¡Hola a todos! Vengo un poco más tarde esta semana. Han sido días difíciles, y fin de año es una época en la que particularmente mis nervios vuelan muuuuucho y muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuy rápido.
¡GRACIAS A TODOS! Por tantos saludos y peticiones. Espero que este capítulo llene corazones y no me asesinen mucho.
Stacy querida, GRACIAS ABSOLUTAS por siempre estar ahí a nivel personal y para corregir las cagadas literarias que me mando. Ese látigo da más amor que dolor.
Kenji, Karen... ¡se viene!
¡Espero que les guste mucho! Cada vez queda menos, pero estamos estallando xD
And now my bitter hands chafe beneath the clouds of what was everything.
Oh, the pictures have all been washed in black, tattooed everything...
Black, Pearl Jam
CAPÍTULO 39: In situ.
Akira Sendoh nunca se quejó de las rutinas. Nunca se quejó de nada, realmente, pero dentro de lo que podía o no considerar tolerable, el día a día en Japón no era algo que lo sacara de contexto.
Por eso, cuando comenzó su vida en Los Ángeles, Estados Unidos, no cambió demasiado su forma de percibir el día a día.
Su día comenzaba temprano, cerca de las seis de la mañana. Un desayuno potente para arrancar la mañana y tolerar todas sus actividades. Su trote matutino por el parque Ohio and Bundy Triangle, y una ducha para bajar la estamina antes de clase.
Por supuesto que había tenido que adaptar todos sus conocimientos en el idioma inglés en poco tiempo antes de viajar, y aún cuando tenía un compañero que le hacía de tutor en ocasiones, debía poner el doble de atención en clase y traspasar sus notas si quería retener lo importante.
El trabajo en equipo que tenía en el aclamado equipo de la UCLA era lo que esperaba y más. Los jugadores parecían profesionales aún siendo estudiantes. Incluso aquellos que no pensaban prepararse para el drift de la NBA cuando tuvieran edad de hacerlo.
Todo parecía estar bien, ¿verdad?
Era la rutina de un chico saludable de diecinueve años, comenzando sus estudios en el extranjero. Adaptándose al idioma y aires nuevos. Sufriendo a veces el choque de culturas por una que, incluso para un muchacho japonés muy poco convencional, podía parecer excesiva en confianza.
Era un chico comenzando su nueva vida en Estados Unidos durante los años noventa. El mes de septiembre del año 1995 fue para Akira Sendoh el inicio de una etapa.
Solo había un detalle que no lo hacía totalmente perfecto. Algo que parecía quitarle seriedad a sus ganas de prosperar.
Akira Sendoh estaba muerto por dentro.
No se trataba realmente de la rutina de Sendoh. Se trataba de cómo era realizada. De lo gris y plana y dolorosa que podía ser.
Cada mañana era el mismo ritual de darle un golpe seco de su mano al reloj despertador. Solo uno, porque no hacía más falta que eso para que el antiguo capitán de Ryonan levantara la cabeza desganado, sin un ápice de sonrisa en su pálido rostro.
Había que ser justos con Akira en estas circunstancias. El muchacho no tenía amigos en Estados Unidos, pero tampoco los había tenido en Japón.
Hacía meses que vivía solo en una ciudad ajena a su conocimiento y cultura. Solo se comunicaba lo necesario. Quienes se comunicaban con él por labores en el equipo y sus compañeros decían que era una máquina de perpetua sonrisa a media asta.
Sus movimientos parecían calculados a la perfección y tanto dentro como fuera de la duela, el muchacho parecía estar esperando que algo lo despertara. Rogando que algo lo despertara.
Mientras tanto, Akira Sendoh parecía vivir por inercia. Un robot de carne y hueso, vacío por dentro y respirando por reflejo.
Kazuki Mizage no recordaba demasiado de la noche en que Akira se fue. El frío de su propia casa en pleno verano parecía haberle calado los huesos cuando cayó al piso y quedó inmóvil y temblando como una hoja apenas sujeta al árbol. No recordaba haberse levantado hasta que la luz volvió a entrar por las ventanas, y supo que todo había terminado.
¿Saben?, se dice que un duelo tiene cinco etapas.
Negación
Ira
Negociación
Depresión
Aceptación
Cinco etapas que cada ser humano transita de forma distinta, en períodos diferenciados de tiempo, respetando la individualidad de cada uno. En ese momento, Kazuki estaba espejando el lenguaje corporal de Akira del otro lado del océano, cruzando el globo.
Cuando los días comenzaron a pasar, se convirtieron en una enorme masa de minutos y horas tan uniforme que le era imposible distinguirlos.
El simple hecho de levantar su delgado cuerpo de la cama era algo casi heroico, y no podía hacerlo sin que Hanamichi prácticamente la arrancara de las sábanas. Pero solo los primeros días. Porque todo iba a mejorar, ¿cierto? Es decir, con el correr de los meses, los insultos matutinos no fueron necesarios, y Kazuki Mizage pudo comenzar a valerse por si misma. Después de todo, era la primera manager del equipo de basquetbol del colegio Shohoku.
¡Oh!, el equipo… Eso era algo aparte. Porque Hanamichi había vuelto a jugar, ¿saben? Era hermoso. Verlo correr por la cancha, como la saeta roja que siempre había sido. Sus insultos con el capitán Rukawa y las porras que iban dirigidas a él, como el Monje Rojo de Shohoku en su máximo esplendor.
Quizá, por eso valiera la pena despertarse, ¿verdad? Por Hanamichi. Él había estado ahí cuando ella lo necesitó, y ahora debía estarlo por él.
Por eso esa sonrisa nunca le flaqueaba al momento de ponerse el uniforme y anotar en los registros cada tanto de su mejor amigo, su capitán y el equipo recién formado.
Claro, también, que era un equipo nuevo. Y por más que Kaede Rukawa y Hanamichi Sakuragi fueran una combinación explosiva, no alcanzaba para ganar los Nacionales. Llevaron a Shohoku a estar entre los cuatro mejores, pero no pudieron llevarse el trofeo. Sin embargo, ¡que pelea!, saben.
Y Kazuki había sido testigo de todo eso. Sus ojos ámbar habían grabado cada una de las jugadas en sus retinas. Las mismas que parecían siempre estar humedecidas por una capa de agua invisible. "¿Tiene alergia, manager? Parece que fuera a llorar", solían preguntarle. Si, claro. Era alergia, pensaba.
-¿Segura que no quieres que vaya a verte, Kazu? Los exámenes pasaron, tengo tiempo libre. ¡Te extraño! - La voz de Ayako sonó ligeramente distorsionada al otro lado de la bocina telefónica.
Kazuki sonrió. Al menos sus labios lo hicieron. Arrojada en su cama deshecha con el uniforme puesto y el teléfono apenas pegado a su oído, respondió con voz calma. Tan calma que no parecía ella.
-No te preocupes, Ayako.- Musitó con una media sonrisa.- Tokyo no está lejos, pero el viaje a Kanagawa no es barato. Aún están ahorrando con Miyagi-sempai, ¿verdad?
-No, bueno. ¡Si! Acabamos de mudarnos y aún hay que pagar por los muebles. ¿puedes creerlo?
-¿Que sigan juntos y prácticamente casados? Claro que si, siempre fueron la pareja de manual perfecta.
Ayako rió, escuchando la forma en que Kazuki quería intentar seguirla.
Claro que había pensado en ella el día que Sendoh le dijo "me voy a Estados Unidos". ¿Relación a distancia?, bueno, ellos pueden hacerlo. Eso había cruzado su cabeza cuando todo ocurrió.
Cuando Ryota le dijo que según Hanamichi, habían terminado antes de que se fuera, el mundo se le vino abajo.
Quiso llamarla, pero no atendía el teléfono. Fue a su casa, y el rostro de Kazuki era el de alguien que había perdido todo, pero trataba de sonreír. Quizá eso fue lo que más le perforó el pecho y el alma: ver a la chica más sincera que conocía, ocultar sus sentimientos como si de esa forma pudiera sufrir menos.
"No podemos obligarla a nada. Esa gata imbécil no funciona así", le había dicho Sakuragi. ¿No funciona así? ¿Y cómo funcionaba? ¿Iba a dejar que se derrumbara como un castillo de arena por las olas? Pero no pudo retrucarle nada, porque el rostro del pelirrojo demostraba que su preocupación iba cada vez más en ascenso.
Y ahora, habían llegado a esto. A hablar por teléfono con una voz fingida, y sabiendo que al otro lado, Kazuki estaba muriendo. ¿Que clase de amiga podía permitir eso? No ella, eso era seguro. Por eso su voz sonó fuerte y clara, con el don de mando que siempre había poseído.
-Kazuki.- La oyó decirle la joven de ojos ámbar.- No puedes seguir así.
-¿Así?- Kazuki pestañeó varias veces sin comprender realmente. Hasta que creyó hacerlo, deseando equivocarse.- A-Ayako, no sé de qué...-
-No puedes seguir reptando por la vida. No puedo decir que sé por lo que estás pasando, amiga… -Y no podía. Realmente no. Pero debía hacerle entender su punto si quería ayudarla.- Pero no eres tú.
"No eres tu".
