.

—Sin quien pudiera detenerle, con su alma consumida por el odio, la envidia y sobre todo el rencor. Fujiwara Kôki destruyo todo a su paso. Mato dioses y destruyo estrellas, creo cataclismos naturales increíbles dentro del mundo humano, dejando miles de pérdidas —relataba la diosa, su faz pálida aumentaba y el sudor bajaba por su frente, haciendo todo lo posible por proseguir con sus recuerdos, sin permitirse flaquear frente a la mirada de su hermano—. Solo Lady Yuxie, la única diosa suprema de este mundo fue capaz de contenerlo, llevándoselo lejos de la 12va estrella, comenzando una batalla sin fin entre dos gigantes de poderes infinitos. Aquellas peleas trajeron distorsiones en las dimensiones, planetas y estrellas fueron destruidos en el proceso. Muchos daños y pérdidas en el mundo humano fueron consecuencia de la mano de Fujiwara Kôki, Lady Yuxie debió tomar medidas desesperadas, sellándole en la dimensión de la nada hasta agotar casi toda su energía vital.

Nadie en la 12va estrella sabia de lo que había ocurrido en la batalla hasta que Lady Yuxie regresara y colapsara en medio del salón en frente del resto de los líderes y consejeros de las facciones. Su hija, Minako Okukawa fue la primera en auxiliarla, con una herida abriendo todo su cuerpo desde el hombro izquierdo hasta el costado derecho, apenas podía respirar y no podía mantenerse en pie. Sin embargo, Mari no pudo precisar en su momento la gravedad del cuerpo de su maestra.

Callando su relato, Mari dio la espalda a su hermano mientras retiraba lentamente las prendas que cubrían la parte superior de su cuerpo. Yuuri apenas pudo contener un grito cuando observo el cuerpo de su hermana, grabado a fuego vivo, se extendía una profunda cicatriz de un enorme corte, este parecía haberse hecho con gran fuerza, siendo posteriormente quemado con el fin de hacer permanente la marca del ataque.

—En su frenesí inicial, Fujiwara Kôki me ataco violentamente hasta dejarme esta enorme herida en la espalda, no conforme con ello, decidió cauterizarla con su propio fuego para que jamás desapareciera de mi cuerpo —explico la mujer, quien cubrió nuevamente su espalda mientras las lágrimas de terror corrían por las mejillas del dios del hielo—. Sin embargo, pese a la gravedad de mis heridas no podía morir fácilmente, ese maldito se aseguró de mantenerme lo suficientemente consiente para ver su siguiente acto.

Tomando a Katya del cuello, arranco una a una sus alas, disfrutando de su sufrimiento y de los gritos desesperados de Mari frente a ella, hasta consumar su odio contra la mujer que más amo en el mundo. Fujiwara Kôki atravesó el cuerpo de la diosa a la altura del estómago, sonriendo cínicamente para luego lanzarla a un lado de Mari y reírse de su final feliz, escupiendo sus sentimientos y burlándose del resultado de su unión, y cuando ya no quedaba nada por lo que reír, desfigurando su rostro en una mueca espeluznante, aquel demonio alzo su mano contra ambas. Fue en ese instante que Lady Yuxie comenzó su ataque contra él, apartándolo oportunamente de su estudiante. Mientras estos luchaban, la diosa pudo tomar entre sus brazos a una moribunda Ekaterina, toda la ira de aquel mal había sido fue dirigida directamente a ella, se mantenía a duras penas con vida intentando respirar dificultosamente. Mari lloraba amargamente, teniéndola entre sus brazos sin poder hacer nada para salvarla, solo podía repetirle que la amaba y que estaba a su lado. Sonriendo sin importar las circunstancias, Katya limpio las lágrimas en el rostro y le pidió ser fuerte, diciéndole que le amaba como a ninguna otra persona. Inevitablemente, esas fueron sus últimas palabras. Ekaterina Plisetskaya falleció ese día entre los brazos de su amada, y con ella, murió una parte del alma de Katsuki Mari para siempre.

¿Ustedes se esperaban este desarrollo para el pasado de nuestra firme consejera? Estoy seguro que muchos no gustaron de la actitud que esta había llevado con nuestro Yuuri en capitulos anteriores, y que incluso su pasado no justifica dichas acciones, pero el temor hace que reaccionemos de formas que no siempre deseamos, y siempre estan persiguiendo a sus usuarios aun con el paso de los años si no se les enfrenta oportunamente. Sin embargo, los demonios no son sencillos de librar y eso es lo que le ha pasado a Mari.

Hace un año escribi un capitulo especial que hace referencia a la parte de la historia que tiene que contarnos nuestro villano, y que constrata muy bien esta parte de este capitulo, este sera publicado la siguiente semana para que pueda apreciar todo aquello que tiene que ofrecernos nuestro Infame villano Fujiwara Kôki, y espero les guste mucho.

Espero que el capitulo haya sido de su agrado y nos podamos leer muy pronto. Un saludo muy grande desde Venezuela, y nos leemos el proximo miercoles, muchos besos.