Marry me (Hans Zimmer)


Los meses que siguieron a la muerte de la Fanelli fueron horribles para Veneziano...y para mí, que tenía que verlo sin poder hacer nada.

Pasó los primeros días en casa de los que iban a ser sus suegros. Se resistía a dejarlos. No sé qué relación tenían exactamente, si hubo más encuentros aparte de aquel día de octubre en que supuestamente los conoció, pero desde luego Veneziano parecía haber hecho méritos para convertirse casi en un hijo para ellos. Luego volvió conmigo, pero apenas lo veía. Pasó mucho tiempo en el Vaticano, con el Papa, hablando...yo qué sé, seguro que de la otra vida y de los designios de Dios. No creo que encontrara mucho consuelo en el rezo. Lo oía sollozar muchas noches cuando pasaba por su cuarto. Estaba tan mal que nuestro presidente me dio la dirección de una psicóloga y dejó en mis manos convencerlo para que fuera a verla. Él aceptó. Estaba tan mal, tan débil mentalmente, que habría dicho que sí a la propuesta de que se tirara por un puente. La mujer que lo atendió dijo que hacía buenos progresos, que se abría enseguida y que el luto se dividía en fases, que él estaba en la de depresión, pronto llegaría a la de aceptación; no sé qué historias. No sé, pero a mí me parecía que se había quedado estancado en esa fase y no tiraba ni para adelante ni para atrás. Yo no sabía qué decir ni qué hacer para consolarlo. Esas cosas nunca se me han dado bien.

Era de esperar que Veneziano se enfrentaría a la muerte de su querida tarde o temprano, y que sufriría a pesar de que insistió en que estaría preparado. Pero Fanelli se fue demasiado pronto, mucho antes de que hubieran podido vivir aquella felicidad con la que soñaban los dos. Murió demasiado joven. Todos aquellos proyectos de vida juntos se deshicieron como humo en apenas un instante.

Por eso me sorprendió tanto saber que Veneziano asistiría a los carnavales de Venecia.

Me lo encontré en el jardín cerca de la puesta de sol, con el mp3 en la mano. La música siempre le había provocado emociones profundas; en esos momentos era uno de sus pocos consuelos. Cuando salí, estaba mirando las hojas de uno de los naranjos que tenemos, y tenía una diminuta sonrisa en la cara. Se quitó los auriculares apenas me vio aparecer.

— Cada vez me gusta más la canción de Davide.

Se refería a Davide Cordaro, que iba a actuar en la actuación de apertura de Eurovisión. Ese año nos tocaba ser los anfitriones, por haber ganado el año anterior (729 puntos, y eso que antes del televoto íbamos los quintos).

— Seguro que a nuestros amigos les encantará.

— Yo creía que este año no...

¿De verdad después de por lo que habíamos pasado queríamos reunirnos para hacer el tonto? ¿Alguien querría verlo?

— Todos a los que he preguntado me han dicho que irían—explicó Veneziano—. Yo también quiero hacerlo. Ahora más que nunca necesitamos la música y estar juntos. Hemos tenido unos meses duros, hemos perdido amigos. Pero...pero hemos hecho las paces con nuestra gente, estamos vivos y estamos bien. ¿No es motivo para celebrar?

— Pero ¿estás seguro, Veneziano?

Aquella canción, la de Cordaro...Era con la que pensaba pedirle matrimonio a la Fanelli delante de toda Europa. Pensaba salir al escenario durante la última estrofa, cantar el último verso: «Parte de ti, tú, parte de mí», y, sin anillo, le haría la gran pregunta. Ahora que ella ya no estaba allí, ¿de verdad iría a la gala? ¿Dejaría esa canción?

Vi cómo los ojos de mi hermano se llenaban de lágrimas. No me contestó.

— Igual con lo del Carnaval. ¿No es pronto para...?

Finalmente, me miró y sonrió. Yo suspiré. Me senté a su lado.

— No quiero que te obligues a estar contento todo el tiempo. Si quieres encerrarte en casa, enciérrate. Que les den a los demás. Un año es un año. O dos. O tres. Los que deban ser.

— Me gusta el Carnaval. Es el momento de hacer disfraces bonitos. Viene gente de todas partes del mundo a verlo. Llevo haciéndolo mucho tiempo. Y Eurovisión, hace mucho que no ganamos. Me encantan las dos cosas. Y sabes que no son solo fiestas.

— Cierto...No son solo fiestas...

— ¿Sabes, fratello?

— ¿Qué?

— He estado viendo a Bergoglio, aparte de a la psicóloga a la que me mandó el presi. Los dos me han ayudado mucho. Aunque tienen ideas distintas de lo que pasa cuando una persona muere, me he dado cuenta de que coinciden en una cosa. Que no se van. No del todo. ¿Recuerdas eso que decían cuando nuestros soldados morían? Que los que dan su sangre por la patria la engrandecen...

— Sí, pero eso era en tiempos de...

— Pues...Es...algo así. Carlotta murió por mí. No solo eso. Nació de mí. Nació de mi tierra. Y ella, como todas las personas de mi tierra, ayudó a hacerme como soy hoy en día. Ahora ha vuelto a mí. Ahora...descansa en la tierra para siempre. Parece extraño, pero siento como si aún estuviera aquí, conmigo. Mucho más cerca que si estuviera sentada donde estás tú ahora. Dentro de mi corazón. Así creo que...Que nunca se va a ir. Que nunca nos vamos a separar. Que al final voy a poder estar con ella para el resto de mi vida, y ella seguirá tan alegre, tan bonita como la conocí.

Bajó la cabeza, sorbiéndose la nariz. Luego me miró con una sonrisa bobalicona.

— No tiene mucho sentido, ¿no?

Yo negué con la cabeza.

— No, Feliciano. Lo comprendo perfectamente.

Planté una mano sobre su pierna.

— Tienes razón. Nadie se va. Aunque pasen los siglos. Siempre queda algo. Algo que ni todos los movimientos del mundo, armados hasta los dientes, pueden eliminar. Llámalo amor, llámalo vínculo país-persona...

— Amor está bien. Sí.

— Eso. Amor. El amor nunca se va.

— Eso es. Por eso quiero ir allí y cantar, reír y bailar. Por ella.

— Pues vamos a hacerlo, joder. Tú y yo nos vamos a ir a los Carnavales y lo vamos a pasar de miedo. Y me voy a encargar de que este año la gala sea inolvidable. Vamos, que se van a morir de la envidia. ¡No van a querer irse a dormir!

Busqué su mano y se la apreté con fuerza con una sonrisa. Veneziano también sonrió, pero con una sonrisa ausente. Lo vi desviar la mirada de nuevo hacia las hojas del naranjo, que se agitaban con el viento. Por ellas se filtraba la luz del atardecer. Sonreía mucho más allá de mí. Más allá de nuestra casa.