Sabía perfectamente que no era ella desde hacía meses, pero ¿qué podía hacer? Ser "esa" Kazuki era lo único que podía mantener de momento y seguir respirando.
-Estoy haciendo lo mejor que puedo, Ayako…- Le dijo, por primera vez pareciendo sincerarse. La hermosa morena continuó.
-Entonces levanta la cabeza, Kazu.
Negación
Ira
Negociación
Depresión
Aceptación
Cinco etapas que cada ser humano transita de forma distinta, en períodos diferenciados de tiempo, respetando la individualidad de cada uno. Kazuki Mizage estaba transitando todas esas etapas en una sola.
-¡Akira!- Escuchó llamarlo a lo lejos. Era una voz de mujer, o eso creyó. Sabía que se dirigían a él incluso por esa extraña cadencia en la "r" de su nombre. Como si se resbalara al decirlo.
Se había levantado temprano ese día para poder asistir con tiempo al entrenamiento matutino del equipo. Era el único motivo por el cual realmente movilizó su enorme cuerpo en ese día particular. Y aún así, estaba llegando con los minutos contados. Volteó el rostro apenas deteniéndose, viendo acercarse a una de sus compañeras de clase. ¿Cuál era su nombre? Bueno, no importaba. Quizá lo dijera. Sonrió levemente sin esforzarse demasiado. Apenas sentía sus propios labios. La chica de rubio cabello y tez bronceada parecía querer comérselo con una boca enorme, abierta antes de hablarle- ¿Cómo estás? ¿Vas a entrenar?
-Si.- Contestó en su inglés claramente extranjero. ¿Debía preguntar él también? Era cortesía, ¿verdad? Maldición…- ¿Y tú?
-Voy a clases.- Estaban en un campus universitario. ¿Qué otra cosa podían estar haciendo?, pensó luego. No le importaba realmente. Su cerebro funcionaba más rápido que su propia capacidad de razonar si algo le interesaba o no.
La chica frente a sus ojos debía tener un par de años más que él, o eso pensó por las arrugas en su rostro, probablemente producidas por el sol. ¿Jinny? ¿Jenny? Rayos, no recordaba su nombre. ¿Llamarla "tu" era de mala educación? Sea como sea, tenía que ir a entrenar, y pensaba despedirse cuando ella volvió a hablar, poniendo su cabello tras las orejas en un gesto tan sugestivo como poco disimulado. Le había parecido verla en el gimnasio, y sus compañeros de equipo se codeaban al verla. O eso creía, porque no estaba seguro de lo que pasara fuera de la duela.
-Sabes, mi compañera de cuarto no estará esta noche.- Musitó con voz ligera, casi entonando una canción.- Si necesitas ayuda con tus tareas, puedo ayudarte.-
Akira Sendoh era el conejillo de indias del campus este año. La UCLA solía recibir estudiantes extranjeros, pero siempre eran de Europa o Latinoamérica. Pocos eran tan exóticos a los ojos de los muchachos y chicas del campus. Por eso, alguien como Akira llamaba la atención, cuando no lo hubiera hecho en su propia isla.
-Ah…- Respondió. ¿Lo había invitado a algún lugar? No había entendido, ni escuchado. Ni le interesaba. Tenía que ir a entrenar, para eso se había levantado.- Nos vemos. Parece que va a llover.- Dijo. Y su enorme figura se dio vuelta. La blonda pestañeó muchas veces antes de enterarse que había sido rechazada de la peor forma. Porque ni siquiera la había escuchado en primer lugar.
Verán, Akira era visto como un muchacho japonés muy alto y de rostro apacible, que no mostraba emociones reales. La gente no lo conocía, pero no era realmente idiota. Esa sonrisa no puede ser real. Akira se encargaba de que no pareciera real.
"No me gusta esa cara", le había dicho Kazuki hacía tanto tiempo. "No me gustan las cosas que no son reales", recordaba que fue su frase exacta.
Sendoh consideraba esa sonrisa como una pequeña revancha sobre el dolor de su pecho muerto. A Kazuki le molestaba esa cara. Esa era la única cara que le mostraba al mundo exterior. ¿Estás viendo esto, Kazuki? No, claro que no. Porque no estaba ahí con él.
Quienes habían jugado antes con Akira, sabían que sus habilidades como base eran insuperables. Que podía comunicarse con sus compañeros y ayudarlos a mejorar solo con un pase o un gesto de su impasible rostro. Eso mismo pensaban sus compañeros de equipo en la universidad de Tokyo, lamentándose perderlo. Y exactamente ese era el pensamiento colectivo de quienes eran miembros del equipo en la Universidad de Los Ángeles.
Sendoh jugaba con precisión, como un perfecto reloj suizo. Sin errores, sin movimientos en falso, sin emociones.
Y eso era lo que todos notaban. El muchacho japonés era un prodigio en la tierra del baloncesto. Un prodigio sin alma, ni vida, ni sentimiento alguno. Una carcasa vacía, una sombra de lo que realmente era. Pero nadie sabía la razón.
La habitación que Akira compartía en el campus con otro muchacho era pequeña pero acogedora para ambos. Sus horarios eran totalmente dispares, por lo cual, vivir solo y vivir en esas circunstancias no eran una diferencia demasiado amplia.
Lo que tenía de bueno era, a veces, que Chris siempre dejaba su correspondencia sobre el colchón de su cama. Como un servicio de mensajería no pago pero eficiente. Y por eso fue que tomando el pequeño montículo de cartas las descartó una a una. Mamá y Hikoichi escribían seguido. Tanto que a veces no podía responderles en tiempo real. Publicidad del campus. Una fiesta. Y finalmente, la vio. ¿Moiichi Tao…?
No se dio cuenta de cuando la carta había sido abierta por sus propias manos, y sentándose despacio en el mullido colchón, la leyó con su propia voz en lo profundo de su mente.
Los ojos cansados, bailaban sobre las letras en una prolija caligrafía de tinta negra, propia de un hombre de su edad.
Sendoh,
¿Cómo has estado? Espero que no te moleste esta carta, pero le pedí tu dirección a tu madre para poder escribirte y saber de ti.
Los primeros meses fuera de casa pueden ser dolorosos. Cuando tenía tu edad no me fui del país, pero mi universidad quedaba tan lejos que tuve que alquilar un departamento y solo estar a cinco horas en auto de mi familia se tornaba difícil. Pero es superable, y se irá haciendo cada vez más sencillo.
Cuéntame, ¿cómo te ha estado yendo en tus estudios? Recuerda que debes mantener una beca con notas buenas. ¿Y el equipo? ¿Pudiste integrarte?
El idioma es fundamental para estas interacciones. Recuerda que un base tiene que guiar y acomodar las jugadas. Estoy seguro de que vasa lograr sobresalir. Demuestrales de que estamos hechos los japoneses.
Moiichi Taoka.
Octubre, 1995
Es gracioso como los días se transforman en semanas. Es casi como un poema que no lees por mucho tiempo, y cuando lo tomas en tus manos, se ve exactamente igual. Porque eso ocurre con el significado del tiempo cuando todo te importa una mierda, ¿verdad?
Al menos, eso era el significado del tiempo para la chica de ojos ámbar, ahora que había decidido cambiar su accionar de vida. Ayako había sido brutalmente honesta con ella al decirle que no podía pasarse la vida llorando, ¡y claro que tenía razón! Era Ayako. Ayako siempre tenía razón en absolutamente todo, y lo tenía en esto también.
Quizá ese fue el motivo por el cual se levantó al día siguiente, como si se hubiera incorporado un torpedo a su pequeña espalda y ahora viviera su vida como una ardilla inyectada con energizante vía intravenosa. Esa iba a ser su forma de afrontar la vida de ahora en más.
Kazuki se levantaba cada mañana de un salto, corriendo a toda velocidad para quemar energía que probablemente no hubiera siquiera recuperado durante el sueño que por cierto, no recuperaba.
Cada día en Shohoku era igual al anterior, y no lo recordaba. Porque sus ojos estaban tan abiertos contra su voluntad que sus amigos pensaban que tendría un cortocircuito en su corazón de un momento a otro. Sin Ayako en el equipo, gran parte de la responsabilidad de manager caía en ella, y ahí siempre estaba. Al borde del cañón, con una sonrisa y su voz al cuello. Y Hanamichi odiaba verla así, porque esa no era ella.
Verán, Kazuki no era una chica enérgica por que sí. No corría porque si. No sonreía veinticuatro horas porque sí. Por eso al pelirrojo que había vuelto a jugar hacía poco, se le hacía irritante verla saltar como porrista de película estadounidense. Si Kazuki simulaba estar feliz, era porque estaba realmente rota por dentro. Y lo estaba. Realmente lo estaba.
Shizuoka Mizage conocía lo suficiente a su hija como para saber que no estaba bien. Para darse cuenta de que estaba por explotar y que si no paraba, el cerebro iba a estallarle.
¿Que si trató de hablar con ella? Por supuesto que lo hizo. Por supuesto que sentó a Kazuki y frente a frente le habló para decirle lo que pensaba y tratar de que cambiara el rumbo de su accionar. Pero no hay demasiado para decirle a una chica que te responde con una sonrisa y un "Todo está bien, mamá". Shizuoka conocía lo suficiente a su hija como para saber que no estaba bien. Y lo suficiente para entender que no podía hacer nada sin presionarla. Np iba a funcionar.
Lo mismo pensó Hanamichi Sakuragi, cuando intercambiaron opiniones sobre lo que ocurría. Solo que el muchacho de rojo cabello teñido era bastante más visceral. Hanamichi estaba pasando de la preocupación al hartazgo.
-Gata imbécil…- Había dicho Sakuragi, mirándola dirigir a los novatos con gritos a flor de cuello y unos ánimos que se veían tan forzados como dolían verlos.
Haruko estaba a su lado, alternando miradas entre ambos. No era un secreto a voces que Akira y Kazuki habían terminado. No era un secreto el que él ya no estuviera en Japón, y pese a que muchas chicas del antiguo fan club del ex capitán estaban de duelo, nadie podía estarlo más que su amiga de cabello negro.
¿Cuando había adelgazado tanto? Ahora que lo pensaba bien, no la veía traer almuerzo. Sólo la había enganchado bebiendo agua un par de veces esas semana. Incluso su cabello estaba más largo. El corte asimétrico en su nuca parecía desaparecer poco a poco, acentuando más los pómulos que aparecían en su rostro, cada vez más pálido.
-Trata de comprenderla, Hana-chan.- Musitó Haruko a su lado. Una mano cubría parte de su mejilla en pose de preocupación.- Apenas han pasado cinco meses.
-¿Apenas? Es casi medio año, Haruko-chan. ¿Qué espera lograr así? ¿Acaso duerme? ¿Come? ¡Si se muere no voy a llorarla!- El muchacho había comenzado a agitar su voz cada vez más, como si corriera una carrera calle arriba por una alta colina.
-¡No digas cosas tan horribles!- Espetó la joven con el rostro horrorizado. Sabía que el dúo de amigos compartía un humor muy negro, pero esa frase le había sonado tan real que heló su sangre en un segundo. No le agradaba escuchar a su novio expresarse así. Hanamichi ladeó la cabeza dándose cuenta de lo que había hecho. De pronto, su respiración se calmó.
-Lo siento, Haruko-chan. Es que…
-Va a estar bien, Hana-chan. Solo tenle paciencia.
-¡Hanamichi!- La oyó gritar desde su lugar. Nuevamente, con un grito tan agudo que no la reconocía.- ¡Mueve tu trasero y ponte a entrenar! ¿Quieres que el capitán Rukawa te tire de las orejas de nuevo?- Y si blanco brazo señaló al capitán, a pocos metros suyo. El rostro impávido se centró en él.
-Yo no pensaba tirarle de las orejas a nadie.- Le dijo con el mismo tono de siempre.
-Apoyame en esto, ¿quieres?- Respondió mirándolo con los ojos entornados, pero el mismo sonido en su voz. Rukawa negó con la cabeza tres veces antes de responder.
-No. Y no grites tanto.
Así era cada día. Así sería por muchos meses más.
Noviembre, 1995
Yohei Mito había logrado muchas cosas en esos meses, ahora que estaba cursando su tercer año de preparatoria.
El muchacho de brillante cabello negro nunca pensó que oiría felicitaciones de sus profesores por sus notas, ni mucho menos que le preguntaran a qué universidad pensaba aplicar. Era cierto que no podría ir a aquellas que se consideraban de primer nivel, puesto que sus años de echar todo a la mierda habían sido particularmente desastrosos a la hora de dejar una marca duradera en su expediente. Pero, hey, estaban considerándolo un buen estudiante.
Pero lo cierto es que Yohei jamás pensó seriamente en ir a una universidad. No se veía ahí, siguiendo sus estudios por voluntad propia. Siempre pensó que su obligación con los libros terminarían el día que recibiera su diploma de preparatoria y entonces, empezaría a trabajar. Si, ese era su objetivo, el de siempre, el que quería seguir.
Hanamichi lo entendía perfectamente, por eso no lo molestó con eso. Takamiya, Ookus y Noma pensaban hacer algo similar a él. Kazuki, pese a su estado de exaltación permanente parecía apoyar todo lo que él quisiera. "Eres un niño grande, Yohei. Yo voy a aplaudir cada cosa que hagas y reírme de las que no". Muy Kazuki, había pensado.
Rio para sus adentros. Aún estando en ese estado lamentable, la chica parecía querer sonreírle. Kazuki era realmente…
-¡Lamento la espera, Yohei-kun!- Escuchó decir a una voz tranquila y dulce a pocos metros suyo. Solo pudo imitar el gesto, levantando el rostro hasta encontrarse con ella.
-No hay problema, Mika-san.- Le dijo moviendo una mano frente a su rostro, restando importancia al retraso de casi veinte minutos.- Gracias por venir tan lejos de la clínica.
-No tienes que disculparte, fui…- Suspiró. Debía ser fuerte.- Fui yo quien te pidio venir a tomar algo. ¡Quería saber sobre Hana-chan!
-¡Cuando gustes! Pero aún no entiendo por qué no lo llamaste a él. Tengo entendido que intercambiaron números.
-¡A-ah!-La joven se trabó. Debía pensar mucho más rápido si realmente quería que esto funcionara a su favor.- Es que… Imagino que está ocupado con los entrenamientos.
-Es cierto.- Razonó dándole la razón, con una mano bajo el mentón.- A decir verdad, tengo más tiempo libre que él.
Mika rio con delicadeza, dejando su bolso en la mesa donde ambos estaban sentados. Levantó la vista analizando delimitadamente al apuesto chico que tenía enfrente. ¿Estaba esto bien? ¿Era correcto que una chica de casi veinte y tres años fuera tras de un chico de apenas dieciocho? Yohei aún no terminaba la preparatoria y ella ya estaba haciendo sus prácticas de universidad. ¿Que…?
-¿Qué quieres beber? Yo invito. Es lo mínimo que puedo hacer por aceptar venir.
-Insisto en que sea yo quien pague.
La hermosa morena se sonrojó. ¿Por qué esto parecía una cita cuando no lo era? Acaso…
No, no podía pensar así. Si esto resultaba ir en otra dirección, iba a salir lastimada. No debía tener estos pensamientos o de lo contrario…
-¿Como se encuentra Hana-chan? Dime, ¿ya ha tenido partidos oficiales?
-Si. Aunque el club está teniendo algunos problemas, porque no han entrado muchos alumnos con capacidades superhumanas como Hanamichi o Rukawa. Pero siguen siendo de los mejores cuatro.
-Bueno, ¡eso es muy bueno!- No se te ocurra, Mika. No se te ocur…- ¿Y los chicos?
-Los tres idiotas siguen igual de molestos.-Rio entre dientes, recordando que ese trío nunca cambiaría. Su tono trató de permanecer ligero cuando contó lo siguiente en su repertorio de memorias.- Y Kazu…- Tomó aire. Bueno…- Bueno, está saliendo adelante luego de separarse de Sendoh.
-¿E-eh?- ¿Cómo? Pero esos dos hacían una pareja hermosa. Sin lugar a dudas había algo real y duradero ahí. ¿Cómo…?
Yohei no sabía los detalles. El único que sabía cada uno de los eventos era el propio Hanamichi, y quizás Ayako. Pero Kazuki no había vuelto a hablar del tema con nadie, pero su actitud parecía gritar que estaba pidiendo ayuda. Aún cuando luego se negara a aceptarla.
El muchacho, sin embargo, le dijo lo que sabía. Que habían terminado su relación y Sendoh estaba ahora viviendo en Los Ángeles, mientras ella se había quedado aquí. Que los primeros meses fueron terribles, y que realmente pensó que iba a enfermar. Y luego, de la noche a la mañana, Kazuki pareció revivir y ahora se asimilaba a un torbellino de pura energía autoinflingida y gritando de dolor.
Mika trató de ponerle atención a sus palabras, compadeciéndose de esa pobre chica que sabía, era tan buena como chistosa. La chica que sabía, ocupaba el corazón de ese muchacho frente a sus ojos, que seguía hablando y ella había perdido el hilo de la conversación.
Pestañeó varias veces mientras lo observaba, su lenguaje corporal y la cadencia en su voz. Estaba preocupado, y podía jurar, casi dolido.
No la había olvidado luego de todos estos meses, ¿no es cierto?
-Básicamente, eso fue lo que ocurrió… - Le dijo con una media sonrisa, manteniendo los ojos en su menú abierto.
La hermosa joven de cabello negro supo en ese momento que esa noche era todo o nada. Durante siete meses esperó estando en contacto con él a que se diera cuenta de sus sentimientos, de su interés. Todo ese tiempo pensó que debía estar loca y que la diferencia de edad era mucha, pero realmente quiso esperar porque vio algo en ese muchacho que lo hacía valer la pena. Y sin embargo, ahí estaba. Una chica madura esperando a un muchachito. Y pensaba hacerlo, de verdad. Pero este era su límite. Por eso, esta era la noche.
-Me gustas, Yohei-kun.
Y el aire se heló.
Otro entrenamiento había terminado exactamente a las ocho de la noche. Mucho más tarde de lo que en América solían cenar, dejando a todos bastante molestos por ello. Akira no comprendía por qué comían tan temprano, a menos que se rigieran por esos horarios para tener un buen metabolismo.
Sin embargo, no importaba realmente. Había comido algo poco antes de ir a entrenar y no tenía el más mínimo ápice de querer ingerir alimentos en ese momento. Por eso, la respuesta estaba clara al momento en que poniéndose una camiseta limpia luego de ducharse, uno de sus compañeros preguntó alegre.
-Oye, Sendoh. Vamos a comer algo fuera del campus. ¿Vienes?
-Te lo agradezco, Mike.- Era una suerte que recordara su rostro y lo asociara a un nombre. Ese muchacho siempre le hablaba, hubiera sido descortés de otra forma.- Quiero dormir temprano.
-Nunca sales con nosotros, es importante que nos llevemos bien.
-Pero nos llevamos bien.- Le respondió con una sonrisa perfecta. Tan perfecta que ni siquiera notaron lo falsa que realmente era.
-Tu te lo pierdes, japonés. Nos vemos mañana, descansa.
Sendoh levantó una mano en un saludo acostumbrado por las personas de ese lado del globo. Parece que inclinarse en señal de respeto era casi irrisorio.Aún cuando sus pasos lo habían llevado lejos, alcanzó a escuchar a sus compañeros murmurar.
"¿Por qué es tan arisco?" "¿Arisco? Me pareció amable" "Está siendo totalmente falso, ¿no lo notas?" "Solo me importa como juega" "Pues sus pases están decayendo mucho últimamente, ¿sabes qué le pasa?" "Quizás extrañe a su novia" "¿Tiene novia?" "Debe tenerla, rechaza a todas las chicas que se le acercan" "Japonés suertudo…"
El estómago se le revolvió sin saber por qué. O sabiéndolo perfectamente.
En esos siete meses desde la noche en que se fue de Japón, el corazón de Sendoh había estado funcionando en piloto automático al igual que su enorme cuerpo.
Alimentándose correctamente, durmiendo lo mejor posible, estudiando cada minuto libre, yendo a prácticas y cuidando de su cuerpo. Todo en modo automático, como un androide muy aplicado a sus tareas cotidianas, y con el cerebro apagado, igual que su pecho.
"Cyborg japonés", lo habían apodado. Era hiriente y gracioso al mismo tiempo, si es que Sendoh recordara lo que era reírse de verdad. ¿Y que si no le dolió que esos muchachos mencionaran una "novia"? Claro que sí, fue como si le dieran una estocada en las entrañas y le provocaran arcadas. Pero sacudió su cabeza a medio peinar y corrió a su habitación para quitarse todos esos pensamientos de la mente, arrojando su bolso a un costado al entrar en penumbras.
La verdad era simple. Sendoh recordaba a Kazuki. Cada maldito poro de su hermoso rostro y cada segundo de su relación con ella parecía querer saltar con bombos y platillos en su mente como un chiste de mal gusto, pero no se lo permitía. "No, maldita sea. No lo vas a hacer", parecía decirse a sí mismo, enterrando todo bajo ocho llaves. Las mismas ocho llaves que cerraron la puerta que jamás abrió cuando se lo había implorado. "Basta.", se dijo a si mismo. Basta.
Se quitó los pantalones junto a su cama, poniéndose los que utilizaba de pijama aprovechando que su compañero no estaba presente.
Su lado de la habitación estaba acomodado, pese al desgano con el que enfrentaba sus días. El de su compañero parecía pertenecer a alguien que de verdad estaba vivo.
Era una de esas noches, pensó. Una de esas noches donde le costaría dormir. Quizá un poco de música ayudara. Quizá, eso fuera suficiente por el momento.
Estiró el largo brazo blanco hasta alcanzar el equipo Yamaha que tenía incluido, aparte de un pasa cassettes, una radio FM que compartía con su compañero de cuarto.
El locutor animadamente hablaba de los próximos shows que se darían en la ciudad. Los Ángeles era bastante animada, solo que él no participaba en nada de ello. Bruce Springsteen, Bon Jovi, Annie Lennox, The Cramberries sonaron uno tras otro.
Akira guardó sus libros en la pequeña biblioteca sobre la cabecera de su cama, y abrió las colchas preparado para dormir. Y quizá fue en ese instante que volvió a la vida. Que "eso" volvió a la vida.
And now my bitter hands chafe beneath the clouds
Of what was everything
Oh, the pictures have all been washed in black
Conocía esos acordes. Reconocería esos acordes donde fuera, maldita sea. Reconocería esa voz ronca y grave donde fuera. Esa cadencia triste y antigua como si hubiera vivido mil vidas y ahora las contara con un ritmo lento y una base de batería que acompañara el ánimo.
"Eddie Vedder es mi futuro esposo, solo que no lo sabe. Es un secreto", escuchó en su mente, con la intensidad de mil voltios y que lo hizo abrir los ojos de par en par, dudando de que fuera real.
Akira había tirado tierra a sus emociones desde el día en que Kazuki no respondió a su "te amo". Desde el día que se despidió de su madre y se subió solo en un avión y aterrizó en tierra extraña.
Había tapado cada uno de sus latidos con entrenamientos y estudios y sonrisas faltas, la más perfecta máscara que hubiera podido brindarle al mundo exterior. Se había fortalecido a base de mentiras a su propia alma, porque si ella había decidido enviarlo lejos, entonces el no pensaría en ella. No pensaría en cuanto lo mataba estar lejos de ella sabiendo que lo suyo podía funcionar, que ella terminó la relación sin darles una oportunidad.
Akira había ocultado su alma tras una sonrisa desde el día en que murió. El mismo día que se alejó de ella. El mismo día que sus días se acabaron y comenzaron los del robot que se había creado para que eso no ocurriera. Para que no se desarmara por una puta canción. Para que no sintiera que una espada le atravesaba el cuello y lo hacía sangrar por cada poro.
Fue como un impacto eléctrico, pensó muchos años después, recordando ese momento. Fue como una patada de corriente extrema que le hizo sentir tanto odio como terror e impotencia. El mismo impulso que lo hizo tomar un cojín por los costados y arrojarlo sin pensar al reproductor, que cayó al piso desconectandose de cuajo.
El silencio sepulcral reinó en la habitación en penumbras. Definitivamente, iba a ser difícil dormir.
Diciembre, 1995
Los adornos navideños en las calles de Kanagawa brillaban con una potencia asombrosa durante la noche, pensaba Hanamichi. Enormes árboles y luces cálidas que contrastaban con las sombras heladas de la noche de diciembre, haciendo que el altísimo pelirrojo frotara sus manos sin guantes reiteradas veces. Eran tan enormes que no podía conseguir resguardo en un par de mitones puesto que no había de su tamaño.
Sopló sobre ellas varias veces por entre los pequeños huecos de su bufanda tejida, obsequio adelantado de su tía. Miró la hora en el enorme reloj del ayuntamiento. ¿Las nueve ya? Yohei iba a mandarlo al cuerno si llegaba tarde de nuevo. Había sido él quien le sugirió cenar. Hacía mucho que no se encontraban solos.
Corrió las calles que lo separaban del viejo y confiable Denny's, donde la figura de Yohei apareció tras el cristal, sentado en su mesa de siempre justo delante del ventanal principal.
La sonrisa del pelirrojo se filtró bajo las capas de gruesa tela, expresando lo feliz que estaba de poder pasar algo de tiempo con su amigo y recuperarse de todo.
Y es que tras quedar fuera del campeonato nacional en cuartos de final y perder el último partido de la copa de invierno, necesitaba que su cabeza dejara de doler.
No quería admitirlo, pero Rukawa había sido un buen capitán. No el más animado ni el que levantara el ánimo del equipo con sus palabras de gloria como lo había hecho Akagi o el mismo Miyagi, pero su función fue cumplida.
Sin embargo, no fue suficiente, y mientras a él le habían llegado propuestas de becas alrededor de la prefectura, el muchacho de ojos zorrunos se iría pronto a América, al terminar abril. Estúpido Rukawa…
-Llegas tarde.
-Cállate, Yohei. ¿Como has estado?
-Pues…- ¿Qué podía contarle? ¿Que su semestre había cerrado con buenas notas? ¿Que había conseguido empleo en una pequeña tienda a tiempo completo para cuando terminara la preparatoria? ¿Que su hermana mayor se casaría pronto? ¿O más bien…?- Mika-san se me declaró hace un mes…
-Me gustas, Yohei-kun…
Esas fueron sus palabras. Lisas, llanas, sinceras, brutales, emitidas en tono amable y voz extremadamente femenina.
El tiempo se congeló, como si una brisa de pleno invierno hubiera corrido entre ellos, metiéndose entre sus poros y provocando que el propio nivel del subconsciente quedara quieto e inutilizable.
¿Eh? ¿Qué? ¿Por qué…?
-O-oh... - No era la mejor forma de empezar una respuesta. Lo sabía Yohei, lo sabía Mika. Por eso, ella se puso muy derecha, como si su verdadera edad saliera a relucir.
-Lamento que haya sido tan de golpe, Yohei-kun, pero la realidad es que me has gustado desde hace tiempo y quería decírtelo. Principalmente… -Tomó aire. Mucho.- Principalmente, porque creo que de verdad yo podría hacerte bien.
-¿Hacerme bien?- repitió Yohei por inercia.
Luego, trató de hilvanar sus ideas con más calma, porque nunca jamás en la vida alguien le había confesado sus sentimientos, ni siquiera en secundaria baja, donde las chicas se enamoraban de todos en cualquier momento y las relaciones parecían terminarse con la misma celeridad con que comenzaban. Mientras todo ese caos sucedía a su alrededor, Yohei siempre miró a una chica, y una chica solamente. Y ella jamás lo había visto con otros ojos. La única persona con la que quería estar en esa situación, y ahora…
-P-pues… ¿qué piensas? –
-¿¡Y que mierda le dijiste!?- Fue la pregunta colérica del pelirrojo. Yohei, no pudiste ser tan imbécil de decir que n...
-Que no.- Musitó el muchacho de cabello negro, con el rostro pálido centrado en su parte baja. Hanamichi estalló.
-¡¿QUÉ?!
-¿Puedes dejar de gritar mientras comes?- Y es que no era agradable ver parte de la hamburguesa que el pivot trataba de deglutir saliendo por entre sus dientes a medio masticar. No era un espectáculo que se dejara ver muy facil. Tragó sin terminar de disolverlo antes de continuar.
-¡¿Cómo pudiste decirle que no?!
-Hanamichi...
La mente de Hanamichi Sakuragi no era realmente complicada. Iba en dos sentidos, "bueno" y "malo". Y rechazar a una chica como Mika, en su mente de pollo, era malo. Definitivamente malo.
Sakuragi observó a su mejor amigo pasar sus dedos blancos por el cabello negro, desarmando su peinado perfecto. El rostro pálido y algo dolido. ¿Por qué estás dolido? ¿No es esto bueno? ¿Acaso esto no te ayudaría a olvidarte de la gata por fin? Una idea chocó con sus neuronas, rezando para que no fuera así. ¿El idiota pensaba que ahora que Sendoh estaba lejos, tendía oportunidad…?
-No me digas que realmente piensas que tienes oportunidad con Kazu…
-¡Desde luego que no!
-¡¿Entonces cómo puedes ser tan idiota?!
Yohei pestañeó varias veces, tomando aire antes de volver a hablar, suspirando con fuerza. Estaba contándole su historia a un niño molesto.
-P-pues… ¿qué piensas? –dijo Mika tras unos segundos, al ver que Yohei no le respondía.
Él tragó saliva por tercera vez. Estar en esa situación no era nada agradable, ¿cómo había gente que era capaz de escuchar una confesión sin inmutarse siquiera? ¿Sin empatizar con el nerviosismo, la emoción, que sentía la otra persona? ¿Cómo podían prepararse para rechazar los sentimientos de alguien cuando no los correspondían?
-Yo…- Los ojos oscuros de la chica lo observaban casi con miedo. Debía ser lo más cuidadoso posible.- Mika-san, agradezco mucho tus sentimientos. Me siento honrado, pero…
-Pero estás enamorado de otra, ¿verdad? –interrumpió.
-N-no exactamente… - ¿Seguía enamorado de Kazuki? No. No al menos con la misma intensidad que lo persiguió cuatro años, aunque claramente no se la había quitado de la cabeza aún… - Pues, verás… estuve enamorado por años de alguien a quien no puedo olvidar así como así.
-¿Y no crees que estar con otra persona podría ayudarte?
¿Qué rayos era eso? ¿Qué clase de persona con poca autoestima diría algo como eso? "Alguien como tú, hace unos meses", respondió su propio cerebro. O quizás no fuera un tema de autoestima. Bueno, ¿qué diablos sabía él sobre eso? Solo se había enamorado una vez en la vida, no tenía experiencia suficiente como para opinar sobre los demás.
Y entonces, Yohei comprendió bien lo que pasaba frente a sus ojos. Porque Mika estaba ahí, con las manos temblando levemente sobre la mesa, las uñas pintadas cuidadosamente de rojo y los labios delineados como si eso fuera una cita.
Le gustaba. Él realmente le gustaba a una chica hermosa y sincera. Un rincón de él se sintió bien. No era compatible con Kazuki, pues ella no lo veía de forma romántica, y por supuesto que eso no significaba ser invisible para el resto de la población femenina.
Luego, los pensamientos de Yohei fueron decantando en otra dirección. La barbilla de Mika parecía moverse sutilmente desde hacía algunos segundos atrás, por ello, el muchacho supo perfectamente cuál debía ser su respuesta.
-No puedo hacerte eso, Mika-san. - Los ojos oscuros de la muchacha se abrieron mucho. La vio contener el aliento. Claramente no esperaba eso.- No sé cuánto tarde, pero no puedo dejarte en espera. Verás… Lo que yo siento por Kazu es…
Eso era algo que Mika no deseaba escuchar, menos en aquel delicado momento.
-Está bien, Yohei-kun – Lo frenó en seco levantando una mano. Yohei respetó la interrupción, pues comprendía que… un momento, ¿esas eran lágrimas?-. Lo entiendo. Por eso tardé tanto en declararme; confiaba en que te habrías olvidado de ella a estas alturas. Me equivoqué –acotó sonriendo con marcada tristeza-. Ese amor que sientes… espero que puedas superarlo. Te deseo lo mejor.
-Suena como una despedida –replicó.
-Eres muy perceptivo. –Mika se mordió la boca y desvió la mirada hacia un costado para darse toques en las mejillas y así eliminar el rastro húmedo que podía delatar lo difícil que era aquello-. No puedo esperar más. Por favor, sé feliz. –Hizo ademán de levantarse.
Yohei asintió sin sonreír.
-Gracias, Mika-san. –Su pecho se sentía cálido y dolido al mismo tiempo-. Sé feliz tú también.
-Eres un imbécil y lo sabes, ¿verdad?- Hanamichi apenas podía mantener la compostura. ¿Que mierda…?
-Se que soy un imbécil…- Musitó calmo, con una pequeña sonrisa en su pálido rostro.- Pero no puedo estar con alguien por quien no me siento…
-¡Mika-san es una mujer hermosa! Es amable, tierna, dulce, simpática y la yamato nadeshiko que quisiste para navidad desde que te conozco. Ahora se te pone en frente y la rechazas, ¿qué carajo, Yohei?
El muchacho de cabello negro pestañeó muchas veces antes de tratar de analizar su propia mente. Claro que lo había hecho por largo rato aquella noche, mientras terminaba de comer solo una vez que Mika se había ido.
Tardó en entender que no había desaprovechado una oportunidad. Esa no era una oportunidad si él no podía devolver sus sentimientos. Jamás le hubiera pedido que lo espere, y claramente ella no quería hacerlo. Por eso, es que no dijo nada más.
A veces, pensó Yohei, la gente entra en tu vida para ser parte del aprendizaje. Y eso era Mika para él.
Tenía perfectamente en claro que iba a olvidar su amor por Kazuki a paso lento y seguro, y que cuando lo hiciera, estaría listo para enamorarse de nuevo. De alquien que lo correspondiera. Pero no podía tomar el amor de alguien como el gancho de un martillo y quitar un clavo torcido. Ese no era él. Ese nunca sería él. Quizá algún día pudiera decirle a Hanamichi todo lo que pensaba.
Cada una de las cosas que había guardado en su interior. Sobre su propio crecimiento. Y sobre tantas cosas que esperaba, no fueran demasiado difíciles para el pelirrojo.
Marzo, 1996
Entrenador,
¿Cómo está?
Los entrenamientos son complicados, pero puedo seguirles el ritmo. La gente es bastante ruidosa cuando no debe serlo, y eso es algo a lo que no puedo acostumbrarme. Me molesta.
Fallé una de mis clases porque aparentemente no entendí la consigna. Estoy cansado, por eso comenzaré a dormir más temprano.
Akira Sendoh.
Moiichi Taoka no era un hombre de muchos amigos. Sí era, pese a lo que se cree, uno de numerosos colegas. Su paso por el mundo del baloncesto lo habían rodeado de innumerables entrenadores y jugadores con los que podía comunicarse. Incluso iba de vez en cuando a beber un café con Rikki Takato y rememorar viejos tiempos, aunque a diferencia de él, el entrenador de Kainan permaneciera en su puesto.
Y aún cuando no tuviera un grupo enorme de amigos, podía decir que se comunicaba con algunos de sus ex alumnos a un nivel, quizá, más personal. Jun Uozumi era un ejemplo de ello. Lo visitaba asiduamente yendo a comer al negocio de su padre, que el muchacho manejaba con maestría. Ikegami acababa de llamarlo para avisarle que se graduaría el próximo semestre y quería que fuera a su ceremonia. Todo un honor.
Pero, con la ironía de la lejanía y un océano de por medio, con quien más relación guardaba era con su estrella más brillante. Akira Sendoh le había escrito durante meses, con bastante asiduidad para lo que acostumbraban los muchachos hoy en día.
Primero unas pocas palabras, y luego parecía haberse ido soltando. Pero en esa última carta, el ex entrenador de Ryonan había notado algo extraño. Pestañeó muchas veces, paseando sus ojos sobre la caligrafía prolija en tinta azul. Casi podía oír su voz relatando cada párrafo, con las inflexiones y cadencias del tono grave con el que recordaba, Akira solía hablar.
Entrenador,
Le agradezco por escribirme. ¿Como ha estado?
Las clases están aprobadas y el equipo es lo que todos esperaban que fuera. Todos parecen saber lo que hacen, y lo demuestran en la cancha.
Me comunico con mi madre una vez a la semana.
El idioma es difícil, pero puedo manejarlo. Tengo en cuenta todas las habilidades de un base.
Espero que esté bien.
Akira Sendoh.
Rezaba la primer carta que le respondió el muchacho al otro lado del globo. Nada que sobresaliera. Nada que él mismo no le hubiera preguntado en su anterior escrito.
Las primeras cartas, recordaba, eran tranquilas y casi frías. Propias de un muchacho que mantiene la distancia y el respeto con quien fue su guía, pero con el tiempo, fue soltándose.
Y sin embargo, con el ir y venir de las cartas, algo más se soltó: porque lo que parecía ser un mundo sin movimiento más allá de sus entrenamientos y clases, pronto comenzaron a tener connotaciones negativas.
La gente antes era "gente", y ahora eran ruidosos. Las clases antes estaban bien, y ahora fallaban. Los entrenamientos solían ser duros, y ahora lo eran más. Akira, pensó, estaba queriendo decirle algo que no podía descifrar.
Quizá, por eso fue que Moiichi Taoka volvió a escribirle. Un poco más personal, esta vez.
Sendoh,
A veces, la distancia es complicada. Pasaste tu primeras fiestas lejos de tu país y de tus afectos, y eso puede afectar los ánimos de cualquiera. Sin embargo, lo importante es sobreponerse. Tienes un futuro brillante, muchacho. Se que puedes hacerlo, y estás en el lugar indicado. Pero también, necesitas sentirte contenido.
¿Has hecho amigos? ¿Te has comunicado con tus padres en este tiempo? ¿Como va tu relación a distancia con Mizage-san?
Las relaciones a distancia pueden ser difíciles, muchacho, pero a tu edad todo es posible.
Ten fe, y esfuérzate mucho.
Moiichi Taoka.
El ex entrenador de Ryonan envió la carta ese mismo día, esperando que pudiera calmar en algo las ansias de su protegido.
Estando lejos, las cosas podían ser difíciles, de eso estaba totalmente seguro.
Abril, 1996
Graduación. Oh, qué día tan feliz y nostálgico. Como si las flores de cerezo no fueran lo suficientemente icónicas en la sociedad japonesa, debían sumarle pequeños ramos de flores para cada egresado y sus diplomas, protegidos por recipientes de grueso cartón decorado con el escudo de la escuela.
Una mañana inolvidable, repleta de llanto y sonrisas con más lágrimas. Niñas enamoradas pidiendo los botones del uniforme del muchacho que amaron en secreto durante tres años. Amigos despidiéndose como si nunca se fueran a volver a ver. Profesores hablando separadamente de los prometedores alumnos que consideraban sus favoritos, y aquellos que esperaban no volver a ver jamás. Y después estaban ellos. Siempre y simplemente, ellos.
-¿Por qué lloras, gordo? - Ookus pestañeó varias veces mientras su amigo más bajo parecía deshacerse en lágrimas rodando por sus mejillas.
-¿Que no te das cuenta? ¡Ya no nos veremos todos los días!
-Vivimos cerca, y conseguimos empleo en la misma tienda de conveniencia.- Musitó el muchacho de bigotes ladeando la cabeza.- Eres un llorón.
-¡Cállate, ya! No tienes sentimientos, Noma. Estás muy muerto por dentro.
Rieron con fuerza. Pronto, Hanamichi, Haruko, Kazuki y Yohei estuvieron a la vista. Cada uno con su ramo de flores y su título en mano. La pelinegra sacó un pañuelo de su saco, dándoselo a Takamiya de inmediato, palmeando su espalda para calmarlo. El muchacho trató de ignorar que el uniforme le quedaba más suelto que antes. ¿Desde cuando su piel era tan pálida?
-¿Ya hicieron su última travesura? Es ahora o nunca, grupo de inadaptados.- El rostro de la joven trataba de sonreír. Ella pensaba que lo hacía.
-No les des ideas, Kazu-chan…- Murmuró Haruko con el rostro rojo de tanto llorar. Fujii y Matsui se habían ido con sus padres hacía unos momentos. Miró hacia la derecha, subiendo la vista para enfocarla en su novio. Pestañeó varias veces al notar los ojos serios puestos en su amiga. ¿Qué…?
-No son ideas raras, Haruko-chan. Estos bobos tienen que dejar una marca inolvidable en preparatoria, ¿no creen?
-Ya lo hicimos, Kazu. Somos el trío de Idiotas del colegio Shohoku, de aquí a toda la eternidad.
Las risas se generalizaron entre ellos. Incluyendo a la bella novia del pelirrojo que realmente, no tenía ninguna gana de seguir el ejemplo.
Yohei pestañeó varias veces al notarlo, también con su rostro petrificado en una media sonrisa junto a ellos. Esto iba a explotar en cualquier…
-Gata, ven conmigo.
La voz de Hanamichi sonó seria, cortando de cuajo el ambiente aparentemente sencillo y de alegría que parecía reinar en el grupo. Haruko no supo qué pensar. Iban a irse juntos a celebrar su logro, ese era el plan. Los dos, como hacía mucho tiempo no estaban por los nervios de comenzar la Universidad en pocos días, al terminar con los preparativos de la ceremonia que acababan de concluir. Una etapa se había terminado y otra comenzaba, también juntos. Eso iban a festejar, pero no supo qué decir cuando la amplia espalda del pelirrojo se alejó de su lado, seguido por la chica de cabello negro que comenzaba a crecerle casi por donde ella misma lo llevaba ahora.
Hanamichi había tenido unos días raros. Desde la aceptación de su beca deportiva, algo que jamás creyó conseguir, hasta la última charla con Rukawa.
"Me voy a Estados Unidos", le había dicho el muchacho de ojos azules como la noche. "Me importa una mierda, maldito zorro presumido", le gritó él con toda la furia de su corazón, y siguió para afirmarle que él también lo alcanzaría en unos años, así que "no fuera a creérsela demasiado". Su respuesta final fue lo que finalmente, lo dejó helado. "Lo se. Te estaré esperando". Sellar su saludo con un apretón de manos fue algo que jamás creyó posible. No después de que su último contacto físico fuera ese choque de palmas totalmente inconsciente en el partido contra Sannoh. No supo por qué, estaba emocionado de recordar ese momento, y tampoco comprendía por qué la espalda de Rukawa le parecía tan amplia y brillante al alejarse.
Claro que hubiera querido contarle eso a su mejor amiga. Encontrar respuestas en su tono de voz totalmente monótono y harto de la vida. Pero no podía, porque su mejor amiga no era ella misma.
Era esta maldita máquina de sonreír de la forma más falsa posible, lo que ella siempre aborreció. Y estaba totalmente lleno las pelotas de ello.
-¿Hasta cuando vas a comportarte como una idiota, Kazuki?
El rostro de Hanamichi estaba tan serio como pocas veces lo había visto. Como él solía ponerse cuando las cosas dejaban de ser un juego entre ellos. Los ojos ámbar parpadearon muchas veces, tratando de ubicarse en tiempo y espacio antes de responderle con una ceja levantada.
-¿Y ahora de qué rayos estás hablando?
-¡Estás volviéndome loco!- Estalló finalmente. Y realmente eso era lo que pasaba con él. Amaba a su amiga, de verdad que si. Pero esto se estaba saliendo de las manos. Quería expresarle su preocupación, pero a estas alturas, ya sólo podría lograrlo de la única forma en que todo salía de su boca.- Es como si vivieras a otra velocidad.
-Así he estado siempre, Hanamichi. No tengo idea de que…
-¿Vas a dejar de mentirme? ¿Tienes idea de lo ridícula que te oyes?
Kazuki sacudió la cabeza. Una parte suya sabía que el pelirrojo tenía toda la razón. Una parte suya quería hundirse en su pecho y pedirle ayuda. Gritar que estaba muriendo por dentro. La otra, fue la que tomó el don de la palabra. Levantó el rostro con los ojos ojerosos bañados en cansancio. Su voz lo demostraba perfectamente.
-¿Terminaste? No tengo ganas de escucharte mientras me insultas sin motivos esta vez.
-¿En algún momento vas a dejar de autocompadecerte?
-¿Que cara…?- Trató de hablar, con esa parte orgullosa suya plagada de odio.
-Sendoh se fue hace casi un año, Kazuki. ¿Cuando vas a aceptar que…?
"Sendoh". No. No. Nonononono. Ese nombre no. Podía luchar contra ese nombre cuando su cabeza lo conjuraba, porque sacudía sus pensamientos hasta que se desaparecían de su vida. O eso parecía. Pero que alguien más lo trajera al presente lo hacía terroríficamente real.
-¿Que mierda tiene que ver Akira en todo esto?
-¡Todo!- El pecho del pelirrojo era un gran conjunto de bombas, estallando una tras otra. Incontrolables, indetenibles.- Te comportas como un zombie enchufado al tomacorriente porque eres incapaz de aceptar que se fue.
-¿Incapaz de aceptar que se fue?- Basta, Kazuki.- ¡Lo acepté el día que se fue!-
Ya basta….
-El día que le dijiste que se fuera.
Eso dolió. Eso realmente, dolió. "El día que le dijiste que se fuera". Si, era eso. Por eso laceraba su pecho, porque era real.
Kazuki siempre supo perfectamente que Akira fue un perfecto idiota al no hablarle antes sobre la carta de la UCLA. Un idiota, mentiroso, irresponsable y egoísta. Pero claro que podían haber intentado solucionar las cosas, ¿no es así? Al menos, eso creyó por un instante, de esos que aparecen cada mil pensamientos tapados por otros. Esos que la hacían creer que podría haber funcionado si hubiera abierto la puerta contra su desgraciado orgullo. Pero no. No. ¡No!
Eso no hubiera funcionado nunca porque ella no podía sacarse de la cabeza la omisión de su verdad, y tampoco el dolor en su pecho. Tampoco el orgullo en su espalda. Y ahora…
-Cállate, Hanamichi…- Escupió quieta. El aire se congeló. Hanamichi tragó fuerte antes de seguir hablando, porque había abierto una puerta que ya no podría cerrar.
-No puedes decirme que me calle. No tienes derecho a decirme que me calle. ¿Tienes idea del año de mierda que pasé viéndote mientra…?
-Eh…¿Hana-chan…?
La dulce voz de su novia interrumpió la discusión que comenzaba a acalorarse con la misma celeridad que había empezado a subir de tono. Los enormes ojos azules de Haruko Akagi los observaban con extrañeza, porque ese intercambio de palabras sonaba mucho más duro que de costumbre.
Y es que la chica sabía que este último año había sido particularmente duro para la chica de ojos ámbar. Y si fue difícil para ella, lo fue también para su novio por carácter transitivo.
El problema real, para Haruko, era que ese carácter transitivo también la afectaba a ella.
-Lo lamento, Haruko. Vámonos.- Dijo serio, dándole una última mirada a Kazuki, que permanecía de pie con la vista baja, el ceño fruncido y las manos hechas puños.
Esto no iba a ser fácil.
Su paso por la preparatoria estatal Shohoku había terminado.
Agosto, 1996
Moiichi Taoka había comenzado su año de forma diferente. Pese a haber anunciado su retiro del baloncesto de preparatoria, no había podido mantenerse realmente alejado de ese mundo. El deporte era su vida, y de alguna forma necesitaba, por su salud, estar metido en él.
Por eso, hizo lo que muchos colegas en su lugar habían elegido como camino tras su jubilación de grandes ligas. Mitsuyoshi Anzai había pasado de jugar en la selección nacional, a enseñar en la universidad, y en su años posteriores, a entrenar en preparatorias.
Su carrera no era tan impresionante como la de su ídolo, pero seguía ese rumbo, sin dudas. Por eso, en pos de continuar enganchado de alguna forma al deporte que amaba, había decidido ingresar como entrenador de un equipo infantil en un club de su vecindario.
Los niños no entendían realmente bien muchas de las reglas que él tan estrictamente trataba de pasarles y transmitirle en sus discursos, pero realmente se divertían. Eso era el baloncesto en escena después de todo. Diversión. Jugar sin disfrutarlo era incompleto. Era impensable. Era obsoleto.
Pero eso era algo que realmente, había descubierto hacia poco. Quizá, reafirmado por esos rostros risueños y a veces sin dientes que lo recibían cada día que se juntaban a jugar.
Sin embargo, Moiichi Taoka descubrió algo más ese viernes de agosto. El calor parecía desputar con furia en las calles de Atsugi y en toda la prefectura de Kanagawa parecían estar sufriendo por el mismo motivo. Los días de verano no eran sus favoritos, pero sí lo eran para los chicos que entrenaba. Por eso habían estado particularmente histriónicos esa tarde, haciendo que el entrenamiento se extendiera más de la cuenta.
"Esos niños van a matarme…", pensó mientras entraba a su casa a medio alumbrar, con distintas tonalidades en colores cálidos colándose entre las hendijas de las ventanas. Prendió el aire acondicionado y suspiró con fuerza ante la nueva brisa de aire fresco que proporcionó el aparato, antes de darse cuenta de la pila de cartas que habían dejado en bajo la puerta.
Se inclinó, sintiendo una puntada fuerte en la cadera, síntoma de su edad y el esfuerzo que los chicos alegremente le conllevaban. Y pasando de cuentas y publicidades, leyó el nombre de Akira Sendoh.
Pestañeó muchas veces antes de voltearla y ver la fecha. La había enviado hacia solo dos días. Vaya, esa respuesta realmente tardó en llegar…
Hacía meses que había redactado la última carta que envió a Estados Unidos, y no se preocupó demasiado luego, puesto a que quizá este tiempo lo estaría ocupando en estudiar y entrenar con fuerza. Después de todo, Akira estaba en la tierra donde todo era posible, y donde el esfuerzo era siempre el doble.
Se sentó en un amplio sillón personal ubicado en su acogedora sala de estar antes de abrir la carta, ansioso de nuevas noticias.
Se sorprendió de no leer el encabezado de siempre. Su título. La forma en que lo llamaba.
Luego, su sangre se heló. La voz de Akira se distorsionó en su propia mente, porque no le era posible asociar esas palabras al muchacho alegre que conocía. A ese chico de la eterna sonrisa y los ojos calmos. La caligrafía cuidada no existía, siendo reemplazada por un trazo apurado, como si fuera a mano alzada y nerviosa. Como si se esforzara por escribir. Como si estuviera vomitando las palabras entre sus dedos. Quien escribía la carta en sus manos parecía otro.
¿Relación a distancia? No existe una relación a distancia, entrenador. Kazuki rompió conmigo antes de que viajara a Estados Unidos.
Esto no está bien. Perdí el interés de jugar. Ya no me siento vivo corriendo en la cancha.
Creí que si venía hasta aquí, me impulsaría a ser el mejor, pero no está ocurriendo.
Las clases no me interesan y ni siquiera tengo felicidad haciendo lo que me gusta. ¿Como puedo amar lo que hago si me siento miserable?
Entrenador, por favor dígame como puedo volver a sentir.
Las manos del hombre temblaron con el papel entre sus dedos, tratando de comprender cada palabra en él. Sus ojos quedaron tiesos en el pedido de ayuda de su alumno. En su grito de dolor que se plasmaba a la perfección en esa hoja arrugada que parecía haber sido metida a presión dentro del sobre que tenía su nombre y dirección.
¿Que? ¿Qué significaba esto? ¿Que era esto? ¿Como que no estaba bien? ¿Como que había perdido interés en el baloncesto? ¿Que significaba ese "no me siento vivo"? ¿Que quería decir esa pregunta? ¿Por que decía que ya no se interesaba en sus clases? ¿Cómo podía decir que no sentía felicidad en jugar? ¿Por qué se sentía miserable?
Y temblando como una hoja en otoño, volvió a leer la carta en horror una y otra y otra y otra vez. Fue la décimo octava vez, la que se dio cuenta.
"No hay una relación a distancia", decía Akira en letra temblorosa, como si contuviera el llanto con sus dedos. "Kazuki terminó conmigo antes que viajara a Estados Unidos".
"Kazuki terminó conmigo"
"Por favor, Mizage-san…"
"Kazuki terminó conmigo"
"Por favor, Mizage-san, ayudame"
"Kazuki terminó conmigo"
"Por favor, Mizage-san, ayudame a convencerlo de que viaje"
"Kazuki terminó conmigo"
Moiichi Taoka sintió un millón de vidrios romperse en su cabeza, como la más horrorosa epifanía jamás sentida en su cuerpo. Como si esos cristales destrozados se clavaran en su piel, haciendo que su respiración se agitara y su pecho doliera.
Moiichi Taoka se sintió morir.
Pasar navidad obligado por su compañero de habitación, rodeado de gente que no conocía y quería conocer, había sido una real mierda. Ruidoso, lleno de alcohol que no bebió y comida que no quiso tocar. Pero no pudo decir que no, puesto que el muchacho intentó hacerle un bien. Por eso, esa sonrisa que ella hubiera odiado, estuvo doblemente plasmada en su rostro. Como un obsequio de navidad tan irónico como doloroso. Como una señal con el dedo mayor la cielo para que pudiera verla. Para que todos pudieran verla, siempre tras esa sonrisa que ocultaba lo que realmente sentía.
Estaba bajo control, pensó en ese momento. Su rendimiento venía en caída lenta, pero por momentos parecía equipararlo al de sus compañeros de equipo. Por momentos, parecía querer volver a ser él. O por lo menos, el Cyborg japonés impresionaba por sus jugadas asombrosas, y luego volvía a caer. Como el juguete sin alma que sabía que era. Esto era normal, ¿verdad? Es decir, es como su vida había sido durante este último año del averno, ¿no?
Casi había aceptado que así sería su vida de ahora en más. Jugar el deporte que amaba sin disfrutarlo, como el robot asiático que todos veían en él. Sabía que había querido reír pensando en que de afuera, debía parecer Rukawa. Pero hasta él tenía sangre en las venas cuando corría en una duela. Algo de lo que él estaba careciendo. Pero, hey. Todo estaba bien. Todo era normal. Todo estaba bajo control, ¿verdad? ¿Verdad?
No.
Todo parecía estar bajo control, cuando esa carta de Taoka llegó.
Akira no supo qué fue lo que ocasionó ese dolor en sus entrañas. No estaba seguro de si fue la mención de sus padres. La de su falta de amigos. La horrible frase "debes esforzarte". El intento de ánimos para que todo saliera bien. O simplemente, la mención escrita de su nombre.
En su mente, siempre el nombre de Kazuki aparecía en ella, lo borraba. Lo corría. Lo tapaba.
Cada vez que su rostro pálido sonriente venía a su memoria, lo descartaba casi con desesperación. Cuando sentía que escuchaba su voz por una situación que le hubiera hecho gracia, sacudía la cabeza. Asi se había convertido en el robot que era. A fuerza de negarla.
Por eso, leer su nombre fue distinto. Estaba escrito en tinta negra, y por más que sacudiera la cabeza, volvía a leerlo. Y eso ocasionó que algo en su interior se rompiera.
Todo se cayó a sus pies. La farsa de su vida durante un año se quebró como un vidrio y sus dedos vomitaron lo que su voz no gritaba. Y antes de que pudiera saberlo, lo envió. ¿Que mierda importaba contarlo? ¿Estaba mal pedir ayuda? ¿Podía algo empeorar?
Hasta que el teléfono sonó dos días después. Cerca de las cuatro de la mañana, cuando todo estaba oscuro. Y la voz ronca y desesperada al otro lado le heló la sangre.
-¿H-hola?
-¡Sendoh!
-¿Eh? ¿Entrenador Taoka? ¿Q-qué ocurre? Son las cuatro de la mañ…
-¡Perdóname! ¡Perdóname, muchacho! ¡Perdóname, hijo!
-E-entrenador. No entiendo. Por favor, cálmes…
-Fue mi culpa, Sendoh. Todo esto es mi culpa. No tienes nada que ver en lo que ocurre.- La voz de Taoka nunca le había sonado tan desesperada antes. A decir verdad, Sendoh nunca creyó que pudiera tener esa cadencia en su registro vocal.
-Entrenador- Dijo, tratando que su voz sonara tan potente como tranquilizadora. No entendía nada, y juraba que Taoka estaba respirando agitado del otro lado aún estando en silencio.- Por favor, no comprendo a que se refiere. Necesito que se calme para poder hablar.
Taoka permaneció callado unos segundos más. Segundos que Sendoh le resultaron eternos, pesados y tan oscuros que comenzaban a ponerlo histérico sin saber bien por qué. Sin embargo, su respiración era calma, a diferencia de la del hombre mayor tras la otra línea.
Y entonces, Taoka habló.
-No fue mi intención que esto ocurriera, Sendoh.- Musitó. ¿Por qué parecía a punto de llorar? ¿Que mier…?- Le pedí que me ayudara. Le pedí que hablara contigo para que decidieras viajar. Nunca pensé que haría esto. Perdóname, muchacho.
-De verdad, no compren…
-Hablé con Mizage-san hace un año para que te convenciera de viajar, porque tú no querías hacerlo. Porque era tu oportunidad dorada y no quería que la desperdiciaras en Japón. Le pedí que te hiciera recapacitar. No sabía que había cortado contigo, Sendoh.
La voz de Taoka seguía proyectándose casi desesperada por la bocina con interferencia. Lo sabía, porque era totalmente consciente del sonido que vibraba contra su oído. Pronto, ese movimiento ondular fue todo lo que tuvo como referencia a un estímulo externo. Pronto, lo que más fuerte podía oír era su propio corazón.
Las sienes le latían como si la presión hubiera subido por las nubes, y el dolor punzante en su corazón pareció partirle el pecho al medio como una enorme cuchilla clavada justo donde se une el esternón.
Sentía el diafragma subir y bajar con cada una de sus respiraciones, doliendo cada vez más.
Si, Taoka seguía hablando, pero él solo escuchaba su voz como si tuviera metida la cabeza bajo el agua. Bajo una superficie de líquido oscuro, frío y tenebroso. Era como si estuviera totalmente paralizado, con el pecho hirviendo y no pudiera escuchar más que su respiración cortándose. ¿Esto era ahogarse?
-¿Sendoh? ¡Sendoh! ¿Me oyes?- Decía la voz, cada vez más lejana. Cada vez menos ahí. Como él.
Porque había algo que Sendoh entendía perfectamente pese a permanecer en una bruma de penumbras, y era que ya había abandonado su cuerpo.
"Sabes que te amo", le había dicho esa noche en la cancha donde solían jugar. Las luces blancas reflejando su rostro pálido y la tristeza y odio en él. "...pero no te amo lo suficiente para verte malgastar tu futuro"
"¿Que tan idiota crees que soy?", fueron sus primeras palabras, heladas, esa noche de verano. La voz sutilmente más aguda, tanto que acuchilló su cuello sin necesidad de presionar demasiado la daga. "¿No puedes decidir tu futuro y pretendes decidir el mío?" "Hablé con Mizage-san hace un año para que te convenciera" ¿Que? "Era tu oportunidad dorada y no quería que la desperdiciaras en Japón" ¡¿Que mierda?!
"¡Tu momento de irte era hace meses!" Basta. "¡Lo que tenías que hacer era irte a Estados Unidos!", recordó salir de sus labios. Basta. "Sabes que te amo" Basta. Basta. Bastabastabastabastabasta…
Las imágenes se agolparon en su mente como un caleidoscopio salido del infierno. La voz de Kazuki sonando en sus oídos como si estuviera hablándole ahora mismo, reviviendo la peor noche de su vida. Reviviendo decirle que la amaba tras una maldita puerta. Reviviendo su pecho volverse frío.
Cada palabra de mierda que salió de su boca ahora cobraba otro sentido gracias a Taoka. Y era todo mucho peor.
Desde que era un niño, los hilos de su vida fueron guiados por la impiadosa mano protectora de Masao Sendoh. Akira hacía cuanto su padre mandaba, porque él era su padre y claramente sabría más que un niño. Que ropa vestir, que juguetes usar, que materias eran las importantes. La única decisión que tomó en su vida, fue la de jugar baloncesto.
En el baloncesto, fue Taoka quien tomó el relevo de sus hilos, aún con su padre en las sombras. Como jugar, qué posición, que entrenamiento. No se quejaba, eso lo formó. Cada parte de su vida en la cancha era en parte como era, gracias a él. Y como en una duela tenía libertad, ahí era él mismo.
Hasta que ella apareció. Kazuki movió todas sus estructuras y le dijo que fuera él mismo, fuera de una cancha. Ella lo hizo abrir los ojos a un mundo que no le importaba, y de pronto lo hacía. Todo lo que no era un juego de baloncesto, para él era aséptico y frío. Ahora no, y era por ella. Ella había abierto los matices.
Su padre. Taoka. Kazuki. Todos decidiendo sobre él. Su padre toda su vida. Taoka su futuro. Kazuki sobre su corazón. BASTA.
-¿Muchacho? ¡Sendoh! ¡¿Qué es ese ruido?!- Taoka gritaba desesperado al percibir una interferencia tan fuerte que lo hizo quitarse la bocina del oído. Un golpe que parecía salido de una película de terror. No había otro sonido más que ese ritmo disparejo y un pitido agudo que cortó la señal. Nada de voces, ni siquiera una respiración. Y entonces, la nada.
Sendoh supo que había destrozado el teléfono contra la pared cuando los pequeños engranajes cayeron al suelo helado donde estaba parado, descalzo. La pared agrietada parecía mirarlo con una sonrisa hecha por las hendiduras que el golpe formó.
La cabeza le seguía latiendo. El corazón seguía bombeando sangre. Su respiración se había agitado tanto como si estuviera jugando contra Rukawa y Maki combinados. Sus ojos abiertos de par en par, fijos en la bocina rota en su mano temblorosa y sudada en frío. La misma capa húmeda que cubría su cuello y rostro y pecho, haciendo que la camiseta vieja se pegara a él.
Sendoh estaba furioso. Sendoh estaba hastiado. Sendoh estaba tan dolido como jamás en la vida lo estuvo. Todo lo que veía frente a sus ojos iban del negro al blanco y al rojo en un loop interminable, y ella estaba en el centro de todo.
El dolor era indescriptible. La furia era indescriptible. Sendoh nunca se sintió tan real y humano en toda la vida.
La voz de Kazuki sonó en su mente aún cuando su enorme cuerpo se sentó a orillas de la cama. La mente en frío, pero aún corriendo una maratón contra sus recuerdos. Cada vez más y más espacios rellenos con la lógica que faltó en aquel entonces, y haciéndolo poner más y más furioso.
Sendoh pagó a un precio exorbitante el primer vuelo a Japón cuando la luz anunció el comienzo del alba.
